lunes, 2 de octubre de 2023

Irse, quedando -86

 Sabe que no se tiene que quedar, cierto, me pregunto una vez Raúl, o sea, usted es consciente de que si quiere salir de allá mañana mismo, acá estoy yo para recibirlo y darle la mano, cierto, lo tiene claro, me dijo Raúl hace un par de meses y me lo ha dicho desde ese día cada que hablamos. 

Para qué se quiere quedar allá, muchos pueden quedarse porque tiene vocación y creen en eso de salvar al país y contribuir con lo que saben, pero usted no, usted no está enseñando porque crea que puede mejorar las cosas, enseña en esa escuela porque tiene que comer, es más, cada que le resulta un trabajo donde pueda ganar más abandona cualquier colegio y se dedica a cuestiones inesperadas, como esa vez que estuvo administrando un supermercado, o la otra vez en la que trabajo de secretario en esa oficina de abogados, entonces no hay razón para quedarse, usted quiere escribir y eso lo puede hacer en cualquier parte, eso me lo dijo Carmen, ella cree que debería salir de Colombia. 

Mi hermana cree que sé si ya no voy a vivir con papá y mamá y tampoco he conseguido mujer, la misma cosa es que me vaya para allá, no es ningún paraíso, es como estar allá, pero mejor, hay como una carga invisible que lo aplasta a uno allá que acá no está, también toca apretar para llegar a fin de mes, pero el cuerpo y la mente están ligeros, esa carga no está, la angustia es distinta. 

Lo pienso, yo lo pienso porque no sé qué hacer, porque sé que el dilema de irme o quedarme no es grave, que lo difícil es decidir, que no vale la pena dedicarle más vida a lo de ser novelista. Que así como los alcohólicos hacen un alto en el camino y se meten a un grupo de AA, yo debería hacer lo mismo, eso sí, cambiaria las cosas, yo no soy escritor, no seré novelista, esos libros autoeditados dan pena y llevar una vida minúscula como un no escritor que acepta su suerte sería más digno. 

Tengo casi 40 años y las huevas descolgadas y la seguridad de que nunca podré escribir una novela de la que me pueda sentir orgulloso, por eso escribo otra cosa, esta libreta de apuntes en la que me despido de la escritura y de las novelas y los cuentos. 

Así comenzaría mi nuevo libro, porque cuando pienso en dejar la escritura atrás estoy también concibiendo un nuevo párrafo de otro libro que también me avergonzará. 

jueves, 28 de septiembre de 2023

Irse, quedando -85

Lo que pasó después de que mi hermana y mi cuñado y los niños se fueran de la casa para vivir en las Canarias fue que a mi papá y mi mamá les pareció que la casa ya resultaba muy grande y que no necesitábamos tanto espacio y también les pareció que Tuluá ya no tenía mucha gracia y que no existía ninguna razón para seguir ahí. Hablaron del asunto una vez y otra vez y otra más, hasta que dijeron que ya estaba vendida la casa y que se iban a vivir a un pueblo cafetero. Yo vería si me iba con ellos o me quedaba. Y el trabajo, yo no podía dejar tirado un trabajo sin tener agarrado otro mejor y así de un momento para otro ya era yo un tipo independiente con casi cuarenta años viviendo en un apartaestudio con libros por todas partes y unos cuantos electrodomésticos cedidos por mi mamá. En el trabajo me dijo una compañera que tan bueno que ya tenía a donde ir a pasar vacaciones y me gusto ese apunte tan de nuestra generación.

Irse, quedando -84

Cuando hablo con los familiares de otras personas que también se han ido de Suramérica buscando ser los colonizados que conquistan al colonizador, me doy cuenta de que existen muchos cocos en los que creemos. 

El primer coco es que al que llega al aeropuerto de Barajas le piden el celular y que si encuentran conversaciones que indiquen que esa persona no va de paseo, sino a quedarse a cuidar viejitos o pegar ladrillos, entonces la devuelven para la casa. Por eso, mientras mi hermanita iba en el avión con su teléfono muerto, mi mamá les escribía a los familiares y amigos que por favor no le enviaran buenos deseos ni se despidieran ni nada de eso, incluso les pidió a varios que eliminaran las notas de voz en la que encomendaban a mi hermana y a mis sobrinos a la virgen para que les fuera bien. 

Otro coco en el que creemos muchos es que los que acompañan a los que dejan el país hasta el aeropuerto no se pueden despedir de manera muy afectuosa ni se pueden poner a llorar, porque es muy sospechoso que despidan a una persona que va de paseo a Europa como si la estuvieran enviando a una guerra o limpiar desechos nucleares. Por eso uno se despide afuera del aeropuerto y llora antes o después. 

Con cada persona que devuelven desde el aeropuerto y el talento que tenga para narrar su vivencia, los cocos crecen y todos los que se van a ir yendo, después empiezan por prudencia a creer en lo que dicen y los que no nos vamos también creemos y celebramos cuando nuestros familiares y amigos nos informan pegándose al Wifi del aeropuerto que están a punto de tirarse con sus maletas a las calles de Madrid a tantear esa nueva realidad y la posibilidad de que esos sueños que llevan al hombro se puedan cumplir. 

Irse, quedando -83

Las tierras públicas que se pierden para siempre, decía una arquitecta a la que entrevistaban en la radio, ella hablaba de los programas de vivienda de interés social que no se estaban desarrollando en la ciudad y de la falta de conexión de los proyectos urbanísticos con el río al que se le estaba dando la espalda. 

Acá quieren especular con la urbanización y construir edificios para alquilárselos por días a extranjeros, ponen la prioridad en los propietarios que se quieren enriquecer con el turismo y se dedican a ignorar a las personas que no tienen vivienda. Decía todo eso porque estaba convencida de que un gran terreno que le pertenecía a la ciudad iba a parar en las manos de los privados. 

El taxista cambió de estación porque la señora estaba hablando mucha mierda y yo no dije nada, el taxi es suyo y yo ya iba a llegar. Busque en mi celular la emisora después de bajarme del taxi para seguir oyendo esa entrevista y ya se había terminado, hablan de otra cosa. 

Me quedé pensando en lo dicho por la arquitecta, las tierras públicas que se pierden, se pierden para siempre; y pensando en todos los que vivimos acá y en los muchos que nos indignamos por las decisiones del gobierno que reducen los espacios públicos y en los muchos que se van, que se suben a un avión porque acá no tienen nada y porque no siente que eso que es público les pertenezca.

miércoles, 27 de septiembre de 2023

Irse, quedando -82

Un editor muy amable que siempre se toma el tiempo de leer mis propuestas, me dice que lo que hago es lo indicado. Nunca me ha dicho si le parece bueno o malo lo que escribo, aunque me explica por qué no lo puede publicar en la editorial para la que trabaja. Según él, me hace falta trabajar más las novelas y los cuentos, corregir, reescribir y madurar los proyectos. Autopublicar está mal visto en la academia y en la elite de los escritores reconocidos, pero lo que piensen los escritores no importa porque la mayoría de esos escritores son un invento de las editoriales. La diferencia entre los autopublicados y los escritores de editorial es que los autoeditados se inventan solos y no los respeta nadie. Cosas así dice el editor. Esta época está repleta de novelas escritas con receta, muchas las publicamos en la editorial para la que trabajo, son aclamadas y venden bien. Tenemos novelas correctas, bien escritas, pero no vamos a tener a un Saer o a un Levrero, a un Piglia o a un Pitol, a un Mutis o a un Bolaño y no es nostalgia mía ni ganas de permanecer en un tiempo pasado, me refiero a la originalidad de esas voces, eso cada vez se da menos. Eso agrega el editor. De pronto lo que necesita usted es hacer una maestría en escritura creativa, con eso tiene, de allá sale con una de estas novelas mejor lograda y de pronto hasta se gana a algún profesor y ahí si por fin consigue que lo publiquen. Con lo que pago una maestría le podría pagar a usted para que sea mi corrector y editor, le digo al editor y él se ríe y responde que sí, que es verdad eso, pero que la maestría ayuda. Le digo que lamparear un título ayuda y me responde que mucho. En mi generación la maestría se volvió tan imprescindible como el internet. Pocos quieren dedicarse a la investigación, pero no importa igual, la mayoría se esfuerzan por hacer su maestría, en el caso de los profesores el posgrado mejora el sueldo, pero con lo que uno paga la maestría se puede dedicar a engordar cerdos y seguro le va mejor, pero decir que uno es magíster suena mejor que decir que es marranero o que tiene sus negocios. Yo quiero ser novelista antes que magíster y si pudiera pagar ese estudio lo haría, un magíster en escritura creativa que engorda marranos en las goteras de la ciudad, me parece un personaje que podría escribir unos muy buenos diarios, género que también me recomienda el editor, según él sería mejor que yo escribiera diarios en vez de novelas. 

martes, 26 de septiembre de 2023

Irse, quedando -81

La preventa de mi tercer libro llegó a las 63 copias. Ni uno más. Después de mucho voltear y de compartir la fotografía de la tapa y la sinopsis en redes sociales y de comentarle a todo el que me encontrara que tenía una novela nueva, llegué a esa cifra y no pude pasar de ahí. El señor de la imprenta me dijo que manejáramos unas cifras redondas y entonces hice cuenta de los libros que se podían ir regalados, los que se les mandan a los periodistas, esperando alguna reseña. Conté también a los cuatro o cinco chichipatos que se hacen llamar gestores culturales, que por lo regular quieren hacerse con el libro, pero no se pueden gastar la plata del trago y las drogas en papel y comas mal puestas, para esos también su libro regalado y entonces mandé a imprimir 80 copias. Sacando números, ese libro, a diferencia del primero y el segundo, no dejaba deudas, ni perdidas, tampoco ganancias, porque yo no le ponía un precio al tiempo que me había llevado escribir la novela y a las horas con el culo y la espalda mal acomodada en la silla rimax que me había sostenido mientras avanzaba, para que las cuentas me dejaran contento. Lo maluco de autopublicarse es asumir ese rol de vendedor, no solo uno escribe, sino que además debe vender y vender no es algo que se le dé bien a todo el mundo y vender libros es algo que se le debe dar bien a muy pocos. Lo peor era que ya tenía listo lo que podría ser el cuarto libro. 

Irse, quedando -80

Doña Amparo me vende todas las semanas una rifa, nunca me he ganado ninguna, pero como siempre termina encontrándome, ella me echa sus cuentos, me persuade y me clava la rifa, dos mil o tres mil pesos, tampoco es más lo que me quita. 

Ella tiene un hijo que se fue a vivir a París, por allá se la rebuscó, no sé bien en qué porque la señora no sabe dar razón o no quiere hacerlo. Lo cierto es que, según el relato de doña Amparo, su muchacho se aburrió de París y encontró el modo de ir a parar a Zurich. Allá es como el oficio varios de un hotel y después de dos o tres años de estar por allá le mando los pasajes y plata para que ella fuera a visitarlo. 

Doña Amparo se fue y estuvo con él como dos semanas y volvió diciendo que ella nunca había estado en una ciudad que fuera tan silenciosa y tan ordenada. Que por allá no se veía a nadie por la calle vendiendo aguacates o gritando, juega le juega con chontico le juega, que era impresionante esa calma y que en ningún momento le había hecho falta la bulla y el ruido y el desorden y los carros pitando. 

Lo de doña Amparo me resultaba muy simpático, porque después de ese viaje se le metió que ella no quería estar más en una ciudad ruidosa y que ella tampoco iba a seguir haciendo bulla y dejó de vender las rifas y se dedicó a arreglar ropa con su máquina de cocer hasta que se decidió a vender la moto y los muebles y hasta la máquina y se fue para Suiza porque ella quería ser vieja en lugar así, ella quería vivir sus últimos años lejos de tanto ruido. 

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...