martes, 26 de octubre de 2021

Alguien pagó por esta novela. Primera versión. Capítulo 3


3

Manuel sabía muy bien cómo me la estaba rebuscando y es muy probable que también se hubiera dado a la tarea de calcular cuánto me podía estar sacando al año. Lo que tal vez no sabía o por lo menos no con certeza era si me alcanzaba o no, y la verdad era que no. Me estaba viendo a gatas para llegar a fin de mes y eso que estaba apretando como nunca. Por eso llamé a Rubén. Si yo no tenía ropa él si tenía y yo no me podía quedar ahí tirado viendo televisión como si no me estuviera jugando el orgullo y el nombre en ese encuentro con el alcalde.

Seguía lloviendo y ese fue el primer pero de Rubén al contestar. Pero como se le ocurre que yo voy a salir ahorita, vea el aguacero, y menos a llevarle ropa, no ve que se moja. Le dije que no se quejara que para eso tenía carro. Me aclaró que el carro era no más para salir de paseo los domingos o puentes festivos, que para el pueblo tenía la moto. No hay nada más feo en la vida que un tacaño infeliz, le solté. No señor, no señor, llamar a pedir favores irrespetándome, no señor así no se consigue nada, y ningún tacaño nene, ningún tacaño, lo que pasa es que yo tengo conciencia ambiental y no voy a estar quemando combustible y generando desechos prendiendo un carro en el que caben cinco personas para andar solo, no señor. Me reí de la respuesta, con Rubén ese tipo de comentarios eran la constante. Soñaba con militar en algún movimiento, el que sea.

Hagamos una cosa entonces, yo voy a su casa en taxi, pero usted me lo paga allá porque yo ando sin un peso, hágame el favor, no sea chimbo que esto es una emergencia, dígame que sí y allá le echo bien el cuento. Por un momento creí que me había dejado hablando solo, le pregunté si seguía ahí y respondió afirmativamente con algo de fastidio, ni que fuera una mujer para andarle pagando el taxi, agregó. Cómo así que una mujer, conciencia ambiental sí, pero conciencia feminista no, que feo eso Rubén, cómo si las mujeres no trabajaran para obtener sus propios ingresos y pagar los taxis que se les dé la gana. Rubén notó mi tono de mofa y me mandó a comer mierda, seguidamente me pidió que no me demorara porque él no estaba de humor para desvelarse, y menos conmigo.

Llegué rapidito a la casa de Rubén. El taxista me habló todo el tiempo. Estaba contento porque el día había estado duro y a última hora lo había salvado la lluvia. Es que hay unos días en los que uno hace escasamente la entrega. No le pregunté cuánto tenía que entregar porque no estaba muy interesado, seguía pensando en Manuel y en el tal negocio. El taxista seguía hablando, que las lluvias así a esa hora, justo cuando la gente estaba saliendo del trabajo eran una putería porque a más de uno de esos que andaba en motorratón le tocaba coger taxi, muchos compañeros comparten taxi y así, lo que importa es no mojarse, a veces le toca a uno montar hasta cinco pasajeros, sufre el carrito, pero con lo duro que se pone todo, tampoco les puede uno decir que no.

Rubén estaba parando en la puerta con un billete en una mano y un paraguas en la otra. El taxi se detuvo justo al frente de su casa y él se acercó hasta el taxista, lo saludó y le entregó el billete, recibió lo que le sobró y cuando abrí la puerta para bajarme me dijo que esperara y se acercó para que me metiera con él bajo el paraguas. El taxista se había quedado mirando curioso la bata de Rubén y la manera en que me apretaba contra su cuerpo para que no me mojara, no dijo nada, pero yo supe con verle la sonrisa que en su cabeza ya nos había emparejado. Así es Rubén, un paraguas para caminar un metro entre un taxi y una puerta.

Le eché todo el cuento a Rubén, para que entendiera porque estaba ahí pidiéndole ropa prestada. Me escuchó atento mientras se tomaba su mate. Rubén tomaba mate. Después de haber estado paseando en Buenos Aires por dos semanas volvió diciendo que se había enamorado de la mística que envuelve al ritual de tomar mate. Cuando se le acabó la yerba esa que trajo de por allá, consiguió a alguien que se la estuviera mandando dizque porque la que vendían acá no era buena, no respetaba en él las mismas sensaciones.

Le rechacé el ofrecimiento con delicadeza, sin entrar a decir que esa maricada sabía horrible. Lo que sí hice fue comerme un par de galletas que tenía en un plato grande sobre la mesita de la sala. No podía visitarlo sin comerme unas cuantas galletas, eran galletas como las que se consiguen en cualquier panadería, pero él les ponía chocolate y coco rallado, era generoso con ambos ingredientes y le quedaban deliciosas.

Rubén me observó con un rostro impávido, como si pegarse del pitillito ese tuviera en él algún efecto zen. Me dejó hablar sin interrumpir y cuando lo puse al tanto de la situación en lugar de hablarme de Manuel se refirió a las galletas, me dijo que no podía permitir que se me notara tanto el hambre, siempre es lo mismo cuando viene acá, se atasca de galletas como si llevara días sin comer, aunque sí parece que a usted como que se le ha estado perdiendo la comida porque anda muy acabado, todos los días más seco, o será qué está enfermo, uno nunca sabe qué puede tener por dentro trabajándole, mire a ver si se hace exámenes, para descartar.

Me demoré en refutarlo porque todavía estaba intentando tragarme las galletas. Ningún enfermo, yo estaba saludable, aunque atarugado. Rubén me dio la espalda y se fue para la cocina, caminaba como si la bata esa que tenía puesta le permitiera levitar. Andaba en las Birkenstock que tanto le gustaban, yo conocía el nombre de esa marca por él, tenía los pies blancos y las uñas perfectas, en un estado tan lejano de las mías, esas garras mal formadas y desastrosas, como mi situación económica en ese momento, una situación tan alejada de la de él. Rubén no se tardó, regresó, con otro plato con galletas y un vaso de agua. No tuvo que decir nada, con su mirada entendí que podía seguir comiendo.

Mi anfitrión se volvió sentar y habló sin pasión, era el colmo que yo estuviera considerando volver a trabajar con ese sorete, la palabra la descubrió también en su paseo por el sur y se la apropió, se había apropiado varias. Muy alcalde y todo lo que sea, pero no es buen tipo, lo dejó penando todo este tiempo y ahora lo vuelve a buscar. Lo vuelve a buscar después de cagarlo. Para nada bueno debe ser.  Un negocio chueco, algún testaferro debe estar necesitando y qué mejor que usted que mire como traga galletas, la próxima vez llama más temprano y me pide que lo invite a comer. Pero bueno si usted ya le dijo que iba pues ya le toca. Eso sí, yo no creo que le vayan a proponer algo decente. Porque a ver, dígame, cuando ganaron usted que puesto estaba esperando que le dieran. Le respondí que una secretaría, eso esperaba yo, por eso había trabajado duro como nadie. Una secretaría, cualquiera, pero una secretaría para mí. Por qué no se la dieron, preguntó Rubén. Pues porque no tenía experiencia, eso fue lo que me dijo Manuel y lo que me dijo el equipo. A eso voy hermano, en ese entonces no le dieron una secretaría porque usted no tenía experiencia y hoy pasados los años usted sigue sin tener esa experiencia, entonces para darle una secretaría no lo están llamando. Le van a salir con sanitario tapado, con una bomba para que lo destape, no espere más que eso. Igual usted tiene razón, no importa lo que sea, vaya bien vestido, que por lo menos en eso estén a la par.

Tenía razón Rubén. Yo desconfiaba tanto como él, por eso no lo contradije ni quise ponerme a gastar saliva explicando algo que ya estaba claro. Me quedé a su lado viéndolo casi metido entre su enorme closet. Deslizaba ganchos y más ganchos con prendas de todos los colores y todas las texturas. Cómo quiere ir, le busco saco y corbata o qué, preguntó Rubén. Creí que estaba recochando, pero no, se quedó serio. Me apresuré con la negativa. Saco y corbata no, marica, me agarran de goce en esa oficina. Lo que menos me van a decir es que si me estaba haciendo la foto de la cédula o que si vengo de hacer la primera comunión. Verdad que en estos pueblos ir de traje es casi andar disfrazado, el provincianismo es una malaria seria, expresó Rubén con pena. Entonces qué quiere, qué ropa se quiere poner, me preguntó. Pantalón y camisa manga larga, le respondí. Usted está es de verdad muy arrancado, tener que pedir prestada una camisa, muy mal, aunque bueno usted mejor que nadie sabe que está en la inmunda.

Rubén empezó a sacar pantalones y extenderlos sobre la cama: negros, cafés, azules, mostazas, rallados. Pana, dril, paño. Con las camisas hizo lo mismo. Negras, blancas, ralladas, cuadriculadas. Con cuello italiano, francés, americano, nerú.

Yo sabía poco o nada de materiales o cortes, pero él me explicó, no solo le voy a prestar ropa, además le voy a enseñar, dijo él cuando me mostró la diferencia entre un cuello y otro. Yo miré todo lo que sacó sin saber muy bien que necesitaba o quería. Mi plan era irme por la siempre conocida opción del pantalón negro con la camisa blanca o azul. En ultimas fue Rubén el que escogió. Le ha servido aguantar hambre, porque si no, no le serviría mi ropa, me dijo cuando me medí en uno de los pantalones que me entregó para que mirará como me quedaba.

Cuando me preguntó por los zapatos le dije que tenía los negros de siempre. Me miró sorprendido y se burló. Los zapatos de siempre, usted qué se creyó pues, el papa Bergoglio, no parce, esas posturas de humildad no son para nosotros. Abrió otra puerta del closet, un compartimento en el que solo había zapatos, agarró unos negros y me los pasó. Zapatos Guillermo de Mario Hernández, también le tengo el cinturón, espere y verá. Al final la percha era pantalón granate, camisa blanca y zapatos negros. Los pantalones me quedaban medio embalconados y lo zapatos algo estrechos. Rubén me dijo que la altura de los pantalones no era problema, que se estaba usando mucho así altos. Eso sí, no se le vaya a ocurrir ponerse una medías blancas porque ahí sí lo daña todo.

Antes de irme Rubén me deseó suerte, me recomendó tener los ojos bien abiertos y corazón bien cerrado. Ahora no es que se vaya a poner de lindo con ese monigote. Duro con él, por falso. Le di las gracias mientras me comía otra galleta. No nene, gracias no, con un gracias no se va a salir, este favor me lo devuelve y prontico porque ya lo fiché, una prima mía anda dizque estudiando peluquería y necesita unos modelos para practicar algunas técnicas, ya lo pongo a usted en la lista, fresco que yo le aviso cuando le toque, me dijo muy serio Rubén.

Modelo de aprendiz de peluquera, solo Rubén lo podía terminar metiéndolo a uno en esas cosas. Le dije que claro, que de una, porque tampoco le iba a decir que no mientras me comía sus galletas y me llevaba su ropa. Me preguntó que si me pedía taxi y le dije que no, que me iba caminando porque andaba en los rines. Rubén se pegó con la mano en la frente, dramatizando más de lo necesario. Hágale, lo voy a pedir, no se asuste que yo lo pago, pero a usted le va a tocar hacerse un cursito básico de finanzas porque tampoco es que se esté ganando tan poquito como para vivir en esa inopia tan espantosa. Le recomiendo la ropa, no se la vaya tirar porque con qué me la va a pagar si la pierde.

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