Escuché en la radio esta mañana que murió un editor de apellido y nombre extranjero. Trabajó muchos años en una revista de esas por suscripción, de las que nunca hay en las salas de espera, de las que lee la gente culta y se canalean los poetas en bibliotecas públicas.
Con voz afectada un escritor que lo conoció lamentaba su partida. Le hablaba a los oyentes de la generosidad y el profesionalismo y el humor y su gusto por la buena comida, un gastrónomo excelso dijo para terminar.
Un hombre hermoso comentó una periodista y tan joven, dijo otro, apenas 31 años. Me quedó sonando la edad, corrí al computador y escribí el nombre y lo vi, el editor que se tuvo que morir para que yo quisiera saber como se veía el editor que se murió sin saber de mí.
De Villarica a Pueblo Escondido hay tres bostezos y un hormigueo en una pierna, un cucarrón que entra por la ventana y el olor permanente a cagajón.
De Montefrío a San Jerónimo hay cinco paquetes de plátano maduro frito y tres aguaceros y ladridos de perros incontables.
De Rompetierra a Potrerillo hay un pensamiento agudo y peligroso que duele en la frente y unas palmas mecidas por el viento que amenaza desde lejos.
De la desidia y el olvido en que caí al deseo de ver salir el sol en ese pueblito suyo al que nunca fui hay una decisión apresurada y un error y una carga pesada.
El escritor, exdrogadicto, exborracho, exnocturno consiguió por fin publicar su libro de cuentos.
Es el autor de una pequeña editorial que recibe proyectos de libros por arrobas en su correo electrónico oficial. Ocho millones de pesos pagó para publicar su libro.
Tuvo que trabajar duro como relacionista público de un concejal de Bogotá hasta que juntó lo suficiente y renunció. Conocía un par de detalles de la vida personal de su exjefe que le sirvieron para extorsionarlo un poquito y sacarle algunos billetes de más. También le dio culo al concejal, pero por eso no le cobró, él es un escritor con principios.
Sus cuentos hablan de punk, de drogas, de sectas, de la noche, del realismo sucio, de Bukowski, de Morrisey, del realismo sucio y de las ganas de morirse porque él es un escritor de esos que cree que todavía tiene sentido decir en primera persona en un cuento que me quiero morir. Sus cuentos hablan de la selva de cemento y de la injusticia y de los políticos corruptos y del alcohol y de Nietzsche y de la vida espiritual y de alcohol.
El escritor, exdrogadicto, exborracho, exnocturno también es crítico literario y reseña libros y discos y películas y en sus reseñas también habla de drogas y de sectas y de realismo sucio y de alcohol y de sexo y de estar vivo. Otra cosa que le gusta es decir que los famosos escritores de cuento de Colombia son muy malos.
Incursiona en el activismo y escribe panfletos digitales, quiere ser un gran escritor y ya está buscando como reunir otros ocho millones para publicar su nuevo libro que ahora será una novela. Lo importante para conseguir sus metas como escritor, es mantenerse exdrogadicto, exborracho, exnocturno.
Había una vez un vendedor de huevos que cansado de malgastar su inversión y ver disminuidas sus utilidades se plantó en la puerta de la alcaldía municipal con un cartel en las manos y su voz de fumador para pedir a gritos que arreglaran las calles y taparan los huecos. Me voy a quebrar, decía. Hasta cuándo iba a tener que responder él por los huevos rotos en cada panal, gritaba. Arreglan las vías o pagan ustedes la tortilla diaria, una cosa o la otra, pero de una vez, repetía.
El primer día lo ignoraron y al segundo lo sacaron a empujones un par de policías. El personal encargado del aseo de la alcaldía se quejó, el señor que protestaba dejaba la entrada del edificio llena de huevos quebrados y desde la plaza se sentía el mal olor.
El vendedor de huevos no se rindió y volvió resuelto y listo para seguir reclamando. Pasado el rato un funcionario le dio la cara, le recomendó manejar despacio y le recordó que los huevos eran delicados. Reparto huevos en un triciclo, zumbambico, qué tan rápido puedo ir. El problema es lo que reparte, venda otra cosa, zahorias o lechuga, eso no se quiebra, o venda aguacates, acá ningún vendedor de aguacates ha venido a protestar porque las calles tengan uno que otro huequito, dijo el funcionario. Acá trabajos y lo importante es que nos dejen trabajar. Y el funcionario se marchó y siguió con lo suyo y el vendedor de huevos gritó otro rato esa tarde y gritó otro rato al día siguiente y otro rato a la semana siguiente y el personal del aseo limpió y el vendedor de huevos no volvió.
También me dijeron a mí en los noventa que el mundo se iba a acabar y una señal de ello era el código de barras, representación de las garras de satanás. Me hablaron del 666 marca de la bestia en la frente del condenado. Lo gritaban con megáfono en las calles grupos de hermanos en la fe. En la pantalla de la TV otra cosa me contaban, el anuncio del final competía con el avance, los carros iban a volar y nadie iba a necesitar un fax. Iban a producir semillas en laboratorios que acabarían con el hambre y podrían clonar ovejas si querían con las tetas adelante. Y todo eso iba a suceder y todo eso era otra premonición del final. Que nos íbamos a llamar por dispositivo satelital en vez de teléfono con cable, íbamos a poder vernos mientras hablábamos con los familiares que vivían lejos, los que trabajan en España y Estados Unidos. Y pasó una década y luego una más y algunas cosas fueron así como habían dicho y otras no. Con pereza ahora, hasta enojo a veces, rechazamos video llamadas por falta de ganas. Y seguimos esperando el fin, pero desganados.
La gente de la radio que habla desde Bogotá no es como yo. Sintonizarlos a diario me hace creer que sí, pero no, no son como yo. A veces se enojan, otras se gritan casi al borde del infarto. No los veo pero sé que eso pasa. Son irrespetuosos de vez en cuando con sus entrevistados y sus preferencias se transparentan con cada pregunta. Se equivocan a cada rato, pronuncian mal un nombre y hablan de música que no conocen. Todo eso podría hacerme creer que son como yo, gente normal que la puede cagar. Aún así la gente de la radio que habla desde Bogotá no es como yo. Lo sabía de antes y lo confirme ayer cuando hablan de sus viajes a la Florida y de sus visitas a los parques de Disney. Uno dijo que en su séptima vez con Mickey se aburrió. La gente de la radio que habla desde Bogotá no es como yo.
Estoy trepado en una posibilidad de éxito vertiginosa. Las sillas del comedor y el pocillo con el café caliente se ven casi borrosos desde acá.
Cualquiera con miedo a las alturas diría que soy un valiente. Desde la cobardía de la que uno es dueño héroe es cualquiera al que la camiseta le haga bomba con el viento.
Pero esto no es privilegio, ni suerte, ni obra de dios. Estar así de encumbrado y mirar desde arriba cual ladrón de coco es posible y está al alcance de todos, solo hace falta descubrir el cómo.
En mi caso boté las gafas desde por la mañana y estoy usando de plataforma unos libros de liderazgo que mantengo en la mesita de noche pendientes de leer. Los puse sobre una butaca y me subí. Aunque acá tampoco las veo, sobre la parte más alta del armario no están.