Pachaco empezó a
quedarse en el puesto de salud veredal de las gaviotas, la enfermera lo dejaba
echarse en la entrada y le daba comida, no sabía si tenía casa o no. Era un
perro mediano de color gris, se le notaban el peso de los años en lo opaco del
pelaje. Nadie le dijo a María la enfermera que el perro era de Gladis y ella no
imaginó que la señora llegara a reclamar
al animal como si se lo hubiera robado.
-usted qué se creyó,
venir a robarme a pachaco, aprovechada es que es, dizque enfermera, cuales,
usted cómo se le ocurre quitarle los perros a la gente, jemejante, habrase
visto, jemenante si lo quiere tanto cómprelo, si le gusta tanto pachacho
entonces cómprelo-, dijo Gladis muy alterada.
María preocupada miraba
a la señora sin saber que le pasaba, el perro estaba en medio de las dos
moviendo la cola y olisqueando los pies de su dueña.
-yo no le he robado
nada señora, el perrito viene todos los días y se echa acá en la entrada y a mí
no me gusta espantar a los animalitos, –dijo María.
Gladis levantó una mano
con el dedo extendido señalándola, iba a contestarle algo a la enfermera cuando
se desgonzó sin caer al piso porque María alcanzó a sostenerla. Gladis se había
desmayado. Era una mujer pequeña que cojeaba, tenía la pantorrilla izquierda
renegrida, el pelo corto canoso y despeinado. María no era muy fuerte pero la
arrastró hasta el consultorio sin mayor dificultad, la puso en la camilla y
remojó una mota de algodón con alcohol que le puso bajo la nariz.
Cuando Gladis se
recuperó la enfermera le tomó la presión que estaba muy alta, Gladis le dijo que
era hipertensa. María quiso saber si la señora tomaba algún medicamento y
Gladis le dijo que no le interesaba ponerse a tomar pepas porque no le gustaban
y que se le olvidaban y que además eso era muy caro y que sólo creía en las
bebidas de matas aromáticas.
Gladis se sintió mejor
y salió del puesto de salud, llamó a su perro que la siguió con desgana y le
dijo de nuevo a María que si le gustaba tanto el perro que lo comprara.
María preguntó a los
vecinos por la señora, según le dijeron Gladis tenía tres hijos pero ninguno vivía
cerca, no mantenían una relación constante, había perdido el marido hacía
muchos años y tenía una finca pequeña con unos cuantos palos de café viejos.
Algunos vecinos le dijeron que vivía sola y otros le dijeron que le pagaba a un
señor para que trabajara la finca y viviera con ella. María también buscó en el
historial que guardaba el puesto de salud el registro de los pacientes atendidos.
El trabajo de María y sus antecesoras era de promoción y prevención y jornadas
de vacunación eso y una que otra emergencia relacionada con el trabajo en las
fincas, una que otra sutura y curaciones. En la carpeta de registro de la
tercera edad aparecía Gladis Gómez, hipertensa de 63 años en control
permanente, la enfermera anterior la
visitaba semanalmente.
María quiso continuar
con esas visitas teniendo en cuenta que el estado de Gladis no parecía el
mejor. Bajó a su casa días después de haberla atendido en el puesto de salud,
la acompañó Pachacho que sin importar la molestia de su dueña siguió visitando
a María.
Un jornalero de una
finca cercana cautivado por la belleza de la nueva enferma de Las gaviotas la
visitaba todas las tardes, le llevaba frutas o revuelto y se quedaba hablando
con ella un rato. Él fue quién le explicó cómo llegar a la casa de Gladis.
-No hay que ser muy
inteligente para hacer lo que hizo ese perro, eso lo ve cualquiera, como no va
a ser mejor estar con una mujer joven y bonita que con esa viejita. –dijo el
jornalero. A María el comentario no le gustó, no le dijo nada a su admirador
pero él suspicaz notó que la había cagado y se apresuró a despedirse.
Gladis estaba al pie
del lavadero despercudiendo una montaña de camisas de hombre, la enfermera la
interrumpió con su saludo. María se quedó de pie en el patio y el perro siguió
y se echó en un costal tirado en una esquina del corredor. Gladis se alejó del
lavadero y saludó a la enfermera, la invitó a seguir y a sentarse. María siguió
y se sentó en una banca de madera. Gladis le trajo aguapanela de la cocina, la
cojera no le impedía moverse rápido. María miraba a la señora que se veía mucho
más segura y saludable en su casa, incluso parecía estar de buen humor.
María desempacó el
tensiómetro y examinó a Gladis que estaba sentada en la cama. Afuera en el
patio se sintió un ruido.
-hágale rápido, vea que
llegó mi amor y tengo que ir a ofrecerle aguapanelita –Dijo Gladis-, jemejante de
todos modos eso nunca es capaz uno de controlar esa presión, más de lo que vino
la otra enfermera y vea yo sigo lo mismo.
Gladis salió del cuarto
y María empacó de nuevo sus cosas. Al volver al patio Gladis estaba sentada en
la banca al lado de un hombre fornido y sudoroso que se había quitado las botas
plásticas antes de pisar el corredor, tomaba aguapanela despacio mirando la taza,
-que panela tan fea la que está sacando don Alfredo, pura cachaza, -dijo el
tipo.
-buenas tardes –dijo
María dirigiéndose al hombre.
-dotora cómo le va
–dijo él.
Se levantó de la banca
y le ofreció la mano derecha a María.
-Pablo Gutiérrez pa lo
que necesite dotora
-muchas gracias, pero
no soy doctora, enfermera de momento, María Giraldo –dijo- estrechándole la
mano.
Pablo se volvió a
sentar y Gladis aprovechó para tomarlo de la mano y entrelazar sus dedos con
los de él, luego le dio un beso en los labios. Pablo no tenía más de cuarenta
años. María observaba la escena y sonreía.
-Entonces doña María,
qué pasa con Gladis, está enferma.
-No señor, nada grave
si ella se cuida, la hipertensión es de cuidado y ella tiene que ir a los
controles y tomarse las pastas.
-yo le he dicho mucho
doña María pero ella no cree. Ella es complicada
Gladis en medio de los
dos no decía nada y, seguía apretando la mano de Pablo como si tuviera miedo de
que se le fuera a escapar.
María le entregó a
Pablo unas pastillas y le dijo que iba a seguir viniendo una vez a la semana
para llevar un control, le parecía lo más indicado después del desmayo de la
semana pasada, le recomendó de nuevo a Gladis que se las tomara.
-Hablando de ese
desmayo, que pena con usted doña María que ella fuera allá al puesto de salud a
molestarla por lo del perro, vea que ella es muy celosa.
-Tranquilo, yo
entiendo, yo también soy muy celosa con mis mascotas, el perrito es de ella, es
normal que se moleste.
-No doña, celosa del
perro no, celosa conmigo. Yo le dije que había llegado una enfermera nueva muy
bonita y véala se enfureció. Ahí si le dio por irse a buscar al perro, viendo que
ella sabe que a ese animal le encanta mantener allá en ese puesto de salud, la
enfermera de antes lo cebó, le traía huesos del pueblo y todo.
Gladis le soltó la mano
a Pablo y se fue para la cocina, tenía el rostro colorado. No dijo nada en su
defensa y permaneció frente al lavaplatos lavando loza que ya estaba limpia.
-ella es así, usted no
le pare bolas
María, apenada, se
despidió y emprendió el camino de herradura para volver al puesto de salud. Ese
fin de semana esperaba viajar al pueblo a ver a su familia. Pachaco se fue de
nuevo con ella. María le acaricio la cabeza divertida.
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