Se juega con esas palabras, se estiran y se encogen y se estrujan hasta que alcancen su punto exacto, como si uno estuviera tirando un alfandoque en medio de un trapiche de caña panelera.
No cuesta mucho dar una opinión sobre el entorno, o eso cree uno hasta que desea oírlas.
El otro problema es que esos proyectos que el tonto en el cumplimiento de su rol de profesor cree que son enriquecedores para la institución no significan nada para los estudiantes.
Venga deme su opinión para un podcast, digo yo, y ellos responden con una pregunta, y eso para qué, luego otra pregunta, con eso gano nota, con esa pregunta les alcanzan a brillar los ojos, convencidos de que articulando tres palabras frente a un celular que hace de micrófono están consiguiendo la nota final del periodo y entonces se puede relajar el resto de los días, cómo si no vivieran relajados en cada clase, cómo si les importara el colegio, cómo si no hubiera que tratarlos con una incómoda compasión porque pobrecitos es que trabajan en la casa y cogen café y cargan plátano.
Lo cierto es que uno empieza a darse cuenta de que con el tal podcast no se puede y entonces no se ilusiona más con ramitas secas y proyectos que nadie pide o exige y mira para otro lado y cumple con lo que le toca.
Aunque ahora no sé por qué, oyendo hablar a un par de pelados que ignoraban mi presencia en el pasillo, me dio por creer que tal vez podríamos hacer una especie de periódico escolar, un fanzine, aunque sea.