martes, 13 de junio de 2017

Una mula roja

Destapó la coca plástica y olió la mazamorra, empezaba avinagrarse, no había nada más en la nevera y tenía hambre. Abrió la llave del grifo dejó caer el agua sobre la mazamorra que después de un momento pasó a ser un puñado de maíz descolorido y blando, le puso leche y se sentó a comer. Observó con cuidado, como cada que se sentaba en el comedor el cuadro grande de una tractomula roja transitando por una carretera amplia y solitaria. Lo había comprado su tío para adornar un bar que se quebró a los dos meses de abierto. El tío le regaló el cuadro, para que se acuerde que tener un bar no es tan fácil como parece. Él lo guardó bajo la cama y sólo lo colgó un días después de que el tío muriera. Parecía seguro de la visita del tío y era mejor que viera el cuadro colgado. Cómo explicarle que no le gustaban las tractomulas en caso de que preguntara dónde estaba. El tío no vino aunque podía venir en cualquier momento y por eso el cuadro seguía colgado frente a la mesa.

Antes de acostarse lavó la coca y la dejo al lado del lavaplatos, cerró las ventanas y se echó sobre la cama sin desvestirla sin desvestirse y se respondió en voz alta que no sabía por qué y no sabía por qué no sabía. Hacía calor en el cuarto y en el resto de la casa pero no podía abrir las ventanas, no era fiable dejarlas abiertas. Se había dado cuenta de eso apenas dos días atrás cuando entraron a su cuarto sin importar que viviera en un tercer piso y se llevaron  el celular que estaba cargando en la mesa de noche sobre un ejemplar de Moby Dick editado por Valdemar. Entendía que se robaran el celular pero cómo putas no se había llevado el libro que seguro valía más. Lo despertó un golpe en la ventana y cuando estiró la mano hasta la mesa para mirar la hora el celular no estaba. Se habían metido a su cuarto, habían caminado a su lado dando pasos delicados, lo habían visto dormir. Cómo hacían eso, cómo violan lo único que tenía, su intimidad, se suponía que el barrio era seguro. Había dicho eso y más mientras caminaba por el cuarto como buscando un rastro o una prueba de algo, miraba por la ventana y volvía a caminar por el cuarto repitiendo las mismas palabras.

Se sumó a la fila con una carpeta gris en una mano y el libro de Moby Dick en la otra, eran pocos y estaban en silencio, avanzaban con prisa, sus rostros inexpresivos se reflejaban en el piso blanco impecable y en los cristales sin mancha tras los que se escondían los encargados de atención al cliente. Expuso su situación con un par de palabras inclinándose un poco para estar a la altura de la ventanilla, entregó los documentos y poco después se encontró en una oficina con un supervisor.

Con una voz chillona el supervisor le decía que no podían devolver el dinero del depósito, él era el único responsable de la pérdida, era quien había dejado abiertas las ventanas. Todas las casas estaban equipada con modernos ventiladores, el calor no era una excusa. Le dijo que no podía dormir si había un ventilador encendido en el cuarto, el puro hecho de saber que las aspas se estaban moviendo lo desvelaba. La última vez que encendió el ventilador se tuvo que levantar a vomitar porque no pudo sacarse de la cabeza y de la barriga esa sensación de giro continuo de las aspas.

El supervisor sin despegar los ojos del computador quiso saber quién más tenía acceso a ese espacio y él le respondió que estaba solo. A veces algunos clientes recibían visitas inesperadas del otro lado, lo dijo con un tono de incredulidad y desprecio por la paranoia mostrada por el cliente que denunciaba un robo donde no había ladrones. No era posible que lo visitaran estaba solo de este lado y del otro también ¿si hubiera alguien allí usted cree que yo pagaría para estar acá comiendo cosas vinagres todas las noches? El supervisor se movió un poco incómodo en su silla, se apartó del computador y mirando directamente al cliente le dijo que respetaba su privacidad y por eso no era de su incumbencia y tampoco de la empresa saber porqué había decidido él residir en ese espacio. Ellos prestaban sus servicios partiendo de las elecciones de los clientes. Entonces el celular se va quedar perdido, preguntó él. La respuesta del supervisor fue afirmativa y agregó que de todos modos allí los celulares eran inútiles. Él le dijo que no era por las llamadas sino por el despertador. El supervisor abrió la primera gaveta de su escritorio y sacó un reloj despertador con el nombre de la empresa y se lo entregó, diciéndole que lamentaba no poder ayudarlo más. El supervisor se levantó de la silla se organizó el saco con una mano y con la otra señaló la puerta de salida,  le dijo que esa era una hermosa edición de esa novela. Quiso sonreírle pero no ocurrió, salió de la oficina, lento, apretando el libro.

Miró el cuadro mientras se tomaba un tinto que no sabía bien. Llevaba un par de años yendo de un lado al otro y aún no entendía lo que pasaba con los sabores de los alimentos, o era su paladar o era la comida. La tractomula roja le había gustado al tío porque iba llena de cualquier cosa, eso decía cuando la miraba, usted puede echar el cuento que quiera con esa mula, puede llevar carne de marrano o lápices de punta gruesa, puede estar cargada de pantalones de pana o llena de muchachas rusas como en las películas de acción americanas, mientras esté así cerrada puede llevar lo que sea. Él con el pocillo de tinto en la mano creía que la mula iba cargada de bultos llenos de café sembrado entre naranjos en una tierra fría.

Llevó el pocillo a la cocina y mientras lo lavaba sintió sonar el celular, fue al cuarto pero no estaba, tampoco estaba en la sala ni en la cocina, seguía sonando y él lo seguía buscando sin verlo, volvió a mirar el cuadro con cuidado como si estuviera viendo el celular ahí. Volvió  la cocina y abrió la nevera como por no dejar y ahí estaba el celular, no habían llamadas perdidas, lo que sonaba era la alarma del despertador 7.37pm hora de la muerte del tío. El tío, dijo y volvió a mirar el cuadro, lo descolgó y lo dejó sobre la mesa.



lunes, 5 de junio de 2017

Gaseosa fría

Se murió un sobrino de Conrado Jiménez, hijo de Elías Jiménez el que vive abajo en Barreto. Dizque estaba jugando futbol en la cancha de la escuela el viernes por la tarde después de salir de trabajar, terminó el partido y se fue para la tienda de doña Cielo que está ahí al lado y se tomó una gaseosa helada y listo ahí quedó el tipo, no se volvió a mover, dijo él. Otro muerto más para nutrir el mito. Ningún mito, es que eso es positivo no es el primero que yo he visto que se muere así, o bueno no que lo haya visto porque yo no he visto a ninguno, lo que quiero decir es que no es el primer caso del que me entero, eso es peligroso, cómo no va ser peligrosos que uno esté agitado con la sangre caliente y corriendo a mil por el cuerpo y llegarle algo así bien frío, ahí mismo se para el mango. Ya me imagino a todo el mundo comentando eso después de cada partido.

Cuál de los hijos de Elías sería, preguntó ella. Pues si no me echaron mal el cuento fue Alfredo, dizque lo entierran mañana. Ese fue yerno de Carlos García cierto que sí, dijo ella. Sí señora ese mismo, el que estuvo administrando la finca de Ramón Aristizábal por allá en el río.

Bueno y como es que hacen pues ustedes dos para saber el nombre de toda esa gente, hace cuanto que ni los ven y vea eso, nombres apellidos y todo. Yo llevo cinco semestres estudiando con gente que ni sé cómo se apellida. Es que uno toda la vida de por allá cómo no va saber quién es la gente, además ni que fueran muchos como aquí que viven millones, por allá son cincuenta o cien personas en un caserío y los mismo siempre, dijo él. También es que tiene buena memoria, eso o que la mía es muy mala.

Hay unas muertes que no se dejan ni contar, que cosa tan berraca. Imagínense a los hijos del señor ese cuando les pregunten: ¿de qué murió su papá? y ellos, no pues de tomar gaseosa fría estado muy acalorado. Es que eso no es serio, o la gente diciendo allá viene la viuda que pecao, a ella no se le puede ofrecer sino tinto o chocolate caliente no le vaya a brindar jugo o aguapanela fría que de pronto la pone a pensar en el difunto. No pues es que pónganse a pensar ustedes que Jesús se hubiera muerto de lo mismo, de tomar agua fría después de una caminata larga por el desierto. No, es que ahí hubiera quedado enterrada la historia, adiós iglesia católica. Una cosa es que uno diga no pues a él lo crucificaron, eso ya tiene peso hay todo un relato, una odisea.  Pero morirse así como ese señor si es una pendejada. Hay gente a la que le tocan muertes muy chimbas, uno por allá en ese monte debería morir de viejo, o no sé tumbado por un caballo, embestido por una vaca, rodado, o del susto después de ver un duende, o en una pelea, morir a machetazos en riñas de puteadero eso sí se deja contar.

Oigan el otro tan bobo y quién dijo pues que la muerte de la gente tiene que servir para contar historias, usted si es verdad que esa miradera de películas lo está aguevando y ponerse a hablar de Jesús viendo que usted sabe que a ella no le gusta que hable de Jesús así porque eso es pecado, dijo él. Que pena con los dos, no quería ser grosero. De todos modos nosotros ya sabemos que usted es así, uno se acostumbra a mí hasta por eso es que me cae bien, pero si le hace falta salir de la ciudad de vez en cuando, dijo ella. Por eso es también que le cae mal a todo el mundo porque no piensa para hablar, dijo él.

Pero bueno para que usted no ande así preocupado por viudas o por huérfanos, el muchacho que se murió no tenía hijos y ya estaba separado, a esta hora lo debe estar llorando la familia, el papá, la mamá y los hermanos que son como ocho y pues yo no sé si ellos están tan preocupados como usted por la falta de dramatismo de la muerte, dijo él. Usted que va saber si no ha hablado con ellos, no dirán nada ahora de aburridos pero espere y verá en un par de años se van a sorprender en la noche tomando tinto y viendo luciérnagas diciendo cosas como: uno que va a creer que se va morir por tomarse una gaseosa fría. Y lo van a decir con ese tono como de lastima en la voz, como si no estuvieran conformes con ese final, como si creyeran que ni siquiera de morir bien hubiera sido capaz. Pero cuenten qué pasó, no pues que era el yerno de alguien.

Yerno de Carlos García pero eso fue hace siete u ocho años, nosotros vivíamos por allá todavía, Erika lo dejó dizque porque él no sabía culiar o eso fue lo que dijeron que dijo ella, yo no sé, pero demás que sí porque esa muchacha resultó bien arrebatada, dijo ella. En serio, no puede ser, cómo carajos se nos murió ese Alfredo sin que yo lo hubiera conocido, cómo así que antes de que el tipo fuera reducido al ridículo suceso de morir por tomar gaseosa fría acalorado el tipo ya estaba reducido a mal culiador, con un tipo de esos me saco foto y le pido autógrafo.

Lo que dicen es que ella se volvió para la casa y le dijo a Rosa que ella no quería vivir más con Alfredo que él no sabía culiar que se subía y ahí mismo se bajaba que eso no pagaba ni la untada. Yo sé porque ese cuento se regó por allá por todas partes hasta el mismo Elías decía que era muy raro que un hijo le hubiera salido malo pal huevo viendo lo bueno que era él pa eso, y no lo digo yo, lo dicen todas las mozas que he tenido y lo diría mi mujer también si le preguntaran, es que de todos modos si el Alfredo salió malo pa culiar ahí sí no hay de que culpar a la muchacha por qué diga usted uno con qué autoridad va a tratar a una mujer a la que no monta bien, es que eso es lo primero que uno tiene que hacer, hay que saberla montar, dejarla contenta y luego dejar contentas a otras, porque de todos modos uno tiene que ser amplio con lo que tiene. Aunque eso sí, a mí una vieja me sale con que no sé culiar y le sobra es rejo el que se coma, pa que aprenda a respetar. Al marica del Alfredo le faltaron fue huevas también. Yo mismo escuché a Elías decir eso una vez que estábamos tomando en una cantina por allá en el pueblo, Dijo él y ella lo miró y le dijo que le creía porque como para emborracharse y aparecer el miércoles por la tarde a la casa sin carne y con el mercado a medias si era bien bueno. Esperen pero no se vayan a sacar los trapos al sol ahorita, terminemos el tema mejor y luego cuando me vaya si solucionan ustedes esos inconvenientes, aunque ya no importan, ya pasaron.

Oiga pero lo que no sabía el Elías cuando se ponía a hablar del hijo cada que se emborrachaba era que Erika la nuera no era ninguna tonta y buscaba quien la contentara, aunque tampoco se demoró mucho para saber porque ese fue el otro cuento dizque allá en la finca que administraban en el río el cuarto donde dormían los trabajadores estaba en uno bajos y que por las noches Erika se quitaba la ropa y bajaba y se le metía en la cama a uno de tantos, dizque se comió a más de uno allá y luego para no arriesgarse mucho los esperaba en la bodega donde guardaban el café, pero eso sí que ella no se metió con ninguno pues así enserio, se los comía no más, eso dizque la veía entrar a la bodega después de las siete u ocho de la noche y que ahí mismo al que primero entrará a la bodega. Y como esa finca era tan grande el Alfredo ni se daba cuenta volteando por ahí con tanto que hacer, dijo ella.

En el pueblo jodian mucho los domingos cuando uno subía a vender el café y estaban los jornaleros por ahí buscando cuadre, eso todos buscando a Alfredo a ver si él necesitaba trabajadores, decía entre ellos que el mejor trabadero era donde Alfredo porque allá la comida era muy buena, dijo él. Esperen pero díganme primero que tal estaba la Erika esa, sí era bonita, y qué pasó con Alfredo cuando Erika se fue de la casa y él se dio cuenta que los trabajadores sí sabían culiar.

Pues sí, fea no era y estaba muy joven, yo creo que no llegaba a los veinte. Nosotros la conocimos desde que nació porque éramos muy cercanos a Rosa y a Carlos hasta íbamos a ser los padrinos de bautizo. Pero cómo le parece que la rosa llega y me pregunta, bueno y usted cuándo es que se piensa casar pues por la iglesia para que pueda ser la madrina de la niña y le dije yo qué cómo así qué cuál era el afán y me dice la atrevida esta dizque era que ella no podía dejar que la niña tuviera unos padrinos amancebados y me dio a mí esa rabia tan horrible y le dije que bien pudiera buscará a otros padrinos porque nosotros afán de casarnos no teníamos y claro es que apenas llevábamos como un años viviendo juntos y yo decía que no me casaba con éste si no dejaba esa tomadera que mantenía y vea apenas nos casamos hace como ocho años. Pero bueno el cuento es que Rosa crió así a esa muchacha así con un montón de cuidados, que Erika no salía, que Erika no podía ir al colegio porque por allá se metía en los malos pasos y sí como en tercero la sacó de estudiar porque ya sabía lo que tenía que saber y la mantenía encerrada en esa casa y la vestía con unas batas largas hasta los tobillos y con blusas manga larga y todo que porque nada tenía que estar mostrando. Las fincas tenían que ser a toda hora encañonadas y lejos del camino o la carretera para que no estuviera pasando gente por ahí cerca. De los cinco hijos que tenían ella era la única mujer y era la menor uno hasta entiende que la consientan y la cuiden y que la mimen y todo pues por ser la niña de la casa pero es que Rosa exageró cuidandola y vea se queda uno sin saber qué fue lo que cuidó porque de todos modos ella sabía que para vestir santos no se iba a quedar. Antes fue que no se le voló de la casa y se salió así como ella quería casada por la iglesia, aunque quién sabe qué habrá pensado Rosa cuando la vio volver, yo de eso nunca le hablé, ese tema no se tocaban, con ella no.

Vea yo le digo qué pasó con Alfredo oiga que berracos si nos gusta el chisme, quién va a creer que estábamos hablando era de una muerte, dijo él. Alfredo decía que le había tocado echar a Erika, empacarle los chiros y mandarla para la casa de la mamá por bandida, por loca, el finado dijo eso que ella estaba loca enferma, dijo él.  Bueno y qué hizo con los trabajadores, cómo hizo para seguir trabajando con ellos después de enterarse de tan candentes aventuras. Pues qué iba hacer, no hizo nada, seguir trabajando, se fue para la casa del tío, de Conrado y de allá se trajo una prima para que le cocinara y le ayudará ahí en la casa, eso mientras terminaron de coger esa cosecha y listo él entregó esa finca y se volvió para la casa de Elías y cuando se emborrachaba pues siempre resultada yéndose a los golpes con el que se pusiera hablar del tema.

Entonces Alfredo no resultó tan aburrido porque vea si no pasa al recuerdo como el tipo que se murió por tomar gaseosa fría estando acalorado pues pasa como el tipo al que dejó la mujer por no saber culiar, pero quién sabe cuál de las dos historias va tener mayor aceptación.

Yo creo que la de la muerte porque es mejor, a uno no le importa si el tipo tenía o no problemas en la cama con la mujer en cambio morirse de tomar gaseosa fría es algo que nos interesa a todos, es como para tenerlo en cuenta, entonces uno dice yo no quiero para mí esa muerte, entonces no vuelvo a tomar gaseosa fría cuando estoy acalorado o no me acaloro para tomar gaseosa fría. La muerte de Alfredo pasa a ser algo así como un aviso, dijo él.

A mí también me parece que lo de la gaseosa es mejor, esas historias son las que sirven para meterle miedo a los niños, sin muertes de esas uno no podría decir con tranquilidad cosas como: no se moje caloroso que se tuerce, no se meta a la río después de comer, no tome nada frío cuando termine de jugar vea que el yerno de un amigo se murió por eso. Las historias hechas para meter miedo duran más y hasta son necesarias. Dijo ella.

Entonces pasamos de una muerte pendeja, carente de la intensidad de las tragedias a una muerte necesaria y pertinente para argumentar la sostenibilidad de un cuento que tiene más de mito montañero que de otra cosa.

El hecho es que el tipo se murió y lo entierran mañana y usted debería haberse ido a trabajar hace rato, dijo él. No entro a trabajar sino hasta las diez, estoy bien de tiempo. Digan mejor que se hizo Erika se quedó allá en la casa de la mamá o qué. Esa muchacha quién sabe dónde estará, ella estuvo un par de meses con Rosa y Carlos y luego se fue, empacó la ropa en un costal y se fue por la noche y listo no la volvieron a ver, por ahí los llama de vez en cuando a decirles que está bien pero no dice ni donde ni haciendo qué. Rosa quería otra vez dizque esconderla en la casa y no dejarla salir ni para ir a misa. Carlos dice que así estuvo bien que de todos modos esa muchacha no podía esperar nada quedándose por allá, dijo ella.

Si Alfredo no hubiera vivido por allá en el monte que es donde están los olvidados ya estuviéramos oyendo en radio y viendo en el noticiero un comunicado de las industrias de bebidas lamentando lo ocurrido y asegurando que el producto no tuvo nada que ver, pero cómo pasó por allá pues ni eso, ni para aparecer en un tabloide.

Mejor así, dijo ella. Sí, mejor así, no el olvido, sino que no se vuelva noticia, dijo él. Mejor si se va a trabajar, dijo ella. Sí mejor si se va, para que luego no ande pidiendo plazos para pagar el arriendo dijo él. Me voy, me voy pues, hace rato me hubiera ido pero los que alargaron el cuento fueron ustedes.

viernes, 26 de mayo de 2017

Si se va a caer de un puente fíjese bien en cómo va a ser para que lo pueda contar

La gente que habla por teléfono mientras come se me hace intolerable, cuando soy yo el que está al otro lado de la línea es peor. María dice que no, que no le diga nada, que no hay necesidad, que no, que no la llamé. No suelta el teléfono y no suelta la cuchara. La miro y me parece que con cada palabra que dice el volumen de su voz me aturde y el sonido que generan sus dientes y muelas masticando la carne se adelgaza y se afila y me rompe de los tímpanos al hígado. No le digo nada a María porque para ella hablar y comer es normal y sólo a mí me molesta porque soy insoportable y no me aguanto ni yo. Me levanto de la mesa llevo el plato a la cocina y empiezo a lavarlo y aunque estoy lejos de la mesa no puedo dejar de oírla, como si se agudizara el sentido.

María se queda a mi lado mientras termino de lavar la loza. Tiene el teléfono en el bolsillo y las manos cruzadas, está taciturna y no me mira a mí ni a la estufa ni al piso. Le pregunto qué pasó y me dice que era Eliza, que como ella tampoco entendía qué había pasado y no podía lidiar con la incertidumbre se había ido para el puente a ver si alguien le daba razón de algo.

Antonio el papá de María se cayó ayer al río desde el puente de la calle 34 o eso dice él. A las 2.30pm cuando yo estaba revisando correos del trabajo y María haciendo la siesta le sonó el celular y poco después salió del cuarto llorando y gritando y llorando. Qué pasó le dije yo asustado y ella que papá que papá que se cayó del puente que está cerca de la casa de Eliza, que se tiró no sé, Nata no supo decirme, que papá está en la clínica. Entonces qué va hacer, le dije. Pues irme para la clínica qué más voy hacer, no me voy a quedar acá esperando no sé qué, me voy me voy. Me ofrecí a acompañarla pero antes de que terminara de hablar ella ya había arrancado el carro.

Según le dijeron a Eliza papá no se cayó el puente de la 34 sino de uno que hay más allá por donde pasa la carrilera. Yo no sé, no lo conozco. Yo sí, le dije, antes fue que no se mató su papá, con lo alto que está ese puente y lo peligroso que es pasarlo, eso no tiene barandas ni nada de lo que uno se pueda sostener y además toca estirar mucho los pies, haga de cuenta caminar por la carrilera pero con el río pasando por debajo.

Antonio dijo en la clínica cuando le preguntaron de qué puente se había caído que a él le parecía que del de la 34 pero que ya ni se acordaba, y cuando el médico quiso saber qué le había pasado mi suegro dijo que él no sabía, que se había mareado y que se había caído y que unos niños que estaban jugando al borde del río lo había sacado, que primero se había tirado uno pero como el río iba crecido no había sido capaz de sacarlo y que entonces los otros también se tiraron ayudar y lo sacaron y le preguntaron que si estaba bien y que cómo se había caído y que si se acordaba para donde iba y que él les respondió lo último, les dijo que iba para donde una hija que vivía ahí cerca a la cancha de La Floresta y los muchachos lo acompañaron hasta la casa de Eliza. Eliza le dijo al doctor que los muchachos habían dicho lo mismo, que se había caído al río y no más. Luego ella llamó a la ambulancia. El médico les dijo que menos mal el río iba crecido que eso le había favorecido el golpe y Nata dijo que gracias a Dios.

Antonio salió del hospital a las 9 de la noche, todos los exámenes estaban en orden, llevaba una herida de 7 puntos en la cabeza un par de raspones en los brazos, la mano derecha hinchada y morada, descompuesta según él. Se le había bajado el azúcar y eso explicaba el desmayo. Antonio dijo que menos mal salían tarde que llegaba a la casa a encaletarse para no tener que explicarle a todos esos chismosos lo que le había pasado.

Le pregunto a María qué cuál es la diferencia entre un puente y otro si lo que importaba es que Antonio está bien y que en comparación a lo que le había podido pasar lo único malo fue darse un chapuzón sin saber nadar, eso y que seguro le iba a dar una gripa terrible. María me dijo que ahí estaba yo, siempre igual, haciendo chistes con todo, sin respetar lo más delicado, sin respetarla a ella ni a su papá. No me parecía que la hubiera irrespetado, el viejo estaba bien, yo no le veía ningún problema. Mire a María y espere a que sus ojos se hicieran pequeños, hay que ver hasta donde se abren los ojos de María cuando se molesta, o mejor cuando yo soy el que le genera el malestar. El problema es que papá se cayó de un puente pero dice que se cayó de otro, por algo no querrá decir la verdad, me dijo María.

En la casa Antonio se encontró con un par de vecinas y con el farmaceuta de la esquina todos estaban deseosos de escuchar las explicaciones de mi suegro que no hizo otra cosa que emputarse cuando los vio y preguntar que de donde salía tanto chismoso. Eliza y María miraron a Nata, Antonio también la miró pero ella no dijo nada. De lo único que tengo ganas es de dormir, le dijo Antonio a los visitantes, dejen que Nata los ponga al tanto, mañana hablamos.

Eliza me dijo ahorita que me llamó que no le digamos nada a Nata porque sabiendo cómo es ella va y le dice a papá y si él no quiere decir nada pues hay que respetarlo por algo será, dice María. Será que su papá no se cayó sino que se tiró, seguro por eso no se tiró del puente de la 34 porque por ahí pasa mucha gente, por eso se fue para el otro. Es que no nos vamos a decir mentiras, desde que su mamá se murió el viejo mantiene aburrido, puede ser por eso. María se mira los brazos erizados y me dice que no, que el papá no, que el papá no se va matar, que ellas también lo alcanzaron a pensar pero que no lo creen. Lo que yo creo es que él no quiere decir que se cayó del otro puente por orgullo, le da pena decir que se cayó por imprudente, por pasar solo por allá y seguro también quiere evitar reproches, dijo María. Yo asentí, con lo fantoche que es mi suegro nada de raro tiene que simplemente le de vergüenza contar que se cayó. Pero además imaginarme a Eliza a Nata y María juntas en el cuarto del viejo regañandolo por salir solo, por no cuidarse, por no pensar en él, eso como el recuento más vacuo de todo lo que ellas tres eran capaces de decir; era motivo suficiente para alterar cualquier versión. A veces no es tan difícil entender a mi suegro.

El río se llevó el celular, las gafas y un radio que Antonio llevaba en el bolsillo pero eso no lo dejó incomunicado, el teléfono fijo sonó todo el día en su casa. Lo llamaron dos hermanas, una prima, dos nietos, y otra gente con la que él no quiso ni hablar. Bueno y cómo putas se dieron cuenta pues que yo me caí de un puente, es que les parece la putería de historia pues para estarla contando, preguntó Antonio ofendido. Eliza dijo que ella no le había contado a nadie y María dijo lo mismo. Yo llamé a las tías, había que contarles, dijo Nata, ellas tienen derecho a saber. Antonio sin sorpresa en su voz le dijo que siempre era lo mismo con ella. Qué derecho van a tener mis hermanas de saber lo que pase o no conmigo, a ver cuándo vienen por acá o cuándo llaman a preguntar cómo está uno, ahora resulta que se tiene que caer uno pues de un hijueputa puente para importarle a todo el mundo, díganme a ver cuántos puentes hice yo, cuántos, más de diez puentes hice y largos y anchos y no se me cayó ninguno ahí están en pie y cuándo me llamaron a felicitarme. Levanto puentes y vale huevo y me caigo de uno y ahí si entonces soy la putería. Ninguna dijo nada, María salió del cuarto y se acercó a la sala donde el esposo de Eliza y yo estábamos viendo televisión, Eliza hizo lo mismo. Nata se encerró en el baño y Antonio se quedó solo en el cuarto y desde allá con voz autoritaria pidió desenchufar el teléfono porque él no estaba para nadie.

Mientras saco una ropa de la lavadora María me dice que estar pendiente del papá es muy difícil, es terco y no se deja ayudar y si uno lo deja tranquilo y no interviene en sus cosas entonces se queja porque tiene hijas pero es como si no las tuviera porque ninguna se interesa por él. Le digo que lo llame a ver si ya se le quitó el enojo. Marca y me dice que está sonando, le digo que por lo menos lo volvió a conectar. Pero para nada porque no contesta dice María.

domingo, 21 de mayo de 2017

Elección futbolera para decepcionar a una tía


En el periódico del domingo publicaron una nota relacionada con la presentación de la primera novela de Diego Martínez estudiante de la universidad de Tuluá. Leí en voz alta para que mi tía oyera. No le prestó mucha atención a la sinopsis de la novela que según decían en la nota rompía con todos los esquemas tradicionales de narración y le daba un nuevo aire a la literatura colombiana que tanto necesitaba reinventarse. La nota también hacía referencia al padrino del nuevo joven escritor un reconocido ensayista y novelista muy interesado en el poder y en jactarse de su capacidad para descubrir nuevos talentos. La tía me dijo que las novelas del señor ese si le gustaban, ella había leído varías. Como parecía interesada seguí leyendo.

En la nota decían que Diego era adicto a la lectura, estudiante disciplinado, amante del cine, muy creyente en el señor y además hincha del América y cuando leí eso ultimo mi tía suspiró displicente, cómo que del América a ese que lo vamos a leer, lea otra cosa mejor, me dijo la tía. Sí en lugar del América hubiera dicho Nacional mi tía me hubiera mandado de inmediato a la librería a comprar el libro y me hubiera dicho que teníamos que apoyar el talento local y que teníamos que leer a nuestros jóvenes y que sí veía al muchacho en la universidad que lo invitara a comer y me hubiera arrebatado el periódico para mirar la foto de Diego a ver si se le hacía conocido, de pronto lo había visto en el estadio. Pero no, el escritor era hincha del América y con eso era suficiente para perder el interés o mejor para no darle interés.

Pasé unas cuantas páginas y empecé a leer una crónica sobre la victoria de un ciclista colombiano en España y la tía dijo que le gustaba más que le leyera cosas así. Le di un sorbo al tinto que ya estaba frío y mi tía me dijo que no entendía por qué yo iba a tomar tinto al lado de ella, no entendía por qué me gustaba antojarla si yo sabía que ella no podía tomar tinto porque el médico se lo había prohibido. La tía me interrumpió para decirme que ella había escuchado como narraban esa carrera de Lucho en radio, que yo por qué estaba leyendo periódicos viejos y yo le dije que era un homenaje al ciclista.  

Oiga y usted ya botó esa porquería de camiseta, me dijo la tía. Y yo me reí y le dije que no, qué cómo la iba a botar si a mí me gustaba. Pues cómo que cómo pues botándola, la tira a la basura y ya, si usted tuviera un poquito más de inteligencia no hubiera comprado eso, dizque "Héroes 2004" héroes de qué a ver de qué, dijo la tía.

Cuando fui la semana pasada a visitarla llevaba puesta la camiseta del Once Caldas, la edición de la copa libertadores del 2004 y la tía no me dejó entrar y me dijo, cuando se quite esa camiseta y la bote que vuelva con mucho gusto. Ella sentía como un ataque personal que el equipo de sus amores ya no pudiera ser el único en ostentar una copa libertadores.

Mi tía decía que en la familia de ella todos eran hinchas del Nacional que era el mejor equipo del país y que yo era el único pendejo que había resultado de otro equipo. Menos mal es de ese porque si fuera del América mejor dicho es que lo hubiéramos desheredado. Pero eso es culpa de su mamá que como no les puso orden desde chiquitos y los dejó hacer lo que se les diera la gana, vea los hijos míos, los tres hijos del Nacional, yo cuando los veía con el televisor prendido viendo partidos de otros equipos y dizque celebrando los goles de una les zampaba sus coscorrones, me acuerdo del Oscar dizque yendo al estadio a ver jugar al Pereira dizque porque la culigada esa que era la novia era dizque hincha del Pereira, ese día lo agarré y le zampe sus buenos golpes y le dije que si iba a seguir de lucidito lo mandaba a prestar servicio para que aprendiera a respetar, y vea santo remedio, no volvió por allá o por lo menos no que yo me hubiera dado cuenta.  

Ese primo, Oscar vive en Estados Unidos y llama a mi tía semanalmente pero no viene a visitarla sino cada año por navidad. Los otros dos Carlos y Manuel viven en Bogotá, aunque están más cerca tampoco viene mucho a verla. Yo la visito todas las tardes desde que la ingresaron. También viene mi mamá y otra tía, mi tía dice que menos mal vengo yo porque esas otras tontas no saben leer, empiezan a tartamudear y no salen con nada.

Mi tía me dijo que si yo sigo con el capricho ese de querer escribir lo primero que tengo que hacer cambiarme de equipo de fútbol. Que yo me tengo que volver hincha del Nacional como ella sí lo que quiero es escribir historia vitales. Qué va poder escribir usted siendo hincha del Once o de esos otros equipos dígame a ver. Puras historias tristes de gente que no sabe sino identificarse con el dolor, historias de gente que vive en el fracaso y se cae y se levanta y se vuelve a caer, historias de pisoteados de humillados y engañados, puros cuentos de balones que pegan en el palo. Nada se puede esperar de alguien que se identifique con eso, las historias deben tener eso pero además deben girar en torno a la esperanza, a la posibilidad de que va a ser de otro modo, de que va a cambiar y será mejor, el dolor sirve pero si uno sabe que se va acabar porque si el dolor está ahí y uno sabe que va a seguir estando pues hasta ahí llegó la historia, para qué seguirla.  Eso es lo que le pasa a usted por eso es que todo eso que escribe es triste y aburrido y no da ganas de nada y no divierte ni entretiene y ni emociona o conmueve porque para conmovido vive uno con la vida que le tocó y con la de los dos o tres vecinos o de los hermanos o lo que sea esa gente que uno tiene cerca y a la que le están pasando cosas terribles todo el tiempo.

Yo le dije a la tía que nada tiene que ver un equipo de fútbol con lo que uno pueda escribir o no y ella me dijo que yo soy un terco, un bruto, que por eso no entiendo y que por eso conservo esa camiseta y todavía peor me la sigo poniendo.

Mamá dice que mi tía en el colegio siempre sacaba al tablero a los estudiantes que no eran hinchas del nacional aunque mi tía lo niega, porque ella no mezclaba el trabajo y sus gustos personales aunque yo cada que la escucho decir que me equivoqué de equipo creo que algo de razón debe tener mi mamá.

Terminé de leer la crónica y seguí con un par de columnas de opinión mi tía asentía o negaba con la cabeza mientras que yo iba leyendo, suspiraba o refunfuñaba sin interrumpir, por fortuna el fanatismo de mi tía es sólo para el fútbol y en política no se compromete.

Tiré el vaso desechable donde estaba el tinto al cesto de basura y le pregunté a la tía con una sonrisa divertida que ella interpretó a la perfección que si le había prohibido algo más a parte del tinto y ella dijo que ojalá la vida le alcanzara para ver como los médicos va a llegar a prohibirme todo lo que me gusta y yo le dije que por eso le habían quitado la cafeína, porque se altera con nada.


Me despedí de la tía con un beso en la mejilla y le dije que iba a conseguir el libro de Diego para que lo leyéramos juntos y me dijo que si quería mantenerla ahí en esa camilla sin verla recuperarse pues lo estaba haciendo muy bien. Cerré la puerta del cuarto y caminé por el pasillo de cuidados intensivos buscando la salida. En el bus no dejaba de pensar en lo mucho que me gustaría que la tía no estuviera tan delicada para poder decirle que el médico que la operó es hincha del América.

sábado, 13 de mayo de 2017

Labios

“Tiene los labios delgados y ahora dizque va tener un hijo, no sé porque me pareció simpático, tan fácil que es engañarse”. Esta afirmación se podía oír hace unos años en cualquier cafetería universitaria del país.

El desarrollo de nuevas tecnologías ofrece hoy dos posibilidades, la primera tener los labios más gruesos y la segunda desaparecer a los bebés no planificados. El porcentaje de personas que acuden a estos procedimientos es similar. Un estudio reciente de la universidad de Tuluá revela que en los últimos tres años la cifra de niños desaparecidos y labios gruesos es la misma.

Los expertos coinciden al creer que la oportunidad de tener labios gruesos y carnosos puede acabar con el desprecio que tiene algunas mujeres por hombres de labios delgados. En cuanto a la desaparición de niños las opiniones de los expertos están divididas, un sector cree que los niños pueden regresar de ese otro lugar al que van a parar. Aunque ese otro lugar es mucho mejor el deseo por conocer su origen los puede superar. Esa situación amenaza la tranquilidad de todos. Otro sector cree que los niños no deberían ir a ningún lado porque a los niños se los queda la mamá o sea que un niño no afecta de ninguna manera el atractivo de un hombre de labios gruesos o de uno de labios delgados que se someta al procedimiento.

A la pregunta ¿si el tipo que le parece simpático tiene labios delgados y un bebé y usted puede elegir entre desaparecer al bebé y aumentar el volumen de los labios cuál sería su elección? La mayoría de las encuestadas eligen la segunda opción, “Esos labios los vendría disfrutando yo, en ultimas eso es lo que importa, de todos modos el bebé lo tiene es la mamá”.

Aunque el debate sigue abierto y los estudios sociales dedicados a la obsesión actual por los labios carnosos aumentan lo que está claro es que los labios delgados ya no representan ningún problema.


viernes, 12 de mayo de 2017

Comparendo

Es que no lo pueden despertar, no pueden, si lo despiertan no saben a lo que se atienen, él puede levantar dos o tres carros de esos y arrojarlos lejos con la misma facilidad con la que usted escupe. El uniformado escupe a los pies de la señora y le dice que sople y a continuación mientras espera le dice que si da positivo él mismo se encarga de que le quiten la licencia y también de que le quiten al niño. La señora parece asustada, sopla y da negativo, el uniformado la mira con sospecha y le dice que las viejas aprendieron a hacerle trampa al alcoholímetro.

En el asiento de atrás del carro el niño duerme profundo. La señora le pide a los uniformados que la dejen ir, que le hagan el comparendo pero que la dejen ir. Uno de los uniformados le dice que ese no es espacio para parquear y que cómo se le ocurrió dejar a un niño solo en un carro. La señora insiste en que no lo podía despertar, que a él hay que dejarlo despertar solito, que la última vez que lo despertaron a las malas hubo un terremoto en Chile. El uniformado escupe al piso y le dice a su compañero que o es loca o les está viendo la cara de pendejos y que él cree que es lo segundo, eso le da 72 horas de detención.

La señora se mueve de un lado a otro y les repite que no podía despertar al niño, que por eso lo dejó ahí, que ella no se demoró nada. Uno de los uniformados dice que entre mentiras y plata él prefiere que le ofrezcan plata, que por lo menos ahorra tiempo y nadie lo está creyendo bobo. La señora le dice que en serio es peligroso despertar al niño pero el uniformado no la quiere oir y empieza a golpear el techo del carro, deja caer la mano abierta grande y pesada con fuerza. La puerta de carro se abre y la señora que mira al uniformado temblando sin saber porqué hizo eso sale corriendo.


Del carro se baja el niño de no más de cuatro años, tiene la cabeza agachada y se limpia los ojos con las manos, el uniformado lo mira con cariño y escupe, el niño levanta la mirada y baja las manos, los uniformados ven sus ojos y retroceden, no es normal lo que ven. La saliva del uniformado no alcanza a caer al piso. 

jueves, 11 de mayo de 2017

Omnívoro

El tipo está sentado en el sofá buscando en la televisión el canal en el que siempre ve los partidos de fútbol y no lo encuentra. Va del canal 1 al 350 y no da con el puto canal que siempre pasa los partidos del campeonato nacional, aprieta fuerte el control y sigue hundiendo el botón, procurando ir más despacio.

A su espalda, al fondo de la sala en la mesa del comedor que está cubierta de cuadernos, colores, ega, papeles de celofán, tijeras y recortes de revistas, está el niño haciendo las tareas de la escuela. Ella no va a llegar a la casa hasta las 10 de la noche, estará en clase. Él llega de trabajar a las seis de la tarde se quita el uniforme y se sirve un café que toma en compañía de ella que ya va de salida.

El niño está recortando unos recuadros pequeños en los que hay diversos animales, debe colorear y luego pegar los recortes en un cuadro que le ofrece tres opciones: carnívoros, omnívoros y herbívoros. El niño pregunta de qué color es un conejo y él que ya entendió que se perdió el partido le responde que blancos. El niño le dice que si lo puede pintar rosado y él le pregunta que sí ha visto alguna vez un conejo rosado, el niño le dice que no y él le dice que entonces para qué pregunta bobadas. Él sigue en el sofá y el niño en el comedor. Toma el color rosado y pinta el conejo.

A falta de partidos él ve las noticias y el niño colorea y canta “vive en una piña debajo del mar, Bob esponja” y vuelve a cantar esa misma parte. Él le dice que cante más bajito que no lo deja escuchar el noticiero. El niño obedece por un momento, luego se le olvida y vuelve a subir el volumen. El niño pregunta de qué color puede pintar al león y él le dice que amarillo. El niño le dice que por eso ya lo había pintado amarillo, de qué color son los leopardos y él le dice que como amarillo con manchas negras y el niño le dice que los leopardos corren muy rápido y que no se cansan. Los leopardos sí se cansan dice él. Que no, que no se cansan que corren rápido y no se cansan y que comen venados y que no se cansan, que la profesora les dijo, dice el niño. Claro que se cansa, todo cansa, todos se cansan, de todo se cansa uno peque, le dice él, y dígale a la profesora que sí se cansan. El niño hace una mueca de fastidio parece avergonzado de ese papá que no sabe nada.

El niño pregunta que si el león es carnívoro y él le dice que sí, pregunta luego por la vaca, el caballo, la hiena, el pavo y él responde. El niño vuelve a preguntar y él vuelve a responder y le dice que no le va a repetir más.

El niño va hasta el sofá con la ega y uno de los papelitos recortados y le dice que le ayude a pegarlos que la mamá dijo que le dijera al papá que le ayudara a pegar porque él solo hacía muchos regueros de ega  y le quedaba muy feo. Él sigue sentado en el sofá, sigue mirando el televisor, pone un puntico de ega en el centro del papel y le dice al niño que lo riegue y el niño le dice que hay que esparcir la ega y él le dice que eso que esparcir la ega. El niño vuelve a preguntar que si el león es carnívoro y él le responde que sí hombre sí ya le dicho mil veces que sí. El niño pega el león en la columna de los carnívoros, toma otro papel y vuelve al sofá para que el papá le ponga ega.


Él le dice que se apure que le va servir la comida y el niño le dice que ya casi, pega a la hiena en los carnívoros y le dice al papá que ellos son omnívoros porque pueden comer de todo y él le dice que no, que son omnívoros porque comen lo que pueden. El niño vuelve a mirarlo como si el papá no supiera nada. cierra el cuaderno y van juntos a la cocina. 

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...