jueves, 10 de agosto de 2023
Irse, quedando -34
miércoles, 9 de agosto de 2023
Irse, quedando -33
En mi capricho de escritor, estaba obligado a escribir un segundo libro de calidad, y ojalá, un tercero excelente. Esa iba a ser la única manera de poner un poco de tierra encima del desastre que resultó ser el primero. Para negarlo o redimirlo, como el típico arranque, el error necesario, la ópera prima ajustada a la ignorancia del momento, la ignorancia mía, claro está, tenía que conseguir un texto contundente y un corrector aventajado que me garantizara la calidad necesaria.
Ese primer libro, que a duras penas tenía lomo, era de cuentos cortos con los puntos y comas mal puestos, párrafos mal trabajados y finales deficientes. Ni siquiera fue registrado en la Cámara Nacional del Libro, lo que de alguna manera era un consuelo. Era como un individuo sin cédula, una maraña no identificada. De esas 100 copias impresas, vendí tal vez 25, y el resto se fueron regalados porque era mejor saber que estaba perdiendo dinero que ver esos libros en una caja, recordándome mi idiotez.
Cuando decidí que debía empezar a escribir el segundo libro, justo con el propósito de demostrar que sí tenía talento y que esos cuentos no podían ser lo único que hablara por mí, mi padre me dijo que nadie hacía negocios para perder, y que si uno perdía una vez en un negocio, debía buscar invertir en otro y no en el mismo. Sin embargo, como yo no estaba haciendo negocios, sino escribiendo, y el deseo de ser un novelista me hacía olvidar que en la vida no necesitas escribir una novela buena, sino ganar más de dos sueldos mínimos para poder comer y salir de vacaciones una vez al año, me lancé a escribir mi segundo libro.
Irse, quedando -32
En la universidad estudié con una muchacha que se llamaba Catalina, y varias veces tuvimos que hacer trabajos juntos. Cuando iba a su casa para terminar ensayos y reportes, me agarraba de cuenta suya la mamá. Me embobaba con el tinto tan bueno que hacía y me decía que yo tenía que ayudarla, que tenía que hacer entrar en razón a la niña. Según ella, Catalina no debía quedarse estudiando en Tuluá, tenía que irse para Bogotá, tenía las oportunidades y no las podía desperdiciar quedándose en ese pueblo, amarrada a un tontarrón que no tenía ningún futuro que ofrecerle.
Yo conocía al novio de Catalina, un tipo charlador que había aprendido, según decía, a fabricar cerveza viendo videos de YouTube. A eso se dedicaba, a bregar con su marca de cerveza artesanal. Catalina estaba orgullosa; eso era luchar por un sueño. Para la mamá, era todo lo contrario. Su niña se estaba condenando.
Por eso es que las muchachas tienen que irse de sus pueblos para estudiar en la capital. Tienen que ver cosas diferentes, encontrarse con gente distinta, variada, gente que no sea la misma que ven todos los días, como en los pueblos. Una muchacha que se queda en su pueblo termina casándose con lo peor y ni culpa tiene, porque ¿de dónde va a elegir? Pero en la capital es diferente, en las ciudades grandes, las universidades grandes, allá sí, allá hay de dónde escoger.
Además del tinto, la mamá de Catalina me daba empanadas. La atención me parecía de primer nivel, y aunque Catalina, incómoda, siempre le estaba diciendo a la señora que se fuera a hacer sus cosas y no nos distrayera, yo no me sentía ni implicado ni incómodo. La señora se preocupaba solo por su hija, y a mí nunca me dijo, "mijo, usted se tiene que ir porque las mujeres buenas están en otra parte". Ella asumió que yo estaba en Tuluá porque ahí debía estar. Yo era uno de esos que no se merecía a su hija. Ella lo creía y no lo ocultaba. Por eso me caía bien, una señora con buen ají, generosa con el tinto rico, sin miseria con la comida y, lo más importante, sin ningún interés en que yo fuera su yerno. Imposible no tenerle cariño. Al final, la señora lo consiguió, pero a medias. Catalina sí se fue a terminar la carrera en Bogotá, pero el cervecero se fue con ella a bregar con su marca artesanal en otro lugar.
martes, 8 de agosto de 2023
Irse, quedando -31
Antes de acostarme a dormir, juego un rato con una aplicación de radio que me muestra el globo terráqueo repleto de puntos verdes. Cada punto de esos es una estación de radio. Me gusta desplazarme por cada continente y oír cualquier estación, la que caiga, pero lo que más hago es ubicar esas ciudades en las que sé que está viviendo uno de esos amigos o conocidos míos.
Lamento que el celular no tenga una pantalla más grande para ubicar mejor a esos que se fueron a vivir a una isla, así como lo hizo mi hermana. Se ven tan pequeñitos esos trocitos de tierra en mi celular, que hasta me pone nervioso. Oigo estaciones de radio de Madrid, de Buenos Aires, de Antofagasta, de Puerto del Rosario, de Melbourne, de Quito, de Miami, de Nueva York, de Atlanta, de Macapá, entre otras varias.
Algo que he notado de todas esas estaciones cuando las comparo es que las pautas comerciales son todas muy similares, al menos en los países de habla hispana. El lenguaje publicitario es un puente entre sociedades y, para mí, una ventana a la cotidianidad de esos que ya se fueron. No sé si ellos escuchan o no la radio del lugar en el que viven, pero yo sí, aunque sea por algunos segundos. Sé cuál es el restaurante de moda al que seguro no podrán ir, así como no podían ir a los de acá. También sé que por allá, al igual que acá, en algún momento del día suena una canción de Karol G o Shakira.
viernes, 4 de agosto de 2023
Irme, quedando - 30
Además de Nacho, tuve otros dos vecinos que me resultaban muy curiosos. No sé qué posibilidad existe de que una persona conozca a gente así en una vereda entre las cordilleras, pero en mi caso, allá estaban. Además del viejo casi ermitaño, un cazador y un hare krishna, y un cachetón que, pasados los años, iba a dejarse llevar por el arrebato de ser, dizque, novelista, como si fuera el hijo de una científica caucana o el hijo de un médico paisa o el descendiente adinerado de una familia cualquiera de esas donde hay herencias, o sea, yo.
Hoy me parece que si me decidiera por fin a usar el pasaporte, no encontraría en el mundo un lugar en las montañas en el que vivan al mismo tiempo tres hombres como esos. Si además de eso quisiera encontrar también a un niño que los observe sin saber que luego va a querer escribir sobre ellos, sería todavía más difícil.
Y en caso de que los encontrara, ¿qué haría yo? ¿Me quedaría ahí a vivir cerca de ellos para observarlos de lejos?
Aunque sería muy complicado tener que perderme lo que van a decir los que se quedan al enterarse de que me fui y estoy viviendo en Estonia, porque solo allá pude encontrarme con un casi ermitaño, un cazador, un hare krishna y un cachetón que los mira, y que yo lo miro mirarlos, y los miro a ellos porque me recuerdan mi infancia.
Y que no mando plata para que mi papá y mi mamá le levanten un tercer piso a la casa, porque ya estaba sabido desde siempre que yo era un mal hijo, flojo y más bien aturdido.
Es difícil eso de no poder estar en todas partes al mismo tiempo y tener que decidir dónde estar y qué abandonar, qué dejar atrás.
jueves, 3 de agosto de 2023
Irse, quedando - 29
miércoles, 2 de agosto de 2023
Irse, quedando - 28
Que tantas amistades mías se estuvieran yendo para el extranjero me pareció en algún momento una ventaja, una situación a la que podía sacarle provecho.
Agarré una libreta y apunté nombres y nuevos lugares de residencia y saqué cuentas y concluí que cada uno de los que me anunciaba que estaba a punto de subirse a un avión que lo sacara de este país, se podía llevar en la maleta un par de libros míos, 46 libros de mi autoría rondando por el mundo, la autopublicación cruzando fronteras.
El proceder era muy simple, esas amistades mías que llegaban a España, Italia, Estados Unidos, Canadá, Australia, Brasil, Chile, México, Ecuador y Argentina, solo tenía que llevarse el libro y dejarlo abandonado por ahí, así como quien se olvida el paraguas o la gorra o el poncho, en un café concurrido, un centro comercial, un museo, un bus, el metro, el cine, cualquier lugar donde se pueda creer a simple vista que ese libro puede encontrar un lector, no más que eso, no se trataba tampoco de comprometer o incomodar a mis amistades.
Después de eso y si la fortuna lo quería, mi correo electrónico iba a empezar a recibir mensajes de lectores que tal vez albergaran alguna curiosidad que quisieran aclarar.
O tal vez si la fortuna era mayor, uno de esos libros podía caer en las manos de una celebridad de las redes sociales que hiciera una fotografía que me pudiera convertir en un autor marginal con un seguidor extranjero.
Pensaba eso porque algunas bandas independientes de mediados de los 2000 solían dejar abandonadas memorias USB o uno que otro CD sin marcar con dos o tres canciones nuevas que se iban dando a conocer de a poco entre la gente.
Yo ya había probado ese método en el pueblo y el resultado fue el mismo que se podría obtener arrojando los libros a la basura, pero como uno acá cree que los extranjeros son mejores, de pronto por allá podía funcionar.
Mi hermana se llevó tres libros, mi cuñado apenas uno, Fernando cuatro, Julia y Raúl ninguno porque se fueron sin despedirse. En total y hasta el momento hay diez libros míos en tres continentes y todavía no me ha llegado el primer correo. En la casa me dicen que si hubiera salido adicto a las apuestas perdería menos plata y yo hasta les creo.
Fragmentos 2
La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...
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—¡Podemos ser otros aquí! —gritó el hombre, mientras se despegaba de la baranda en la que había estado recostado. Dejó caer su prótesis de...
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La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...
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Un día por completo perdido, podría decirse, en el encuentro de hoy, al que no sé si llamar asamblea y que fue en la calle, bloqueando el pa...