El
administrador de Vivir Así le dijo al alcalde cuando le otorgó el permiso para construir
los bloques de edificios y los conjuntos cerrados que el proyecto de vivienda
era tan bueno que un día todo Tulueño sin casa propia sería inquilino suyo. El
alcalde se rió porque creyó que era un chiste pero además porque era un idiota
de esos que se ríe de todo, pero el administrador hablaba enserio, él a
diferencia del alcalde sí tenía claro cuál era su trabajo. El rito de las
sillas había sido pensando antes de construir pero de eso no se habló con las
autoridades municipales. Cuando empezaron a ocupar los apartamentos y los
inquilinos acomodaban las sillas en la habitación en forma de circulo la
administración municipal tampoco vio ningún problema porque sectas nuevas había
cada día. Néstor hubiera preguntado por las sillas, por el grupo empresarial al
que pertenecía el proyecto Vivir así, hubiera querido saber por qué era requisito
para vivir ahí practicar el ritual, pero no lo hizo, no se interesó por nada
porque ya no tenía trabajo ya no era periodista del tabloide Semanal.
jueves, 9 de marzo de 2017
miércoles, 8 de marzo de 2017
4
Tres
meses después de inaugurarse el primer conjunto cerrado de Vivir Así el deseo
de los ciudadanos por ser inquilinos se propagó como una plaga. Con el precio
de los arriendos en el resto de sectores residenciales de la ciudad era comprensible que así fuera. Pero no era fácil conseguir un apartamento en esos conjuntos,
la posibilidad de ahorrar no estaba a disposición de todos. Uno de los
requisitos era vivir solo, sin mascotas; había otras exigencias pero la más
importante era esa. Hubo gente que regaló perros y gatos, tortugas y pájaros.
Néstor no tuvo necesidad de eso, su solicitud fue aprobada con prontitud. Se instaló
en un apartamento pequeño y austero como todos los otros. Se asomó a la ventana
y vio la larga fila de solicitantes, se tiró a la cama y durmió sin apagar la
luz.
martes, 7 de marzo de 2017
3
El
tabloide Semanal despidió a 20 de sus trabajadores. Cerró sus puertas en mayo
de 2015 y Néstor fue uno de esos. Cayeron las ventas, redujeron las pautas y la
competencia lo hizo mejor. Néstor quiso trabajar con el otro medio pero no fue
posible, después de decirle que buscaban gente más joven le ofrecieron cubrir
deportes y se negó, prefería cambiar de oficio que ser periodista deportivo, no
le gustaba el fútbol y lo enfermaban los comentaristas. Sin trabajo y achantado
Néstor se dedicó a vender productos por catálogo y a leer novelas de Aghata Chirstie y John le Carré antes de entrar
en el letargo de 12 horas o más del que a duras penas salía en lo que le
quedaba del día, nunca antes había dormido tanto y nunca tampoco había sentido
tanto sueño. Llevaba cuatro meses en esas cuando a su estado se sumó la necesidad
de buscar donde vivir, lo echaron del edifico por no pagar. Así fue como Néstor
llegó a Vivir Así. Era el arriendo más bajo de la ciudad y lo único que había
que hacer era comprometerse con el ritual de la esperanza. “porque lo bueno
llega si sabemos esperar” decía del administrador del lugar.
lunes, 6 de marzo de 2017
2
“No
hay marca por buena que sea que no tenga en su haber un producto que vendió
menos de lo esperado. En el caso de Gato Plásticos S.A. el fracaso fue un balde
muy ligero que se doblaba con el peso, su salida al mercado coincidió con los
meses del corte, temporada en la que la gente debía cargar agua desde los
parques públicos donde estaban los carros de bomberos hasta sus casas. El constante
trajinar dejó rápidamente en evidencia las deficiencias de los baldes que se
quedaron arrumados en las bodegas. Por fortuna para la empresa las sillas marca
Gato son muy apetecidas por los compradores y se venden cantidades sin que haga
falta ningún tipo de publicidad. Los compradores mayoristas son los directores
de edificios y conjuntos cerrados Vivir así. En dichos lugares cada inquilino
tiene derecho a más de diez sillas, suma que va acompañada por varios de los
baldes ligeros que Gato Plásticos obsequia a sus mejores clientes. No hay marca
que se considere buena donde un producto no cubra las perdías que deja otro”. Aparte
de “la vida en burrito de parque de las empresas tulueñas de esta década” artículo
de Néstor Tirado en el tabloide semanal.
viernes, 3 de marzo de 2017
Ritual
1
Néstor terminó de organizar las sillas en un pequeño círculo, las limpió con un trapo que luego tiró a un balde con agua, se cambió de ropa y se sentó a mirar las manecillas del reloj de pared esperando que dieran las siete de la noche. Permaneció sentado y atento, a las siete y cuarto empezó a recoger las sillas, las acomodó una sobre otra y las llevó a una esquina de la habitación. Néstor y el total de los residentes hacían lo mismo todas las noches. El administrador del lugar lo llamaba el ritual de la esperanza. Néstor en secreto lo llamaba el ritual de las patas que no se movían.
Néstor terminó de organizar las sillas en un pequeño círculo, las limpió con un trapo que luego tiró a un balde con agua, se cambió de ropa y se sentó a mirar las manecillas del reloj de pared esperando que dieran las siete de la noche. Permaneció sentado y atento, a las siete y cuarto empezó a recoger las sillas, las acomodó una sobre otra y las llevó a una esquina de la habitación. Néstor y el total de los residentes hacían lo mismo todas las noches. El administrador del lugar lo llamaba el ritual de la esperanza. Néstor en secreto lo llamaba el ritual de las patas que no se movían.
lunes, 27 de febrero de 2017
El día que a mi tío le cayó la sal por limpiarse mal el culo
Cuando
mi tío empezó a decir que por haberse limpiado el culo con el papel que no era
le había caído la sal, yo empezaba a trabajar en radio. No tenía idea de
locución pero necesitaba el trabajo y en la emisora del pueblo necesitaban a un
tipo como yo que trabajara por poco y pudiera hacer turnos dobles, me hicieron
un contrato por un mes, ese era el tiempo que los dueños de las voces de planta
de la emisora estarían en Bogotá haciendo un diplomado en radio digital. Llegué
al pueblo esperando que mi tío me diera trabajo en uno de sus negocios, llevaba
un año sin verlo y no tenía ni idea de que estaba quebrado o como decía él, más
salado que un hijueputa. Viendo la situación en la que estaba, no quise
molestarlo y maleta al hombro le dije que me volvía para la casa, pero me dijo
que ya estando ahí qué me iba a volver y me consiguió el dichoso trabajo, eso
cualquiera pone música, me dijo y mejor acá que allá en la casa vagando.
Estaba
en sexto semestre de administración de empresas y desde el inicio de la carrera
pasaba las vacaciones de mitad de año en el pueblo, trabajando en los negocios
de mí tío, tenía una compra de café en la calle principal, dos cafeterías, una
al frente de la iglesia y otra en la plaza, una discoteca también en la plaza,
un granero y algunas casas arrendadas. Ese año mi ilusión era que me dejara
trabajar en la discoteca, pero mi tío me dijo que eso era lo primero que había
vendido.
En
la emisora el primer día fue de inducción y el segundo me dejaron sólo para que
me defendiera como pudiera. Cómo había dicho el tío, tampoco era tan
complicado. Llegaba a las cinco de la mañana y ponía a sonar dos programas
relacionados con la medicina alternativa y el esoterismo cada uno de media
hora. A las seis de la mañana empezaba a poner música popular y cada dos
canciones yo entraba al aire para dar la hora. A las seis y media leía los
resultados de la lotería y los repetía cada media hora hasta las ocho junto a
la pauta publicitaría. Además de eso cada quince minutos leía un titular de
prensa o alguna información de interés para la comunidad, eso o anuncios cortos
que pagaban los oyentes. De ocho a ocho y medía el sacerdote y una monja tenían
un programa que hacían en directo y que se encargaba de controlar el dueño de
la emisora. Aprovechaba ese espacio para sentarme a desayunar en la cafetería
que estaba al frente de la plaza, la que antes había sido de mi tío. Se puede
decir de ese era el momento más complicado del trabajo, el resto del día la
música variaba de género y sólo había que hablar para dar la hora y leer una
que otra publicad o servicio social. De
ocho treinta a doce del día se programaban música de plancha y pop. A las doce
me iba almorzar a la casa del tío y volvía a la una de la tarde. En ese tiempo
en el que yo estaba por fuera el dueño de la emisora hacía un especie de
noticieros o eso decía él yo lo veía más como la oportunidad que tenía para
hablar bien de sus amigos políticos que pagaban según me di cuenta más de la
mitad de las cuñas. En la tarde programaba salsas y vallenatos y a la cinco de
la tarde me iba para la casa y otro muchacho hacía un turno hasta las diez de
la noche. A parte de hablar y manejar el computador, donde estaba toda la
música, debía estar atento a una consola pequeña con muchas palanquitas de
colores que no sé para qué servían. El dueño me dijo que no las fuera a mover,
que no hacía falta y me señaló una que era la que yo debía usar, era una
palanquita roja ubicada en la parte inferior izquierda, cuando iba hablar debía
subirla de resto debía mantener abajo. Esa fue toda la explicación técnica que
me dio el dueño, además de eso él se pasaba a cada rato para ver que yo no
hubiera movido ninguna otra cosa en consola.
Antes
de irme a dormir me quedaba hablando con mi tío, a veces en el jardín y otras
veces mientras caminábamos por las calles del pueblo, a veces tomábamos tinto
en una cafetería, bueno mi tío tomaba tinto porque yo tomaba kumis en unos
bazos largos que llegaban a la mesa derramándose, el señor de la cafetería que
estaba en la vía al cementerio batía el kumis con cuchara de palo y según él
por eso se ponía así de espumoso y subía hasta el techo, bueno eso y que él era
un experto de los kumis. Mi tío me decía que no le parara bolas que él era un
habla mierda.
En
esas noches en la cafetería mientras yo me atiborraba de buñuelos y de cucas mi
tío empezó a hablar de lo que por esos días lo tenía paranoico, el cuento ese
de estar salado por haberse limpiado el culo con el papel equivocado. Yo no
entendía lo que me quería decir con eso, cuando lo oí por primera vez, creí que
era una exageración de su situación, que era así como decir que estaba tan
cagado que no era capaz de limpiarse por completo o algo así, o que era tanto
que ni el mejor papel alcanzaba. No me imaginé que tras el cuento del papel
había una historia.
En
meses pasados en La Dorada se había popularizado un brujo que se denominaba
doctor en las artes ocultas de la escuela nacional parasicológica de España con
especialización en control mental del instituto suramericano de Brasilia. Según
los comentarios que eran muchos, Marcos el sabio les brindaba asesoría más allá
de los límites de la razón a todas aquellas personas que quisieran tener buena
suerte, mejorar sus negocios, ampliar sus ganancias económicas; en ultimas el
eslogan de Marcos era: “el éxito está dentro de nosotros, sólo debemos dejarlo
salir”. Amigos y conocidos de mi tío que había ido hasta La Dorada a ver a
Marcos aseguraban que sus vidas habían cambiado, que los negocios habían
mejorado y que la plata se estaba viendo. Mi tío que siempre ha estado movido
por la envidia aunque en dosis pequeñas, me dijo que al ver él que todos
estaban contentos hablando maravillas del tal Marcos ese, pues también se fue a
que lo asesorará.
Marcos
el sabio atendía en una casa grande a las orillas del Magdalena, cuando mi tío
llegó a las diez de la mañana ocho señores estaban sentados en una sala de
espera similar a la de un hospital. le pago a una especie de secretaría los
cincuenta mil pesos de la consulta y lleno un formulario donde ponía los datos
personales y respondía unas preguntas ligeras. Mi tío creyó que las mujeres no le prestaban
atención a esas cosas porque no vio a ninguna pero charlando con algunos de los
que esperaban se enteró de que atendía a hombres y mujeres por separado y que a
ellas les daba cita después de las tres de la tarde, en esa misma conversación
le explicaron que después de entrar en el consultorio del sabio se podía tardar
cinco minutos o dos horas, que no tenía consistencia y que el sabio Marcos daba
a cada caso un poco más del tiempo que considerara necesario. Hijueputa y uno
acá con el mero desayuno, le dije yo a los tipos que estaban ahí, uno de ellos
sonrió y me dijo que no me preocupara que una señora que vendía tinto y
fritanga pasaba a cada ratico.
Me
vino a tocar el turno a la una de la tarde, yo estaba ansioso por ver que era
lo que me iban a decir, la gente salía del consultorio sonriente, se despedía
amablemente casi con afecto como si el hecho de que estuviéramos dentro de esa
casa nos convirtiera en una familia. No sabía qué me iba a encontrar al entrar
porque nadie me había descrito ni al tal Marcos ni su consultorio ni nada,
todos los que me hablaban de él me contaban lo bien que les estaba yendo, y lo
bueno que había sido visitarlo, pero ninguno me había dicho si el tipo era
gordo o flaco u alto o sí tenía plumas en la cabeza como un chamán o culebrero.
Yo ahí sentado estaba que me metía allá, la curiosidad me impedía esperar
cómodamente en la silla como lo hacían los demás.
Estando
adentro me lleve una decepción la verraca, ahí no había nada que diferenciará
ese consultorio del de un medico particular. Tenía un afiche de cuerpo humano,
y otro como del cerebro, había un escritorio pequeño con libros y periódicos
sobre él. Delante del escritorio había una silla para el cliente y detrás otra
para él, las dos iguales. Yo me había imaginado otra cosa, algo más como santos
y velas y olor a incienso, pero no, no nada de eso estaba. Y el tipo, el sabio
Marcos era como cualquiera de nosotros, lo más normal del mundo. Un tipo flaco
y alto llevaba puesta una camisa blanca y jean azul, zapatos negros y el
cabello corto peinado hacía atrás. Se levantó de la silla cuando me vio entrar,
me dio la mano, y me invitó a sentarme, con un tono de voz frágil despojado de
acento.
Me
miró por un momento sin decir nada y yo jugaba con mis manos que él no veía
porque las tapaba el escritorio. Me dijo que no estuviera nervioso, que no
tenía por qué estarlo, según él era evidente que yo no estaba ahí porque
creyera en sus conocimientos, que lo mío era pura curiosidad. Yo no le dije
nada, pues qué le iba a decir, sí era verdad. El tipo hablaba pausado como si
las palabras que pensaba decir estuvieran anudadas y el tuviera que soltarlas
para poderlas usar. Me dijo que lo que pasaba dentro del consultorio sólo me
interesaba a mí y que por eso mi compromiso como el de todos los que entraban
era mantener en secreto de lo que pasaba ahí, yo empezaba a desconfiar pero
asentí. Me mostró una puerta y me dijo que ahí estaba el baño que lo único que
tenía que hacer era entrar y dar del cuerpo con toda naturalidad, como si
estuviera en mi casa, me dijo que el papel lo tirará también al inodoro y que
no fuera vaciar el baño y que cuando terminara saliera para seguir con la
consulta.
Me
metí a ese baño sin saber que pensar, era la primera vez que en la vida alguien
me manda a cagar y también la primera vez que yo hacía caso así tan dócil, era
un baño como cualquiera con azulejos blancos, sin espejo, con toallas blancas
al lado del lavamanos. Me bajé los pantalones y me senté ahí, no podía dejar de
preguntarme si todos los que entraban hacían lo mismo o sí solo me lo estaba
pidiendo a mí. Pensaba en las mujeres que venían y las caras que ponían cuando
las mandaban a cagar. Ahí cagando y la
verdad es que no tuve problema con eso, supongo que si no me hubiera mandado al
baño yo seguro lo hubiera pedido prestado antes de irme, pensé en los cuerpos
de los tipos esos que habían encontrado en los cafetales de Gaviotas ahí más
abajo del pueblo, las autoridades dijeron que había sido torturados y dos de
ellos se había cagado encima, no sé porque creí que tal vez ese tipo afuera del
baño fuera un paraco, nada de raro tenía, los maparidos estaba en todas partes.
Cuando terminé me fui a limpiar y el papel que había era rosado, de ese puto
papel barato que siempre he odiado y no lo quise tocar, busque en el bolsillo
un paquete de pañuelos desechables me limpié y tiré los pañuelos en el inodoro
como el sabio Marcos había dicho, luego salí.
El
sabio Marcos estaba sentado frente al escritorio hojeando un libro, se levantó
cuando me vio salir y fue directo al baño, se quedó mirando al inodoro y me
preguntó qué había hecho. No le entendí, el tipo seguía mirando, luego salió y
me pidió que fuera vaciar el inodoro. El tipo me dice que no hay que hacer, que
perdimos la consulta y que si solo fuera eso pues no había problema, pero según
el tipo yo lo arruine todo. Y yo estoy ahí viéndolo sin saber de qué va todo y
le pido que me explique. El sabio Marcos me dijo que lo que él hacía era
interpretar la forma de los bollos en el inodoro. Yo me reí, pero el tipo
seguía serio entonces vi que no era chiste. Leían la mano, el tabaco, el cuncho
de la tasa de chocolate, y él leía las formas de los bollos y podía ver el
futuro, saber que vueltas podía dar la vida y aconsejar si era conveniente o no
realizar inversiones o cerrar negocios. Cuando me explicó eso no me reí. Según el
tipo yo debía limpiarme con el papel que estaba en el baño con el rosado. Le pregunté
por qué y me dijo que no me podía decir. Valiente sabio entonces, le dije. Me dijo
que justo por eso había cosas que podía saber y entender él, no yo. Me fastidio
que me dijera eso, y entonces qué, ahora qué hacemos. Me dijo que nada, que ya
me podía ir, que ya lo había arruinado todo, que seguro había cambiado mi
futuro y que no se me hiciera raro que las cosas me empezarán a ir mal. Eso fue
lo último que me dijo el hijueputa ese y yo me vine en el carro contándoles a
todos los pasajeros que venían ahí que el sabio Marcos era una farsa. Y desde ahí
todo va mal, pero fue inmediato, lo primero que me dijo Alva cuando llegué a la
casa fue que se habían metido a la finca y se habían llevado cien reses. Después
de hacerle el feo al papel rosado solo pierdo plata.
Al
terminar el mes de trabajo en la emisora yo estaba pensando cuatro kilos más
culpa de las noches de Kumis en la cafetería del amigo de mi tío y mi tío al
terminar ese mes me había hecho un recuento de todos los negocios fallidos y la
plata perdida pero envueltas en paranoicas historias de suerte maldecida por el
tal Marcos. Además de eso se había convertido en un creyente del esoterismo y demás
cuestiones parecidas, se bañaba con ramas, prendía velas de colores, compraba amuletos
y me decía que estar salado era una cosa muy malpardida de dura. Pero sabe que
papito salado o no si yo me llegó a quedar sin un peso mato a ese hijuputa del
Marcos, en algo se tiene que entretener uno si vuelve a ser pobre.
Con
el dueño de la emisora todo terminó bien, me dijo que si quería trabajar en las
próximas vacaciones tenía que pulir detalles de la dicción, a eso se había
dedicado él al tercer día de oírme leer los resultados de la lotería y a cada
tanto entraba al estudio y mientras la música sonaba el me daba consejos para
mejorar, en ultimas no que no entendí porque me tuvo trabajando un mes completo
cuando era obvio que tenía el tiempo y la disposición suficiente para cubrir a sus empleados mientras ellos
estudiaban.
El
último día de trabajo estuve como lector de noticias del medio día en ese
espacio que el dueño de la emisora llamaba noticiero, esa era como la prueba
final, quería saber si había aprendido algo de todo lo que me había dicho. Tome
el periódico y leí un par de noticias políticas y cuando pasé a la página de
judiciales leí una noticia titulada “detenido falso vidente en La Dorada” el
vidente del que hablaba la nota era el sabio Marcos acusado de extorsión,
falsedad en documento público y estafa. Leí la nota y me sonreí imaginado a mi
tío en la casa oyéndome en el radio mientras Alva le azotaba la espalda con
ruda.
martes, 7 de febrero de 2017
Bolita de mocos
Es
que no me gusta que su mamá le diga así al niño, no veo por qué. Luego se queda
diciéndole a sí el resto de la vida. Así fue en la casa de una tía mía, ella a
toda hora le decía a uno de mis primos “negro” y así se quedó, toda la familia
lo siguió llamando “el negro” debe haber gente que no sabe ni como se
llama él. Yo había visto un par de veces al famoso “negro” que ni siquiera era
negro, un tipo amable y muy conversador, de un humor un tanto soez que mezclado con su imprudencia podía poner a la gente a su alrededor en situaciones
bastante incomodas; en especial cuando empezaba hablar de la carestía de la comida
y de la gasolina entre otras cosas de primera necesidad como la mamada, es que
subió la mamada decía muy serio.
Le
dije a Sofía que dejara de ser tan exagerada que mi mamá no le iba a decir al
niño “bolita de moco” toda la vida, que era un chiste no más, que de todos
modos era verdad que cada que uno miraba a Carlitos él estaba con los dedos
metidos en la nariz. Sofía no me miró pero yo entendí que estaba furiosa. Tomó
el control del televisor y cambió de canal, me dejó sin saber si el
participante que ya se había ganado 20 millones de pesos se arriesgaba a
responder la pregunta de los 50 millones. Me gustaba ver “¿Quién quiere ser
millonario?” para saber cuántas preguntas era capaz de responder, pero no me
iba bien. No le dije nada a Sofía para no iniciar una discusión, me levante del
sofá y me fui a buscar a Carlos que estaba en su cuarto coloreando los dibujos
de una cartilla de Toy Story.
Le
dije un par de cosas sobre las escenas que aparecían en la cartilla, habíamos
visto juntos las películas y a él le gustaba hablar de ellas, en especial del
señor cara de papa que le parecía un personaje muy llamativo porque se podía
quedar sin cara, quiero un señor cara de papa, me decía. Yo esperaba con ansias
que tuviera un par de años más para sentarnos a ver Volver al futuro. Me hacía
ilusión que me dijera que quería un DeLorean. El niño estaba concentrado en su
actividad y rápidamente dejo de prestarme atención.
Volví
a la sala con un vaso de agua en la mano y Sofía estaba viendo un canal de
noticias, me senté y no le dije nada, seguía enojada y se le notaba. Mire por
un momento el noticiero luego me acerqué a la ventana y vi que en la casa del
frente las vecinas iban de un lado para otro como desesperadas, una de las
vecinas le dijo a la otra que ya habían llamado a la ambulancia y que nada que
llegaba. Estaban desesperadas y gritaban, tanto que yo las oí y las oyó también Sofía que de inmediato me preguntó que qué pasaba y le dije que
no sabía pero que era en la casa del frente. Una de las vecinas bajó corriendo
las escaleras y salió a la calle estaba esperando la ambulancia que no
aparecía, una vecina de al lado le preguntó qué pasaba y la señora le dijo que
la nuera iba a tener el bebé ahí en la casa. Llamaron a Sofía a gritos desde la
calle y desde el mirador de la casa del frente. Sofía bajó corriendo las
escaleras sin saber muy bien de que se trataba el revuelvo, el bullicio sacó de
su cuarto a Carlitos que quería saber que pasaba, le dije que en la casa del
frente había una señora enferma y que la mamá había ido para ayudarlas.
El
niño y yo nos quedamos en la sala, tomé el control y cambié de canal, puse
sábados felices, Carlos se sentó a mi lado y vimos a los cuenta chistes,
esperábamos a que volviera Sofía para que nos contara lo que pasaba. Al frente
habían cesado el revoloteo de las vecinas que yo veía desde la sala por la
puerta del mirador que tenían abierta.
Carlos
me dijo que pusiera muñequitos que ese programa estaba muy maluco, buscamos el
canal que le gustaba y me preparé para aburrirme mucho, él empezó a preguntarme
los nombres de los personajes a ver si los recordaba y se reía cada que acertaba
la respuesta, siempre le decía mal el nombre de uno de los animalitos de la
pantalla para darle la oportunidad de corregirme y burlarse de mi ignorancia.
Cuando
llegó la ambulancia teníamos todos los peluches del programa que estábamos
viendo regados por la sala, el niño quería que recreáramos en la sala lo que
estaba pasando en el capítulo que estaban dando pero el sonido de la sirena le
importó más que el juego, nos asomamos a la ventana y vimos cómo los enfermeros
subían en una camilla a la mamá y al bebé, Sofía les ayudaba.
Carlitos me preguntó por qué no había venido un helicóptero a recoger al bebé y
yo le dije que porque no había pilotos cerca y me dijo que él ya sabía manejar
que era piloto de avión, nave espacial, y helicóptero desde hacía tiempo. Me
reí y le dije que los hospitales no tenían con que pagarle a un niño piloto.
La
ambulancia se marchó y Sofía se quedó en la calle hablando con las vecinas que
se notaban más tranquilas aunque incomodas y descontentas con lo que había
pasado. Ellas subieron primero y luego subió Sofía, Carlitos y yo permanecimos
asomados por la ventana y vimos como unas de las vecinas, la tía del recién
nacido, cerraban la amplia puerta del mirador y apagaba la luz. Sofía se notaba
inquieta cuando entró y se le frunció el ceño apenas vio los peluches regados
por toda la sala. Le pidió a Carlitos que recogiera los juguetes, él me miró
como esperando a que dijera que íbamos a seguir jugando pero yo le dije lo
mismo que la mamá, él empezó a recogerlos mientras preguntaba qué había pasado
con el bebé. Al igual que el niño yo esperaba que Sofía dijera algo pero ella
parca le dijo a Carlos que el bebé estaba bien y que lo habían llevado al
hospital para que estuviera mejor y los médicos lo cuidaran a él y a la mamá. No
le dijo nada más. Yo me quedé ahí pidiéndole detalles con la mirada pero sabía
que no iba a hablar mientras Carlitos siguiera ahí.
El
niño llevó los juguetes a su cuarto y se sentó de nuevo a colorear las
cartillas, Sofía se sentó a mi lado en el sofá y miramos la televisión, de
nuevo sábados felices, ella estaba distraída y yo suponía que pensaba en el
bebé así que no le dije nada incluso me aguanté la risa que me sacó uno de los
cuenta chistes.
Cuando
por fin habló me dijo que cuando ella llegó el niño ya había nacido y que una
de la señoras lo sostenía en sus brazos asustada sin saber qué hacer, la mamá
lloraba acostada en un mueble de la sala porque no les había dado tiempo ni de
llegar a la cama. Ella recibió el bebé y vio que tenía el cordón enredado en el
cuello, no había llorado y lo hizo cuando le retiro el cordón. ¿Se estaba
asfixiando? la interrumpí yo. Si se hubieran tardado un poco más con el bebé
así seguro sí, dijo Sofía que siguió hablando. Las señoras estaban muy
enojadas, que en el hospital eran unos hijueputas, que la muchacha había ido
esa tarde porque tenía dolores y que de allá la habían devuelto que porque aún
le faltaba tiempo y vea el tiempo que le faltaba, le faltaba tanto que se les
había nacido ahí, eso decían las señoras y que Sofía las oía pero no les decía
nada.
Sofía
llevaba varios años sin ejercer la enfermería, desde que nació Carlitos ella se
había dedicado por completo a él en sus dos primeros años y después empezó a
estudiar de nuevo. Le pregunté cómo habían sabido las vecinas que ella era
enfermera y me dijo que doña Teresa otra vecina al oír los quejidos de la
mamá y al verlas tan desesperadas subiendo y bajando las escaleras esperando la
ambulancia las había mandado a buscarla.
Deje
de hacerle preguntas, de interrumpirla, se le notaba en el rostro que no le
gustaba que yo quisiera aclarar mis dudas buscando profundizar en ciertos
detalles. Al parecer debía conformarme con lo que ella quisiera contarme y lo
cierto es que así era, ella era la enfermera, la que había visto el bebé, yo no
tenía derecho sino a seguir viendo sábados felices.
Sofía
dijo que era muy gordo, la oí pero no la interrumpí y me di cuenta que seguro
ella si quería contar con más detalles lo que había pasado pero yo en mi
torpeza no sabía hacer las preguntas, supuse que hubiera sido más importante para ella que le preguntará si el bebé era grande o pequeño antes que interesarme por saber cómo se
habían dado cuenta las vecinas de que ella era enfermera. Yo llevaba más de dos
años tomando fotos en cumpleaños, matrimonios y bautizos y cuando algún posible
cliente le preguntaba a uno de mis vecinos por un fotógrafo ninguno era capaz
de dar razón. Ni siquiera cuando era un cliente y me describía diciendo que sí
sabían dónde vivía David Gonzales un tipo gordo que era fotógrafo mis vecinos
sabía dar razón, pero si sabían que Sofía era enfermera aunque ni ejerciera.
Sofía
me notó distraído y habló más fuerte, me volvió a decir que era un niño gordo, que la
muchacha no era de Tuluá, que era de Bogotá pero vivía en Cali y que como no tenía
familia cerca se había venido a tener el bebé acá para que la suegra le cuidara
la dieta. Que el marido de ella el hijo de la vecina venia en camino pero aún
no le habían avisado nada de lo que había pasado.
La
dejé por un momento mientras iba ver qué hacía Carlos que seguía coloreando.
Sofía no me contó mucho más, aunque tampoco era que hubiera mucho más, una
mujer había tenido un bebé en su casa sin la ayuda de un
médico, además de eso estaba la ineptitud y la negligencia de la gente del
hospital que era la responsable de todo según las vecinas, a mí me daban ganas
de saber si la mamá del bebé también puteaba a los médicos en medio de dolor y
la sorpresiva situación o si por el contrario había quedado tan asustada que ni
hablaba. No pregunté nada porque Sofía parecía desganada y como ensimismada.
Cambié de canal, de pronto sábados felices tenía algo que ver con su congoja.
Pasado
un rato sin que Sofía hablara me dio por preguntarle por el nombre del bebé. Me
miró pero no me respondió inmediatamente. Yo seguí pasando los canales. Dijo
que no sabía cómo lo iban a llamar, que no se le había ocurrido preguntar. Le
dije que la abuelita seguro lo llamaría inesperado, impaciente, o milagro, o
sorpresivo, o una cosa de esas. A Sofía no le gustó nada mi comentario, se
levantó del sofá y me dijo que no la jodiera, que cogiera oficio, que estaba
preguntando y mostrando interés sólo para llegar al tema del nombre. Estaba
agitada y levantaba la voz. Le quise explicar que era un chiste no más y que no
lo había planeado pero ella no me dejo hablar. Si su mamá no deja de decirle
bolita de mocos al niño se puede ir olvidando de que tiene nieto porque no se
lo vuelvo a dejar ver, mire a ver cómo le hace entender que el niño se llama
Carlos, como mi abuelo. Sofía terminó de decir eso y se fue de la sala, la oí
tirar la puerta del cuarto, me había dejado por fuera. Me puse a pensar en mi
mamá regañándome, diciéndome que solo a mí se me ocurría meterme con esa médica
frustrada, que si era que yo no tenía pelotas , que yo me dejaba mandar, que si
ella le decía al niño así era de cariño. Pensé en eso y se me quitaron las
ganas de ver televisión, apagué el aparato y me fui a acostar a Carlitos.
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Un día por completo perdido, podría decirse, en el encuentro de hoy, al que no sé si llamar asamblea y que fue en la calle, bloqueando el pa...
