martes, 26 de octubre de 2021

Alguien pagó por esta novela. Primera versión. Capítulo 4

 

4

Manuel sacó el celular del bolsillo y lo apagó. Dijo que mientras me ponía al tanto de la situación y me explicaba lo que me tenía que explicar no quería ninguna interrupción. Hablaba animado, pero no festivo. Lo de celular me había gustado, era un gesto nuevo, tenía que haberlo aprendido después de la campaña porque yo no lo conocía. Parecía acertado. Apagar el celular implicaba primero que el otro lo viera, que notara la marca y con rapidez identificara la innegable diferencia con el suyo, en ese caso el mío, que al lado del celular del alcalde era un reloj de bolsillo. Lo segundo, que el otro, o sea yo, se creyera bastante importante, tanto como para que el alcalde de un pueblo le dedicara por un momento todo su tiempo.

Lo que dijo después de guardar el celular me confirmó lo que hasta ese momento era solo una sospecha, que esa acción estaba estudiada y era puro fingimiento. Cualquiera no hace esto que acabo de hacer yo y yo no lo haría con cualquiera. Es que ni un alcalde, ni un gobernador, ni un congresista, ni un economista tampoco, ninguno de esos apagaría el celular. Porque hay profesiones y trabajos que no lo permiten. Imagínese, sucede una emergencia, algo que requiera atención inmediata y los funcionarios incomunicados con la primera autoridad del municipio dizque porque a él le gusta apagar el celular. Esto es 24/7 hermano, esto nunca para. Así es la vida de un alcalde. Pero como lo respeto y lo que vamos a conversar es importante prefiero apagarlo.

El tono usado por Manuel para decir todo eso en serio conseguía que uno se sintiera importante, las pausas y la entonación de algunas palabras lograban el efecto que él esperaba. Había que reconocerlo, el alcalde sabía cómo llegarle a la gente. Sabía cómo ubicarse en la cabeza de la jerarquía dejando con sutiliza a su interlocutor arrastrado. Lo entendí y no entré en el juego, no me sentí especial en la vulnerabilidad que Manuel sugería.

Pero señor alcalde para que se pone usted con esas molestias. No hace falta que apague su celular, no hace falta que ponga en peligro el bienestar del pueblo mientras hace sus negocios. Usted lo ha dicho, si sucede una emergencia cómo lo van a localizar. Dígame mejor de una vez para que me llamó, hable alcalde, exprésese y dejemos el preámbulo, vea que si esto fuera un programa de televisión los televidentes ya hubieran cambiado el canal. Hablé sin moverme de la silla, sin descuidar ni por un segundo el café que me tomaba deleitado al comprobar que ese era diferente del que estaba afuera. El que traían a la oficina del alcalde era mejor, un de placer para mimar el paladar.

Pero usted si no cambia nada, hombre, dizque televidentes.  Muy chistoso. La gente como usted es muy chistosa, me dijo Manuel. Cómo así que la gente como yo, acaso cómo soy yo pues, le pregunté. La gente como usted, que le gusta estar yendo a cine y se la pasan viendo televisión y leen revistas especializadas, a esos me refiero. ¡Cinéfilos! dije, apresurándome a completar lo dicho por Manuel. Eso, sí, lo que sea, es que ahora si se inventan palabras para todo. Pero bueno, le doy la razón vamos de una a lo que nos convoca, además tiene que ver justamente con palabras, palabritas, palabrejas. Necesito que usted me escriba una novela.

Me tomé el café que me quedaba en el pocillo de un solo trago y le dije que sacara ese aguardiente que mantenía ahí encaletado y me sirviera uno. El alcalde sonriente abrió una gaveta del escritorio esculcó levemente entre carpetas y sacó la botella. Ahora sí parece que nos vamos a ir entendiendo, hermano, porque los negocios buenos se hacen es con esto y no con tinto, expresó mientras abría la botella. Usted necesita uno grande para que se afloje porque llegó como muy crispado, hermano, muy a la defensiva, como si no fuéramos amigos. Hablaba sin dejar de servir el aguardiente en unas copas hondas y nada sutiles, parecían sacadas de una fonda de arriería.

Ya le vi la cara de sorpresa que puso. Todo se imaginaba menos que le iba a salir con esto. Pero sí, esa es la propuesta, ese es el negocio. Necesito que me escriba una novela. Corta. Sencilla y clara. Si se puede buena mucho mejor. Esos pucheros que hace, así le quería ver esa jeta. No, no, no, no diga nada todavía, espere y vera se la pinto y luego me la colorea. Lo que quiero es que usted se siente bien juicioso en su casa o en donde sea que trabaje bien y me escriba una novela que hable de mí o mejor dicho no de mí, cambie el nombre si quiere, pero que se note que soy yo, que la gente pueda hacer la asociación, eso tiene que quedar muy claro porque como es de atembada la gente de pronto resulta creyendo que el alcalde de la novela es el de otra parte y no el de acá. Entonces listo, eso, agarre y veras este lapicero y esta hojita y va tomando apuntes para que no se nos olvide luego y para que no me ponga a explicar de nuevo. La novela va de un alcalde que fue elegido por muchos votos, un tipo que contó con el espaldarazo decidido de la gran mayoría de ciudadanos de su pueblo. Un alcalde que encontró el pueblo hecho un mierdero y que con autoridad, trabajo duro, diciplina, transparencia y ante todo responsabilidad con su cargo y con el bienestar de la gente consiguió mejorar notablemente la situación y conseguir que su pueblo sea un ejemplo de transformación y progreso a nivel internacional. Yo quiero que usted diga que cuando las cosas se quieren hacer se pueden hacer, todo es cuestión de voluntad y de tener ganas de trabajar. El personaje de la novela tiene que trabajar mucho, usted tiene que estar reiterando todo el tiempo que el alcalde es incansable. Tiene que decir que cuando hay capacidad de gestión en un gobierno el pueblo lo nota. ¿Apuntó eso? ¿no? Se lo voy a repetir. Cuando hay capacidad de gestión en un gobierno se nota. No, espere hombre, espere le sigo contando, no me haga perder el hilo, ahora habla. Entonces la novela va de eso, el alcalde pone en orden el pueblo, lo transforma, le devuelve con sus acciones y con las obras públicas el sentido de pertenencia y de amor por su terruño a los ciudadanos, sentimiento que se había perdido por la pírrica gestión de las administraciones pasadas. Y para que la novela no le quede así como tan de logros y más logros como si conseguir todo lo que le hubiera dicho fuera fácil usted tiene que describir al detalle los obstáculo, la oposición y sus falsedades y acusaciones temerarias. El gobierno nacional que no ayuda porque todo es pa las ciudades grandes y pa los pueblos nada. Los empresarios de la ciudad que son tacaños y chichipatos. Tiene que hablar de lo difícil que es socializar obras que aunque van a cambiar la ciudad generan cierres viales prolongados y de más. Bueno y más cosas así, usted vera como maneja eso, usted es el que va a escribir. El punto es que no parezca fácil, que no sea como que llegó hizo y listo. Usted tiene que armar algo así como esos partidos sufridos en los que se ganan en el minuto de adición, algo así, que cuesta ganar, pero igual es ganar. Entonces ese alcalde de la novela debe estar inspirado en mí, pero que no sea yo exactamente, si me entiende. Está confundido, no me diga eso. Lo veo como con cara de perdido. No se pierda hombre que es fácil, pa eso está tomando apuntes. Usted va a escribir una novela de un alcalde que cambia un pueblo a pesar de los obstáculos y se va a inspirar en mí y en la alcaldía mía. Eso en resumidas cuentas es lo que quiero. Espere, espere que todavía no he terminado, ahora habla usted, espere. Ya le hablé de obras y de parques y de transformación, ahora viene lo otro, porque usted no puede pintar al personaje como a un alcalde así como Peñalosa que todo el tiempo habla de obras y de construir y construir sin importarle acabar con reservas naturales o patrimonios culturales, usted tiene que equilibrar el personaje, porque el alcalde de la novela también tiene que ser popular, tiene que conectar con la gente, untarse de pueblo, hablar de inversión social y de priorizar a los menos favorecidos y tiene que ponerlo a repetir que lo más importante es reconstruir el tejido social porque como le digo el personaje de la novela va a ser un alcalde que soy yo pero al mismo tiempo no porque como es ficción usted puede jugar con eso porque lo esencial no es que la gente cuando lea diga ese es el alcalde sino que piense, ese se parece al alcalde, ese debe ser él. Por ejemplo, usted puede hablar de la recuperación del parque Boyacá y del orgullo para la ciudad que eso representa, hablar del compromiso emprendido en esta administración, o sea en la del alcalde de la novela para sacar del parque a esa cantidad de ladrones y de indigentes y de putas que pululaban ahí, como le digo, ya usted vera como maneja todo eso. Pero no, no, espere hombre, espere que todavía me falta. Ahora habla, ahora habla. Entonces lo que yo quiero es que usted escriba esa novela pero además que se encargue de lo otro, de la edición, de la impresión, mejor dicho la va a escribir y la va a publicar. Yo ya estoy pensando en la portada, por ahí tengo ideas, pero igual el que la va a escribir es usted entonces estoy abierto a propuestas. Ojo pues, yo quiero un libro bonito, nada de papel delgadito que parece periódico ni nada de esas portadas que son como una cartulina, yo quiero un libro bonito, serio, pero eso sí, nada de edición de lujo tampoco, no señor. Apunte ahí, que luego no me vaya a salir con presupuestos volados. También espero que me ayude en la parte de la distribución, aunque por eso no se tiene que angustiar porque la idea es que regalemos el libro, yo he pensado que primera armamos un lanzamiento para invitar a mucha gente, a la prensa y los medios para que hagan bulla y luego nos tiramos a las calles y lo regalamos, ponemos a todo el pueblo a leer, o por lo menos les ofrecemos la posibilidad de que lo hagan y hablamos de eso de la importancia de la lectura y de todos esos bochinches con los que gastan papel en los suplementos dominicales de los periódicos. No va a faltar el hijueputa que nos critique, pero no importa, hermano, no importa, igual lo hacemos. Yo había pensado en meterle dibujitos también al libro porque a la gente le gusta ver muñequitos y maricadas de esas en las páginas, pero pues eso sí ya depende de usted, de lo que vaya a escribir. Pero sepa que si a usted le parece buena idea no es sino que me diga y nos conseguimos un ilustrador o un diseñador, lo que usted me diga. Bueno y más o menos es eso, por eso fue que lo hice venir, eso es lo que yo quería proponerle. Podemos negociar el sueldo y el tiempo que va a necesitar, aunque tiene que hacerse en menos de cinco o seis meses. A mí me parece que es una muy buena oportunidad para usted, se puede ganar unos buenos pesos, porque eso sí, sepa que yo le voy a valorar su trabajo. Usted es bueno, yo más o menos ya le di la idea, o sea que no se tiene que sentar a esperar que la inspiración le pegue en la cabeza ni nada de esas chimbadas de poetas, no se tiene que dedicar a mirar la luna esperando que le susurre las palabras. Si de pronto usted quiere escribir borracho como esos escritores que le gustan pues me dicen también y yo le consigo unos litros de amarillito para que se casque con ganas el hígado. Lo mejor de todo, con esta proposición que le estoy haciendo prácticamente lo estoy sacando de un atolladero porque con lo que usted se puede ganar trabajando conmigo estos mesecitos pueden terminar de pagar esa casa. Yo sé que usted anda pagando ese rancho todavía, usted anda embalado con eso y vea yo le estoy casi que entregando la posibilidad de salirse de boroló de una vez. Ya queda es escuchar su decisión a ver cómo la ve. Cómo se siente para empezar a camellar. La idea es que nos estemos viendo seguido, siquiera una vez a la semana para que me lea lo que lleva y así yo le pueda aportar o cambiar cosas porque pues la idea es que la novela quede muy cercana a lo que yo quiero. Es que mejor dicho hermano, ojalá yo supiera escribir, pero como usted sabe que eso no es lo mío por eso busco a los que saben. Listo era eso no más, ahora sí, hable, diga todo lo que tenga que decir, porque que berraco, casi que no me deja hablar con esas ganas que tenía de meter la cucharada.

Manuel se quedó esperando mi respuesta y yo seguía con la mirada clavada en el papel en el que había estado tomando algunas notas. No me creía todo eso que el alcalde acababa de decir o mejor no lograba separarlo porque había sido mucho. Al ver que mi opinión se tardaba el anfitrión volvió a llenar las copas. Descargó con fuerza sobre el escritorio la que me tocaba a mí. Supongo que la brusquedad buscaba despertarme, sacudirme. Este si es raro, muchas ganas de meter la cucharada cuando yo estaba hablando y ahorita si no dice nada. Lo escuché decir eso mientras me tomaba el aguardiente que a diferencia del primero me había quemado la garganta.

Pues muy interesante todo ese plan suyo, no le voy a negar que me tiene sorprendido, abismado, alcalde, no tenía la menor idea de que a usted le pudiera interesar la creación y los asuntos editoriales, cualquier cosa pensé que me iba a proponer menos eso, para que le voy a decir mentiras, yo creí que venía a sacarlo de algún embale por ahí, que me necesitaba para regalarle la firma por ahí en un contrato chimbo o alguna cosa de esas. Pilas con eso, mucho ojo con lo que dice, no sea bocón que después lo mete a uno en problema, aprenda de la prudencia que hace verdaderos sabios, me regañó Manuel, cerrándome el pico con otro aguardiente. No le presté atención a su interrupción, no le quise decir que no estaba diciendo nada que no fuera cierto y me concentré en lo que me había dicho. Dígame una cosa Manuel, después de dejarme tirado, de hacerse el marica conmigo, a qué viene ahora usted con todo esto ¿por qué le va a interesar a usted publicarme un libro, un libro que además va a regalar? Le agarró el remordimiento o qué pasó.

¡Remordimiento! éste si es bobo, no mijo, cuál remordimiento, usted aquí no me venga a salir con dramas chimbos de abandono y traición ni nada, eso guárdeselo para la novela que ahí funciona bien. Esto es política papi, esto es la democracia y así funciona en una campaña electoral. Así como usted pudo haber otros cien pendejos o más trabajando duro con la esperanza de un trabajo y a la hora de la verdad no se pudo. Todos trabajan con el mismo interés, el objetivo siempre es un puesto o plata. Cumplirle a todos es el problema, eso es lo más difícil. Quedar bien con todos es imposible. Ya con el poder en la mano uno tiene que moverse y moverse para delante, tener los ojos en la espalda no es opción. El que se quedó se quedó. Usted mejor que nadie sabe que los compromisos por cumplir son muchos, hasta el último día de gobierno está uno en esas. Aunque igual eso ya es cosa del pasado. Anoche antes de llamarlo ni siquiera consideré que usted todavía estuviera viviendo en el resentimiento. No pudimos meterlo en la administración. Mala cosa. Había gente más preparada para lo que se necesita. Ahora le estoy ofreciendo algo, le estoy dando la oportunidad por la que trabajó. Todo a su tiempo, hermano. Y ahora aclarado eso volvamos a lo otro, lo que importa, el futuro. Me parece que se me olvidó decirle algo que puede ser importante, yo sí soy elevado a veces, es que usted viera, hermano, eso de la novela me tiene tan entusiasmado que se me vienen a la cabeza las ideas y los planes como cascadas y no alcanzo como a asimilar todo. Yo quiero que usted escriba la novela, que haga pues todo lo que ya le dije, pero usted no va a ser el autor, si me hago entender, usted va a ser así como un escritor fantasma, si es así que les dicen, cierto. Le respondí que sí con la cabeza. Entonces eso es, usted la va a escribir, pero en el papel el autor será otro. Es que ese es el problema suyo hermano, es muy ingenuo, muy iluso, debe ser la imaginación. Claro que para escribir eso sirve mucho, para vivir en cambio no, genera problemas. En serio usted creyó que le estaba dando una mano para publicar sus novelas. No hermano, para qué vamos a publicar eso sí acá la gente no lee. Publicar lo suyo no es negocio.

En ese momento yo ya no entendía de qué iba la conversación en esa oficina. Los aguardientes me tenían más relajado, el licor siempre cumple con su tarea, en la vida esa es una certeza y toca valorarla porque son tan pocas que cuando se encuentra hay que aferrarse a ella con fuerza. A esas alturas los zapatos ya no me apretaban, pero me seguían tallando las palabras del alcalde. Explíquese mejor, Manuel, porque yo no le entiendo un culo, que la gente no lee pero que quiere un libro, sirve un libro escrito por encargo para usted y firmado por alguien que no sea el escritor y no sirve un libro que yo quiera escribir a mi gusto diciendo lo que a mí me provoca. Manuel esperó a que terminara de hablar y sin dejar de mirarme me sirvió otro aguardiente. Lo que pasa hermano es que usted no quiere entender, no escucha o escucha lo que quiere. Yo lo dije claramente, publicar un libro suyo no es negocio, estoy hablando es de negocios, eso es lo que a mí me interesa, lo que le estoy proponiendo. Lo llamé fue para hablar de negocios. Para hablar de literatura y estética y estilo y forma y contenido y calidad y metáforas y estructura y todas esas cosas que les gusta decir a los que escriben cuando los escucho por ahí en entrevistas usted tiene a sus amigos en la universidad. Bueno también están los de la biblioteca y los de esos bares donde los poetas se emborrachan y sueñan con las téticas duras de las muchachas que los calientan y canalean cerveza sin la menor intención de mostrárselas. Acá el tema es la plata, el poder, lo que importa en la vida, para que vea, y de eso si puede hablar conmigo, por qué de cuál plata va a hablar usted con un poeta, será de la de otros, porque como siempre los está mortificando lo que consiguen los que trabajan. Se lo digo para que no se confunda, esta novela es un negocio, dijo eso con malicia y sirvió otro aguardiente.

Tomar aguardiente sin desayunar es un problema, uno se puede estar emborrachando muy fácil, eso sentí cuando me terminé de tomar ese trago que ya ni sabía si era el tercero o el quinto. En ese instante yo también estaba dispuesto a dejar que la situación se desarrollara de la manera más práctica, así como le gustaba a Manuel. El libro no iba a ser mío me estaban ofreciendo un trabajo y no la posibilidad de parir mi opera prima. Entonces hablé de lo que le gusta al alcalde, de lo que importa. Listo Manuel, ya entendí lo que usted necesita, me quedó claro, negocios, eso es lo que importa. Hablemos entonces de los escritores fantasmas ahora que usted los mencionó, busque ahí en Google cuánto cobra un escritor fantasma para que nos vayamos poniendo de acuerdo de una vez. Aunque supongo que usted eso ya lo debe haber presupuestado. Igual no importa, hágale dele una buscada.

Manuel abrió el computador portátil que tenía sobre el escritorio y escribió con torpeza cuánto cobraba un escritor fantasma, se acercó un poco a la pantalla como si no hubiera visto bien. Antes de que dijera algo me adelante y no lo deje pronunciar palabra. Sí señor, entre 10 y 50 dólares por hoja, eso cobra un escritor fantasma, ahí está en internet y lo acaba de ver para que después no me salga con el cuento de que no vale todo eso. Pero cambié esa cara alcalde que fue usted y no yo el que trajo a colación la figura de escritor fantasma. No se angustié por eso que yo estoy acá para negociar, como soy serio no me voy a poner agalludo con usted entonces me voy a ubicar en la mitad de esas cifras, le voy a cobrar 25 dólares por página, ya usted me dirá cuántas páginas más o menos quiere. Cuando tengamos la novela finalizada y la impresión esté aprobada me pone un par de salarios mínimos para encargarme de lo que falta, supongo que tampoco hace falta dejar muy claro que yo solo estoy cobrando por escribirle la novela, ahí no se incluye lo que vale convertirla en un libro. Yo le cobraría menos en otras circunstancias, pero teniendo en cuenta que usted es el alcalde de este pueblo y que todo esto es negocio me parece un muy buen precio, mejor dicho, si fuera para otro el trabajo se haría por menos pero como es usted antes debería hacerse por más. Acuérdese que acá usted no está pagando solo por el trabajo sino por la confidencialidad, me va a pagar para que escriba una novela y no le cuente a nadie que la escribí porque a ojos de todo el mundo el autor será otro, de más que usted. Ahí se la dejo pues, se la pongo sobre la mesa, usted me dirá si le sirve o no.

Manuel volvió a cerrar el computador, sirvió otro par de tragos y empezó a reír a carcajadas mientras yo le recibía la copa. El sonido de ese desborde de emoción que interpreté como diversión hacía que la oficina se sintiera pequeña y hostil. Después de la risa Manuel quiso saber si yo me había fijado en el ruido de la calle. Cuál ruido, le pregunté, yo no escucho nada. Por eso le digo, no hay, no hay ruido, usted no se ha fijado en el ruido porque no hay. ¿Es que usted no se acuerda como era esto acá? Uno parecía estar hablando en un parque, el pito de los carros parecía salir de debajo del escritorio y esos gritos de esos vendedores ahí repitiéndose en el oído, era como una plaza. Vea ahora, nada, silencio total, ni una mosca. Solo su voz y mi voz en el aire. No salió barato, pero valió la pena, me dejaron la oficina completamente insonorizada, una belleza. Hasta me gusta más trabajar acá que en el despacho de la alcaldía. Manuel tenía razón, hasta ese momento la ausencia de ruido me había sido indiferente, solo cuando él lo señaló fui consciente de ello. Se lo digo para que me entienda, usted está pidiendo mucha plata y tampoco es que sea tan bueno, igual como le comento, a mí no me da pereza ni miedo pagar caro lo que es bueno, lo que no sé es si usted lo sea tanto, o bueno no usted, la novela que pueda escribir, igual como le digo la calidad tampoco es tan importante, acá no estamos buscando ganarnos un premio ni la aprobación de sus amiguitos poetas, acá lo que queremos es otra cosa.  Déjeme yo me reúno con el grupo y los pongo al tanto, a ver si están dispuesto a pagar, a ver si se meten, me explicó Manuel.

También podemos hacer algo, pues si le parece, si quiere le armo un listado bien completo de las personas que en este pueblo le pueden hacer ese trabajo, deme una noche, hay más de un poeta, o un periodista, hasta novelistas ahí que le podrían hacer eso por menos. Ahí está por ejemplo Ruíz el que es profesor en la facultad de derecho, ese tiene una revista de literatura y es poeta. También está ese David Trujillo, por ahí escribió un libro como de veterinaria, dizque de mascotas. Hasta donde yo sé el tipo no es ni veterinario ni nada parecido, pero si escribió un libro de animales también puede escribir una novela de un alcalde. Es más, el David ese hasta vive con los papás, mejor dicho, ese es el suyo, ese le escribe esa novela por nada. Buen escritor no debe ser, igual usted tampoco está necesitando a un experto, aunque bueno si lo que necesita es un experto ahí tiene a don Gustavo Álvarez, pero yo no creo que ese señor le pare bolas, con lo ocupado que mantiene, aunque bueno la plata es eso, desocuparse de una cosa para ocuparse en otra, siempre ocuparse en donde haya más. Usted me dirá si le armó el listado, hasta mujeres le puedo incluir, fresco que no le cobro si eso es lo que está pensando.

Después de decir eso y tomarme otro aguardiente quise saber quién iba a ser el autor del libro, a quién se lo iban a acomodar. Según Manuel ese no era un dato necesario para empezar a escribir, de eso me iba a enterar en su debido momento. Me tomé el último aguardiente y salí de la oficina prendido y pelado. El alcalde me despidió diciendo que me llamaba de nuevo cuando tuviera una respuesta. Aprobó el listado que le propuse, según él la secretaria ya le había hecho uno y el mío le podía servir para cotejar. Pensé en las capacidades de la secretaria para armar ese tipo de listados y más o menos entendí porque estaba saliendo de esa oficina, con lo limitada que era la buenona, en su listado solo había un nombre, el mío.

Alguien pagó por esta novela. Primera versión. Capítulo 3


3

Manuel sabía muy bien cómo me la estaba rebuscando y es muy probable que también se hubiera dado a la tarea de calcular cuánto me podía estar sacando al año. Lo que tal vez no sabía o por lo menos no con certeza era si me alcanzaba o no, y la verdad era que no. Me estaba viendo a gatas para llegar a fin de mes y eso que estaba apretando como nunca. Por eso llamé a Rubén. Si yo no tenía ropa él si tenía y yo no me podía quedar ahí tirado viendo televisión como si no me estuviera jugando el orgullo y el nombre en ese encuentro con el alcalde.

Seguía lloviendo y ese fue el primer pero de Rubén al contestar. Pero como se le ocurre que yo voy a salir ahorita, vea el aguacero, y menos a llevarle ropa, no ve que se moja. Le dije que no se quejara que para eso tenía carro. Me aclaró que el carro era no más para salir de paseo los domingos o puentes festivos, que para el pueblo tenía la moto. No hay nada más feo en la vida que un tacaño infeliz, le solté. No señor, no señor, llamar a pedir favores irrespetándome, no señor así no se consigue nada, y ningún tacaño nene, ningún tacaño, lo que pasa es que yo tengo conciencia ambiental y no voy a estar quemando combustible y generando desechos prendiendo un carro en el que caben cinco personas para andar solo, no señor. Me reí de la respuesta, con Rubén ese tipo de comentarios eran la constante. Soñaba con militar en algún movimiento, el que sea.

Hagamos una cosa entonces, yo voy a su casa en taxi, pero usted me lo paga allá porque yo ando sin un peso, hágame el favor, no sea chimbo que esto es una emergencia, dígame que sí y allá le echo bien el cuento. Por un momento creí que me había dejado hablando solo, le pregunté si seguía ahí y respondió afirmativamente con algo de fastidio, ni que fuera una mujer para andarle pagando el taxi, agregó. Cómo así que una mujer, conciencia ambiental sí, pero conciencia feminista no, que feo eso Rubén, cómo si las mujeres no trabajaran para obtener sus propios ingresos y pagar los taxis que se les dé la gana. Rubén notó mi tono de mofa y me mandó a comer mierda, seguidamente me pidió que no me demorara porque él no estaba de humor para desvelarse, y menos conmigo.

Llegué rapidito a la casa de Rubén. El taxista me habló todo el tiempo. Estaba contento porque el día había estado duro y a última hora lo había salvado la lluvia. Es que hay unos días en los que uno hace escasamente la entrega. No le pregunté cuánto tenía que entregar porque no estaba muy interesado, seguía pensando en Manuel y en el tal negocio. El taxista seguía hablando, que las lluvias así a esa hora, justo cuando la gente estaba saliendo del trabajo eran una putería porque a más de uno de esos que andaba en motorratón le tocaba coger taxi, muchos compañeros comparten taxi y así, lo que importa es no mojarse, a veces le toca a uno montar hasta cinco pasajeros, sufre el carrito, pero con lo duro que se pone todo, tampoco les puede uno decir que no.

Rubén estaba parando en la puerta con un billete en una mano y un paraguas en la otra. El taxi se detuvo justo al frente de su casa y él se acercó hasta el taxista, lo saludó y le entregó el billete, recibió lo que le sobró y cuando abrí la puerta para bajarme me dijo que esperara y se acercó para que me metiera con él bajo el paraguas. El taxista se había quedado mirando curioso la bata de Rubén y la manera en que me apretaba contra su cuerpo para que no me mojara, no dijo nada, pero yo supe con verle la sonrisa que en su cabeza ya nos había emparejado. Así es Rubén, un paraguas para caminar un metro entre un taxi y una puerta.

Le eché todo el cuento a Rubén, para que entendiera porque estaba ahí pidiéndole ropa prestada. Me escuchó atento mientras se tomaba su mate. Rubén tomaba mate. Después de haber estado paseando en Buenos Aires por dos semanas volvió diciendo que se había enamorado de la mística que envuelve al ritual de tomar mate. Cuando se le acabó la yerba esa que trajo de por allá, consiguió a alguien que se la estuviera mandando dizque porque la que vendían acá no era buena, no respetaba en él las mismas sensaciones.

Le rechacé el ofrecimiento con delicadeza, sin entrar a decir que esa maricada sabía horrible. Lo que sí hice fue comerme un par de galletas que tenía en un plato grande sobre la mesita de la sala. No podía visitarlo sin comerme unas cuantas galletas, eran galletas como las que se consiguen en cualquier panadería, pero él les ponía chocolate y coco rallado, era generoso con ambos ingredientes y le quedaban deliciosas.

Rubén me observó con un rostro impávido, como si pegarse del pitillito ese tuviera en él algún efecto zen. Me dejó hablar sin interrumpir y cuando lo puse al tanto de la situación en lugar de hablarme de Manuel se refirió a las galletas, me dijo que no podía permitir que se me notara tanto el hambre, siempre es lo mismo cuando viene acá, se atasca de galletas como si llevara días sin comer, aunque sí parece que a usted como que se le ha estado perdiendo la comida porque anda muy acabado, todos los días más seco, o será qué está enfermo, uno nunca sabe qué puede tener por dentro trabajándole, mire a ver si se hace exámenes, para descartar.

Me demoré en refutarlo porque todavía estaba intentando tragarme las galletas. Ningún enfermo, yo estaba saludable, aunque atarugado. Rubén me dio la espalda y se fue para la cocina, caminaba como si la bata esa que tenía puesta le permitiera levitar. Andaba en las Birkenstock que tanto le gustaban, yo conocía el nombre de esa marca por él, tenía los pies blancos y las uñas perfectas, en un estado tan lejano de las mías, esas garras mal formadas y desastrosas, como mi situación económica en ese momento, una situación tan alejada de la de él. Rubén no se tardó, regresó, con otro plato con galletas y un vaso de agua. No tuvo que decir nada, con su mirada entendí que podía seguir comiendo.

Mi anfitrión se volvió sentar y habló sin pasión, era el colmo que yo estuviera considerando volver a trabajar con ese sorete, la palabra la descubrió también en su paseo por el sur y se la apropió, se había apropiado varias. Muy alcalde y todo lo que sea, pero no es buen tipo, lo dejó penando todo este tiempo y ahora lo vuelve a buscar. Lo vuelve a buscar después de cagarlo. Para nada bueno debe ser.  Un negocio chueco, algún testaferro debe estar necesitando y qué mejor que usted que mire como traga galletas, la próxima vez llama más temprano y me pide que lo invite a comer. Pero bueno si usted ya le dijo que iba pues ya le toca. Eso sí, yo no creo que le vayan a proponer algo decente. Porque a ver, dígame, cuando ganaron usted que puesto estaba esperando que le dieran. Le respondí que una secretaría, eso esperaba yo, por eso había trabajado duro como nadie. Una secretaría, cualquiera, pero una secretaría para mí. Por qué no se la dieron, preguntó Rubén. Pues porque no tenía experiencia, eso fue lo que me dijo Manuel y lo que me dijo el equipo. A eso voy hermano, en ese entonces no le dieron una secretaría porque usted no tenía experiencia y hoy pasados los años usted sigue sin tener esa experiencia, entonces para darle una secretaría no lo están llamando. Le van a salir con sanitario tapado, con una bomba para que lo destape, no espere más que eso. Igual usted tiene razón, no importa lo que sea, vaya bien vestido, que por lo menos en eso estén a la par.

Tenía razón Rubén. Yo desconfiaba tanto como él, por eso no lo contradije ni quise ponerme a gastar saliva explicando algo que ya estaba claro. Me quedé a su lado viéndolo casi metido entre su enorme closet. Deslizaba ganchos y más ganchos con prendas de todos los colores y todas las texturas. Cómo quiere ir, le busco saco y corbata o qué, preguntó Rubén. Creí que estaba recochando, pero no, se quedó serio. Me apresuré con la negativa. Saco y corbata no, marica, me agarran de goce en esa oficina. Lo que menos me van a decir es que si me estaba haciendo la foto de la cédula o que si vengo de hacer la primera comunión. Verdad que en estos pueblos ir de traje es casi andar disfrazado, el provincianismo es una malaria seria, expresó Rubén con pena. Entonces qué quiere, qué ropa se quiere poner, me preguntó. Pantalón y camisa manga larga, le respondí. Usted está es de verdad muy arrancado, tener que pedir prestada una camisa, muy mal, aunque bueno usted mejor que nadie sabe que está en la inmunda.

Rubén empezó a sacar pantalones y extenderlos sobre la cama: negros, cafés, azules, mostazas, rallados. Pana, dril, paño. Con las camisas hizo lo mismo. Negras, blancas, ralladas, cuadriculadas. Con cuello italiano, francés, americano, nerú.

Yo sabía poco o nada de materiales o cortes, pero él me explicó, no solo le voy a prestar ropa, además le voy a enseñar, dijo él cuando me mostró la diferencia entre un cuello y otro. Yo miré todo lo que sacó sin saber muy bien que necesitaba o quería. Mi plan era irme por la siempre conocida opción del pantalón negro con la camisa blanca o azul. En ultimas fue Rubén el que escogió. Le ha servido aguantar hambre, porque si no, no le serviría mi ropa, me dijo cuando me medí en uno de los pantalones que me entregó para que mirará como me quedaba.

Cuando me preguntó por los zapatos le dije que tenía los negros de siempre. Me miró sorprendido y se burló. Los zapatos de siempre, usted qué se creyó pues, el papa Bergoglio, no parce, esas posturas de humildad no son para nosotros. Abrió otra puerta del closet, un compartimento en el que solo había zapatos, agarró unos negros y me los pasó. Zapatos Guillermo de Mario Hernández, también le tengo el cinturón, espere y verá. Al final la percha era pantalón granate, camisa blanca y zapatos negros. Los pantalones me quedaban medio embalconados y lo zapatos algo estrechos. Rubén me dijo que la altura de los pantalones no era problema, que se estaba usando mucho así altos. Eso sí, no se le vaya a ocurrir ponerse una medías blancas porque ahí sí lo daña todo.

Antes de irme Rubén me deseó suerte, me recomendó tener los ojos bien abiertos y corazón bien cerrado. Ahora no es que se vaya a poner de lindo con ese monigote. Duro con él, por falso. Le di las gracias mientras me comía otra galleta. No nene, gracias no, con un gracias no se va a salir, este favor me lo devuelve y prontico porque ya lo fiché, una prima mía anda dizque estudiando peluquería y necesita unos modelos para practicar algunas técnicas, ya lo pongo a usted en la lista, fresco que yo le aviso cuando le toque, me dijo muy serio Rubén.

Modelo de aprendiz de peluquera, solo Rubén lo podía terminar metiéndolo a uno en esas cosas. Le dije que claro, que de una, porque tampoco le iba a decir que no mientras me comía sus galletas y me llevaba su ropa. Me preguntó que si me pedía taxi y le dije que no, que me iba caminando porque andaba en los rines. Rubén se pegó con la mano en la frente, dramatizando más de lo necesario. Hágale, lo voy a pedir, no se asuste que yo lo pago, pero a usted le va a tocar hacerse un cursito básico de finanzas porque tampoco es que se esté ganando tan poquito como para vivir en esa inopia tan espantosa. Le recomiendo la ropa, no se la vaya tirar porque con qué me la va a pagar si la pierde.

lunes, 25 de octubre de 2021

Alguien pagó por esta novela. Primera versión. Capítulo 2

2

Un cuarto para las nueve de la mañana. Le pedí al motoratón que me dejará un par de cuadras antes de la dichosa oficina. La alternativa era ir de parrillero o ir en bicicleta y la segunda no me resultaba del todo conveniente esa mañana. Las calles habían amanecido encharcadas después del torrencial y pedalear implicaba una enmugrada fija. La moto tampoco garantizaba que llegara limpio a mi destino, pero andando despacio y con cuidado si era mucho mejor eso que la bicicleta.

En la esquina del parque le pregunté a uno de los lustrabotas si era capaz de dejarme limpios los zapatos en cinco minutos, no tengo más tiempo, le recalqué. El viejo me miró de abajo hacia arriba y me aseguró simpático que era capaz de tenerlos listos en menos. El viejo agarró su banquito y se sentó, me hizo señas para que estirara el zapato, con el puchero usado me estaba diciendo que el lento era yo. Permanecí de pie, el señor se dedicó a lo suyo y yo revisé el celular. Pero si lo va a cronometrar a mí me parece que anda es más desocupado que afanado, amista, me dijo el lustrabotas cuando saqué el celular. Me dio risa. ¡Cronometrar! en esa flecha a duras penas se veía la hora.

Le pagué al viejo y me quedé sin un peso, la vuelta para la casa iba a ser caminando. Me fui a paso largo para la oficina de Manuel que estaba ahí a la vuelta del parque en pleno centro del pueblo. Estuve a las nueve en punto delante de la mirada desobligante de la secretearía de Manuel. Le informé después de un saludo escueto que tenía una cita con el alcalde. Respondió apática, como si no nos hubiéramos visto la cara todos los días en época de campaña. Que Don Manuel no le había dicho nada de ninguna cita, que me sentara mientras ella lo llamaba. No le respondí y atendí a la sugerencia que en boca de ella había sonado como orden. Me senté y agarré una revista que estaba sobre la mesa de centro de la muy bien elegida sala de espera, un sofá y un par de muebles de microfibra, como los que yo estaba cansado de mirar en una página web esperando que lo pusieran en oferta para comprarlos a crédito.

La secretaria que no tardó mucho con el celular en la oreja me dijo que Don Manuel estaba terminando algo, que le diera unos cinco minuticos. El tono había cambiado, pero no es que fuera más amable, había sustituido la antipatía por condescendencia, la misma que utilizaba con el resto de la gente que visitaba esa oficina semana tras semana. En el imaginario de esa cabeza coquita coquita y bien peinada que tenía la secretaria yo era uno más de esos que venía a pedirle un favorcito al alcalde, una ayudita a Don Manuel, una colaboracioncita al movimiento, una manito al doctor. Asentí con la cabeza sin darle mucha importancia y le di las gracias. Ella se volvió a acomodar en su acogedora silla de hacer poco y cobrar mucho a observarme con el poco disimulo del que era capaz.

Pasados tal vez los cinco minutos anunciados sin que el alcalde apareciera la secretaria me señaló la mesa que estaba al lado izquierdo de la sala justo atrás del sofá en el que yo estaba sentado: señor, si quiere toma cafecito, bien pueda se sirve, Don Manuel no demora. Señor, me decía señor la muy tonta, cómo si no se hubiera aburrido de repetir mi nombre cuando estábamos en campaña, cómo si no nos hubiéramos emborrachado juntos más de una vez. Cómo si no hubiera querido una y mil veces hacerme echar cansada de que Manuel estuviera más atento a lo que sugería yo que a lo que opinaba ella.

De nuevo le di las gracias. Yo sabía que estaba cumpliendo con un papel, lo tenía claro, esa mañana yo no era yo, o sí era yo, pero un yo interpretado, un yo al que le estaba yendo bien, un yo que podía ser amable y muy cordial con una secretaria boba, un yo capaz de ignorar la obviedad de qué esa mujer seguía siendo la secretaria de Manuel porque él no había podido renunciar a ese cuerpo que tanto le gustaba. Le di las gracias, sonreí y me acerqué a la cafetera, me venía bien la bebida, estaba caliente y mucho mejor que el último “tinto” que yo me había tomado la noche anterior. Solo había café. Como hubiera sido de bueno que al lado del azúcar y los vasitos desechables me hubiera encontrado también con una bolsada de buñuelos o empanadas.

Volví al sofá, saboreé con detenimiento el café, necesitaba sentir su intensidad en el paladar. Tenía que estar más despierto que nunca. La secretaria me seguía observando. Yo sabía que estaba haciendo un inventario. Estaba poniendo manos a la obra en lo que mejor se le daba, calcular con rapidez el costo de los trapos que la gente llevaba puestos.

Estaba seguro de que Manuel andaba desocupado y de que la secretaria se había inventado la espera solo para detallarme la percha. Cuando lo hacía en campaña nos daba una calificación de uno a cinco, aunque el cinco era esquivo y estaba reservado solo para ella y para un congresista que la traía matada. Yo también la miré disimulado con la revista como quien andaba en otra cosa y no atento a cada movimiento suyo. La vi agarrar el celular, no tardó mucho, luego me dijo que podía pasar. Me había calificado, no sé cuál habrá sido mi nota, pero seguro me había calificado. No dejaba de mirarme los zapatos, era evidente que vérmelos puestos la desconcertaba. Eran incomodos, estrechos, pero la incomodidad en la mirada de la boba viéndome entrar a la oficina pisando firme pagaba cualquier pie maltratado.   

En la oficina, frente a frente, lo primero que hizo Manuel fue referirse a mí puntualidad como si fuera una rareza y no una de las pocas virtudes que él me podía envidiar. Le señalé la importancia de respetar el tiempo de los demás y también el de uno y me dijo sínico que la puntualidad se daba con mayor facilidad en la vida de los que poco tenían que hacer. Un tipo como yo que vive tan ocupado la tiene más difícil en ese aspecto. Me senté sin que me invitara y me fijé en el cuadro que tenía colgado tras su escritorio, un mapa viejo de Tuluá. La última vez que entré a esa oficina en ese mismo lugar estaba colgada una fotografía de él. No se podía negar que ese mapa se veía mucho mejor, le daba un toque de distinción al espacio, aunque el dueño del mismo no tuviera ni idea de cartografía. Manuel había seguido hablando de la puntualidad, pero yo me había distraído. Me había llamado para proponerme algo y lo primero que hacía al verme era entrarme con los taches arriba, como si buscara dejarme tendido en suelo sin permitirme tocar al menos una vez la pelota. No me había visto gambetear y ya lo habían asustado los zapatos.

Está bueno ese cuadro, le dije, elegante ¿se lo trajo de la biblioteca pública? Le dije burlón. Quería quebrarle su estrategia, sabía que con lo de la puntualidad pretendía afectarme, quería pintarme de desocupado y esperaba mi reacción, buscaba que me defendiera y en esa defensa le contara lo que estaba haciendo y como estaba viviendo. Quería dejar claro que era él el que mandaba, que vivía ocupado y podía poner a esperar al que quisiera.

Bien, la sacó bien, no ha perdido el talento el güevón este, aprendió bien, respondió Manuel. Está concentrado. Ese me lo regaló un socio, usted sabe que hay mucha gente que me quiere. Se sentó en el bordo de la silla y se recostó con soltura, le dio un trago a un pocillo con café que tenía el logo de la alcaldía, sonrió con picardía y me miró callado. Entonces vino a la defensiva el tipo, muy bien, así es, menos no me esperaba, hasta bien vestido, que bueno que no se le hubiera olvidado que la ropa se tiene en cuenta en estos casos. Y los zapatos, vea eso, una putería, a mí también me gustan de esos.  Pero relajado papi, calmado que acá no nos vamos a poner espinosos. Yo no necesito que me demuestre nada, yo sé cómo es con usted. Terminó de decir eso y llamó a su secretaria, le indicó que a partir de ese momento no estaba para nadie, mejor dicho, que no estaba ahí, luego le pidió que nos trajera café. Café para los dos, preguntó la secretaria como si no hubiera entendido. Pues claro que para los dos, o cuantos más ve, le respondió él, ella lo miró volviéndole los ojos. Yo no sé qué le hizo usted a esa mujer, pero no lo quiere ni chimba. Esté pilas ahora que le traiga el café porque a ella nada se le da echárselo encima y mancharle esa camisa.


Si leyó hasta acá, comente, salude, cuente si quiere leer más de esto. 

viernes, 22 de octubre de 2021

Alguien pagó por esta novela. Primera versión. Capítulo 1

 

Alguien pagó por esta novela.

1

Eran las siete de la noche y el cielo estaba roto, como la mayoría de mis medias, por las que se salían mis dedos gordos. También estas berracas, y eran las nuevas, me dije cuando saqué los pies de los tenis para meterlos entre las botas de caucho. Era ya casi un hecho que esa noche nos iba a tocar sacar agua. Un cuarto de hora más con un aguacero como ese y se iba a inundar el barrio.

Andaba pegado a la ventana igual que el resto de los vecinos de la cuadra. Ellos como yo con escoba en mano, listos para empezar al devolver el agua cuando subiera el nivel y se montara sobre la acera decidida a entrarse a donde no la habían invitado. En ese barrio nunca nos habíamos inundado, pero para estar anegados como para muchas otras cosas siempre hay una primera vez, y al parecer para nosotros había llegado el momento de la primera inundación. El agua seguía cayendo, los truenos retumbaban en las ventanas y el viento amenazaba con arrancar los techos que aunque bien amarrados, se cimbraban. 

Yo había llegado a mí casa apenas media hora antes. Venía del centro, mamado de voltear la tarde entera intentando resolver mil y un chicharrones que resultaban en el trabajo y que me hacían falta para tener lista una cuenta de cobro. cuando llegué estaba tronando y una brisa menudita me mojaba la cabeza, iba llover, pero nada insinuaba esa tempestad. Me cambié la ropa y me puse la sudadera. Cada semana me tocaba jalar más del cordón para que me quedara apretada y no me dejara en bola en el lugar menos esperado. Era de mi talla y el resorte de la pretina estaba buena, pero igual tocaba apretar.

Cuando se destapó el aguacero y los bombillos amagaron apagarse, primera señal de que además del agua entrándose a las casas también se podía ir la luz, yo estaba en la cocina intentando preparar un café con la juagadura del frasco que ya se había terminado. Con ese torrencial no existía paraguas que me sirviera para ir a la tienda por una papeleta de café y volver seco a la casa. Aunque hubiera valido la pena ver la cara de la señora de la tienda notándome llegar en medio de ese chaparrón con el único propósito de pedirle fiada una papeleta de café. El cuaderno de la señora de la tienda no tenía ya más espacio en blanco para mí, me había dicho ella. Búsquele una hoja nueva, usted tranquila que yo no le quedo mal, le dije a la señora casi suplicando, la última vez que entré allá, y ella tajante y repelente dijo que le pagara lo que le debía primero.

El tinto me había quedado maluco, no podía quedar de otro modo, pero con el agua cayendo a cantaros y el susto por la inundación no me afligí mucho por eso. ¡Se nos mete o no se nos mete!, le pregunté a los gritos al vecino del frente que tenía la puerta a medio abrir y miraba angustiado la calle. Ya no, ya no, me respondió el vecino, ya está mermando el agua, vea que ya está bajando, decía el señor señalando la borrasca que bajaba por la calle.  A mí me parecía que el aguacero estaba aumentando, pero el vecino estaba convencido de lo que decía así que le sonreí y le dije que ojalá.

Me alejé de la ventana porque escuché sonar el celular que había dejado en el aparador de la cocina. Una llamada en medio de esa tempestad no auguraba nada bueno, me repetí mientras cruzaba la sala. Seguro era el concejal, que ya quería sacar provecho de esa lluvia para decir algo en redes sociales, escríbase algo esperanzador en Facebook, para que los votantes sepan que uno también se angustia con el mal tiempo como ellos, una cosa así me iba a decir. Aunque también podría ser don Saulo, pero para qué don Saulo a esa hora, si él y yo no teníamos nada pendiente.

Miré el celular y era Manuel. Manuel qué putas quería, llevaba meses sin llamarme, sin buscarme. Habíamos hablando hacía un año tal vez y no había sido nada memorable, no había sido más que un encuentro momentáneo en una reunión política.

No estaba molesto con él, digamos que me había esforzado lo suficiente en entenderlo, en comprender todas las responsabilidades con las que había tenido que lidiar. Pero que lo entendiera no borraba el hecho de que me había dejado tirado; yo le había metido la espalda a su candidatura, me había untando como ningún otro para conseguir lo que a final consiguió y a la hora de la verdad, cuando se vinieron los nombramientos mi nombre no apareció por ninguna parte. Después, cuando llegaron las contrataciones, también quedé por fuera. No dije nada y me hice a un lado, me dediqué a otras cosas, a ganarme los pesos como mejor se pudiera y me desentendí de Manuel, hasta ese día, hasta esa llamada. Él no tenía responsabilidad conmigo, ya me había pagado por mi trabajo en campaña, eso debía ser todo. Eso me repetí una y otra vez para sacudirme la sensación de traición que me acechaba.

Me saludó sin formalidad, como si hubiéramos estado jugándonos un partido de micro después de un asado, justo esa misma tarde. Yo me mantuve parco, lo dejé hablar y con mis respuestas cortas y desabridas le hice notar que no andaba de ánimo.

Manuel que no era ningún pendejo evitó las distracciones, los monólogos baladíes. Él era consciente de su deuda, de su actuar injusto conmigo. Él sabía que el tema iba a salir en algún momento y me iba a tener que dar explicaciones. Pero esa noche no fue, no hubo explicaciones sino una propuesta. Me dijo que tenía un negocio para mí, una propuesta jugosa imposible de desperdiciar. Me dijo que me esperaba a las nueve de la mañana en la oficina. Hizo como si no me entendiera cuando le sugerí que aprovechara que ya estábamos hablando para que me propusiera lo que fuera que tenía que proponerme. Usted sabe que por teléfono no se hacen negocios y menos con este aguacero, el clima no tenía nada que ver, pero eso fue lo que dijo Manuel.

Como si él viviera en un barrio que se pudiera inundar, como si fuera él quien tuviera que sacar el agua en caso de que se le entrara. A las nueve de la mañana en la oficina, repitió, hágale tranquilo que no se va a arrepentir.  Le gustaba decir teléfono y no celular, tenía un apego por la palabra que me resultaba romántico. ¿En la alcaldía? le pregunté antes de colgar. No señor, tan marica, cómo se le ocurre, en la alcaldía no, allá no, en la oficina, la de siempre la que usted conoce, dijo eso y colgó.

Volví a la ventana y vi que como había dicho mi vecino el aguacero era menos intenso, abrí la puerta y desde ahí como mis botas de plástico y mi sudadera vi como un perro jugaba en la calle, corría entre la borrasca que aún se hacía notar, pero ya sin la opción latente de subirse a la acera y meterse a las casas. El perro corría y saltaba en sus patas traseras intentando morder un chorro que caía con fuerza desde una terraza vecina dotada de un par te tubos de desagüe muy generosos.

El mismo vecino del frente, al que le había gritado antes, me dijo que se había alcanzado a asustar, oiga mijo, yo si creí que nos alcanzábamos a inundar, menos mal que no, usted también, se ve, dizque con botas y tales, dijo señalándome los pies. Claro, yo también, le respondí. Es que yo no había visto caer tanta agua junta, le dije. El vecino soltó una carcajada acompañada de un sonoro: deje de ser exagerado hombre, tampoco.

Cerré la puerta y me fui para la sala a prender el televisor, seguía lloviendo, menos, pero seguía lloviendo y en mi cabeza seguir sonando la voz de Manuel. Dejé el televisor prendido y me fui para el cuarto y me paré al frente del armario. Empecé a mover los ganchos. Qué camisa me iba a poner. Cuáles pantalones. Miraba una y otra vez lo poquito que tenía. Me iba a sentar a hablar de negocios con el alcalde llevando los mismos chiros gastados con los que volteaba el día entero intentando ganarme la comida. Iba a llegar a esa oficina con los trapos planchados y limpios y eso no iba a ser suficiente para evitar que con una mirada rápida el alcalde se diera cuenta de que la estaba pasando mal, de que estaba zarandeado.

Llevar del arrume o permitir que se note es un problema a la hora de hacer negocios. Eso me lo había enseñado él. Antes de ser alcalde, cuando andábamos en campaña y negociábamos alianzas con otros políticos o acordábamos trabajar con algunos líderes comunales, Manuel me decía que se ofrecía según la cara de necesidad que trajera el otro negociante.

“Usted los mira con detenimiento. Los detalla. Es más, si puede tener a una mujer a su lado mucho mejor, ellas son buenas para eso. Además de tener claro lo que dice la apariencia usted habla con ellos, les hace preguntas sueltas, de las normales, de las de siempre: qué cómo van, qué cómo andan los negocios. Los deja hablar, les da confianza para que se desparpajen, se muestra interesado en ellos, en sus familias, sus amigos, sus ocupaciones y aficiones. Todo eso es importante hacerlo porque ahí va usted recogiendo la información necesaria para analizar mejor la situación actual del negociante. Mientras más mal la esté pasando más humilde puede ser la oferta y usted va ganado. El problema se presenta cuando el otro no necesita nada, cuando está incluso mejor que usted porque ahí sí le toca a usted es comprarle las ganas al otro y el otro desde su lado está es mirándolo a usted como al pobre arrancado que está dispuesto a aceptar cualquier moneda”.

Recordaba muy bien sus palabras. Las recordaba porque de hecho todos esos cuentos nos había funcionado en más de una negociación. Me había puesto sobre la mesa la teoría y después me había demostrado en la práctica que era un efectivo proceder, ahora era el alcalde.

Por eso revisaba la ropa y por eso sabía que no tenía una sola pinta que pudiera hablar bien de mí, que pudiera mentir por mí. Todo estaba gastado, motoso, percudido y triste. La mejor camisa que tenía era la misma con la que Manuel me había visto la última vez que nos encontramos. Iba a llegar yo a su oficina con la cara y la facha que él quería ver, varado y dócil, gastado y sin un peso. 

La naturaleza del negocio me tenía ansioso. No se me ocurría de qué se podía tratar. Después de tanto tiempo había encontrado algo para mí. Pero qué podría ser. Qué podría implicar si ni siquiera lo íbamos a hablar en su despacho de primera autoridad del municipio sino en la vieja oficina de ciudadano y empresario de pueblo, la oficina que siempre se mantuvo al margen de su candidatura y que funciona seis de los siete días de la semana.

Después de haberme sacado el culo por tanto tiempo solo se me podía ocurrir que la llamada estaba ligada a un chanchullo, un gallo tapado que solo le podía confiar a un tipo como a mí, a alguien que lo conocía y que había demostrado que podía trabajar sin hacer preguntas. Alguien que había demostrado que se podía quedar callado y mirar para otra parte. Porque eso había hecho yo, me había dejado sin puesto, sin plata, por fuera del llavero y sin embargo nunca había hablado ni reclamado. Nunca me había ido para el otro lado. Yo tenía información delicada para Manuel, él lo sabía, pero nunca recurrí a eso para conseguir algo, ni de él ni de sus contrarios.  No podía ni imaginarme el tipo de negocio que me tenía y no podía evitar sentir desde ese momento, tan solo con el anuncio que ya me habían visto la cara de marica.

Me miré los pies y me vi las botas, parecía bobo, todavía con esas botas, ya no nos habíamos inundado, ya no hacía falta. Me las quité seguro de que en ese momento el mejor calzado que yo tenía en esa casa era ese. Volví descalzo a la sala y me tiré en el sofá a ver televisión. Tenía las uñas negras, no me había dado cuenta desde cuando las tenía así, pero estaban negras y afiladas, como garras. No sabía por qué estaban así, pero desde hacía unas semanas no había media que les aguantara. Busqué en un cajón un cortaúñas y no encontré. No tenía ni un puto cortaúñas. Lluvia, llamada de Manuel, uñas raras. Que mierda. No quise ver más noticieros y agarré el control para buscar el lugar seguro, el canal donde pasaban una y otra vez los capítulos tantas veces vistos de los Simpson.

jueves, 28 de enero de 2021

Trabajo

Luis salió del trabajo a las seis de la tarde. La tela de su uniforme ya no absorbía una gota más de sudor y el peso de la prenda, mayor al de la mañana, castigaba los músculos del cuerpo cansado. Sus hijas lo esperaban y, por eso antes de darse el baño que anhelaba y tanto le urgía, corrió a la casa de ellas.

Llevaban menos de un año separados y Luis parecía mucho más afectado que sus hijas por la ruptura. Tocó la puerta y no obtuvo respuesta. Al interior de la casa se veían luces encendidas y se escuchaba el televisor. Volvió a tocar un poco más fuerte, repitiendo una y otra vez el contacto entre sus nudillos maltratados y rasguñados por el trabajo y el hierro frío de la puerta.

Pasados unos segundos, varios, apareció la mamá de sus hijas. Abrió con algo de dificultad y apoyada en la puerta se acomodó un tacón del pie izquierdo que tenía a medio poner.

-Yo creí que nadie iba a abrir, ya me iba era a ir, reprochó Luis.

-Hum mijo, pero mire a ver si primero saluda, le respondió la mamá de sus hijas, sin darle mucha importancia al hombre.  

Le dio la espalda sin invitarlo a entrar y mientras regresaba a su cuarto les gritó a las niñas, que le bajaran el volumen a ese televisor y que el papá había venido. Luis permaneció en la entrada esperando a sus hijas. Las niñas sonrientes lo quisieron abrazar y Luis se los impidió. Estaba muy mugroso y sudado, acaba de salir del trabajo, les explicó. Había estado fumigando toda la tarde y nos las quería dejar oliendo a veneno.

Las niñas entendieron lo dicho por su papá sin darle muchas vueltas y se dejaron venir cual avalancha con sus historias. Hablaban al tiempo buscando cada una capturar toda la atención de Luis. Se atropellaban las voces de las niñas mientras él miraba el pasillo esperando ver de nuevo a la mamá. En tacones y con el cabello planchado un martes a las siete de la noche, ¿qué pasaba ahí? se preguntaba Luis, ¿para dónde iba a ella?

Una de las niñas queriendo estar segura de que su papá las estaba escuchando le puso las manos en las mejillas a Luis y le giró la cabeza buscando que la mirara a ella y a su hermana que estaba al lado. El movimiento no fue brusco, pero sí fue suficiente para que Luis entendiera que lo dicho por sus hijas reclamaba su completa atención.

Hablaban de la escuela y de la fiesta de disfraces que iban hacer a final de mes. Una de las niñas quería ir disfrazada de Mujer maravilla y la otra quería disfrazarse de enfermera. Una de las niñas dijo que su mamá les había dicho que le dijeran al papá que les pagará él el alquiler de los disfraces.

Algo de lo que las niñas habían dicho se le escapó, pero había escuchado lo más importante, la mamá de las niñas le había dejado a él el alquiler de los disfraces, con eso le quedaba claro el porqué de la llamada de sus hijas. Luis les pidió a las niñas que esperaran hasta el fin se semana que le pagaran la quincena, él venía y las recogía para ir por los disfraces. La respuesta tranquilizó a las niñas que ya teniendo su urgencia solucionada quisieron volver a la sala. Antes de irse Luis esperó a que la mamá de las niñas saliera, pero no lo hizo. Cerró la puerta y se fue para su casa, la elegancia de la mamá de sus hijas lo intrigaba, estaría esperando al novio seguramente. Iba a tener que preguntarles a las niñas si quería salir de dudas.

Encontrar los disfraces tomó tiempo. Al ver la variedad de opciones en el almacén las niñas decidieron ampliar sus posibilidades y los disfraces que tenían en mente cuando salieron de la casa ya no parecían ser los más apropiados. Las manos iban veloces deslizando ganchos por los percheros de barra, las voces infantiles resoban por el local preguntando por tallas y los ojos parecían abandonar sus nosotros observando los maniquís

Luis esperó con paciencia. Se sentó y repitió a cada pregunta de las niñas una única respuesta, que eran ellas las que se iban a disfrazar y que con cualquier disfraz estaban lindas. La pasividad de Luis no ayudaba. Por fortuna para las niñas las empleadas del lugar fueron de más ayuda que su papá y les recomendaron los disfraces más apropiados según su edades y estaturas, color de ojos y cabello.  Luis asentía con una pequeña sonrisa, como aprobando los disfraces que más le gustaban, pero sin participar del todo.

Al final la hija mayor se llevó el disfraz de Mujer maravilla como lo había dicho desde el principio. La menor se decidió por un overol de piloto de la formula uno. Luis estaba seguro de que la niña había escogido ese disfraz porque era imposible dejar de mirar el casco que lo acompañaba, las calcomanías y el color lo hacían muy llamativo. Lo cierto era que estar todo el tiempo con el casco puesto no iba a resultar muy cómodo, o por lo menos eso creía Luis y su hija mayor estaba de acuerdo, cosa que no le importó a la menor que estaba dichosa con su elección.

Cuando Luis recogió a las niñas esperó ver a la mamá, pero ella no salió, las niñas estaban listas y apenas lo sintieron llegar se arrojaron al andén. Cuando iba a salir con sus hijas uno de sus hermanos le prestaba el carro para que no las moneara a las dos en esa moto, le decía.

Antes de volver a la casa comieron helado y estuvieron en el parque. Luis había pensando en preguntarle a las niñas por su mamá a ver qué le decían, pero se aguantó y solo cuando regresaron y ella les abrió la puerta y Luis la vio peinada y maquillada, supo que necesitaba saber desde cuando tenía novio su exmujer.

La mamá de las niñas le dijo a Luis con cierto enfado en la voz que su demora le había hecho coger la tarde, que la estaban esperando desde la cinco y vea la hora qué era y ella sin poder salir por estar esperando a las niñas. Luis, sin despegar los ojos de las piernas que dejaba a la vista la falda que ella no paraba de jalar hacía abajo con sus dedos largos, quería saber para dónde iba a la mamá de sus hijas. Pero en lugar de preguntarlo le dijo que si estaba tarde era culpa de ella por no haber avisado que no se podían demorar. Luis se había expresado con calma, no con desinterés. Ella se notaba incomoda, era inocultable que ver a Luis la irritaba.

Las niñas en medio de los dos sacaron emocionadas los disfraces de sus bolsas para enseñárselos a su mamá que se olvidó de el afán que tenía cuando vio el overol de su hija menor.

-Pero Luis, usted si es que, mejor dicho. Es que no lo puede dejar uno que se encargue de nada, ni de alquilar un disfraz es capaz. Cómo fue escoger esto para la niña. Esto es un disfraz de niño. La mujer hablaba estrujando con sus manos el overol. Había dejado de jalarse la falda y el ceño fruncido le iba a bajar a los labios.

La niña interrumpió a su mamá arrebatándole el overol. Lo guardó en la bolsa junto al casco que no quiso sacar y se fue corriendo al cuarto. La otra niña fue tras ella sonriente, parecía divertirse con la situación y con la seguridad que le daba saber que su disfraz no era el causante de ningún problema.

-En serio Luis, por qué le alquiló eso a la niña si ella había dicho que quería disfrazarse de enfermera. Bueno y si no iba a ser el de enfermera pues le hubiera conseguido por lo menos uno de niña.

-Yo no fui el que lo escogió, ni le dije tampoco que tenía que traerlo, ese fue el que ella quiso, el que le gustó. A mí también me gustó, está lindo y se le ve bonito. Y allá dijeron que es unisex. Yo no entiendo porque una niña no se puede disfrazar de piloto. Si quiere ese día la maquilla para que sea una piloto maquillada.

La mamá de las niñas sabía cómo era Luis, por eso entendió perfectamente que esa ultima frase tenía que ver más con ella que con su hija. Su ceño seguía fruncido, y se había vuelto a jalar la falda con impaciencia.

Luis estaba esperando que ella le respondiera, que dijera algo que le diera pie para preguntar por qué se estaba arreglando tanto. Con quién estaba saliendo. O algo por el estilo. Quería saber, pero no era capaz de preguntarle de frente. Esa tarde o más bien noche tampoco hicieron falta las palabras porque mientras Luis esperaba que ella hablara llegó la camioneta blanca en la que ella se fue.

- ¿Cómo así que se va, y entonces las niñas? Preguntó Luis, de pie en el anden al lado de la puerta.

- Pues las niñas no van. No demora en llegar mi hermana, usted váyase tranquilo. Bueno o si quiere quédese un rato, usted verá. Oiga y sepa que si me queda tiempo esta semana voy y cambió ese disfraz por uno de niña.

La mamá de sus hijas cerró la puerta de la camioneta y Luis no alcanzó ni a ver al tipo que manejaba. Se quedó en la sala con las niñas y vio la televisión con ellas. Hubiera preferido no entrar, pero como seguía sin saber bien qué pasaba quiso aprovechar para preguntarle a las niñas. Le dio vueltas en su cabeza a la pregunta mientras veía Las chicas super poderosas en la pantalla. Al final único que hizo fue comentar que el novio de la mamá tenía una camioneta muy bonita. Las niñas se apresuraron a aclarar que la mamá no tenía novio. Luis quiso saber si la mamá estaba saliendo mucho y las niñas lo confirmaron.

La tía de las niñas no demoró en llegar y Luis no quiso estar más ahí. Manejó hasta la casa de su hermano para devolverle el carro. Le ardían los ojos y tenía hambre. Su ex mujer estaba pasándola bien en ese momento quién sabe con quién y en dónde. Y él, aunque en ese instante lo que quería era estar en un bar tomándose una cerveza iba a tener que irse para su casa porque tenía las monedas contadas para aguantar hasta la próxima quincena y además tenía que madrugar a trabajar.

Durante las semanas que siguieron Luis no esperó a que llegara el fin de semana ni a que sus hijas lo llamaran para ir a visitarlas. No esperó tener un motivo que explicará o justificará su visita. Empezó a presentarse después del trabajo, se sentaba en la acera a hablar con las niñas esperando saber algo de su mamá, esperando encontrarla con alguien, pero la mayoría de las veces no la encontró ni a ella. Se dio cuenta de que sus hijas se la pasaban o solas o con la tía.

Luis tenía una buena relación con su cuñada que no tenía ningún inconveniente en que él estuviera metido en esa casa todas las noches. A veces Luis llegaba con empanadas o con pan caliente, con buñuelos o pandebonos. Se sentaba al comedor y comían los cuatro. La tía de las niñas hacía un chocolate espumoso igual al de su hermana y Luis lo saboreaba como si estuviera viviendo en el pasado, como si estuviera todavía casado con una mujer enamorada.

Que la mamá de las niñas estuviera saliendo tanto no parecía afectar en nada la normalidad en la casa, todo parecía funcionar bien para sus hijas y para la tía que las cuidada. Por uno días las visitas de Luis cesaron pero su curiosidad no se extinguió. Quería saber quién era el novio de la mamá de sus hijas, quería encontrárselo de frente para verlo bien, quería que fuera ella quién le dijera que estaba saliendo con alguien. Pero primero se le alargó la jornada laboral antes de poder confirmar sus sospechas.

Por dos semanas el nuevo horario lo tuvo ocupado hasta las diez de la noche. El compromiso de su jefe había sido terminar el embellecimiento de dos parques públicos de la ciudad y los turnos se habían alargado para poder cumplir a tiempo con la entrega. Luis sembraba carboneros, cedros, fresnos, yarumos. Sus compañeros sembraban césped, maní forrajero y hasta veraneras. Sembraban lo que el cliente había pedido intentando armonizar el espacio y conseguir el efecto de jardín privado que el cliente buscaba.

Durante esos días solo habló con sus hijas por teléfono, siempre les preguntaba por la mamá sin conseguir mayores detalles. Un compañero de trabajo le dijo que él era un marica a toda carrera, que no tenía sentido seguir esperando a que esa vieja le parará bolas otra vez. Que esa relación ya se había acabado y él tenía que empezar a verse con otras mujeres.

-Si ella ya está buscando marido otra vez usted tiene que hacer lo mismo y conseguirse una esposa. Eso de quedarse solterón no es pa usted, además uno viejo y sacudido, sin un malparido peso, qué gusto le va a sacar a la soltería. Nosotros no estamos sino para tener por lo menos la seguridad de que en la casa nos espera alguien.

Luis prestó atención sin opinar ni contradecir a su compañero. No le parecía que estuviera equivocado, aunque tampoco creía que él estuviera tan viejo y menos tan aburrido. No creía que su prioridad en ese momento residiera en la necesidad de conseguir una esposa. Lo que le interesaba era saber que estaba pasando con la mamá de sus hijas. Por qué las estaba dejando solas. Lo que deseaba era que se mantuviera abierta esa puerta al pasado. Una posibilidad factible de volver con ella.

Luis dejaba que su compañero hablara, le tenía confianza y le servía tener con quién hablar, aunque lo que le dijeran no lo convenciera. El compañero siguiendo con sus consejos estaba seguro de que un par de amigas que tenía para presentarle le iban a gustar.

-No es si no que me diga que sí y yo se las llamó. Vea con una vez que usted salga con cualquiera de las dos, la que más le guste, se a va dar cuenta que yo tengo razón. Dígame pues.

Luis no sabía que responder. O no se decidía a hacerlo, sabía que, aun respondiendo que no, su compañero igual le iba a cuadrar esas salidas. En ese momento y mientras el compañero exigía una respuesta con el celular en el mano listo para marcar, sonó el celular de Luis.

Le tomó un tiempo saber con quién hablaba y de qué le estaba hablando. No entendía nada de lo que le decía la mujer al otro lado del celular. Le explicaba que se había pasado una semana de la fecha de entrega de los disfraces y estaban necesitando que los devolviera a más tardar el viernes si no quería perder el depósito. Sin poder ocultar lo confundido que estaba Luis le respondió a la empleada del lugar que no había ningún problema y le dio las gracias por llamar.

La mamá de las niñas no había devuelto los disfraces, ni le había dicho que los devolviera. Era posible que lo hubiera olvidado por estar ocupada con sus salidas. Tampoco se lo habían dicho sus hijas, no se lo había recordado ni a ellas. Tal vez sí, tal vez era cierto lo que decía su compañero, él ya no tenía oportunidades, nada iba a volver a ser lo que había sido.

 -Dígame pues, le cuadro una salida con una de las amigas mías o qué, no le eche mucha mente a eso, que tampoco es nada raro, usted sale con ella y si no se siente cómodo pues no la vuelve a invitar a nada y listo.

Luis estuvo de acuerdo con su compañero y aceptó el ofrecimiento, más por quitárselo de encima que por un interés real en conocer a alguien.

Al caer la noche le pidió permiso a su jefe para salir más temprano y solucionar el tema de los disfraces. En la casa de sus hijas esperaba que fuera su cuñada la que le abriera la puerta, pero no.

-Qué milagro usted por aquí, -dijo Luis.

-Ni tanto, -respondió la mamá de las niñas.

Luis le dijo que venía por los disfraces para devolverlo. Lo habían llamado del almacén para reclamárselos. Ella le dijo que estaba convencida de que ya los había devuelto. Luis le respondió que él estaba por las mismas, convencido de que ella ya los había entregado.

-Bueno, aunque qué los iba a devolver si el novio no le está dejando tiempo de nada, expresó Luis.

-Ya va a empezar con sus cuentos. ¿Cuál novio? Es que usted no se ha podido dar cuenta de lo que pasa, no ha visto que me está tocando salir a trabajar de noche. Ojalá fuera un novio… Ella, pálida y ojerosa, hablaba con desgano.

- ¿Cómo así que salir a trabajar? ¿por las noches? ¿Trabajar en qué? Preguntó Luis.

-Pues no será de mensajera, en tacones y sin moto. Sacúdase Luis, usted ha sido un montón de cosas en está vida, pero lento no.

Luis seguía ahí en la acera mirándola afectado, sin saber que decir. Las niñas por las que Luis no había preguntado se acercaron corriendo, venían de la tienda con la tía. Comían bombón y le preguntaban al tiempo que si se iba a quedar tomar chocolate.


miércoles, 13 de enero de 2021

Deseo

 

Cuando soplé las 25 velitas azules que coronaban esa torta envinada que mi mamá debió comprar en una de las panaderías famosas de la galería, estaba viendo su rostro, la estaba recordando. 25 años, justo la edad que tenía usted cuando la vi por primera vez. Usted no debe ni acordarse de ese momento, no tiene por qué.

Yo en cambio lo tengo muy presente. Nunca me hubiera imaginado en ese entonces que mi yo del futuro iba a atesorar tanto un saludo mañanero con alguien a quien veía por primera vez.

Faltaban cinco minutos para que fueran las ocho de la mañana y yo fui el primero en entrar al salón, nos cruzamos en la puerta, usted salía sosteniendo una escoba y un recogedor, me respondió el saludo con una sonrisa colorida, eran morados los brakects que tenía por esos días. Usted se fue y yo me senté en mi pupitre dibujándola en mi cabeza completamente convencido de que era una estudiante nueva, estaba ansioso por saber en dónde se iba a sentar, tal vez eligiera hacerlo a mi lado porque ese primer saludo le podía generar algo de confianza cuando volviera a entrar, pero no, resultó que no era estudiante.

Saludó amable y escribió su nombre en el tablero. Yo nunca había conocido a ninguna mujer que escribiera Ximena con X, Ximena Zuluaga, nombre y apellido iniciaban por las ultimas letras del abecedario, siempre condenada a ser la última de la lista

Nadie nos había avisado que iban a cambiar al profesor y por el gesto de mis compañeros se notaba que estaban tan sorprendidos como yo. Aunque por motivos distintos según supuse, ellos por el cambio inesperado y yo porque usted no iba a ser mi compañera sino mi profesora.

A usted tal vez le gustaría escuchar que ahora que cumplo su edad soy un ingeniero exitoso que luce unas gafas estilosas como las que usted usaba por esos días, que sus clases me permitieron graduarme con honores porque mis bases eran solidas y mi amor por los numero inabarcable. ¿Qué voy a saber yo?  Son puras suposiciones, pero debe ser ese el tipo de noticias que una profesora quiere oír, las que ratifiquen un trabajo bien hecho.

Y nada de eso es cierto. Pienso en usted hoy que cumplo la edad que tenía usted ese día pudiendo decir únicamente que soy capaz de dibujarla de memoria convencido de aproximarme mucho con el resultado final a una de sus fotografías favoritas de esos tiempos. El deseo de dibujar, de dibujarla a usted, eso sí fue un resultado de sus clases y fue lo que me llevó a estudiar artes.

Me dirijo a usted, aunque no esté, aunque no sepa dónde ande o que haya sido de su vida, le habló al recuerdo vivo de usted que guardo.

La pregunté mucho. Eso era lo primero que hacía cuando me encontraba con alguno de mis compañeros. Quería saber de usted, conservarla cerca, aunque fuera a través de otros, pero me encontraba con la dificultad de esos otros para describírmela y con la escases de sus recursos para dejarla vivir en la amplitud. Lo de ellos era dibujarla en el límite. Hubiera sido muy beneficiosas para mí las redes sociales por esos días. Ver sus fotos, conocer sus opiniones. Me hubiera gustado quedarme. Seguir mirándola. Pero mis papás no se iban a quedar solo porque yo estaba fascinado con una profesora. Les preguntaba y era tan poco lo que podían decir que el ultimo con el que hablé me dijo que usted se había ido, que la había cambiado de colegio y no me dijo a que colegio porque no sabía.

Me imaginé a otro estudiante que no era yo confundiéndola con una estudiante al verla entrar a usted con sus tenis blancos y su pelo cortico a un salón de clase que muy seguramente usted había limpiado antes. Me imagine a Rómulo llegando a recogerla en ese carro viejo que solo él podía tener porque para eso era mecánico y lo podía arreglar y mejorar cuando quisiera. Usted me contó que no era su papá, pero como si lo fuera. Él le decía ‘tiza’ y usted sonreía, nadie más le decía así, solo él. Blanca como la tiza. Rómulo no era muy bueno con los apodos. Usted lo sabía y no le importaba. Tampoco lo fui yo con los nombres porque mi primera exposición en la universidad se llamó ‘tiza’ también.

Usted no preguntaba por mí, usted no necesitaba saber qué había pasado conmigo. Para qué iba a querer saberlo. Yo era un estudiante más en ese salón, el único fascinado con usted, el único al que se le había movido el mundo, al que se le había trastocado la realidad y acabado la rutina, pero un estudiante más al fin y al cabo, uno más que respondía que sí, que todo estaba claro, después de la pregunta de rigor al concluir la explicación, un nombre más al final de la lista.

No hablo de usted a menos que sea necesario, en algunas ocasiones mi trabajo me lo exige. ¿quién es la modelo? me preguntan en las exposiciones. ¿En quién se inspiró para crear el personaje? Me preguntan cuando presento un nuevo libro de cómic en el que la protagonista se parece mucho a usted. Si fuera famoso tal vez usted podría encontrarse con un libro de esos en una librería cualquiera y reconocerse. Valdría la pena la fama solo para eso.

Mientras mi mamá quita las velitas de la torta para empezar a partirla mis sobrinos me preguntan por el deseo que pedí. Mi hermana les dice que los deseos son para los niños, que el tío ya no pide deseos. Un primo se atraviesa porque quiere recibir su torta antes de que los demás. Una de mis tías sigue tomando fotos y mi abuelo está enojado porque no le gusta la música que suena. Una de mis amigas le habla a mí papá de las maravillas de la marihuana medicinal. Y yo intento mezclarme y sonreírles a todos en esa fiesta sorpresa pensando en usted y en el deseo que sí pedí al apagar las velas.

martes, 12 de febrero de 2019

Contar


Hay unos tipos a los que les dicen: la ventaja con usted es que le gustan los números y es bueno con las cuentas, luego les ofrecen un salario de hambre para que cuenten vacas flacas en un potrero o asistentes a los estadios como dato para la transmisión de partidos de fútbol en emisoras baratas. Esos tipos andan por ahí haciendo cuentas con lo que no es de ellos. Esos mismos tipos son muy buenos rezando los mil jesuses. Pero esos tipos son escasos y conseguirlos es demorado y el problema no es ese, el problema de verdad es que a esos tipos no les gusta que contar sea un trabajo y tarde o temprano se aburren y se van a sacar pescado al magdalena y de puros putos no lo cuentan. 


Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...