martes, 18 de julio de 2023

Irse, quedando - 14

La juventud no es el momento indicado para querer ser un escritor porque no hay futuro en la escritura. Los cuentos y las novelas solo pueden resultar de provecho para quienes los leen, para el que los escribe solo representa una merma. 

El derecho de las cosas está en descubrir la vocación de escritor cuando ya se ha conseguido una pensión, así se puede trabajar en la novela con la comida asegurada y el sosiego de una mirada puesta en el pasado, porque en ese momento siempre serán más los años vividos que los años por vivir. 

Un joven escritor podrá tener talento y aun así escribirá con hambre y padecerá la escasez propia del oficio y ese es un sacrificio que en la era de la creación de contenidos para redes sociales y la monetización de la ligereza no está bien visto. 

Cuestión que en lugar de meterme a la policía para escribir en mis años de buen retiro, decidí comenzar a escribir mis cuentos a los veinte años, por la misma época en la que muchos de mis conocidos y amigos que llevaban años metidos en las canchas de fútbol entrenando duro con el sueño de ser jugadores profesionales empezaban a ver su sueño desvanecerse porque pasados los veinte ya estaba claro que los esperaba era estudiar una carrera o conseguir trabajo. 

Ellos empezaban a darle orden a lo que sería el futuro mientras yo publicaba mi primer cuento en una revista que no pagaba. No llevo las cuentas, pero esa puede ser calificada como la primera chichigua que me quitó la escritura, impresión del manuscrito y costo del envío por correo, el sobre de manila me lo regalaron y el cuento no le importo a nadie. 

viernes, 14 de julio de 2023

Irse, quedando - 13

El problema con ese momento mágico en el que uno cree descubrir su vocación es justo que se presente como mágico y no como lógico, porque si fuera lógico uno no se desbocaría ilusionado y ciego de tras de algo para lo que a todas luces no sirve. 

Uno de mis compañeros de colegio decía que su vocación era salvar a los animales y no fue capaz de terminar la carrera de veterinaria porque le daba pesar cortarlos para realizar las intervenciones quirúrgicas necesarias para salvarlos; acabó estudiando ingeniería ambiental y liderando grupos de activistas que se empelotan durante las cabalgatas para protestar contra el maltrato. Ya aprendí que no debo preguntarle a cuantos animales ha salvado porque se emputa. 

Mi historia no es mejor, a los veinte me dio por decir que quería ser escritor, como si tuviera alguna posibilidad de conseguir algo notorio en ese campo, y entonces estudié una carrera cualquiera, una licenciatura, con la esperanza de terminar metido en el magisterio y aprovechar los largos meses de paro y el sueldo recibido por decir que el gobierno los quiere a todos brutos, para escribir mis novelas. 

No hizo falta que pasara mucho tiempo para darme cuenta de que todo iba a ir en caída libre para mí y que se podía conseguir mucho más como activista, sin importar si se trata de defender árboles o animales. Le digo a mi compañero que yo no veo que andar por ahí protestando y jodiendo, le dé plata y me dice que no es por el vil metal, sino por la satisfacción, cosa que no sé qué es, o para qué sirve, todavía.  

jueves, 13 de julio de 2023

Irse, quedando - 12

Ya dije que soy un tipo de más de treinta años que vive con los papás y tiene un trabajo en el que no gana lo suficiente para vivir solo y sentirse por fin como un adulto dueño de su vida como la tradición humana del éxito lo exige. 

Por eso me temo que a partir de esa descripción es fácil imaginarme como un parásito, y aunque podría sacarlos de ese error, prefiero no hacerlo porque yo respeto el derecho de los otros a imaginar y no me voy a meter con eso.  

No es por parecer fantoche ni nada, es por darle matices a la situación, porque no siempre esto fue así, es mis veinte años me veía como un individuo prometedor, los profesores me quería como su monitor y los artículos me quedaban bien escritos, lo que se convirtió en un problema porque ahí fue cuando me dio por perseguir el sueño, ser un escritor, un novelista o un cuentista, nunca un poeta, aunque en el mundo de la escasez habitado por los poetas y las bacterias todavía puedo ser promesa, qué bochorno. 

miércoles, 12 de julio de 2023

Irse, quedando - 11

Nacho, no tenía hijos, o por lo menos hasta donde yo supe, no los tuvo. 

Estoy hablando de un tipo, sin familia alguna, menos aún creo que estuviera al tanto de lo que significaba cuidar a un niño o permanecer más de dos minutos interactuando con uno. 

Su compañía era una guitarra, se sentaba días enteros a tocar el instrumento o a estudiarlo porque tampoco es que esté elaborando el perfil de un intérprete excepcional enterrado en las montañas. 

Se sabía una que otra ranchera y también cantaba rondas infantiles. No sé por qué le gustaban, pero le salían muy bien, vi y oí a más de uno ir por la carretera, tarareando, arroz con leche, me quiero casar... 

Y también vi y oí a los jornaleros entre los cafetales pasar con velocidad de una rama a la otra, desprendiendo con prisa los granos sin dejar de tararear, y la iguana tomaba café, tomaba café a la hora del té. 

Resultaba bastante contagioso el canto de Nacho y en esos años era lo más parecido al fenómeno que hoy conocemos como viral, lo viral escenificado en un ambiente discriminado y controlado, diría mi amigo, el sociólogo que pinta casas y sigue buscando trabajo en el sector académico.

Algo que también le gustaba mucho a Nacho era jugar con el famoso dubi dubi que tanto le han admirado a Frank Sinatra. Dudo mucho que Nacho hubiera escuchado Extraños en la noche, o que estuviera enterado de la importancia que tuvo para la música que un señor hubiera podido transformar con tan notorio resultado una onomatopeya en esa fabulosa expresión lírica. Igual lo hacía, de manera desprevenida, tocaba la guitarra y hacía tara tara ra ra y así con otras combinaciones. 

Cuando Nacho vivía al bordo de la carretera, antes de haber decidido echarse su casa al hombre y vivir metros más abajo entre cafetales, nunca había cantado con el gusto con el que lo hacía, tal vez irse, aunque hubiera sido un poquito más abajo había significado para él algo que no podíamos entender los otros. 

martes, 11 de julio de 2023

Irse, quedando - 10

Tarde o temprano se aprenden cosas que le permiten a uno dejar de ser un bobo en un campo para ser un bobo en otros. Yo, por ejemplo, aprendí después de los treinta que esos hijos que para mí desde que pienso en la posibilidad de ser padre han sido un sinónimo de carga, para otros son justamente lo contrario, un motor que los impulsa, un motivo para mantenerse en pie. 

Irse, quedando -9

En medio de algunas conversaciones he oído a los solteros y a las parejas sin hijos decir que nada los detienen, que se pueden ir a otro país a la hora que sea y que llegado el momento crítico, el tan esperado desmoronamiento con el que la normalidad de este terruño amenaza, ellos pueden buscar la estabilidad en Europa o USA. Lo dicen con la confianza del que nunca se irá, del que no sabe lo que es irse. 

Pasa que los tipos y las tipas que seguimos sin hijos y presumimos de eso como nuestro único triunfo y compramos juguetes que no tuvimos de niños para poner estorbar sobre un armario o una biblioteca, vivimos convencidos de que tener un hijo es llevar un lastre que impide cualquier avance. Decimos que los niños le ponen fin a la libertad, como si estuviéramos haciendo algo destacable ahora que nos creemos libres. 

Si yo tuviera hijos, podría decir que no me decido a irme del país, porque no quiero someter a los niños a ese cambio, porque quiero evitarles la fatiga que implicaría para ellos que mi oportunidad se rebusque no salga bien. Pero no tengo hijos, y esa escusa queda para otros, o para ninguno, porque primero se fue mi cuñado y después mando la plata para que también se fuera mi hermana con sus dos hijos. 

Creo que en las próximas conversaciones en las que me vea metido mandaré a empacar las maletas a todo el que diga que se puede ir cuando le provoque.

lunes, 10 de julio de 2023

Irse, quedando - 8

Se van a ir. 

Nos vamos a ir. 

Llegará ese día en el que todos esos casi cuarentones vivamos por fin solos.

Claro que habrá gente sufriendo y amigos del papá chismoseando en los billares de barrio mientras se jactan de los logros de sus hijos, esos que sí se fueron de la casa cumplidos los dieciocho años. Logros que por lo regular tienen que ver con haber comprado un carro o una casa. 

Una que otra señora también presenta como logro que uno de sus vástagos se hubiera ido del país para mandarle de vez en cuando un billetico. Entre tanto, ahí vamos, irse de la casa de los papás, irse de la ciudad, irse del país, cada cual se va yendo tan lejos como sus posibilidades actuales lo permitan y su valentía los habilite.

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...