lunes, 10 de julio de 2023

Irse, quedando - 7

Me gustaría decir que soy un caso aislado, un extraño objeto de estudio, el único tipo de más de treinta años que no ha podido irse de la casa de sus papás, pero no es posible. 

Puede ser que me rodeo de un pequeño grupo de gente que no se debería dejar ni ver por ahí, es posible que seamos la muestra estadística menos conveniente para ilustrar el saludable desarrollo de una ciudad, quién sabe, el caso es que puedo señalar a varios que más o menos están en las mismas que yo. 

No voy a decir sus nombres porque tampoco es que haga falta hacerlo para poner en claro el asunto, con decir que son mis amigos es suficiente. 

Está el licenciado en lenguas que toca la guitarra, pero no trabaja de profesor en ningún colegio y funda bandas de rock que nacen muertas y se rebusca las monedas con clases particulares esporádicas. 

El Otro amigo que fue a Argentina y estudió sociología y volvió para pintar casas y sigue pasando hojas de vida mientras todo mejora y le sale algo en el campo académico, él tiene fe y su mamá debe tener más. 

Amigos y amigas que se casaron y se divorciaron sin alcanzar a celebrar el quinto aniversario, de esos tengo varios, y varios de esos volvieron a las casas de sus padres con los frutos del matrimonio. Convertir a las abuelas en niñeras no remuneradas es una de las pocas cosas que mi generación sabe hacer bien. 

También está el amigo sicólogo, que se piensa ir de la casa de los papás cuando el consultorio despegue, lleva tres años despegando. 

El amigo que es enfermero y no se va de la casa materna porque no ha encontrado una pieza barata y el artista plástico que sí se gana la vida como artista plástico, pero tiene el taller en la casa del papá que es el que le ayuda a vender los cuadros. 

Como digo, somos muchos, eso no da consuelo alguno, daría vergüenza, en caso de que supiéramos lo que eso es. 

viernes, 7 de julio de 2023

Irse, quedando - 6

Estoy convencido de que mi papá en sus treinta años soñaba con que su hijo mayor al llegar a esa edad tuviera ya una casa propia y una camioneta blanca, ojalá, Toyota, una vida resuelta como la de cualquier hombre verraco. Lo que queda demostrado es que los años pasan para decepcionar porque aquí estoy yo cerquita de la pensión, si me hubiera metido a la policía, viviendo todavía con él, andando en bicicleta y admirando a un tipo que tenía un pedazo de tierra y un día decidió echarse la casa al hombro porque se le antojó, con la diferencia de que yo soy flojo y no tengo casa para echarme al hombro y no me alcanza para pagar un arriendo. Un solo tipo puede generar un desencanto en dos señores muy diferentes, hoy yo podría bien ser un fiasco para mi papá y también un fiasco para Nacho. Dos por uno, como en rebaja.

Irse, quedando - 5

Uno siempre puede saber cuánto hay de una ciudad a otra o del mapa de un país al mapa de otro, lo que no sabe uno es la distancia que hay entre su estado emocional actual y la alegría venidera tan deseada. Tan difícil es saberlo que a veces uno está en el estado ideal sin saberlo. Lo que importa es que igual uno persigue ilusiones y se apoya en la esperanza porque sobre ella se sostiene el mundo. 

Irse, quedando - 4

Antes del segundo o tercer trasteo de mi vida era un niño y vivía en una vereda del oriente de Caldas. Allá conocí a un señor que se llamaba Ignacio, era uno de los varios vecinos que teníamos. Vivía solo y callado, viejo excéntrico, dirían algunos. Lo llamaban Nacho. 

De un momento a otro ese señor decidió que no quería vivir más al bordo de la carretera y agarró un martillo y desarmó su casa de madera y se la cargó tabla por tabla y viga por viga y guadua por guadua y hoja de zinc por hoja de zinc, doscientos o trescientos metros más abajo donde la volvió a armar sin la ayuda de nadie y sin dar explicaciones porque a nadie se las debía. 

Los que lo vieron realizar esa operación durante el par de días que le tomó, comentaban que estaba loco y yo que era un niño repetí lo que decían esos otros y dije también que Nacho estaba loco. Años después me pareció que no, que Nacho estaba bien cuerdo. Incluso, sin proponérselo, me ayuda ahora a entender una que otra cosa.  

jueves, 6 de julio de 2023

Irse, quedando - 3

Probar fortuna en otra parte y rebuscarse la comida vienen a ser la misma cosa. El que decide irse sabe a qué se va y sabe lo que deja.  Eso que no se lleva habla por él, ilustra sus circunstancias. 

Lo propio del desplazamiento es el trasteo y el que deja una casa para ir a ocupar otra monta sus chécheres en una carretilla, un camión o un jeep, se aprovecha hasta el más mínimo espacio, los trastos quedan a la vista y a veces hasta se arruinan. 

El trasteo también posibilita el consenso, la gente está de acuerdo, no le gusta trastearse, no le gusta desarmar, empacar y volver a desempacar y volver a armar. 

Partir al extranjero es un tránsito sin trasteo, la gente se va con su maleta y nada más. Desarmar para vender o regalar no es lo mismo que desarmar para llevar. Emigrar es dejar los chécheres todos.  

Irse, quedando - 2

No creo que unas millas en avión o la resistencia necesaria para caminar durante horas como los migrantes venezolanos me vaya a dotar del carácter que ya no tuve, sin embargo, yo, como cualquier otro, veo los tutoriales de YouTube sobre lo que se debe tener en cuenta para salir del país. 

Lo explican tan bien que hasta parece fácil irse. Con decir que hasta tengo pasaporte. 

Lo que tiene que resultar muy complicado es la búsqueda de la palabra exacta que permitan construir un mensaje inverso, lo digo porque no hay tutoriales en torno a la permanencia. Ninguno en sus videos explica cómo se debe proceder para quedarse aquí. 

Irse, quedando - 1

Tener la capacidad de identificar el momento justo para marcharse debe ser una cualidad más del individuo para prolongar la vida, o cuidar la misma. 

Raúl no se despidió. Una tarde se tomó un café en mi casa y otra tarde publicó una foto en sus redes sociales desde un aeropuerto internacional. 

Julia me dijo a mediados de abril que se iba a finales de mayo y luego se fue antes. Un fin de semana la convidé a montar en bicicleta y me dijo que estaba buscando apartamento en Madrid. 

Mi cuñado me preguntó una noche, después de trotar un rato por la transversal, que cuál era mi opinión de irse a probar fortuna en el extranjero y le dije que a mí me daba miedo cruzar el charco, pero que si a él no le daba miedo entonces había que salir, igual poco tenía, nada iba a perder y al otro día compró el pasaje para Europa.

Yo, en cambio, sigo buscando en mis cualidades una que explique por qué sigo acá y cuándo es que me voy a marchar.  

"Hago lo que puedo, pero puedo poco", dice la canción. 

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...