viernes, 22 de octubre de 2021

Alguien pagó por esta novela. Primera versión. Capítulo 1

 

Alguien pagó por esta novela.

1

Eran las siete de la noche y el cielo estaba roto, como la mayoría de mis medias, por las que se salían mis dedos gordos. También estas berracas, y eran las nuevas, me dije cuando saqué los pies de los tenis para meterlos entre las botas de caucho. Era ya casi un hecho que esa noche nos iba a tocar sacar agua. Un cuarto de hora más con un aguacero como ese y se iba a inundar el barrio.

Andaba pegado a la ventana igual que el resto de los vecinos de la cuadra. Ellos como yo con escoba en mano, listos para empezar al devolver el agua cuando subiera el nivel y se montara sobre la acera decidida a entrarse a donde no la habían invitado. En ese barrio nunca nos habíamos inundado, pero para estar anegados como para muchas otras cosas siempre hay una primera vez, y al parecer para nosotros había llegado el momento de la primera inundación. El agua seguía cayendo, los truenos retumbaban en las ventanas y el viento amenazaba con arrancar los techos que aunque bien amarrados, se cimbraban. 

Yo había llegado a mí casa apenas media hora antes. Venía del centro, mamado de voltear la tarde entera intentando resolver mil y un chicharrones que resultaban en el trabajo y que me hacían falta para tener lista una cuenta de cobro. cuando llegué estaba tronando y una brisa menudita me mojaba la cabeza, iba llover, pero nada insinuaba esa tempestad. Me cambié la ropa y me puse la sudadera. Cada semana me tocaba jalar más del cordón para que me quedara apretada y no me dejara en bola en el lugar menos esperado. Era de mi talla y el resorte de la pretina estaba buena, pero igual tocaba apretar.

Cuando se destapó el aguacero y los bombillos amagaron apagarse, primera señal de que además del agua entrándose a las casas también se podía ir la luz, yo estaba en la cocina intentando preparar un café con la juagadura del frasco que ya se había terminado. Con ese torrencial no existía paraguas que me sirviera para ir a la tienda por una papeleta de café y volver seco a la casa. Aunque hubiera valido la pena ver la cara de la señora de la tienda notándome llegar en medio de ese chaparrón con el único propósito de pedirle fiada una papeleta de café. El cuaderno de la señora de la tienda no tenía ya más espacio en blanco para mí, me había dicho ella. Búsquele una hoja nueva, usted tranquila que yo no le quedo mal, le dije a la señora casi suplicando, la última vez que entré allá, y ella tajante y repelente dijo que le pagara lo que le debía primero.

El tinto me había quedado maluco, no podía quedar de otro modo, pero con el agua cayendo a cantaros y el susto por la inundación no me afligí mucho por eso. ¡Se nos mete o no se nos mete!, le pregunté a los gritos al vecino del frente que tenía la puerta a medio abrir y miraba angustiado la calle. Ya no, ya no, me respondió el vecino, ya está mermando el agua, vea que ya está bajando, decía el señor señalando la borrasca que bajaba por la calle.  A mí me parecía que el aguacero estaba aumentando, pero el vecino estaba convencido de lo que decía así que le sonreí y le dije que ojalá.

Me alejé de la ventana porque escuché sonar el celular que había dejado en el aparador de la cocina. Una llamada en medio de esa tempestad no auguraba nada bueno, me repetí mientras cruzaba la sala. Seguro era el concejal, que ya quería sacar provecho de esa lluvia para decir algo en redes sociales, escríbase algo esperanzador en Facebook, para que los votantes sepan que uno también se angustia con el mal tiempo como ellos, una cosa así me iba a decir. Aunque también podría ser don Saulo, pero para qué don Saulo a esa hora, si él y yo no teníamos nada pendiente.

Miré el celular y era Manuel. Manuel qué putas quería, llevaba meses sin llamarme, sin buscarme. Habíamos hablando hacía un año tal vez y no había sido nada memorable, no había sido más que un encuentro momentáneo en una reunión política.

No estaba molesto con él, digamos que me había esforzado lo suficiente en entenderlo, en comprender todas las responsabilidades con las que había tenido que lidiar. Pero que lo entendiera no borraba el hecho de que me había dejado tirado; yo le había metido la espalda a su candidatura, me había untando como ningún otro para conseguir lo que a final consiguió y a la hora de la verdad, cuando se vinieron los nombramientos mi nombre no apareció por ninguna parte. Después, cuando llegaron las contrataciones, también quedé por fuera. No dije nada y me hice a un lado, me dediqué a otras cosas, a ganarme los pesos como mejor se pudiera y me desentendí de Manuel, hasta ese día, hasta esa llamada. Él no tenía responsabilidad conmigo, ya me había pagado por mi trabajo en campaña, eso debía ser todo. Eso me repetí una y otra vez para sacudirme la sensación de traición que me acechaba.

Me saludó sin formalidad, como si hubiéramos estado jugándonos un partido de micro después de un asado, justo esa misma tarde. Yo me mantuve parco, lo dejé hablar y con mis respuestas cortas y desabridas le hice notar que no andaba de ánimo.

Manuel que no era ningún pendejo evitó las distracciones, los monólogos baladíes. Él era consciente de su deuda, de su actuar injusto conmigo. Él sabía que el tema iba a salir en algún momento y me iba a tener que dar explicaciones. Pero esa noche no fue, no hubo explicaciones sino una propuesta. Me dijo que tenía un negocio para mí, una propuesta jugosa imposible de desperdiciar. Me dijo que me esperaba a las nueve de la mañana en la oficina. Hizo como si no me entendiera cuando le sugerí que aprovechara que ya estábamos hablando para que me propusiera lo que fuera que tenía que proponerme. Usted sabe que por teléfono no se hacen negocios y menos con este aguacero, el clima no tenía nada que ver, pero eso fue lo que dijo Manuel.

Como si él viviera en un barrio que se pudiera inundar, como si fuera él quien tuviera que sacar el agua en caso de que se le entrara. A las nueve de la mañana en la oficina, repitió, hágale tranquilo que no se va a arrepentir.  Le gustaba decir teléfono y no celular, tenía un apego por la palabra que me resultaba romántico. ¿En la alcaldía? le pregunté antes de colgar. No señor, tan marica, cómo se le ocurre, en la alcaldía no, allá no, en la oficina, la de siempre la que usted conoce, dijo eso y colgó.

Volví a la ventana y vi que como había dicho mi vecino el aguacero era menos intenso, abrí la puerta y desde ahí como mis botas de plástico y mi sudadera vi como un perro jugaba en la calle, corría entre la borrasca que aún se hacía notar, pero ya sin la opción latente de subirse a la acera y meterse a las casas. El perro corría y saltaba en sus patas traseras intentando morder un chorro que caía con fuerza desde una terraza vecina dotada de un par te tubos de desagüe muy generosos.

El mismo vecino del frente, al que le había gritado antes, me dijo que se había alcanzado a asustar, oiga mijo, yo si creí que nos alcanzábamos a inundar, menos mal que no, usted también, se ve, dizque con botas y tales, dijo señalándome los pies. Claro, yo también, le respondí. Es que yo no había visto caer tanta agua junta, le dije. El vecino soltó una carcajada acompañada de un sonoro: deje de ser exagerado hombre, tampoco.

Cerré la puerta y me fui para la sala a prender el televisor, seguía lloviendo, menos, pero seguía lloviendo y en mi cabeza seguir sonando la voz de Manuel. Dejé el televisor prendido y me fui para el cuarto y me paré al frente del armario. Empecé a mover los ganchos. Qué camisa me iba a poner. Cuáles pantalones. Miraba una y otra vez lo poquito que tenía. Me iba a sentar a hablar de negocios con el alcalde llevando los mismos chiros gastados con los que volteaba el día entero intentando ganarme la comida. Iba a llegar a esa oficina con los trapos planchados y limpios y eso no iba a ser suficiente para evitar que con una mirada rápida el alcalde se diera cuenta de que la estaba pasando mal, de que estaba zarandeado.

Llevar del arrume o permitir que se note es un problema a la hora de hacer negocios. Eso me lo había enseñado él. Antes de ser alcalde, cuando andábamos en campaña y negociábamos alianzas con otros políticos o acordábamos trabajar con algunos líderes comunales, Manuel me decía que se ofrecía según la cara de necesidad que trajera el otro negociante.

“Usted los mira con detenimiento. Los detalla. Es más, si puede tener a una mujer a su lado mucho mejor, ellas son buenas para eso. Además de tener claro lo que dice la apariencia usted habla con ellos, les hace preguntas sueltas, de las normales, de las de siempre: qué cómo van, qué cómo andan los negocios. Los deja hablar, les da confianza para que se desparpajen, se muestra interesado en ellos, en sus familias, sus amigos, sus ocupaciones y aficiones. Todo eso es importante hacerlo porque ahí va usted recogiendo la información necesaria para analizar mejor la situación actual del negociante. Mientras más mal la esté pasando más humilde puede ser la oferta y usted va ganado. El problema se presenta cuando el otro no necesita nada, cuando está incluso mejor que usted porque ahí sí le toca a usted es comprarle las ganas al otro y el otro desde su lado está es mirándolo a usted como al pobre arrancado que está dispuesto a aceptar cualquier moneda”.

Recordaba muy bien sus palabras. Las recordaba porque de hecho todos esos cuentos nos había funcionado en más de una negociación. Me había puesto sobre la mesa la teoría y después me había demostrado en la práctica que era un efectivo proceder, ahora era el alcalde.

Por eso revisaba la ropa y por eso sabía que no tenía una sola pinta que pudiera hablar bien de mí, que pudiera mentir por mí. Todo estaba gastado, motoso, percudido y triste. La mejor camisa que tenía era la misma con la que Manuel me había visto la última vez que nos encontramos. Iba a llegar yo a su oficina con la cara y la facha que él quería ver, varado y dócil, gastado y sin un peso. 

La naturaleza del negocio me tenía ansioso. No se me ocurría de qué se podía tratar. Después de tanto tiempo había encontrado algo para mí. Pero qué podría ser. Qué podría implicar si ni siquiera lo íbamos a hablar en su despacho de primera autoridad del municipio sino en la vieja oficina de ciudadano y empresario de pueblo, la oficina que siempre se mantuvo al margen de su candidatura y que funciona seis de los siete días de la semana.

Después de haberme sacado el culo por tanto tiempo solo se me podía ocurrir que la llamada estaba ligada a un chanchullo, un gallo tapado que solo le podía confiar a un tipo como a mí, a alguien que lo conocía y que había demostrado que podía trabajar sin hacer preguntas. Alguien que había demostrado que se podía quedar callado y mirar para otra parte. Porque eso había hecho yo, me había dejado sin puesto, sin plata, por fuera del llavero y sin embargo nunca había hablado ni reclamado. Nunca me había ido para el otro lado. Yo tenía información delicada para Manuel, él lo sabía, pero nunca recurrí a eso para conseguir algo, ni de él ni de sus contrarios.  No podía ni imaginarme el tipo de negocio que me tenía y no podía evitar sentir desde ese momento, tan solo con el anuncio que ya me habían visto la cara de marica.

Me miré los pies y me vi las botas, parecía bobo, todavía con esas botas, ya no nos habíamos inundado, ya no hacía falta. Me las quité seguro de que en ese momento el mejor calzado que yo tenía en esa casa era ese. Volví descalzo a la sala y me tiré en el sofá a ver televisión. Tenía las uñas negras, no me había dado cuenta desde cuando las tenía así, pero estaban negras y afiladas, como garras. No sabía por qué estaban así, pero desde hacía unas semanas no había media que les aguantara. Busqué en un cajón un cortaúñas y no encontré. No tenía ni un puto cortaúñas. Lluvia, llamada de Manuel, uñas raras. Que mierda. No quise ver más noticieros y agarré el control para buscar el lugar seguro, el canal donde pasaban una y otra vez los capítulos tantas veces vistos de los Simpson.

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