En la universidad estudié con una muchacha que se llamaba Catalina, y varias veces tuvimos que hacer trabajos juntos. Cuando iba a su casa para terminar ensayos y reportes, me agarraba de cuenta suya la mamá. Me embobaba con el tinto tan bueno que hacía y me decía que yo tenía que ayudarla, que tenía que hacer entrar en razón a la niña. Según ella, Catalina no debía quedarse estudiando en Tuluá, tenía que irse para Bogotá, tenía las oportunidades y no las podía desperdiciar quedándose en ese pueblo, amarrada a un tontarrón que no tenía ningún futuro que ofrecerle.
Yo conocía al novio de Catalina, un tipo charlador que había aprendido, según decía, a fabricar cerveza viendo videos de YouTube. A eso se dedicaba, a bregar con su marca de cerveza artesanal. Catalina estaba orgullosa; eso era luchar por un sueño. Para la mamá, era todo lo contrario. Su niña se estaba condenando.
Por eso es que las muchachas tienen que irse de sus pueblos para estudiar en la capital. Tienen que ver cosas diferentes, encontrarse con gente distinta, variada, gente que no sea la misma que ven todos los días, como en los pueblos. Una muchacha que se queda en su pueblo termina casándose con lo peor y ni culpa tiene, porque ¿de dónde va a elegir? Pero en la capital es diferente, en las ciudades grandes, las universidades grandes, allá sí, allá hay de dónde escoger.
Además del tinto, la mamá de Catalina me daba empanadas. La atención me parecía de primer nivel, y aunque Catalina, incómoda, siempre le estaba diciendo a la señora que se fuera a hacer sus cosas y no nos distrayera, yo no me sentía ni implicado ni incómodo. La señora se preocupaba solo por su hija, y a mí nunca me dijo, "mijo, usted se tiene que ir porque las mujeres buenas están en otra parte". Ella asumió que yo estaba en Tuluá porque ahí debía estar. Yo era uno de esos que no se merecía a su hija. Ella lo creía y no lo ocultaba. Por eso me caía bien, una señora con buen ají, generosa con el tinto rico, sin miseria con la comida y, lo más importante, sin ningún interés en que yo fuera su yerno. Imposible no tenerle cariño. Al final, la señora lo consiguió, pero a medias. Catalina sí se fue a terminar la carrera en Bogotá, pero el cervecero se fue con ella a bregar con su marca artesanal en otro lugar.