lunes, 8 de agosto de 2016

Nacho



Nacho, deschavetado según los vecinos se sienta en las tardes después de las tres a tocar la guitarra y a improvisar letras, canta fuerte y su voz se pierde entre los cafetales que se adueñan de las montañas que lo rodean.


La casa de madera con techo de zinc estaba al bordo de la carretera, estuvo ahí por muchos años hasta que Nacho la desarmó y se la llevó tabla por tabla quinientos metros filo abajo donde la volvió a armar, el trabajo le tomó una semana. La gente lo veía trabajar y se burlaba, al tipo se le había corrido la teja.


“Me cansé de ver a la gente pasar por la carretera, subir  bajar, me aburrí de que me saluden a veces y de que a veces no me saluden”. Eso le respondió Ignacio a los que le preguntaron por qué se estaba llevando la casa para la cementera. Al trasteo de la casa le siguió tumbar el cafetal, cortó todos los palos de café y los puso a secar en el patio, necesitaba leña. Sembró yuca en todos los tajos y entre palo y palo de yuca sembró frijol. 


Arrancó el medidor de energía y lo llevó a la oficina de la empresa en el pueblo y les dijo que no iba a pagar más, abusivos hijueputas a llenarse los bolsillos con la plata de otros y se volvió caminando una hora hasta llegar a su casa porque tampoco se iba a volver a subir en un jeep, le chocaba viajar ahí mirándose de tan cerca con la gente.


Los vecinos ignoraban el pasado de Ignacio. Siempre había vivido solo y no se le conocía familia alguna. Era dueño del pedazo de tierra donde vivía, no superaba las dos hectáreas. Hablaba poco y cuando vivía al bordo de la carretera asistía a las mingas que programaban los camineros para arreglar las vías, trabajaba sin pereza y se reía de los chistes de los otros pero sin comentar.


Todos sabían que Nacho estaba ahí pero nadie tenía un contacto directo con él. La gente lo veía desde la carretera y a veces le gritaban loco, le gritaban Nacho báñese el culo viejo huevón. Nacho respondía, cojan oficio hijueptas coja oficio malparido y gritaba otras cosas, a veces incluso gritaba cosas que la gente no entendía, decía que los estaban controlando desde arriba y que iban a volver. También declamaba poesías que parecían de su autoría. 


Gritarle cosas a Ignacio se convirtió en un juego para los estudiantes que pasaban por la carretera. Se retaban para ver quién era capaz de gritarle algo. Los profesores les decían a los niños en la escuela que toda la gente merecía respeto así estuviera loca y que ninguno de ellos tenía porque ir por ahí molestando a sus mayores. A los niños les importaba poco eso y seguían gritándole.


Nacho se bañaba con una manguera a la vista de todo el mundo. El fogón de leña que hizo también estaba fuera de la casa. Su vida era pública la mayor parte del día y la gente se podía sentar a mirarlo desde la carretera o desde algunas de las montañas para verlo ir y venir de la casa a los sembrados de yuca y de la quebrada cercana a los matorrales. Además ser testigos de sus gritos carcajeados a las cinco de la mañana todos los días y de sus largas jornadas de canto con la guitarra bien afinada.


Lo que más inquietaba a los vecinos no era que Nacho viviera en la cementera en ese rancho mal hecho ni que hubiera tumbado todo el café que es el único cultivo en esas montañas que representa ingresos económicos. No les parecía extraño que viviera solo o que hubiera dejado de hablar con la gente. Lo que no podían entender por ningún motivo era la dieta de Nacho, yuca y frijoles, nada más que eso y ni un gramo de carne no comía carne, ni siquiera unas gallinitas pa’ que coma huevos aunque sea, decían las señoras.


De la carretera al rancho había un pequeño camino pero aparte de Nacho nadie lo usaba, ninguno bajaba a visitarlo, nadie se acercaba, entre la gente y él sólo existían los gritos y no todos los gritos eran para molestarlo, algunos le preguntaban cómo estaba y él respondía que todo iba bien. ¿Cómo está Nacho? Gritaban. Bien, todo bien respondía él.


Todos estaban enterados de lo que pasaba con Nacho afuera de su casa, todos lo habían visto en algún momento, él hacía parte de la cotidianidad de todos. Pero adentro del rancho mal hecho de Nacho nadie sabía que pasaba nadie conocía el interior de la casa, no sabían cómo se veían ellos desde la ventana desajustada de esa casa. No sabían lo que había que saber, lo que sabía Nacho.

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