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Manuel
sabía muy bien cómo me la estaba rebuscando y es muy probable que también se
hubiera dado a la tarea de calcular cuánto me podía estar sacando al año. Lo
que tal vez no sabía o por lo menos no con certeza era si me alcanzaba o no, y
la verdad era que no. Me estaba viendo a gatas para llegar a fin de mes y eso
que estaba apretando como nunca. Por eso llamé a Rubén. Si yo no tenía ropa él
si tenía y yo no me podía quedar ahí tirado viendo televisión como si no me
estuviera jugando el orgullo y el nombre en ese encuentro con el alcalde.
Seguía
lloviendo y ese fue el primer pero de Rubén al contestar. Pero como se le
ocurre que yo voy a salir ahorita, vea el aguacero, y menos a llevarle ropa, no
ve que se moja. Le dije que no se quejara que para eso tenía carro. Me aclaró
que el carro era no más para salir de paseo los domingos o puentes festivos,
que para el pueblo tenía la moto. No hay nada más feo en la vida que un tacaño
infeliz, le solté. No señor, no señor, llamar a pedir favores irrespetándome,
no señor así no se consigue nada, y ningún tacaño nene, ningún tacaño, lo que
pasa es que yo tengo conciencia ambiental y no voy a estar quemando combustible
y generando desechos prendiendo un carro en el que caben cinco personas para
andar solo, no señor. Me reí de la respuesta, con Rubén ese tipo de comentarios
eran la constante. Soñaba con militar en algún movimiento, el que sea.
Hagamos
una cosa entonces, yo voy a su casa en taxi, pero usted me lo paga allá porque
yo ando sin un peso, hágame el favor, no sea chimbo que esto es una emergencia,
dígame que sí y allá le echo bien el cuento. Por un momento creí que me había dejado
hablando solo, le pregunté si seguía ahí y respondió afirmativamente con algo
de fastidio, ni que fuera una mujer para andarle pagando el taxi, agregó. Cómo
así que una mujer, conciencia ambiental sí, pero conciencia feminista no, que
feo eso Rubén, cómo si las mujeres no trabajaran para obtener sus propios ingresos
y pagar los taxis que se les dé la gana. Rubén notó mi tono de mofa y me mandó
a comer mierda, seguidamente me pidió que no me demorara porque él no estaba de
humor para desvelarse, y menos conmigo.
Llegué
rapidito a la casa de Rubén. El taxista me habló todo el tiempo. Estaba
contento porque el día había estado duro y a última hora lo había salvado la
lluvia. Es que hay unos días en los que uno hace escasamente la entrega. No le
pregunté cuánto tenía que entregar porque no estaba muy interesado, seguía
pensando en Manuel y en el tal negocio. El taxista seguía hablando, que las
lluvias así a esa hora, justo cuando la gente estaba saliendo del trabajo eran
una putería porque a más de uno de esos que andaba en motorratón le tocaba
coger taxi, muchos compañeros comparten taxi y así, lo que importa es no
mojarse, a veces le toca a uno montar hasta cinco pasajeros, sufre el carrito,
pero con lo duro que se pone todo, tampoco les puede uno decir que no.
Rubén
estaba parando en la puerta con un billete en una mano y un paraguas en la
otra. El taxi se detuvo justo al frente de su casa y él se acercó hasta el
taxista, lo saludó y le entregó el billete, recibió lo que le sobró y cuando
abrí la puerta para bajarme me dijo que esperara y se acercó para que me
metiera con él bajo el paraguas. El taxista se había quedado mirando curioso la
bata de Rubén y la manera en que me apretaba contra su cuerpo para que no me
mojara, no dijo nada, pero yo supe con verle la sonrisa que en su cabeza ya nos
había emparejado. Así es Rubén, un paraguas para caminar un metro entre un taxi
y una puerta.
Le
eché todo el cuento a Rubén, para que entendiera porque estaba ahí pidiéndole
ropa prestada. Me escuchó atento mientras se tomaba su mate. Rubén tomaba mate.
Después de haber estado paseando en Buenos Aires por dos semanas volvió diciendo
que se había enamorado de la mística que envuelve al ritual de tomar mate. Cuando
se le acabó la yerba esa que trajo de por allá, consiguió a alguien que se la
estuviera mandando dizque porque la que vendían acá no era buena, no respetaba
en él las mismas sensaciones.
Le
rechacé el ofrecimiento con delicadeza, sin entrar a decir que esa maricada
sabía horrible. Lo que sí hice fue comerme un par de galletas que tenía en un
plato grande sobre la mesita de la sala. No podía visitarlo sin comerme unas
cuantas galletas, eran galletas como las que se consiguen en cualquier
panadería, pero él les ponía chocolate y coco rallado, era generoso con ambos
ingredientes y le quedaban deliciosas.
Rubén
me observó con un rostro impávido, como si pegarse del pitillito ese tuviera en
él algún efecto zen. Me dejó hablar sin interrumpir y cuando lo puse al tanto
de la situación en lugar de hablarme de Manuel se refirió a las galletas, me
dijo que no podía permitir que se me notara tanto el hambre, siempre es lo
mismo cuando viene acá, se atasca de galletas como si llevara días sin comer,
aunque sí parece que a usted como que se le ha estado perdiendo la comida
porque anda muy acabado, todos los días más seco, o será qué está enfermo, uno
nunca sabe qué puede tener por dentro trabajándole, mire a ver si se hace
exámenes, para descartar.
Me
demoré en refutarlo porque todavía estaba intentando tragarme las galletas. Ningún
enfermo, yo estaba saludable, aunque atarugado. Rubén me dio la espalda y se
fue para la cocina, caminaba como si la bata esa que tenía puesta le permitiera
levitar. Andaba en las Birkenstock que tanto le gustaban, yo conocía el nombre
de esa marca por él, tenía los pies blancos y las uñas perfectas, en un estado
tan lejano de las mías, esas garras mal formadas y desastrosas, como mi
situación económica en ese momento, una situación tan alejada de la de él.
Rubén no se tardó, regresó, con otro plato con galletas y un vaso de agua. No
tuvo que decir nada, con su mirada entendí que podía seguir comiendo.
Mi
anfitrión se volvió sentar y habló sin pasión, era el colmo que yo estuviera
considerando volver a trabajar con ese sorete, la palabra la descubrió también
en su paseo por el sur y se la apropió, se había apropiado varias. Muy alcalde
y todo lo que sea, pero no es buen tipo, lo dejó penando todo este tiempo y
ahora lo vuelve a buscar. Lo vuelve a buscar después de cagarlo. Para nada
bueno debe ser. Un negocio chueco, algún
testaferro debe estar necesitando y qué mejor que usted que mire como traga
galletas, la próxima vez llama más temprano y me pide que lo invite a comer.
Pero bueno si usted ya le dijo que iba pues ya le toca. Eso sí, yo no creo que
le vayan a proponer algo decente. Porque a ver, dígame, cuando ganaron usted
que puesto estaba esperando que le dieran. Le respondí que una secretaría, eso
esperaba yo, por eso había trabajado duro como nadie. Una secretaría,
cualquiera, pero una secretaría para mí. Por qué no se la dieron, preguntó
Rubén. Pues porque no tenía experiencia, eso fue lo que me dijo Manuel y lo que
me dijo el equipo. A eso voy hermano, en ese entonces no le dieron una
secretaría porque usted no tenía experiencia y hoy pasados los años usted sigue
sin tener esa experiencia, entonces para darle una secretaría no lo están
llamando. Le van a salir con sanitario tapado, con una bomba para que lo
destape, no espere más que eso. Igual usted tiene razón, no importa lo que sea,
vaya bien vestido, que por lo menos en eso estén a la par.
Tenía
razón Rubén. Yo desconfiaba tanto como él, por eso no lo contradije ni quise
ponerme a gastar saliva explicando algo que ya estaba claro. Me quedé a su lado
viéndolo casi metido entre su enorme closet. Deslizaba ganchos y más ganchos
con prendas de todos los colores y todas las texturas. Cómo quiere ir, le busco
saco y corbata o qué, preguntó Rubén. Creí que estaba recochando, pero no, se
quedó serio. Me apresuré con la negativa. Saco y corbata no, marica, me agarran
de goce en esa oficina. Lo que menos me van a decir es que si me estaba
haciendo la foto de la cédula o que si vengo de hacer la primera comunión.
Verdad que en estos pueblos ir de traje es casi andar disfrazado, el
provincianismo es una malaria seria, expresó Rubén con pena. Entonces qué
quiere, qué ropa se quiere poner, me preguntó. Pantalón y camisa manga larga,
le respondí. Usted está es de verdad muy arrancado, tener que pedir prestada
una camisa, muy mal, aunque bueno usted mejor que nadie sabe que está en la
inmunda.
Rubén
empezó a sacar pantalones y extenderlos sobre la cama: negros, cafés, azules,
mostazas, rallados. Pana, dril, paño. Con las camisas hizo lo mismo. Negras,
blancas, ralladas, cuadriculadas. Con cuello italiano, francés, americano,
nerú.
Yo
sabía poco o nada de materiales o cortes, pero él me explicó, no solo le voy a
prestar ropa, además le voy a enseñar, dijo él cuando me mostró la diferencia
entre un cuello y otro. Yo miré todo lo que sacó sin saber muy bien que
necesitaba o quería. Mi plan era irme por la siempre conocida opción del
pantalón negro con la camisa blanca o azul. En ultimas fue Rubén el que
escogió. Le ha servido aguantar hambre, porque si no, no le serviría mi ropa,
me dijo cuando me medí en uno de los pantalones que me entregó para que mirará
como me quedaba.
Cuando
me preguntó por los zapatos le dije que tenía los negros de siempre. Me miró
sorprendido y se burló. Los zapatos de siempre, usted qué se creyó pues, el
papa Bergoglio, no parce, esas posturas de humildad no son para nosotros. Abrió
otra puerta del closet, un compartimento en el que solo había zapatos, agarró
unos negros y me los pasó. Zapatos Guillermo de Mario Hernández, también le
tengo el cinturón, espere y verá. Al final la percha era pantalón granate,
camisa blanca y zapatos negros. Los pantalones me quedaban medio embalconados y
lo zapatos algo estrechos. Rubén me dijo que la altura de los pantalones no era
problema, que se estaba usando mucho así altos. Eso sí, no se le vaya a ocurrir
ponerse una medías blancas porque ahí sí lo daña todo.
Antes
de irme Rubén me deseó suerte, me recomendó tener los ojos bien abiertos y
corazón bien cerrado. Ahora no es que se vaya a poner de lindo con ese monigote.
Duro con él, por falso. Le di las gracias mientras me comía otra galleta. No nene,
gracias no, con un gracias no se va a salir, este favor me lo devuelve y
prontico porque ya lo fiché, una prima mía anda dizque estudiando peluquería y
necesita unos modelos para practicar algunas técnicas, ya lo pongo a usted en
la lista, fresco que yo le aviso cuando le toque, me dijo muy serio Rubén.
Modelo
de aprendiz de peluquera, solo Rubén lo podía terminar metiéndolo a uno en esas
cosas. Le dije que claro, que de una, porque tampoco le iba a decir que no
mientras me comía sus galletas y me llevaba su ropa. Me preguntó que si me
pedía taxi y le dije que no, que me iba caminando porque andaba en los rines.
Rubén se pegó con la mano en la frente, dramatizando más de lo necesario.
Hágale, lo voy a pedir, no se asuste que yo lo pago, pero a usted le va a tocar
hacerse un cursito básico de finanzas porque tampoco es que se esté ganando tan
poquito como para vivir en esa inopia tan espantosa. Le recomiendo la ropa, no
se la vaya tirar porque con qué me la va a pagar si la pierde.