lunes, 17 de abril de 2017

Viajes



El final del viaje no es el viaje final le decía Elkin a Diana cada que regresaban, retirándole un mechón de pelo del rostro. Guardaban la moto en el garaje y ella le decía que no abusara de la bobada retirándole la mano. Él le decía que era enserio. Diana entraba a la casa y saluda a su marido que estaba en la sala viendo fútbol. Elkin encontraba a su esposa en la cocina sirviendo la comida y a los niños en la mesa. Todo parecía fijado de antemano, libreteado. Elkin no hablaba de Diana durante la comida y Diana no mencionaba a Elkin mientras metía la carne en el horno. Ambas parejas se habían conocido en una fiesta del trabajo. La esposa de Elkin le agrada a Diana y Elkin va con el esposo de Diana al estadio, son hinchas del mismo equipo. Elkin existe en la mente del esposo de Diana y Diana existe en la mente de la esposa Elkin. El viaje de Diana y Elkin sucede allí. 

viernes, 14 de abril de 2017

Florecer

Cada hombre tiene en sus manos un ramo de flores. Rosas, claveles, azucenas, hortensias, tulipanes, margaritas, anturios, begonias, dalias. Los hombres se parecen entre ellos, altos, atléticos, peinando con abundante cera, todos de traje y relucientes zapatos negros. Están en completo silencio uno tras otro en una fila que apenas se mueve. La diferencia notable entre unos y otros es el tipo de flores que llevan. La gente que pasa por allí desconoce el motivo de la fila pero disfruta mirarlos tan quietos, elegantes e indiferentes. La fila sigue creciendo con el pasar de las horas y no tiene razón de ser, está ahí para que la vean para que la recuerden. Para que la disuelvan o comercialicen, lo que pase primero. 

jueves, 13 de abril de 2017

El efecto trapo


El invitado central de la tercera convención nacional de buscadores de patentes era Manolo Gutiérrez Plaza director del programa radial “una vida para curarse” dedicado a promover la medicina alternativa, emitido en una emisora comunitaria de Cali. Reconocido por sus conferencias sobre el poder de las plantas para cuidar la vida y de cómo usar la vida cuidada haciendo parte del mejor trabajo del mundo donde cada quién puede ser su propio jefe en varias de las empresas multinivel que lo contrataban.

La asistencia al coliseo Victoria Rojas donde se desarrollaba el evento contaba con una discreta asistencia que esperaba inquieta la intervención de Manolo Gutiérrez que según rumores expondría los casos de curación absoluta de molestias como la migraña y los lumbagos usando correctamente el trapo de la cocina. 

Sectores más interesados en obtener patentes que les permitieran hacer dinero no confiaban en Gutiérrez y lo que se rumoreaba, sólo a un idiota se le ocurría compartir gratuitamente la cura para males menores, los más rentables. Creían o primero que el cuento del trapo de la cocina ocultaba algo más grande, algo por lo que pensaba cobrar, o segundo que Gutiérrez era en efecto un idiota. No se decidían por ninguna.

Manolo se subió a la tarima micrófono en mano, sonriente y seguro. Al igual que en todas sus conferencias inició contando detalles de su infancia, les habló de la huerta de su abuela y de las bebidas que le daba cuando le dolía el estómago y del barbasco con el que le lavaban la cabeza para matar los piojos. Los que lo escuchaban en radio sabían que de eso hablaba siempre. Poco después habló de lo que todos esperaban, el trapo de la cocina.

Las personas que usaban toallas desechables en sus cocinas se estaban privando de las posibilidades milagrosas de curación que les podía ofrecer un trapo húmedo y curtido, decía Manolo. Pero él no tenía mucho que decir porque los efectos positivos del trapo de la cocina hablaban por si solos y en se momento empezó el video con los testimonios de sus pacientes: María se había curado de la migraña, Juana de un espolón, Pablo del dolor en la nunca que le generaba el constante estrés, José incluso decía que el trapo de la cocina desaparecía verrugas y quitaba arrugas. Los testimonios estaban grabados por las personas desde sus casas con el celular, eran cortos, ágiles y convincentes. Los asistentes aplaudieron a Manolo cuando volvió a tomar la palabra.

El trapo de la cocina se toma del aparador tal y como esté sin importar que se haya limpiado con él y se lleva al lugar del dolor se deja puesto allí como un emplasto o una venda por un rato, es elemental usar el trapo sin lavar. La operación debe realizarse diariamente y si se puede hacer más de una vez al día mucho mejor.

Cuando Manolo terminó de hablar uno de los asistentes Edgar Herrera que en la convención pasada había conseguido la patente de las camisetas talla L y XL para hombres gordos y bajitos, espaldones y bajitos o mal armados y paticorticos, camisetas disponibles en distintos materiales más cortas y más anchas que las camisetas talla L y XL para hombres gordos y altos, espaldones y altos y mal armados y altos, le preguntó a Manolo cual era el objetivo de patentar algo que no se podía comercializar, algo que no se podía vender, para qué quería curar los males menores de la gente con algo que no les iba a costar nada.

Manolo le dijo que no todo se hacía por plata que algunas cosas se hacían para cambiar las vidas de la gente y ser recordados por eso, con el trapo de la cocina lo que él quería era rendir un homenaje a su abuela, guardó silencio y bajó la vista por un momento como si la palabra abuela incluyera la obligación inmediata del minuto de silencio después de ser dicha.

Pasado el minuto le dijo al asistente que para conseguir dinero y ascender en la escala social lo mejor era ser su propio jefe y hacer parte del negocio seguro e incluyente de las empresas multinivel, aprovechó para invitarlo a él y a los demás a la serie de conferencias para emprendedores que iba a dictar la próxima semana, una serie denominada “para qué soñar con el yate si lo grande es el mar, para qué soñar con el jet si lo grande es el cielo, para qué soñar con los otros si el grande es usted”.  

Otro asistente se preguntaba por la intensidad de los efectos del trapo, quería saber si el trapo de la cocina era más efectivo cuando más comida se preparaba, qué pasaba con las personas que vivían solas y cocinaban poco, servía usar el trapo de cualquier cocina o era necesario que el trapo fuera el de la cocina de uno. Manolo le pidió al participante tranquilidad y le recordó que la medicina alternativa necesitaba siempre una dosis de voluntad por parte del paciente y esa voluntad ese deseo de curarse eran tan importante como el trapo de la cocina, ninguno de los factores que él había enumerado influían en el proceso de curación mientras se combinaran ambos.

Manolo les avisó que respondería solo una pregunta más. Una señora de la primera fila le preguntó que sí los trapos con los que limpiaban las barras y las mesas de los bares tenían un efecto similar. Manolo sonriente le dijo que le encantaba esa pregunta, que era visionaria, ambiciosa. No podía afirmar aún cuales eran los efectos de los trapos de los bares cantinas y discotecas pero le podía asegurar que la investigación estaba muy adelantada.


Entre los asistentes más adinerados se comentaba con cierto desprecio que sí el trapo de la cocina era tan efectivo como decía Manolo por lo único que iba a ser recordado era por su culpabilidad de la quiebra de un importante sector de la industria. Antes de retirarse Manolo Gutiérrez los invitó a todos a usar el trapo de la cocina y comprobar los beneficios por sí mismos. Luego anunció a la siguiente ponente que además era también su esposa. Se bajó de la tarima y le entregó el micrófono a ella que saludó efusiva y agradeció que estuvieran allí acompañándola en la presentación de la marca “Milagro” especializada en toallas para cocina, “tan buena que limpia hasta el dolor”. 

lunes, 10 de abril de 2017

vigilante

El plan falló, el ruido del camión chocando contra un poste despertó al vigilante. Los tipos corrieron cuando lo vieron levantarse de la silla. Se escondieron tras el matorral. El vigilante alumbraba por todas partes con su linterna. Los tipos se arrastraron intentando evitar el ruido mientras buscaban salir a la carretera. El vigilante regresó a su silla, cansado de buscar, prendió el radio y buscó el termo con el tinto. Ojalá mañana no le dé a ningún hijueputa por chocarse justo por acá, dijo uno de los tipos. Pensé que sabotear vigilantes era más fácil, respondió el otro. 

domingo, 9 de abril de 2017

Origami

No consiguen ponerse de acuerdo en la separación del único bien común. Una vaca de origami que les regaló su ahijado de bautismo. Carlos dice que Benjamín es el hijo de su mejor amigo y que de no ser por ese lazo ella no hubiera tenido la oportunidad de ser la madrina del niño. Natalia dice que es evidente que Benjamín la quiere más a ella y que lo tiene sin cuidado que su padrino y su papá sean amigos desde niños. Carlos le dice que si ella pudiera tener hijos él no tendría que conformase con los sobrinos y los ahijados para sentirse papá por un rato. Natalia le pregunta que sí aún cree que los abortos fueron involuntarios. Carlos rompe la Vaca de origami. 

viernes, 7 de abril de 2017

Cómo saber en qué momento matar a la mascota del vecino


En el edificio Los eucaliptos cercano al centro el único que duerme hasta tarde es Pablo del apartamento 42ª los demás están antes de las siete de la mañana en el parque con sus perros, todos con bolsa lista para recoger el popo. Cuatro veces le han ofrecido cachorros de distintas razas, un labrador, una salchicha, dos criollos pero Pablo se ha negado a recibirlos argumentando que no tiene tiempo para mascotas y no conoce a nadie que le cuide al animalito cuando viaje y, el trabajo lo obliga a pasar mucho tiempo en terminales y aeropuertos.

Al principio las disculpas de Pablo dejaban satisfechos a sus vecinos pero pasados lo meses viéndolo todas las semana sin salir empezaron a mirarlo con cierto desdén. Pablo trabajaba en su apartamento diseñando y actualizando páginas webs, eso decía él, lo que hacía era mucho más complicado pero lo angustiaba tener que explicarlo.

Cuando notó que sus vecinos ya no lo saludaban le dijo al vigilante que en el edificio le tenían envidia porque no tenía que madrugar. El vigilante le dijo que lo que él había oído era que estaban recogiendo firmas para echarlo del edificio porque su repudio por los perros era una amenaza. Pablo escuchó incrédulo y antes de volver a su apartamento le preguntó al vigilante cuantos de los que vivían en el edificio tenían perro y el vigilante le dijo que todos.

Compartió el ascensor con dos señoras que apenas había visto, ambas sujetaban las correas coloridas de sus perros. Pablo no se fijó en ellas, intentó mantener la mirada fija en sus tenis, las señoras muy serías dejaron de hablar cuando él entró. Pablo sintió que los perros lo miraban, levantó un poco la vista y ahí estaban los dos observándolo sentados quietos como si fueran de porcelana. Sin querer hizo contacto visual con uno de ellos, el más grande, un labrador, parecía tan triste que Pablo no pudo mirarlo más, levantó el rostro para mirar a la señoras y salió fastidiado del ascensor.

Entró al apartamento y se derrumbó en el sofá. En qué momento inventarse un cuento chimbo para evitar un encarte se había convertido en un desprecio desmedido y declarado por los perros. Cuándo sus vecinos se volvieron eso que eran, eso tan feo, cómo no se daban cuenta que los perritos estaban tristes. Eso y más se preguntaba Pablo con las manos inmóviles sobre su redonda panza.

Antes de las seis cuando Pablo volvía a su apartamento después de pasar la noche en un bar hablando con los conocidos de barra vio en el parque a muchos de sus vecinos paseando a sus mascotas. Tenía sueño y las cervezas le habían caído mal pero se quedó en una banca viendo a los perros ir y venir por ese parque, lentos como agotados, ni se olisqueaban el culo con gusto ni se veían colas arriba moviéndose con gracia. En los ojos de cada perro veía la misma tristeza que había visto días antes en el labrador. Pablo no sabía si los perros habían estado siempre así y él no se había dado cuenta porque no le interesaban, si eso era lo natural y él estaba aterrado porque apenas lo descubría, seguro los dueños de los perros ya se habían acostumbrado de tanto verlos.  Pablo le daba vueltas a sus dudas si dejar de mirar a los perros, no entendía cómo ellos no habían hecho nada al notar esa tristeza. Le dolió la cabeza, era el sol que le empezaba quemar la frente. Se encaminó al edificio y no pudo evitar sentir la sospecha con la que lo observaban sus vecinos, eran rostros acusadores.

Esas señoras y esos señores que no se daban cuenta de lo que pasaban con sus perros eran los mismos que lo querían echar del edificio. Trabajaba mal, equivocaba los códigos, no dejaba de darle vueltas a lo mismo. Sus vecinos habían decidido que él era el tipo que despreciaba a los perros cuando a quien de verdad detestaba era sus vecinos, se había negado a ir a cumpleaños y a matrimonios a reuniones comunales, había evitado navidad y año nuevo en el edificio, había pasado por mal educado a voluntad para no relacionarse con ellos, todo para que no volvieran a invitarlo todo para no estar en sus listas de vecino o amigo. Deseaba pasar inadvertido y nunca aceptó un cachorro porque eso lo hubiera comprometido de una manera familiar con quien se lo regalará y él no quería ser el compadre de ninguno de ellos.

En el escritorio de madera lacada y sin pintar donde estaban los equipos con los que Pablo trabajaba había una gaveta cerrada con llave en la que guardaba la única cosa que le había heredado su papá, un Smith Wesson calibre 38 largo sin funda con la cacha pelada. La primera y única arma que había empuñado en sus manos, con la que le había enseñado a disparar apuntándoles a las ardillas que se comían el maíz en la huerta de la casa donde se crío, con el que su papá mató al pastor alemán que se había vuelto gallinero y estaba dejándolos a ellos y a los vecinos sin huevos. El perro estaba amarrado a un carbonero entre el cafetal donde su papá hizo el hueco para enterrarlo, Pablo vio cuando le disparó, vio los ojos del perro en el último momento, eran ojos brillantes, saltones, felices.

Pablo sintió que tocaban la puerta y corrió abrir con el revólver en la mano, de eso se dio cuenta cuando vio las caras aterradas de sus vecinas. Se metió el revólver en la pretina del pantalón y le preguntó a sus vecinas qué era lo que necesitaban, lo dijo intentando poner un tono de voz intimidatoria, igual lo iban a echar. Las señoras venían acompañadas por sus perros. Ninguna podía ocultar la incomodidad de estar ahí, le entregaron a Pablo unas cuantas hojas y le explicaron lo que ya le había contado el vigilante. Pablo les dijo que de donde habían sacado ellas eso de que él despreciaba los perros y una de las señoras muy segura de sí le dijo que eso se notaba, que era obvio que así era y de eso todos en el edificio estaban convencidos. Pablo miró los perros y no pudo ver nada distinto de lo que ya venía viendo, animales acongojados como si fueran personas. Recibió la carta y no discutió con las señoras, les dio la espalda y cerró la puerta.


Pablo volvió al escritorio y siguió trabajando, cada cierto tiempo miraba las hojas que le entregaron las señoras, luego buscó en el banco de imágenes de google: “perros alegres” y las fotografías disponibles no le gustaron, lo que veía era gente maluca deseando animales y no animales deseando gente maluca. No podían gustarle los dueños de los perros y cuando Pablo dijo eso se asustó, en donde se iba a meter, a donde iba a vivir un tipo como él que estaba iniciando su enemistad con los dizque “propietarios” de los perros y con esa palabra horrible sentía que tenía razón que el equivocado no podía ser él, que los únicos que tenían que perderse del mundo eran los que decían sacando pecho “el perro es mío”.  Volvió a empuñar el revólver, a sentir el peso en la mano, salió del apartamento y entró al ascensor tenía las hojas en el bolsillo de la chaqueta y bajó al quinto piso a buscar el apartamento del primer vecino que aparecía como firmante en las hojas, tomó aire y tocó la puerta con la cacha. 

jueves, 6 de abril de 2017

Un monstruo

Esta semana hablé con un tipo malvado, desalmado y mezquino. Lo vi desde lejos preparándose para acabar con la armonía de la noche, sonriente, incluso se puede decir que le pone amor a lo que hace. El tipo se llama German y trabaja en el parque del barrio Villa Colombia. Hasta hace un año ese era un parque a secas y hoy es un parque biosaludable, o sea que instalaron un montón de fierros bien pintados que están al sol y al agua y que sirven para que la gente haga ejercicio y en efecto muchos gordos y otros no tan gordos pasan ahí la ultima hora de la tarde y la primera de la noche sudando la gota amarga. Ese es el entorno en el cual German se vuelve malo, enciende el horno a las 6.30pm y empieza preparar pizzas y la piña empieza a oler y las personas que se ejercitan no dejan de míralo y él amasa y manipula los ingredientes sonriente sabiendo que es la tentación, la amenaza de la dieta. German me dice que lleva dos semanas en el parque y que nunca había vendido tanto que es el mejor punto en el que ha estado y que espera que siga así. El tipo es un monstruo. 

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...