Alguien
pagó por esta novela.
1
Eran
las siete de la noche y el cielo estaba roto, como la mayoría de mis medias,
por las que se salían mis dedos gordos. También estas berracas, y eran las
nuevas, me dije cuando saqué los pies de los tenis para meterlos entre las
botas de caucho. Era ya casi un hecho que esa noche nos iba a tocar sacar agua.
Un cuarto de hora más con un aguacero como ese y se iba a inundar el barrio.
Andaba
pegado a la ventana igual que el resto de los vecinos de la cuadra. Ellos como
yo con escoba en mano, listos para empezar al devolver el agua cuando subiera
el nivel y se montara sobre la acera decidida a entrarse a donde no la habían
invitado. En ese barrio nunca nos habíamos inundado, pero para estar anegados
como para muchas otras cosas siempre hay una primera vez, y al parecer para
nosotros había llegado el momento de la primera inundación. El agua seguía
cayendo, los truenos retumbaban en las ventanas y el viento amenazaba con
arrancar los techos que aunque bien amarrados, se cimbraban.
Yo
había llegado a mí casa apenas media hora antes. Venía del centro, mamado de
voltear la tarde entera intentando resolver mil y un chicharrones que
resultaban en el trabajo y que me hacían falta para tener lista una cuenta de
cobro. cuando llegué estaba tronando y una brisa menudita me mojaba la cabeza,
iba llover, pero nada insinuaba esa tempestad. Me cambié la ropa y me puse la
sudadera. Cada semana me tocaba jalar más del cordón para que me quedara
apretada y no me dejara en bola en el lugar menos esperado. Era de mi talla y el
resorte de la pretina estaba buena, pero igual tocaba apretar.
Cuando
se destapó el aguacero y los bombillos amagaron apagarse, primera señal de que
además del agua entrándose a las casas también se podía ir la luz, yo estaba en
la cocina intentando preparar un café con la juagadura del frasco que ya se
había terminado. Con ese torrencial no existía paraguas que me sirviera para ir
a la tienda por una papeleta de café y volver seco a la casa. Aunque hubiera
valido la pena ver la cara de la señora de la tienda notándome llegar en medio
de ese chaparrón con el único propósito de pedirle fiada una papeleta de café.
El cuaderno de la señora de la tienda no tenía ya más espacio en blanco para
mí, me había dicho ella. Búsquele una hoja nueva, usted tranquila que yo no le
quedo mal, le dije a la señora casi suplicando, la última vez que entré allá, y
ella tajante y repelente dijo que le pagara lo que le debía primero.
El
tinto me había quedado maluco, no podía quedar de otro modo, pero con el agua
cayendo a cantaros y el susto por la inundación no me afligí mucho por eso. ¡Se
nos mete o no se nos mete!, le pregunté a los gritos al vecino del frente que
tenía la puerta a medio abrir y miraba angustiado la calle. Ya no, ya no, me
respondió el vecino, ya está mermando el agua, vea que ya está bajando, decía
el señor señalando la borrasca que bajaba por la calle. A mí me parecía que el aguacero estaba
aumentando, pero el vecino estaba convencido de lo que decía así que le sonreí
y le dije que ojalá.
Me
alejé de la ventana porque escuché sonar el celular que había dejado en el
aparador de la cocina. Una llamada en medio de esa tempestad no auguraba nada
bueno, me repetí mientras cruzaba la sala. Seguro era el concejal, que ya
quería sacar provecho de esa lluvia para decir algo en redes sociales,
escríbase algo esperanzador en Facebook, para que los votantes sepan que uno
también se angustia con el mal tiempo como ellos, una cosa así me iba a decir.
Aunque también podría ser don Saulo, pero para qué don Saulo a esa hora, si él
y yo no teníamos nada pendiente.
Miré
el celular y era Manuel. Manuel qué putas quería, llevaba meses sin llamarme,
sin buscarme. Habíamos hablando hacía un año tal vez y no había sido nada
memorable, no había sido más que un encuentro momentáneo en una reunión
política.
No
estaba molesto con él, digamos que me había esforzado lo suficiente en
entenderlo, en comprender todas las responsabilidades con las que había tenido
que lidiar. Pero que lo entendiera no borraba el hecho de que me había dejado
tirado; yo le había metido la espalda a su candidatura, me había untando como
ningún otro para conseguir lo que a final consiguió y a la hora de la verdad,
cuando se vinieron los nombramientos mi nombre no apareció por ninguna parte.
Después, cuando llegaron las contrataciones, también quedé por fuera. No dije
nada y me hice a un lado, me dediqué a otras cosas, a ganarme los pesos como
mejor se pudiera y me desentendí de Manuel, hasta ese día, hasta esa llamada. Él
no tenía responsabilidad conmigo, ya me había pagado por mi trabajo en campaña,
eso debía ser todo. Eso me repetí una y otra vez para sacudirme la sensación de
traición que me acechaba.
Me
saludó sin formalidad, como si hubiéramos estado jugándonos un partido de micro
después de un asado, justo esa misma tarde. Yo me mantuve parco, lo dejé hablar
y con mis respuestas cortas y desabridas le hice notar que no andaba de ánimo.
Manuel
que no era ningún pendejo evitó las distracciones, los monólogos baladíes. Él
era consciente de su deuda, de su actuar injusto conmigo. Él sabía que el tema
iba a salir en algún momento y me iba a tener que dar explicaciones. Pero esa
noche no fue, no hubo explicaciones sino una propuesta. Me dijo que tenía un
negocio para mí, una propuesta jugosa imposible de desperdiciar. Me dijo que me
esperaba a las nueve de la mañana en la oficina. Hizo como si no me entendiera
cuando le sugerí que aprovechara que ya estábamos hablando para que me
propusiera lo que fuera que tenía que proponerme. Usted sabe que por teléfono
no se hacen negocios y menos con este aguacero, el clima no tenía nada que ver,
pero eso fue lo que dijo Manuel.
Como
si él viviera en un barrio que se pudiera inundar, como si fuera él quien
tuviera que sacar el agua en caso de que se le entrara. A las nueve de la
mañana en la oficina, repitió, hágale tranquilo que no se va a arrepentir. Le gustaba decir teléfono y no celular, tenía
un apego por la palabra que me resultaba romántico. ¿En la alcaldía? le
pregunté antes de colgar. No señor, tan marica, cómo se le ocurre, en la
alcaldía no, allá no, en la oficina, la de siempre la que usted conoce, dijo
eso y colgó.
Volví
a la ventana y vi que como había dicho mi vecino el aguacero era menos intenso,
abrí la puerta y desde ahí como mis botas de plástico y mi sudadera vi como un
perro jugaba en la calle, corría entre la borrasca que aún se hacía notar, pero
ya sin la opción latente de subirse a la acera y meterse a las casas. El perro
corría y saltaba en sus patas traseras intentando morder un chorro que caía con
fuerza desde una terraza vecina dotada de un par te tubos de desagüe muy
generosos.
El
mismo vecino del frente, al que le había gritado antes, me dijo que se había
alcanzado a asustar, oiga mijo, yo si creí que nos alcanzábamos a inundar,
menos mal que no, usted también, se ve, dizque con botas y tales, dijo
señalándome los pies. Claro, yo también, le respondí. Es que yo no había visto
caer tanta agua junta, le dije. El vecino soltó una carcajada acompañada de un
sonoro: deje de ser exagerado hombre, tampoco.
Cerré
la puerta y me fui para la sala a prender el televisor, seguía lloviendo,
menos, pero seguía lloviendo y en mi cabeza seguir sonando la voz de Manuel.
Dejé el televisor prendido y me fui para el cuarto y me paré al frente del
armario. Empecé a mover los ganchos. Qué camisa me iba a poner. Cuáles
pantalones. Miraba una y otra vez lo poquito que tenía. Me iba a sentar a
hablar de negocios con el alcalde llevando los mismos chiros gastados con los
que volteaba el día entero intentando ganarme la comida. Iba a llegar a esa
oficina con los trapos planchados y limpios y eso no iba a ser suficiente para
evitar que con una mirada rápida el alcalde se diera cuenta de que la estaba
pasando mal, de que estaba zarandeado.
Llevar
del arrume o permitir que se note es un problema a la hora de hacer negocios.
Eso me lo había enseñado él. Antes de ser alcalde, cuando andábamos en campaña
y negociábamos alianzas con otros políticos o acordábamos trabajar con algunos
líderes comunales, Manuel me decía que se ofrecía según la cara de necesidad
que trajera el otro negociante.
“Usted
los mira con detenimiento. Los detalla. Es más, si puede tener a una mujer a su
lado mucho mejor, ellas son buenas para eso. Además de tener claro lo que dice
la apariencia usted habla con ellos, les hace preguntas sueltas, de las
normales, de las de siempre: qué cómo van, qué cómo andan los negocios. Los
deja hablar, les da confianza para que se desparpajen, se muestra interesado en
ellos, en sus familias, sus amigos, sus ocupaciones y aficiones. Todo eso es
importante hacerlo porque ahí va usted recogiendo la información necesaria para
analizar mejor la situación actual del negociante. Mientras más mal la esté
pasando más humilde puede ser la oferta y usted va ganado. El problema se
presenta cuando el otro no necesita nada, cuando está incluso mejor que usted porque
ahí sí le toca a usted es comprarle las ganas al otro y el otro desde su lado
está es mirándolo a usted como al pobre arrancado que está dispuesto a aceptar
cualquier moneda”.
Recordaba
muy bien sus palabras. Las recordaba porque de hecho todos esos cuentos nos
había funcionado en más de una negociación. Me había puesto sobre la mesa la
teoría y después me había demostrado en la práctica que era un efectivo
proceder, ahora era el alcalde.
Por
eso revisaba la ropa y por eso sabía que no tenía una sola pinta que pudiera
hablar bien de mí, que pudiera mentir por mí. Todo estaba gastado, motoso,
percudido y triste. La mejor camisa que tenía era la misma con la que Manuel me
había visto la última vez que nos encontramos. Iba a llegar yo a su oficina con
la cara y la facha que él quería ver, varado y dócil, gastado y sin un
peso.
La
naturaleza del negocio me tenía ansioso. No se me ocurría de qué se podía
tratar. Después de tanto tiempo había encontrado algo para mí. Pero qué podría
ser. Qué podría implicar si ni siquiera lo íbamos a hablar en su despacho de
primera autoridad del municipio sino en la vieja oficina de ciudadano y
empresario de pueblo, la oficina que siempre se mantuvo al margen de su
candidatura y que funciona seis de los siete días de la semana.
Después
de haberme sacado el culo por tanto tiempo solo se me podía ocurrir que la
llamada estaba ligada a un chanchullo, un gallo tapado que solo le podía
confiar a un tipo como a mí, a alguien que lo conocía y que había demostrado
que podía trabajar sin hacer preguntas. Alguien que había demostrado que se
podía quedar callado y mirar para otra parte. Porque eso había hecho yo, me
había dejado sin puesto, sin plata, por fuera del llavero y sin embargo nunca
había hablado ni reclamado. Nunca me había ido para el otro lado. Yo tenía
información delicada para Manuel, él lo sabía, pero nunca recurrí a eso para
conseguir algo, ni de él ni de sus contrarios.
No podía ni imaginarme el tipo de negocio que me tenía y no podía evitar
sentir desde ese momento, tan solo con el anuncio que ya me habían visto la
cara de marica.
Me
miré los pies y me vi las botas, parecía bobo, todavía con esas botas, ya no
nos habíamos inundado, ya no hacía falta. Me las quité seguro de que en ese
momento el mejor calzado que yo tenía en esa casa era ese. Volví descalzo a la
sala y me tiré en el sofá a ver televisión. Tenía las uñas negras, no me había
dado cuenta desde cuando las tenía así, pero estaban negras y afiladas, como
garras. No sabía por qué estaban así, pero desde hacía unas semanas no había
media que les aguantara. Busqué en un cajón un cortaúñas y no encontré. No
tenía ni un puto cortaúñas. Lluvia, llamada de Manuel, uñas raras. Que mierda.
No quise ver más noticieros y agarré el control para buscar el lugar seguro, el
canal donde pasaban una y otra vez los capítulos tantas veces vistos de los
Simpson.
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