martes, 21 de marzo de 2023

Ocurrencia #33 de 100

Gracias por su tiempo, señor periodista y aprovecho este minuto que usted tan amablemente me regala para informarles a todos los que están escuchando su noticiero a esta hora que las orejas de Micky Mouse con las que trabajo de noche chupando dedos de pies reventados y renegridos de tanto golpear balones en canchas sintéticas se me perdieron por el sector de la terminal de transportes el día de ayer. si alguien las encuentra puede traerlas acá a los estudios de la emisora, estoy entregando una generosa recompensa. Para mí es fundamental tener esas orejas porque hay mucho señor que no paga lo mismo si no tengo las orejas puestas. De nuevo muchas gracias al noticiero por abrirme el espacio para este servicio social, ustedes si definitivamente es que son la voz de los que no tenemos voz, muchas gracias. 







 

Ocurrencia #32 -de 100

Me tocó decirlo a mí porque el resto de los que saben la verdad sobre el mito de los velocimotos se ha ido yendo de la ciudad a engañar en otras partes. Salen de noche y fuman bareta porque les gusta, no tienen plan y no defienden ideas ni propuestas de orden, son gente libre que sólo quiere ir a ochenta kilómetros mínimo por las calles de su ciudad. No se dedican al crimen como dicen, no son el mal en dos llantas, no acaban con la paz ni trasnochan a las señoras a propósito, no compraron sus motos para eso. Ellos viven a toda velocidad, sin meta desafiando al miedo. Son la materialización de su tiempo, el orgullo de los ingenieros y diseñadores de esos motores. Los velocimotos no van a acabar con el mundo, no son satanistas, no sacrifican animales ni saben como armar una bomba. Los velocimotos no son el enemigo interno de este pueblo ni de ninguno. Los velocimotos solo son culpables de su libertad y su valentía y riesgo, los velocimotos se propagan y esa es la verdad, los velocimotos son cada vez más y eso amenaza a los señores del orden, el falso oreden, esa es la verdad. 








Ocurrencia #31 -de 100

El hombre más triste del mundo llegó a vivir en el oriente de Caldas, se compró una casita cerca al río La Miel, ahí más abajó de la vereda La Tebaida. Los vecinos no se percataron de la presencia del recién llegado hasta que empezaron las procesiones de visitantes de todas partes del mundo. Para el viejo de las canchas de tejo del pueblo, la presencia del hombre más triste del mundo en esas tierras le permitió por primera vez estrecharle la mano a un gordo alemán y a un vegano francés y hasta a una señora de Turquía que no hablaba nada de español. 

El hombre más triste del mundo dedicado a sembrar yuca y criar pescados en estanques artificiales que llenaban con agua que sacaba del río y que luego al río devolvía no se había propuesto convertir su finca en lugar de peregrinación, el negocio del turismo no le importaba, él sólo quería vivir allá, pero tampoco echó ni plantó, ni devolvió a nadie, si lo visitaban era por algo y a todos les dedicaba sus minutos. 

Las visitas eran cortas, el hombre más triste del mundo cruzaba un par de palabras con sus no invitados y luego atendía a otros o seguía con sus estanques y sus pescados. La mayoría de las veces hacía las dos cosas al tiempo. El propósito de los visitantes era demostrarle al hombre más triste del mundo que nadie podía ser el hombre más triste del mundo. 

El hombre más triste del mundo no contradecía, escuchaba sin interrumpir, atento. Todos los días el hombre más triste del mundo escuchaba historias tristes de gente que se negaba a estar triste, gente que le ponía ganas a la vida. Otros solo querían saber porque el hombre más triste del mundo era el hombre más triste del mundo y el hombre más triste del mundo se quitaba el sombrero y dejaba ver su cabeza calva y el tatuaje en la frente que decía "el hombre más triste del mundo" como si ese tatuaje que para ninguno de sus visitantes era un secreto pudiera responder esa pregunta. 

El hombre más triste del mundo se volvió viral y una figura reconocible en internet justo por haberse hecho ese tatuaje. Y esa era la pregunta más frecuente que sus visitantes le hacían, por qué se había tatuado esa frase en la frente. El hombre más triste del mundo entregaba a cada uno de los que preguntaba una respuesta diferente, existían cientos de versiones, una de ellas era que el hombre más triste del mundo llevaba más de veinte años intentando olvidarse de algo y no lo conseguía, una muchacha de ojos claros, decían, una mascota de la infancia, decían otros,  un abuso brutal, un crimen. No se sabía por que el hombre más triste del mundo era el hombre más triste del mundo, pero otra vez sabíamos en dónde vivía y lo seguiríamos visitando y comprándole pescado si hacía falta. 










lunes, 20 de marzo de 2023

Ocurrencia #30 de 100

El hombre es consciente de la fuerza que posee. Entendió hace tiempo que no es mucha. No se compara con la de otros hombres de su tamaño y edad. El hombre sabe también que en ese punto y lugar no importa si es poca, lo que de verdad importa es su disposición, debe dejar de mirar y actuar, debe aprovechar el sentido de la oportunidad. 

Se acerca al carro como lo han hecho otros y agarra la cuerda, se acomoda y empieza a jalar sin importarle que los tenis se hundan en el barro. Cuentan: uno dos y tres y jalan, cuentan: uno dos y tres y jalan. Mientras tanto en la parte trasera del carro otros empujan, algunas mujeres y niños y viejos esperan a un lado de la carretera. 

Con fuerza escasa el hombre sabe que su ayuda importa poco, pero no va a ser el único que llegue a ese pueblo con los zapatos limpios, no permitirá que la primera impresión que se lleven de él sea la de que es un flojo. 

El conductor acelera y dice que ya casi, que ya casi sale. Cuando por fin consiguen sacar al carro de ese paso malo todos vuelven a subirse para seguir el camino. 

En la plaza del pueblo el hombre observa como la gente se cambia los zapatos embarrados por zapatos limpios que llevaban en sus bolsos, alguien le dice que sí fue que nadie le informó que necesitaba zapatos de cambio. El hombre responde que no y le dicen los que lo oyen que muy mal, muy envolatado. El hombre tranquilo se aleja de la gente, una vez más lo consiguió, prefiere que crean de él que es un hombre envolatado y no un hombre sin fuerza. 








Ocurrencia #29 de 100

No se cuida una casa para prevenir el robo, eso es mentira, se cuida una casa para atestiguar el robo, para estar ahí y contar cómo fue, tener un relato, proporcionar un dato, entregar una pista. 

El que cuida la casa puede estar armado, puede estar dispuesto, puede ser resuelto, aguerrido, valiente, impertinente si es el caso y aún así sus posibilidades son reducidas si se comparan con las de los ladrones. 

Está el factor sorpresa que en la balanza de ventajas y desventajas le pesa más al que cuida la casa, pero también está la propuesta solidad de los ladrones de entrar al campo a jugar a la ofensiva, mientras tanto el que cuida juega a la defensiva y en caso de que no pierda terminará empatando y qué es un empate sino otra forma de perder, de quedar en las mismas o peor porque el que evita el robo si lo logra queda asustado y si iba armado de un momento a otro se pudo convertir en asesino. 

Tal vez por eso el cuidandero de casas va siendo remplazado poco a poco por un avanzado y costoso sistema de cámaras que como decíamos, puede garantizar un relato. Luego estamos los tipos con miedo, los que cerramos con tranca puertas y ventanas y rezamos el rosario, los pasmados cerramos que los ojos y al final ni testigos somos. 




sábado, 18 de marzo de 2023

Ocurrencia #28 - de 100

Bajo el volcán

Señales que precederán al fin del mundo  

Temporada de huracanes 

Casas vacías. 


Tengo miedo torero.

Las noches todas 

Variaciones alrededor de nada,

Así empieza lo malo 

Este es el futuro que estabas esperando.


Putas asesinas 

Sirenas en el campo de golf 

El diablo de las provincias 

La lesbiana, el oso y el ponqué.

El tiempo de las Amazonas.


Percusión,

Más allá del olvido, 

La montaña del mal. 


El corazón es un cazador solitario 

 Contigo en la distancia 

A Godzilla le gusta la salsa

De un castillo a otro 

El gigante enterrado

La vaga ambición







viernes, 17 de marzo de 2023

Ocurrencia #27 - de 100

Se enciende la alarma. Llaman del colegio. Qué habrá pasado, otra vez en problemas. Tiro a un lado el trapo con el que estoy secando la cadena de la bicicleta y respondo con cierta timidez. Llevo meses intentado cambiar eso en mí, quiero responder con seguridad, quiero intimidar a la profesora que llama con la primera silaba que pronuncie, pero no, no lo logro, siempre la voz queda, sumisa, una voz de culpa aceptada. Me dice que otro estudiante asegura que mi niño le pegó, me pregunta sí sé algo, si el niño me contó. le respondo que no. Quiero decirle que mi niño no es un grosero, que mi niño no va por ahí golpeando a otro, que todo debe ser un malentendido porque a mi niño le gusta jugar brusco, pero no digo nada, dejo que la profesora hable. Si hubiera respondido la llamada con un tono diferente tendría la sartén por el mango, podría ser la persona indignada, pero no, esa oportunidad ya pasó. La profesora entrega recomendaciones como si fuera la experta invitada al noticiero del medio día. La escuchó y le digo que hablaré con él. Cuelgo la llamada pensando en la profesora, qué pensara ella después de hacer llamadas de este tipo, me juzgará, se sentira incomoda, habrá quienes respondan con el tono de voz que la deje a ella sin capacidad de maniobra. Seguro sí. Hablar con el niño, qué tono usar, cómo decirlo, qué decir, qué manera de empezar el día. 







Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...