Las videollamadas van y vienen entre los que están en el extranjero y los que se quedaron en su suelo. Ni por asomo alguien se detiene a pensar en esas comunicaciones por carta que sostuvieron los que vivieron antes del teléfono o el internet. Ni siquiera esos que van por ahí creyéndose los últimos románticos, mantiene una relación por carta. No sé si mi mamá hablaría con la misma frecuencia con mi hermana si tuvieran que comunicarse por teléfono fijo o por correo electrónico. Eso sí, con tanto desarrollo en el campo de las comunicaciones, el contacto con los amigos y la familia es siempre multimedia y se mezclan las fotografías con las notas de voz y los videos y el texto y las llamadas y las videollamadas, el afecto vivo a través de una máquina de respiración artificial que viene a ser el internet. Luego, tal vez el afecto pueda mantearse vivo a través de la inteligencia artificial y los que están lejos puedan saludar en las mañanas y ponernos al día de su cotidianidad programando a una aplicación que pueda mantener la fluidez mientras ellos siguen con sus vidas y sus tres trabajos y su disfrute de la tranquilidad.
martes, 3 de octubre de 2023
Irse, quedando -88
No podría irme de este país, en caso de que así lo decidiera, sin antes ir de nuevo a la vereda en la que crecí para ver por última vez a Nacho.
Muchos de los que se van visitan al señor de los milagros o al divino Eccehomo y rezan y se encomiendan, en mi caso sería volver a esa montaña para ver, aunque sea de lejos, esa choza que es casa y fue extrañeza y es ejemplo.
A veces creo que yo soy como una especie de discípulo de ese señor.
Yo no he decidido aún abandonarlo todo y concentrarme en mí alejándome de la carretera como si lo hizo él, pero cuando él lo hizo tenía tal vez 40 años y yo aún no llegó ahí, tengo tiempo todavía.
Lo mío tal vez ha sido y sigue siendo la busque da la aceptación de una vida minúscula como opción, aunque ahí tal vez me pierdo porque no sé si lo de Nacho fue una aceptación o una elección, y son dos cosas muy diferentes, o no, es algo que se podría discutir.
Yo iría de nuevo hasta allá y no me importaría que saliera y se quedara de pie en la puerta sin responder ni el saludo, solo tenerlo al frente, verlo vivo y ahí, sería suficiente.
Una vida exigua, una narración exigua, eso podría ser lo mío y podría incluir la aceptación y la elección. Aceptar que talento mío es muy limitado y que como profesor puedo labrarme un porvenir y elegir escribir para mí y para los cuatro o cinco que estén dispuestos a leer, y celebrar eso sin más quejas ni frustraciones, porque eso estaría bien, porque eso sería tan honesto y limpio como lo que hizo Nacho.
lunes, 2 de octubre de 2023
Irse, quedando 87
El síndrome de Ulises es una muy buena novela, una y otra vez su lectura me ha emocionado y estremecido, aunque su lectura no consigue que las personas que tiene una idea de migrar se queden en su lugar y no emprendan ese camino, tampoco es que tenga que hacerlo, no es para eso que está escrita. Lo de otorgarle esa cualidad fue idea mía y eso hasta debería saberlo Gamboa porque han sido muchas las copias de ese libro que he comprado, nuevas, usadas, piratas. Lo presté y lo regalé en muchas ocasiones, supongo que algunos lo leyeron y que muchos otros deben tener esa copia, por ahí recogiendo polvo. Todavía lo regalo, pero ya sé que nadie va a cambiar su decisión de irse por leer una novela. No sirven para eso las novelas, no sirven para nada las novelas. No sirve para nada escribirlas y para nada leerlas. No es que sea inútil, o incensarías, solo digo que no sirven para nada y el hecho de que uno pueda decidir que una parte de su vida puede estar dedica a eso, a escribir una novela o a leerla, aunque no sirva para nada, me parece lo importante. Leo la novela por el puro gusto de saberme leyéndola y me parece que hay grandeza en eso. También debe haber grandeza en el ejercicio de escribir una novela por el gusto de escribirla, si querer publicarla sin querer lectores, si esperar ser un novelista y esa grandeza todavía me es ajena. Lo cierto es que sigo leyendo El síndrome de Ulises sin saber qué ilusiones hacerme.
Irse, quedando -86
Sabe que no se tiene que quedar, cierto, me pregunto una vez Raúl, o sea, usted es consciente de que si quiere salir de allá mañana mismo, acá estoy yo para recibirlo y darle la mano, cierto, lo tiene claro, me dijo Raúl hace un par de meses y me lo ha dicho desde ese día cada que hablamos.
Para qué se quiere quedar allá, muchos pueden quedarse porque tiene vocación y creen en eso de salvar al país y contribuir con lo que saben, pero usted no, usted no está enseñando porque crea que puede mejorar las cosas, enseña en esa escuela porque tiene que comer, es más, cada que le resulta un trabajo donde pueda ganar más abandona cualquier colegio y se dedica a cuestiones inesperadas, como esa vez que estuvo administrando un supermercado, o la otra vez en la que trabajo de secretario en esa oficina de abogados, entonces no hay razón para quedarse, usted quiere escribir y eso lo puede hacer en cualquier parte, eso me lo dijo Carmen, ella cree que debería salir de Colombia.
Mi hermana cree que sé si ya no voy a vivir con papá y mamá y tampoco he conseguido mujer, la misma cosa es que me vaya para allá, no es ningún paraíso, es como estar allá, pero mejor, hay como una carga invisible que lo aplasta a uno allá que acá no está, también toca apretar para llegar a fin de mes, pero el cuerpo y la mente están ligeros, esa carga no está, la angustia es distinta.
Lo pienso, yo lo pienso porque no sé qué hacer, porque sé que el dilema de irme o quedarme no es grave, que lo difícil es decidir, que no vale la pena dedicarle más vida a lo de ser novelista. Que así como los alcohólicos hacen un alto en el camino y se meten a un grupo de AA, yo debería hacer lo mismo, eso sí, cambiaria las cosas, yo no soy escritor, no seré novelista, esos libros autoeditados dan pena y llevar una vida minúscula como un no escritor que acepta su suerte sería más digno.
Tengo casi 40 años y las huevas descolgadas y la seguridad de que nunca podré escribir una novela de la que me pueda sentir orgulloso, por eso escribo otra cosa, esta libreta de apuntes en la que me despido de la escritura y de las novelas y los cuentos.
Así comenzaría mi nuevo libro, porque cuando pienso en dejar la escritura atrás estoy también concibiendo un nuevo párrafo de otro libro que también me avergonzará.
jueves, 28 de septiembre de 2023
Irse, quedando -85
Lo que pasó después de que mi hermana y mi cuñado y los niños se fueran de la casa para vivir en las Canarias fue que a mi papá y mi mamá les pareció que la casa ya resultaba muy grande y que no necesitábamos tanto espacio y también les pareció que Tuluá ya no tenía mucha gracia y que no existía ninguna razón para seguir ahí. Hablaron del asunto una vez y otra vez y otra más, hasta que dijeron que ya estaba vendida la casa y que se iban a vivir a un pueblo cafetero. Yo vería si me iba con ellos o me quedaba. Y el trabajo, yo no podía dejar tirado un trabajo sin tener agarrado otro mejor y así de un momento para otro ya era yo un tipo independiente con casi cuarenta años viviendo en un apartaestudio con libros por todas partes y unos cuantos electrodomésticos cedidos por mi mamá. En el trabajo me dijo una compañera que tan bueno que ya tenía a donde ir a pasar vacaciones y me gusto ese apunte tan de nuestra generación.
Irse, quedando -84
Cuando hablo con los familiares de otras personas que también se han ido de Suramérica buscando ser los colonizados que conquistan al colonizador, me doy cuenta de que existen muchos cocos en los que creemos.
El primer coco es que al que llega al aeropuerto de Barajas le piden el celular y que si encuentran conversaciones que indiquen que esa persona no va de paseo, sino a quedarse a cuidar viejitos o pegar ladrillos, entonces la devuelven para la casa. Por eso, mientras mi hermanita iba en el avión con su teléfono muerto, mi mamá les escribía a los familiares y amigos que por favor no le enviaran buenos deseos ni se despidieran ni nada de eso, incluso les pidió a varios que eliminaran las notas de voz en la que encomendaban a mi hermana y a mis sobrinos a la virgen para que les fuera bien.
Otro coco en el que creemos muchos es que los que acompañan a los que dejan el país hasta el aeropuerto no se pueden despedir de manera muy afectuosa ni se pueden poner a llorar, porque es muy sospechoso que despidan a una persona que va de paseo a Europa como si la estuvieran enviando a una guerra o limpiar desechos nucleares. Por eso uno se despide afuera del aeropuerto y llora antes o después.
Con cada persona que devuelven desde el aeropuerto y el talento que tenga para narrar su vivencia, los cocos crecen y todos los que se van a ir yendo, después empiezan por prudencia a creer en lo que dicen y los que no nos vamos también creemos y celebramos cuando nuestros familiares y amigos nos informan pegándose al Wifi del aeropuerto que están a punto de tirarse con sus maletas a las calles de Madrid a tantear esa nueva realidad y la posibilidad de que esos sueños que llevan al hombro se puedan cumplir.
Irse, quedando -83
Las tierras públicas que se pierden para siempre, decía una arquitecta a la que entrevistaban en la radio, ella hablaba de los programas de vivienda de interés social que no se estaban desarrollando en la ciudad y de la falta de conexión de los proyectos urbanísticos con el río al que se le estaba dando la espalda.
Acá quieren especular con la urbanización y construir edificios para alquilárselos por días a extranjeros, ponen la prioridad en los propietarios que se quieren enriquecer con el turismo y se dedican a ignorar a las personas que no tienen vivienda. Decía todo eso porque estaba convencida de que un gran terreno que le pertenecía a la ciudad iba a parar en las manos de los privados.
El taxista cambió de estación porque la señora estaba hablando mucha mierda y yo no dije nada, el taxi es suyo y yo ya iba a llegar. Busque en mi celular la emisora después de bajarme del taxi para seguir oyendo esa entrevista y ya se había terminado, hablan de otra cosa.
Me quedé pensando en lo dicho por la arquitecta, las tierras públicas que se pierden, se pierden para siempre; y pensando en todos los que vivimos acá y en los muchos que nos indignamos por las decisiones del gobierno que reducen los espacios públicos y en los muchos que se van, que se suben a un avión porque acá no tienen nada y porque no siente que eso que es público les pertenezca.
Fragmentos 2
La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...
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—¡Podemos ser otros aquí! —gritó el hombre, mientras se despegaba de la baranda en la que había estado recostado. Dejó caer su prótesis de...
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La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...
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Un día por completo perdido, podría decirse, en el encuentro de hoy, al que no sé si llamar asamblea y que fue en la calle, bloqueando el pa...