miércoles, 30 de noviembre de 2016

A mí que no me diga nada


Mercedes sirvió arvejas con arroz y carne frita llevó el plato y un vaso de jugo de lulo al comedor y se fue a ver el noticiero del medio día. Juan se sentó a la mesa y empezó a revolver con desgano la comida, tenía el rostro tan cerca del plato que apenas necesitaba levantar la cuchara. Masticaba con la boca entre abierta haciendo ruidos pegajosos que siempre terminaban irritando a Mercedes.

Cuando se acabó el noticiero ella volvió al comedor y su hermano seguía ahí, había comido muy poco y miraba el plato con los ojos vidriosos. Mercedes se sentó y empezó a leer mensajes en su celular, poco después Juan se levantó, Dios le pagué le dijo y se fue. Mercedes le respondió amén entre dientes y refunfuñando porque su hermano ni de lavar el plato había sido capaz, dejó la mesa y fue la cocina.

-¿Usted qué sabe de Juan?- Preguntó María y Mercedes le dijo que hablara más duró que no la oía.

-Qué más quiere si estoy casi gritando, si no oye cambie ese tiesto por otro, -le dijo María.

-Todas no tenemos con que estar estrenando celular cada ocho días, -dijo Mercedes.

-Ahí va empezar con los cañazos, siempre lo mismo, pero enserio qué ha sabido de Juan,- preguntó María.

-Por qué, qué pasó con Juan pues, él estuvo acá al medio día y yo le pregunté que si ya había almorzado y me dijo que no, entonces le serví almuerzo y ni siquiera comió revolcó todo eso y ahí lo dejó, pero no hablamos ni nada, pues yo como no le pregunto nada, si me habla bien y sino pues no hablamos. Es que a mí el me enoja mucho por bobo, ese es el único que tiene mujer y vive a toda hora con la comida perdida, usted le pregunta a la una de la tarde que sí ya almorzó y que no, le pregunta por la noche que si comió y que no. Que en la casa no le dejaron comida. Que lo que pasa fue que Julia no alcanzó a llegar temprano del trabajo entonces que no hizo almuerzo y así va saliendo siempre con cuentos chimbos. Como si allá no viviera también la suegra y las cuñadas. Muy berraco vivir uno en una casa manteniendo un montón de viejas donde sí se demora en llegar le rifan la comida, -dijo Mercedes con la voz agitada.

-Pues por eso le preguntaba no ve que peleó otra vez con Julia y dizque lo echó de la casa y todo, según eso dizque le empacó la ropa y todo. Pero acá en la casa mía no está y donde papá tampoco y Carmen dice que a la casa de ella tampoco ha ido -dijo María.

-Tan boba ¿pues dónde va a estar? allá debe estar en la casa de él pidiéndole cacao a la vieja esa, rogándole como un guevón que es, además yo no sé usted porque le para tantas bolas, acaso él es un niño pequeñito que no sabe lo que hace, él está viejo, si uno sabe con qué mujer vivir a los casi cuarenta entonces que esperanzas mija por dios.

-No, yo no creo, él debe estar trabajando o algo. -dijo María

-Qué va mija, llámelo y verá que está allá rogándole a la boba esa, -dijo Mercedes.

-Yo lo he llamado pero no contesta, lo estoy llamando desde que Carmen me contó. Es que él fue y le contó a ella, -dijo María.

-Pues claro, ella es la única que todavía le para bolas, a mí no me volvió a decir nada, porque yo lo paré, a toda hora venía acá poniendo quejas de Julia, que Julia está hablando con no se quien por celular, que Julia está enredada con un tipo del gimnasio, que Julia volvió tarde del trabajo y que venía borracha, y eso por no decir más porque él quiere contar toda su vida íntima y decir que Julia es una porquería y al otro día o a los dos días está otra vez con ella como si nada y publicando en Facebook que están felices y ella es lo mejor que le ha pasado en la vida. Ella no lo quiere, no lo tiene ahí sino para que le trabaje, no más. ¿O es que usted cree que de verdad el aborto ese fue natural? Pero juan es un bobo, no le busque más. Y a mí no me diga nada porque le sabe a cacho, -dijo Mercedes.

-Yo no sé pero a mí sí me preocupa lo que pasa con él, uno no sabe que pueda pasar, acuérdese esa vez que terminó con esa novia que tuvo hace tiempo, lo mal que estuvo, mamá casi se muere de la angustia viendo lo mal que estaba. Si no fuera por esa bruja que le pagaron para que lo rezara Juan se hubiera muerto, -dijo María.

-Yo si me acuerdo, pero también me acuerdo que harto le dijo mamá que no se metiera con Julia que no le gustaba para nada y que tenía muy mala fama, desde eso ya sabíamos que ella conocía más palos que una ardilla y que el que no se la había comido era porque no vivía acá, y ahora va a venir el pendejo ese a creer que ella le iba a ser muy fiel. Y también me acuerdo que cuando mamá ya estaba reducida en la cama y hasta el día que se murió le dijo a Juan que lo único que ella deseaba era morirse viéndolo bien emparejado y que esa vieja no era buena pareja de nadie. ¿Y él le paró bolas? Nada, mientras mamá se moría él estaba como conejo con la vieja esa, es que mejor dicho a mí no se me olvida lo que sufrió mamá por culpa del él, -dijo Mercedes.

María se despidió porque tenía que ir al centro hacer una vueltas, no le gustaba cuando su hermana se ponía así, le dijo que si juan volvía a la casa de ella o si sabía algo que la llamara.

Mercedes colgó el celular y fue al patio a sacar una ropa de la lavadora cuando la alcanzó su esposo que había escuchado la conversación de su mujer.

-De todo modos mona su hermano tampoco es ninguna perita en dulce acuérdese también que su mamá decía que estando metido con Julia también seguía viendo a la chiquita esa que tenía como cinco hijos, esa tampoco le gustaba nada a su mamá aunque esa si era muy fea y peligrosa porque esa hasta chuchillo le dio una vez, yo me acuerdo que eso le cogieron varios puntos en la espalda, agradeciendo que no fueron heridas profundas y también me acuerdo que una vez le tiró agua caliente y no lo quemó de puro de buena, -dijo el esposo de Mercedes.

-A mí tampoco se me olvida, es que yo sé bien quien es Juan, por eso es que me enoja que las otras anden de preocupación en preocupación armando tragedias con cualquier pendejada que le pase a él o a cualquiera de los otros, una santa era mi mamá que les lidió tanto resabio a esos guevones, -dijo Mercedes.

El celular volvió a sonar y Mercedes miró la pantalla del aparato, era Carmen, miró a su esposo y le dijo que ahí seguían jodiendo, esperó un momento y al final respondió. Lo que le decía su otra hermana era que Juan estaba en la casa de ella y que había llegado con maleta y todo, que había dejado a Julia. –no llame a María que yo ya le conté.

-¿Bueno y qué fue lo que pasó pues con esos dos, está vez porque pelearon? –Preguntó Mercedes.

-¿Él no le contó? -preguntó Carmen.

-No, no hablamos de eso, no hablamos.

-Pues que mejor le cuente él, -le respondió Carmen, de todos modos según le entendí algo le encontró en el celular, unas conversaciones con otro tipo y unas fotografía de no sé qué cosa.
Mercedes colgó y se sirvió un tinto, le sirvió otro a su marido y se lo tomaron en la cocina, los niños ya se habían dormido.

-Qué dijo, -preguntó el marido.

-Que está en la casa de Carmen y que llevó la maleta, -dijo Mercedes.

Dos días después arrimó a la casa parqueó el taxi afuera, Mercedes le preguntó si ya había almorzado y Juan le dijo que no, que Julia no había alcanzado a llegar del trabajo, le respondió mientras la seguía a la cocina.

-Y fue que usted volvió con ella, -preguntó Mercedes.

-sí, está mañana, -respondió Juan, bajando la voz cómo si le diera vergüenza ser escuchado.


Mercedes que ya había abierto la olla a presión la volvió a cerrar, puso el cucharón y el plato de nuevo en su lugar y se fue a ver el noticiero. Juan volvió a salir de la casa de su hermana sin decir nada. 

martes, 22 de noviembre de 2016

Recomendar un libro

Me agarraron unas ganas de cagar horribles, sentí esos chuzones en la barriga, ese cólico maluco. Hice memoria y me vi en la mañana sentado en el inodoro leyendo Sin Remedio de Caballero mientras me liberaba sonriente del peso que me había dejado comer tanto el día anterior. Se me hizo raro que en ese momento estuviera así de urgido porque sólo necesito ir al baño una vez al día. Hijueputa me enferme vida hijueputa me repetí en silencio mientras me paraba del asiento que había elegido al lado de la ventanilla. Le pedí permiso a la muchacha que estaba sentada a mi lado y ella me miró molesta como si fuera mi culpa que los buses sean estrechos y que yo sea grande y no cupiera por el par de centímetros que había entre las rodillas de ella y el asiento de adelante que a veces está más atrás de lo que debe porque los reclinan hasta que parezca una cama. 

Corrí por el pasillo del bus y por de buenas que uno es a veces el baño estaba libre y menos mal que fue así porque si no me cago en la ropa, y claro estaba yo ahí sentado directo con una diarrea que ni le digo y ahí pasó lo que siempre pasa que me fui a limpiar y no había papel. Eso pasa siempre en los programas de televisión y yo tengo tanta pinta de celebridad que claro me tocó igual que en las películas.

Ahí sin limpiarme pensaba en las empanadas y la avena que me había tomado antes de subir al bus, no sabía si era culpa de eso pero yo creía que era por eso y no podía dejar de pensar en las manos sudorosas del vendedor. Pero no era culpa de él tampoco, él no tenía nada que ver con la ansiedad mía que me quiere mantener con la boca llena a toda hora. Yo venía lleno pero no podía ver esas empanadas y no comerme una o dos o tres o como cinco que me comí. Aunque también pensaba en la novela de Caballero, sí la tuviera ahí me hubiera puesto a leer y ahí pensé que seguro tener diarrea en un bus era culpa de Escobar el personaje de la novela porque solo a él le pasaban maricadas así.

Bueno entonces empecé a buscar en el bolsillo un pañuelo que siempre cargo porque me tenía que limpiar de algún modo, no me iba a sentar al lado de la muchacha esa que hasta bonita estaba oliendo maluco, pero el pañuelo no estaba, seguro lo llevaba en el maletín que había dejado en mi asiento; y ahí buscando me miré los zapatos y me acordé de las medias y justamente eso hice me quité la media derecha y con ella me limpié y como no me iba a quedar con una media sí con una media no me quité la otra también y con la limpia envolví la sucia y las dejé ahí en el baño. La muchacha me volvió a mirar feo cuando le tocó abrir espacio para que yo pudiera sentarme de nuevo en mi asiento, me acomodé y me quedé dormido y desperté apenas acá.

Yo estaba ahí sentado esperando a mi mujer que se estaba midiendo unos pantalones y escuché toda la historia que el tipo ese le contó a la vendedora que le estaba enseñando unas medias muy cortas y él le explicaba porque le gustaba usar medias largas. Él tenía el morral al hombro y me vio mirándolo de reojo y seguro mientras hablaba notó que yo no perdía detalle de la historia porque me dijo que las largas eran mejores porque en caso de emergencia uno no se untaba. En efecto me había estado mirando mientras hablaba y me aclaraba ese detalle porque puse cara de fastidio cuando lo imagine envolviendo la media sucia en la limpia. El tipo parecía muy simpático así que le di las gracias y le dije que le haría caso. La vendedora que se había divertido mucho con la historia le preguntó después de venderle como cinco pares de medias que por qué estaba ansioso cuando se subió al bus y el tipo nos miró y dijo que era su primera vez moviendo marihuana en buses de servicio público. La muchacha se rió como si el tipo estuviera bromeando. Mi mujer salió me miró mal y dijo que el jean no le gustaba que fuéramos a otro almacén la tomé de la mano y salimos pero antes de llegar al almacén pasamos por una librería porque yo tenía que leer el libro del que había hablado el tipo de las medias. 

viernes, 18 de noviembre de 2016

Cuidar un niño


¿Oiga mami y es que usted la conoce pues a ella? le preguntó Lorena a Deyanira. El niño brincaba con los pies descalzos en uno de los cojines del sofá de la sala. No, pues conocerla no, ella me compró arepas un par de veces y pues hablamos mientras esperaba, no más, le respondió Deyanira. Jesica llevaba dos semanas viviendo en el barrio y ese puente festivo tenía que viajar a Buenaventura porque un amigo la estaba esperando. No lo puedo llevar él es muy chismoso y es capaz de que va y le cuenta al papá lo que yo hago, dijo Jesica el viernes por la tarde sosteniendo un maletín rojo del hombre araña con la ropa del niño. El papá no lo puede cuidar porque desde que nos dejamos yo no se lo dejo ver sino a ratos. Luego le ofreció a Deyanira cien mil pesos para que se lo cuidara hasta el domingo por la tarde y Deyanira le recibió el maletín con la ropa.

El niño jugaba en la calle cerca al asadero y los clientes le preguntaban a Deyanira si había adoptado al niño, ella les decía que lo estaba cuidando no más y los clientes le decían que no sabían que además de las arepas ella también se dedicaba a cuidar niños. Mientras decía eso el niño corría de un lado para otro con los niños de la cuadra.

Pero muy mala madre me parece, muy mala madre decían las vecinas del barrio mientras esperaban las arepas, cómo se le ocurre que uno va a dejar un hijito de uno por ahí en cualquier lado, en la casa de alguien que uno ni conoce. Pues en cualquier lado tampoco decía otra vecina, lo dejó en la casa de Deyanira y menos mal que fue ahí porque son buena gente y todo, imagínese que lo hubiera dejado en otra parte por ahí en peligro de que cualquier sádico o depravado lo coja y le haga de todo, dios mío bendito por eso es que a veces pasan cosas tan horribles. Una loca esa vieja es una loca, decía una de las vecinas. Y no era para menos porque en esas dos semanas Jesica se había hecho notar en la cuadra. En la primera semana había dejado las llaves dentro de la casa y había roto los vidrios a media noche para poder abrir, pero antes de hacer eso había pateado y puteado la puerta y luego había puteado a la hijueputa calle porque no había ninguna piedra a mano. Los vidrios los quebró con un ladrillo que tomó de una obra en construcción a tres cuadras de distancia. Días después también se oyó gritar a Jesica pero en esa segunda oportunidad los gritos eran porque había ocasionado un pequeño incendio en su cuarto con una vela que había dejado encendida después de quemar un trozo de silicona para pegar un adorno roto en el trasteo, cuando se despertó se encontró con el humero y su ropa quemándose.  El asunto no pasó a mayores aunque Jesica hubiera gritado una y otra vez que llamaran a los bomberos y el niño que la mamá se iba a quedar sin ropa.

Por la noche viéndolo dormir Lorena le decía a su hermana Susana que no se sabía quién estaba más mal, quién estaba más loca si la mamá de ese niño o la mamá de ellas que sin conocer a la vieja esa de nada había aceptado quedarse cuidando a ese niño sin saber si le iban a pagar o no porque la plata no se la había dado, apenas se la había ofrecido, pero eso no era lo peor, qué tal que esa vieja no vuelva, seguía diciendo Lorena y su retahíla parecía el fragmento de un noticiero de radio popular de los que abrían diciendo: “alerta insólito”.  Susana se reía de la angustia de su hermana y para evitar que se tranquilizara le decía que también podía pasar que el niño se aporreaba y la mamá ponía una denuncia por maltrato o podía también denunciar por secuestro y quién dice que no es así. Imagínese usted el testimonio de una mamá loca enloquecida diciendo que la señora de las arepas le robó a su hijo y se lo secuestró y no se lo quiere dar. Susana seguía examinado posibilidades divertida como si descifrara los misterios de una novela negra. Lorena le pedía que se callara que no dijera más bobadas.

El niño tiraba los juguetes al piso y se paraba en ellos. No dañe los carritos, le decía Deyanira y el niño lo hacía con más gusto. Mi mamá me deja pararme en ellos y no me dice nada. Pero yo no soy su mamá y no se va parar más en ellos, si no va jugar bien entonces los recoge y los guarda, dijo Deyanira. El niño se tiró al piso y empezó a llorar y a revolcarse. Susana lo vio mientras entraba a su cuarto y dijo que el niño tenía el culo lleno de hormigas que lo estaba picando. Lorena de pie al lado de su mamá en la entrada de la casa le dijo que dejara de ser ordinaría que ser así de mal hablada no se le veía bien a una mujer, además no son ningunas hormigas, es un berrinche. Tan boba pues yo sé que es un berrinche, usted de donde culo pa las hormigas le dijo Susana a Lorena cerrando la puerta del cuarto. Sí la ve mami lo grosera que es, dijo Lorena y Deyanira no le dijo nada porque estaba apretando los dientes para no soltar la carcajada. El niño se retorció en el piso un rato y se cansó de que ninguna de las tres mujeres de la casa lo mirara.

De todos modos mal no se porta, dijo Deyanira, se come lo que uno le sirve y entre uno que otro berrinche hace hasta caso, se nota mucho que le hace falta es papá y mamá al muchachito, siguió diciéndole Deyanira a su marido que venía de la costa con el camión cargado. Él le dijo lo mismo que Lorena, que sólo a ella se le ocurría metérsele a un gallo de esos, que no quedaba sino esperar a que apareciera la mamá pero si no aparece pues nos quedamos el muchachito ese, dijo el marido y Deyanira se quedó sin saber si hablaba en serio o se estaba burlando.

Bueno y es que la mamá del muchachito no llama ni siquiera para preguntar cómo va el hijo, preguntó Susana cuando Deyanira dijo que saludes les mandaba el papá que aún estaba en la costa. Que va llamar la vieja esa, si ni un número dejó para contactarla se adelantó a responder Lorena.

El niño salió del baño, tenía jabón en las orejas y el cuello mugroso. Deyanira le dijo que se bañara bien que se metiera otra vez al chorro. Él le dijo que no quería. No se puede quedar así, no ve que uno no se mete a bañarse para salir mugroso, le dijo ella. El niño se quedó mirándola sin decir nada mientras iba mojando el piso, siguió al cuarto donde se estaba quedando y se vistió. Deyanira no le insistió más y Lorena le dijo que les iba a tocar hasta enseñarle a bañarse.

Deyanira le daba vuelta a las arepas y le gritaba al niño que no se fuera tan lejos que volviera y jugara cerquita de ella y el niño corría por la cuadra de esquina a esquina. Mientras esperaban las arepas las vecinas seguían haciendo los mismos comentarios y diciendo que esa vieja mamá de ese niño lo que estaba era encartada con él y, que tenía que ser muy triste uno estorbarle hasta a la mamá. Y cuando dijo que volvía preguntó una de las vecinas. Mañana, le respondió Deyanira sin descuidar el asadero y sin darle importancia a los comentarios de sus clientas.


Lorena terminó de plancharse el cabello mientras el niño le preguntaba una y otra vez para donde iba, ella le dijo que la iba recoger su novio para ir a bailar. Susana también había salido con sus amigas. Deyanira veía un programa en la televisión y el niño empezó a jugar a sus pies con los carros después de que ellas se fueran.  Deyanira apagó el televisor y levantó al niño que se había quedado dormido en el piso, lo llevó a la cama, lo cubrió con la cobija y se sentó a su lado lo miró por un momento y con la mano derecha le acarició la frente. 


no sean tan chimbos, compartan las entradas. 


jueves, 10 de noviembre de 2016

Monte


Como eran casi las cuatro y había dejado de llover salí de la casa con dos baldes llenos de sancocho de becerro que le daba a los cerdos para que engordaran más rápido. Caminaba despacio para no meterme en los charcos, los baldes estaban pesados y con cada movimiento brusco se iba regando la comida de los chanchos.

No pude esquivar una hoja de eucalipto que vi caer inexpresiva y serena sobre mí. Me rozó la nariz y bastó con eso para que empezara a estornudar. Con el primer estornudo los baldes quedaron en la mitad y con el segundo y el tercero que se sucedieron veloces derrame el resto, los baldes quedaron vacíos y yo caí entre el pantano. Estaba cubierto de lodo y seguía estornudando.

Me levante y mientras me limpiaba la cara vi que el gris del cielo se teñía de colores, las hojas de los arboles caían por millares, quise contarlas mientras hacían el viaje del cielo al suelo y me quede frio al ver que del fondo del camino los hombres de las motosierras se habrían paso entre la lluvia de hojas que ellos habían ocasionado. Me seguí rascando la nariz con las manos mugrosas sin dejar de mirar las hojas, lo último que vería del monte. 

lunes, 7 de noviembre de 2016

Volver al antiguo trabajo

Pacito hágale pacito que los alborota me dijo una vecina cuando me vio en la puerta con la escoba en la mano listo para barrer. La calle amanece siempre muy sucia pero esa semana por primera vez además de la basura había decenas de caracoles negros grandes que no podíamos tocar porque transmitían una enfermedad mortal según me dijo la señora. Y entonces qué, le dije a mi vecina. Pues mejor no barrer me dijo ella y entró a su casa. Pues sí, le dije yo y entré también y me volví acostar.

Por la tarde en el centro oí los gritos enloquecidos de una señora con el pelo pintado de morado que sostenía en su brazo izquierdo una cartera fina y en el derecho un perro pequeño con cara de rata y ojos brotados que según ella se iba a morir pobrecito se iba a morir su perrito Nene que era tan inquieto y había tocado con el hocico uno de esos bichos asquerosos que se estaban propagando sin control por todas partes y se va morir Nene se va morir Nene. Yo la miraba divertido, ella daba saltos sin soltar al perro ni romper los tacones bajitos que le hacían juego con la cartera.

En el noticiero de la noche vi a un funcionario público hablando de los caracoles. Le pedía a la ciudadanía que no se alarmaran por la propagación y aclaraba que el posible contagio de enfermedades por el contacto con los animales no estaba comprobado pero que para prevenir mejor que usaran guantes desechables si necesitaban tocarlos. A la pregunta sobre la erradicación de los moluscos el funcionario experto dijo que debían ser recogidos uno por uno y puestos en un balde donde se les cubría con cal y se les dejaba por unos días como en remojo y luego había que hacer un hueco que superara el metro y medio de profundidad para enterrarlos.

Antes de dormirme no pude dejar de pensar en la acidez que me torturaba y en la relación entre un pobre tipo que debe llevar puestos unos guantes para poder andar cogido de la mano con su novia caracola porque a la hora de la verdad era más sencillo formar un hogar con un caracol que ponerse hacer huecos de metro y medio de profundidad para enterrarlos.

Por la mañana la vecina me dijo que ella ya había comprado unos bultos de cal y con el esposo estaba recogiendo los animales que había cerca a la casa. Yo le dije que a esos bichos debería recogerlos la administración que para eso pagábamos impuestos, y que los huecos también debían hacerlos ellos que para eso tenía retroexcavadoras y volquetas. Mi vecina se burló y me dijo que el trabajo manual era el mejor.

Saqué la bicicleta y me fui para el taller, llevaba seis meses trabajando allá, mucho más tiempo del imaginado. Mi tío el dueño del negocio decía que un muchachito de oficina no se iba a aguantar ni un día cubierto de grasa. Me gustaba lo que hacía y no me iba mal, lo mejor era que me sentía tranquilo y esa sensación nunca la había sentido en el antiguo trabajo.

La gente estaba muy comprometida recogiendo los caracoles y la administración también se apresuró, contrató a cientos de recolectores y movilizó volquetas y maquinaria amarilla, eso fue lo que más que gustó, que los hueco ya no había que hacerlos a mano.

Yo seguía yendo del taller directo a mi casa y me sentaba a leer o a ver televisión. En uno de los noticieros me di cuenta de que después de una semana de jornadas agotadoras el pueblo estaba libre de los moluscos. La gente estaba muy contenta y mi vecina hasta hizo una torta para celebrar y me invitó a un generoso trozo que degusté agradecido.

Los animales quedaron enterrados a las afueras del pueblo en un sector que unas semanas después se llenaría de familias completas elevando cometas. Yo iba por las tardes con los hijos y los nietos de mi tío que intentaban hacer volar una cometa enorme que solo nos dejó frustración.

De los caracoles nadie volvió a hablar y de las enfermedades que posiblemente hubiera podido trasmitir tampoco se dijo nada, me quede sin saber si el perro Nene seguía vivo o de verdad había sufrido un contagio mortal. Llegada la navidad el teléfono empezó a sonar y di por hecho que era una de mis tías que siempre llamaban a desear felices fiestas.

Reconocí la voz al otro lado de la línea y me temblaron las piernas, por un tiempo yo había alcanzado a creer que todo estaba acabado y que la agencia era parte del pasado. El tipo que hablaba había sido mi último jefe de operaciones. No se tomó el tiempo de preguntarme cómo estaba o que hacía y yo sabía que no era necesario porque de la agencia nunca llaman a sus antiguos miembros sin antes saber cada detalle de sus días lejos de las peligrosas misiones secretas.

Cuando pude articular palabra sólo supe decir: qué pasa, por qué otra vez yo. Y la voz del jefe me dijo que seguro estaba al tanto de la existencia de una peligrosa especie de molusco y lo interrumpí para decirle que todos los caracoles habían sido eliminados y que el pueblo estaba tranquilo porque no había pasado nada. Escuche una carcajada y luego con tono de burla me decía que la inactividad me estaba volviendo ingenuo.  Lo moluscos no son precisamente lo que parecen, son una especie superior de la que desconocemos el origen. Según nuestros estudios el remedio no era enterrarlos, por el contrario lo peligroso era enterrarlos, les hicieron un favor dijo el jefe. 12 de horas para que este en la agencia dijo antes de colgar.

Ordené la casa, cerré la llave del gas, desconecté aparatos y saqué del closet la maleta de trabajo y la dejé en la sala. Llame a mi tío y le dije que me sentía mal que tenía gripa y no iba a trabajar hasta que me sintiera bien. Fui a la casa de mi vecina a devolverle un martillo y dos destornilladores que me había prestado. Me abrió la puerta asustada, tras ella mi vecino le probaba un par de pilas a un radio. Lo sintió mijo lo sintió me dijo la vecina. Sentir qué le pregunté. El temblor mijo el temblor fue muy fuerte. Le dije que no, le entregué las herramientas y le desee buena noche. Ella me dijo que me previniera que tuviera a mano linterna, pito y radio. Cerré la puerta de la casa con la maleta al hombro, me iba y el pueblo quedaba en medio de una nueva emergencia la tierra había empezado a temblar y la agencia lo sabía. 

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...