El plan de caminarnos todas esas trochas está muy bien, a
mí me gusta ir tras ella para verla girar la cabeza con esa gracia tan única y
esa sonrisa pícara de la que no es consiente para ver si yo voy ahí cerca o si
me quedé atrás tomando siempre fotos desenfocadas. Tampoco voy a ser uno de
esos idiotas que quiere omitir lo importante por dárselas de profundo o
romántico, nada más feo que andar presentándose ante los otros como un ser desprovisto
de deseos; me gusta ir tras ella porque
además de esa sonrisa le puedo mirar el culo.
Lo que está mal es la gente y ella conoce mucha y a mí la
gente me gusta de lejos, los científicos de la Antártida, esos me encantan, y
que decir de los científicos que viven en estaciones espaciales, en esos pienso
yo cuando miro al cielo. También está Nacho, el tipo que vivía sin energía eléctrica
y sin baño en un rancho paupérrimo que el mismo levantó con guaduas verdes en
medio de un monte ahí en la montaña de al frete de la casa en la que crecí, porque
un día se cansó de vivir al bordo de la carretera respondiendo el saludo de
todos los que pasaban; así me gusta a mí la gente, de lejos. Pero con ella hay
que arrimar a las casas de la gente y saludar, y fingir sonrisa y fingir interés
por lo que dicen, pero bueno en algunas casas dan tinto y eso si me gusta,
aunque el agradecimiento que me sale de la boca cuando devuelvo el pocillo ese
también es fingido.
Yo la miró entrar a las cocinas de las casas ahumadas por
esos fogones más viejos que los árboles hechos leña quemada en ellos y me
acuerdo de Mery, la enfermera flaca de cabello crespo y dientes torcidos que se
reía con ganas pero se tapaba la boca con las manos. Mery se recorría los
caminos de seis veredas completas, cargaba una nevera llena de pilas de hielo
buscando niños menores de cinco años para ponerles las vacunas que les faltaban.
Yo era un niño y la acompañaba porque mamá me mandaba, quería mucho a Mery y
creía que un niño de ocho años gordo y torpe podía ser una compañía de
utilidad. Ahora que lo digo acá caigo en
la cuenta de que acompañar a Mery era lo de menos, lo que quería mi mamá era
que yo caminara, que me moviera y sudara. Caminar ahora con ella viéndola hablar
con tanta soltura con esas señoras en esas fincas me pone a pensar en Mery y me
pone a pensar en mi tras ella igual que iba tras de Mery con esa desgana de
saludar gente pero con esas disposición para comer y tomar lo que ofrecieran.
La casa está llena, en el corredor hay varios hombres y
mujeres sentados a la mesa jugando domino, apuestan monedas de cincuenta y cien
pesos y gritan y se acusan y se azuzan. Responden nuestro saludo sin mostrar interés,
sin perder de vista el juego, me gustó esa gente. En el patio juegan niños,
seis en total, el mayor no pasa de siete años, se disparan con palos de escoba
y ramas de guayabo, se revuelcan en el piso y disfrutan estar sucios. Corren y
se persiguen por entre la ropa que se seca en las cuerdas del tendedero y con
una de esas ramas que empuñan tumban camisas blancas que le pintan la cara de
rojo a una mujer que parece ser la mamá de uno de los niños y que pierde el
interés en el juego de domino para apoyarse contra la chambrana y gritarle que
son unos guevones de mierda, que lleva toda la tarde diciéndoles que cuidado
con la ropa, que se vayan a jugar a otra parte. La señora camina hasta el tendedero
y recoge la camisa que ningún niño recogió para llevarla al lavadero, y le pega
con la mano abierta en la cabeza al niño que tiene más cerca.
Ella sigue en la cocina hablando con la señora, yo
escucho desde el patio algo de lo que se dicen, ella pregunta por lo niños y la
señora intenta explicarle de cuál de sus hijos es hijo el niño que juega sin
saber que su abuela lo señala y lo identifica por color, el de camiseta roja y
el de camiseta azul, esos son hijos de Nancy, el de verde ese es hijo de
Carlos. Mientras hablan yo me alejo de la cocina y voy al final de patio y miro
las cocheras llenas de marranos y mierda y les hablo a los animales, los saludo
y les preguntó como están, una marrana enorme es victimas de más de diez
marranitos que le quieren arrancar las tetas mamando feroces.
Los niños se acercan a la cochera y me miran hablarles a
los marranos, uno agarra un banano verde que hay en un costal y lo arroja
dentro de la cochera, la marrana lo desaparece de un mordisco y el niño goza
divertido pero no arroja otro banano como si supiera que no hay que abuzar de
lo que es bueno. Otro niño me dice que los marranos pequeñitos son del abuelo,
que el marrano que está al lado lo van a matar el 24 de diciembre, que los
marranos de más allá ya están todos vendidos y yo le preguntó al niño que si
los marranos tienen nombre y el niño me pregunta que si yo vine a comprar
marranitos. Él no me respondió, yo no le respondí. Otro de los niños dice que
sí, que la marrana se llama Tomaza y el marrano de al lado el que van a matar
el 24 se llama Noche Buena. El niño me mira sonriente y se chupa los mocos.
Le digo al niño que me intimidó con su afán de negocio
que no puedo comprar marranos porque no como carne y que los marranos me gustan
más vivos que muertos y ajenos y no propios porque no me gustan las mascotas,
le digo que si comiera carne no me gustaría comerme la de un animal que conocí
estando vivo. El niño se ríe malicioso y me cuenta que su papá le ha dicho que
los que no comen carne son maricas. Los otros niños se ríen y yo cómo no sé qué
decir pues me rio también. Pero mi risa no es como la de ellos, la mía no
quiere anularlos.
Uno de los niños me dijo que también había conejos,
patos, piscos, gallinas y me los señalaba con el dedo como invitándome a
echarles una mirada también a esos otros animales y yo a punto dirigirme a ver
los conejos la oigo a ella despedirse de la señora y me giro gustoso para ir
tras ella, me despido también de la señora y de los niños con un hasta luego, y
nos vamos.
Hay muchas casas en el camino, le pregunto. Ella me dice
que no muchas, que unas cuatro o cinco. No le pregunto si piensa saludar a todas
las señoras que viven en esas casas porque la pregunta no hace falta, así será. Caminamos animados, más ella que yo. Le digo que preferiría seguir
caminando mientras ella se detiene a saludar, que la voy a esperar un poquito
más adelante sacando fotos del paisaje. Pero si de paisajes no sabes me dice
ella burlona. De fingir sonrisas mientras tomo tinto tampoco, le digo. Seguimos
caminando, diciendo tonterías, hablando de las fotos malas que hago, de los
niños, de los marranos, de Mery y las vacunas.
Cuando veo en el camino una casa grande adornada por un
enorme jardín de veraneras y dalias empiezo visualizarme sacándole fotos a
las flores mientras ella habla con la señora. Me pregunta si la quiero. Que sí,
le digo. Entonces deje la bulla y disfrute mucho del tinto que hace doña Tilde y
me agarra de la mano mientras los perros se acercan ladrando y saluda con una
sonrisa enorme a la señora que se seca las manos en un delantal mientras sale
de la cocina.
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