Un día una mosquita
nadadora
cayó en una taza
de espumoso café con leche y
nadó tranquila
sin saber que era
intolerante a la lactosa
no se ahogó
pero perdió su récord Guinness
de nado en taza y
también se enfermó.
Un día una mosquita
nadadora
cayó en una taza
de espumoso café con leche y
nadó tranquila
sin saber que era
intolerante a la lactosa
no se ahogó
pero perdió su récord Guinness
de nado en taza y
también se enfermó.
Decidí que la derrota debía ser eso.
Partí de una sensación dejando de lado cualquier razonamiento.
Resultaba genuina la partida.
El mensaje interrumpió mi charla de siempre con mi amigo de siempre mientras mirábamos el programa de televisión de siempre.
Una persona, una importante en mi interior, me habló después de mucho tiempo sin hacerlo.
Me preguntó por un asesinato que al parecer y según las informaciones tenía que ver conmigo, entre líneas la pregunta buscaba confirmar si yo había sido el responsable de esa muerte.
No hablaré de mi respuesta, que ni siquiera fue una defensa porque ahí ya me arrumó la derrota.
Nunca he tenido en mis manos un palo de golf, pese a eso, he pensado que si tuviera uno lo utilizaría para hacer daño, para ocasionar dolor y destrozar sonrisas.
Se lo comenté a un amigo esperando que me juzgara y para mi sorpresa y sin pensarlo mucho me dijo que él preferiría usar un bate de béisbol.
Él tampoco sabe lo que es empuñar un bate.
Ambos deportes son para nosotros forasteros, ni siquiera los seguimos en video y lo poco que entendemos de ellos se debe a la ficción, a forma en que esas disciplinas deportivas han sido representadas en la pantalla.
Lo que sí es familiar para nosotros es el billar, pero en mi caso nunca he visto en un taco de billar un objeto con el que me provoque golpear una cabeza. Lo hemos usado para eso, no voy a mentir, en alguna que otra gresca hemos partido tacos contra espaldas, pero es un uso imperioso. Con el palo de golf, en cambio, quiero planificar, quiero agitarlo en el aire ilusionándome. Un palo de golf, quiero un palo de golf.
En la televisión, un señor con el pelo engominado y una camisa de cuello italiano, color azul claro, decía lo siguiente: el hombre aburrido con la rutina debe saberse siempre más afortunado que el hombre asfixiado por la incertidumbre. Levantarse todos los días a hacer lo mismo es mejor que levantarse todos los días sin saber qué hacer. La rutina salva vidas, la rutina garantiza el orden, la rutina está por encima de la fe y de la esperanza y de la inspiración. La rutina ha cobrado menos víctimas que la incertidumbre.
El filósofo de provincia que lo escuchaba no podía creer que el entrevistador no lo rebatiera y pusiera en cuestión su posición y demostrara que era una trampa y una mentira para defender al capitalismo que lo devoraba todo. Estamos perdidos, repetía el filósofo de provincia, estamos acabados y está tan lejos la Francia de la ilustración y la Grecia de platón, vivimos en la agonía del pensamiento, cualquiera escribe y habla sin saber, decía el filósofo de provincia cambiando de canal, sin saber qué ver, sin saber qué hacer sin saber para dónde agarrar, sin saber qué querer. Se acabó lo que se daba, dijo el filósofo de provincia, se acabó lo que se daba y apagó el televisor.
Se lo digo sin afán de sembrarle el susto en el corazón, faltaba más que fuera esa mi intención, se trata de información y de dejárselo bien claro porque tal vez le venga luego la sorpresa de sopetón en cualquier invitación.
Existen los fantasmas, amiga mía, están en todo menú o carta de restaurante o café.
Es el nombre de ese plato que usted lee con antojo y luego le pide al mesero que le dice sin complejo que no lo tienen en el momento, pero de pronto luego y luego vuelve usted y lo pide de nuevo y le salen con lo mismo. El plato fantasma que a veces es la torta fantasma o el postre fantasma.
Un nombre de preparación, según dicen exquisita, que siempre está en esa carta, pero que usted nunca ha visto, ni olido, y nos lo seguimos pidiendo querida amiga y nos siguen insistiendo en que existe, aunque no lo tengan en ese momento.
Existen, amiga, los fantasmas de las cartas, las ánimas del menú, y cuando dicen, ellos están aquí, nos están hablando justo de los que no están, del plato que nunca hay.
La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...