Desde que acabaron con la fonda en la vereda los
jornaleros no tuvieron más opción que comerse lo que servían o irse a dormir
sin comer. No era posible remplazar la comida maluca con sardina, pan y
gaseosa, como hacían muchos, ni de comer salchichas o kumis con cucas. Por eso
esa noche cuando Juan vio servida la sopa con tortilla que estábamos comiendo
nos miró como a perros con gusanos.
Como nunca me ha gustado la carne para mí la sopa con
tortilla estaba muy bien, pero para Juan y los demás no porque ellos estaban
acostumbrados a la sopa con carne fresca que mamá iba a comprar los domingos en
el pueblo. Juan decía que había tres cosas que él detestaba: los guineos, la
mafafa y las tortillas. Las tres porque las había comido hasta el vómito en la
infancia de miseria que le había tocado. También decía que la tortilla era de
tacaños, que en todo trabajadero con comida mala no sabían qué más inventarse
para hacer rendir un huevo.
Mamá le sirvió a Juan y como si le debiera una
explicación, le dijo que se había quedado con la carne de ella, la de don Pablo,
la de don Alcides y la de doña josefina. A comer pelao toda la semana, dijo Orlando,
otro de los jornaleros. Esa gente es una plaga hijueputa, dijo papá. Mamá y lo
demás le hicieron señas, que hablara pasito, que no fuera bruto.
Aún no acabábamos de comer cuando bajó uno de ellos,
llevaba el uniforme limpio como si no hubiera pisado el monte en días y cargaba
el fusil en la mano izquierda a modo de portafolio. Saludó afable, sonreía ignorando
el arma que lo acompañaba, compañía que no ignorábamos nosotros. Todos respondimos
el saludo, con recelo. El tipo habló despacio pero seguro. Le dijo a mamá que
tenían a una porquería que no quería comer del sudado que ellos habían hecho,
que no quería comer yucas, ni carne tampoco dizque porque le dolía la jeta al
hijueputa ese. Entonces que el cuñao mandaba a decir que si usted le puede
regalar una sopita o un caldito pa darle. Mamá le dijo que sí, de inmediato y después
de un pequeño silencio le explicó que se la tenía que servir en una taza porque
no tenía platos desocupados y cocas tampoco. El tipo nos miró a todos y a mí me
pareció que me decía con los ojos negros y con esa sonrisa que no se le iba que
acabara de una vez con mi comida que él estaba necesitando el plato.
El tipo le dijo a mamá que no había problema, que en lo
que le sirviera estaba bien, que de todos modos ya venía el resto de la gente
bajando, dijo eso y se sentó en unos troncos que estaban al frente de la casa
al lado del camino.
Mamá fue a la cocina y enseguida volvió con una taza grande con sopa hasta el borde, la dejó sobre la mesa y se sentó al lado de papá. Yo
no quise comer más, ninguno quiso. Bueno, nos dejan sin carne pero por lo menos
nos ayudan a espantar el apetito, dijo Juan muy bajito. En otra circunstancia seguro alguien hubiera dicho algo.
Fueron llegando de a dos, caminaban uno atrás del otro. Los
últimos traían en medio a un señor con las manos amarradas a la espalda,
también lo tenían amarrado de la cintura con un lazo que jalaba el que iba
adelante. Estaba sucio, parecía que lo hubieran revolcado en una montaña de
mierda de marrano porque a eso olía. Permanecieron en el camino sin acercarse a
nosotros, el señor miraba al piso sin descanso. Cuando lo hicieron sentar en el
mismo tronco en el que había estado sentado el tipo que llegó primero y que se dirigía
hasta donde él estaba con la taza de sopa en la mano, regándola mientras caminaba
sin que eso lo preocupara, pude verlo desfigurado como estaba, no sé porque pensé
que no le había pegado con los puños sino con otra cosa, con la cacha de un
arma como en las películas.
Uno de ellos quiso cucharearle la sopa, no lo desamarraron
ni para eso, el señor recibió la primera cucharada pero no recibió una segunda.
El tipo intentó varias veces, primero con calma y luego con uno que otro golpe,
el señor seguían sin recibir. Al que le decían el cuñado estaba al lado de
nosotros y al igual que el anterior nos había saludado con amabilidad y nos
explicó lo que estaban haciendo con ese señor, habló de la limpieza que
necesitaban todas las veredas de por ahí. El cuñao nos hablaba sin perder de vista lo
que pasaba con el señor y después de ver que no cedía ante la insistencia de
uno de los suyos, les gritó que dejaran a ese hijueputa, si no quiere comer
entonces estará lleno el malparido, eso sí que luego no digan que no lo
despedimos lleno.
Tiraron la sopa que estaba en la taza a los pies del
señor y se la devolvieron a mi mamá, el cuñao le dio las gracias y se despidió.
Poco a poco se fueron alejando todos. Ninguno de nosotros dijo nada mientras
los veíamos desfilar camino abajo rumbo a la carretera. Mamá empezó a recoger los
platos y Juan la ayudó. No habían pasado cinco minutos cuando se oyeron los
tiros. Papá se echó la bendición, yo mire las caras de los otros jornaleros e
hice lo mismo.
Parcero, me gustan mucho sus entradas, mini-cuentos o no sé... Yo soy de Manizales y Alexa me lo recomendó el año pasado. Espero seguir leyendolo pues las anecdotas son muy entretenidas. Un saludo
ResponderEliminaruy pana, muchas gracias por leer y por comentar, de verdad.
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