martes, 13 de junio de 2017

Una mula roja

Destapó la coca plástica y olió la mazamorra, empezaba avinagrarse, no había nada más en la nevera y tenía hambre. Abrió la llave del grifo dejó caer el agua sobre la mazamorra que después de un momento pasó a ser un puñado de maíz descolorido y blando, le puso leche y se sentó a comer. Observó con cuidado, como cada que se sentaba en el comedor el cuadro grande de una tractomula roja transitando por una carretera amplia y solitaria. Lo había comprado su tío para adornar un bar que se quebró a los dos meses de abierto. El tío le regaló el cuadro, para que se acuerde que tener un bar no es tan fácil como parece. Él lo guardó bajo la cama y sólo lo colgó un días después de que el tío muriera. Parecía seguro de la visita del tío y era mejor que viera el cuadro colgado. Cómo explicarle que no le gustaban las tractomulas en caso de que preguntara dónde estaba. El tío no vino aunque podía venir en cualquier momento y por eso el cuadro seguía colgado frente a la mesa.

Antes de acostarse lavó la coca y la dejo al lado del lavaplatos, cerró las ventanas y se echó sobre la cama sin desvestirla sin desvestirse y se respondió en voz alta que no sabía por qué y no sabía por qué no sabía. Hacía calor en el cuarto y en el resto de la casa pero no podía abrir las ventanas, no era fiable dejarlas abiertas. Se había dado cuenta de eso apenas dos días atrás cuando entraron a su cuarto sin importar que viviera en un tercer piso y se llevaron  el celular que estaba cargando en la mesa de noche sobre un ejemplar de Moby Dick editado por Valdemar. Entendía que se robaran el celular pero cómo putas no se había llevado el libro que seguro valía más. Lo despertó un golpe en la ventana y cuando estiró la mano hasta la mesa para mirar la hora el celular no estaba. Se habían metido a su cuarto, habían caminado a su lado dando pasos delicados, lo habían visto dormir. Cómo hacían eso, cómo violan lo único que tenía, su intimidad, se suponía que el barrio era seguro. Había dicho eso y más mientras caminaba por el cuarto como buscando un rastro o una prueba de algo, miraba por la ventana y volvía a caminar por el cuarto repitiendo las mismas palabras.

Se sumó a la fila con una carpeta gris en una mano y el libro de Moby Dick en la otra, eran pocos y estaban en silencio, avanzaban con prisa, sus rostros inexpresivos se reflejaban en el piso blanco impecable y en los cristales sin mancha tras los que se escondían los encargados de atención al cliente. Expuso su situación con un par de palabras inclinándose un poco para estar a la altura de la ventanilla, entregó los documentos y poco después se encontró en una oficina con un supervisor.

Con una voz chillona el supervisor le decía que no podían devolver el dinero del depósito, él era el único responsable de la pérdida, era quien había dejado abiertas las ventanas. Todas las casas estaban equipada con modernos ventiladores, el calor no era una excusa. Le dijo que no podía dormir si había un ventilador encendido en el cuarto, el puro hecho de saber que las aspas se estaban moviendo lo desvelaba. La última vez que encendió el ventilador se tuvo que levantar a vomitar porque no pudo sacarse de la cabeza y de la barriga esa sensación de giro continuo de las aspas.

El supervisor sin despegar los ojos del computador quiso saber quién más tenía acceso a ese espacio y él le respondió que estaba solo. A veces algunos clientes recibían visitas inesperadas del otro lado, lo dijo con un tono de incredulidad y desprecio por la paranoia mostrada por el cliente que denunciaba un robo donde no había ladrones. No era posible que lo visitaran estaba solo de este lado y del otro también ¿si hubiera alguien allí usted cree que yo pagaría para estar acá comiendo cosas vinagres todas las noches? El supervisor se movió un poco incómodo en su silla, se apartó del computador y mirando directamente al cliente le dijo que respetaba su privacidad y por eso no era de su incumbencia y tampoco de la empresa saber porqué había decidido él residir en ese espacio. Ellos prestaban sus servicios partiendo de las elecciones de los clientes. Entonces el celular se va quedar perdido, preguntó él. La respuesta del supervisor fue afirmativa y agregó que de todos modos allí los celulares eran inútiles. Él le dijo que no era por las llamadas sino por el despertador. El supervisor abrió la primera gaveta de su escritorio y sacó un reloj despertador con el nombre de la empresa y se lo entregó, diciéndole que lamentaba no poder ayudarlo más. El supervisor se levantó de la silla se organizó el saco con una mano y con la otra señaló la puerta de salida,  le dijo que esa era una hermosa edición de esa novela. Quiso sonreírle pero no ocurrió, salió de la oficina, lento, apretando el libro.

Miró el cuadro mientras se tomaba un tinto que no sabía bien. Llevaba un par de años yendo de un lado al otro y aún no entendía lo que pasaba con los sabores de los alimentos, o era su paladar o era la comida. La tractomula roja le había gustado al tío porque iba llena de cualquier cosa, eso decía cuando la miraba, usted puede echar el cuento que quiera con esa mula, puede llevar carne de marrano o lápices de punta gruesa, puede estar cargada de pantalones de pana o llena de muchachas rusas como en las películas de acción americanas, mientras esté así cerrada puede llevar lo que sea. Él con el pocillo de tinto en la mano creía que la mula iba cargada de bultos llenos de café sembrado entre naranjos en una tierra fría.

Llevó el pocillo a la cocina y mientras lo lavaba sintió sonar el celular, fue al cuarto pero no estaba, tampoco estaba en la sala ni en la cocina, seguía sonando y él lo seguía buscando sin verlo, volvió a mirar el cuadro con cuidado como si estuviera viendo el celular ahí. Volvió  la cocina y abrió la nevera como por no dejar y ahí estaba el celular, no habían llamadas perdidas, lo que sonaba era la alarma del despertador 7.37pm hora de la muerte del tío. El tío, dijo y volvió a mirar el cuadro, lo descolgó y lo dejó sobre la mesa.



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