lunes, 5 de septiembre de 2016

La improbabilidad de los otros





Asphalte la película de Samuel Benchetrit califica dentro de lo que llaman cine coral y nos presenta una serie de personajes que tienen en común el mismo lugar de residencia, un edificio viejo y gris en el que no sirve el ascensor; además un sentimiento, la soledad fría y silenciosa.


Es en ese estado de ausencia del otro donde sucede lo improbable para los personajes. Cada uno rompe con su silencio cuando alguien inesperado aparece para dar sentido al vacío. Un joven que vive con una mamá que nunca está. Una mamá que espera el fin de semana para visitar a su hijo en la cárcel. Un hombre en silla de ruedas que va en las noches a un hospital cercano a comer papás fritas de la máquina expendedora de uno de los pasillos de urgencias. Un astronauta perdido después de que su misión fallara. Una actriz golpeada por los años y un divorcio que la sume en la bebida. Una enfermera con un turno nocturno que no sonríe.


En Asphalte la soledad es la posibilidad de interpretar un sonido extraño y darle una historia una cualquiera que sea la dictada por la imaginación y el fin de la soledad es tener la oportunidad de compartir con alguien la historia improbable del origen de ese ruido.  

A veces es más fácil aceptar lo improbable que explicarnos la obviedad de una soledad que no entendemos, de una incomunicación que no vimos venir. Que la historia no es para nada triste y que soy yo el que la caga dándole esta orientación a mi comentario, en mi defensa diré que la vi el domingo en la tarde.



viernes, 2 de septiembre de 2016

Laura



Laura dejó el talonario en la mesa del comedor y fue a la concina a tomarse un vaso de agua. En la sala Miguel miraba un partido de Fútbol. El Atlético de Madrid le ganaba 1-0 al Real Madrid y cada que la posibilidad de empate se veía cerca Miguel gritaba emocionado.

Con el vaso en la mano Laura se sentó en el sofá al lado de Miguel y le dio un beso. Lo miró con una pequeña sonrisa que se borró cuando le dijo que sólo había vendido una boleta en toda la tarde.

Además de hacer rifas Laura también salía a vender arroz con leche y tamales los fines de semana, desde que su esposo se había lastimado la rodilla derecha jugando un torneo en la cancha de la 73 a Laura no le había quedado de otra, con Miguel en la casa sin poder trabajar el sueldo de ella no alcanzaba.

La pierna de Miguel estaba puesta sobre la mesa de centro con el pie apoyado en un almohadón, el médico le había dicho que si quería que la operación fuera exitosa y esa rodilla le quedara sirviendo para algo tenía que permanecer en la casa sin trabajar mínimo cuatro meses.

No era la primera vez que Miguel se golpeaba jugando pero sí la primera vez que requería de cirugía y además se quedaba tanto tiempo sin poder trabajar. Hasta el día de la lesión Miguel llevaba tres años jugando de medio campista con el mismo equipo, la mayoría de los jugadores al igual que él se dedican a la construcción.

Por esos días Laura terminaba su turno en la farmacia y llegaba a la casa a cambiarse para salir a tocar puertas y a buscar amigos y conocidos que le colaboraran, se sentía cansada. Miguel decía que lo mejor era conseguir un préstamo que se pudiera ir pagando con despacio cuando él empezara de nuevo a trabajar, así ella se evitaba la molestia pero Laura decía que no porque los prestamos igual había que pagarlos y justamente era plata lo que no tenían.

En respuesta a lo dicho por Laura sobre la venta de las boletas Miguel dijo que era el colmo que el Real no fuera capaz de ganarle al Atlético. Laura se levantó del sofá y se fue al cuarto de la niña a ver cómo iba con la tarea. Estaba muy cansada y no era por tener que salir a vender boletas o comida, estaba cansada de Miguel, estaba cansada del fútbol.

Mientras más lo pensaba menos entendía y eso la enfadaba, quería decirle a Miguel lo que sentía pero no podía, le faltaba decisión. Cuando lo veía intentando bañarse sin ayuda gimiendo de dolor Laura se arrepentía, lo que ella quería decir no iba ayudar en nada.

El día que la rifa jugó Laura tenía en el talonario veinte boletas sin vender y confiaba en que una de esas saliera ganadora, pero no fue así y tuvieron que pagar el premio, las ganancias no fueron las imaginadas. Algo es algo dijo Miguel.

Laura siguió vendiendo postres y almuerzos los fines de semana y siguió respondiendo las preguntas de los clientes y conocidos que preguntaban por el estado de Miguel, ella les decía que iba bien, lento pero bien. Sin importar el esfuerzo de Laura las deudas fueron apareciendo y eso la entristecía.

Miguel guardaba reposo, asistía a las terapias y en la tarde veía futbol, los partidos de la copa libertadores, la chanpions, la liga águila, la premier league y en últimas cualquier partido que fuera televisado.

El partido entre el Barcelona y el Bayern de Múnich iba empatado 1-1 y Miguel no despegaba los ojos de la pantalla. Laura llegó del trabajo y se sentó en el sofá, lo saludó sin acercarse. Se quedó mirándole la rodilla y le preguntó: “¿Miguel qué de bueno nos ha dado el fútbol?” Miguel miró extrañado a su esposa y entreabrió los labios para decir algo cuando el narrador de acento argentino gritó gol y Miguel dijo: “Eso Bayerm hijuepta gol gol gol”.

sábado, 27 de agosto de 2016

Tolomeo



Me aguanto, aprieto y no miro a Marcos para no azararlo. Estamos uno al lado del otro en el baño de Bar Tolomeo el sitio de moda del último mes. Marco lleva una semana diciendo que es posible viajar a alguna dimensión desconocida o universo paralelo si dos personas orinan aquí justo al mismo tiempo. Yo aprieto porque él no ha sido capaz de soltar el chorro y es la tercera vez que entramos. Estamos tomando cerveza desde las ocho de la noche y acá seguimos, yo que me meo y el que no mea.

La última vez que Marcos y yo nos emborrachamos juntos fue en la fiesta de bautismo de uno de mis sobrinos, había aguardiente a más no poder y no tuvimos que pagarlo. Desde ese día Marcos dejo de tomar porque se quitó la camiseta y bailo moviendo sensualmente la pelvis al lado de mi abuelita mientras le preguntaba si le gustaba más Daft Punk o Chemical Brothers, él no recordaba nada de eso pero en mi familia disfrutamos muchos mostrándole  el video que hizo mi cuñado.

Ir a Tolomeo no me animó mucho, no me gustan los sitios de moda y menos ese bar que se popularizo de un momento a otro por la desaparición de un par de tipos de los que nadie sabe nada. Los noticieros dijeron que esos muchachos fueron vistos por última vez en el baño para hombres de Bar Tolomeo, de pie uno al lado del otro frente a los orinales. No se sabe nada de ellos desde ese día, nadie los vio más, nadie los vio salir. El caso sigue siendo investigado, durante un mes el bar estuvo cerrado hasta que se demostró que no seguían adentro.

La hipótesis propuesta por Marcos es justo la que nos tiene a los dos en éste baño mirando las baldosas blancas sucias del piso con los pipis en las manos intentando mear justo al mismo tiempo. Marcos dice que todo consiste en mear al mismo tiempo, en que los dos chorros de pipi toquen justo al mismo tiempo el orinal, justo al mismo tiempo, yo le digo que debería parar y dejar de repetir lo mismo pero él lo sigue diciendo: “al mismo tiempo”.

Mi hipótesis sobre la desaparición de los dos tipos según Marcos es absurda y nadie se la cree. Le dije que seguramente los mataron y picaron en el baño en pedacitos pequeñitos y que luego los pusieron en el inodoro y fueron tirando de la cisterna una y otra vez hasta deshacerse de todo.

Marcos guarda de nuevo su pipi, no puede mear. Yo lo hago, descanso y emito un suspiro enorme. Volvemos a la mesa del bar donde estábamos y seguimos tomando cerveza esperando que de nuevo Marcos quiera ir al baño.

Marcos escribió una nota detallada previendo que esa noche los dos entraríamos al baño de Bar Tolomeo para no volver a salir jamás, la dejó en su cuarto donde pueda ser vista y en ella explica cómo ir a otros mundos usando el baño de un bar. Seremos recordados por todos como los hombres que han abierto la puerta a nuevos mundos, seremos tan importantes como el primer hombre que puso un pie en la luna. Yo me reí cuando dijo eso porque no tengo la menor idea del nombre del astronauta que fue a la luna.

Seguimos tomando cerveza y hablando y mirando a la gente que está en el bar, hay muchas mujeres lindas pero Marcos me dice que no estamo para buscar con quien tirar, me pide que me concentre, lo que buscamos es más grande que todo lo existente, esos tipos desaparecidos fueron los primeros en irse pero nosotros seremos los primeros en patentarlo.

Tres cervezas más y volvemos al baño nos paramos frente al orinal. Yo estoy ahí aparentando, miro a mi amigo y me dice que ahora sí, que ahora sí lo vamos a lograr. Empieza la cuenta regresiva, estamos listo, cuatro, tres, yo lo miro y él me mira, dos, yo no creo en nada de esto, pero estoy contento porque salimos a tomar otra vez y él es el que está pagando, uno y orinamos, lo dejamos salir. Miro al piso y las baldosas están sucias pero ya no son blancas, son verdes, Marcos me mira y se ríe.

lunes, 15 de agosto de 2016

Gladis



Pachaco empezó a quedarse en el puesto de salud veredal de las gaviotas, la enfermera lo dejaba echarse en la entrada y le daba comida, no sabía si tenía casa o no. Era un perro mediano de color gris, se le notaban el peso de los años en lo opaco del pelaje. Nadie le dijo a María la enfermera que el perro era de Gladis y ella no imaginó que la señora llegara a  reclamar al animal como si se lo hubiera robado.

-usted qué se creyó, venir a robarme a pachaco, aprovechada es que es, dizque enfermera, cuales, usted cómo se le ocurre quitarle los perros a la gente, jemejante, habrase visto, jemenante si lo quiere tanto cómprelo, si le gusta tanto pachacho entonces cómprelo-, dijo Gladis muy alterada.

María preocupada miraba a la señora sin saber que le pasaba, el perro estaba en medio de las dos moviendo la cola y olisqueando los pies de su dueña.

-yo no le he robado nada señora, el perrito viene todos los días y se echa acá en la entrada y a mí no me gusta espantar a los animalitos, –dijo María.

Gladis levantó una mano con el dedo extendido señalándola, iba a contestarle algo a la enfermera cuando se desgonzó sin caer al piso porque María alcanzó a sostenerla. Gladis se había desmayado. Era una mujer pequeña que cojeaba, tenía la pantorrilla izquierda renegrida, el pelo corto canoso y despeinado. María no era muy fuerte pero la arrastró hasta el consultorio sin mayor dificultad, la puso en la camilla y remojó una mota de algodón con alcohol que le puso bajo la nariz.

Cuando Gladis se recuperó la enfermera le tomó la presión que estaba muy alta, Gladis le dijo que era hipertensa. María quiso saber si la señora tomaba algún medicamento y Gladis le dijo que no le interesaba ponerse a tomar pepas porque no le gustaban y que se le olvidaban y que además eso era muy caro y que sólo creía en las bebidas de matas aromáticas.

Gladis se sintió mejor y salió del puesto de salud, llamó a su perro que la siguió con desgana y le dijo de nuevo a María que si le gustaba tanto el perro que lo comprara.

María preguntó a los vecinos por la señora, según le dijeron Gladis tenía tres hijos pero ninguno vivía cerca, no mantenían una relación constante, había perdido el marido hacía muchos años y tenía una finca pequeña con unos cuantos palos de café viejos. Algunos vecinos le dijeron que vivía sola y otros le dijeron que le pagaba a un señor para que trabajara la finca y viviera con ella. María también buscó en el historial que guardaba el puesto de salud el registro de los pacientes atendidos. El trabajo de María y sus antecesoras era de promoción y prevención y jornadas de vacunación eso y una que otra emergencia relacionada con el trabajo en las fincas, una que otra sutura y curaciones. En la carpeta de registro de la tercera edad aparecía Gladis Gómez, hipertensa de 63 años en control permanente,  la enfermera anterior la visitaba semanalmente.

María quiso continuar con esas visitas teniendo en cuenta que el estado de Gladis no parecía el mejor. Bajó a su casa días después de haberla atendido en el puesto de salud, la acompañó Pachacho que sin importar la molestia de su dueña siguió visitando a María.

Un jornalero de una finca cercana cautivado por la belleza de la nueva enferma de Las gaviotas la visitaba todas las tardes, le llevaba frutas o revuelto y se quedaba hablando con ella un rato. Él fue quién le explicó cómo llegar a la casa de Gladis.

-No hay que ser muy inteligente para hacer lo que hizo ese perro, eso lo ve cualquiera, como no va a ser mejor estar con una mujer joven y bonita que con esa viejita. –dijo el jornalero. A María el comentario no le gustó, no le dijo nada a su admirador pero él suspicaz notó que la había cagado y se apresuró a despedirse.

Gladis estaba al pie del lavadero despercudiendo una montaña de camisas de hombre, la enfermera la interrumpió con su saludo. María se quedó de pie en el patio y el perro siguió y se echó en un costal tirado en una esquina del corredor. Gladis se alejó del lavadero y saludó a la enfermera, la invitó a seguir y a sentarse. María siguió y se sentó en una banca de madera. Gladis le trajo aguapanela de la cocina, la cojera no le impedía moverse rápido. María miraba a la señora que se veía mucho más segura y saludable en su casa, incluso parecía estar de buen humor.

María desempacó el tensiómetro y examinó a Gladis que estaba sentada en la cama. Afuera en el patio se sintió un ruido.

-hágale rápido, vea que llegó mi amor y tengo que ir a ofrecerle aguapanelita –Dijo Gladis-, jemejante de todos modos eso nunca es capaz uno de controlar esa presión, más de lo que vino la otra enfermera y vea yo sigo lo mismo.

Gladis salió del cuarto y María empacó de nuevo sus cosas. Al volver al patio Gladis estaba sentada en la banca al lado de un hombre fornido y sudoroso que se había quitado las botas plásticas antes de pisar el corredor, tomaba aguapanela despacio mirando la taza, -que panela tan fea la que está sacando don Alfredo, pura cachaza, -dijo el tipo.

-buenas tardes –dijo María dirigiéndose al hombre.

-dotora cómo le va –dijo él.

Se levantó de la banca y le ofreció la mano derecha a María.

-Pablo Gutiérrez pa lo que necesite dotora

-muchas gracias, pero no soy doctora, enfermera de momento, María Giraldo –dijo- estrechándole la mano.

Pablo se volvió a sentar y Gladis aprovechó para tomarlo de la mano y entrelazar sus dedos con los de él, luego le dio un beso en los labios. Pablo no tenía más de cuarenta años. María observaba la escena y sonreía.

-Entonces doña María, qué pasa con Gladis, está enferma.

-No señor, nada grave si ella se cuida, la hipertensión es de cuidado y ella tiene que ir a los controles y tomarse las pastas.

-yo le he dicho mucho doña María pero ella no cree. Ella es complicada

Gladis en medio de los dos no decía nada y, seguía apretando la mano de Pablo como si tuviera miedo de que se le fuera a escapar.

María le entregó a Pablo unas pastillas y le dijo que iba a seguir viniendo una vez a la semana para llevar un control, le parecía lo más indicado después del desmayo de la semana pasada, le recomendó de nuevo a Gladis que se las tomara.

-Hablando de ese desmayo, que pena con usted doña María que ella fuera allá al puesto de salud a molestarla por lo del perro, vea que ella es muy celosa.

-Tranquilo, yo entiendo, yo también soy muy celosa con mis mascotas, el perrito es de ella, es normal que se moleste.

-No doña, celosa del perro no, celosa conmigo. Yo le dije que había llegado una enfermera nueva muy bonita y véala se enfureció. Ahí si le dio por irse a buscar al perro, viendo que ella sabe que a ese animal le encanta mantener allá en ese puesto de salud, la enfermera de antes lo cebó, le traía huesos del pueblo y todo.

Gladis le soltó la mano a Pablo y se fue para la cocina, tenía el rostro colorado. No dijo nada en su defensa y permaneció frente al lavaplatos lavando loza que ya estaba limpia.

-ella es así, usted no le pare bolas

María, apenada, se despidió y emprendió el camino de herradura para volver al puesto de salud. Ese fin de semana esperaba viajar al pueblo a ver a su familia. Pachaco se fue de nuevo con ella. María le acaricio la cabeza divertida.

lunes, 8 de agosto de 2016

Nacho



Nacho, deschavetado según los vecinos se sienta en las tardes después de las tres a tocar la guitarra y a improvisar letras, canta fuerte y su voz se pierde entre los cafetales que se adueñan de las montañas que lo rodean.


La casa de madera con techo de zinc estaba al bordo de la carretera, estuvo ahí por muchos años hasta que Nacho la desarmó y se la llevó tabla por tabla quinientos metros filo abajo donde la volvió a armar, el trabajo le tomó una semana. La gente lo veía trabajar y se burlaba, al tipo se le había corrido la teja.


“Me cansé de ver a la gente pasar por la carretera, subir  bajar, me aburrí de que me saluden a veces y de que a veces no me saluden”. Eso le respondió Ignacio a los que le preguntaron por qué se estaba llevando la casa para la cementera. Al trasteo de la casa le siguió tumbar el cafetal, cortó todos los palos de café y los puso a secar en el patio, necesitaba leña. Sembró yuca en todos los tajos y entre palo y palo de yuca sembró frijol. 


Arrancó el medidor de energía y lo llevó a la oficina de la empresa en el pueblo y les dijo que no iba a pagar más, abusivos hijueputas a llenarse los bolsillos con la plata de otros y se volvió caminando una hora hasta llegar a su casa porque tampoco se iba a volver a subir en un jeep, le chocaba viajar ahí mirándose de tan cerca con la gente.


Los vecinos ignoraban el pasado de Ignacio. Siempre había vivido solo y no se le conocía familia alguna. Era dueño del pedazo de tierra donde vivía, no superaba las dos hectáreas. Hablaba poco y cuando vivía al bordo de la carretera asistía a las mingas que programaban los camineros para arreglar las vías, trabajaba sin pereza y se reía de los chistes de los otros pero sin comentar.


Todos sabían que Nacho estaba ahí pero nadie tenía un contacto directo con él. La gente lo veía desde la carretera y a veces le gritaban loco, le gritaban Nacho báñese el culo viejo huevón. Nacho respondía, cojan oficio hijueptas coja oficio malparido y gritaba otras cosas, a veces incluso gritaba cosas que la gente no entendía, decía que los estaban controlando desde arriba y que iban a volver. También declamaba poesías que parecían de su autoría. 


Gritarle cosas a Ignacio se convirtió en un juego para los estudiantes que pasaban por la carretera. Se retaban para ver quién era capaz de gritarle algo. Los profesores les decían a los niños en la escuela que toda la gente merecía respeto así estuviera loca y que ninguno de ellos tenía porque ir por ahí molestando a sus mayores. A los niños les importaba poco eso y seguían gritándole.


Nacho se bañaba con una manguera a la vista de todo el mundo. El fogón de leña que hizo también estaba fuera de la casa. Su vida era pública la mayor parte del día y la gente se podía sentar a mirarlo desde la carretera o desde algunas de las montañas para verlo ir y venir de la casa a los sembrados de yuca y de la quebrada cercana a los matorrales. Además ser testigos de sus gritos carcajeados a las cinco de la mañana todos los días y de sus largas jornadas de canto con la guitarra bien afinada.


Lo que más inquietaba a los vecinos no era que Nacho viviera en la cementera en ese rancho mal hecho ni que hubiera tumbado todo el café que es el único cultivo en esas montañas que representa ingresos económicos. No les parecía extraño que viviera solo o que hubiera dejado de hablar con la gente. Lo que no podían entender por ningún motivo era la dieta de Nacho, yuca y frijoles, nada más que eso y ni un gramo de carne no comía carne, ni siquiera unas gallinitas pa’ que coma huevos aunque sea, decían las señoras.


De la carretera al rancho había un pequeño camino pero aparte de Nacho nadie lo usaba, ninguno bajaba a visitarlo, nadie se acercaba, entre la gente y él sólo existían los gritos y no todos los gritos eran para molestarlo, algunos le preguntaban cómo estaba y él respondía que todo iba bien. ¿Cómo está Nacho? Gritaban. Bien, todo bien respondía él.


Todos estaban enterados de lo que pasaba con Nacho afuera de su casa, todos lo habían visto en algún momento, él hacía parte de la cotidianidad de todos. Pero adentro del rancho mal hecho de Nacho nadie sabía que pasaba nadie conocía el interior de la casa, no sabían cómo se veían ellos desde la ventana desajustada de esa casa. No sabían lo que había que saber, lo que sabía Nacho.

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...