La
gente que habla por teléfono mientras come se me hace intolerable, cuando soy
yo el que está al otro lado de la línea es peor. María dice que no, que no le
diga nada, que no hay necesidad, que no, que no la llamé. No suelta el teléfono
y no suelta la cuchara. La miro y me parece que con cada palabra que dice el
volumen de su voz me aturde y el sonido que generan sus dientes y muelas
masticando la carne se adelgaza y se afila y me rompe de los tímpanos al
hígado. No le digo nada a María porque para ella hablar y comer es normal y
sólo a mí me molesta porque soy insoportable y no me aguanto ni yo. Me levanto
de la mesa llevo el plato a la cocina y empiezo a lavarlo y aunque estoy lejos
de la mesa no puedo dejar de oírla, como si se agudizara el sentido.
María se queda a mi lado mientras termino de lavar la loza. Tiene el teléfono en el bolsillo y las manos cruzadas, está taciturna y no me mira a mí ni a la estufa ni al piso. Le pregunto qué pasó y me dice que era Eliza, que como ella tampoco entendía qué había pasado y no podía lidiar con la incertidumbre se había ido para el puente a ver si alguien le daba razón de algo.
Antonio el papá de María se cayó ayer al río desde el puente de la calle 34 o eso dice él. A las 2.30pm cuando yo estaba revisando correos del trabajo y María haciendo la siesta le sonó el celular y poco después salió del cuarto llorando y gritando y llorando. Qué pasó le dije yo asustado y ella que papá que papá que se cayó del puente que está cerca de la casa de Eliza, que se tiró no sé, Nata no supo decirme, que papá está en la clínica. Entonces qué va hacer, le dije. Pues irme para la clínica qué más voy hacer, no me voy a quedar acá esperando no sé qué, me voy me voy. Me ofrecí a acompañarla pero antes de que terminara de hablar ella ya había arrancado el carro.
Según le dijeron a Eliza papá no se cayó el puente de la 34 sino de uno que hay más allá por donde pasa la carrilera. Yo no sé, no lo conozco. Yo sí, le dije, antes fue que no se mató su papá, con lo alto que está ese puente y lo peligroso que es pasarlo, eso no tiene barandas ni nada de lo que uno se pueda sostener y además toca estirar mucho los pies, haga de cuenta caminar por la carrilera pero con el río pasando por debajo.
Antonio dijo en la clínica cuando le preguntaron de qué puente se había caído que a él le parecía que del de la 34 pero que ya ni se acordaba, y cuando el médico quiso saber qué le había pasado mi suegro dijo que él no sabía, que se había mareado y que se había caído y que unos niños que estaban jugando al borde del río lo había sacado, que primero se había tirado uno pero como el río iba crecido no había sido capaz de sacarlo y que entonces los otros también se tiraron ayudar y lo sacaron y le preguntaron que si estaba bien y que cómo se había caído y que si se acordaba para donde iba y que él les respondió lo último, les dijo que iba para donde una hija que vivía ahí cerca a la cancha de La Floresta y los muchachos lo acompañaron hasta la casa de Eliza. Eliza le dijo al doctor que los muchachos habían dicho lo mismo, que se había caído al río y no más. Luego ella llamó a la ambulancia. El médico les dijo que menos mal el río iba crecido que eso le había favorecido el golpe y Nata dijo que gracias a Dios.
Antonio salió del hospital a las 9 de la noche, todos los exámenes estaban en orden, llevaba una herida de 7 puntos en la cabeza un par de raspones en los brazos, la mano derecha hinchada y morada, descompuesta según él. Se le había bajado el azúcar y eso explicaba el desmayo. Antonio dijo que menos mal salían tarde que llegaba a la casa a encaletarse para no tener que explicarle a todos esos chismosos lo que le había pasado.
Le pregunto a María qué cuál es la diferencia entre un puente y otro si lo que importaba es que Antonio está bien y que en comparación a lo que le había podido pasar lo único malo fue darse un chapuzón sin saber nadar, eso y que seguro le iba a dar una gripa terrible. María me dijo que ahí estaba yo, siempre igual, haciendo chistes con todo, sin respetar lo más delicado, sin respetarla a ella ni a su papá. No me parecía que la hubiera irrespetado, el viejo estaba bien, yo no le veía ningún problema. Mire a María y espere a que sus ojos se hicieran pequeños, hay que ver hasta donde se abren los ojos de María cuando se molesta, o mejor cuando yo soy el que le genera el malestar. El problema es que papá se cayó de un puente pero dice que se cayó de otro, por algo no querrá decir la verdad, me dijo María.
En la casa Antonio se encontró con un par de vecinas y con el farmaceuta de la esquina todos estaban deseosos de escuchar las explicaciones de mi suegro que no hizo otra cosa que emputarse cuando los vio y preguntar que de donde salía tanto chismoso. Eliza y María miraron a Nata, Antonio también la miró pero ella no dijo nada. De lo único que tengo ganas es de dormir, le dijo Antonio a los visitantes, dejen que Nata los ponga al tanto, mañana hablamos.
Eliza me dijo ahorita que me llamó que no le digamos nada a Nata porque sabiendo cómo es ella va y le dice a papá y si él no quiere decir nada pues hay que respetarlo por algo será, dice María. Será que su papá no se cayó sino que se tiró, seguro por eso no se tiró del puente de la 34 porque por ahí pasa mucha gente, por eso se fue para el otro. Es que no nos vamos a decir mentiras, desde que su mamá se murió el viejo mantiene aburrido, puede ser por eso. María se mira los brazos erizados y me dice que no, que el papá no, que el papá no se va matar, que ellas también lo alcanzaron a pensar pero que no lo creen. Lo que yo creo es que él no quiere decir que se cayó del otro puente por orgullo, le da pena decir que se cayó por imprudente, por pasar solo por allá y seguro también quiere evitar reproches, dijo María. Yo asentí, con lo fantoche que es mi suegro nada de raro tiene que simplemente le de vergüenza contar que se cayó. Pero además imaginarme a Eliza a Nata y María juntas en el cuarto del viejo regañandolo por salir solo, por no cuidarse, por no pensar en él, eso como el recuento más vacuo de todo lo que ellas tres eran capaces de decir; era motivo suficiente para alterar cualquier versión. A veces no es tan difícil entender a mi suegro.
El
río se llevó el celular, las gafas y un radio que Antonio llevaba en el
bolsillo pero eso no lo dejó incomunicado, el teléfono fijo sonó
todo el día en su casa. Lo llamaron dos hermanas, una prima, dos nietos, y otra
gente con la que él no quiso ni hablar. Bueno y cómo putas se dieron cuenta
pues que yo me caí de un puente, es que les parece la putería de historia pues
para estarla contando, preguntó Antonio ofendido. Eliza dijo que ella no le
había contado a nadie y María dijo lo mismo. Yo llamé a las tías, había que
contarles, dijo Nata, ellas tienen derecho a saber. Antonio sin sorpresa en su
voz le dijo que siempre era lo mismo con ella. Qué derecho van a tener mis
hermanas de saber lo que pase o no conmigo, a ver cuándo vienen por acá o
cuándo llaman a preguntar cómo está uno, ahora resulta que se tiene que caer
uno pues de un hijueputa puente para importarle a todo el mundo, díganme a ver
cuántos puentes hice yo, cuántos, más de diez puentes hice y largos y anchos y
no se me cayó ninguno ahí están en pie y cuándo me llamaron a felicitarme.
Levanto puentes y vale huevo y me caigo de uno y ahí si entonces soy la putería. Ninguna dijo nada, María salió del cuarto y se acercó a la sala donde
el esposo de Eliza y yo estábamos viendo televisión,
Eliza hizo lo mismo. Nata se encerró en el baño y Antonio se quedó solo en el cuarto y desde allá con voz autoritaria pidió desenchufar el teléfono porque
él no estaba para nadie.
Mientras
saco una ropa de la lavadora María me dice que estar pendiente del papá es muy
difícil, es terco y no se deja ayudar y si uno lo deja tranquilo y no
interviene en sus cosas entonces se queja porque tiene hijas pero es como si no
las tuviera porque ninguna se interesa por él. Le digo que lo llame a ver si ya
se le quitó el enojo. Marca y me dice que está sonando, le digo que por lo
menos lo volvió a conectar. Pero para nada porque no contesta dice María.