En medio de algunas conversaciones he oído a los solteros y a las parejas sin hijos decir que nada los detienen, que se pueden ir a otro país a la hora que sea y que llegado el momento crítico, el tan esperado desmoronamiento con el que la normalidad de este terruño amenaza, ellos pueden buscar la estabilidad en Europa o USA. Lo dicen con la confianza del que nunca se irá, del que no sabe lo que es irse.
Pasa que los tipos y las tipas que seguimos sin hijos y presumimos de eso como nuestro único triunfo y compramos juguetes que no tuvimos de niños para poner estorbar sobre un armario o una biblioteca, vivimos convencidos de que tener un hijo es llevar un lastre que impide cualquier avance. Decimos que los niños le ponen fin a la libertad, como si estuviéramos haciendo algo destacable ahora que nos creemos libres.
Si yo tuviera hijos, podría decir que no me decido a irme del país, porque no quiero someter a los niños a ese cambio, porque quiero evitarles la fatiga que implicaría para ellos que mi oportunidad se rebusque no salga bien. Pero no tengo hijos, y esa escusa queda para otros, o para ninguno, porque primero se fue mi cuñado y después mando la plata para que también se fuera mi hermana con sus dos hijos.
Creo que en las próximas conversaciones en las que me vea metido mandaré a empacar las maletas a todo el que diga que se puede ir cuando le provoque.