miércoles, 13 de enero de 2021

Deseo

 

Cuando soplé las 25 velitas azules que coronaban esa torta envinada que mi mamá debió comprar en una de las panaderías famosas de la galería, estaba viendo su rostro, la estaba recordando. 25 años, justo la edad que tenía usted cuando la vi por primera vez. Usted no debe ni acordarse de ese momento, no tiene por qué.

Yo en cambio lo tengo muy presente. Nunca me hubiera imaginado en ese entonces que mi yo del futuro iba a atesorar tanto un saludo mañanero con alguien a quien veía por primera vez.

Faltaban cinco minutos para que fueran las ocho de la mañana y yo fui el primero en entrar al salón, nos cruzamos en la puerta, usted salía sosteniendo una escoba y un recogedor, me respondió el saludo con una sonrisa colorida, eran morados los brakects que tenía por esos días. Usted se fue y yo me senté en mi pupitre dibujándola en mi cabeza completamente convencido de que era una estudiante nueva, estaba ansioso por saber en dónde se iba a sentar, tal vez eligiera hacerlo a mi lado porque ese primer saludo le podía generar algo de confianza cuando volviera a entrar, pero no, resultó que no era estudiante.

Saludó amable y escribió su nombre en el tablero. Yo nunca había conocido a ninguna mujer que escribiera Ximena con X, Ximena Zuluaga, nombre y apellido iniciaban por las ultimas letras del abecedario, siempre condenada a ser la última de la lista

Nadie nos había avisado que iban a cambiar al profesor y por el gesto de mis compañeros se notaba que estaban tan sorprendidos como yo. Aunque por motivos distintos según supuse, ellos por el cambio inesperado y yo porque usted no iba a ser mi compañera sino mi profesora.

A usted tal vez le gustaría escuchar que ahora que cumplo su edad soy un ingeniero exitoso que luce unas gafas estilosas como las que usted usaba por esos días, que sus clases me permitieron graduarme con honores porque mis bases eran solidas y mi amor por los numero inabarcable. ¿Qué voy a saber yo?  Son puras suposiciones, pero debe ser ese el tipo de noticias que una profesora quiere oír, las que ratifiquen un trabajo bien hecho.

Y nada de eso es cierto. Pienso en usted hoy que cumplo la edad que tenía usted ese día pudiendo decir únicamente que soy capaz de dibujarla de memoria convencido de aproximarme mucho con el resultado final a una de sus fotografías favoritas de esos tiempos. El deseo de dibujar, de dibujarla a usted, eso sí fue un resultado de sus clases y fue lo que me llevó a estudiar artes.

Me dirijo a usted, aunque no esté, aunque no sepa dónde ande o que haya sido de su vida, le habló al recuerdo vivo de usted que guardo.

La pregunté mucho. Eso era lo primero que hacía cuando me encontraba con alguno de mis compañeros. Quería saber de usted, conservarla cerca, aunque fuera a través de otros, pero me encontraba con la dificultad de esos otros para describírmela y con la escases de sus recursos para dejarla vivir en la amplitud. Lo de ellos era dibujarla en el límite. Hubiera sido muy beneficiosas para mí las redes sociales por esos días. Ver sus fotos, conocer sus opiniones. Me hubiera gustado quedarme. Seguir mirándola. Pero mis papás no se iban a quedar solo porque yo estaba fascinado con una profesora. Les preguntaba y era tan poco lo que podían decir que el ultimo con el que hablé me dijo que usted se había ido, que la había cambiado de colegio y no me dijo a que colegio porque no sabía.

Me imaginé a otro estudiante que no era yo confundiéndola con una estudiante al verla entrar a usted con sus tenis blancos y su pelo cortico a un salón de clase que muy seguramente usted había limpiado antes. Me imagine a Rómulo llegando a recogerla en ese carro viejo que solo él podía tener porque para eso era mecánico y lo podía arreglar y mejorar cuando quisiera. Usted me contó que no era su papá, pero como si lo fuera. Él le decía ‘tiza’ y usted sonreía, nadie más le decía así, solo él. Blanca como la tiza. Rómulo no era muy bueno con los apodos. Usted lo sabía y no le importaba. Tampoco lo fui yo con los nombres porque mi primera exposición en la universidad se llamó ‘tiza’ también.

Usted no preguntaba por mí, usted no necesitaba saber qué había pasado conmigo. Para qué iba a querer saberlo. Yo era un estudiante más en ese salón, el único fascinado con usted, el único al que se le había movido el mundo, al que se le había trastocado la realidad y acabado la rutina, pero un estudiante más al fin y al cabo, uno más que respondía que sí, que todo estaba claro, después de la pregunta de rigor al concluir la explicación, un nombre más al final de la lista.

No hablo de usted a menos que sea necesario, en algunas ocasiones mi trabajo me lo exige. ¿quién es la modelo? me preguntan en las exposiciones. ¿En quién se inspiró para crear el personaje? Me preguntan cuando presento un nuevo libro de cómic en el que la protagonista se parece mucho a usted. Si fuera famoso tal vez usted podría encontrarse con un libro de esos en una librería cualquiera y reconocerse. Valdría la pena la fama solo para eso.

Mientras mi mamá quita las velitas de la torta para empezar a partirla mis sobrinos me preguntan por el deseo que pedí. Mi hermana les dice que los deseos son para los niños, que el tío ya no pide deseos. Un primo se atraviesa porque quiere recibir su torta antes de que los demás. Una de mis tías sigue tomando fotos y mi abuelo está enojado porque no le gusta la música que suena. Una de mis amigas le habla a mí papá de las maravillas de la marihuana medicinal. Y yo intento mezclarme y sonreírles a todos en esa fiesta sorpresa pensando en usted y en el deseo que sí pedí al apagar las velas.

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