Vamos a plantearnos la síguete situación, ustedes van por
la calle y se encuentra tirada una llanta vieja de bicicleta, la gente le pasa
por encima y no la nota, pero ustedes la miran, se fijan en ella como si
tuviera algún valor, como si la vinieran necesitando desde hacía días o
semanas. El tipo dejó de hablar y se tomó el último trago de agua que quedaba
en la botella, la puso sobre la mesa y empezó a destapar otra mientras miraba
al grupo con una sonrisa bobalicona dibujada en su rostro. Y este pendejo desde
cuándo anda dedicado a esto, le pregunté a Luis que a falta de algo mejor qué hacer terminó metido en la reunión esa. Con expresión de molestia me hizo un
gesto con el dedo como el que le hago yo a mi sobrino para que se calle. Me
senté y me puse a jugar con el celular. Se suponía que iba a recoger a Luis
pero el pendejo no sabía cómo salir sin que los demás asistentes y su primo lo
vieran irse en mitad de la reunión.
Regresemos a la situación que les había planteado, dijo
el primo de Luis. Lo que ustedes hacen entonces es entrar en contacto con la
llanta, se acercan a ella y la levantan y la ponen a rodar como si fueran niños
y la empujan con una de sus manos y salen corriendo tras ella, no importa el
día, no importa la hora, ustedes siguen empujando la llanta, disfrutan verla
rodar, la persiguen, quieren que vaya más rápido para que no se caiga. Ustedes, me crean o no, van a sonreír mientras lo hacen, se van a sentir libres
y seguros y simples en este mundo complejo. Cuando ustedes eligen ver la
llanta, no ignorarla como los demás, ustedes están renunciando a las
preocupaciones que los afectan en ese momento, ustedes correaran tras la llanta
sin importar el trabajo, sin importar el tráfico, sin importar los zapatos que
lleven puestos, porque en el fondo de lo que se trata esto es de perseguir la
llanta, de lo que se trata la vida estable es de perseguir la llanta, de conseguir el equilibrio de la llanta en movimiento.
Oiga, este marica da espacio para hacer preguntas o eso
tiene un costo distinto, le pregunté a Luis. Me dijo qué cuál costo si nosotros
no habíamos pagado la entrada. La verdad es que nadie la había pagado porque
las boletas las regaló una de esas cajas de compensación que de vez en cuando
cree que a sus afiliados les viene bien una charla de ese tipo. Luego dijo Luis
que a veces sí dejaba que la gente preguntara pero que la mayoría gastaba el
tiempo para las preguntas diciéndole al primo que estaban muy contentos de
haberlo escuchado y que lo que decía era de mucha utilidad, que muy bueno que
le estuviera yendo bien en otras partes pero que no se olvidará tanto de Tuluá,
que viniera más seguido.
Luis quería saber qué le iba a preguntar, y yo le dije
que nada, que no más quería saber si se podían hacer preguntas. No le dije nada
porque sabía que me iba a interrumpir para callarme cuando las señoras que
teníamos sentadas cerca empezarán a mirarnos mal por bullosos.
Lo que le quería preguntar tenía que ver con la relación
que llevaba él como conferencista o cuentero con los colectivos ambientalistas,
quería saber si él era un agente secreto de uno de esos colectivos que buscaba
infiltrarse en la prospera clase media de Tuluá con el único objetivo de llevar
a todo ciudadano de bien a recoger llantas de las calles para dejarlas limpias
sin que supieran que estaban limpiando. Si no tenía nada que ver con los
colectivos ambientalistas entonces yo quería saber qué pensaban ellos de qué él
invitara a la gente a utilizar basura para ser feliz pero sin reciclarla ni
reutilizarla. Quería saber qué hacia uno después de usar la llanta. Yo tenía
varias dudas y eso que no estuve tan atento como otros de los que estaban en el
salón.
Pero no pregunté nada para que luego Luis no dijera que
yo lo avergonzaba y tampoco pregunté porque de seguro mis dudas iban a poner en
aprietos al primo, que antes de ser eso que era ahora, nos había invitado a
tomar cerveza varias veces y una vez hasta me había prestado plata. Luis estaba entretenido, si tenía ganas de
irse cuando me pidió que lo recogiera se le habían quitado. Le pregunté que si
tenían planeado hacer una pausa para repartir el refrigerio, y me dijo que
refrigerio no daban y que la pausa ya la había hecho, que sí yo no me hubiera
demorando tanto en llegar nos hubiéramos podido ir antes de que el primo
volviera hablar. Quise explicarle que tenía muy perdida la boleta esa para
entrar y que el vigilante me había jodido, pero Luis de nuevo me hizo callar. Me
guardé el celular en el bolsillo y me fui porque a mí no me importaba que me
vieran entrar y salir, porque yo no tenía que disimular mi aburrimiento y no
entendía porque Luis sí.
Recostado en el taxi le pregunté al vigilante del
auditorio qué si sabía cuánto faltaba para que se acabara la reunión y me dijo
que por ahí cuarenta minutos. Volví a sacar el celular para escribirle a Luis
que yo no me podía perder la noche ahí esperando, que yo tenía que poner a
rodar esas llantas para ganarme la vida mientras él aprendía a perseguir
llantas para estar tranquilo. Me subí y prendí el carro y en esas salió una
señora que necesitaba un servicio y me fui con ella, necesitaba que la llevará
a Bosques de Maracaibo y estábamos en el centro, calculé que en media hora iba
y volvía y alcanzaba a recoger a Luis.
La señora me dijo que la reunión estaba muy buena pero
que le había tocado irse porque de la casa la habían llamado, dizque el niño se
había caído jugando y tenía la cabeza rajada. Es que si yo fuera conferencista
le pediría a la gente que apegué el celular. La señora me dijo que uno con
niños pequeños no podía hacer eso, no se podía desconectar ni un minuto. Yo me
acorde de los empresarios que he llevado a veces en el taxi que me han dicho
que ellos con negocios no se pueden desconectar ni un minuto, con razón mi
vecino me dice que tener hijos es mal negocio.
Bueno y sí uno se cae persiguiendo la llanta esa de la
que habla el primo de Luis entonces qué hace, le pregunté a la señora. Levantarse
y seguir porque la vida es así, está llena de caídas, me dijo la señora. Y las
heridas, le dije y ella agregó que esas no se podían evitar. No le dije más a
la señora porque ya había comprobado que el trabajo del primo era efectivo.
Volviendo pal centro a recoger a Luis vi una llanta
tirada en una esquina y ahí mismo paré el carro y me bajé a recogerla, el primo
debería pagarme unos pesos para que por la noche yo le surta de llantas la
calle, imagínese la cantidad de gente que uno puede ayudar con eso, le comenté
a Luis entregándole la llanta que el pendejo ese me despreció dizque porque así
no se valía, él tenía que encontrarla solo.
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