miércoles, 26 de diciembre de 2018

Búsqueda

Todos lo vimos entrar con las ilusiones desperdigadas. Ninguno dijo nada y el silencio se mantuvo hasta que su figura se perdió en el pasillo. Luego vino el cuchicheo. Traía los zapatos sucios, estaba flaco y ojeroso, barbado como nunca y con el cuello tostado por el sol.

Llevaba dos semanas por fuera y durante ese tiempo solo había hablado con Susana, ella era la que nos contaba uno que otro detalle de lo que él estaba haciendo en esas montañas. Ahí en esa sala diciendo pendejadas que creíamos importantes ella solo escuchaba, sin emoción aparente en el rostro, como si la prudencia fuera una máscara que no se podía quitar. Pero tal vez él no le había contado todo porque su impresión al verlo entrar fue tan amarga como la de los demás. Solo así se podía explicar que nosotros estuviéramos allí listos para celebrar la llegada de un hombre que a leguas se veía dueño del deseo único de estar solo.

Para cualquiera de nosotros la idea de buscar una guaca en medio de dos montañas de la cordillera occidental sobre la que se dibuja el pueblo en el que habían nacido sus papás, parecía una apuesta perdida; pero no para él que llevaba años esperando por eso. Y el día llegó y sus tíos llamaron. Que otra vez se veían las luces cerca de la casa vieja donde habían vivido sus papás, que la casa llevaba meses vacía porque nadie quería vivir allá, que se veían y se oían muchas cosas raras, y lo más importante, la gente  seguía diciendo que en esa casa tenía que haber una guaca.

Alguien preguntó que sí mejor nos íbamos. Susana dijo que no. Nadie se iba porque la comida no se podía perder y porque ya todos estábamos ahí juntos. Entonces nos quedamos y comimos y hablamos mierda como si no estuviéramos comiendo. Dijimos que para encontrar una guaca seguramente había que buscar muchas veces y que él apenas había buscado una. Dijimos que tal vez en la casa de sus papás no había ninguna guaca, que todo había sido solo un cuento familiar, uno de tantos. Eso fue culpa de los tíos que se pusieron a llamarlo y a ilusionarlo con pendejadas, dizque luces, y casa vacías y sustos maricas, que va mija, de eso no hay, o mejor dicho si hay, y mucho, eso en toda finca, monte, andurrial alejado de la mano de Dios, putiadero de pueblo u hospital abandonado dicen que asustan,. De qué más le va a hablar a uno la gente que no tiene internet y nació y se crió en una montaña, pues de brujas y duendes y vacas rodadas y del clima. La pendeja que hablaba se quedó callada cuando notó que la estábamos mirando rayado porque se estaba pasando.

Susana dijo que esa guaca si la había buscado mucho, aunque si era la primera vez que él la buscaba solo, sin su papá. Bueno y la guaca esa no la dejó pues el papá de él, preguntó alguien. Que no que la guaca la había dejado el abuelo, dijo Susana, y que la papá de Jairo la había buscado hasta que lo mató una tuberculosis, esa guaca debió ser la única ilusión que compartían, dijo Susana, encontrarla.  Y ahí mientras seguíamos hablando de guacas familiares empezamos fue a tomarnos el aguardiente y entre risa y chistes chimbos apareció Jairo, se había cambiado la ropa y se había afeitado pero no se veía más animado.
Se sentó en la sala al lado de Susana y como no sabíamos qué hacer o que decir le ofrecimos un aguardiente y lo recibió y escupió al piso después de tomárselo y pidió otro. Cuente pues cómo le fue, le preguntamos, no encontró la guaca. Nos miró a todos y le agarró una mano a Susana. Al contrario, la encontré, respondió, y ahí aprovechando nuestros rostros perplejos empezó a hablar. 

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