miércoles, 9 de agosto de 2023

Irse, quedando -32

En la universidad estudié con una muchacha que se llamaba Catalina, y varias veces tuvimos que hacer trabajos juntos. Cuando iba a su casa para terminar ensayos y reportes, me agarraba de cuenta suya la mamá. Me embobaba con el tinto tan bueno que hacía y me decía que yo tenía que ayudarla, que tenía que hacer entrar en razón a la niña. Según ella, Catalina no debía quedarse estudiando en Tuluá, tenía que irse para Bogotá, tenía las oportunidades y no las podía desperdiciar quedándose en ese pueblo, amarrada a un tontarrón que no tenía ningún futuro que ofrecerle.

Yo conocía al novio de Catalina, un tipo charlador que había aprendido, según decía, a fabricar cerveza viendo videos de YouTube. A eso se dedicaba, a bregar con su marca de cerveza artesanal. Catalina estaba orgullosa; eso era luchar por un sueño. Para la mamá, era todo lo contrario. Su niña se estaba condenando.

Por eso es que las muchachas tienen que irse de sus pueblos para estudiar en la capital. Tienen que ver cosas diferentes, encontrarse con gente distinta, variada, gente que no sea la misma que ven todos los días, como en los pueblos. Una muchacha que se queda en su pueblo termina casándose con lo peor y ni culpa tiene, porque ¿de dónde va a elegir? Pero en la capital es diferente, en las ciudades grandes, las universidades grandes, allá sí, allá hay de dónde escoger.

Además del tinto, la mamá de Catalina me daba empanadas. La atención me parecía de primer nivel, y aunque Catalina, incómoda, siempre le estaba diciendo a la señora que se fuera a hacer sus cosas y no nos distrayera, yo no me sentía ni implicado ni incómodo. La señora se preocupaba solo por su hija, y a mí nunca me dijo, "mijo, usted se tiene que ir porque las mujeres buenas están en otra parte". Ella asumió que yo estaba en Tuluá porque ahí debía estar. Yo era uno de esos que no se merecía a su hija. Ella lo creía y no lo ocultaba. Por eso me caía bien, una señora con buen ají, generosa con el tinto rico, sin miseria con la comida y, lo más importante, sin ningún interés en que yo fuera su yerno. Imposible no tenerle cariño. Al final, la señora lo consiguió, pero a medias. Catalina sí se fue a terminar la carrera en Bogotá, pero el cervecero se fue con ella a bregar con su marca artesanal en otro lugar.

martes, 8 de agosto de 2023

Irse, quedando -31

Antes de acostarme a dormir, juego un rato con una aplicación de radio que me muestra el globo terráqueo repleto de puntos verdes. Cada punto de esos es una estación de radio. Me gusta desplazarme por cada continente y oír cualquier estación, la que caiga, pero lo que más hago es ubicar esas ciudades en las que sé que está viviendo uno de esos amigos o conocidos míos.

Lamento que el celular no tenga una pantalla más grande para ubicar mejor a esos que se fueron a vivir a una isla, así como lo hizo mi hermana. Se ven tan pequeñitos esos trocitos de tierra en mi celular, que hasta me pone nervioso. Oigo estaciones de radio de Madrid, de Buenos Aires, de Antofagasta, de Puerto del Rosario, de Melbourne, de Quito, de Miami, de Nueva York, de Atlanta, de Macapá, entre otras varias.

Algo que he notado de todas esas estaciones cuando las comparo es que las pautas comerciales son todas muy similares, al menos en los países de habla hispana. El lenguaje publicitario es un puente entre sociedades y, para mí, una ventana a la cotidianidad de esos que ya se fueron. No sé si ellos escuchan o no la radio del lugar en el que viven, pero yo sí, aunque sea por algunos segundos. Sé cuál es el restaurante de moda al que seguro no podrán ir, así como no podían ir a los de acá. También sé que por allá, al igual que acá, en algún momento del día suena una canción de Karol G o Shakira.

viernes, 4 de agosto de 2023

Irme, quedando - 30

Además de Nacho, tuve otros dos vecinos que me resultaban muy curiosos. No sé qué posibilidad existe de que una persona conozca a gente así en una vereda entre las cordilleras, pero en mi caso, allá estaban. Además del viejo casi ermitaño, un cazador y un hare krishna, y un cachetón que, pasados los años, iba a dejarse llevar por el arrebato de ser, dizque, novelista, como si fuera el hijo de una científica caucana o el hijo de un médico paisa o el descendiente adinerado de una familia cualquiera de esas donde hay herencias, o sea, yo.

Hoy me parece que si me decidiera por fin a usar el pasaporte, no encontraría en el mundo un lugar en las montañas en el que vivan al mismo tiempo tres hombres como esos. Si además de eso quisiera encontrar también a un niño que los observe sin saber que luego va a querer escribir sobre ellos, sería todavía más difícil.

Y en caso de que los encontrara, ¿qué haría yo? ¿Me quedaría ahí a vivir cerca de ellos para observarlos de lejos?

Aunque sería muy complicado tener que perderme lo que van a decir los que se quedan al enterarse de que me fui y estoy viviendo en Estonia, porque solo allá pude encontrarme con un casi ermitaño, un cazador, un hare krishna y un cachetón que los mira, y que yo lo miro mirarlos, y los miro a ellos porque me recuerdan mi infancia.

Y que no mando plata para que mi papá y mi mamá le levanten un tercer piso a la casa, porque ya estaba sabido desde siempre que yo era un mal hijo, flojo y más bien aturdido.

Es difícil eso de no poder estar en todas partes al mismo tiempo y tener que decidir dónde estar y qué abandonar, qué dejar atrás.

jueves, 3 de agosto de 2023

Irse, quedando - 29

Me gustaban las fiestas que armaban los que recibían la plata enviada por los que se habían ido. 

Me disfruté más de una de esas guachafitas, licor para bañarse varías veces, comida suficiente para atascarse y enfermar y hasta parrandón Vallenato, todo sin meterme la mano al bolsillo. 

Los mal hablados y los envidiosos, así se hubiera gozado las fiestas, salían diciendo que para botar la plata así tenía que ser porque los idos trabajaban por allá en algo no muy santo, eufemismo para decir que allá se iban a putear y a mover drogas, de ahí, de esa malaleche, salía el cuento de trabajar con la DEA y de irse para otro lado a cuidar viejitos. 

Por esos días, cuando me decían que alguien se iba a o se pensaba ir, a mí me empezaba a saber la jeta a lechona y a whisky, porque así es uno, cuando se gasta la plata que trabaja otro, se da los gustos, porque el aguardiente es para los que se emborrachan en pesos, pero la parranda en euros es otra vuelta. 

Aunque lo digo en pasado porque eso se acabó. 

Ya no se ve ese derroche y los que se van, yo no si es que no mandan o ahorran para quedarse a vivir por allá y nunca volver o mandan lo justo para que los que siguen acá no se les envolate la casa, o es que ya nadie se va a repartir culo, en todo caso, las fiestas en nombre del ausente se acabaron y todos estos, los de mi generación que se están yendo no mandan ni revistas viejas, ni periódicos, ni libros, ni cajas de fósforo vacías o gorras publicitarias del restaurante en que trabajan. 

A Raúl le dije que me mandará un periódico deportivo que tenía en la portada una fotografía de James cuando llegó al Real Madrid y me dijo que para qué, que ese papel no lo quería nadie ya, que revisará la nota en internet, que para eso era. 

Para no decir más, eran buenas fiestas las de antes. 

miércoles, 2 de agosto de 2023

Irse, quedando - 28

Que tantas amistades mías se estuvieran yendo para el extranjero me pareció en algún momento una ventaja, una situación a la que podía sacarle provecho.

Agarré una libreta y apunté nombres y nuevos lugares de residencia y saqué cuentas y concluí que cada uno de los que me anunciaba que estaba a punto de subirse a un avión que lo sacara de este país, se podía llevar en la maleta un par de libros míos, 46 libros de mi autoría rondando por el mundo, la autopublicación cruzando fronteras.

El proceder era muy simple, esas amistades mías que llegaban a España, Italia, Estados Unidos, Canadá, Australia, Brasil, Chile, México, Ecuador y Argentina, solo tenía que llevarse el libro y dejarlo abandonado por ahí, así como quien se olvida el paraguas o la gorra o el poncho, en un café concurrido, un centro comercial, un museo, un bus, el metro, el cine, cualquier lugar donde se pueda creer a simple vista que ese libro puede encontrar un lector, no más que eso, no se trataba tampoco de comprometer o incomodar a mis amistades.

Después de eso y si la fortuna lo quería, mi correo electrónico iba a empezar a recibir mensajes de lectores que tal vez albergaran alguna curiosidad que quisieran aclarar.

O tal vez si la fortuna era mayor, uno de esos libros podía caer en las manos de una celebridad de las redes sociales que hiciera una fotografía que me pudiera convertir en un autor marginal con un seguidor extranjero.

Pensaba eso porque algunas bandas independientes de mediados de los 2000 solían dejar abandonadas memorias USB o uno que otro CD sin marcar con dos o tres canciones nuevas que se iban dando a conocer de a poco entre la gente.

Yo ya había probado ese método en el pueblo y el resultado fue el mismo que se podría obtener arrojando los libros a la basura, pero como uno acá cree que los extranjeros son mejores, de pronto por allá podía funcionar.

Mi hermana se llevó tres libros, mi cuñado apenas uno, Fernando cuatro, Julia y Raúl ninguno porque se fueron sin despedirse. En total y hasta el momento hay diez libros míos en tres continentes y todavía no me ha llegado el primer correo. En la casa me dicen que si hubiera salido adicto a las apuestas perdería menos plata y yo hasta les creo.

Irse, quedando - 27

Mi hermana compró los pasajes con cinco meses de anticipación y solo puso al tanto a la familia. Empezó a organizar su partida, que también era la de sus hijos.

Chequeos médicos, visitas al odontólogo, papeleo en el colegio. Todo eso sin decir, es que nos vamos a ir, es que ya vamos saliendo, es que mi marido nos espera en otro continente.

Así lo hizo también mi cuñado, que se lo comunicó a su papá y a su mamá una noche antes de irse, justo así, que ya se iba, que un amigo suyo lo esperaba y que iba a trabajar en construcción mientras se acomodaba.

Cuando algún vecino preguntaba por mi cuñado, que hacía días no lo veía, mi hermana no mentía, pero tampoco decía la verdad, respondía que por ahí estaba, en el trabajo, que lo tenía muy ocupado, en efecto era así, el tipo estaba quebrándose la espalda, pero en otro lugar, lugar que ella no detallaba, porque eso no era algo que les importara, decía mi hermana.

Ese hermetismo al que ella le dio tanta importancia a mí me parecía su escudo protector, se iba, pero si a los meses tenía que volver, derrotada, por lo menos tenía el consuelo de decir que no había dado la lora, ni celebrado antes de tiempo, su plan B vivía en la discreción.

Por eso compró las maletas esa misma semana en la que se fue y las dejó en el carro y las sacó por la noche cuando ya no hubiera ningún vecino por ahí levantado que la viera bajarlas y empacó y las guardó también en el carro en la madrugada.

Contado así pareciera que se fue a escondidas y no asustada, como de verdad iba, llena de nervios.

martes, 1 de agosto de 2023

Irse, quedando - 26

Cuando uno tiene amigos que estudian humanidades termina leyendo libros que de otro modo tal vez no leería, en mi caso, el amigo mío que se fue para Argentina a estudiar sociología en la universidad de Buenos Aires y que ahora vende tiquetes en una terminal de transporte donde lo ayudó a cuadrar el papá, me prestó un libro que se llama Walden. 

Un párrafo completo para decir que un amigo me presto un libro, es verdad que puede ser excesivo, pero no puedo decir que estoy entrando en detalles que no vienen al caso, porque si el amigo mío estuvo siete años en Buenos Aires trabajando de mensajero y mesero y jardinero para mantenerse allá y volverse con un título universitario lo mínimo para hacerle justicia a su aguante es decirlo cada que se presente la oportunidad. Además, el libro estaba editando en Argentina. 

Leí como cuarenta y tres páginas y lo deje de lado porque lo que me gusta leer a mí son novelas, aunque más que eso me aburrió porque mientras lo leía no pensaba en el señor ese David Thoreau que lo había escrito, yo pensaba era en Nacho, el vecino mío de la infancia. 

Ese señor no vivía en un bosque, pero vivía en una montaña y también cultiva su propia comida y comía carne si era capaz de sacarse un pescado de la cañadita que pasaba cerca de donde había armado su choza, además había renunciado al gas de pipa y la electricidad y al televisor y al radio y hasta al baño porque eso tampoco tenía. El inodoro se podía ver ahí al bordo de la carretera, en ese puesto donde antes había estado su casa.  No volvió a salir al pueblo ni a tener una conversación prolongada, ese Nacho, el que yo tuve de vecino, estaba conectado con la naturaleza, no era esclavo de ningún capital y todavía mejor, a diferencia del escritor, Nacho no estaba jugando a los experimentos, ni iba a escribir un libro y ni siquiera había leído Walden, lo suyo era genuino y yo lo había tenido ahí al frente para observarlo y creer, en ese momento, que estaba loco. 

Entonces me resulto impostado el libro de don David, así reflexionará mucho y mejor se lo devolví a mi amigo que al igual que yo nunca iba a tomar la decisión de vivir como Thoreau porque es más fácil renunciar a un riñón que al internet. 

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...