Cuando
soplé las 25 velitas azules que coronaban esa torta envinada que mi mamá debió
comprar en una de las panaderías famosas de la galería, estaba viendo su rostro,
la estaba recordando. 25 años, justo la edad que tenía usted cuando la vi por
primera vez. Usted no debe ni acordarse de ese momento, no tiene por qué.
Yo en
cambio lo tengo muy presente. Nunca me hubiera imaginado en ese entonces que mi
yo del futuro iba a atesorar tanto un saludo mañanero con alguien a quien veía
por primera vez.
Faltaban
cinco minutos para que fueran las ocho de la mañana y yo fui el primero en
entrar al salón, nos cruzamos en la puerta, usted salía sosteniendo una escoba
y un recogedor, me respondió el saludo con una sonrisa colorida, eran morados
los brakects que tenía por esos días. Usted se fue y yo me senté en mi pupitre
dibujándola en mi cabeza completamente convencido de que era una estudiante
nueva, estaba ansioso por saber en dónde se iba a sentar, tal vez eligiera
hacerlo a mi lado porque ese primer saludo le podía generar algo de confianza
cuando volviera a entrar, pero no, resultó que no era estudiante.
Saludó
amable y escribió su nombre en el tablero. Yo nunca había conocido a ninguna
mujer que escribiera Ximena con X, Ximena Zuluaga, nombre y apellido iniciaban
por las ultimas letras del abecedario, siempre condenada a ser la última de la
lista
Nadie
nos había avisado que iban a cambiar al profesor y por el gesto de mis
compañeros se notaba que estaban tan sorprendidos como yo. Aunque por motivos
distintos según supuse, ellos por el cambio inesperado y yo porque usted no iba
a ser mi compañera sino mi profesora.
A
usted tal vez le gustaría escuchar que ahora que cumplo su edad soy un
ingeniero exitoso que luce unas gafas estilosas como las que usted usaba por esos
días, que sus clases me permitieron graduarme con honores porque mis bases eran
solidas y mi amor por los numero inabarcable. ¿Qué voy a saber yo? Son puras suposiciones, pero debe ser ese el
tipo de noticias que una profesora quiere oír, las que ratifiquen un trabajo
bien hecho.
Y nada
de eso es cierto. Pienso en usted hoy que cumplo la edad que tenía usted ese
día pudiendo decir únicamente que soy capaz de dibujarla de memoria convencido
de aproximarme mucho con el resultado final a una de sus fotografías favoritas
de esos tiempos. El deseo de dibujar, de dibujarla a usted, eso sí fue un
resultado de sus clases y fue lo que me llevó a estudiar artes.
Me
dirijo a usted, aunque no esté, aunque no sepa dónde ande o que haya sido de su
vida, le habló al recuerdo vivo de usted que guardo.
La
pregunté mucho. Eso era lo primero que hacía cuando me encontraba con alguno de
mis compañeros. Quería saber de usted, conservarla cerca, aunque fuera a través
de otros, pero me encontraba con la dificultad de esos otros para describírmela
y con la escases de sus recursos para dejarla vivir en la amplitud. Lo de ellos
era dibujarla en el límite. Hubiera sido muy beneficiosas para mí las redes
sociales por esos días. Ver sus fotos, conocer sus opiniones. Me hubiera
gustado quedarme. Seguir mirándola. Pero mis papás no se iban a quedar solo
porque yo estaba fascinado con una profesora. Les preguntaba y era tan poco lo
que podían decir que el ultimo con el que hablé me dijo que usted se había ido,
que la había cambiado de colegio y no me dijo a que colegio porque no sabía.
Me
imaginé a otro estudiante que no era yo confundiéndola con una estudiante al
verla entrar a usted con sus tenis blancos y su pelo cortico a un salón de
clase que muy seguramente usted había limpiado antes. Me imagine a Rómulo
llegando a recogerla en ese carro viejo que solo él podía tener porque para eso
era mecánico y lo podía arreglar y mejorar cuando quisiera. Usted me contó que
no era su papá, pero como si lo fuera. Él le decía ‘tiza’ y usted sonreía,
nadie más le decía así, solo él. Blanca como la tiza. Rómulo no era muy bueno
con los apodos. Usted lo sabía y no le importaba. Tampoco lo fui yo con los
nombres porque mi primera exposición en la universidad se llamó ‘tiza’ también.
Usted
no preguntaba por mí, usted no necesitaba saber qué había pasado conmigo. Para
qué iba a querer saberlo. Yo era un estudiante más en ese salón, el único
fascinado con usted, el único al que se le había movido el mundo, al que se le
había trastocado la realidad y acabado la rutina, pero un estudiante más al fin
y al cabo, uno más que respondía que sí, que todo estaba claro, después de la
pregunta de rigor al concluir la explicación, un nombre más al final de la
lista.
No
hablo de usted a menos que sea necesario, en algunas ocasiones mi trabajo me lo
exige. ¿quién es la modelo? me preguntan en las exposiciones. ¿En quién se
inspiró para crear el personaje? Me preguntan cuando presento un nuevo libro de
cómic en el que la protagonista se parece mucho a usted. Si fuera famoso tal
vez usted podría encontrarse con un libro de esos en una librería cualquiera y
reconocerse. Valdría la pena la fama solo para eso.
Mientras
mi mamá quita las velitas de la torta para empezar a partirla mis sobrinos me
preguntan por el deseo que pedí. Mi hermana les dice que los deseos son para
los niños, que el tío ya no pide deseos. Un primo se atraviesa porque quiere
recibir su torta antes de que los demás. Una de mis tías sigue tomando fotos y
mi abuelo está enojado porque no le gusta la música que suena. Una de mis
amigas le habla a mí papá de las maravillas de la marihuana medicinal. Y yo
intento mezclarme y sonreírles a todos en esa fiesta sorpresa pensando en usted
y en el deseo que sí pedí al apagar las velas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario