Un editor muy amable que siempre se toma el tiempo de leer mis propuestas, me dice que lo que hago es lo indicado. Nunca me ha dicho si le parece bueno o malo lo que escribo, aunque me explica por qué no lo puede publicar en la editorial para la que trabaja. Según él, me hace falta trabajar más las novelas y los cuentos, corregir, reescribir y madurar los proyectos. Autopublicar está mal visto en la academia y en la elite de los escritores reconocidos, pero lo que piensen los escritores no importa porque la mayoría de esos escritores son un invento de las editoriales. La diferencia entre los autopublicados y los escritores de editorial es que los autoeditados se inventan solos y no los respeta nadie. Cosas así dice el editor. Esta época está repleta de novelas escritas con receta, muchas las publicamos en la editorial para la que trabajo, son aclamadas y venden bien. Tenemos novelas correctas, bien escritas, pero no vamos a tener a un Saer o a un Levrero, a un Piglia o a un Pitol, a un Mutis o a un Bolaño y no es nostalgia mía ni ganas de permanecer en un tiempo pasado, me refiero a la originalidad de esas voces, eso cada vez se da menos. Eso agrega el editor. De pronto lo que necesita usted es hacer una maestría en escritura creativa, con eso tiene, de allá sale con una de estas novelas mejor lograda y de pronto hasta se gana a algún profesor y ahí si por fin consigue que lo publiquen. Con lo que pago una maestría le podría pagar a usted para que sea mi corrector y editor, le digo al editor y él se ríe y responde que sí, que es verdad eso, pero que la maestría ayuda. Le digo que lamparear un título ayuda y me responde que mucho. En mi generación la maestría se volvió tan imprescindible como el internet. Pocos quieren dedicarse a la investigación, pero no importa igual, la mayoría se esfuerzan por hacer su maestría, en el caso de los profesores el posgrado mejora el sueldo, pero con lo que uno paga la maestría se puede dedicar a engordar cerdos y seguro le va mejor, pero decir que uno es magíster suena mejor que decir que es marranero o que tiene sus negocios. Yo quiero ser novelista antes que magíster y si pudiera pagar ese estudio lo haría, un magíster en escritura creativa que engorda marranos en las goteras de la ciudad, me parece un personaje que podría escribir unos muy buenos diarios, género que también me recomienda el editor, según él sería mejor que yo escribiera diarios en vez de novelas.
miércoles, 27 de septiembre de 2023
martes, 26 de septiembre de 2023
Irse, quedando -81
La preventa de mi tercer libro llegó a las 63 copias. Ni uno más. Después de mucho voltear y de compartir la fotografía de la tapa y la sinopsis en redes sociales y de comentarle a todo el que me encontrara que tenía una novela nueva, llegué a esa cifra y no pude pasar de ahí. El señor de la imprenta me dijo que manejáramos unas cifras redondas y entonces hice cuenta de los libros que se podían ir regalados, los que se les mandan a los periodistas, esperando alguna reseña. Conté también a los cuatro o cinco chichipatos que se hacen llamar gestores culturales, que por lo regular quieren hacerse con el libro, pero no se pueden gastar la plata del trago y las drogas en papel y comas mal puestas, para esos también su libro regalado y entonces mandé a imprimir 80 copias. Sacando números, ese libro, a diferencia del primero y el segundo, no dejaba deudas, ni perdidas, tampoco ganancias, porque yo no le ponía un precio al tiempo que me había llevado escribir la novela y a las horas con el culo y la espalda mal acomodada en la silla rimax que me había sostenido mientras avanzaba, para que las cuentas me dejaran contento. Lo maluco de autopublicarse es asumir ese rol de vendedor, no solo uno escribe, sino que además debe vender y vender no es algo que se le dé bien a todo el mundo y vender libros es algo que se le debe dar bien a muy pocos. Lo peor era que ya tenía listo lo que podría ser el cuarto libro.
Irse, quedando -80
Doña Amparo me vende todas las semanas una rifa, nunca me he ganado ninguna, pero como siempre termina encontrándome, ella me echa sus cuentos, me persuade y me clava la rifa, dos mil o tres mil pesos, tampoco es más lo que me quita.
Ella tiene un hijo que se fue a vivir a París, por allá se la rebuscó, no sé bien en qué porque la señora no sabe dar razón o no quiere hacerlo. Lo cierto es que, según el relato de doña Amparo, su muchacho se aburrió de París y encontró el modo de ir a parar a Zurich. Allá es como el oficio varios de un hotel y después de dos o tres años de estar por allá le mando los pasajes y plata para que ella fuera a visitarlo.
Doña Amparo se fue y estuvo con él como dos semanas y volvió diciendo que ella nunca había estado en una ciudad que fuera tan silenciosa y tan ordenada. Que por allá no se veía a nadie por la calle vendiendo aguacates o gritando, juega le juega con chontico le juega, que era impresionante esa calma y que en ningún momento le había hecho falta la bulla y el ruido y el desorden y los carros pitando.
Lo de doña Amparo me resultaba muy simpático, porque después de ese viaje se le metió que ella no quería estar más en una ciudad ruidosa y que ella tampoco iba a seguir haciendo bulla y dejó de vender las rifas y se dedicó a arreglar ropa con su máquina de cocer hasta que se decidió a vender la moto y los muebles y hasta la máquina y se fue para Suiza porque ella quería ser vieja en lugar así, ella quería vivir sus últimos años lejos de tanto ruido.
lunes, 25 de septiembre de 2023
Irse, quedando -79
Gustavo me dijo que él ya se había jodido mucho en la vida, que había sudado mucho y metido el culo sin miedo para que a su mamá no le faltara nada durante la enfermedad, que cualquiera podía dar fe de su sacrificio y eran muchos los testigos de su lucha y ahora que su mamá estaba muerta y que el malparido cáncer ese se la había llevado él se iba a dedicar a una sola cosa, a culiar, a culiar hasta que se hastiara. Dijo que él sabía que un tipo viejo y sin plata como él no se podía dar esos gustos y que por eso se iba a trabajar en Estados Unidos, qué él pereza no manejaba y que era verraco como ninguno, que allá con esos gringos trabajaba tres o cuatro años bien juicioso y se volvía luego con los ahorros para gastárselos todos en putas de Medellín. Yo le dije que esa gente allá se la pasaba realizando campañas para quitarse ese estigma de la prostitución y Gustavo me preguntó que si yo tuviera 10 mil dólares para gastármelos en putas colombianas para que ciudad me iría y entonces mejor no le respondí y lo dejé hablar sin interrumpirlo. Me dijo que él no quería ni casa, ni carro, ni mujer, ni hijos, ni nada. Él iba a culiar, eso iba a hacer, culiar es lo que todos quieren, pero le da pena decir que esa es la meta, pero yo no, a mí no me da pena, me recojo esa plata y me la gasto toda en putas antes de que acá le den por prohibir ese trabajo y que él quería era culiar en Colombia y dejar esa plata en su país, porque él entendía como se movía la economía y que no le iba a dejar esa plata a ninguna gringa. Y se fue, como lo había dicho, dice que trabajo hay mucho, pero que para mí no hay ninguno que sirva, porque yo soy muy flojo, que yo ni pa culiar manejo ganas y que él va a trabajar para culiar porque cuando uno no tiene mamá no trabaja como mula para comprarle casa a la mamá.
jueves, 21 de septiembre de 2023
Irse, quedando -78
Daniel es el hijo de un señor que tiene una tienda cerca a uno de esos colegios en los que trabajé unos cuantos meses, un tipo amable y muy conversador.
Estudiaba licenciatura en educación física y según el papá no ayudaba en la tienda porque le daba pena. Daniel decía que no le daba pena y que pasaba que la universidad no le dejaba tiempo.
Ese señor de esa tienda le daba estudio a ese pelado y ya tenía una hija en Estados Unidos que se había graduado de arquitectura. Llevaba varios años en Atlanta y él ya había ido a visitarla dos veces.
Mantenía una camioneta parqueada afuera del negocio y no se la prestaba a Daniel que quería ir en ella a la universidad, me enteré de eso y de una que otra cosa más de la cotidianidad debido a que afuera de esa tienda había un par de mesas y ahí me sentaba yo con mi computador tardes enteras a trabajar.
El señor me decía que él no tenía problema en darle estudio a Daniel, pero que eso de la licenciatura en educación física no daba plata, es que vea, dizque salir a ser profesor, eso no sirve, con el perdón suyo y todo, aunque usted mismo se queja de lo poquito que pagan, pero la verdad es que estudiar para ser profesor es botar la plata, yo quería era que Daniel se montará un negocio también, pero no, al verraco no le gusta la tienda ni el supermercado ni nada, me decía el señor.
Como los papás saben más que cualquiera y como no hace falta mucho talento para vaticinar el fracaso económico de un profesor, Daniel, que no quiso que su papá le montara una tienda, se ensayó de profesor y terminó migrando también, la última vez que supe de él me dijeron que está en Madrid y trabaja en un negocio que se llama Mercamadrid que viene a ser como una revuletería grandota.
miércoles, 20 de septiembre de 2023
Irse, quedando -77
Uno de mis sobrinos, el menor, la tarde antes del viaje se dedicó a ver tutoriales de YouTube y a doblar cuadritos de papel, hizo aviones, barcos, ranas, estrellas ninjas, cuchillos, tortugas, pájaros, pescados y otras figuras que no sé muy bien que eran. Miraba la pantalla, atento a las explicaciones y luego pausaba y el video y doblaba. Sabía que no se iba a poder llevar ninguna de esas figuras, sabía que no iba a poder jugar con ellas horas más tarde porque se iba a tener que subir a un avión y pese a eso el niño seguía doblando papeles. Me gustó eso y creo que de alguna manera encontré que había magia en ese acto. La gente de mi generación habla de yoga y meditación y tai chi, pintan mandalas y se toman en serio el horoscopo, dizque porque todo eso los ayuda a vivir y a equilibrar sus emociones, pero ninguno habla de origami y me pareció que esa acción también tenía sus beneficios. Después, cuando ya se habían ido para el aeropuerto recogí las figuras sin saber si botarlas o guardarlas y me dio por desdoblar una de esas para armarla de nueva siguiendo los dobleces y admiré la paciencia que esa actividad requería y luego lloré, pensando en lo triste que debía ser para un niño irse lejos y no poderse llevar ninguno de sus juguetes así, idiota, como si la lógica de un tonto que quiere ser novelista y sigue viviendo con el papá y la mamá fuera la misma lógica de un niño que sin usar las palabras le puede dar forma al mundo con sus manos usando solo un cuadro de papel.
lunes, 18 de septiembre de 2023
Irse, quedando -76
Mi hermana estuvo varias semanas antes de la fecha del viaje empacando las maletas.
Las hacía y las deshacía todos los días. Las daba por terminadas y las cerraba, luego las pesaba y volvía a empezar de cero, una y otra vez doblando trapos.
No podían pesar más de diez kilos decía ella.
Tres maletas estaba bajo su responsabilidad, la de ella y la de los dos niños.
Yo la veía todos los días con la cabeza metida entre las maletas y me divertía con la escena, verla empacando las maletas aunque era la confirmación de que se iban era también evidencia de que seguía ahí con nosotros.
Cuando ya me vi bajando las maletas para guardarlas por la noche en el garaje porque se iban en la madrugada y no quería que ningún vecino la viera salir, entonces empecé a llorar.
La cosa más boba del mundo, un tipo casi cuarentón que no ha podido irse de la casa de los papás de pie frente a unas maletas llorando sin ser capaz de pronunciar palabra, sin poder repetir de nuevo en son de burla lo incensario que era llevar ahí empacado un cortacutículas y una crema dental.
Fragmentos 2
La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...
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—¡Podemos ser otros aquí! —gritó el hombre, mientras se despegaba de la baranda en la que había estado recostado. Dejó caer su prótesis de...
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Un día por completo perdido, podría decirse, en el encuentro de hoy, al que no sé si llamar asamblea y que fue en la calle, bloqueando el pa...