viernes, 16 de septiembre de 2016

Bolívar



En la esquina de la tercera con cuarta hay una casa de dos pisos con grandes ventanales y una pintura de Simón Bolívar montado en un caballo blanco que estaba ahí antes de que Mario comprara la propiedad. Frente a la casa hay tres locales, en el primero está el consultorio del odontólogo Garzón. En el segundo la peluquería de los Martínez y en el tercero la pastelería de los Gómez. Los tres llegaron tiempo después de que el Simón Bolívar fuera pintado en la casa. La imagen del libertador se convirtió en un punto de referencia para dar con los tres negocios y con otros cuantos sitios de interés ubicados en la calle tercera que cada vez es más comercial.

La casa fue rematada a buen precio y estaba ubicada en una zona de la ciudad que prometía valorizarse notoriamente en cinco o diez años o eso calculaba Mario orgulloso de su olfato para los negocios. Cuando vio la casa Mario preguntó por el Bolívar y el encargado de la venta no supo decirle por qué estaba ahí. El vendedor quiso ser chistoso y le dijo que la pintura no se cobraba por separado pero a Mario no le hizo gracia.

Estando ya en la casa Mario se dio cuenta de que la pintura de Bolívar era como la dirección de la calle tercera con carrera cuarta. Si alguien en el norte se quejaba de un dolor de muela y necesitaba un dentista le recomendaba ir al consultorio odontológico de Garzón en frente de la casa donde estaba pintado un Bolívar a caballo. Si una señora del sur quiere un peinado nuevo porque tiene una fiesta o una entrevista de trabajo le recomiendan la peluquería de los Martínez que está en el centro al frente de la casa que tiene pintado un Bolívar a caballo. Cuando el niño cumple años o la pareja de enamorados de los suburbios se une en matrimonio compran el pastel en el centro diagonal a la casa que tiene pintado un Bolívar a caballo. A Mario eso no le gustaba nada, empezó a imaginar que pronto él sería sólo el tipo que vivía en la casa donde estaba el Bolívar pintado.

Los arrendatarios de los locales le dijeron a Mario que no tenían ninguna responsabilidad al respecto, la casa a diferencia de todas las demás en la ciudad tenía en la fachada la pintura de un héroe patrio que no era desconocido para nadie a menos que fuera extranjero y que la gente lo tuviera en cuenta para ubicarse era lo más normal. De los reclamos lo único que Mario obtuvo fue una calza por la mitad del precio para que conociera el trabajo del mejor odontólogo de la ciudad quedara amañado y volviera con la familia, le dijo Garzón. Un corte de cabello del menor de los Martínez que según dijo lo iba a relajar y después un par de biscochos que le parecieron deliciosos y que él devoró con gesto de placer mientras la señora Gómez le decía que si el libertador hubiera probado los biscochos que ella hacia no se hubiera muerto.

Mario llamó a su hermana para contarle lo que pasaba con la pintura del Bolívar. Estaba abatido por la notoriedad de su nueva casa, no quería llegar a una ciudad para empezar de nuevo y terminar convertido de nuevo en la sombra de algo o de alguien. La hermana le dijo que no se angustiara por tonterías, siempre podía volver a pintar, o vender para invertir en otra parte.

La posibilidad de pintar de nuevo le pareció a Mario la mejor opción hasta que habló con la señora Gómez mientras degustaba de las delicias de la pastelería. Ella le dijo que borrar al Bolívar no tenía sentido alguno porque la pintura era más vieja que ella y toda la gente en la ciudad la conocía y aunque dejaran de verla iban a seguir usando la casa como referencia de la tercera con cuarta.

La señora tiene razón, dijo la hermana de Mario. A mí, me tocó irme a vivir en donde nadie me conociera porque allá no iba a dejar de ser un hombre intentando ser una mujer en cambio acá soy una mujer y nadie puede decir lo contrario. Mario le dijo que no era la misma situación y Ximena le dijo que sí, que se trataba de los mismo de no tener pasado o de poderlo cambiar si se quería, eso es lo que usted está haciendo allá también, huyendo del pasado, buscando ser usted. Mario se despidió y colgó el teléfono, lo ponía nervioso tener conversaciones serias con ella.

Buscó a un afamado artista de la ciudad y le enseñó la pintura de Simón Bolívar. Lo que quiero es que usted pinte a esta mujer montada en el caballo ahí atrás del libertador al anca, le dijo mientras le señalaba la pintura y le entregaba una foto de Ximena. El artista miró detenidamente la pintura y la foto ¿es su mujer? Le preguntó. No, mi mujer no… mi mujer ya no está. Esa es mi hermana, le respondió Mario.

El artista empezó a pintar esa misma tarde y en un par de semana terminó el trabajo que tanta curiosidad generó en las personas que pasaban por el lugar y se detenían a verlo y a preguntarle quién era esa. Mario observó con cuidado la pintura que antes no le gustaba. Ximena tenía razón en lo que le había dicho, él no podía cambiar el pasado que ya se había hecho, pero sí podía cambiar el de Bolívar inventándole una novia nueva. Mirando el mural pensó en llamarla y decirle que la había incluido en la historia para que dejara de joder. En la pastelería la señora Gómez le invitó un trozo de genovesa y lo felicitó porque así había quedado más bonita la pintura y siempre era más rico cabalgar acompañado.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Elías


Elías sabía firmar y leía con dificultad, eso nunca significó un problema para él que se dedicaba hacer mandados por unos cuantos pesos al que se lo pidiera. Arriaba mulas y también vacas que llevaba de un pueblo a otro para que las negociaran en las ferias ganaderas. Las letras le hicieron falta tiempo después de la muerte de Enrique el dueño de la lechería de Portales.

Cuando se enteró de que Magdalena llevaba viuda dos semanas empezó a darle vueltas en su cabeza a la declaración de amor más conveniente. Esperó a que se cumpliera el primer aniversario de la muerte de Enrique para ir al puesto de salud de Las Gaviotas y pedirle a la enfermera que lo ayudara a escribir una carta, ella que tenía estudio era la más indicada, le dijo Elías.

De las hijas de los Gutiérrez Magdalena había sido la última en casarse. Tenía 27 años cuando se fue de la casa con Enrique el dueño de la lechería de Portales. Negocio que le heredó su papá. Enrique tenía 30 años vividos todos en Portales dedicado al ganado de leche. Se hizo novio de Magdalena cuando ella tenía 20 años y se demoró todo ese tiempo para proponerle matrimonio porque le daba miedo que fuera algo precipitado. Él era así decía Magdalena. Ella tuvo que ponerse seria y decirle que si después de todos esos años no tenía claro que se quería casar con ella entonces que dieran todo por terminado y ella se iba a vivir con sus tíos en La Dorada.

Un primo de Enrique se había muerto ahogado en el río Magdalena cerca de La Dorada aprovechando una de las subiendas para pagar con pescado una deuda de licor que tenía en Marquetalia. Enrique no sabía nadar y después de la muerte de su primo no fue capaz de volverse a subir a una canoa o pasar un puente muy alto. Cuando Magdalena le dijo que se iba y él la imaginó metiéndose al río que tenía su mismo nombre le dijo que se casaran de inmediato. La mamá de Magdalena dice que su hija es la única mujer que conoce que le propuso matrimonio a al marido.

Elías empezó a dictarle la carta a la enfermera. “querida Mandalena sepa que la amo y me da pena y no es que yo crea que amar sea pecao pero me da pena que uste crea que me aprovecho de que esté viuda”. Elías se detuvo y guardó silencio, la enfermera estaba riéndose y él no veía lo chistoso, ella se contuvo y le ofreció disculpas. Le pidió que dijera de nuevo Magdalena y Elías dijo “Mandalena” la enfermera volvió a reír. Elías no dijo nada pero se veía molesto. Ella le dijo que iba ser muy difícil enamorarla si no era capaz ni de pronunciar bien el nombre y Elías volvió a decir “Mandalena”.

Terminaron de escribir la carta esa noche y la enfermera se había divertido tanto que se ofreció para escribir todas las declaraciones de amor que quisiera. Elías le dio las gracias y le dijo que si la próxima vez se iba a reír tanto de él mejor ni volvía.

Arriando vacas o amarrándole la carga a las mulas Elías se repetía en la cabeza “Magdalena” pero cuando lo decía en voz alta siempre se oía “Mandalena” otra Mandalena que no es mi “Mandalena” decía Elías.

El Papá de Magdalena era dueño de una finca cafetera enorme y en tiempos de cosecha cuando sus hijas eran solteras Elías había trabajado con él cargando café. Por esos días no le gustaba ninguna de ellas y menos Magdalena que sólo tenía buenos ojos y una sonrisa enorme para su novio. Se había puesto más querida después de casarse, decía Elías.

Con la carta en el bolsillo en un sobre marcado con su nombre y apellido lo que no decidía era sí debía entregar la carta en persona o sí mejor la deslizaba por debajo de la puerta cuando fuera de noche. No sabía si al entregársela en persona debía quedarse ahí de pie al lado de ella esperando a que la leyera o sí mejor le decía que la leyera cuando él ya se hubiera ido. No sabía si al levantarse ella sería la primera en ver la carta en el piso.  De pronto algún empleado se levantaba primero veía la carta y se quedaba con ella y no la entregaba o peor le cambiaba el nombre y enamoraba a Magdalena con las palabras de él.

Arrió mulas y vacas durante un mes. Fue de un pueblo a otro por caminos empantanados sin sacar la carta del bolsillo de la chaqueta. Buscando a un tipo que le debía la arriada de 20 vacas se encontró con la enfermera en la plaza de Marquetalia. Ella le preguntó por Magdalena y Elías le enseñó la carta que estaba empacada en una bolsa para que no se fuera a enmugrar. La enfermera le dijo no tenía sentido esa carta sino la entregaba y Elías le dijo que él sabía pero que no se decidía.

Elías siguió andando caminos como acostumbraba y cada cierto tiempo hacía transcribir la carta que llevaba en el bolsillo y no se decidía a entregar. Le ayudó un profesor de la escuela de Portales, un estudiante de bachillerato en Manzanares que al igual que la enfermera no paró de reírse mientras transcribía. La carta había sido vista por tanta gente que a Magdalena le llegaron primero los rumores de lo que Elías le quería decir que la tan mencionada carta. Y a Elías cualquiera le iba preguntando por Magdalena con cierta burla. Como si les importara, decía él.

Entre idas y vueltas Elías terminó llevando unas vacas hasta la lechería de Magdalena que por esos días acaba de sacar los restos de su esposo y ya no vestía de negro todo el tiempo. Elías creyó que ese trabajo era la oportunidad perfecta para entregarle la carta a la dueña de la lechería y así lo planeó durante todo el recorrido. Estando en Portales arriando las vacas al potrero Elías como tantas otras veces cambió de opinión y prefirió irse inmediatamente después de hablar con el empleado encargado de recibir los animales. No quería hacer el ridículo con ella que seguro estaba al tanto de lo que rumoreaba la gente sobre su declaración de amor.

Magdalena que lo vio llegar desde la ventana de la cocina fue hasta las pesebreras donde estaban los empleados, saludó y sin dar vueltas le preguntó a Elías si tenía algo para entregarle. Elías nervioso no sabía qué hacer, la miraba a ella y a los empleados que divertidos esperaban verlo sacar del bolsillo la dichosa carta.

Elías se esculcó y sacó la carta que estaba limpia como si recién la hubieran escrito, le dijo que la leyera cuando él ya se hubiera ido. Magdalena recibió la carta y le sonrió. Y por qué no me la entregó antes, preguntó ella. Elías bajó la cabeza se miró los zapatos empantanados y le dijo que tenía miedo de que fuera muy precipitado. Magdalena guardó silencio por un momento y después rió sonoramente.


lunes, 5 de septiembre de 2016

La improbabilidad de los otros





Asphalte la película de Samuel Benchetrit califica dentro de lo que llaman cine coral y nos presenta una serie de personajes que tienen en común el mismo lugar de residencia, un edificio viejo y gris en el que no sirve el ascensor; además un sentimiento, la soledad fría y silenciosa.


Es en ese estado de ausencia del otro donde sucede lo improbable para los personajes. Cada uno rompe con su silencio cuando alguien inesperado aparece para dar sentido al vacío. Un joven que vive con una mamá que nunca está. Una mamá que espera el fin de semana para visitar a su hijo en la cárcel. Un hombre en silla de ruedas que va en las noches a un hospital cercano a comer papás fritas de la máquina expendedora de uno de los pasillos de urgencias. Un astronauta perdido después de que su misión fallara. Una actriz golpeada por los años y un divorcio que la sume en la bebida. Una enfermera con un turno nocturno que no sonríe.


En Asphalte la soledad es la posibilidad de interpretar un sonido extraño y darle una historia una cualquiera que sea la dictada por la imaginación y el fin de la soledad es tener la oportunidad de compartir con alguien la historia improbable del origen de ese ruido.  

A veces es más fácil aceptar lo improbable que explicarnos la obviedad de una soledad que no entendemos, de una incomunicación que no vimos venir. Que la historia no es para nada triste y que soy yo el que la caga dándole esta orientación a mi comentario, en mi defensa diré que la vi el domingo en la tarde.



viernes, 2 de septiembre de 2016

Laura



Laura dejó el talonario en la mesa del comedor y fue a la concina a tomarse un vaso de agua. En la sala Miguel miraba un partido de Fútbol. El Atlético de Madrid le ganaba 1-0 al Real Madrid y cada que la posibilidad de empate se veía cerca Miguel gritaba emocionado.

Con el vaso en la mano Laura se sentó en el sofá al lado de Miguel y le dio un beso. Lo miró con una pequeña sonrisa que se borró cuando le dijo que sólo había vendido una boleta en toda la tarde.

Además de hacer rifas Laura también salía a vender arroz con leche y tamales los fines de semana, desde que su esposo se había lastimado la rodilla derecha jugando un torneo en la cancha de la 73 a Laura no le había quedado de otra, con Miguel en la casa sin poder trabajar el sueldo de ella no alcanzaba.

La pierna de Miguel estaba puesta sobre la mesa de centro con el pie apoyado en un almohadón, el médico le había dicho que si quería que la operación fuera exitosa y esa rodilla le quedara sirviendo para algo tenía que permanecer en la casa sin trabajar mínimo cuatro meses.

No era la primera vez que Miguel se golpeaba jugando pero sí la primera vez que requería de cirugía y además se quedaba tanto tiempo sin poder trabajar. Hasta el día de la lesión Miguel llevaba tres años jugando de medio campista con el mismo equipo, la mayoría de los jugadores al igual que él se dedican a la construcción.

Por esos días Laura terminaba su turno en la farmacia y llegaba a la casa a cambiarse para salir a tocar puertas y a buscar amigos y conocidos que le colaboraran, se sentía cansada. Miguel decía que lo mejor era conseguir un préstamo que se pudiera ir pagando con despacio cuando él empezara de nuevo a trabajar, así ella se evitaba la molestia pero Laura decía que no porque los prestamos igual había que pagarlos y justamente era plata lo que no tenían.

En respuesta a lo dicho por Laura sobre la venta de las boletas Miguel dijo que era el colmo que el Real no fuera capaz de ganarle al Atlético. Laura se levantó del sofá y se fue al cuarto de la niña a ver cómo iba con la tarea. Estaba muy cansada y no era por tener que salir a vender boletas o comida, estaba cansada de Miguel, estaba cansada del fútbol.

Mientras más lo pensaba menos entendía y eso la enfadaba, quería decirle a Miguel lo que sentía pero no podía, le faltaba decisión. Cuando lo veía intentando bañarse sin ayuda gimiendo de dolor Laura se arrepentía, lo que ella quería decir no iba ayudar en nada.

El día que la rifa jugó Laura tenía en el talonario veinte boletas sin vender y confiaba en que una de esas saliera ganadora, pero no fue así y tuvieron que pagar el premio, las ganancias no fueron las imaginadas. Algo es algo dijo Miguel.

Laura siguió vendiendo postres y almuerzos los fines de semana y siguió respondiendo las preguntas de los clientes y conocidos que preguntaban por el estado de Miguel, ella les decía que iba bien, lento pero bien. Sin importar el esfuerzo de Laura las deudas fueron apareciendo y eso la entristecía.

Miguel guardaba reposo, asistía a las terapias y en la tarde veía futbol, los partidos de la copa libertadores, la chanpions, la liga águila, la premier league y en últimas cualquier partido que fuera televisado.

El partido entre el Barcelona y el Bayern de Múnich iba empatado 1-1 y Miguel no despegaba los ojos de la pantalla. Laura llegó del trabajo y se sentó en el sofá, lo saludó sin acercarse. Se quedó mirándole la rodilla y le preguntó: “¿Miguel qué de bueno nos ha dado el fútbol?” Miguel miró extrañado a su esposa y entreabrió los labios para decir algo cuando el narrador de acento argentino gritó gol y Miguel dijo: “Eso Bayerm hijuepta gol gol gol”.

sábado, 27 de agosto de 2016

Tolomeo



Me aguanto, aprieto y no miro a Marcos para no azararlo. Estamos uno al lado del otro en el baño de Bar Tolomeo el sitio de moda del último mes. Marco lleva una semana diciendo que es posible viajar a alguna dimensión desconocida o universo paralelo si dos personas orinan aquí justo al mismo tiempo. Yo aprieto porque él no ha sido capaz de soltar el chorro y es la tercera vez que entramos. Estamos tomando cerveza desde las ocho de la noche y acá seguimos, yo que me meo y el que no mea.

La última vez que Marcos y yo nos emborrachamos juntos fue en la fiesta de bautismo de uno de mis sobrinos, había aguardiente a más no poder y no tuvimos que pagarlo. Desde ese día Marcos dejo de tomar porque se quitó la camiseta y bailo moviendo sensualmente la pelvis al lado de mi abuelita mientras le preguntaba si le gustaba más Daft Punk o Chemical Brothers, él no recordaba nada de eso pero en mi familia disfrutamos muchos mostrándole  el video que hizo mi cuñado.

Ir a Tolomeo no me animó mucho, no me gustan los sitios de moda y menos ese bar que se popularizo de un momento a otro por la desaparición de un par de tipos de los que nadie sabe nada. Los noticieros dijeron que esos muchachos fueron vistos por última vez en el baño para hombres de Bar Tolomeo, de pie uno al lado del otro frente a los orinales. No se sabe nada de ellos desde ese día, nadie los vio más, nadie los vio salir. El caso sigue siendo investigado, durante un mes el bar estuvo cerrado hasta que se demostró que no seguían adentro.

La hipótesis propuesta por Marcos es justo la que nos tiene a los dos en éste baño mirando las baldosas blancas sucias del piso con los pipis en las manos intentando mear justo al mismo tiempo. Marcos dice que todo consiste en mear al mismo tiempo, en que los dos chorros de pipi toquen justo al mismo tiempo el orinal, justo al mismo tiempo, yo le digo que debería parar y dejar de repetir lo mismo pero él lo sigue diciendo: “al mismo tiempo”.

Mi hipótesis sobre la desaparición de los dos tipos según Marcos es absurda y nadie se la cree. Le dije que seguramente los mataron y picaron en el baño en pedacitos pequeñitos y que luego los pusieron en el inodoro y fueron tirando de la cisterna una y otra vez hasta deshacerse de todo.

Marcos guarda de nuevo su pipi, no puede mear. Yo lo hago, descanso y emito un suspiro enorme. Volvemos a la mesa del bar donde estábamos y seguimos tomando cerveza esperando que de nuevo Marcos quiera ir al baño.

Marcos escribió una nota detallada previendo que esa noche los dos entraríamos al baño de Bar Tolomeo para no volver a salir jamás, la dejó en su cuarto donde pueda ser vista y en ella explica cómo ir a otros mundos usando el baño de un bar. Seremos recordados por todos como los hombres que han abierto la puerta a nuevos mundos, seremos tan importantes como el primer hombre que puso un pie en la luna. Yo me reí cuando dijo eso porque no tengo la menor idea del nombre del astronauta que fue a la luna.

Seguimos tomando cerveza y hablando y mirando a la gente que está en el bar, hay muchas mujeres lindas pero Marcos me dice que no estamo para buscar con quien tirar, me pide que me concentre, lo que buscamos es más grande que todo lo existente, esos tipos desaparecidos fueron los primeros en irse pero nosotros seremos los primeros en patentarlo.

Tres cervezas más y volvemos al baño nos paramos frente al orinal. Yo estoy ahí aparentando, miro a mi amigo y me dice que ahora sí, que ahora sí lo vamos a lograr. Empieza la cuenta regresiva, estamos listo, cuatro, tres, yo lo miro y él me mira, dos, yo no creo en nada de esto, pero estoy contento porque salimos a tomar otra vez y él es el que está pagando, uno y orinamos, lo dejamos salir. Miro al piso y las baldosas están sucias pero ya no son blancas, son verdes, Marcos me mira y se ríe.

lunes, 15 de agosto de 2016

Gladis



Pachaco empezó a quedarse en el puesto de salud veredal de las gaviotas, la enfermera lo dejaba echarse en la entrada y le daba comida, no sabía si tenía casa o no. Era un perro mediano de color gris, se le notaban el peso de los años en lo opaco del pelaje. Nadie le dijo a María la enfermera que el perro era de Gladis y ella no imaginó que la señora llegara a  reclamar al animal como si se lo hubiera robado.

-usted qué se creyó, venir a robarme a pachaco, aprovechada es que es, dizque enfermera, cuales, usted cómo se le ocurre quitarle los perros a la gente, jemejante, habrase visto, jemenante si lo quiere tanto cómprelo, si le gusta tanto pachacho entonces cómprelo-, dijo Gladis muy alterada.

María preocupada miraba a la señora sin saber que le pasaba, el perro estaba en medio de las dos moviendo la cola y olisqueando los pies de su dueña.

-yo no le he robado nada señora, el perrito viene todos los días y se echa acá en la entrada y a mí no me gusta espantar a los animalitos, –dijo María.

Gladis levantó una mano con el dedo extendido señalándola, iba a contestarle algo a la enfermera cuando se desgonzó sin caer al piso porque María alcanzó a sostenerla. Gladis se había desmayado. Era una mujer pequeña que cojeaba, tenía la pantorrilla izquierda renegrida, el pelo corto canoso y despeinado. María no era muy fuerte pero la arrastró hasta el consultorio sin mayor dificultad, la puso en la camilla y remojó una mota de algodón con alcohol que le puso bajo la nariz.

Cuando Gladis se recuperó la enfermera le tomó la presión que estaba muy alta, Gladis le dijo que era hipertensa. María quiso saber si la señora tomaba algún medicamento y Gladis le dijo que no le interesaba ponerse a tomar pepas porque no le gustaban y que se le olvidaban y que además eso era muy caro y que sólo creía en las bebidas de matas aromáticas.

Gladis se sintió mejor y salió del puesto de salud, llamó a su perro que la siguió con desgana y le dijo de nuevo a María que si le gustaba tanto el perro que lo comprara.

María preguntó a los vecinos por la señora, según le dijeron Gladis tenía tres hijos pero ninguno vivía cerca, no mantenían una relación constante, había perdido el marido hacía muchos años y tenía una finca pequeña con unos cuantos palos de café viejos. Algunos vecinos le dijeron que vivía sola y otros le dijeron que le pagaba a un señor para que trabajara la finca y viviera con ella. María también buscó en el historial que guardaba el puesto de salud el registro de los pacientes atendidos. El trabajo de María y sus antecesoras era de promoción y prevención y jornadas de vacunación eso y una que otra emergencia relacionada con el trabajo en las fincas, una que otra sutura y curaciones. En la carpeta de registro de la tercera edad aparecía Gladis Gómez, hipertensa de 63 años en control permanente,  la enfermera anterior la visitaba semanalmente.

María quiso continuar con esas visitas teniendo en cuenta que el estado de Gladis no parecía el mejor. Bajó a su casa días después de haberla atendido en el puesto de salud, la acompañó Pachacho que sin importar la molestia de su dueña siguió visitando a María.

Un jornalero de una finca cercana cautivado por la belleza de la nueva enferma de Las gaviotas la visitaba todas las tardes, le llevaba frutas o revuelto y se quedaba hablando con ella un rato. Él fue quién le explicó cómo llegar a la casa de Gladis.

-No hay que ser muy inteligente para hacer lo que hizo ese perro, eso lo ve cualquiera, como no va a ser mejor estar con una mujer joven y bonita que con esa viejita. –dijo el jornalero. A María el comentario no le gustó, no le dijo nada a su admirador pero él suspicaz notó que la había cagado y se apresuró a despedirse.

Gladis estaba al pie del lavadero despercudiendo una montaña de camisas de hombre, la enfermera la interrumpió con su saludo. María se quedó de pie en el patio y el perro siguió y se echó en un costal tirado en una esquina del corredor. Gladis se alejó del lavadero y saludó a la enfermera, la invitó a seguir y a sentarse. María siguió y se sentó en una banca de madera. Gladis le trajo aguapanela de la cocina, la cojera no le impedía moverse rápido. María miraba a la señora que se veía mucho más segura y saludable en su casa, incluso parecía estar de buen humor.

María desempacó el tensiómetro y examinó a Gladis que estaba sentada en la cama. Afuera en el patio se sintió un ruido.

-hágale rápido, vea que llegó mi amor y tengo que ir a ofrecerle aguapanelita –Dijo Gladis-, jemejante de todos modos eso nunca es capaz uno de controlar esa presión, más de lo que vino la otra enfermera y vea yo sigo lo mismo.

Gladis salió del cuarto y María empacó de nuevo sus cosas. Al volver al patio Gladis estaba sentada en la banca al lado de un hombre fornido y sudoroso que se había quitado las botas plásticas antes de pisar el corredor, tomaba aguapanela despacio mirando la taza, -que panela tan fea la que está sacando don Alfredo, pura cachaza, -dijo el tipo.

-buenas tardes –dijo María dirigiéndose al hombre.

-dotora cómo le va –dijo él.

Se levantó de la banca y le ofreció la mano derecha a María.

-Pablo Gutiérrez pa lo que necesite dotora

-muchas gracias, pero no soy doctora, enfermera de momento, María Giraldo –dijo- estrechándole la mano.

Pablo se volvió a sentar y Gladis aprovechó para tomarlo de la mano y entrelazar sus dedos con los de él, luego le dio un beso en los labios. Pablo no tenía más de cuarenta años. María observaba la escena y sonreía.

-Entonces doña María, qué pasa con Gladis, está enferma.

-No señor, nada grave si ella se cuida, la hipertensión es de cuidado y ella tiene que ir a los controles y tomarse las pastas.

-yo le he dicho mucho doña María pero ella no cree. Ella es complicada

Gladis en medio de los dos no decía nada y, seguía apretando la mano de Pablo como si tuviera miedo de que se le fuera a escapar.

María le entregó a Pablo unas pastillas y le dijo que iba a seguir viniendo una vez a la semana para llevar un control, le parecía lo más indicado después del desmayo de la semana pasada, le recomendó de nuevo a Gladis que se las tomara.

-Hablando de ese desmayo, que pena con usted doña María que ella fuera allá al puesto de salud a molestarla por lo del perro, vea que ella es muy celosa.

-Tranquilo, yo entiendo, yo también soy muy celosa con mis mascotas, el perrito es de ella, es normal que se moleste.

-No doña, celosa del perro no, celosa conmigo. Yo le dije que había llegado una enfermera nueva muy bonita y véala se enfureció. Ahí si le dio por irse a buscar al perro, viendo que ella sabe que a ese animal le encanta mantener allá en ese puesto de salud, la enfermera de antes lo cebó, le traía huesos del pueblo y todo.

Gladis le soltó la mano a Pablo y se fue para la cocina, tenía el rostro colorado. No dijo nada en su defensa y permaneció frente al lavaplatos lavando loza que ya estaba limpia.

-ella es así, usted no le pare bolas

María, apenada, se despidió y emprendió el camino de herradura para volver al puesto de salud. Ese fin de semana esperaba viajar al pueblo a ver a su familia. Pachaco se fue de nuevo con ella. María le acaricio la cabeza divertida.

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...