Nacho, deschavetado
según los vecinos se sienta en las tardes después de las tres a tocar la
guitarra y a improvisar letras, canta fuerte y su voz se pierde entre los
cafetales que se adueñan de las montañas que lo rodean.
La casa de madera con
techo de zinc estaba al bordo de la carretera, estuvo ahí por muchos años hasta
que Nacho la desarmó y se la llevó tabla por tabla quinientos metros filo abajo
donde la volvió a armar, el trabajo le tomó una semana. La gente lo veía
trabajar y se burlaba, al tipo se le había corrido la teja.
“Me cansé de ver a la
gente pasar por la carretera, subir
bajar, me aburrí de que me saluden a veces y de que a veces no me
saluden”. Eso le respondió Ignacio a los que le preguntaron por qué se estaba
llevando la casa para la cementera. Al trasteo de la casa le siguió tumbar el
cafetal, cortó todos los palos de café y los puso a secar en el patio, necesitaba
leña. Sembró yuca en todos los tajos y entre palo y palo de yuca sembró
frijol.
Arrancó el medidor de
energía y lo llevó a la oficina de la empresa en el pueblo y les dijo que no
iba a pagar más, abusivos hijueputas a llenarse los bolsillos con la plata de
otros y se volvió caminando una hora hasta llegar a su casa porque tampoco se iba
a volver a subir en un jeep, le chocaba viajar ahí mirándose de tan cerca con
la gente.
Los vecinos ignoraban
el pasado de Ignacio. Siempre había vivido solo y no se le conocía familia
alguna. Era dueño del pedazo de tierra donde vivía, no superaba las dos
hectáreas. Hablaba poco y cuando vivía al bordo de la carretera asistía a las
mingas que programaban los camineros para arreglar las vías, trabajaba sin
pereza y se reía de los chistes de los otros pero sin comentar.
Todos sabían que Nacho
estaba ahí pero nadie tenía un contacto directo con él. La gente lo veía desde
la carretera y a veces le gritaban loco, le gritaban Nacho báñese el culo viejo
huevón. Nacho respondía, cojan oficio hijueptas coja oficio malparido y gritaba
otras cosas, a veces incluso gritaba cosas que la gente no entendía, decía que
los estaban controlando desde arriba y que iban a volver. También declamaba
poesías que parecían de su autoría.
Gritarle cosas a
Ignacio se convirtió en un juego para los estudiantes que pasaban por la
carretera. Se retaban para ver quién era capaz de gritarle algo. Los profesores
les decían a los niños en la escuela que toda la gente merecía respeto así
estuviera loca y que ninguno de ellos tenía porque ir por ahí molestando a sus
mayores. A los niños les importaba poco eso y seguían gritándole.
Nacho se bañaba con una
manguera a la vista de todo el mundo. El fogón de leña que hizo también estaba
fuera de la casa. Su vida era pública la mayor parte del día y la gente se
podía sentar a mirarlo desde la carretera o desde algunas de las montañas para
verlo ir y venir de la casa a los sembrados de yuca y de la quebrada cercana a
los matorrales. Además ser testigos de sus gritos carcajeados a las cinco de la
mañana todos los días y de sus largas jornadas de canto con la guitarra bien
afinada.
Lo que más inquietaba a
los vecinos no era que Nacho viviera en la cementera en ese rancho mal hecho ni
que hubiera tumbado todo el café que es el único cultivo en esas montañas que
representa ingresos económicos. No les parecía extraño que viviera solo o que
hubiera dejado de hablar con la gente. Lo que no podían entender por ningún motivo
era la dieta de Nacho, yuca y frijoles, nada más que eso y ni un gramo de carne
no comía carne, ni siquiera unas gallinitas pa’ que coma huevos aunque sea,
decían las señoras.
De la carretera al
rancho había un pequeño camino pero aparte de Nacho nadie lo usaba, ninguno
bajaba a visitarlo, nadie se acercaba, entre la gente y él sólo existían los
gritos y no todos los gritos eran para molestarlo, algunos le preguntaban cómo
estaba y él respondía que todo iba bien. ¿Cómo está Nacho? Gritaban. Bien, todo
bien respondía él.
Todos estaban enterados
de lo que pasaba con Nacho afuera de su casa, todos lo habían visto en algún
momento, él hacía parte de la cotidianidad de todos. Pero adentro del rancho
mal hecho de Nacho nadie sabía que pasaba nadie conocía el interior de la casa,
no sabían cómo se veían ellos desde la ventana desajustada de esa casa. No
sabían lo que había que saber, lo que sabía Nacho.
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