Que
polvero tan hijueputa dijo el cuñao después de que pasaran dos camionetas de
estacas cargadas con canecas metálicas llenas de gasolina que trasportaban de
La Dorada hasta Pensilvania. ¡Ramírez! pilas pues con esa puta manguera a ver, a
remojar ese polvero de mierda que ya me mame de tragar tierra, dijo el cuñado
acomodándose la pistola en la pretina del pantalón mientras se tomaba una
cerveza en el billar del enano.
Ramírez
ejecutó la orden en el acto como tenía que ser cada que el cuñao hablaba, es
que yo no repito decía el cuñao. El grupo había llegado al caserío seis meses
atrás, estaba compuesto por 15 hombres de entre 20 y 30 años con el cuñao al
mando. Decían que eran más pero en La Soledad siempre había 10 hombres, ni uno
más. El más nuevo en ese grupo era Ramírez que venía de Bogotá donde le había
servido de escolta a uno del alto mando que nunca se ponía uniforme.
Sabe
qué es lo chimba del camuflado, dijo Ramírez. Pues que uno se camufla marica
que más va a ser, pa eso es que le toca ponérselo a uno, le dijo Patotas que
estaba ahí al lado sentado en una piedra viendo cómo iba quedando mojada la
carretera. Pues sí, pero eso es obvio, yo digo es que es una chimba porque uno
le puede echar harta mugre y ni sé nota; allá en Bogotá si me tocaba a toda
hora en ropa de calle y eso le toca a uno cambiarse todos los días en cambio
vea acá llevo tres días sin lavar este pantalón y con el polvero que hay, dijo
Ramírez. Es que usted es muy cochino hermano que puto en vez de lavar ni que
estuviéramos en el monte, le dijo Patotas.
El
agua dejó de caer sobre la carretera, Ramírez cortó el chorro para no mojar a
unas señoras que pasaban en el momento. Buenas tardes saludaron las señoras y
Ramírez y Patotas respondieron sonrientes con sus fusiles al hombro. No hombre
no es por ser cochino es porque el camuflado se presta, dijo Ramírez mientras
seguía mojando la carretera. Patotas no le dijo nada y se fue trotando al
billar del enano, el cuñao lo estaba llamando.
Terminada
la tarea Ramírez cerró la llave y guardó la manguera. En la casa no había nadie
todos los muchachos estaban siguiendo indicaciones del cuñao. Algunos estaban
de guardia en los barrancos altos de donde se veía el caserío en su totalidad,
otros estaban cobrando las vacunas, cerca al cuñao siempre deben haber dos
personas y algunos hombre también deben estar recorriendo en moto la carretera
para asegurar el trasporte de gasolina robada cerca de La Dorada.
Socorro
la señora que el cuñao consiguió para que les cocinara le ofreció a Ramírez un
tinto que el acepto sin hacerse de rogar y tuvo que dejarlo empezado porque el
cuñao lo llamó y él no podía demorar, el cuñao no repetía dos veces.
Ramírez
mire bien las bolas ¿cierto que yo soy capaz de hacer esa carambola porque a mí
no me queda grande nada en la jijuputa vida? dijo el cuñao señalando la jugada
con el taco. Claro patrón usted hace esa y veinte más porque acá no hay quién
juegue como usted no hay quién le de la talla, respondió Ramírez que era un
jugador de billar aventajado capaz de ganarle al cuñao y cualquier otro cuando
quisiera pero que se hacía el flojo para no meterse en problemas. El cuñao
sabía lo bueno que era Ramírez y por eso lo llamaba para preguntarle. Ahora no
estoy jugando con nadie Ramírez pero aquí su amigo Patotas dice, no, no dice,
apuesta 20 mil a que fallo, dijo el cuñao. No le pare bolas patrón que él no
sabe nada y giró para decirle a Patotas que le apostaba doble o nada a que el
cuñao hacía la carambola. El Patotas miró al cuñao y miró a Ramírez y dijo
intimidado que no, que él no apostaba que él era por joder que él sabía que el
cuñao era el mejor y no fallaba.
Hacía
unos meses unos cogedores de café que estaban trabajando en una finca al bordo
del rio y subían todas las noches al caserío para jugar billar y mecatear, lo
primero que hizo el cuñao y sus hombres fue requisarlos y pedirles papeles,
preguntarles de dónde eran y a qué venían, eso hacía con todos los forasteros
para asegurar que no fueran colaboradores de la guerrilla. Uno de esos
forasteros le ganó tres veces en una semana al cuñao con varías carambolas de
ventaja, el cuñao se emputó y le dio ese resto de semana para que se fuera.
Allá
en Bogotá yo jugaba con unos socios y apostábamos arroz chino porque no
podíamos apostar cerveza ni nada, al patrón no le gustaba un culo que
trabajáramos borrachos, oiga y que verracos tan malos yo nunca había comido
tanto como en esos días, es que no ganaban ni una. Patotas soltó una carcajada
que interrumpió Ramírez y desconcentró al cuñao que tacó mal y se comió la
carambola, tiró el taco sobre la mesa y se fue putiando a sus dos hombres, se tomó de un solo trago una cerveza fría que le
destapó el enano cuando lo vio fallar la jugada.
Ramírez
y Patotas salieron en silencio del billar y se quedaron afuera. Éste marica tan
bobo por qué le dio por reírse ahí, un día esto nos va hacer levantar a golpes,
dijo Ramírez. Pues yo que iba a saber que no me podía reír, es que me pareció
muy gracioso eso de apostar arroz chino, es que eso es muy chimbo, dijo
Patotas. Yo no le veo nada de raro, usted qué cree pues que uno cuidando esos
duros allá en la ciudad anda de pura fiesta, no señor no crea, eso es aburrido,
además hasta mal le va uno con la comida, a esos duros no les importa si uno ya
comió o si no ha comido en todo el día, dijo Ramírez,
además que mejor que jugar y comer arroz, yo no le veo ningún problema.
En
la plaza del caserío unos niños jugaban con una pelota que cayó cerca de
Patotas que la devolvió de un puntapié. Sabe qué, a mí es que ese arroz chino
no me gusta, yo no apostaría eso, dijo Patotas. A mí sí me gusta pero el que
hacen los chinos de verdad porque hay restaurantes chinos que no son de chinos,
dijo Ramírez. Yo he visto que en todos los restaurantes chinos o por lo menos
los pocos que yo he conocido tienen colgada la foto de un señor viejo parecido
a ellos, quién es ese, un santo de ellos o qué, dijo Patotas. Ramírez se rió,
este marica tan bobo, cuál santo, ese que usted dice es Mao ese fue un
presidente de ellos o algo así.
Saben
qué es lo que pasa muchachos que hay mucho guevón creyendo que las cosas se
hacen solas y entonces esos guevones que creen eso se paran por ahí a hablar
mierda y hacer nada así como están haciendo ustedes dos ahí, dijo el cuñao. A
ver pues a moverse a mover ese puto culo, Ramírez a darle de comer a los perros
y usted Patotas que pasó con esos plátanos verdes que le pedí pa que me hagan
patacones ahora por la noche.
Patota
dio media vuelta listo para irse a hacer lo que el cuñao le pedía pero antes de
eso le pregunto sí él sabía quién era Mao. El cuñao lo miró mal y le dijo que
él qué hijueputas iba a saber quién era ese. Patrón es que en los restaurantes
chinos siempre tienen una foto de Mao así ya no estén en china, una foto de Mao
grande colgada en la pared, dijo Ramírez. Y que es lo que quieren este par de
bobos hijueputas que vayamos restaurante por restaurante y les hagamos quitar
la foto esa o qué, dijo el cuñao enojado. No patrón no es eso, nosotros no más
decíamos que nos parecía llamativo y pues chimba también que lo respeten a uno
así, dijo Patotas. Ramírez asintió al lado de él apoyándolo. Llamativo es que
uno sea capaz de trabajar con tantos atembaos malparidos como ustedes, dijo el
cuñao.
Estaba
enojado con Ramírez y Patotas, había estado a nada de hacer la carambola aunque
fuera difícil y por culpa del escándalo de ellos dos se había quedado con las
ganas de celebrarla y restregársela en la cara a Ramírez que era mejor que él
jugando pero que se hacía el huevón, le daba rabia que fuera cobarde y lo
creyera bobo como si él no se diera cuenta que a veces se dejaba ganar.
El
cuñao siguió tomando cerveza en el billar del enano. De las camionetas que
cargaban las canecas con gasolina robada se bajó un hombre de civil con una
pistola en la pretina y le entregó al cuñao las cuentas del número de canecas
trasportadas y además el informe del número de galones vendidos que debían
comprar obligatoriamente los dueños de carros de servicio público de la región.
Antes de que el hombre se subiera de nuevo al carro el cuñao le preguntó si él
sabía quién era Mao. El muchacho le dijo que Mao era como le decían al que
manejaba la otra camioneta, se llama Mauricio y le dicen Mao. El cuñao se quedó
mirándolo y soltó una sonora carcajada, se le veía al tipo en la cara que
estaba hablando enserio y no le estaba manando gallo, le dijo que bueno y lo
dejó irse sin preguntarle nada más.
Entre
la gente se rumoraba que el cuñao y sus hombres alimentaban a los perros con
los cuerpos de la gente que mataban. Ramírez abrió un bulto de concentrado y
puso comida en cuatro recipientes y los puso dentro de las jaulas donde estaban
encerrados los perros. A Ramírez no le gustaban los dóberman y menos esos, no
le gustaba quedarse mucho tiempo con ellos en esas jaulas, no como hacían
algunos de sus compañeros que les hablaban y los acariciaban.
Patotas
consiguió el racimo de plátanos para los patacones en la finca de don Alcides
que siempre tenía plátano jecho. Por la noche cuando estaban comiendo el cuñao
que estaba más calmado le preguntó a Ramírez y a Patotas quien era Mao. Ramírez
le dijo que había sido el máximo dirigente del comunismo chino. Un guerrillero
malparido era el tal Mao ese si ven esa plaga es aterradora decir que fueron a
dar hasta china eso como está de lejos, dijo el cuñao sosteniendo un pedazo de
chicharon en la mano. Ramírez y Patotas se miraron pero no dijeron nada y
siguieron comiendo.
Entonces
mañana vamos a hacer algo nosotros, dijo el cuñao, mañana nos vamos pal pueblo
a que me hagan un foto estudio bien chimba y luego las sacamos grandes así como
un afiche y las repartimos por todo lado pa que la gente tenga en la casa la
cara mía y me estén viendo a toda ahora así como los chinos con el tal Mao ese,
si pudo él entonces yo puedo también. Oiga patrón y a usted no le parece eso
como muy dispendioso, dijo Patotas. No señor ningún dispendioso ni que nada,
dispendioso tener que matar a tanto pillo que hay por ahí eso sí pero esto no,
mañana mismo empezamos, dijo el cuñao y se paró de la mesa y se fue a su
cuarto.
Todo
culpa de este malparido ponerse hablar del tal Mao, dijo Ramírez mirando a Patotas.
Tan huevón culpa mía por qué, yo que iba a saber que a él le iba a dar por eso.
Y ahora quién le dice algo, dijo Patotas. Ahora toca esperar a que amanezca y
de pronto cambie de idea, dijo Ramírez.
Patotas y Ramírez se fueron a relevar a los compañeros de guardia
nocturna, tenían que trasnochar y les esperaba un largo día con el cuñao.
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