lunes, 25 de octubre de 2021

Alguien pagó por esta novela. Primera versión. Capítulo 2

2

Un cuarto para las nueve de la mañana. Le pedí al motoratón que me dejará un par de cuadras antes de la dichosa oficina. La alternativa era ir de parrillero o ir en bicicleta y la segunda no me resultaba del todo conveniente esa mañana. Las calles habían amanecido encharcadas después del torrencial y pedalear implicaba una enmugrada fija. La moto tampoco garantizaba que llegara limpio a mi destino, pero andando despacio y con cuidado si era mucho mejor eso que la bicicleta.

En la esquina del parque le pregunté a uno de los lustrabotas si era capaz de dejarme limpios los zapatos en cinco minutos, no tengo más tiempo, le recalqué. El viejo me miró de abajo hacia arriba y me aseguró simpático que era capaz de tenerlos listos en menos. El viejo agarró su banquito y se sentó, me hizo señas para que estirara el zapato, con el puchero usado me estaba diciendo que el lento era yo. Permanecí de pie, el señor se dedicó a lo suyo y yo revisé el celular. Pero si lo va a cronometrar a mí me parece que anda es más desocupado que afanado, amista, me dijo el lustrabotas cuando saqué el celular. Me dio risa. ¡Cronometrar! en esa flecha a duras penas se veía la hora.

Le pagué al viejo y me quedé sin un peso, la vuelta para la casa iba a ser caminando. Me fui a paso largo para la oficina de Manuel que estaba ahí a la vuelta del parque en pleno centro del pueblo. Estuve a las nueve en punto delante de la mirada desobligante de la secretearía de Manuel. Le informé después de un saludo escueto que tenía una cita con el alcalde. Respondió apática, como si no nos hubiéramos visto la cara todos los días en época de campaña. Que Don Manuel no le había dicho nada de ninguna cita, que me sentara mientras ella lo llamaba. No le respondí y atendí a la sugerencia que en boca de ella había sonado como orden. Me senté y agarré una revista que estaba sobre la mesa de centro de la muy bien elegida sala de espera, un sofá y un par de muebles de microfibra, como los que yo estaba cansado de mirar en una página web esperando que lo pusieran en oferta para comprarlos a crédito.

La secretaria que no tardó mucho con el celular en la oreja me dijo que Don Manuel estaba terminando algo, que le diera unos cinco minuticos. El tono había cambiado, pero no es que fuera más amable, había sustituido la antipatía por condescendencia, la misma que utilizaba con el resto de la gente que visitaba esa oficina semana tras semana. En el imaginario de esa cabeza coquita coquita y bien peinada que tenía la secretaria yo era uno más de esos que venía a pedirle un favorcito al alcalde, una ayudita a Don Manuel, una colaboracioncita al movimiento, una manito al doctor. Asentí con la cabeza sin darle mucha importancia y le di las gracias. Ella se volvió a acomodar en su acogedora silla de hacer poco y cobrar mucho a observarme con el poco disimulo del que era capaz.

Pasados tal vez los cinco minutos anunciados sin que el alcalde apareciera la secretaria me señaló la mesa que estaba al lado izquierdo de la sala justo atrás del sofá en el que yo estaba sentado: señor, si quiere toma cafecito, bien pueda se sirve, Don Manuel no demora. Señor, me decía señor la muy tonta, cómo si no se hubiera aburrido de repetir mi nombre cuando estábamos en campaña, cómo si no nos hubiéramos emborrachado juntos más de una vez. Cómo si no hubiera querido una y mil veces hacerme echar cansada de que Manuel estuviera más atento a lo que sugería yo que a lo que opinaba ella.

De nuevo le di las gracias. Yo sabía que estaba cumpliendo con un papel, lo tenía claro, esa mañana yo no era yo, o sí era yo, pero un yo interpretado, un yo al que le estaba yendo bien, un yo que podía ser amable y muy cordial con una secretaria boba, un yo capaz de ignorar la obviedad de qué esa mujer seguía siendo la secretaria de Manuel porque él no había podido renunciar a ese cuerpo que tanto le gustaba. Le di las gracias, sonreí y me acerqué a la cafetera, me venía bien la bebida, estaba caliente y mucho mejor que el último “tinto” que yo me había tomado la noche anterior. Solo había café. Como hubiera sido de bueno que al lado del azúcar y los vasitos desechables me hubiera encontrado también con una bolsada de buñuelos o empanadas.

Volví al sofá, saboreé con detenimiento el café, necesitaba sentir su intensidad en el paladar. Tenía que estar más despierto que nunca. La secretaria me seguía observando. Yo sabía que estaba haciendo un inventario. Estaba poniendo manos a la obra en lo que mejor se le daba, calcular con rapidez el costo de los trapos que la gente llevaba puestos.

Estaba seguro de que Manuel andaba desocupado y de que la secretaria se había inventado la espera solo para detallarme la percha. Cuando lo hacía en campaña nos daba una calificación de uno a cinco, aunque el cinco era esquivo y estaba reservado solo para ella y para un congresista que la traía matada. Yo también la miré disimulado con la revista como quien andaba en otra cosa y no atento a cada movimiento suyo. La vi agarrar el celular, no tardó mucho, luego me dijo que podía pasar. Me había calificado, no sé cuál habrá sido mi nota, pero seguro me había calificado. No dejaba de mirarme los zapatos, era evidente que vérmelos puestos la desconcertaba. Eran incomodos, estrechos, pero la incomodidad en la mirada de la boba viéndome entrar a la oficina pisando firme pagaba cualquier pie maltratado.   

En la oficina, frente a frente, lo primero que hizo Manuel fue referirse a mí puntualidad como si fuera una rareza y no una de las pocas virtudes que él me podía envidiar. Le señalé la importancia de respetar el tiempo de los demás y también el de uno y me dijo sínico que la puntualidad se daba con mayor facilidad en la vida de los que poco tenían que hacer. Un tipo como yo que vive tan ocupado la tiene más difícil en ese aspecto. Me senté sin que me invitara y me fijé en el cuadro que tenía colgado tras su escritorio, un mapa viejo de Tuluá. La última vez que entré a esa oficina en ese mismo lugar estaba colgada una fotografía de él. No se podía negar que ese mapa se veía mucho mejor, le daba un toque de distinción al espacio, aunque el dueño del mismo no tuviera ni idea de cartografía. Manuel había seguido hablando de la puntualidad, pero yo me había distraído. Me había llamado para proponerme algo y lo primero que hacía al verme era entrarme con los taches arriba, como si buscara dejarme tendido en suelo sin permitirme tocar al menos una vez la pelota. No me había visto gambetear y ya lo habían asustado los zapatos.

Está bueno ese cuadro, le dije, elegante ¿se lo trajo de la biblioteca pública? Le dije burlón. Quería quebrarle su estrategia, sabía que con lo de la puntualidad pretendía afectarme, quería pintarme de desocupado y esperaba mi reacción, buscaba que me defendiera y en esa defensa le contara lo que estaba haciendo y como estaba viviendo. Quería dejar claro que era él el que mandaba, que vivía ocupado y podía poner a esperar al que quisiera.

Bien, la sacó bien, no ha perdido el talento el güevón este, aprendió bien, respondió Manuel. Está concentrado. Ese me lo regaló un socio, usted sabe que hay mucha gente que me quiere. Se sentó en el bordo de la silla y se recostó con soltura, le dio un trago a un pocillo con café que tenía el logo de la alcaldía, sonrió con picardía y me miró callado. Entonces vino a la defensiva el tipo, muy bien, así es, menos no me esperaba, hasta bien vestido, que bueno que no se le hubiera olvidado que la ropa se tiene en cuenta en estos casos. Y los zapatos, vea eso, una putería, a mí también me gustan de esos.  Pero relajado papi, calmado que acá no nos vamos a poner espinosos. Yo no necesito que me demuestre nada, yo sé cómo es con usted. Terminó de decir eso y llamó a su secretaria, le indicó que a partir de ese momento no estaba para nadie, mejor dicho, que no estaba ahí, luego le pidió que nos trajera café. Café para los dos, preguntó la secretaria como si no hubiera entendido. Pues claro que para los dos, o cuantos más ve, le respondió él, ella lo miró volviéndole los ojos. Yo no sé qué le hizo usted a esa mujer, pero no lo quiere ni chimba. Esté pilas ahora que le traiga el café porque a ella nada se le da echárselo encima y mancharle esa camisa.


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