jueves, 7 de diciembre de 2017

Ahora sí vamos a ser papás - 2


Qué vamos hacer ahora, preguntó Ricardo. El impacto de la noticia no le permitiría desarrollar sus actividades diarias con normalidad. Uno no se hace papá todos los días, decía; menos él que vivía mortificado por su esterilidad. Para Ricardo lo más parecido a ser papá era se tío. Los hijos de su hermano Pablo los visitaban cada que había vacaciones del colegio y a él le gustaba tenerlos en casa aunque no quisieran hacer otra cosa que ver televisión.

Ana se levantó de la mesa y recogió lo platos,  Ricardo caminó tras ella. Entonces qué vamos hacer, preguntó impaciente. Esperar, la doctora dijo que hay que estar en la oficina de ella por la tarde para que nos explique todo, además debe tener listos algunos papeles, bueno y además de eso no sabemos cuál es la historia de la mamá y de eso también nos tiene que hablar, lo mínimo que puede hacer la doctora es explicarnos porque esa mujer quiere regalar a su bebé. Ricardo la miró con desconcierto. No, Ana no, cómo así que esperar hasta por la tarde Ana, cómo va a creer una cosas de esas, nos vamos ya para el pueblo y antes de visitar a la doctora en su oficina compramos las cosas para el bebé, no podemos traernos al niño para la casa sin tener ropa, pañales, leche. No, no, no, es que mejor dicho afanemos, mire la hora que es, ya no cogió fue la tarde.

Ricardo se quitó la camiseta y entró al baño, Ana escuchó el agua de la ducha caer sobre el cuerpo de su marido que feliz tarareaba una canción, ella lavaba los platos y dejaba impecable la cocina. La asustaba verlo desbordado de emoción, si las cosas ahora tampoco salían bien no se quería imaginar lo difícil que iba a ser levantarle el ánimo a Ricardo.

Pero Ricardo cómo vamos a comprarle la ropa al bebé antes de conocerlo, a mí me parece que usted se está afanando mucho, qué tal que cuando lleguemos al hospital la mamá del niño ya se haya arrepentido de darlo en adopción, mire lo que pasó la ultima vez compró un montón de juguetes y no sé que más cosas sin estar seguro de que nos iba a dar el niño, y si no se acuerda como se puso después de eso yo si me acuerdo.

Ana no quería decir eso, lo que más deseaba era volver por la noche a la casa con el bebé en brazos pero quería ser optimista sin despegar los pies del suelo, no quería hacerse falsas ilusiones, tampoco que se las hiciera Ricardo. Ella estaría feliz solo cuando los documentos de adopción estuvieran firmados.

Por Dios Ana pero a usted quién la entiende, me dice todo el tiempo que soy muy negativo, que debo corregir eso y hoy nos dicen que vamos a ser papas de un niño que recién nació y quiere que no me haga ilusiones. Yo no sé yo creo que está vez sí va ser verdad.

Ella tenía razón cuando decía que Ricardo era negativo. Su vida juntos la habían dedicado al comercio y a los negocios, a comprar ganado, café, cerdos, caballos, eso era lo que hacían. Les iba bien y la plata no era un problema, pero a pesar de eso el marido de Ana estaba pensado todo el tiempo que los negocios se podían ir al piso de un día para otro dejándolo a él y a su esposa sin nada. Y esa mañana era él el que estaba seguro de que todo iba a salir bien.

Ricardo salió del baño, Ana están lista para entrar a ducharse, sabía que no tenía sentido nadar contra la corriente, a su marido ya se le había metido la idea en la cabeza de ir a comprar cosas y ella sabía muy bien que nadie lo convencería de lo contrario.

Será qué me afeito o me quedo así, preguntó Ricardo. Ana se rio estaba adentro del baño y lo hizo con tranquilidad sabiendo que él no la estaba viendo. En veinte años que llevaban de casados aun se reía de la barba de su marido. La barba de Ricardo era como la pelusa de un durazno y él decía que era necesario afeitarse todos los días. Tenia maquinas de afeitar de toda clase,  su marido no tenia barba y ella lo quería así lampiño, pero como él creía que tenia ella le seguía el juego.

No amor yo creo que así está bien, dijo Ana mientras habría la llave. Pues yo no creo, lo mejor es que me afeite, que pena con la doctora que me vea todo barbado como un gamín de esos andariegos degenerados. Se paró frente al espejo del lavamanos y empezó a afeitarse mientras que Ana se lavaba el largo cabello negro bajo el agua tibia y se seguía burlando de la barba de Ricardo.

Ana se terminaba de vestir y Ricardo ya listo con las llaves del carro en la mano tomó el teléfono y llamó a Isabel una hermana de Ana para que se encargara de los cerdos y los cuidara mientras ellos no estaban. Él les lavaba las cocheras de nuevo al medio día y después les picaban caña y les echaba concentrado. Isabel vivía con los papás en una finca a unos veinte minutos de la casa de Ricardo, era una año menor que Ana y no tenía esposo ni novio ni nada parecido, nunca lo había tenido. Ricardo le preguntaba a Ana por qué Isabel no se había casado y no conseguía respuesta porque su esposa evitaba hablar del tema. Cuando Ana no estaba, Ricardo y Eduardo su cuñado hablan de Isabel y Eduardo siempre decía, esa viejita lo que pasa cuñao es que no le gustan los hombre, o ninguno le ha hecho rico, eso sí que no se vaya a dejar coger de mí porque ahí si le cuento una cosa, a esa viejita se le quita esa cara de estar comiendo mierda que mantiene. 


Ricardo colgó el teléfono. Ana estaba lista. Salieron de la casa y se subieron a la camioneta, podían irse a conocer a su hijo. Ambos sabían manejar y por lo regular se rotaban las llaves. Ricardo prefería manejar cuando estaban en verano porque en invierno la carretera se derretía y cada cien metros había dos o tres atascaderos con los que Ana se defendía mucho mejor. Es que ella tiene más paciencia y tiene más mañana, yo no soy capaz de manejar así y siempre termino metido en unos lodazales de los que no salgo solo, decía Ricardo como explicándose lo que no hacía falta. 

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martes, 5 de diciembre de 2017

Ahora sí vamos a ser papás - 1

Ana estaba en la cocina fritando el chicharrón y los patacones para desayudar. Ricardo no desayuna nada que no esté inundado en manteca. Mientras ella hacia el desayuno él lavaba las cocheras; tenían cincuenta cerdos de engorde además de diez cerdas de cría. Todas las mañanas a las siete Ricardo estaba con manguera y cepillo en mano ahuyentando el fuerte olor a mierda para que no jodan los vecinos.

Ana corrió a levantar el teléfono un aparato de un verde desteñido grande y viejo de esos que en lugar de teclas tienen disco, Ricardo lo había comprado en un mercado de pulgas cuando estaban recién casados, decía que se enredaba para marcar en esos teléfonos nuevos de teclas apeñuscadas. 

Alo, dijo Ana afanada porque en la cocina se le quemaban los patacones. Habla con Adriana la funcionaria de bienestar familiar ¿cómo amanece doña Ana? dijo la mujer con un dulce tono de voz al otro lado de la línea. Ana olvido los patacones y el chicharrón. Muy bien doctora, muchas gracias, qué pasó por qué llamando tan temprano, Ana habló en plural porque las llamadas de la doctora siempre eran del interés de los dos. Le tengo muy buenas noticias, en el hospital de Marquetalia hay una mujer que tuvo un bebé en la madrugada, un baroncito de seis libras, ella quiere darlo en adopción y teniendo en cuenta el fracaso en el proceso que ustedes venia desarrollando queríamos saber si están interesados en este bebé Ana no contestó, la alegría que sintió como un corrientazo no permitía que las palabras salieran de su boca y pasados unos segundos Ana dijo, claro que si doctora, claro que estamos interesados, dígame qué hacemos, preguntó Ana. Los espero en la tarde en mi oficina, supongo que ustedes quisieran estar aquí ahora mismo pero debemos organizar cierto papeleo que nos va llevar toda la mañana así que los espero en la tarde. Claro doctora se no va hacer eterna la mañana, por la tarde nos vemos entonces, muchas gracias doctora.  Ana no cabía en la ropa de la dicha, colgó el teléfono y caminó de nuevo a la cocina.

Huele a quemado dijo Ricardo cuando entró con los pies descalzos, siempre dejaba las botas de plásticos que se ponía para lavar las cocheras afuera de la casa para no ensuciar el piso de madera pintado con cera roja que Ana mantenía como un espejo.  Le encantaba ver el piso así, lo que odiaba era tener que ayudar a brillarlo los domingos en la mañana cuando Ana se fijaba como meta ver a su esposo haciendo oficio.

No vio el plato puesto en el comedor como sucedía todos los días a esa hora y fue a la cocina donde Ana batía el chocolate. Se le quemaron los patacones amor, dijo Ricardo de nuevo como si ella no lo hubiera escuchado la primera vez. Ella estaba llorando y él se asustó, qué le pasó, qué tiene, se quemó, pregunto él. Ella dejó de batir el chocolate  y se le acercó, vamos a ser papas, mi vida vamos a ser papas, dijo Ana. Ricardo no entendía lo que pasaba, ya había perdido la esperanza de ser papá y ahora su mujer le decía que tendrían un hijo. Se abrazaron con fuerza y permanecieron así, ella en silencio y él lleno de preguntas. Pero cómo así, quién le dijo, cuándo le avisaron, explíqueme bien, está segura que es en serio o es solo por ilusionarnos como la última vez.

Mientras desayunaban Ana le explicaba a Ricardo lo que le había contado la doctora minutos antes por teléfono. No paraban de sonreír. Ricardo siempre había sido de buen apetito pero ese día comía con unas ganas que no tenían referente,.Ana lo miraba comer divertida mientras le pedía que se calmara porque se iba a ahogar. Ana tomaba chocolate porque ella a diferencia de él los nervios le quitaban las ganas de comer. 

Llevaban veinte años de casados y se conocían desde la escuela, fueron novio tres años y después se casaron, ninguno de los dos tuvo otro novio o novia. Después de cuatro años de casados quisieron tener un hijo y no pudieron, el sueño de Ana había sido desde siempre ser mamá, Ricardo no lo había soñado nunca pero estando casado sentía que un niño hacía falta, quería tener un heredero como decían sus amigos.

Se sometieron a exámenes, querían saber por qué Ana no quedaba en embarazo. Confiaban en la posibilidad de que existiera un tratamiento de fertilidad que funcionara para ellos. Después de muchos exámenes y visitar a varios especialistas les dijeron que de los dos el estéril era Ricardo. El médico le explicó las causas pero Ricardo no entendió muy bien, no quiso; estaba muy frustrado el día en que le dieron la noticia pero en pocas palabras el especialista le dijo que los espermatozoides eran insuficientes.


Desde ese día en la casa no se volvió a hablar de bebés. Dejaron de hacerse ilusiones y a ninguno de los dos se le ocurrió adoptar. Para Ana el hecho de criar un niño que no era suyo le parecía normal; Ricardo en cambio pensaba en la adopción y se llenaba de dudas. Habrían podido recurrir a la inseminación artificial pero nadie se los explicó como algo posible y a su alcance. 

sigue en una próxima entrada. 


lunes, 6 de noviembre de 2017

Préstamo

Carlos se mira el antebrazo y ve un puntico rojo pequeñito que siente caliente. Se pregunta que lo habrá picado mientras se rasca sin dejar de caminar. Carlos está en el parque de las banderas y su papá lo está esperando en el centro, tiene menos de cuarenta minutos para llegar y camina apresurado. Si no llega a la hora acordada su papá se va, su papá no espera a nadie. Carlos lleva dos meses sin verse con su él y hoy necesita verlo porque le va a prestar una plata que necesita para surtir un negocio de comida para mascotas que le compró barato a un conocido que se va a vivir en otra parte.
Del tiempo que lleva en los rines ya perdió la cuenta, no tiene ni con que pagar el bus y caminar no le molestaría tanto si no fuera porque el calor parece irritarle más la picadura que tiene en el antebrazo. No deja de caminar y cada cierto tiempo mira el punto rojo que siente como si palpitara. Para comprar el negocio tuvo que vender la moto y la bicicleta, el televisor y un reproductor de DVD, una cadena de plata y un reloj. Vendió lo poco que podía vender.  Lleva una semana trabajando en el negocio, haciendo milagros con la plata del realizo diario. Compra lo que va vendiendo para no dejar acabar el surtido pero el surtido es poco y tiene que dejar ir a los clientes porque le faltan más de la mitad de las marcas de comida por las que le preguntan. 
Llamó a su papá y le contó que tenía un negocio y le dijo también que andaba sin un peso y que no tenía como surtir y que para trabajar bien en un negocio de esos hacía falta plata porque todo tocaba comprarlo por bultos. El papá de Carlos le dijo que si sabía que para tener un negocio de esos hacía falta plata entonces para qué lo había comprado. Carlos le dijo que el negocio tenía buena clientela que estaba bien ubicado y que se lo habían dejado muy barato y que él necesitaba ponerse hacer algo.
El papá de Carlos le dijo que él le prestaba la plata para que surtiera el negocio, que le diera unos días hasta que él fuera al pueblo. Carlos abrió el negocio al otro día con una sonrisa de oreja a oreja, iba a tener que seguir remendando el surtido pero por lo menos ya sabía que iba a ser por poco tiempo.
El papá de Carlos vive en una finca cafetera alejada del pueblo. Él siempre dice el pueblo aunque hace rato que los otros hablan de una ciudad pero el papá de Carlos no ve ciudad por ningún lado y dice pueblo como si le hiciera un favor a esas cuatro casas, como si quisiera evitarles la vergüenza de ser lo que no son. La finca la compró después de que murió la mamá de Carlos, al principio iba una vez al mes y con el paso de los meses fue viajando más seguido hasta que se terminó quedando allá.
Carlos va de vez en cuando a la finca pero no se amaña, no le gusta ver que su papá es más fuerte y más verraco que él aunque este más viejo y más cansado. Le incomoda ver como en la finca unos tipos rudos y ásperos cargan bultos y suben y bajan lomas y arrean mulas y caballos ariscos con la facilidad con la que él oprime los botones del control del televisor. A Carlos no le gusta sentirse inútil aunque sabe que lo es y en la finca de su papá y en la de cualquiera lo primero que siente no es el aire limpio sino la impotencia.
La frente de Carlos se cubre de sudor, el calor de la mañana calienta como si fuera el medio día, se limpia con el antebrazo que no le pica y mira el reloj, va bien de tiempo y lo único que le molesta es la picadura que parece estar creciendo y tiene un huequito diminuto en el centro como una boca.
El papá de Carlos trajo de la finca una camioneta llena de café, veinte cargas en total. Cuando llegó a la cafetería del centro su papá aún no había llegado. Se sentó tranquilo y pidió un tinto que se alcanzó a enfriar sin que él le diera el primer sorbo por que no dejaba de mirarse y apretarse la picadura deseando que algo saliera de la boquita como cuando aprietan un barro; una de las meseras lo vio y le dijo que no se apretara eso que se le iba a enconar. El papá de Carlos llegó sudoroso también y enojado porque le había tocado ayudar a descargar la camioneta porque si no esos hijueputas se iban a echar todo el día bregando a cómprarme esas pepas, luego se tocó el bolsillo y miró a Carlos con complicidad y le dijo que fresco que ahí tenía la plata.
Después de las preguntas habituales entre la gente que se encuentra después de un tiempo si verse Carlos le dijo a su papá que si quería ir a conocer el negocio. El papá le dijo que si él estaba ahí a quién había dejado en el negocio, ahora no me vaya a decir que se consiguió otra vieja para que lo vuelvan a dejar en la inmunda. Carlos sonrió pero como sin querer y le dijo a su papá que no, que el negocio estaba cerrado. Pues menos mal porque ya le iba a decir que se consiguiera la plata por otro lado pensando que otra vez estaba por ahí mal enredado. Carlos negaba con la cabeza sin decir nada. Bueno y de esa otra que volvió a saber, se desapareció con la plata y ya ni más. Carlos le dijo que no había vuelto a saber nada y que así estaba mejor, en el tono de su voz se notaba que no quería hablar del tema.
El papá de Carlos sacó la plata del bolsillo, Carlos miró todo esos billetes y no se pudo quedar callado, oiga pa pero a usted le está yendo es muy bien, le dijo. El papá dejó de contar los billetes y le dijo que no creyera que eso no era tanta la cosa que ahí se conseguía uno lo justo que esa plata era del café que acababa de vender y que de ahí tenía que irse a pagar trabajadores, a pagarle al mayordomo de la finca y comprar un abono y va tocar llevar la camioneta al taller porque está como jodiendo, eso a la hora de la verdad no queda un peso. El papá volvió a los billetes y los siguió contando, luego le pasó a Carlos unos cuantos y le dijo que ahí le daba tres millones que más no podía prestarle que se defendiera con eso y Carlos sonriente le dijo que tranquilo que con eso estaba bien que muchas gracias.
Carlos le volvió a decir a su papá que si quería ir al negocio pero el papá le dijo que no, que tenía muchas vueltas que hacer y usted sabe que a mí no me gusta que me agarre la noche por acá en el pueblo. Carlos le fue a dar  un abrazo a su papá y la picadura quedó a la vista del papá que la miró con susto. ¿Qué le pasó en ese brazo? le dijo el papá. Yo no sé, como que me pico un bicho ahora que venía para acá, le dijo Carlos. El papá lo agarró del brazo y detalló la picadura, frunció el ceño como si esa expresión le permitiera ver mejor, oiga eso no es cualquier maricadita le va tocar pegarse una fumigada con de ese veneno que le echamos a la broca, le dijo el papá. ¿Veneno para la broca? Preguntó Carlos extrañado. Si señor veneno pa´ la broca, de eso es esa cosa, ahí le debe tener ese brazo lleno de huevos. No pues no me faltaba sino eso le dijo Carlos mientras salían juntos de la cafetería. 

lunes, 16 de octubre de 2017

Ají

Hay peleas tan fáciles de evitar que permitirlas no deja de ser una muestra exacta de lo que es la maldad pura y dura volando invisible alrededor de los implicados. Pura mierda, dizque maldad, uno si queda con unos vicios muy bobos. Maldad, ese era el calificativo que usaba mi abuelita para cualquier otra cosa que no fuera rezar el rosario y eso que si uno se dormía rezando era porque tenía al diablo sobándole los cachetes con la cola. Pero más que un vicio es como una obsesión porque voy a contar algo concreto y termino es hablando de mi abuelita y de la costumbre camandulera de la familia.

El cuento con la pelea es que esta semana casi a las cinco de la tarde venia caminando por la calle 22 con la mano izquierda en el bolsillo del pantalón rascándome disimuladamente una gueva porque todavía me da pena rascármelas así sin importar que me estén viendo o no. Venia del trabajo un poquito más temprano de lo normal porque la ruta nos rindió y bueno ahí en la fritanga de la esquina de la quinta un tipo en pantaloneta ancha y sin camiseta y una muchacha en short y un tatuaje de un demonio de Tasmania mal hecho en una teta, se comían una empanada; la estaban compartiendo, ella la mordió primero y dijo que estaba caliente, pudo haber dicho que estaba maluca pero no, dijo que estaba caliente y se la entregó a él y él antes de morderla buscó uno de los pocillos con ají y antes de llenar la empanada de ají ella le dijo que no le echará ají que la dejará así que a ella el ají no le gustaba y él la dejó terminar de hablar y después le echo el ají a la empanada que estaban compartiendo como si no la hubiera escuchado y le dio un mordisco y le ofreció el resto de la empanada que quedaba y ella no la quiso recibir, se cruzó de brazos y volvió la cara y estuvo así por un momento mientras de reojo vio como él ser terminó la empanada y ahí volteó y le dijo algo que no alcance a oír porque la señora de la fritanga me preguntó que cuantas empanadas quería.

Me hice el que le echaba ají a una empanada para estar más cerca de la pareja. Ella le dijo que siempre era lo mismo con él que hacía lo que se le daba la gana que por qué le tenía que echar ají a una empanada que se estaban comiendo los dos si sabía que a ella no le gustaba el ají y el tipo parecía divertirse, como si ella estuviera hablando en broma y esa actitud del tipo parecía molestarla más. El tipo le dijo que no había problema que compraba otra empanada y listo se la comía ella sola sin ají. Que no que ella no quería una empanada que ella lo que quería era que él la escuchará que claramente le había dicho que no le echara ají y él le había echado, que siempre era lo mismo con él, que lo que ella decía valía un culo, lo miró fijo y le temblaban las manos. Parecía que no iba a decir más pero luego le dijo que la empanada la había comprado ella, lo dijo en un tono más bajo, como con pena.

Cuando le di el primer mordisco a la empanda con ají entendí al tipo. Como no le iba a echar ají si es que estaba buenísimo, esas empanadas sin ají eran un bagazo, es que si se tratara de calidad en esa fritanga lo que cobraban era el ají, fácilmente podía uno llegar allá cargado de cartón y comérselo con ese ají, es que tampoco es que haya mucha diferencia entre una empanada de esas y un pedazo de cartón. Que cosa tan dura tener que ver como una empanada maluca genera una pelea de pareja en la que lo menos importante es el sabor de la empanada. Si alguno de los dos hubiera dicho que la empanada estaba muy maluca yo le hubiera dicho a la señora de la fritanga que la culpable de la pelea era ella y que una mala sazón también podía acabar con el mundo, pero no, no dijeron nada.

Lo que sí dijo el tipo o mejor gritó el tipo era que si le iba a echar la plata en la cara que se comiera una mierda que ella no lo iba a venir a humillar por putos 500 pesos que la que había dicho que se comieran una empanada a ver si estaba buena había sido ella y que acaso qué creía pues que él se iba a quedar toda la vida sin trabajo que no que él no se iba a quedar andando pelado toda la vida. Ella miraba al tipo manotear, yo miraba la camiseta que el tipo había tenido sobre el hombro tirada en el piso. Si yo hubiera sido esa muchacha le hubiera dicho al tipo que si seguía andado por ahí con el pecho al aire con esa camiseta en el hombro no iba a conseguir ningún trabajo, o bueno sí, un trabajo en la playa siendo salva vida pero como estábamos en Tuluá y el mar quedaba lejos lo que quedaba más cerca era la galería para que bulteara todo el día así sin camiseta, pero la muchacha no le dijo nada de eso porque seguro la muchacha no tuvo una abuelita como la que tuve yo que no nos dejaba andar por ahí sin camiseta porque era muy malo.

Por ahí por la fritanga pasaba gente pero el único interesado en la pareja era yo o eso parecía porque el único que estaba ahí comiendo empanadas y parando oreja era yo, a bueno y la señora de la fritanga también.

La muchacha le dijo que no se hiciera la víctima y se agachó y recogió la camiseta y se la entregó, ella no lo estaba humillando ni le estaba echando nada en cara, le estaba diciendo que le había pedido que no le echara ají a la empanada y que él se había hecho el güevón  y que si quería conseguir trabajo entonces que comenzara por ponerse la camiseta y ahí me brillaron a mí lo ojos de la emoción porque la muchacha le dijo lo que le hubiera dicho yo y entonces ahí me cambié de bando y empecé a apoyar a la mucha sin importar que fuera una berrinchuda que armaba un problema de la nada solo porque le habían querido mejorar la empanada y sin importar que dijera que no le gustaba el ají sin siquiera haber probado el que preparaba esa señora en esa fritanga que estaba tan rico; es que uno no podía ir por ahí diciendo que no le gustaba el ají pensando que en cualquier parte picaba del mismo modo o peor creyendo que solo picaba, aunque también es verdad que si es ají pues tiene que picar.

El tipo le dijo que puede que a veces él no escuche lo que ella dice pero que también es que ella era muy alharacosa y que le gustaba joder, es que como va a decir que no le gusta el ají si no lo ha probado, le dijo el tipo. Y yo ya no supe que hacer, ya no sabía de qué lado estar porque de pronto uno decía una cosa que me gustaba y luego otro decía otra cosa que también me gustaba y era como ver una pelea mía conmigo pero ahí entre esa pareja y yo le pague las empanadas a la señora y me fui porque ya para qué me iba a quedar ahí si no iba a ser capaz de ser hincha de ninguno.

Ella era pura alharaca y bulla y él un descamisado sin atractivo que lucir andando sin un peso y él no la escuchaba y ella no probaba el ají a ver si estaba rico y los dos peleaban ahí y luego qué, luego arreglaban como arreglan siempre las parejas, que terminan culiando para reconciliarse, ojalá esa pareja haya terminado en esas y no agarrando cada uno por su lado.

Si no hubiera sentido que esa pareja peleaba al gusto mío me hubiera quedado a ver como terminaba. Mi abuelita tanto que hablaba del mal y de ser buena persona y para el chisme no había quien le ganara y había que verla enojada cuando uno se averiguaba los chismes primero que ella. Pero con lo de la pareja no fue chisme fue más un ejercicio de observación, aunque tampoco me gusta comer solo.


Yo de haber sido el tipo también le hubiera dicho que menos mal no le gustaba el ají porque de pronto el picante la enojaba, aunque no, mejor no porque ese es un comentario muy bobo, mejor que el tipo no le dijo eso. No le hubiera echado ají a la empanada y no hubieran peleado, por lo menos no ahí y no por eso y me hubiera tocado comer solo. Abuelita el ají es pura maldad, que ganas de decirle eso a mi abuelita.

martes, 3 de octubre de 2017

Otra vez David Senna

David Senna el cuentista mayor de Tuluá ampliamente reconocido en la universidad de Tuluá lleva meses sin escribir un solo cuento. No se repone del susto que se pegó después de oír en una entrevista a un escritor que tiene cara de gamín y voz de hijo de presidente con sotana y cama en un monasterio jesuita de la ilustración, el escritor dijo que la ficción no debía ser instrumentalizada, que la ficción era la ficción y que él sabía mucho de critica porque leía a críticos literarios y además leía a Lacan y a Heidegger y que los entendía y todo y que en el país apenas estaban empezando a escribir cosas decentes y que él sospechaba que tenía que ver con su deseo de que así fuera porque él era un intelectual.

David Senna se sintió como un culo porque él era un cuentista que no leía así como los otros escritores a esos señores filósofos porque le deba mucha pereza y se quedaba dormido y se cansaba de no entender y además porque David Senna creía que él era como un juglar vallenato y que lo que importaba era contar las historias que uno iba conociendo por ahí en el camino en medio de las fiestas y los rones y patiadas por carretera destapada cuando uno se gastaba hasta lo del pasaje y que lo que importaba eran los cafetales y las riñas de gallos y los atracos en los buses y burlarse de los que leen a Harry Potter y mirar feo a los que lo llamaban costumbrista.

David Senna ya no sabía que escribir porque lo inmovilizaba imaginar que el escritor ese de la entrevista de pronto lo leyera y escribiera de él en una columna de opinión y que dijera que él era uno más de esos cuentista infumables que escriben sin nunca haber leído nada y que no reflexionan la literatura y que no piensan en la forma y que lo que importa es la forma. 

David Senna quería escribir pero no podía y entonces pensó que se iba a sentar a escribir un cuento super original en el que un escritor dice que no le importa lo que piensen y digan de él entonces monta una banda de punk y escribe novelas muy punk y les manda fotos de él en bola a sus seguidoras por redes sociales virtuales y les dice que rico que todo muy sabroso y que le manden fotos en bola también que sí que así es y que nada importa porque todos son muy punk.


Pero no, David Senna sabe que no puede escribir eso porque sería un cuento muy chimbo y que entonces mejor no va a escribir nada hasta que se le ocurra algo bueno que escribir y que mientras tanto va a leer teoría a ver si aprende tanto como esos escritores que leen y saben de crítica y se las dan de beligerantes y piensan y salvan al mundo, literario. 

lunes, 18 de septiembre de 2017

Dilemas de un tipo que hace la siesta


 El tipo que hace la siesta se pregunta:
¿Llorar antes de la siesta o después de la siesta?
El tipo que hace la siesta no confía en su respuesta.
Será que me despierto solo o mejor pongo el despertador del celular
El tipo que hace la siesta es prevenido o por lo menos se hace las preguntas que un tipo prevenido que hace la siesta se hace antes de hacer la siesta.
Antes el tipo que hace la siesta era un tipo renovado después de hacer la siesta. Ahora el tipo que hace la siesta es el mismo malparido vaciado que era antes de hacer la siesta pero con lagañas pequeñitas en el ojo derecho.
El tipo que hace la siesta sabe que la siesta sigue siendo la siesta y sabe que antes la siesta y él hacían una buena pareja pero ahora no porque él se puso maluco.
El tipo que hace la siesta no se queda dormido y le echa la culpa al café.
El tipo que hace la siesta a veces no hace la siesta pero la piensa mucho. 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Villa T- Hijos

Camila y Matías se fueron a vivir a la casa del tío Anselmo después del entierro. Su madre había muerto en un accidente de tránsito mientras huía de las autoridades que la perseguían por ser motoratona. El tío Anselmo vivía con su esposa en una casa pequeña y los recién llegados compartieron camarote en un cuarto estrecho y sin puerta que estaba al lado del baño.

En la noche mientras la mujer de Anselmo servía sopa de arroz  el tío llamó a los nuevos inquilinos que estaban en su cuarto sin salir y sin hablar. Se sentaron los cuatro a la mesa y Anselmo fue claro cuando dijo las primeras palabras de lo que había pensado toda la mañana. La situación no era fácil y él no podía mantenerlos a los cuatro con el trabajo que tenía. Podían vivir juntos los cuatro pero todos tenían que trabajar. Él y su mujer ya lo hacían y ahora ellos deberían iniciar también, no pedía que dejaran de estudiar, podían seguir haciéndolo pero con el compromiso de trabajar después de clases. Ninguno de los hermanos tuvo nada que decir, se acogieron a las reglas que planteaba su tío porque era eso o quedarse en la calle. Comieron en silencio. En las calles seguía vivo el alboroto de los motoratones que protestaban contra el alcalde  pero en la mesa nadie habló de ello.

Después de las clases Camila salía con la esposa de su tío a pintar uñas y Matías salía con su tío a vender aguacates, naranjas, mangos o lo que más barato estuviera en la galería, ninguno de los dos tuvo problema con el trabajo y eso alegró a Anselmo que pudo tranquilizarse al ver que la obligación que creía imposible podía llevarse con facilidad, siempre pensó que su hermana consentía mucho  a los muchachos y que ellos no servían para nada, opinión que cambió cuando los vio colaborar sin reproche alguno.

Los cuatro se partían el alma para pagar el arriendo y los servicios y la comida que no se embolataba. La situación a Matías no le gustaba para nada y a Camila tampoco pero a ella la martirizaba menos. Lo que pasa es que a usted no le toca asolearse toda la tarde para vender una caja de mangos, le decía Matías a su hermana y ella le decía que a él tampoco le tocaba pasarse horas con la espalda encorvada pintando las uñas de los pies feos de sus clientas. Trabajo es trabajo, todos cansan, todos aburren y son duros, si fueran divertidos no se llamarían trabajo, decía el Tío Anselmo cuando oía que Matías se quejaba.

Desde la muerte de su madre hasta el día en que entraron a la universidad los días fueron muy parecidos para los dos, trabajan iban al colegio y en la casa veían televisión y a veces charlaban, no tenían muchos amigos ni salían en las noches, no quedaba mucho tiempo para el ocio. Camila tenía una buena relación con la mujer de su tío, se habían hecho amigas, Matías por el contrario casi no hablaba con su tío y no porque no lo deseara sino porque Anselmo hablaba poco.

Los días de tranquilidad aprendida cambiaron en la universidad. Matías y Camila se veían menos. Camila empezó a pasar varias de las noches de la semana en la casa de sus compañeras o en la de su novio, un tipo grande que andaba en una moto roja ruidosa, a Matías el tipo no le agradaba y a duras penas lo saludaba. Matías en cambio estaba incómodo en la universidad, le gustaban las clases pero sentía que no tenía nada en común con sus compañeros, le faltaba algo que ellos tenían aunque no estaba seguro de qué. El tío Anselmo le dijo que lo que le hacía falta no era calle porque se la trabajaba a diario. Lo que estaba necesitando era un trabajo y una novia, tenía que dejar de vender mangos y papayas y ponerse hacer otra cosa así como él que había conseguido un puesto de conductor en la alcaldía.

Al igual que Anselmo muchos de los motoratones, vendedores ambulantes y de más trabajadores callejeros habían conseguido trabajo con la alcaldía. El alcalde N que Matías recordaba dando un discurso en el velorio de su madre le estaba cumpliendo a la gente que lo había apoyado en el inicio de su carrera política después de la renuncia del alcalde HP. Matías le dijo a su tío que le ayudará a conseguir un trabajo allá y Anselmo le dijo que iba intentar pero que no se comprometía porque a él le había tocado esperar mucho para que le dieran algo.

El cambio en Villa T durante la administración de N era evidente y no solo se reflejaba en la creación de nuevos empleos y en la resolución del problema con los motoratones y los trasportadores sino también en la construcción de nuevas obras de infraestructura para la ciudad. N a pesar de las críticas de los ambientalistas había otorgado permisos para que empresas construyeran centrales hidroeléctricas en las montañas de Villa T, esa decisión explicaba la bonanza económica que vivía la ciudad.  Uno de los beneficios de la producción de energía en Villa T fue la inversión en la educación superior razón por la cual Matías y Camila podían estudiar sin pagar un peso.

Entre las ventas, las frutas maduras y los trabajos de la universidad Matías no se dio cuenta sino hasta dos días después de que su hermana se fuera de la casa que el cuarto y el camarote le quedaban solos para a él porque Camila se había ido a vivir con el novio. Matías no sabía que era lo que más le molestaba, si seguir en la casa de su tío y que Camila se hubiera ido primero que él o que se hubiera ido con ese tipo que no le gustaba. Anselmo le dijo que afán no tenía que él se podía quedar viviendo con ellos el tiempo que quisiera y que Camila sabía que si no le iba bien con el novio a la casa podía volver cuando quisiera. Matías le agradeció a su tío y se fue a dormir. Sabía que su tío hablaba en serio, sabía que Camila no iba a volver y sabía que él tampoco se podía quedar.

En la universidad después de salir de una de las clases Matías vio a Camila, estaba en compañía de otras dos muchachas, se reían y tomaban gaseosa. Matías levantó la mano para saludarla y Camila hizo lo mismo. Si no hubiera ido sobre el tiempo se hubiera acercado y le hubiera preguntado cómo iba su nueva vida, pero no podía llegar tarde. Iba para el auditorio donde esa tarde estaba hablando el alcalde N sobre el futuro de Villa T y la generosa inversión de las empresas generadoras de energía eléctrica en la región.  

Matías se sentó en la parte de atrás del auditorio. El lugar estaba lleno de estudiantes que aplaudían a rabiar cada una de las cosas que decía el alcalde N que sonreía y agradecía la muestra de afecto de los asistentes. Si alguien le hubiera dicho a Matías en ese momento que antes en las universidades los alcaldes como N no eran aclamados sino abucheados él no lo hubiera creído.


En la casa el tío Anselmo le dijo a Matías que le había conseguido un trabajo en la alcaldía y Matías le preguntó que haciendo qué y Anselmo le dijo que de secretario en alguna de esas oficinas, que no tenía claro cuál. Matías fue a la alcaldía y empezó a trabajar y siguió yendo a la universidad, siguió saludando a su hermana de lejos y sintiendo que no tenía de que hablar con sus compañeros de clase. Con el nuevo trabajo lo que cambió fue el sueldo y con él la casa. Se despidió del tío Anselmo y de la esposa, les dios las gracias por todo y se fue a vivir a un apartamento cercano a la universidad. Y siguió así y conoció a N en persona y le dijo que recordaba el velorio de su mamá y que le parecía que decir madre sonaba muy artificial y le dijo que cuente con un puesto en la administración cuando se gradué de la universidad y le dijo que esperaba bautizar un nuevo parque con el nombre de su mamá y Matías le dio las gracias y siguió trabajando. 



Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...