Lo que pasó después de que mi hermana y mi cuñado y los niños se fueran de la casa para vivir en las Canarias fue que a mi papá y mi mamá les pareció que la casa ya resultaba muy grande y que no necesitábamos tanto espacio y también les pareció que Tuluá ya no tenía mucha gracia y que no existía ninguna razón para seguir ahí. Hablaron del asunto una vez y otra vez y otra más, hasta que dijeron que ya estaba vendida la casa y que se iban a vivir a un pueblo cafetero. Yo vería si me iba con ellos o me quedaba. Y el trabajo, yo no podía dejar tirado un trabajo sin tener agarrado otro mejor y así de un momento para otro ya era yo un tipo independiente con casi cuarenta años viviendo en un apartaestudio con libros por todas partes y unos cuantos electrodomésticos cedidos por mi mamá. En el trabajo me dijo una compañera que tan bueno que ya tenía a donde ir a pasar vacaciones y me gusto ese apunte tan de nuestra generación.
jueves, 28 de septiembre de 2023
Irse, quedando -84
Cuando hablo con los familiares de otras personas que también se han ido de Suramérica buscando ser los colonizados que conquistan al colonizador, me doy cuenta de que existen muchos cocos en los que creemos.
El primer coco es que al que llega al aeropuerto de Barajas le piden el celular y que si encuentran conversaciones que indiquen que esa persona no va de paseo, sino a quedarse a cuidar viejitos o pegar ladrillos, entonces la devuelven para la casa. Por eso, mientras mi hermanita iba en el avión con su teléfono muerto, mi mamá les escribía a los familiares y amigos que por favor no le enviaran buenos deseos ni se despidieran ni nada de eso, incluso les pidió a varios que eliminaran las notas de voz en la que encomendaban a mi hermana y a mis sobrinos a la virgen para que les fuera bien.
Otro coco en el que creemos muchos es que los que acompañan a los que dejan el país hasta el aeropuerto no se pueden despedir de manera muy afectuosa ni se pueden poner a llorar, porque es muy sospechoso que despidan a una persona que va de paseo a Europa como si la estuvieran enviando a una guerra o limpiar desechos nucleares. Por eso uno se despide afuera del aeropuerto y llora antes o después.
Con cada persona que devuelven desde el aeropuerto y el talento que tenga para narrar su vivencia, los cocos crecen y todos los que se van a ir yendo, después empiezan por prudencia a creer en lo que dicen y los que no nos vamos también creemos y celebramos cuando nuestros familiares y amigos nos informan pegándose al Wifi del aeropuerto que están a punto de tirarse con sus maletas a las calles de Madrid a tantear esa nueva realidad y la posibilidad de que esos sueños que llevan al hombro se puedan cumplir.
Irse, quedando -83
Las tierras públicas que se pierden para siempre, decía una arquitecta a la que entrevistaban en la radio, ella hablaba de los programas de vivienda de interés social que no se estaban desarrollando en la ciudad y de la falta de conexión de los proyectos urbanísticos con el río al que se le estaba dando la espalda.
Acá quieren especular con la urbanización y construir edificios para alquilárselos por días a extranjeros, ponen la prioridad en los propietarios que se quieren enriquecer con el turismo y se dedican a ignorar a las personas que no tienen vivienda. Decía todo eso porque estaba convencida de que un gran terreno que le pertenecía a la ciudad iba a parar en las manos de los privados.
El taxista cambió de estación porque la señora estaba hablando mucha mierda y yo no dije nada, el taxi es suyo y yo ya iba a llegar. Busque en mi celular la emisora después de bajarme del taxi para seguir oyendo esa entrevista y ya se había terminado, hablan de otra cosa.
Me quedé pensando en lo dicho por la arquitecta, las tierras públicas que se pierden, se pierden para siempre; y pensando en todos los que vivimos acá y en los muchos que nos indignamos por las decisiones del gobierno que reducen los espacios públicos y en los muchos que se van, que se suben a un avión porque acá no tienen nada y porque no siente que eso que es público les pertenezca.
miércoles, 27 de septiembre de 2023
Irse, quedando -82
Un editor muy amable que siempre se toma el tiempo de leer mis propuestas, me dice que lo que hago es lo indicado. Nunca me ha dicho si le parece bueno o malo lo que escribo, aunque me explica por qué no lo puede publicar en la editorial para la que trabaja. Según él, me hace falta trabajar más las novelas y los cuentos, corregir, reescribir y madurar los proyectos. Autopublicar está mal visto en la academia y en la elite de los escritores reconocidos, pero lo que piensen los escritores no importa porque la mayoría de esos escritores son un invento de las editoriales. La diferencia entre los autopublicados y los escritores de editorial es que los autoeditados se inventan solos y no los respeta nadie. Cosas así dice el editor. Esta época está repleta de novelas escritas con receta, muchas las publicamos en la editorial para la que trabajo, son aclamadas y venden bien. Tenemos novelas correctas, bien escritas, pero no vamos a tener a un Saer o a un Levrero, a un Piglia o a un Pitol, a un Mutis o a un Bolaño y no es nostalgia mía ni ganas de permanecer en un tiempo pasado, me refiero a la originalidad de esas voces, eso cada vez se da menos. Eso agrega el editor. De pronto lo que necesita usted es hacer una maestría en escritura creativa, con eso tiene, de allá sale con una de estas novelas mejor lograda y de pronto hasta se gana a algún profesor y ahí si por fin consigue que lo publiquen. Con lo que pago una maestría le podría pagar a usted para que sea mi corrector y editor, le digo al editor y él se ríe y responde que sí, que es verdad eso, pero que la maestría ayuda. Le digo que lamparear un título ayuda y me responde que mucho. En mi generación la maestría se volvió tan imprescindible como el internet. Pocos quieren dedicarse a la investigación, pero no importa igual, la mayoría se esfuerzan por hacer su maestría, en el caso de los profesores el posgrado mejora el sueldo, pero con lo que uno paga la maestría se puede dedicar a engordar cerdos y seguro le va mejor, pero decir que uno es magíster suena mejor que decir que es marranero o que tiene sus negocios. Yo quiero ser novelista antes que magíster y si pudiera pagar ese estudio lo haría, un magíster en escritura creativa que engorda marranos en las goteras de la ciudad, me parece un personaje que podría escribir unos muy buenos diarios, género que también me recomienda el editor, según él sería mejor que yo escribiera diarios en vez de novelas.
martes, 26 de septiembre de 2023
Irse, quedando -81
La preventa de mi tercer libro llegó a las 63 copias. Ni uno más. Después de mucho voltear y de compartir la fotografía de la tapa y la sinopsis en redes sociales y de comentarle a todo el que me encontrara que tenía una novela nueva, llegué a esa cifra y no pude pasar de ahí. El señor de la imprenta me dijo que manejáramos unas cifras redondas y entonces hice cuenta de los libros que se podían ir regalados, los que se les mandan a los periodistas, esperando alguna reseña. Conté también a los cuatro o cinco chichipatos que se hacen llamar gestores culturales, que por lo regular quieren hacerse con el libro, pero no se pueden gastar la plata del trago y las drogas en papel y comas mal puestas, para esos también su libro regalado y entonces mandé a imprimir 80 copias. Sacando números, ese libro, a diferencia del primero y el segundo, no dejaba deudas, ni perdidas, tampoco ganancias, porque yo no le ponía un precio al tiempo que me había llevado escribir la novela y a las horas con el culo y la espalda mal acomodada en la silla rimax que me había sostenido mientras avanzaba, para que las cuentas me dejaran contento. Lo maluco de autopublicarse es asumir ese rol de vendedor, no solo uno escribe, sino que además debe vender y vender no es algo que se le dé bien a todo el mundo y vender libros es algo que se le debe dar bien a muy pocos. Lo peor era que ya tenía listo lo que podría ser el cuarto libro.
Irse, quedando -80
Doña Amparo me vende todas las semanas una rifa, nunca me he ganado ninguna, pero como siempre termina encontrándome, ella me echa sus cuentos, me persuade y me clava la rifa, dos mil o tres mil pesos, tampoco es más lo que me quita.
Ella tiene un hijo que se fue a vivir a París, por allá se la rebuscó, no sé bien en qué porque la señora no sabe dar razón o no quiere hacerlo. Lo cierto es que, según el relato de doña Amparo, su muchacho se aburrió de París y encontró el modo de ir a parar a Zurich. Allá es como el oficio varios de un hotel y después de dos o tres años de estar por allá le mando los pasajes y plata para que ella fuera a visitarlo.
Doña Amparo se fue y estuvo con él como dos semanas y volvió diciendo que ella nunca había estado en una ciudad que fuera tan silenciosa y tan ordenada. Que por allá no se veía a nadie por la calle vendiendo aguacates o gritando, juega le juega con chontico le juega, que era impresionante esa calma y que en ningún momento le había hecho falta la bulla y el ruido y el desorden y los carros pitando.
Lo de doña Amparo me resultaba muy simpático, porque después de ese viaje se le metió que ella no quería estar más en una ciudad ruidosa y que ella tampoco iba a seguir haciendo bulla y dejó de vender las rifas y se dedicó a arreglar ropa con su máquina de cocer hasta que se decidió a vender la moto y los muebles y hasta la máquina y se fue para Suiza porque ella quería ser vieja en lugar así, ella quería vivir sus últimos años lejos de tanto ruido.
lunes, 25 de septiembre de 2023
Irse, quedando -79
Gustavo me dijo que él ya se había jodido mucho en la vida, que había sudado mucho y metido el culo sin miedo para que a su mamá no le faltara nada durante la enfermedad, que cualquiera podía dar fe de su sacrificio y eran muchos los testigos de su lucha y ahora que su mamá estaba muerta y que el malparido cáncer ese se la había llevado él se iba a dedicar a una sola cosa, a culiar, a culiar hasta que se hastiara. Dijo que él sabía que un tipo viejo y sin plata como él no se podía dar esos gustos y que por eso se iba a trabajar en Estados Unidos, qué él pereza no manejaba y que era verraco como ninguno, que allá con esos gringos trabajaba tres o cuatro años bien juicioso y se volvía luego con los ahorros para gastárselos todos en putas de Medellín. Yo le dije que esa gente allá se la pasaba realizando campañas para quitarse ese estigma de la prostitución y Gustavo me preguntó que si yo tuviera 10 mil dólares para gastármelos en putas colombianas para que ciudad me iría y entonces mejor no le respondí y lo dejé hablar sin interrumpirlo. Me dijo que él no quería ni casa, ni carro, ni mujer, ni hijos, ni nada. Él iba a culiar, eso iba a hacer, culiar es lo que todos quieren, pero le da pena decir que esa es la meta, pero yo no, a mí no me da pena, me recojo esa plata y me la gasto toda en putas antes de que acá le den por prohibir ese trabajo y que él quería era culiar en Colombia y dejar esa plata en su país, porque él entendía como se movía la economía y que no le iba a dejar esa plata a ninguna gringa. Y se fue, como lo había dicho, dice que trabajo hay mucho, pero que para mí no hay ninguno que sirva, porque yo soy muy flojo, que yo ni pa culiar manejo ganas y que él va a trabajar para culiar porque cuando uno no tiene mamá no trabaja como mula para comprarle casa a la mamá.
Fragmentos 2
La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...
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—¡Podemos ser otros aquí! —gritó el hombre, mientras se despegaba de la baranda en la que había estado recostado. Dejó caer su prótesis de...
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La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...
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Un día por completo perdido, podría decirse, en el encuentro de hoy, al que no sé si llamar asamblea y que fue en la calle, bloqueando el pa...