viernes, 22 de diciembre de 2017

Ahora sí vamos a ser papás -9

Pablo se enteró de que su hermano podría por fin adoptar un bebé a las 12.30 del día cuando dejó de trabajar para ir a la casa a almorzar. También a esa hora cuando llegaban del colegio se dieron cuenta los sobrinos de Ricardo. Pablo no parecía estar muy de acuerdo con la idea de adoptar, en su caso no adoptaría nunca, pero como sabía que eso era lo que deseaba su hermano, la noticia le gustaba.

Su hermano dijo que nos esperaba en la casa por la tarde para que conozcamos al niño hoy mismo, dijo Adelaida. Sofía y Cristian almorzaban contentos. Ricardo siempre tan acelerado, todavía no le han entregado el niño y ya quiere que lo conozcamos, dijo Pablo. Es normal, siempre ha querido ser papá, dijo Adelaida. En la mesa solo hablaban ellos dos, Cristian y Sofía comían y escuchaban en silencio.

Después de que Pablo hubiera sacado de la casa a Adelaida para llevársela a  vivir con él y de trabajar mucho en la finca que les pertenecía a él y sus hermanos él también decidió irse del caserío. Cristian, Adelaida y Pablo fueron a dar a Cali y con la poca plata que llevaban compraron una tienda. Trabajaron unos cuantos años hasta que sin explicación alguna las ventas empezaron a disminuir. Adelaida le dijo a su esposo que lo mejor era que vendieran esa tienda y compraran otra que fuera mejor y así lo hicieron pero el cambio no ayudó. Con el paso de los días Pablo se enfermó, la rutina de la tienda, las pocas ganancias y la preocupación de no estar vendiendo lo suficiente para pagar el arrendó y los servicios y la falta de capital para trabajar dejaron a Pablo sin ganas de nada, ni se levantaba abrir el negocio. Adelaida tuvo que hacerse responsable de la tienda además de cuidar a sus dos hijos, ya no era solo Cristian, estaba también Sofía que con dos años de edad no se quedaba quieta, los primeros días en esa ciudad desconocida habían sido difíciles para la pareja pero al cabo de una año ya adaptados el panorama era alentador, fueron buenos años ninguno de los dos se quejó pero en esos últimos meses con Pablo enfermo y dos niños de los que hacerse responsable además de un negocio que iba en caída Adelaida sintió que ya no tenían nada más que hacer ahí y puso la tienda en venta. Ricardo viajó con Ana a Cali preocupado por el estado de su hermano y los animó a vender y a regresar. En menos de una semana vendieron la tienda y Pablo con su esposa y sus hijos regresaron al pueblo. Con los pocos pesos que trajeron casi lo mismo que se llevaron y una plata que le prestaron sus hermanos compraron una finca, la finca en la que ese viernes de buenas noticias para su hermano estaba sentado almorzando.

Los muchachos se fueron a hacer tareas, Pablo tenía que regar un semillero de café que se iba a morir si seguía haciendo tanto calor, Adelaida tomó los platos y se fue a lavarlos, la ruta pasaba por su casa a las 3 de la tarde, todos cumplían con sus deberes antes de dejar la casa para visitar a Ricardo.

Sofía tenía siete años era muy grande para su edad, se parecía mucho a Pablo, Cristian tenía 11 años y un gran parecido a su tío Ricardo, a diferencia de Sofía que era delgada su hermano era gordo y se aburría porque lo molestaban en el colegio. Pero además de gordo Cristian se aburría porque no sabía jugar fútbol y eso era lo único que había para pasar el tiempo en el colegio. Jugaban en una cancha empolvada con una pelota pesada y gastada, zapatos de tela marca Venus que todos utilizaban en azul o negro y los más osados en rojo.  A Cristian como a todos los niños de su edad les gustaba el fútbol el problema era que no lo ponían a jugar porque no era bueno, sus pies eran torpes con la pelota y corría poco y despacio, no estaba bien como volante y tampoco como defensa. Cuando armaban los partidos después de que los dos estudiantes hicieran el pico monto,pico monto, para saber quién escogía primero de entre los muchos que querían jugar Cristian siempre quedaba de último y lo dejaban como el jugador que entraría a jugar para el equipo que hiciera el primer gol, el juego que a la mayoría les daba alegría a Cristian terminaba frustrándolo y llegaba a la casa retraído y cabizbajo 

Los vecinos de Cristian eran muy buenos jugadores y en su casa los regaños y las peleas solían darse por culpa de la pelota: que él es muy cochino para jugar, decía uno. Es que es un perezoso y no corre a buscar la pelota, decía el otro. Que es un individualista y no hace paces. Que le da miedo atacar. Se criticaban el juego entre ellos como si fueran más periodistas deportivos que jugadores y la conclusión era que todos habían cometido errores pero ninguno aceptaba los propios. Cuando los tres hermanos y el papá jugaban en el mismo equipo eran peores los reclamos y las quejas. Jugaban todas las tardes después del trabajo y el estudio en la cancha empolvada de iluminación escasa, cuando ganaban celebraban toda la noche y hablan una y otra vez de los goles y jugadas realizadas, si perdían peleaban toda la noche echándose la culpa los unos a los otros, el papa incluso les pegaba con la correa por motivos deportivos y cuando jugaban cada uno en equipo separado los tres muchachos como si se pusieran de acuerdo le daban duro a su papá, en los partidos le entraban con fuerza para quitarle la pelota y le cometían dolorosas faltas, si los castigan por los partidos esos eran también el camino para saldar cuentas. Cristian jugaba con ellos en las tardes, los tres intentaban enseñarle como ser bueno, no una estrella pero si alguien para tener en cuenta para formar un equipo pero Cristian era muy malo y después de mucho intentar decían que Cristian solo podía estar en un partido de fútbol pero si él era la pelota.

A Pablo también le gustaba el fútbol y cuando era niño había pateado la pelota hasta ya no poder más, jugaba con Ricardo y los demás niños de la escuela lo hacía a pie descalzo porque su papás no tenía con qué comprar zapatos. Pablo decía que los primeros zapatos que se calzó fueron unas zapatillas negras que le regaló su hermano Ricardo, Pablo era el menor de la familia así que cuando Ricardo empezó a ganarse sus primeros sueldos después de jornalear toda una semana lo primero que hizo fue hacerle ese regalo a Pablo.

Jugaba descalzo en el polvo con una pelota de trapo muy pesada que había ido armando entre los que más jugaban, Pablo tenía unos pies grandes, era el patón de la familia y también el más alto de todos, era larguirucho y desgarbado y así se había quedado, tenía unos pies de empeine alto y uñas filosas que más parecían garras. A más de un niño no le gustaba jugar con el porque siempre salían con las pantorrillas lastimadas así que Pablo siempre jugó en el equipo de un muchacho que le tenía tanto miedo a sus uñas que lo pedía para su equipo de primero para evitar que esas filosas armas estuvieran en su contra.

Cristian y Sofía sabían lo de las uñas filosas de su papá y los partidos jugados a pie descalzo porque muchas veces habían escuchado hablar a sus papás de la infancia que les había toca. Existían dos momentos especiales para que Pablo o Adelaida empezaran a narrar los recuerdos de su niñez, uno era cuando se iba la energía eléctrica en esas noches de lluvia y a falta de televisor o radio para entretenerse un rato y no acostarse tan temprano se sentaban en grupo en el corredor a la luz de una vela a hablar y alguno de los dos casi siempre Pablo iniciaba, que cuando él era niño tuvo que vivir en casas donde no tenían energía, que nunca tuvieron un televisor y que cuando quería ver algo debía caminar hasta la casa de una familia pudiente que quedaba muy lejos a ver los programas por una ventana. Adelaida contaba historias parecidas, ella y sus hermanos hacia lo mismo hasta que la dueña de casa se daba cuenta y en lugar de dejarlos entrar a ver el novedosos aparato que por esa época era a blanco  y negro los echaba amenazándolos con una escoba como espantando gallinas. Pablo decía que sus papás nunca tuvieron una casa propia que se la pasaban viviendo de rancho en rancho como administradores de fincas viejas que no daban ninguna rentabilidad, muchas veces les tocó pedir comida. También decía que él siendo el menor de los cuatro hermanos era el que menos historias tenía para contar y que si de niños no los había matado el hambre era gracias a las ayudas de las buenas personas que no les había dado la espalda, entre ellos un reconocido sacerdote de Marquetalia. Por ese tiempo Antonio José, Ricardo y sus hermanos entre niños y adolescentes vivía en una vereda llamada La Tebaida y desde allí subían caminando al pueblo a recibir los mercados que el sacerdote Antonio María recolectaba entre los comerciantes del pueblo para ayudarle a los pobres.

Antonio decía que en ese tiempo en casas como la de él no se conocía el arroz y que los que compraban arroz ya era señalados como pudientes. Sin ropa, sin zapatos, sin carne para el almuerzo, o sin almuerzo, sin energía, su infancia y la de sus hermanos no había sido fácil ninguno paso de la primaria porque todos debían empezar a trabajar desde muy jóvenes, la generación que describía Pablo es sus relatos era la de unos hombre y mujeres  sin juegos, sin estudios, sin diversión una infancia llena de necesidades, sufrimientos, y trabajo y a pesar de todo eso Cristian y Sofía veían a sus papás y sus contemporáneos alegres y esperanzados.

El otro momento especial en el que Pablo y Adelaida empezaba recordar esas temporadas de escasez llega cuando Sofía o Cristian se quejaban por no tener lo que querían o cuando les servían algún alimento y ellos no se lo comían porque no les gustaba, en ese momento los dos daban inicio a la comparación entre esos años de infancia vividos y el presente, eso muchachos de hoy en día si son muy desagradecidos bendito Dios y ver uno cómo le tocaba comerse eso sancochos hechos de hueso de res todos lamidos. Cosas como esas decía Pablo en eso momentos en los que hablar de la infancia más que una anécdota para pasar el rato era una queja y un lamento una experiencia traumática que no se superaría nunca.

Solo después de que Pablo que era el menor de sus hermanos empezó a trabajar las cosas mejoraron y la miseria los dejó en paz, los tres, Antonio, Ricardo y Pablo jornaleaban los seis días de la semana y la plata no faltaba y por eso los últimos días de los papás de Ricardo y su hermanos fueron cómodos y tranquilos, para cuando Pablo cumplió veinte años ya sus padres no vivían.

Adelaida era siempre más fiel a los detalles cuando contaba sus historias por ese motivo tardaba más y siempre conseguía agregarle tonos únicos a cada una de las palabras que salían de su boca logrando mayores efectos en los que escuchaban su relato, efecto que no obtenía Pablo que más que buscar conmover a sus hijos con sus anécdotas de la niñez lo que pretendía era entretenerse y recordar un poco, aunque los recuerdos no eran los más gratos.

La esposa de Pablo tenía doce hermanos y ella era de las mayores, de ese hecho dependió en gran parte su atormentada y dramática adolescencia e infancia, desde que Adelaida tuvo uso de razón para recordar su mamá siempre estuvo enferma, cuando no le dolía una cosa le dolía otra, a eso se le sumaban sus embarazos que terminaban por postrarla en la cama por los riesgos de un posible aborto.

A los siete años Adelaida ya debía encargarse de ayudar a cuidar a sus hermanitos y de cocinar, aún no alcanzaba el fogón pero el almuerzo ya estaba a su cargo, subida en una banquita ponía la olla con los frijoles en el fogón, pelaba plátanos hacia sancocho de huesos de res sin carne, asaba arepas y además de eso debía tener la casa limpia. Tenía una hermana que era un año mayor con la que se dividía algunas labores, pero las dos no eran mano de obra suficiente para tanto, para cuidar a una mamá que siempre estaba enferma, y lavar ropas y pañales blancos antes que se curtieran y llenar tendederos que no de desocupaban sino cuando llovía. 

Para contrastar con la mamá enferma Adelaida tenía un papá autoritario y bebedor que convertía cualquier oficio mal hecho en una paliza. Un alimento mal hecho era un plato roto en el piso y su llegada borracho a la casa siempre se convertían en un caos, sus papás peleaban y salían perdiendo ella y sus hermanos.

La familia estaba lista habían empacado una pequeña maleta y estaban preparados para pasar el fin de semana en la casa de Ricardo y chocholear al bebé. Cuando un niño llega a la familia hay nueve meses de preparación y la gente está pendiente de la futura madre, se preocupan por ella le preguntan cómo se siente le preparan una u otra comida le dicen que debe hacer y que no y la encierran en su casa veinticuatro horas para que no se expongan a los eclipséis, la gente se acerca y acaricia la barriga de las gestantes esperando sentir una patada, ponen sus oídos en la barriga con el ombligo a fuera queriendo escuchar algo, todos esos detalles sirven de preparación, todos están esperando que él bebé llegue.Con la adopción es diferente, no se sabe a ciencia cierta cuando llegara el nuevo integrante de la familia incluso cuando se lleva un proceso ordenado como tantos de los que adelantaron Ricardo y Ana este puede fallar al final. Los procesos de adopción son de verdad y ante todo procesos de espera y tramites en oficinas y documentos que remplazan las pataditas y los antojos.

En la casa de Martha pasaba lo mismo, ella se alistaba para estar por la noche donde su hermanito, solía llamar a sus hermanos siempre en diminutivo, la distancia que separa la casa de Martha de la de Ricardo es de uno quince minutos caminado, cuando Martha le contó a Eduardo de la noticia este no reacciono como reaccionaron los demás familiares a él pareció darle lo mismo pero no era así, se alegraba como todos. Eduardo era un hombre de buen corazón sensible y trabajador con un gran desprecio por el dinero y no era que no le gustara ganárselo, el desprecio aparecía en el momento en que los billetes reposaban en sus bolsillos pues los gastaba a manos llenas. A mí la plata me estorba en los bolsillos hermano, decía Eduardo que no tenía problema en prestar el dinero o regalarlo, de gastarlo en prostitutas o en aguardiente para una barra de diez o más bebedores canaleros, hablaba, todo el tiempo hablaba, nada le daba miedo, no conocía la prudencia o la discreción debido a eso muchas personas no lo querían aunque a el que lo quisieran o no le preocupaba  en lo más mínimo.

Después de muchos novios Martha se quedó con Eduardo se enamoró profundamente de él, para ella no tenía defectos y sus comentarios salidos de tono no le importaban. Se casaron y se fueron a administrar la finca de unos amigos ricos, finca en la que permanecían después de 20 años. Con toda la plata que las cosechas anuales dejaban en plena bonanza cafetera Eduardo y Martha habrían podido comprar una finca tan rentable como la que administraban, pero los gastos desmedidos de Eduardo no pasaban de administradores.

Martha no decía nada, como si no tuviera voz como si hubiera renunciado a ella. Eduardo decidía y hacia y ella lo seguía dócil como si llevara una vida entera esperando por eso. Tal vez por eso en su casa con sus papás y sus hermanos fue tan difícil de lidiar, nada le gustaba, nadie la entendía, todo le disgustaba porque la docilidad que había en ella no era para ellos era para Eduardo.

Fue tan difícil Martha en su juventud que incluso unos de sus berrinches casi termina en suicido según contaban Ricardo y Antonio José. Dos días después de que hubiera terminado con un novio según ella el amor de su vida se sentó en el corredor con la escopeta que ellos utilizaban para salir de cacería, la cargó y se la puso bajo el mentón, estaba a punto de jalar el gatillo cuando Pablo que salía del baño envuelto en una toalla que le dejaba media nalga a fuera la vio y se le arrojó  para evitar el disparo, cosa que no pudo hacer pues el arma se alcanzó a disparar aunque ella estaba lejos del cañón y él sobre ella medio desnudo temblando de los nervio sin entender lo que acaba de pasar. La escopeta estaba a unos centímetros de ellos y el tiro se había clavado en extremo inferior derecho de un cuadro del corazón de Jesús que colgaba en el corredor. Ese episodio no se borró nunca de la mente de Pablo y de la de sus hermanos que lo presenciaron inmóviles. Martha parecía no recordarlo pues ella no mencionaba el tema y si alguien quería verla enojada podía hacer dos cosas, hablar de su intento de suicidio o preguntarle su edad. Todos esos arrebatos desaparecieron con Eduardo, después de él se convirtió en una tranquila y resignada esposa inventada por un párroco fanático.

Después del matrimonio a Martha un ermitaño le quedaba chiquito, salía de la finca una o dos veces al año y el resto del tiempo estaba encerrada en la casa y si no hubiera sido porque al lado de su casa frente al corredor de chambranas despintadas y anturios marchitos saboteados por un ejército de patos inquietos que Martha había comprado y que se le iban volando de la casa buscando el río Martha hasta se hubiera olvidado de la gente. Con Eduardo era distinto, iba todas las noches al caserío donde vivía Ricardo a jugar billar o cartas, todos los días  a eso de las 6.30 de la tarde después de comer Eduardo se iba y hablaba mierda con los demás conocidos que al igual que él hacía lo mismo todas la noches, jugaba se tomaba un par de cervezas y regresaba a las once o doce de la noche a la casa donde lo esperaba Martha para ofrecerle café o chocolate.

Muchos suelen decir que el amor y la vida en pareja pone fin a la soledad pero en el caso de la hermana de Ricardo parecía ser al contrario su matrimonio la había llevado a mantener sola, se la pasaba sola la mayor parte de día acompañada solo de las gallinas y los patos que cuidaba con esmero, Eduardo trabajaban todo el día todos los días, porque cualquier cosa podrían decir de él, que era fantoche, que era mujeriego, apostador o borracho, que no respetaba el dolor ajeno pero nadie podía decir que fuera vago, por el contrario era toda una máquina para trabajar.  En su juventud cuando trabajó al lado de Antonio, Ricardo y Pablo él era el que más rendía, cuando había que cargar abono por lomas que parecían infinitas bajo el ardiente sol del mediodía y ellos los tres hermanos cargaban cada uno un bulto de cincuenta kilogramos con esfuerzo caminando con lentitud, Eduardo cargaba dos y pasaba por el lado de ellos como si llevara las manos vacías, así era para todo las labores que la finca exigiera, cogía más café que cualquier otro en la región y desyerbaba de manera veloz con machete de veinticuatro pulgadas amolado en esmeril. Cuando empezó a administrar la finca y necesito contratar trabajadores ninguno le serbia porque ninguno le daba la talla, así que la mayoría de las veces los trabajadores que siempre lo acompañaban eran algunos de sus hermanos que al igual de él trabajaban con fuerza desmedida.

En su niñez y adolescencia Eduardo y sus hermanos que quedaron huérfanos de padre muy jóvenes y con una mamá muy enferma se dedicaron acerrar madera, en sus tierras uno terraplenes infértiles no había un solo árbol que acerrar incluso ni el café parecía crecer con vitalidad en aquellos terrenos, Eduardo y sus hermanos al no tener más cómo conseguir plata se dedicaron a cortar madera al bordo del rio en las horas de la noche con serruchos de dos por dos, muchos de esos árboles gigantes no tenían dueño mucho otros si los tenían pero igual no les importaba, salían cuando se ocultaba el sol, con linterna en mano a cortar los árboles, cortar un solo árbol con serrucho les podía significar el trabajo de una semana , lo cortaban y lo trozaban al lado del rio y luego lo embarcaban agua abajo para evitarse la cargada, de ese modo nadaban largas horas empujando los palos por entre los pedregoso causes hasta encontrar un lugar donde poder sacar con facilidad la madera de aquellos montes y venderla a las madereras, muchas de sus noches de adolescencia las dedicó a eso, nadaba como un pez y trabaja sin pereza.

Yo no sé de qué estoy hecho cuñaos, yo creo que soy de piedra porque yo no siento nada cuñaos. Eso era lo que siempre decía Eduardo a Ricardo y a sus hermanos después de terminar un largo día de trabajo, cuando ellos se quejaban de cansancio a los tres solía molestarlos la zalamería de la frase pero no le daban trascendencia  porque lo conocían bien.

Ricardo decía cada que veía a su cuñado trabajando como mula para otro que de tanto esfuerzo no quedaban sino enfermedades y sin equivocarse mucho esa tarde mientras él entraba con Ana a la oficina de la doctora Adriana y Eduardo se alistaba para seguir trabajando después del almuerzo las enfermedades los agobiaban a los dos. Primero fue Ricardo quien tuvo que visitar al urólogo y pocos días después Eduardo tuvo que hacer lo mismo. Estaban sufriendo de la próstata y parecía que la competencia extraña que siempre habían tenido comprando elementos inútiles se había trasladado a la salud y ahora competían por enfermarse primero.


Esa competencia si la ganó Eduardo que poco antes de cumplir los cuarenta se tuvo que someter  a una cirugía para que le extrajeran una hernia y después de eso la fuerza desmedida y le trabajo sin tregua de Eduardo quedó en el olvido, su cuerpo llegó al límite y el hombre que parecía ser de piedra no existió más y el momento de sentir el dolor llegó. Si vio hermano ahora si le llegó la hora a Eduardo para que se dé cuenta de lo que está hecho, quién iba creer que las piedras también se enferman, decían Ricardo y Pablo.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Ahora sí vamos a ser papás -8

Ricardo no sabía qué comprar primero si los pañales, la cuna, la ropa. Ana caminaba tras él buscando convencerlo de no comprar nada hasta que no hablaran con la doctora y estuvieran seguros de que tendrían el bebé pero su marido no la escuchaba y cuando ella se dio cuenta ya estaba en un almacén pidiendo que le enseñaran cunas.

Cuando Pablo tuvo su primer hijo Ricardo y Ana lo acompañaron a él y a Adelaida a comprar las cosas para él bebé. El día que Pablo el hermano de Ricardo consiguió mujer se la llevó a vivir al mismo caserío donde aún vive Ricardo y por esos días aún tenían una finca en compañía aunque vivían en casa separadas la de Ana muy cerca de la de Adelaida, Ricardo congració con su cuñada desde el primer día y se encariñó con ella y con él bebé al que quería como si fuera suyo, tanto que los padrinos de bautismo de Cristian que curiosamente tenía un gran parecido con su tío fueron Ana y Ricardo.

A diferencia de Ricardo que se fue a vivir con Ana después de casarse como era lo acostumbrado Pablo vivió seis años con Adelaida antes de casarse, el día del matrimonio su hijo Cristian fue el pajecito, días después de la boda vendría Sofía la segunda hija de Pablo.

Una noche, después de un año de ser novios, Pablo fue a la casa de Adelaida que vivía a las afueras del pueblo, llegó en un jeep con un amigo y compañero de parranda y con un hermano de Ana la mujer de Ricardo, Adelaida sabía que esa noche se volaría de la casa, empacó todas sus cosas que no pasaban de ser unas cuantas prendas de vestir en una estopa de las mismas en las que viene empacado el abono para el café. Adelaida se subió adelante junto al conductor con Pablo y el hermano de Ana se fue atrás. Con la carretera destapada que casi siempre estaba en malas condiciones los brincos del carro hicieron que la estopa con las cosas de la mujer de Pablo empezaran a salirse quedando regadas por todo el carro, el hermano de Ana tuvo que quitarle un cordón a uno de sus zapato para amarrar la estopa. Ese detalle se convertiría con el paso de los años en una anécdota familiar que se cuenta en donde se presente la oportunidad.

Cuando Pablo y Adelaida empezaron a vivir juntos los papás de Pablo y Ricardo ya habían muerto. El primero en morir fue el papá, después la madre, cuando Ana se casó Ricardo la llevó a vivir a su casa con sus hermanos y su mamá porque en ese tiempo lo único que tenía para brindarle era amor como si la vida fuera una balada. Ana tuvo que lidiar con su suegra porque pocos días después de que llegara a vivir con ella la salud de la señora empezó a deteriorarse, la diabetes la mataba lentamente y fue la esposa de Ricardo quien se encargó de ella con ayuda de Martha que aún no se había casado.

Esos días no fueron fáciles para Ana que tuvo que responsabilizarse de la casa mientras Ricardo y sus hermanos trabajaban. Cuidaba de su suegra aunque esta no se dejara y toleraba las histerias de Martha que por eso días se comportaba como una adolescente enloquecida que nadie comprendía, lo único que le importaba era conseguir un marido o mejor llorar entre el desespero y la envidia porque todas se casaban menos ella.

Martha siempre fue escandalosa y alarmista además de llorar por cualquier cosa, esa actitud de su cuñada le causó muchos problemas a Ana pues Martha armaba un alboroto cada que se antojaba porque según ella Ana no cuidaba bien de su mamá. Antonio José tampoco era un tipo fácil por esos días, nunca fue fácil. Tenía mal genio y era explosivo, se molestaba si la comida no quedaba tal cual la quería y cada día la quería de una manera diferente, los primeros meses que Ana pasó con Ricardo demostraron por completo y si alguien tenía duda que lo que  había entre ellos estaba hecho para durar.

Cuando Adelaida llegó al caserío y la vida de Ricardo y Ana ya no había enfermos a los que cuidar, Martha ya se había casado, Antonio vivía solo, Ricardo y Ana vivían solos también y los hermanos trabajaban juntos una finca que había comprado en compañía. Al poco tiempo de estar viviendo con Pablo Adelaida quedó en embarazo y de ahí venia la poca experiencia que Ricardo tenía con los niños, de sus sobrinos recién nacidos.

Ricardo se lo digo de nuevo, creo que lo mejor es que esperemos a que nos confirmen si el bebé si va a ser dado en adopción, no quiero que nos llenemos de cosas para bebés y que en la tarde nos digan que la mamá ya no quiere dejar a su hijo o que apareció el papá o cualquiera de los improvistos que se pueden presentar en estos procesos, dijo Ana con firmeza como si no estuviera dispuesta a discutir. Está bien, está bien, compraremos solos pañales y leche y una manta para sacarlo del hospital, si él bebé se convierte en nuestro hijo todo bien y si las cosas son como usted las piensa y espero que no sea así pues le regalamos lo que hayamos comprado a la mamá del niño dijo Ricardo con una sonrisa y le acarició la cara a Ana y ella sonrió como si celebrara un triunfo.

 Mi mamá siempre decía que a lo niños había que bautizarlos rápido ojalá después de los cuarenta días de la dieta, decía que uno no se podía dar el lujo de tener en su casa una criatura porque eso eran los niños antes del bautizo criaturas y solo después del bautismo empezaban a ser hijo de Dios, eso dijo Ricardo. Llevaban una cuantas bolsas en las manos producto de las compras y se dirigían al carro a guardarlas y después ir a buscar almuerzo, la mañana había pasado rápido y la hora de visitar a la doctora se acercaba, Ricardo se ponía casa vez más ansioso. Ana que iba a su lado lo miró con seriedad y le dijo, pero Ricardo usted parece que no entendiera, desde que le conté lo que me dijo la doctora le estoy diciendo que no se ilusiones demasiado y que se controle y que solo cuando tengamos al bebé en nuestras manos y la última palabra de la doctora sea que somos los indicados para criarlo en ese momento nos entreguemos a la alegría, antes no, y ahora ya está también hablando de bautizo.

Ricardo abrió la puerta de la camioneta y guardó las bolsas, intentaba entender la posición de su esposa, ella tenía la razón; el que se entregaba a la pena era él, si un negocio salía mal, si se robaban el ganado en las fincas, si los procesos de adopción no resultaba, si se moría algún amigo o familiar lejano; todo lo envolvía en los bejucos de la melancolía y era ella su incondicional Ana la que lo apoyaba acompañaba y ayudaba a superar sus pequeños intervalos de desasosiego. Se ponía en el lugar de ella y entendía que el niño tal vez no pudiera ser para ellos, él escuchaba a Ana perfectamente cuando describía esos escenarios en los que ellos otra vez se quedaban con las ganas de ser papás, pero no entendía el motivo por el cuál no podían ser ellos los padres de ese niño que estaba en el hospital esperando que la vida le diera la oportunidad de tener un hogar que seguro su madre biológica no le podría dar. Ricardo no dudaba de que el niño estaría con ellos porque desde el día en que pensó en ser papá se propuso ser el mejor, no dudaba de él ni de Ana como mamá por eso estaba seguro de que esa noche el niño estaría en casa con ellos.

Claro que la escucho, siempre lo hago pero está vez quiero que no esté tan prevenida porque esta vez vamos a ser papás, yo lo siento aquí adentro como si me lo susurrara el divino niño, por eso hablo del bautizo, o es que acaso usted no piensa en bautizar a nuestro hijo. Ricardo caminaba con paso tranquilo y pausado, se alejaban de la camioneta y se dirigían a buscar un restaurante. Pues claro que hay que bautizarlo pero eso será en uno o dos meses y parece muy apresurado hablar del tema y es que me enferma esa idea de hacer planes pensando en el futuro siempre me cuesta más que a usted hacer cuentas con lo que no tengo y después de decir eso Ana abrazó Ricardo, la alegría de la noticia que la acercaba a la maternidad se convertía en angustia y miedo y de nuevo en alegría y dicha en el cuerpo de Ana.

Cuando entraron en el restaurante Ricardo le dijo a Ana, deberíamos ir hoy mismo a fijar la fecha del bautizo con el sacerdote usted sabe que con él no es el día que nosotros queramos sino el día que a él le parezca, qué dice. Ana lo miró como si fuera un caso perdido como brillar el piso en invierno. Y por qué mejor no me hace caso y solo después de que tengamos al bebé vamos a la iglesia, por ahora después de almorzar vamos a la oficina de la doctora y después cuando todo esté en orden con ella entonces vamos a buscar al cura ¿no le parece mejor así? se quedó mirándolo jugar con el salero, esperando una respuesta. Me parece bien, ojala lo encontremos porque con eso de dar misa en las veredas ya no para en la iglesia.

Ese sacerdote del que Ricardo y Ana hablaban era el mismo que años atrás los había casados a ellos y también a Martha y a Eduardo, también había enterrado a los padres de Ricardo. En esos días ya era famoso por su mal humor y ahora con el paso de los años y su cuerpo más viejo su humor también se había hecho peor, por eso Ricardo pensaba que lo mejor era hablar del bautizo con anticipación para que después no los regañara por ser malos católicos y demorarse mucho con el niño sin bautizar.

Cuando la mamá de Ricardo murió el cura regañó  a Antonio, Ricardo y Ana que también estaban presente, el cura reclamaba que si la señora llevaba tanto tiempo enferma por qué a él no le había avisado para haberle puesto los santos óleos y evitar tanto sufrimiento. La verdad era que la mamá de Ricardo nunca estuvo reducida a la cama con para que alguno de ellos pensara que era necesaria acudir a un sacerdote pero al parecer algunas vecinas del caserío le había contado al sacerdote lo enferma que mantenía la suegra de Ana y por eso el religiosos interpretado mal las cosas y como papá cantaletoso los vacío a punta de regaños. 

La mamá de Ricardo murió un jueves en la tarde. Se puso grave de un momento a otro. los médicos les habían advertido a Ricardo y a sus hermanos que su mamá podría sufrir un coma diabético. Esa tarde cuando Ana notó que su suegra se quejaba de un fuerte dolor de cabeza que la hacía llorar además de la náusea y el vómito, buscó a Ricardo que estaba cerca de la casa cogiendo café con Antonio y después de verla decidieron que lo mejor era contratar un carro que los llevara al hospital. Ricardo y su hermano dejaron los canastos con café y en cuestión de 15 minutos el chófer y amigo de la familia estaba listo para llevar a la mamá de Ricardo al hospital. Se ponía peor con el paso de los minutos. Ana no tenía esperanza, la había visto ponerse muy mal en los días que llevaba cuidándola pero nunca tanto como esa tarde. El chófer conducía a la velocidad que la carretera le permitía, Martha se había quedado en la casa  y Ana, Ricardo y Antonio iban en el carro con la enferma, Pablo esa semana no estaba en la casa, estaba jornaleando en una vereda que quedaba lejos del caserío carretera abajo hasta llegar al bordo del río, la finca en la que trabajaba se llamaba El cañón.

Diez minutos después de haber salido del caserío la  suegra de Ana no respiró más. El coma diabético del que hablaban los médicos se convirtió en realidad. En el carro nadie hablaba y el cuerpo sin vida de la suegra de Ana reposaba apoyado en sus hombro. No la llevaron al hospital, ya no había necesidad.  Compraron el cajón y coordinaron la hora del funeral con el padre que en ese momento no supo más que regañarlos, todos intentaba ser fuertes pero las lágrimas estaban presentes en el rostro de los tres.

Después de hablar con el sacerdote pusieron un aviso en la radio informándoles a los familiares y amigos el fallecimiento de la mamá de Ricardo y la hora del entierro. Como Antonio y Ricardo conocían a su hermana antes de salir de nuevo para el caserío a velar a su madre entraron a un droguería y compraron unos tranquilizantes para darle a Martha, se imaginaban los gritos y el llanto cuando se enterara así que preferían estar prevenidos y tener con que controlarla un poco.

Cuando llegaron a la casa Martha estaba en la cocina y Eduardo estaba en el corredor de la casa sentado en una banca esperado a que regresaran. La reacción de Martha fue peor de lo que se imaginaban  al conocer la noticia empezó a gritar y a manotear con una fuerza sobrenatural, le pegaba a las paredes mientras que Antonio y Eduardo trataban de controlarla sin lograrlo, cuando por fin consiguieron detenerla tenía las manos lastimadas de golpear a la pared; se quedó quieta unos segundos y después dio un grito, uno solo largo  desgarrado y fuerte y después se desmayó. la llevaron a la cama y cuando recuperó el conocimiento Eduardo le dio las pastillas antes de que se repitiera el suceso, Ricardo se sentó en un viejo tronco de madera que estaba a unos cuantos metros de la casa no habla y tenía la mirada puesta en la nada, la reacción de su hermana no podía haberla asustado más. Antonio José y el amigo de la familia que conducía el carro organizaron el ataúd, Ana les colaboró, dejaron todo listo para velar el cuerpo, Ana caminó hasta donde estaba su esposo y lo abrazó, no le dijo nada, solo lo abrazó y él la abrazó a ella sabiendo que era lo que más quería.

Lo sucedió hizo que todo el mundo se alejara de la realidad, tanto que se habían olvidado de Pablo. De una una otra forma tenían que avisarles. Ricardo y Antonio José estaban muy afectados así que el elegido para caminar hasta donde estaba Pablo fue su cuñado Eduardo que por eso días era solo el novio de Martha.

Pablo estaba paleando las cascara del café a una fosa. Eduardo llegó muy agitado, caminó tan rápido como su cuerpo se lo permitió, tomó aire y después de saludar dijo, se puso grave su mamá cuñado. Eso fue lo primero que Pablo se imaginó cuando lo vio porque a menos de que fuera urgente nadie hubiera ido a buscarlo hasta allá. Antes de que Pablo preguntara algo Eduardo agregó, y la viejita ya no está más con nosotros cuña… Pablo no dejó de palear, escuchó a la perfección lo que Eduardo le dijo pero no contestó nada, no cambió su expresión y su rostro siguió con la seriedad que tenía antes de que su cuñado llegara. Eduardo no se movió del lado de Pablo pero no esperaba que la reacción de Pablo cambiara más bien descansaba un poco para iniciar la parte más difícil el ascenso por esa empinado camino de herradura. Después de un rato el hermano de Ricardo habló, siempre se nos murió la viejita. Eso fue todo lo que dijo sin parar de palear.

Eduardo empezó a subir de nuevo rumbo al caserío no llevaba mucho caminado cuando Pablo pasó caminado a paso largo por el lado suyo y en cuestión de minutos Eduardo perdió a su cuñado de vista, siempre había caminado rápido pero ese día parecía que estuviera corriendo. Cuando Eduardo llegó a la casa ya Pablo se había cambiado la ropa de trabajo y estaba al lado de la señoras que encoraban el rosario.

Al otro día en la misa el cura no desaprovechó la oportunidad en la homilía para hablar de los santos óleos y de la importancia que los familiares de los enfermos acudieran a la iglesia a pedir la ayuda que solo Dios podía brindar para que sus hijos murieran en paz.

Ricardo comió con gusto, su esposa que no era de tan buen apetito también lo hizo, estuvieron sentados un rato en el restaurante después de terminar sus platos, Ricardo miraba el noticiero y Ana hablaba con la dueña del restaurante. El sol era inclemente y las calles se llenaban de estudiantes que a esa hora del día estaba saliendo del colegio, Ana pagó la cuenta y se fueron para la iglesia. El sacerdote no estaba en el pueblo les comunicó la secretaria y eso alegró a Ana que no quería que Ricardo se tomara todo con tanta prisa. Ricardo No tuvo otra opción que resignarse y esperar, no podía hacer otra cosa, Bueno esta semana volveremos igual podemos esperar, dijo Ricardo mirando a Ana notando en sus ojos una especie de alivio, se rió y agregó, salió como usted quería, siempre me va tocar esperar. Dieron la vuelta y caminaron de nuevo a la plaza.


lunes, 18 de diciembre de 2017

Ahora sí vamos a ser papás -7

Ricardo y Ana no iban al pueblo los viernes, las calles estaban solas y se les hacía extraño, tal vez por la costumbre de verlo siempre lleno los domingos días de mercado o los lunes de feria ganadera días en que la gente estorbaba para caminar.

visitaban los cinco pueblos cercanos los lunes de feria que se repetía cada mes en el mismo pueblo, cada lunes un pueblo diferente, siempre iban los dos, también por eso Ricardo había comprado camioneta, él decía que la necesitaba, Ana decía que no la necesitaban y le parecía que tener un carro era un capricho fantoche de Ricardo que les traería gastos innecesarios y problemas de inseguridad, su marido no le prestaba mucha atención él sabía que ella también prefería tener un carro propio para poder desplazarse con facilidad en un lugar donde el trasporte era por rutas, una por la mañana y otra por la tarde del pueblo a la vereda y de la vereda al pueblo en los dos horarios sin oportunidad de salir a una hora distinta.

Cuando no tenían ni un peso Ricardo no le encontraba problema al trasporte y soportaba la incomodidad como todos, sin quejarse, aún cuando los negocios comenzaron a ir bien y su posición económica mejoró no pensó en comprar carro, pero fueron las circunstancias la que lo llevaron a tomar la decisión.  

Ellos compraba ganado y lo entregaba a utilidades a personas que tuvieran potreros para cuidar de los animales, tenía una finca con potreros de buen tamaño pero a esa no se podían llevar más animales porque no había espacio. Ricardo no quiso hacerse cargo de la administración de la finca así que se la entregaron a un familiar de Ana para que la administrara, del mismo modo todo lo que tuviera que ver con esa propiedad estaba a cargo de Ana quien se enamoró del lugar cuando lo conoció y dijo que lo peor que podía hacer era dejar de comprar esa finca. A Ricardo el lugar no le había gustado pero confiaba en Ana, era una finca con capacidad para unas cuarenta reses y ellos tenían más de cien.

Un día recibió la llamada de una de las fincas donde tenía un importante número de animales, tres de sus vacas habían parido y otra había muerto, se había rodado por uno de los potreros, el administrador de la finca le pedía que fuera para que se cerciorara de la salud de las crías. Ricardo fue al día siguiente en la ruta que pasaba por el caserío a  las 6.30 de la mañana; el lugar al que iba quedaba a tres horas de distancia de su casa, tuvo que hacer el viaje solo porque Ana tenía que acompañar a su mamá al médico para que se hiciera unos exámenes. Ricardo odiaba viajar solo, siempre decía que se había casado para estar acompañado si le hubiera gustado estar solo hubiera permanecido como su hermano Antonio.

El viaje trascurrió en calma, el administrador y su esposa lo entendieron con amabilidad, las crías eran hermosas y se sentía muy satisfecho con el viaje. Como todo estaba arreglado con respecto a las reses y él estaba tranquilo porque todo le estaba saliendo bien con los animales no habló más del tema con el administrador y después del almuerzo lo acompañó a coger guanábanas, los frutales no estaba muy lejos de la casa pero mientras Ricardo disfrutaba del dulce sabor de una guanaba madura el carro que hacía la ruta que lo llevaría de nuevo a casa pasó por la finca sin que él estuviera listo, cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde.

Llamó a Ana enfurecido por lo que le había pasado. Ana voy a tener que irme a pie, el carro pasó y yo no me di cuenta, dijo Ricardo. Y para que se va a apegar esa caminada  si son más de cinco horas andando y eso a paso largo, lo mejor es que se quede y se madrugue mañana, yo no tengo problema en pasar la noche sola, le puedo decir a  mi hermana que me acompañe, Ana dijo todo eso en tono tranquilizador para que Ricardo comprendiera que no había nada lo supremamente importante como para considerar caminar tanto. Pero Ana usted sabe que no me gusta quedarme en otro lado que no sea mi casa, además no traje cepillo ni ropa, eso me pasa por distraído, dijo Ricardo con voz desesperada sin acordarse de lo rica que estaba la guanábana. Tranquilo amor que por quedarse una noche sin cepillarte no se le van a caer los dientes, además conocemos a Juancho y a su mujer hace mucho tiempo, no entiendo porque le molesta tanto quedarse con ellos si solo es una noche, le dijo Ana que en ese momento se despidió.

Ricardo seguía muy molesto consiguió mismo por lo sucedido, se sentía muy torpe, pero el problema no era no tener ropa, para Ricardo lo más grave de todo era no tener un cepillo de dientes, no concebía el mundo sin cepillarse, para él eso era algo esencial. Si Ricardo tuviera que escoger un objeto solo uno para llevarlo consigo a una isla perdida el elegiría si pensarlo su cepillo de dientes. Se cepillaba fuerte los dientes hasta sacarse sangre de las encías, siempre había sido así, uno debe cepillarse inmediatamente se levanta de la cama eso es lo primero que uno hace, yo me acuerdo de la tía carlota ella no le daba tragos a nadie hasta que no hubiera visto que se cepillaba los dientes. Eso siempre lo dice Ricardo cuando se cepilla en las mañanas. Y se enojó más cuando entró a una tienda que estaba al lado del Telecom de donde llamó a su casa y cuando preguntó por un cepillo le dijeron que se habían acabado.

Tranquilo don Ricardo no se preocupe que mañana nos vamos, le decía Juancho sentado en una banca de madera esperando a que su mujer le trajera algo de tomar. Ricardo se dio al dolor y se sentó al lado del administrador, pues si Juancho qué más hacemos mañana será otro día por ahora le tocó darme posada esta noche y finalizó con una sonrisa de resignación.

La tarde pasó volando entre cuento y cuento de Ricardo y Juancho, a las 6 de la tarde la dueña de casa sirvió la comida, a las ocho de la noche ya se estaban yendo a dormir, Ricardo estaba acostumbrado a acostarse más tarde pero esa noche no tenía más opción que dormir porque no había televisión ni gente para seguir hablando.

Lo acostaron en el cuarto de las visitas que llevaba tiempo sin ser utilizado, Ricardo llevaba dos horas durmiendo cuando sintió que algo lo picaba, al levantarse se dio cuenta que toda la cama estaba llena de pulgas y Ricardo podía aguantarse las hormigas, las cucarachas, las ratas, pero las pulgas no las toleraba y menos cuando ya lo habían picado, esa noche se quedó sin dormir sentado en un rincón lejos de la cama, cubierto con su chaqueta para mitigar el frio.

Al amanecer picado por las pulgas y sin poderse cepillar Ricardo se tomó el tinto que le dio la esposa de Juancho después de hacer gárgara con el agua helada que salía de la llave del lavadero del patio, se despidió de los dos y se paró en la carretera a esperar que pasara el carro para que no le fuera a suceder los mismo del día anterior.

Ana había dormido sin problema, el que no dijo lo mismo cuando llegó a la casa y antes de saludar a Ana con un beso se cepillo los dientes fue Ricardo. Que cosa tan horrible Ana, pase una noche de perros, la cama en la que me acostaron estaba llena de pulgas puede creer mí amor pulgas, quien iba a dormir así, sabe desde cuando no veía yo pulgas desde hace como 15 años cuando jornaleaba cogiendo café, que lo mandaban a dormir a uno a cualquier lado, decía Ricardo indignado mientras se metía a la ducha, Ana se reía el drama que su marido armaba por una simple pulga, la divertía mucho.

Pero Ricardo deje el escándalo que fue una simple pulga y hasta donde yo sé usted alérgico a la picadura de esos animales no es, si no durmió fue porque no quiso, le dijo Ana que solía complicarse menos la vida. Cómo va a creer Ana por Dios eso lo dice usted porque durmió aquí pero las pulgas son horribles no dejan dormir a nadie, dijo Ricardo saliendo de la ducha. Bueno dejemos el cuento de las pulgas así, lo importante fue que ya vino y ahora puede desayunar y acostarse a dormir todo el día si quiere, le dijo Ana sirviendo el chocolate.

Lo que nos hace falta es comprar un carro, eso de estar dependiendo de las rutas es una alcahuetería dijo Ricardo mientras sacaba ropa del closet. Con que sea menos distraído es suficiente con eso se evita el gasto de un carro, dijo Ana en el comedor.

Su esposa tenía razón, no era la primera vez que le pasaba algo así, en el pueblo mucha veces le había tocado pagar de más para que un carro lo trajera hasta la casa porque salía la ruta y él no se daba cuenta sino hasta dos horas después, Ricardo no entendía que le tocaba a él estar pendiente de la ruta y no al contrario.

Ningún distraído Ana, lo mejor que podemos hacer es comparar una buena camioneta, yo no le veo tanto problema, se sentó a desayunar y miraba a Ana con complicidad pero ella lo evitaba, la idea de comprar un carro no le gustaba no sabía por qué pero desconfiaba de Ricardo como conductor.

Ricardo aprendido a manejar en un jeep de servicio público cuando tenía como 20 años se  había quedado sin trabajo era uno de esos meses de tiempo malo sin cosecha, así que se pegó a un amigo chófer y le ayudaba a cargar y a descargar a cambio de eso su amigo le prestaba el jeep y le enseñaba a conducir.

No paso una semana y Ricardo ya tenía la camioneta negociada, no importó que a Ana la idea de comprarla no le gustara. Cuando Ana vea los beneficios de tener carro particular va estar de acuerdo conmigo en que esta fue la mejor decisión, le decía Ricardo a su cuñado Eduardo que en esa ocasión tuvo que permitir que Ricardo ganara la competencia que llevaban al que más comprara cosas porque él no tenía con qué comprar un carro.

Otra de las cosas que preocupaba a Ana era que la compra de la camioneta los hiciera más notables entre la gente, tenían una buena posición económica pero no eran ricos y el hecho de conseguir carros los podía convertir en otros nuevos extorsionados ella le había dicho eso a Ricardo pero como después de que se encaprichaba con algo nada lo hacía cambiar de opinión Ana tuvo que aguantarse la compra de la camioneta que tal como lo dijo Ricardo después se convertiría en algo indispensable para ella.

Estaba tranquila en la casa una mañana cuando llegó Ricardo con camioneta nueva pitando como loco, desde ese día él decía que nunca más lo picaría un pulga en un lugar que no fuera su casa, ahora los esposos iban a comprar y a vender el ganado siempre en su camioneta, Ana decía que Ricardo era tan distraído que algún día olvidaría tanquear y terminarían varado por gasolina en plena carretera, a él esos comentarios lo sacaban de quicio pero como no le gustaba pelear con Ana siempre se tranquilizaba y le decía, pues si nos varamos en carretera dormimos en el carro y listo el problema, ahí no lo pican a uno ningún bicho y Ana se sorprendía con su marido que parecía más un niños de ciudad que un campesino de toda la vida, pero más que eso le gustaba pensar en la relación que tenían las cosas como la curiosa explicación del porqué de la camioneta que había sido una simple pulga, si esa noche lo hubiera picado una culebra seguro que hubiera pensado en comprarse un helicóptero pensaba Ana.

Ricardo se tenía mucha confianza para los negocios sin embargo nunca asistía a una feria solo, le gustaba que a la hora de comprar una res su esposa lo aprobara, él no lo decía pero sabía que su mujer tenía más mentalidad para los negocios que él, creía que su éxito y el dinero que tenían se debía solo a ella porque él solo no hubiera sido capaz de salir de la finca que había comprado en compañía con sus hermanos cuando recién se había casado con ella.

No era muy común ver en plazas feriales a los ganaderos acompañados de sus esposas sin embargo Ricardo no se despegaba de su lado, Ana nunca fue sola a una de esas ferias, no le gustaba tener que negociar con cierta clase de hombres que creían que ella iba incluida en el negocio.

La pareja no siempre compraba o vendía, a veces se limitaban solo a hacer contactos con la gente a mantenerse informados no solo de lo que pasaba con el ganado sino también con los cerdos, el otro negocio de la pareja. Para las próximas ferias a Ricardo le tocará  acostumbrase a ir solo, por lo menos mientras él bebe crece un poco, ya no serían solo ellos dos contra el mundo ahora serian tres, y el tercero dependería de ellos en todos los aspectos, esa idea generaba en la pareja un gran alegría pues toda esa responsabilidad era la que les permitiría llenar ese vacío que había sentido por tantos años.



Ahora sí vamos a ser papás - 6

Con Martha habló Ricardo, le dio la noticia y se aguantó el grito de su hermana dando gracias a Dios. Era un par de años mayor que Ricardo y tampoco tenía hijos. Eduardo y ella intentaron tenerlos en repetidas ocasiones pero los embarazos de Martha no pasaban de los cuatro o cinco meses, después venían los abortos que la dejaban como para morirse. Los médicos decían que su útero era como el de una niña por esa razón la gestación no pasaba de los cinco meses, así fue como Martha de despidió de la ilusión de ser madre. Sus hermanos jamás la imaginaron como mamá y no era que creyeran que ella no tuviera la capacidad de criar un hijo pero la conocían bien y sabían que lo mejor era que siguiera así.

La tercera y última llamada era para el hermano mayor Antonio que había decidió quedarse en Armenia. Ricardo sabía que él no vendría a conocer a su sobrio hasta que pasaran un par de meses. A Antonio no le gustaba salir de Armenia porque no tenía a quien dejar encargado de los billares además se la pasaba quejándose todo el tiempo de la situación económica y de no tener plata pa viajar. Ricardo y Ana sabían que eran puras escusas y no le decían nada porque sabían que no había quien lo convenciera. Su obstinación superaba con creces a la de sus hermanos, era más fácil que Antonio le dijera a Ricardo que le daba los pasajes para que fueran ellos con el bebé y lo visitaran a él.

Ana habló con Antonio. El teléfono sonó muchas veces antes de que lo contestara, a esa hora de la mañana el hermano de Ricardo estaba apenas empezando a dormir con tranquilidad pues pasaba toda la noches hasta las tres de la mañana atendiendo el billar, y después de cerrar seguía vendiendo aguardiente, cigarrillos y cervezas por una ventana, así que se acostaba se dormía 15 minutos y alguien tocaba, él se levantaba lo entendía y de nuevo se iba a la cama y 10 minutos después de nuevo alguien tocaba y así se la pasaba toda la noches hasta que a las 6 o 7 de la mañana pudiera dormirse tranquilo.

Ricardo le decía a Ana que visitar a Antonio era un trauma porque aparte de que el apartamento en que vivía era bien estrecho y no había lugar para ellos cuando estaban de visita se desvelaban junto con él porque quién iba a ser capaz de dormir con la gente golpeando la puerta a cada minuto.

Antonio el mayor de los cuatro hermanos vivía solo y no se había casado con nadie en sus casi cincuenta años de existencia, al parecer la vida en pareja no le gustaba. Tenía una mujer pero él vivía en el apartamento que quedaba en los billares y ella vivía en otra casa que le pertenecía a Antonio y que no estaba muy lejos del negocio, se veían a diario pero él vivía solo y ella vivía sola. Era una manera extraña de establecer una relación pero a ellos al parecer les funcionaba. Ricardo decía que tal vez para Antonio con lo conflictivo que era  vivir con alguien le resultaba más difícil y por eso prefería tener una relación como la que tenía, además era suertudo por conseguir a una mujer que le siguiera la idea.

Antonio siempre contestaba el teléfono con entusiasmo era su forma de demostrar la alegría que le daba que lo llamaran, cosa que él no hacia pues se pasaba meses sin tomar la teléfono para hablar con sus hermano. Ana le contó la noticia y Antonio antes de que Ana le dijera que esa noche todos estarían reunidos en familia para conocer el bebé y celebrar que fuera un nuevo miembro de la familia él dijo, cuñaita cómo me daría de gusto ir hasta allá a conocer al niño y  compartir la alegría con todos, pero usted sabe mija como están las cosas, estas últimas semanas han estado muy duras, la gente ya no está tomando cuñaita y para ir uno por allá necesita es plata, pero ojala que crezca rápido para que puedan venir con él a visitarme. Ana lo escuchaba y se reía divertida, su cuñado era predecible como ninguno. Ricardo al verla reírse entendía de qué se trataba. Ana le contestaba, si, aja, claro, si Antonio así es, todo está muy duro, mientras miraba a Ricardo.

Antonio también tenía una hija aunque se dio cuenta de que era papá solo trece años después del nacimiento de la niña. Un día se apareció en el billar una mujer que él conocía muy bien de la que había sido novio en su juventud, la mujer cambiada por los años trascurridos estaba acompañada por la jovencita que desde ese día fue la hija de Antonio, la intención de la mujer era solo que el hermano de Ricardo se diera cuenta que era papá y la de Antonio recuperar todos esos años perdidos con su hija.

Muchas fueron las preguntas de Antonio y las explicaciones que pidió a la mujer. No entendía por qué se aparecía después de tanto tiempo para contarle que tenía una hija. Él creyó que ella buscaba algún beneficio económico de su parte y se realizó los exámenes para estar seguro de lo que le decían y cuando así lo demostraron los resultados quiso darle su apellido a la niña y ahí fue cuando se llevó la sorpresa pues la mamá no deseaba eso, solo cuando Antonio ofreció darle el apellido a su hija la madre de la niña le terminó de explicar lo sucedido.

Después de que ellos se alejaran y ella se diera cuenta que estaba en embarazo sin decidir buscarlo a él conoció a un hombre mayor que se casó con ella, cuando la niña nació ella le dijo que era su hija razón por la cual ya tenía un apellido paterno, además de eso la había incluido en su testamento que no era nada despreciable. Su marido había muerto el año pasado y por eso había decidió contarle a Antonio que ella era su hija, tal vez si su marido hubiera vivido hasta que la niña cumpliera dieciocho años Antonio nunca hubiera conocido la verdad. Desde ese día la muchacha visita con frecuencia  a Antonio y cuando está de regreso en casa dice lo mismo que dice Ricardo que en la casa de Antonio es imposible dormir.

Salieron de las cabinas telefónicas, Ricardo estaba satisfecho porque ya todos sus hermanos estaban enterados de su paternidad y se sentía tranquilo y preparado para hacer las compras necesarias y visitar a la doctora del bienestar familiar. Ana no se preocupaba tanto por avisarle a sus papás, más tarde les daría la noticia seguro que sería su hermana la que se los informara porque ellos no tenía teléfono, en ese momento lo que más importaba era calmarle los arrebatos a Ricardo porque sabía que de no hacerlo la molestaría el resto del día. 

jueves, 14 de diciembre de 2017

Ahora sí vamos a ser papás-5

Parquearon la camioneta en la plaza y fueron a Telecom a llamar a los hermanos de Ricardo. El primero en ser avisado fue Pablo, el teléfono lo contestó Adelaida la esposa. Habló Ana, le contó a la cuñada de su marido sobre la llamada que habían recibido, les avisaba temprano porque Ricardo quería saber si podían estar en la casa de ellos por la noche para conocer al niño.

Adelaida estaba muy contenta con la noticia, sabia lo mucho que ellos anhelaban tener un hijo, aparte de ser familiares eran muy buena amigas, las dos tenía el temple y la decisión necesarias para echarse al hombro un matrimonio y sacarlo adelante, Ricardo y Pablo eran muy similares, los dos compartían esa tendencia a la depresión que solo podían controlar mujeres como ellas, que no temían actuar.

La segunda llamada fue para Martha la única hermana de Ricardo, que vivía en una finca a unos pocos minutos de distancia de la casa de Ana. En la casa de Martha hay un teléfono de disco igual al que tiene Ricardo, Eduardo lo compró días después de que lo hiciera Ricardo. Desde que se conocen los dos iniciaron una competencia silenciosa por tener lo que el otro tiene o algo mejor.

Ricardo compraba un sombrero se lo ponía para ir a jugar billar en la noche Eduardo lo veía y al día siguiente era él quien llegaba estrenándose un sombrero igual o mejor que el de su cuñado. Un día Ricardo fue a visitar a su hermana y ella le ofreció torta de chócolo hecha en un sartén eléctrico que a Ricardo le pareció muy práctico y dijo que iba conseguir uno para él.

Marthica mija, y eso de dónde sacó usted este sartén, mire que belleza como quedan de ricas las arepitas de chócolo ahí, dijo Ricardo sosteniendo un trozo de arepa en una mano y con la otra examinando el sartén. Ese lo trajo mi amorcito de Manizales la última vez que fue, usted sabe cómo es mi amorcito de antojado, lo vio y ahí mismo lo compró, contestó Martha mientras le servía café a su hermano. Muy buen aparato Marthica muy buen aparato, me va tocar buscar uno para nosotros porque estas arepas quedan muy buenas. Dos días después estaba Ana destapando la caja donde venía el sartén eléctrico y Ricardo estaba pegado a la máquina moliendo el maíz que se había tardado toda la mañana en desgranar y que había traído Ana desde la finca de los papás.

Días después una tormenta dejó a Ricardo y Ana sin televisor y como a los dos les gustaban tanto las telenovelas de la noche fueron esa misma mañana después de la tormenta a comprar uno nuevo. Buscaron uno como el que tenían de 21 pulgadas pero no lo encontraron y después de dar muchas vueltas compraron uno de 32 pulgadas. Esa noche Eduardo arrimó a la casa de sus cuñado a entregarle unas arepas que mandaba Martha, siempre les mandaba porque sabía que Ana no era buena haciéndolas, cuando entró Eduardo se encontró con el nuevo televisor de su cuñado, lo admiró un rato y se marchó como si apenas lo hubiera visto; Al otro día él que baja del pueblo con una caja grande era el cuñado de Ricardo que había comprado un televisor de 38 pulgadas.

Esa competencia parecía no desparecer y cada que uno de los dos iba a comprar algo estaba pensando en su cuñado y en la cara que este pondría y en alguna ocasión por el afán de descrestar al otro habían salido estafados. Uno de eso casos fue el de la cafeteras, Eduardo compró la suya y se la mostró a Ricardo; ese era el momento preferido de los dos, presumir con su nueva adquisición. Eduardo salió de la casa de su cuñado y se fue para la suya, Martha recibió la cafetera gustosa y antes de que la conectara su hermano Ricardo ya había salido en busca de una cafetera de las mismas.

Qué pasó cuñado para donde va tan afanado, preguntó Ricardo recostado en el marco de la puerta. Nada cuña que ese viejo marica me quiere ver la cara de guevon vendiendo cosas chimbas y voy a hacerle el reclamo, a mí no me va a robar así la plata ese viejito hijueputa contestó Eduardo mientras alargaba el paso.

Ricardo entró malicioso y le dijo a Ana que hiciera tinto para ensayar la cafetera y al igual que la de Eduardo se quemó con solo conectarla, Ricardo la empacó de nuevo y corrió hasta donde el señor que se las había vendido, uno de esos vendedores de paso. Se apresuró temiendo que ya se hubiera volado. Cuando llegó donde él se encontró a su cuñado  reclamado el cambio del aparato.

Qué pasa cuñado, preguntó Ricardo con su cafetera inservible bajo el brazo. Pues cómo le parece que este malparido dice que este aparato no tiene garantía, así que como quien dice perdimos la plata y nos robaron, dijo Eduardo. Como qué no hay garantía si yo conócete esto y ahí mismo se quemó, dijo Ricardo. A la suya le pasó lo mismo que a la mía o sea que este viejo hijueputa ladrón vende electrodomésticos de segunda como si fueran nuevos y le ve a uno la cara de pendejo, dijo Eduardo mientras miraba al viejo.

Ningún ladrón señor y más hijueputa será usted, esos aparatos salen buenos, que a ustedes no les hayan funcionado es muy raro pero eso ya es problema de ustedes porque yo eso no lo cambio, ni regreso platas tampoco. Les dijo el viejo con voz seria y de pie como si se estuviera listo para encenderse a tiestazos con el que fuera sin dejar de empacar las cosas en el carro para seguir el camino. 

Ricardo no quiso pelear con el señor y dio media vuelta. Para dónde va cuñao es que usted no va a exigir que este señor nos cambie esto, le dijo Eduardo. Qué vamos a exigir si él ya dijo que no lo cambia y ni modo de llamar a la policía porque mientras bajan del pueblo hasta acá tiempo hay de que le terminemos comprando más cosas al tipo ese, además este señor nos vendió eso sin factura, ahí si más pendejos nosotros que le compramos, le respondió Ricardo alejándose el carro del vendedor.  Eduardo cayó en cuenta de su error al no haber pedido factura y abrió los puños que ya le dolían de tanto apretarlo y levantó la caja con la cafetera que había dejado en el piso y la tiró con fuerza al parabrisas del carro del vendedor y con el mismo tono de voz desafiante del tipo le dijo que ahí tenía su cafetera de mierda y que hiciera lo que quisiera que él tampoco se le corría a nadie. El vendedor de cafeteras se dejó ir al baúl del carro y se le paró de frente a Eduardo y le mando un machetazo con todas las ganas, la cara del vendedor decía que lo iba a picar menudito y Eduardo con una agilidad que no supo de donde le vino esquivó el primer machetazo y cuando el vendedor le mandó el segundo Ricardo le gritó al vendedor que se abriera pa la puta mierda si no quería problemas y cuando el vendedor le fue a tirar vio el cañón de la escopeta apuntándole en la cabeza. El vendedor bajó el machete y Ricardo en tono conciliador le dijo que se fuera si no quería problema y el vendedor subiéndose al carro les dijo que eso no se quedaba así que el volvía y Eduardo le dijo que volviera cuando quisiera.

Mientras caminaban Ricardo le dijo a Eduardo que él para qué se ponía a buscar peleas viendo que no era sino flojo y Eduardo le dijo que más flojo él que no había querido ni reclamar ni nada y que no se las viniera a dar de berraco que fijo no hubiera ni disparado y Ricardo le dijo que flojo y todo le había salvado el culo.


En la casa Ana los esperaba a los dos con chocolatico caliente y mientras lo tomaban se miraron hasta que terminaron riéndose por su estupidez, por haberse dejado robar. De ese día quedaron de recuerdo la cafetera de Ricardo que todavía rueda por ahí entre tanto chéchere que guarda 

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...