No
consiguen ponerse de acuerdo en la separación del único bien común. Una vaca de
origami que les regaló su ahijado de bautismo. Carlos dice que Benjamín es el
hijo de su mejor amigo y que de no ser por ese lazo ella no hubiera tenido la oportunidad
de ser la madrina del niño. Natalia dice que es evidente que Benjamín la quiere
más a ella y que lo tiene sin cuidado que su padrino y su papá sean amigos
desde niños. Carlos le dice que si ella pudiera tener hijos él no tendría que
conformase con los sobrinos y los ahijados para sentirse papá por un rato.
Natalia le pregunta que sí aún cree que los abortos fueron involuntarios. Carlos
rompe la Vaca de origami.
domingo, 9 de abril de 2017
viernes, 7 de abril de 2017
Cómo saber en qué momento matar a la mascota del vecino
En
el edificio Los eucaliptos cercano al centro el único que duerme hasta tarde es
Pablo del apartamento 42ª los demás están antes de las siete de la mañana en el
parque con sus perros, todos con bolsa lista para recoger el popo. Cuatro veces
le han ofrecido cachorros de distintas razas, un labrador, una salchicha, dos
criollos pero Pablo se ha negado a recibirlos argumentando que no tiene tiempo
para mascotas y no conoce a nadie que le cuide al animalito cuando viaje y, el
trabajo lo obliga a pasar mucho tiempo en terminales y aeropuertos.
Al
principio las disculpas de Pablo dejaban satisfechos a sus vecinos pero pasados
lo meses viéndolo todas las semana sin salir empezaron a mirarlo con cierto
desdén. Pablo trabajaba en su apartamento diseñando y actualizando páginas
webs, eso decía él, lo que hacía era mucho más complicado pero lo angustiaba
tener que explicarlo.
Cuando
notó que sus vecinos ya no lo saludaban le dijo al vigilante que en el edificio
le tenían envidia porque no tenía que madrugar. El vigilante le dijo que lo que
él había oído era que estaban recogiendo firmas para echarlo del edificio
porque su repudio por los perros era una amenaza. Pablo
escuchó incrédulo y antes de volver a su apartamento le preguntó al vigilante
cuantos de los que vivían en el edificio tenían perro y el vigilante le dijo
que todos.
Compartió
el ascensor con dos señoras que apenas había visto, ambas sujetaban las correas
coloridas de sus perros. Pablo no se fijó en ellas, intentó mantener la mirada
fija en sus tenis, las señoras muy serías dejaron de hablar cuando él entró.
Pablo sintió que los perros lo miraban, levantó un poco la vista y ahí estaban
los dos observándolo sentados quietos como si fueran de porcelana. Sin querer
hizo contacto visual con uno de ellos, el más grande, un labrador, parecía tan
triste que Pablo no pudo mirarlo más, levantó el rostro para mirar a la señoras
y salió fastidiado del ascensor.
Entró
al apartamento y se derrumbó en el sofá. En qué momento inventarse un cuento
chimbo para evitar un encarte se había convertido en un desprecio desmedido y
declarado por los perros. Cuándo sus vecinos se volvieron eso que eran, eso tan
feo, cómo no se daban cuenta que los perritos estaban tristes. Eso y más se
preguntaba Pablo con las manos inmóviles sobre su redonda panza.
Antes
de las seis cuando Pablo volvía a su apartamento después de pasar la noche en
un bar hablando con los conocidos de barra vio en el parque a muchos de sus
vecinos paseando a sus mascotas. Tenía sueño y las cervezas le habían caído mal
pero se quedó en una banca viendo a los perros ir y venir por ese parque, lentos
como agotados, ni se olisqueaban el culo con gusto ni se veían colas arriba
moviéndose con gracia. En los ojos de cada perro veía la misma tristeza que
había visto días antes en el labrador. Pablo no sabía si los perros habían
estado siempre así y él no se había dado cuenta porque no le interesaban, si
eso era lo natural y él estaba aterrado porque apenas lo descubría, seguro los
dueños de los perros ya se habían acostumbrado de tanto verlos. Pablo le daba vueltas a sus dudas si dejar de
mirar a los perros, no entendía cómo ellos no habían hecho nada al notar esa tristeza. Le dolió la cabeza, era el sol que le empezaba quemar la frente. Se encaminó al edificio y no pudo evitar sentir la sospecha con la
que lo observaban sus vecinos, eran rostros acusadores.
Esas
señoras y esos señores que no se daban cuenta de lo que pasaban con sus perros
eran los mismos que lo querían echar del edificio. Trabajaba mal, equivocaba
los códigos, no dejaba de darle vueltas a lo mismo. Sus vecinos habían decidido
que él era el tipo que despreciaba a los perros cuando a quien de verdad
detestaba era sus vecinos, se había negado a ir a cumpleaños y a matrimonios a
reuniones comunales, había evitado navidad y año nuevo en el edificio, había
pasado por mal educado a voluntad para no relacionarse con ellos, todo para que
no volvieran a invitarlo todo para no estar en sus listas de vecino o amigo.
Deseaba pasar inadvertido y nunca aceptó un cachorro porque eso lo hubiera
comprometido de una manera familiar con quien se lo regalará y él no quería ser
el compadre de ninguno de ellos.
En
el escritorio de madera lacada y sin pintar donde estaban los equipos con los
que Pablo trabajaba había una gaveta cerrada con llave en la que guardaba la
única cosa que le había heredado su papá, un Smith Wesson calibre 38 largo sin
funda con la cacha pelada. La primera y única arma que había empuñado en sus
manos, con la que le había enseñado a disparar apuntándoles a las ardillas que
se comían el maíz en la huerta de la casa donde se crío, con el que su papá
mató al pastor alemán que se había vuelto gallinero y estaba dejándolos a ellos
y a los vecinos sin huevos. El perro estaba amarrado a un carbonero entre el
cafetal donde su papá hizo el hueco para enterrarlo, Pablo vio cuando le
disparó, vio los ojos del perro en el último momento, eran ojos brillantes,
saltones, felices.
Pablo
sintió que tocaban la puerta y corrió abrir con el revólver en la mano, de eso
se dio cuenta cuando vio las caras aterradas de sus vecinas. Se metió el
revólver en la pretina del pantalón y le preguntó a sus vecinas qué era lo que
necesitaban, lo dijo intentando poner un tono de voz intimidatoria, igual lo
iban a echar. Las señoras venían acompañadas por sus perros. Ninguna podía
ocultar la incomodidad de estar ahí, le entregaron a Pablo unas cuantas hojas y
le explicaron lo que ya le había contado el vigilante. Pablo les dijo que de
donde habían sacado ellas eso de que él despreciaba los perros y una de las
señoras muy segura de sí le dijo que eso se notaba, que era obvio que así era y
de eso todos en el edificio estaban convencidos. Pablo miró los perros y no
pudo ver nada distinto de lo que ya venía viendo, animales acongojados como si
fueran personas. Recibió la carta y no discutió con las señoras, les dio la
espalda y cerró la puerta.
Pablo
volvió al escritorio y siguió trabajando, cada cierto tiempo miraba las hojas
que le entregaron las señoras, luego buscó en el banco de imágenes de google: “perros
alegres” y las fotografías disponibles no le gustaron, lo que veía era gente
maluca deseando animales y no animales deseando gente maluca. No podían
gustarle los dueños de los perros y cuando Pablo dijo eso se asustó, en donde
se iba a meter, a donde iba a vivir un tipo como él que estaba iniciando su
enemistad con los dizque “propietarios” de los perros y con esa palabra
horrible sentía que tenía razón que el equivocado no podía ser él, que los
únicos que tenían que perderse del mundo eran los que decían sacando pecho “el
perro es mío”. Volvió a empuñar el
revólver, a sentir el peso en la mano, salió del apartamento y entró al
ascensor tenía las hojas en el bolsillo de la chaqueta y bajó al quinto piso a
buscar el apartamento del primer vecino que aparecía como firmante en las hojas,
tomó aire y tocó la puerta con la cacha.
jueves, 6 de abril de 2017
Un monstruo
Esta
semana hablé con un tipo malvado, desalmado y mezquino. Lo vi desde lejos preparándose
para acabar con la armonía de la noche, sonriente, incluso se puede decir que
le pone amor a lo que hace. El tipo se
llama German y trabaja en el parque del barrio Villa Colombia. Hasta hace un
año ese era un parque a secas y hoy es un parque biosaludable, o sea que
instalaron un montón de fierros bien pintados que están al sol y al agua y que
sirven para que la gente haga ejercicio y en efecto muchos gordos y otros no
tan gordos pasan ahí la ultima hora de la tarde y la primera de la noche
sudando la gota amarga. Ese es el entorno en el cual German se vuelve malo,
enciende el horno a las 6.30pm y empieza preparar pizzas y la piña empieza a
oler y las personas que se ejercitan no dejan de míralo y él amasa y manipula
los ingredientes sonriente sabiendo que es la tentación, la amenaza de la
dieta. German me dice que lleva dos semanas en el parque y que nunca había
vendido tanto que es el mejor punto en el que ha estado y que espera que siga
así. El tipo es un monstruo.
miércoles, 5 de abril de 2017
Dacia 1970
Tengo
un amigo que empujaba carros cuando estaba triste y está triste porque cada vez
hay menos carros que empujar. En la casa mi amigo tiene enmarcada una foto grande de una
camioneta Mazda que había que empujar dos o tres días a la semana, el vecino
vendió la camioneta y compró una Chevrolet nueva de última tecnología que ya no
se vara, y como tuvo con qué comprar la camioneta también tuvo conque comprar
casa en otro barrio. Anoche mi amigo me llamó a mí y a otros tantos para
celebrar con nosotros la compra de un Dacia modelo 70 acabado y oxidado que
vamos a empujar juntos y que él va a seguir empujando cada que la congoja lo
acose.
martes, 4 de abril de 2017
Atraco
Nunca
me había dicho un atracador que trabajáramos juntos, nunca hasta hoy me había
tocado un atracador tan simpático, sí hubiera llevado el teléfono me hubiera
sacado una selfi con él pero igual la foto se la hubiera llevado él, es que si
yo hubiera tenido algo encima que el tipo me pudiera quitar se nos hubiera perdido
la posibilidad de conversar, una tristeza porque lo disfrutamos, hablar nos
vino bien. Me paró a las nueve de la
noche por la transversal 12 yo venía caminando muy sudoroso con una pinta de
perdedor que solo se me quita cuando estoy dormido.
Y entonces papi qué es lo
mío, me dijo el flaco y yo le dije cómo lo suyo pana, pues nada. Entonces me
puedo ir me dijo. Claro parce cuando quiera, le dije yo. Pero no estábamos parados
en medio de la calle hablando, no. Estábamos caminando, yo seguí, por miedo no
me detuve cuando el flaco apareció, él siguió caminando a mi lado y yo
recreando en mi cabeza el atraco esperaba que el flaco sacara el cuchillo y el
tipo tremendo de esos que no decepcionan saca un chuzo y me dice que no está
jugando que le pase lo que tenga.
Ahí me cague de miedo y tembloroso y
tartamudo le dije que no llevaba nada, que salía a caminar no más, que todas
las noches caminaba una hora para no ponerme más gordo y cuando le dije eso el
tipo bajo el chuzo y se rió.
Pa eso lo que tiene que hacer es meter vicio, véame
a mí ni un gramo de grasa, me dijo el flaco. Seguimos caminando y yo le dije
que no podía volverme vicioso porque me echaban de la casa y que yo era
mantenido y el flaco me dijo que se me notaba en lo gordo y yo me reí y el tipo
se rió también y me dijo que ya había atracado a tres por esa misma calle y que
yo era el gallo tapao de la noche, que siempre había uno como yo que estaba
igual de vaciado que él pero que estaba bien vestido. Yo le dije que a uno
mantenido no se le perdía la comida pero que siempre andaba en limpio y ahí fue
donde me dijo el tipo cuando quiera atracamos juntos que usted como es gordo no
genera sospecha porque los gamines no son gordos. Yo le dije que no, que era muy
torpe para eso y el tipo me dijo que a él le iba bien porque era ágil, más lizo
que un jabón. Yo le dije que bacano y él me dijo que sí y ahí me dijo que si me
acompañaba y yo le dije que ya casi llegaba y él me dijo que entonces seguía a
ver si cuadraba la noche.
domingo, 2 de abril de 2017
Llaves
Dolores
golpea la puerta tres veces y nadie le abre, vuelve a golpear más fuerte y nadie
le abre, golpea de nuevo tiene los nudillos colorados y siguen sin abrirle. James
ábrame. James. James. James. James abra esa maldita puerta. La luz encendida en el interior se deja ver por la ventana y bajo la puerta. Dolores es la abuela y James es el
nieto, viven juntos desde el año pasado. El papá de James existe como
referencia y la mamá que es la hija de Dolores trabaja lejos. James quiere
llaves de la casa y Dolores le dice que no las necesita porque es un niño,
James dice que no es excusa. James. James abra esa puerta James si no quiere
que lo acabe a tiestazos. Dolores grita sin dejar de golpear la puerta. Nadie abre.
Uno de tantos vecinos mirones le dice que rompa el vidrio de la ventana del segundo piso que
seguro la casa está sola o a James le paso algo. Dolores entra por la ventana
con la ayuda del vecino que le presta una escalera, le duelen las manos de golpear, le tiemblan los
labios, se seca el sudor. Va al cuarto de James y lo ve en la cama bajo las
sabanas que ella retira con fuerza dejándolo al descubierto. Dolores le
pregunta que por qué no le abrió y James le dice que estaba dormido que seguro
no golpeo fuerte. Dolores lo golpea con una sabana enrollada y James intenta
protegerse. Le dice que no se haga el pendejo y James le dice que no le pegue
que es enserio que estaba dormido. James le pregunta por las llaves y Dolores
le dice que las botó, James le dice que si el tuviera llaves no las botaría.
sábado, 1 de abril de 2017
Feas
En
la fila para entrar a cine que estaba larga y se enroscaba vi a una concejala
que habla mucho y muy feo que no sé cómo se llama pero que tengo presente
porque la voz le va perfecta con la cara delgada, filosa, aguda. La he oído en
radio dando unas entrevistas aburridoras sobre su gestión, pero lo importante
no es ella sino la hija que estaba ahí en la fila acompañándola, una muchacha
alta con el pelo morado y los ojos negros. La gente hablaba animada y yo también estaba
hablando con Carlos de la película que íbamos a ver que era una secuela, él me
contaba cómo había terminado la anterior porque yo no me acordaba. Cuando me
fije en la muchacha no le preste más atención a Carlos porque vi que abría los
labios y yo necesitaba oírla y saber si la voz era como la de la mamá y no, no
era como la de la mamá, era peor. Seguí hablando con Carlos y luego en la sala
gracias a él que eligió los lugares nos sentamos justo al lado de ellas de la
mamá y la hija. Carlos me dijo que lo bueno era que viendo la película iban a
estar calladas. No estuve tranquilo ni un solo minuto dentro de la sala temiendo oírlas, a fuera le dije a Carlos que peor que las voces feas son las voces feas susurradas.
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