Se enciende la alarma. Llaman del colegio. Qué habrá pasado, otra vez en problemas. Tiro a un lado el trapo con el que estoy secando la cadena de la bicicleta y respondo con cierta timidez. Llevo meses intentado cambiar eso en mí, quiero responder con seguridad, quiero intimidar a la profesora que llama con la primera silaba que pronuncie, pero no, no lo logro, siempre la voz queda, sumisa, una voz de culpa aceptada. Me dice que otro estudiante asegura que mi niño le pegó, me pregunta sí sé algo, si el niño me contó. le respondo que no. Quiero decirle que mi niño no es un grosero, que mi niño no va por ahí golpeando a otro, que todo debe ser un malentendido porque a mi niño le gusta jugar brusco, pero no digo nada, dejo que la profesora hable. Si hubiera respondido la llamada con un tono diferente tendría la sartén por el mango, podría ser la persona indignada, pero no, esa oportunidad ya pasó. La profesora entrega recomendaciones como si fuera la experta invitada al noticiero del medio día. La escuchó y le digo que hablaré con él. Cuelgo la llamada pensando en la profesora, qué pensara ella después de hacer llamadas de este tipo, me juzgará, se sentira incomoda, habrá quienes respondan con el tono de voz que la deje a ella sin capacidad de maniobra. Seguro sí. Hablar con el niño, qué tono usar, cómo decirlo, qué decir, qué manera de empezar el día.
No resultó fácil mitigar el daño ocasionado por el hada de los dientes que en una total falta de profesionalismo decidió ignorar a ese niño cachetón que perdió dos incisivos después de que un caballo le acomodara en la cara una patada.
Haciéndole el quite al deterioro permanente de ese puesto de salud la enfermera y el médico le ofrecieron los primero auxilios al muchachito, le limpiaron la nariz rota y detuvieron la hemorragia para remitirlo después a una clínica en la ciudad.
El hada sostuvo que había sido planeado, que de accidente no tenía nada, que el niño lo planificó y se buscó el golpe, que todo era montaje y autoataque y que un hada no se dejaba manipular ni engañar de nadie. No entendió razones y negó los hechos, su postura no se iba a modificar aunque sus superiores sostuvieran que con 19 meses de vida un niño no tendría esos alcances.
Después de los exámenes correspondiente los especialistas descartaron complicaciones y aseguraron que al niño le iban a salir los dientes otra vez pero iba a tener que esperar. Muequito varios años le dijeron a la mamá.
Teniendo en cuenta que las hadas son funcionaras de carrera y lo sucedido no se consideraba un motivo de justa causa de despido esa hada implicada en el asunto fue trasladada a otro cargo y terminó de bibliotecaria. Pero en el listado de las hadas la recompensa por los dientes de ese niño seguía vigente, sigue vigente y pronto será entregada.
Lo anterior fue el cuento que le contó en el director de la gestión del riesgo a su hija pequeñita para que se quedara dormida.
Estuve en el apartamento de la muchacha que me gusta y me dejó pasmado saber que no tiene en su cocina siempre a la mano un directorio telefónico para hojear mientras espera a que la leche hierva.
De verdad que no la entendí.
Cómo pone a colar el café sin esperar recostada en el aparador mientras le echa el ojo a un poemario, unas páginas amarillas, los clasificados de un periódico, un catalogo de herramientas o la edición actualizada del reglamento para el voleibol masculino.
Me tuve que ir de allí de inmediato y todavía no salgo del estupor.
Cada vez resulta más difícil encontrar gente normal con la que relacionarse y cómo si fuera poco la muchacha esa me dijo, raro, ni siquiera funambulesco.
Recibí un mensaje anónimo muy amable en el que me explicaban con delicado y detallado esmero el tamaño de mi idiotez.
Como era de esperase me hizo falta ayuda para entender lo que me decían y tuve que recurrir a mi amigo el peluquero, hombre sofisticado, cultivado, viajado, obsesivo, enriquecido, vengativo, descreído, cuajado y desconfiado.
Fui a su local y lo vi trabajar, luego le mostré el celular y él leyó dicho mensaje, se rascó la frente y me dijo que no me detuviera en esas nimiedades, que la gente decía muchas cosas y que había que dejarla ser.
Pero qué es lo que me quiere decir con ese mensaje, le pregunté a mi amigo peluquero, es que no entiendo, yo he leído eso varias veces y sigo sin saber si el tamaño de la idiotez es bastante o es poquito.
Mañanas lluviosas con olor a barro, vendedores de libros piratas que no puede repartir su mercancía en la acera y aún sí se estacionan en el lugar de siempre embutidos en impermeables con el producto entre las cajas y la atención despierta para responder dudas, se lo tengo, madre, se lo tengo, se vende mucho, se ve que lo piden en el colegio.
El señor que pita desesperado en el semáforo y el tipo que dice en CNN en español que las crisis son oportunidades y ese viejo que se escampa en la cafetería y no sabe que más hacer con esas gafas a las que no para de secar desde que salió de su apartamento.
Ese zapato que ya se fue al charco y ya se mojó y ese frío en el pie que sube hasta la nariz y ese caballo sin dueño que vaga tranquilo rompiendo bolsas de basura y dejando regueros como pistas.
También el estruendo interno y el crujido en el pecho y la sensación de irrealidad y el viento golpeando los carteles y el ser querido partiendo con la maleta al hombro y el rostro afligido y ese ultimo abrazo y los caminos divididos y la incertidumbre y la lluvia que no para y la mañana que no parece acabar y el regreso a casa en solitario y la certeza de que hay mañanas que no pueden ser soleadas.
Estimada vecina, escribo para hablarle de la soledad que sentí esa noche mientras botaba agua de mi casa y la veía a usted al frente, en la suya, sentada en su sofá mirando la ceremonia de los premios Oscar.
Se había tapado un tubo y también llovía y el agua se devolvía por el baño y por los sifones del patio y caía más agua adentro de mi casa que afuera y yo llenaba baldes y tiraba agua por la ventana afanado y torpe. Un baldado tras otro para mantener controlado el nivel y que el agua no me pasara de los tobillos y una vela prendida en la cocina esperando ser vista por San Isidro para que detuviera la lluvia.
Le digo, vecina, que nunca me he sentido tan solo como ese día, usted tranquila mirando la pantalla del televisor ni escuchó el agua caer golpeando ruidosa en la calle. Y pensar que hacía apenas unos meses se había salido el río y todos por la cuadra inundados botamos agua mirándonos solidarios, casi cómplices usted y yo.
De eso casi no hablan, vecina, explican la soledad de muchas formas y hasta le asignan colores y de los daños en la alcantarilla y de botar agua sin ayuda y de lo improbable que es encontrar un fontanero que responda después de las diez de la noche un domingo no se habla y también esa es la soledad y huele a mierda. Huele a mierda, vecina, y es muy fría.