Hay peleas tan fáciles de evitar que permitirlas no deja
de ser una muestra exacta de lo que es la maldad pura y dura volando invisible
alrededor de los implicados. Pura mierda, dizque maldad, uno si queda con unos
vicios muy bobos. Maldad, ese era el calificativo que usaba mi abuelita para
cualquier otra cosa que no fuera rezar el rosario y eso que si uno se dormía
rezando era porque tenía al diablo sobándole los cachetes con la cola. Pero más
que un vicio es como una obsesión porque voy a contar algo concreto y termino
es hablando de mi abuelita y de la costumbre camandulera de la familia.
El cuento con la pelea es que esta semana casi a las
cinco de la tarde venia caminando por la calle 22 con la mano izquierda en el
bolsillo del pantalón rascándome disimuladamente una gueva porque todavía me da
pena rascármelas así sin importar que me estén viendo o no. Venia del trabajo
un poquito más temprano de lo normal porque la ruta nos rindió y bueno ahí en
la fritanga de la esquina de la quinta un tipo en pantaloneta ancha y sin
camiseta y una muchacha en short y un tatuaje de un demonio de Tasmania mal
hecho en una teta, se comían una empanada; la estaban compartiendo, ella la
mordió primero y dijo que estaba caliente, pudo haber dicho que estaba maluca
pero no, dijo que estaba caliente y se la entregó a él y él antes de morderla
buscó uno de los pocillos con ají y antes de llenar la empanada de ají ella le
dijo que no le echará ají que la dejará así que a ella el ají no le gustaba y
él la dejó terminar de hablar y después le echo el ají a la empanada que
estaban compartiendo como si no la hubiera escuchado y le dio un mordisco y le
ofreció el resto de la empanada que quedaba y ella no la quiso recibir, se
cruzó de brazos y volvió la cara y estuvo así por un momento mientras de reojo
vio como él ser terminó la empanada y ahí volteó y le dijo algo que no alcance
a oír porque la señora de la fritanga me preguntó que cuantas empanadas quería.
Me hice el que le echaba ají a una empanada para estar más
cerca de la pareja. Ella le dijo que siempre era lo mismo con él que hacía lo
que se le daba la gana que por qué le tenía que echar ají a una empanada que se
estaban comiendo los dos si sabía que a ella no le gustaba el ají y el tipo
parecía divertirse, como si ella estuviera hablando en broma y esa actitud del
tipo parecía molestarla más. El tipo le dijo que no había problema que compraba
otra empanada y listo se la comía ella sola sin ají. Que no que ella no quería
una empanada que ella lo que quería era que él la escuchará que claramente le
había dicho que no le echara ají y él le había echado, que siempre era lo mismo
con él, que lo que ella decía valía un culo, lo miró fijo y le temblaban las
manos. Parecía que no iba a decir más pero luego le dijo que la empanada la
había comprado ella, lo dijo en un tono más bajo, como con pena.
Cuando le di el primer mordisco a la empanda con ají
entendí al tipo. Como no le iba a echar ají si es que estaba buenísimo, esas
empanadas sin ají eran un bagazo, es que si se tratara de calidad en esa fritanga
lo que cobraban era el ají, fácilmente podía uno llegar allá cargado de cartón
y comérselo con ese ají, es que tampoco es que haya mucha diferencia entre una
empanada de esas y un pedazo de cartón. Que cosa tan dura tener que ver como
una empanada maluca genera una pelea de pareja en la que lo menos importante es
el sabor de la empanada. Si alguno de los dos hubiera dicho que la empanada
estaba muy maluca yo le hubiera dicho a la señora de la fritanga que la
culpable de la pelea era ella y que una mala sazón también podía acabar con el
mundo, pero no, no dijeron nada.
Lo que sí dijo el tipo o mejor gritó el tipo era que si
le iba a echar la plata en la cara que se comiera una mierda que ella no lo iba
a venir a humillar por putos 500 pesos que la que había dicho que se comieran
una empanada a ver si estaba buena había sido ella y que acaso qué creía pues
que él se iba a quedar toda la vida sin trabajo que no que él no se iba a
quedar andando pelado toda la vida. Ella miraba al tipo manotear, yo miraba la
camiseta que el tipo había tenido sobre el hombro tirada en el piso. Si yo
hubiera sido esa muchacha le hubiera dicho al tipo que si seguía andado por ahí
con el pecho al aire con esa camiseta en el hombro no iba a conseguir ningún
trabajo, o bueno sí, un trabajo en la playa siendo salva vida pero como estábamos
en Tuluá y el mar quedaba lejos lo que quedaba más cerca era la galería para
que bulteara todo el día así sin camiseta, pero la muchacha no le dijo nada de
eso porque seguro la muchacha no tuvo una abuelita como la que tuve yo que no
nos dejaba andar por ahí sin camiseta porque era muy malo.
Por ahí por la fritanga pasaba gente pero el único
interesado en la pareja era yo o eso parecía porque el único que estaba ahí
comiendo empanadas y parando oreja era yo, a bueno y la señora de la fritanga
también.
La muchacha le dijo que no se hiciera la víctima y se
agachó y recogió la camiseta y se la entregó, ella no lo estaba humillando ni
le estaba echando nada en cara, le estaba diciendo que le había pedido que no
le echara ají a la empanada y que él se había hecho el güevón y que si quería conseguir trabajo entonces que
comenzara por ponerse la camiseta y ahí me brillaron a mí lo ojos de la emoción
porque la muchacha le dijo lo que le hubiera dicho yo y entonces ahí me cambié
de bando y empecé a apoyar a la mucha sin importar que fuera una berrinchuda
que armaba un problema de la nada solo porque le habían querido mejorar la
empanada y sin importar que dijera que no le gustaba el ají sin siquiera haber
probado el que preparaba esa señora en esa fritanga que estaba tan rico; es que
uno no podía ir por ahí diciendo que no le gustaba el ají pensando que en
cualquier parte picaba del mismo modo o peor creyendo que solo picaba, aunque
también es verdad que si es ají pues tiene que picar.
El tipo le dijo que puede que a veces él no escuche lo
que ella dice pero que también es que ella era muy alharacosa y que le gustaba
joder, es que como va a decir que no le gusta el ají si no lo ha probado, le
dijo el tipo. Y yo ya no supe que hacer, ya no sabía de qué lado estar porque
de pronto uno decía una cosa que me gustaba y luego otro decía otra cosa que
también me gustaba y era como ver una pelea mía conmigo pero ahí entre esa
pareja y yo le pague las empanadas a la señora y me fui porque ya para qué me
iba a quedar ahí si no iba a ser capaz de ser hincha de ninguno.
Ella era pura alharaca y bulla y él un descamisado sin
atractivo que lucir andando sin un peso y él no la escuchaba y ella no probaba
el ají a ver si estaba rico y los dos peleaban ahí y luego qué, luego arreglaban
como arreglan siempre las parejas, que terminan culiando para reconciliarse,
ojalá esa pareja haya terminado en esas y no agarrando cada uno por su lado.
Si no hubiera sentido que esa pareja peleaba al gusto mío
me hubiera quedado a ver como terminaba. Mi abuelita tanto que hablaba del mal
y de ser buena persona y para el chisme no había quien le ganara y había que
verla enojada cuando uno se averiguaba los chismes primero que ella. Pero con
lo de la pareja no fue chisme fue más un ejercicio de observación, aunque
tampoco me gusta comer solo.
Yo de haber sido el tipo también le hubiera dicho que
menos mal no le gustaba el ají porque de pronto el picante la enojaba, aunque
no, mejor no porque ese es un comentario muy bobo, mejor que el tipo no le dijo
eso. No le hubiera echado ají a la empanada y no hubieran peleado, por lo menos
no ahí y no por eso y me hubiera tocado comer solo. Abuelita el ají es pura maldad, que ganas de decirle eso a
mi abuelita.
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