viernes, 25 de marzo de 2022

A la finca llegó un muchacho.

 



Primera parte.

Cuando Alcides dejó la cama Carmen ya tenía listo el tinto. Afuera brisaba todavía. Alcides prefirió dejar el baño matutino para después, se metió en los pantalones y las botas y se lavó la cara en la batea.  

-Tenerle miedo al baño por la mañana es puro síntoma de vejez, mijo, dijo Carmen, antes de entregarle el pocillo con los tragos.

-Vejez, ja, vejez, venga y verá le muestro lo que es la vejez, respondió Alcides malicioso llevándose la mano a la orqueta.

Carmen regresó a la cocina entre risas y falsos regaños para su esposo por corrompido. Alcides apretó en sus manos el pocillo para sentir el calor. Se recostó contra la chambrana del corredor teniendo cuidado de no ir golpear las ollas viejas en las que Carmen tenía sembradas matas de variados colores.

-Mijo, hágame el favor de dejarme leña lista antes de irse que con esta que tengo acá ya no alcanza, dijo Carmen, desde la cocina.

Alcides buscó con la mirada el montón de troncos en el patio, había suficiente para la semana, pensó. Las gallinas revoleteaban por el patio y algunas se veían más alborotadas que el resto cerca del camino.

-Mija, dijo Alcides.

-Mijo, respondió Carmen mientras lavaba una olla.

-Se metieron a la casa del frente, dijo Alcides.

Se terminó el tinto de un trago y se abotonó la camisa.

-Debe ser que volvió Mario, o algún familiar de él, quién sabe, dijo Carmen, restándole gravedad a la afirmación de su esposo.

-No, Mario no es, él hubiera avisado que venía, eso es lo que siempre hace, además él llega es aquí, no allá; él viene en carro y carro no hay por ninguna parte. Familia tampoco es, ellos están todos allá. Eso fue que se metieron, no le busque, se metieron.

Alcides agarró el coco con el maíz que tenían sobre la mesa y tiró un par de puñados al patio, las gallinas se amontonaron y comieron desesperadas.

-Allá no hay sino trastos viejos y mugre, nada más. Quién se va a querer meter a ese rancho. Deje la desconfianza mejor y rájeme la leña antes de que se vaya, dijo Carmen.

-Pero los ladrones qué van a saber que en esa casa no hay nada, ellos no saben, por eso se metieron.

-No, mijo, no, eso son nervios suyos.

Alcides sacó una escopeta que tenía detrás de la puerta de su pieza. La utilizaba para salir de cacería de vez en cuando. La cargó y se metió dos cartuchos en el bolsillo de la camisa.

- ¿Para dónde va con eso?, Preguntó Carmen.

-Cómo qué pa’ dónde, pues pa la casa a ver qué pasa.

-Yo lo acompaño, dijo Carmen secándose las manos en el saco.

-No mija, cómo va creer, yo voy solo, uno no sabe, es mejor que usted me espere, quédese pendiente aquí en el corredor, eche ojo desde acá.

Carmen no discutió, se quedó ahí donde Alcides se lo indicó, lo vio bajar el caminito de piedra picada y cruzar el patio muy despacio, avanzaba con sigilo, sin espantar a las gallinas. Cerca de la casa apretó en sus manos con firmeza la escopeta y la sostuvo a la altura de su pecho.

Puso un pie en el piso de madera vieja y humedecida del corredor de la casa de Mario, el ruido de la tabla al ser pisada ruborizó a Alcides, que deseaba entrar sin ser percibido. Vio la cadena que amarraba a la puerta puesta en el piso, cruzó la puerta pisando con cuidado para que las tablas no crujieran. Avanzó con el dedo en el gatillo listo para lo que resultara.

Adentro, en medio del mugrero un hombre dormía con soltura sobre un montón de costales.

Un indigente no era, no tenía facha, pensó Alcides mientras lo observaba. Al lado del muchacho había un morral, limpio y casi nuevo, un poco más allá estaba el candado con la llave prendida. Alcides se colgó la escopeta del hombro, ajustó la puerta con cuidado y volvió a su casa.

- ¿Qué pasó, sí hay alguien?, ¿qué fue?, preguntó Carmen.

-Un muchacho. Está dormido. Tiene las llaves de la casa el flacuchento ese, si es familia de Mario yo no lo conozco.

Se arrimó a la chambrana y le entregó a Carmen la escopeta, le pidió que la pusiera en el puesto. Después de hacerlo ella volvió a la cocina y sacó las brasas que necesitaba para asar las arepas.

Alcides fue al beneficiadero donde guardaba las herramientas, tomó el hacha y regreso al patio, buscó el tronco más grueso y empezó a rajarlo, las astillas del troco volaban lejos por la fuerza del impacto del hacha. Las gallinas corrían espantadas con cada golpe y poco a poco se fueron perdiendo entre los cafetales.

Alcides recogió los trozos de leña y los llevó a la cocina, los acomodó al lado del fogón. Sintió el aroma del chocolate intenso mezclándose con el de los frijoles calentados y se le aguó la boca.

-Mija, présteme el celular un momentico.

- ¿A quién piensa llamar, mijo?

-A Mario, mija, vamos a ver que nos dice el hombre.

Cuando marcó el numero en el celular la operadora de la empresa de telefonía le indicó que su saldo se estaba acabando y era necesario que hiciera una nueva recarga. Alcides no prestó atención porque con lo minutos que tenía era suficiente para averiguar por el muchacho.

Mario tardó en contestar. Alcides saludó y fue directo al tema que le interesaba. Había un muchacho durmiendo en la casa, tenía eso algo que ver con él o el muchacho era un aparecido. Mario le explicó que el muchacho era su amigo y viviría en la finca desde ese día, le pidió que lo ayudara mientras se acomodaba.  Alcides le explicó a Mario que no podía hablar más porque no tenía minutos. Mario le dijo que lo llamaba más tarde y le explicaba bien la situación del muchacho. Alcides colgó y dejó el celular sobre la mesa que estaba al lado de la nevera.

- ¿qué dijo?, preguntó Carmen, ansiosa.

-Que es un amigo de él y que vino para quedarse a vivir ahí, que le ayudemos en lo que podamos, respondió Alcides. Usted qué cree, será que voy y lo llamó para que venga a desayunar o qué. Quién sabe a qué hora llegó, la verdad es que no lo oí, fijo llegó en medio de ese aguacero. 

-Déjelo que duerma, aunque con la buya de la rajada de leña seguro ya de despertó. Si nos necesita que nos busque, debe estar cansado, eso siempre queda lejos. Desayunemos nosotros mijo. Carmen llevó los platos con el desayuno a la mesa. Alcides la siguió.

- ¿Quién hace la ruta de hoy?, quiso saber Alcides. Si es conocido hay que pedirle el favor de que nos haga una recarga, ya se acabaron esos minutos, eso no dura es nada.

-Me pareció que era el carro de Pedro el enano, respondió Carmen, no le aseguro nada.

-Ah bueno, ese es servicial, él nos hace el favor, mija.

Carmen se levantó de la mesa y fue a buscar en el cajón viejo que hacía de nochero en su cuarto, un billete de 20 mil pesos y un lapicero para escribir en un trozó de papel el número de celular.

-Es mejor tenerlos listos, no demora en subir el carro, dijo Carmen, mientras se sentaba de nuevo, con el papel doblado junto al billete.

Alcides miró el reloj en su muñeca, las manecillas se confundían con los rayones, faltaba cinco para las ocho.

-No debe demorar, si señora, dijo Alcides mientras mordía la arepa caliente que estaba sobre el calentado.

Cuando oyeron que el carro se acercaba Carmen caminó afanada a la carretera.

Las casas, la de Mario y la de Alcides estaba al borde de la carretera, pero no a la altura de la misma, las dos estaban sobre un barranco unos metros más arriba de la vía.

Por la parte de abajo de la casa pasaban los carros y por la parte de arriba, sobre el barranco, pasa el camino de herradura por el que se movilizan los dueños de las fincas que desde ahí bajan hasta el río.

Carmen le puso la mano al carro como parando un taxi. Pedro el enano saludó a Carmen con amabilidad, no eran amigos y tampoco eran extraños. Ella le encargó la recarga y él encaletó el billete en la media del pie izquierdo, lo puso ahí para no confundir la plata de Carmen con las de las demás personas que carretera abajo también habían hecho encargos. Ojalá, así como resultan encargos resultara gente para cargar, dijo Pedro el enano antes de arrancar. Carmen regresó a la mesa y siguió desayunando, masticó en silencio, Alcides hizo lo mimo.

Con la luz del día Simón empezó a entender que se había metido en un arrabal. El estado de la vivienda en la que despertó era lamentable. Se sacudió las pequeñas fibras de los costales que tenía pegados de la ropa, se limpio las lagañas y vio que además del piso podrido el encielado estaba para caerse, al parecer por las goteras según lo indicaban las manchas y el moho.

Recorrió la casa con paciencia observando los detalles y enlistando en su cabeza los trabajos que tendría que hacer si quería que ese lugar se mantuviera en pie. En el corredor se fijó en la casa que estaba al frente, no se había detenido a contemplarla cuando llegó. Alcides al verlo le hizo señas para que se acercará. Simón le sonrió y levantó su mano indicándole que lo esperara, entró de nuevo al cuarto en el que había dormido y buscó en el maletín unas bolsas con quesos, chorizos, leche, y pan que había comprado para entregarles a sus vecinos como presente, Mario fue claro al decirle que si quería comenzar bien no podía aparecerse con las manos vacías.

Quiso cepillarse los dientes antes de salir a conocer a sus vecinos. Buscó en el maletín y solo encontró ropa, no había llevado nada más que eso y un libro de María Mercedes Carranza. Tan viejo y seguía sin aprender a empacar una maleta, se dijo Simón. La mejor manera de iniciar una relación, de generar una primera impresión, aparecerse con los dientes sucios y la jeta oliendo a sifón. Ni siquiera crema dental había empacado.

En el patio se juagó varias veces la boca con abundante agua, se lavó la cara y las manos, se secó con una camiseta y salió. Sintió los cachetes entumidos por la temperatura del agua, se preguntó si siempre sería así de fría o era solo porque era una mañana lluviosa.

-Buenos días, dijo el muchacho con timidez.

Los vecinos respondieron comedidos el saludo con ese mismo sentimiento de timidez y pasado un corto e incomodo silencio Carmen lo invitó a entrar.

Simón abrió la puerta de esa chambrana rosa que separaba el corredor del patio que acababa de cruzar y se quedó de pie cerca a la mesa. En las manos sostenía las bolsas con el presente para sus vecinos, vaciló un momento y luego le entregó a Carmen la bolsa.

-Unas cositas que les traje, Dijo simón.

-Demás mijo que usted debe saber cómo nos llamamos nosotros, Mario debió haberle dicho, pero de cómo se llama usted no tenemos ni idea, comentó Alcides invitando al recién llegado a presentarse.

Simón sonrió como si estuviera haciendo el ridículo, le ofreció su mano a Alcides para estrechar la de él.

-Mucho gusto don Alcides, Simón, dijo el muchacho, luego hizo lo mismo con Carmen.

Alcides al sentir las manos suaves del muchacho no pudo evitar pensar en Mario y en lo equivocado que estaba al creer que un muchacho de ciudad podía llegar a trabajarle la tierra.

-Tráigale mija desayuno al muchacho que debe estar trozado del hambre.

-Claro, ya le sirvo, mijo.

Alcides le indicó con la mano a simón que tomara asiento, cuando ya estaba acomodado le preguntó por Mario.

-Él me dijo que los iba a llamar para informarles que yo venía, dijo Simón.

-Nada, ese no llamó.

-Qué pena con ustedes, yo llegando como si ya supieran de mí.

-Pues, más o menos algo sabemos, pero no porque Mario avisara, sino porque ahora que vi esa puerta abierta fue yo el que lo llamó.

-Y qué le dijo, preguntó el muchacho, dudoso.

-Nada, que usted era amigo de él, poco más.

Carmen regresó de la cocina con un platado de calentado con arepa, carne y una taza grande de chocolate. Simón se sorprendió al ver tanta comida, no obstante, empezó a comer con ganas.

-Verdad que el Mario cambió de carro, preguntó Alcides poco después de darle un gran mordisco a la arepa que tenía en el plato.

-Si señor, ahora tiene una camioneta.

-Si vio, mija, ese verraco del Mario dizque con camioneta, ese está es pelechando pero de lo bueno por allá.

-Y Sara y los niños, dijo Carmen.

-Muy bien, Sara trabaja en la tienda y contrataron a una muchacha para que haga cargo de la casa y a ella no le toque tan duro. Los niños bien también, estudiando.

-Deben estar grandotes, agregó, Carmen.

-Usted hace cuánto no los ve.

-Por ahí dos años, pero como los niños cambian tanto, uno deja de verlos seis meses y se nota que el tiempo pasa.

-Si, eso sí es así, los niños parriba y uno pabajo, achucharrándose. Y usted qué, cómo le fue viniendo. Tuvo que llegar tarde porque nosotros no lo escuchamos llegar, comentó Alcides.

-Ay mijo, pero déjelo que coma primero, no lo moleste, espere que él coma y luego sí que le cuente cómo llegó.

-Tranquila doña Carmen, no es ninguna molestia, oiga y esto está muy rico, dijo el muchacho sin soltar la cuchara.

-Es verdad, hermano, es verdad, coma tranquilo, dijo Alcides, coma tranquilo que no hay afán.

-Pues me fue bien, pero no fue tan simple como Mario me explicó, llegué al terminal de Manizales sin problema. Se suponía que ahí, según las indicaciones de Sara y Mario, yo agarraba un bus de la Empresa Arauca, que ese me traía hasta Bolivia, que el bus iba para Pensilvania pero que igual entraba a Bolivia, eso me dijeron ellos allá antes de salir.

-Claro, es que así es, si señor, afirmó Alcides.

-El cuento es que cuando se lo dicen a uno suena más fácil que cuando de verdad a uno le toca. Según Mario era fácil encontrar en Bolivia un jeep que me arrimaba hasta La Soledad, pero eso no fue así.

-Cómo así, entonces fue que se embolató, aunque que se iba a perder, si llegar por acá no tiene pierde, comentó Alcides.

-Pues el problema fue que en el terminal de Manizales no encontré buses para Pensilvania, entonces en la empresa me vendieron un pasaje hasta Manzanares. El tipo que me atendió me dijo lo mismo, que en Manzanares había jeeps saliendo para Bolivia todo el tiempo. Yo confiado le hice caso y entonces me viene en un bus de esos. Me tocó sentado al lado de una señora que vomitó todo el camino, una cosa espantosa. Llegamos como a las tres de la tarde a Manzanares. En la plaza lo primero que hice fue buscar carro para Bolivia y me dice un tipo, que no, que no había carros, que lo único que podía hacer era esperar un bus que entraba de Honda y que ese seguía para Bolivia que ahí me podía ir.

Después de que me dijeron eso y de preguntarle a otros varios que me salieron con lo mismo, no me quedó de otra que esperar, entonces me fui a almorzar y luego me senté en la plaza a mirar a la gente ir y venir.  Apenas a la 6.30 de la tarde vino a aparecer el bus. Le pregunté al conductor qué si entraba a Bolivia y me dijo que sí, me subí le pagué y me quedé dormido.

-Claro, cansado seguramente, comentó Sara, todo el día por ahí sin poder llegar.

-En la plaza me despertó el conductor, me baje y fue muy gracioso, a mí Mario me había descrito el pueblo varias veces, pero como yo nunca pensé que iba a venir a dar por acá pues no le presté mucha atención, y yo busque y busque en esa plaza la iglesia y nada, por ningún lado.

-Es que está en más abajo, entrando al pueblo, no la vio porque venia dormida, dijo Alcides.

-Mario no le describió bien el pueblo entonces, eso es lo primero que yo siempre le explicó a la gente, que la iglesia no está en la plaza.

-Muy curioso eso. Entonces lo dejé de buscar la iglesia y me senté en una cafetería y me tomé un tinto, no había ni gente por ahí, solos esos negocios. En la plaza me dijeron que transporte para La Soledad no iba a encontrar, que ni buscara porque ya estaba muy tarde. Me fui a buscar un hotel porque según me dijo un chofer me salía más barato amanecer ahí que pagar una carrera hasta La Soledad. El problema fue que en el hotel no había una sola cama disponible, dizque porque había unos funcionarios de la gobernación que estaban adelantando unos proyectos por acá y que lo tenía todo ocupado.

-Si señor, una gente que está haciendo unos censos, son un poco, vienen de Manizales, agregó Carmen.

-Entonces con el frio tan verraco que hacía ni siquiera consideré la posibilidad de amanecer en la plaza, le pregunté a alguien cual era la vía a La soledad y me señaló una carretea destapada, busque en mi maletín la linterna que siempre cargo y cuando me disponía a emprender mi camino, dos policías me pararon, dizque una requisa y qué de dónde venía, qué para donde iban y hasta me llevaron a la estación, uno de los tipos moreno alto con asentó costeño se encaprichó conmigo cuando me vio en la cachetera el carnet de la universidad, según el todos los universitarios eran guerrilleros y yo seguro había venido al pueblo con algún encargo para el grupo subversivo.

-Pues como se la pasan protestando y tirando papas bombas, eso es lo que uno ve en las noticias a toda hora, pues se ganan la mala fama, dijo Alcides, van dizque a estudiar y se la pasan haciendo daños.

-El policía quería dejarme allá encalabozado, pero el otro, un poco más atento, con cara de bonachón, cuando me escuchó decir que venía para la finca de Mario, en La Soledad, de una me dejó seguir. El señor como que conoce a Mario porque de una me preguntó por él. Yo le dije que estaba en Tuluá y que me había mandado a administrarle la finca. Cuando le dije eso empezó a reírse, qué cuál finca, si esto acá lo habían dejado perder, que lo que había acá eran unos montes. No me diga amista que usted se dejó meter ese hueso así sin venir a mirar antes ni nada, mucha güeva, Mario le está viendo la cara, amista, me dijo el policía

-Ese es Gonzales, amigo de Mario de toda la vida, por eso dejó de molestarlo. el otro es nuevo, llegó hace como dos meses, ha tenido problemas con más de uno por que a todo el que le ve botas de plástico lo requisa porque es guerrillero. dijo Alcides.

-Pero si por acá la mayoría usan botas de plástico para trabajar, repuso Simón.

-Por eso le digo, mijo, por eso le digo.

-Con la linterna me vine caminado a paso largo, espantando perros con una rama que levanté de una cuneta. Por esa carretera no había nadie, pero en ninguna de esas casas cerradas con las luces apagadas faltó un perro en la entrada. Caminé rápido. Cuando llegue a La Soledad empezó a brisar. Seguí por el camino que me había dicho Sara, el que estaba al lado de una casa de madera de tres pisos de color rojo y blanco. Esta casa no solo me la describieron, además me la mostraron en fotos así que llegar estuvo fácil, abrí el candado y justo cuando entré se dejó venir el aguacero, explicó Simón.

-No le fue tan mal mijo, solo un poco más largo de lo normal el viajecito, dijo Alcides.

-Casi acabo con los tenis de darle pata a las piedras, dijo Simón finalizando su resumen.

-Menos mal le tocó seca, porque si le hubiera tocado mojada ahí sí es verdad que se le hubieran acabado los zapatos, agregó Sara mirando los tenis blancos del recién llegado.

Alcides también detalló a su nuevo vecino, era delgado y bien parecido, la ropa que tenía puesta parecía cara. De ojos muy negros y cejas pobladas, parecía tranquilo, incluso confiable, se dijo Alcides.

-Mijo, y usted piensa quedarse a trabajar la finca y todo. Pues, no es por faltarle al respeto ni nada, no se vaya a confundir, sino que es que usted no parece como alguien de trabajo material. Yo creo que usted en la vida ha pasado un día entero voleando pala.

-Pues equivocado no está don Alcides, yo de trabajar la tierra muy poquito, pero sí, sí señor, vine a vivir en la finca y de la finca, respondió Simón.

-A sobrevivir mijo, a sobrevivir, porque con lo caro que está todo y con lo malo que está el negocio del café ahora, eso es lo único que uno hace, sobrevivir ahí a duras penas, expresó Alcides con desilusión. Se levantó de la mesa y salió del corredor rumbo al beneficiadero, un cuarto pequeño y sin ventadas a unos metros de la casa. Se demoró poco adentro. Sacó un coco y una estopa.

-Nos vemos más tarde y hablamos, mijo, me voy a terminar un graneo antes de que lo tumbe el agua.

-Mario me dijo que me entendiera con usted en todo lo que no supiera, que usted me explicaba, cuándo saca un tiempito para mí, porque la verdad es que yo no tengo idea de nada.

-Qué estará creyendo Mario, parece bobo, ni que yo fuera profesor. Seguro cree que después de viejo tengo ganas de dedicarme a criar gente, dijo Alcides con sorna. Luego se acercó a Carmen le dio un beso y se fue camino arriba. Acomódese, mijo, desempaque que luego hablamos.

Simón imitó a su vecino y también se fue, le dio las gracias a Carmen por el desayuno y volvió a la casa, su nueva casa. Carmen le dijo que cualquier cosa que necesitara bien pudiera se arrimara que ellos estaban para servirle. Él le volvió a dar las gracias y se alejó.

Simón creyó que lo primero que tenía que hacer en esa casa era limpiar, barrer el polvo y sacudir, lo primero que tenía que hacer era habitarla. Buscó una escoba en los tres cuartos, en la cocina, en el patio y en el baño y tampoco encontró. Mirando el inodoro recordó que tampoco tenía papel higiénico, él no había traído casi nada. Iba tener que ir de comprar a La Soledad. Ojalá vendieran algo, porque no podía seguir así, no iba a soportar pasar mucho tiempo más sin cepillarse los dientes.

Regresó a la casa de Carmen y la llamó desde el patio. Ella estaba lavando la loza y salió secándose las manos en una toalla en la que ya no se reconocía el color que había tenido cuando la compraron.

-Doña Carmen, será que usted me puede prestar una escoba, es que voy limpiar un poquito la casa que no tiene arrimadero con tanta mugre y ni escoba encontré.

-Claro joven, ya le traigo una, imagínese como debe estar, si eso lleva meses sin abrirse. 

Carmen regresó de la cocina con una escoba de iraca se la entregó a Simón.

-Póngase un trapo en la nariz, que no se vaya a enfermar tragándose todo ese polvo, le recomendó Carmen viendo como su vecino regresaba a la casa de Mario que ahora iba a ser la casa de él. 

Simón no sabía por dónde empezar, recorrió la casa un par de veces con la escoba en la mano. Sacó del maletín una camiseta y se la envolvió en el cuello y la subió para cubrirse la nariz y la boca.

El polvo se levantó y llenó los cuartos, Simón abrió las ventanas y salió al corredor, a ver como esas pequeñas partículas se iba con el viento para prenderse de las hojas de las matas en el jardín. Mientras más barría más polvo alborotaba y más polvo sacaba. Simón barrio una y otra vez sin encontrar del todo la limpieza.

Además de barrer limpió las telarañas del techo, mientras hacía eso encontró la puerta del zarzo y se encaramó en una banca vieja para alcanzar a ver algo. No era muy grande y estaba lleno de trastos, entre ellos una colchoneta muy delgada enrollada y amarrada con una cabuya, la jaló y la bajó para sacudirla en el patio, ya tenía dónde dormir, se dijo.

Pasado un rato de voltear sin detenerse se quitó la camiseta que tenía envuelta en la cara y la sacudió, su cabello estaba rucio, se sintió sucio, fue al baño y se dio una ducha, el agua llegaba con mucha presión y estaba fría, como el viento de la madrugada, no tenía jabón, era tonto pensarlo, pero había olvidado por completo que necesitaba implementos de aseo, dejo que el agua helada se llevara la mugre y se puso el pantalón de nuevo, sin secarse el cuerpo porque no tenía toalla.

Buscó en el maletín otra camiseta, se la puso con prisa para mitigar un poco el frio. Simón se sentó en la colchoneta y se llevó las manos a la cabeza. ¿Cómo iba a resultar ese plan? nunca había estado en una finca, no sabía cómo se sembraba una mata. Nunca se había imaginado en esa situación y ahora estaba ahí obligado a comenzar de cero.

Estaba solo. Aparte de Mario nadie más conocía su paradero y nadie más debería saberlo. En eso consistía estar escondido, pero estar escondido no era un trabajo ni una profesión y eso era lo que lo aterraba, no podía volver a la universidad, lo estaban buscando. Ya iban dos, dos muertos en una semana y era seguro que no iban a parar. Por lo menos estaba lejos, estaba vivió.

Carmen que también iba a barrer el corredor y el patio que había quedado cubierto de astillas se quedó mirando por un momento al muchacho que estaba sentado en el patio de la casa del frente con la cabeza clavada entre las rodillas como si estuviera llorando.

-Quiere tinto, le preguntó Carmen alzando la voz.

- ¿Señora?

-Qué si quiere tinto, venga tome, pal frío.

Simón se levantó y antes de cruzar el patio agarró la escoba.

-Deje esa allá mientras tanto, yo acá tengo otra.

- ¿Siempre hace tanto frio, o solo hoy que el día está nublado?, preguntó Simón sentándose a la mesa mientras Carmen iba a la cocina por el tinto.

-No. Siempre no, el clima es templado, si usted viera, a veces hacen unos calores horribles, uno no sabe dónde meterse, respondió Carmen desde la cocina.

-Cuidado se quema que está caliente, advirtió Carmen entregándole el pocillo con tinto.

Se sentó en una banca al frente de Simón, se soltó el cabello que tenía amarrado con una pequeña moña negra, lo sacudió y se lo volvió a atar, hacia eso a menudo, como si la acción la oxigenara.

Simón se fijó en el movimiento de su vecina, le gustó el pelo, el corte que llevaba, era ligero, relajado, juvenil.

-Muy bonito ese corte de pelo suyo, doña Carmen, se ve que hay buenos peluqueros por acá. Las cosas que uno dice para intentar una conversación con alguien que no conoce, pensó Simón.

-Eso dicen, en el pueblo hay dos muy famosos, pero yo no los conozco, yo me cortó el pelo sola, respondió Carmen sin darle mucha importancia al cumplido de Simón.

-Cómo así que usted misma, doña Carmen, pues lo hace muy bien.

-Muchas gracias, joven, es que es difícil desde que uno tenga tijera buena, cuando quiera bien en pueda, si vio a Alcides, a él también le cortó el pelo yo, le arreglo el bigote y todo.

-Lo voy a tener en cuenta, dijo Simón y sorbió el café.

- ¿Y cuánto se piensa quedar por acá joven?

-Dígame Simón, tranquila, con confianza, dijo Simón, sonriendo, la verdad es que no tengo un tiempo definido, vamos a ver cómo me va, a ver si me habituó al lugar.

Carmen lo miró, le parecía gracioso lo que había dicho, los jóvenes como él solo venían de paseo y a los dos o tres días se estaban quejando porque solo se cogían dos canales de televisión. No le tenía fe al muchacho, no le ponía más de dos semanas para verlo salir arriado y sin ganas de volver.

-Esto por acá es muy amañador, yo vivo muy contenta, por acá es todo así, tranquilo.

Tranquilo sí era, pensó Simón, tal vez, mucho más de lo que había imaginado, sorbió el café y oyó como en el silencio del entorno ese ruido generado por él se amplificaba.  

 

Cuando Mario le ofreció la finca a Simón para que se escondiera le dijo que allá no había nada. Yo acabé con todo eso la ultimas vez que fui por allá. Eso no estaba dando resultado. Imagínese usted, uno pagando administrador para que se haga cargo de todos los trabajos y además tener que sacar plata de acá de la tienda para estarle mandando porque la finca no estaba dando ni para ella misma. Eso no es rentable, le digo, y sí no es rentable no sirve. Por eso me pareció mejor dejar la tierra sola, sigue siendo mía así esté sola, la tierra es la tierra, usted la deja y cuando vuelve ahí está para que la vuelva a trabajar, aunque yo de momento no pienso volver. Por eso le digo, allá están esas puchas de tierra, nadie se las ha llevado, allá están sin dar ganancia, pero sin dejar perdidas. Vaya, vaya trabajé eso, usted solo, así sea flojo allá se consigue la comida. Manejé eso como quiera, como si fuera suyo, póngale moral y no se desanime, porque en algún momento usted va a poder volver, esto no se va a quedar caliente toda la vida.  Mario le había hablado con seguridad, estaba con él y lo respaldaba sin ambages.

Mario también le habló de Alcides y Carmen. Les tenía confianza. Esa gente no es santa porque sigue viva, hermano, eso sí, se tiene que hacer querer, no se ponga a hablar mierda, cómase lo que le sirvan, salude, despídase, pida el favor, de las gracias, todo eso importa, no sea imprudente, no llegué con las manos vacías, no sea echado, este siempre a disposición de la gente. Son guebonadas que parecen obvias, pero que a los pelaos a veces como que se les olvida. Yo le creo a usted, yo sé cómo son las cosas, por eso lo ayudo, por eso le ofrezco la finca. Usted la cagó por estar en donde no tenía que estar, por ser un pendejo, dizque un pelao bien metido en lo que no le toca, pero bueno. Allá puede ser distinto, cuándo Alcides sepa lo que pasó, se puede molestar, él es delicado.

 

Carmen no había preguntado aún por el motivo que lo había traído a él hasta esa casa, pero la curiosidad se sentía, se podía oler, Simón sabía que la pregunta iba a llegar y él no iba a saber que responder, no tenía claro todavía que versión contar, no podía decir la verdad y tampoco había inventado aún una mentira convincente, una respuesta concreta y definitiva que acabara con cualquier espacio para nuevas preguntas. Lo mejor sería que Carmen no preguntara todavía y por eso cambio de tema. 

-Muchos saludos le mandó Sara, que está loca por venir, pero hasta que los niños no salgan a vacaciones no se puede, dijo simón.

-Tan lindos que son, yo soy la madrina de bautizo de José, muy inteligente, le iba muy bien en el colegio cuando se fue, y a la niña también, Sofía,  debe seguir así, dijo Carmen con algo de melancolía en la voz.

-José está muy bien ya se gradúa este año, la niña como usted dice, hermosa, está nadando, le va muy bien en eso, la llamaron a la selección del Valle, son muy simpáticos los dos.

-Como me gustaría verlos, dijo Carmen.

La última vez que Carmen vio a Sara y Mario con los niños fue en Tuluá, hacía unos dos años, Alcides se había obsesionado con la visita, tenían que ir a conocer el lugar en donde vivía Mario y al cual se estaba yendo tantos. Eso tiene que ser muy bueno la vez que todos pegan pa allá, le decía Alcides a Carmen a cada momento. Mario llevaba un año largo estando en Tuluá. Había sido de los primeros en irse.  

A Carmen no le gustó Tuluá, hacía mucho calor. A Alcides le pareció bueno, pero olía feo, siempre había tenido la impresión de que las ciudades planas olían feo porque las aguas negras se quedaban estancadas en las alcantarillas, es que eso sin faldas como va a correr, hermano.

- ¿Y el negocio cómo va?, preguntó Carmen.

-Muy bien, si señora, grande, a Mario le ha ido muy bien, eso no tiene ni punto de comparación al chuzo que era el principio, ¿usted debió conocerlo cuando estaba comenzando?

-Claro, era un negocio pequeñito, mal surtido, con unas vitrinas y unas estanterías viejas y así vendía.

-Eso cambió mucho, el remodeló el local, compró todo el montaje nuevo y compró surtido al por mayor, la verdad es que le va muy bien, de por aquí hay mucha gente allá, yo no los conozco a todos, pero Mario habla mucho de otros dos o tres que tienen unos negocios que venden mucho, él dice que al lado de esos negocios el de él es un vendedero de mentas.

-Vea lo bueno, gracias a Dios, suspiró Carmen, que le vaya bien a la gente, ¿Quiere más tinto? Preguntó poniéndose de pie para acariciar las hojas de una de las matas que estaba colgadas en la chambrana.

-No señora, muchas gracias, así está bien. Estaba muy rico.

Simón no sabía qué hacer, desconocía cuál era la tierra que le pertenecía a Mario, entre tantas montañas a su alrededor todo se parecía, todo se veía verde y húmedo. Para donde miraba veía las mismas lomas, sentía un vacío en el estómago, no sabía cómo se iba a sostener de pie en esas pendientes sin salir rodando.

-Cuando Alcides venga a almorzar lo llamó para que venga y coma con nosotros, le dijo Carmen antes de entrar a la cocina. Simón le dio las gracias de nuevo y se fue para la casa a lavar la camiseta con la que minutos antes se había protegido del polvo. 

 

La primera vez que Mario le explicó dónde quedaba su finca, Simón no entendió, le dijo que primero había que llegar a Caldas, Mario siempre decía ser de Caldas y a menos que fuera necesario no entraba en más detalles. Estando en Caldas había que llegar a Pensilvania, que era el municipio en el cual habían expedido la cédula de Mario. Cuando usted ya está en Pensilvania, entonces tiene que llegar a Bolivia que es un corregimiento, el pueblo en que Mario mercaba antes de que se fuera a vivir a Tuluá. Pero espere que ahí todavía no es en donde queda la finca, toca seguir hasta La Soledad, una vereda, un caserío, de allá si es de donde soy yo, de donde es mucha de la gente que vino a montar tienda acá, ellos al igual que yo dicen que son de Caldas cuando les preguntan de dónde vienen para no tener que explicar ubicaciones y caminos que la gente ni siquiera va a entender.

Simón nunca había pasado del Quindío, su conocimiento de lo que llaman en los medios de comunicación y agencias de turismo, paisaje cultural cafetero se agotaba en el paisaje alterado y las viviendas caras a las afueras de pueblos como Salento o La Tebaida. Para él Caldas era Manizales, Caldas era el Once, pero ahora entendía que era más, que estaba lejos. Eso era bueno, estar lejos y entre las montañas era lo que necesitaba.

Abrió la llave del lavadero y la presión con la que salió el agua lo hizo retroceder. Mojó la camiseta y la restregó, cayó en cuenta de que jabón tampoco tenía, la restregó con fuerza y dejó que el chorro le cayera directo y abundante. Escurrió la camiseta y la colgó en el tendedero del patio que a diferencia de la casa estaba mejor parado.

Cómo sería de bueno tener una lavadora, se repitió Simón mientras se echaba en la colchonera y leía a contra luz uno de esos poemas incluido en el libro de María Mercedes Carranza. Quiso acomodarse para leer mejor y se recostó contra la pared que al primer contactó traqueó como si la tabla se hubiera roto, está puto rancho se va a caer, dijo Simón riéndose en solitario en esa vieja casa de madera.  

Carmen siguió con la rutina del día. Terminó el almuerzo, se dio un baño, barrió el patio, recogió los huevos de los nidos, lavó ropa, desgranó un poquito de frijol y aporcó la cebolla de la huerta. A las 11:30 dejó todo de lado y prendió el televisor, se sentó en la cama a ver la telenovela, la imagen no era muy nitidita, pero se veía. Afuera en el pario coronando una guadua de unos tres metros una antena similar a la cola de un pescado facilitaba la recepción de la señal, se sintonizaban Caracol y RCN, nada más, esos dos canales era los que Carmen tenía su disposición para ver las telenovelas y si el viento era fuerte y la antena se movía un poco no tenía ninguno de los dos.

Pasadas las 12 Carme oyó el café caer en la tolva del beneficiadero y se asomó al corredor, Alcides había llegado. Le alistó las chanclas para que no entrara a la casa con las botas puestas y le ensuciara el piso. Le trabajó una taza llena de aguapanela que dejó sobre la mesa y volvió a la cocina para servir el almuerzo.

Alcides agarró el aguapanela y se al tomó de un trago. se quitó la camiseta humedecida por el sudor y el roció del cafetal, la tiro el lavadero y se puso una limpia. En la cocina se oían a Carmen abriendo ollas.  

-No me sirva mucho, mija, estoy como maluco.

-Qué le habrá caído mal, si no hay comido nada raro.

-Quién sabe mija, quién sabe, deber ser que me está haciendo falta una purgada.

-Si, mijo, puede ser, a usted lo molestan mucho esas amebas, le voy hacer una bebidita de ajo, eso es bendito.

-Oiga, mija, y el muchacho qué pitos toca, qué se hizo.

-Ahí está, yo no lo he visto salir.

-Usted si le dijo que viniera a almorzar.

-Claro, yo le dije.

-El muchacho se ve que es buena gente, aunque como perdido, pobre, debe ser duro llegar solo a esa casa, esto debe ser un destierro pa el hombre.

-Llámelo, que venga de una vez.

Alcides cruzó el patio y lo llamó desde el corredor antes de entrar, siguió cuando Simón le respondió, lo vio sentado en la colchoneta leyendo y pensó que de pronto el muchacho era como uno de esos estudiantes de agronomía que venía de Manizales, de la universidad de Caldas dizque a brindar asistencia técnica y a enseñarle a montañeros de toda la vida como era que se sembraba una mata de plátano. Seguramente el cuento del muchacho de trabajar la finca tenía que ver con el estudio, con algún proyecto de esos autosustentables y orgánicos se estaban poniendo de moda.

- Qué más hombre cómo va, preguntó Alcides.

-Bien don Alcides, bien, terminé de barrer y me puse a leer, ese viaje tan largo lo deja a uno como enfermo.

-Claro, pero eso se le quita, camine almuerce que Carmen ya sirvió, dijo Alcides con tono impositivo saliendo de la casa.

Simón dejo el libro sobre la colchoneta y siguió a su vecino, en su mente repetía el ultimo verso del poema que acababa de leer.

Entraron juntos al corredor, los platos estaban sobre la mesa, Carmen esperaba. Se sentaron. Simón se quedó mirando el plato, su expresión fue de sorpresa. Alcides soltó una carcajada.

- ¿Qué pasó, hermano, no le gustan las yucas?, preguntó Alcides.

-Sí señor, si me gustan, pero es que es mucho, yo no como tanto.

-No se preocupe, coma lo que pueda, dijo Carmen.

Arroz con yucas, papas y carne sudada, y agua panela para la sobremesa, Carmen y Alcides comían con gusto, simón hizo caso a las palabras de Carmen y empezó a comer.

-Yo creí que nos iba a decir que no comía yucas, es que acá ha venido más un joven de la ciudad, así como usted y uno ni sabe que ofrecerles para comer porque nada les gusta, dijo Carmen, eso como que solo saben comer cosas de paquete.  

-No señora, yo no soy de esos, para mí la única comida mala es la poquita, dijo Simón buscando ser simpático al repetir ese chiste que le había oído a un amigo días antes. 

-Pues no parece, ya se estaba dizque quejando porque le serví mucho, refutó Carmen.

-Pero es verdad mijo, mientras haya que comer ya el resto solo puede mejorar, comentó Alcides.

Carmen asintió con la cabeza mientras masticaba al igual que Alcides.

-Mario habla mucho de su sazón, él dice que nadie cocina como usted, a mí me lo repetía una y otra vez, es que usted tiene que ir, con lo que yo le diga no es suficiente, me decía. Y vea, hasta que se llegó el día. Mario no se equivoca para nada, antes se queda corto, usted cocina delicioso, confirmó Simón.

Carmen sonrió tímida, levanto el pocillo con la sobremesa y tomó un trago, el agua panela estaba más negra que de costumbre, cuando la puso de nuevo sobre la mesa la turbiedad se fue asentando.

-Yo no sé Alcides usted a quien lo compró esa panela, pero está horrible, vea ese cachacero, parece que estuviéramos tomando tinto, eso es una cosa toda melcochuda, ni siquiera parte fácil.

Alcides y Simón se miraron y sonrieron, Carmen no dejaba de mirar el pocillo, parecía molesta.

-Yo no sé, mija, se la compré a Elías, él había estado sacando panela muy buena, quién sabe que le habrá pasado con esta molienda, caña muy biche seguro, y la compré cara, dijo Alcides, porque es dizque la mejor panela de la plaza.

-Si eso es la mejor entonces cómo será la mala, no me quiero ni imaginar, y lo peor es que compró mucha, cuando está buena va y compra una arroba y de esta que es mera cachaza le dio por comprar dos, si hubiera trabajadores pues no hay problema, pero solo nosotros, quién sabe cuánto nos vamos a demorar en tomarnos esta puercada, mijo.

Alcides levanto su taza miró el líquido, tomó un poco y lo miró de nuevo, Simón hizo los mismo, Carmen dejó la cuchara a un lado y observó a su marido remover la taza.

-Pues, mija, fea si esta, eso no lo discute nadie, pero no sabe feo, está buena, eso es que usted se complica mucho.

-Que más va decir, le toca decir que sabe bueno porque usted fue el que la compró, pero no sabe bueno, ni con café, ni con chocolate, está maluca, esa es la verdad, aseguró Carmen.

-En Tuluá usted no sería capaz de tomar aguapanela, doña Carmen, la panela de allá es más oscura que esta. Además, saben muy distinto. Aunque los que somos de allá no somos conscientes de eso, o por lo menos yo no lo era, en la casa mía nunca nadie se quejó de la panela, pero probando está y otras que a Mario le han llevado de por acá para vender allá, si se nota la diferencia, dijo Simón, debe ser porque por acá es más artesanal el proceso.

-A mí la panela cachazuda me enoja mucho, es todo lo que le puedo decir, prefiero tomar agua.

Carmen dijo eso y se levantó de la mesa, recogió los platos de los tres y se fue a la cocina, Simón que se había quejado porque era mucho no dejó nada en el plato.

-Vea que, si es de buen comer, dijo Alcides, burlándose.

-Es que estaba tan rico, respondió Simón sonrojado.

-También era que tenía hambre, dijo Carmen desde la cocina.

-Camine, hermano, sacamos un catre que tengo allí en la pieza. Qué se va a quedar usted durmiendo en el piso, dijo Alcides, esa colchoneta es como pa algo ocasional, una visita por ahí, pero pa dormir a toda hora no, eso no es cómodo. Venga, venga dentre, Simón, hermano, no se quede ahí, bien pueda, sin pena.

La casa era grande, tenía varias piezas con camas, baúles, armarios. Lo que no tenían era puertas. Todas las piezas se comunicaban entre sí, como si la privacidad sobrara.

- ¿Acá duermen los trabajadores? Preguntó Simón mientras veía a Alcides desempolvar el catre que tenía metido debajo de otra cama.

-No, aquí no, cómo se le ocurre, los trabajadores duermen aparte, la pieza de ellos está al lado del beneficiadero, en esa puerta negra que da al camino, no sé si ya la vio, esos son los camarotes de los trabajadores.

-Sí, si la vi, sino que con tanta cama acá, creí que era acá.

-No, ellos duermen allá, en todo caso, si durmieran acá, estas camas tampoco alcanzarían, porque cuando hay mucho café me toca contratar hasta a diez trabajadores. Igual es mejor que duerman allá, muchas veces uno contrata forasteros, gente que viene de otras partes buscando la cosecha, trabajan cuatro cinco semanas en una finca y siguen si no les gusta, buscan otra finca, se vuelven para la casa.  Esa gente de la que uno no sabe nada es mejor tenerla metida en la casa de uno, explicó Alcides mientras llevaba el catre hasta el corredor.

-Forasteros, así como yo, apuntó Simón.

-Pues usted no es forastero del todo porque para eso es amigo de Mario, entonces sí algo llegara a pasar con usted o uno tuviera alguna duda sobre usted entonces pues ahí estaría Mario pa responder. En todo caso ahí vamos viendo, reciba ahí, mejor, dijo Alcides, entregándole el tendido del catre.

Simón recibió las tablas y las puso en el piso del corredor al lado del catre. Dormir en el piso no era algo que le resultara incomodo, pero si le facilitaban las cosas y le regalaban algo de orden y bienestar tampoco se iba a negar.

-Lo de las camas, pa que entienda, es por las visitas, lo que pasa es que a mí me gusta que cuando la familia llegue tenga en donde acostarse, donde estar cómoda, esa maricada de andar bajando colchones al suelo para acostarlos, eso no sirve, hermano. La gente tiene que tener su cama, entonces por eso yo mantengo camas de sobra y mercado de sobra porque uno no sabe cuando llega la gente.

-Oiga, don Alcides y es que lo visita mucha gente.

-Eso no falta, siempre resulta, mucho sobrino, esos son los que más vienen. Se quedan semanas enteras acá con nosotros. Esto acá donde usted lo ve es amañador. Acá es bueno pa escondérsele a la vida un rato.

-Cómo así que esconderse de la vida, don Alcides.

-De la vida de la ciudad, hermano, es que eso allá es otra cosa, tanto enredo, todo es plata y más plata y esas horas en bus para ir de un punto a otro, y la bulla, el estrés, pero acá es otra cosa, acá se relajan, respiran.

Alcides tomó el catre y salió, Simón lo siguió cargando las tablas. Pensó en lo que había dicho su nuevo vecino de las ciudades, pensó en la ilusión que le hacía dejar Tuluá y vivir en Bogotá, en medio del ruido, sentir de verdad el movimiento, la metrópoli, sacudirse el pueblo. Había pasado de querer estar en la capital a despertar en una casa vieja en medio del campo.

Hacer planes hoy, dejarlos ir mañana.

Alcides armó el catre con la misma facilidad con la que se quitaba las botas, tardó poco y no necesitó más que un alicante, lo uso para apretar y martillar mientras Simón lo admiraba sin hacer nada porque su vecino no necesitaba ayuda.

-Bueno, esto ya le quedó listo, pero con qué la va a tender, si por la maleta que le veo usted no trajo nada, le va tocar pedirle a Carmen algo prestado. O bueno, no sé, si es que usted anda esperando de pronto el trasteo, si es así me hubiera dicho antes de ponerme a sacar esto, dijo Alcides, señalando el catre armando.

-Ese don Alcides, tan chistoso, no hay ningún trasteo, nada, yo tengo lo que ve y no más. Me va a tocar ir al pueblo a comprar unas cositas, porque me falta más de una, cada que doy dos o tres paso en esta casa va creciendo la lista de lo que necesito, pero tranquilo que yo soluciono eso rápido para no estar molestándolos a ustedes con préstamos.

-Pero el catre no es ningún préstamo, hermano, úselo tranquilo que es un regalo, eso sí, de los tendidos y sabanas y esas maricadas si le toca hablarse con Carmen porque yo de eso no sé.

-Muchas gracias, don Alcides, muy amable, Mario si me dijo que ustedes eran una calidad de gente.

-Oiga mijo, y hablando de todo eso, el catre aguanta pa uno solo, pero si de pronto usted está esperándose por ahí a una muchacha, ahí si se pone maluca la cosa. Aunque bueno, también es verdad que cuando se trata de eso uno se las ingenia, no es que se le vaya a envolatar el tiro por tener una cama estrecha, dijo Alcides malicioso. Pero por si algo ahí se la deje bien ajustada, para que no vaya a traquear, porque un catre traqueando mientras uno le pega a eso, no aguanta.

-Ese don Alcides, esas cosas con las que sale, yo apenas llegando si conocer a nadie, en eso todavía no he pensado.

-En eso siempre se piensa, hermano, usted vino a trabajar, pero no es una monja ni nada, entrepiernao es mejor, aunque como le digo, para eso es mejor comprar cama grande.

-Yo de momento lo único que he hecho es pensar en el trabajo.

-Bueno ahora que habla de eso, cuál trabajo, porque por acá le toca meter el culo y untarse y sembrar, usted sí sabe de eso.

-Pues saber, saber, no sé, don Alcides, pero me toca aprender, de eso se trata. Me toca aprender carpintería también, si usted sabe me puede enseñar, porque a esta casa  toca ponerle mano.

-Carpintería, oigan a este, pues tampoco es que yo sepa, pero hay cositas que son de sentido común, cosas que uno hace así a puro ojo, los remiendos, para eso no hace falta pagarle a ningún maestro. Pero entonces fue que Mario mandó plata para arreglar esto, preguntó Alcides.

-Plata, no señor, nada, toca con plata mía, yo traje unas luquitas mías, con eso alcanza para arreglar esas goteras, las tablas del corredor, y varias de las paredes, y algo queda para la finca, no mucho, pero algo. Con eso también voy a necesitar de usted, porque yo ni siquiera sé cuál es la tierra de Mario.

-Mientras menos gaste en la casa mejor. Usted se pone a gastar un poco de plata en este rancho y luego a Mario le da por vender y listo, pierde usted eso. Con la finca es distinto porque lo que usted invierta le va a dar ganancias, aunque no muchas, porque por acá uno vive abriendo un hueco para tapar otro. Igual cualquier cosa se consigue. Lo que si le digo es que para trabajar acá y luego partir ganancias con Mario si le va a quedar duro.

-Esa es una ventaja don Alcides, yo no tengo que partir nada con Mario, él me dijo que me viniera para acá y que trabajara, que mirara a ver cómo me defendía y listo, que mientras no le fuera a pedir plata no había problema, pero de todas formas estando acá tampoco puedo dejar caer la casa, igual y a ellos les da por venir a pasear, viendo que no me están pidiendo nada, que por lo menos encuentren la casa bien.

-Que verraco ese Mario, claro, pues es que el no necesita nada de esto acá. Pero es cierto, sí usted está acá lo mínimo que puede hacer es cuidar la casa.

-Oiga, hermano, pero viendo que Tuluá es tan bueno, viendo que de acá varia gente se ha ido para allá, y que muchos otros se quieren ir, que porque eso pal negocio allá es la putería y que uno por acá con estas gurreras no consigue sino dolores, no dólares, dolores, que de pronto oye mal, viendo todo eso, cómo es que a usted que se ve que no necesita joderse viene a dar por aquí. En vez de venir a enterrar la plata por acá se hubiera montado también un chuzo allá.

-No, don Alcides, un negocio no, eso es muy agobiante, uno ahí metido todos los días, 16 horas o más, eso requiere mucho aguante, me vine por acá buscando justo lo opuesto a eso, yo quiero es estar tranquilo, huirle al estrés.

Simón dejó salir lo del estrés con mucha naturalidad, como si de verdad ese fuera el motivo que lo tenía ahí al frente de ese señor ofreciendo esa explicación. Esa no era la verdad, tampoco era una mentira. Él sí estaba huyendo, sí estaba estresado y estar ahí en La Soledad sí le salvaba la vida. Simón sabía que en algún momento les iba a tener que contar que si se dejaba ver en Tuluá lo iban a matar, pero no se los iba a revelar apenas llegando.

-Ese estrés es una cosa muy seria, a ustedes los pelados eso cómo que les pega duro, yo por acá he oído hablar de más de una muchacha y un muchacho enfermo de eso, hospitalizados y todo. En cambió vea uno, toda la vida por acá metiéndole el hombro a las necesidades y vea acá estamos, enterándonos apenas que ese achante se llama dizque estrés.

-Nos faltó carácter don Alcides, nos mimaron mucho, le respondió Simón a son de justificación.

-Eso debe ser, sí señor, les faltó comer mierda. Igual comer mierda no es bueno, por eso le digo que la gente se va de por acá, achantados, estresados como dice usted, de estar fiando y esperando cosechas que no dan para pagar las deudas y un año tras otro lo mismo. Cualquiera se mama de hacer fuerza pa conseguir un peso.

-En todas partes es lo mismo don Alcides, de acá se van para Tuluá y de Tuluá se van para España o para Italia a lavar baños y limpiar jardines para ganar en euros y mandarle cualquier cosa a la familia. Todos andamos en las mismas, la desigualdad creciendo y arrumándonos y el gobierno no hace nada.

-Cuál gobierno, eso no, de todos modos, ellos no necesitan, entonces pa qué se van a joder, pa qué se van a mover.  Lo único que le digo, mijo, es que esto por acá tranquilo si le va a resultar, pero fácil no es, toca meter el culo y aguantarse el día entero, de seis a seis, al sol y al agua entre un cafetal sudándola sin miedo. Yo porque esto es lo que he hecho toda la vida, porque no sé hacer más, pero fácil no es, y pa alguien así como usted, todo bisoño en esto, menos.

 -Yo entiendo don Alcides, yo entiendo, dijo Simón dando por concluida la conversación, igual ya estoy acá y algo voy a tener que sembrarle a esa finca porque aquí me voy a quedar un tiempo, es lo que tengo.

Alcides le dio la espalda al muchacho y salió de la casa. Miró las tablas del corredor, se paró en ellas y sintió como parecían hundirse, entendió lo que el muchacho decía, por pura seguridad era necesario poner piso nuevo en el corredor.

-Camine pues Simón, le voy a mostrar la finca de Mario, para que vaya conociendo el pedazo de tierra que va a trabajar.

Caminaron unos cincuenta metros por la carretera como quien iba para el pueblo y luego subieron por un camino estrecho y empinado. Simón sintió como se le tensaron las pantorrillas y apenas iban a empezar a trepar.

-Esto es, hermano, esta es la finca de Mario.

Simón miró a su alrededor y como se lo había dicho el policía, solo vio monte, lomas, filos y vagas enmalezados si miraba para arriba y lo mismo si miraba para abajo.

-Lo primero que tiene que hacer acá es desyerbar, le va a tocar comprar por ahí tres o cuatro machetes porque esto está bravo. Eso es lo urgente, porque si no desyerba pues como va a sembrar. Vea, ponga cuidado pues, si ve para allá, dijo, Alcides señalando a la derecha. Esas palmas rojas, si las ve, hasta allá llega la finca de Mario, ese es el lindero, esas palmas. De esas palmas para allá está la finca mía. Entonces la finca comienza en la carretera, por la derecha llega hasta las palmas y por la izquierda llega hasta la cañada, de la cañada para allá son potreros y esos son de don Porfirio. De para arriba llega hasta donde va este camino que termina cuando se encuentra otra vez con las palmas rojas, de esas palmas para allá hay unos guaduales. Es una finca pequeña, no le va a costar mucho trabajarla solo, cuando le coja el tiro, pues, porque mientras tanto, mientras se acostumbra va a salir llorando.

-No me diga eso, don Alcides, yo a duras penas estoy parado acá y me tiene asustado la idea de sostenerme en estas lomas sin rodarme.

-No hermano, cómo así que miedo, yo no creo, yo no lo veo tan enclenque tampoco, tranquilo que eso rapidito se acostumbra, espere y verá que cuando termine la desyerba ya va a estar entrenado. Lo que sí es importante que sepa, más que aprender a pararse es lo que piensa cultivar, yo no sé si usted trae ideas de cultivos, lo que si le digo es que si las trae se puede ir olvidando de ellas. Por acá lo único que se puede sembrar es café, el clima por acá da para sembrar otras cosas, pero ni se meta a sembrar otra cosa que se le pierde, por acá no compran sino café. Usted puede sembrar yuca y plátano, pero cuando vaya a venderlo le va a dar rabia lo que le van a ofrecer, quieren que usted les regale las cosas y que les encime el transporte. Acá tiene que sembrar es café, y claro, comida, esa no puede faltar, plátano, yuca, maíz, frijol, cositas así, pero como pal consumo suyo, no más.

-Eso no es problema don Alcides, yo siembro lo que se pueda sembrar, si usted me dice que café, pues eso siembro, yo estoy es para aprender, me toca aprender.

-Lo primero que tiene que hacer, dijo Alcides, es comprar unas botas plásticas, esos zapatos están muy bonitos y todo, pa cachaquear, porque para trabajar nada como las botas. Con esas se va a parar mejor, se va a sentir más seguro, igual si se cae tampoco pasa nada, del suelo no va a pasar.

-Tan chistoso, don Alcides, oiga y qué, vamos a subir más.

-Claro, hermano, para que se vaya acostumbrado y para que vea bien toda la finca, a que vinimos pues, dijo Alcides, jalando un espartillo y llevándoselo a la boca.

-Esta semana que vaya a comprar lo que necesito traigo las botas, y un sombrero, porque el sol debe pegar fuerte, vea no más, el sol ni se ve y tengo la nuca caliente.

Seguían subiendo, el camino le parecía muy empinado a Simón que miraba algunos guayabos y aguacates que había sembrados en la finca, cogió una guayaba pintona de uno de los árboles que estaba al bordo del camino y se la llevó a la boca.

-Pa estar dizque con miedo de rodarse yo lo veo muy fresco, ni siquiera está sudando.

-En Tuluá trotaba una hora diaria y a veces también iba al gimnasio, toca cuidarse para lucir bien.

Alcides miró al muchacho con burla, dio media vuelta y siguió caminado.

-Puro cuento de muchacho de ciudad, de pelao mantenido. Por acá uno sabe que para verse bien lo único que tiene que hacer es comprar ropa buena y mantener bien afeitado, cortarse el pelo seguido y embolar los zapatos, no más, con eso se ve uno bien, el resto son maricadas. Eso de gimnasios es pa ustedes los del pueblo que no saben qué hacer con el tiempo, pero a uno por acá que le toca voltear todos los días, que le toca cargar café y cargar abono y volear machete todo el día, uno pa qué un gimnasio, si trabajar no es suficiente ejercicio es que uno no está trabajando como es.

Simón sonrió incomodo, no pensaba discutir ese asunto con su vecino, estaba claro que razón no le faltaba, bastaba verle el ancho de la espalda y los brazos para entender que como decía, no necesitaba estar levantando pesas frente a un espejo empotrado en una pared.

-Hace tiempo no me comía una guayaba, dijo Simón, mientras observaba a un gusano peludo que cruzaba el camino.

-En la finca mía también hay guayabos sembrados entre el cafetal, la guayabita hace falta, dijo Alcides dando la vuelta para empezar a bajar.

- ¿Qué pasó don Alcides no íbamos a subir hasta la cabecera?

-No hace falta, lo importante era venir hasta acá para que usted viera donde queda lo suyo, donde lo espera el trabajo. Así mañana cuando se levante sabe para donde es que se tiene que venir.  Mientras desyerba va a ir conociendo mejor la tierra, usté tranquilo. Y si ve otro gusano de esos no se quede viéndolo como güevón, no son pa jugar, la picadura de ese animal duele como un putas y si está de malas lo puede matar.

Bajaron despacio y en silencio. Simón pisaba con cuidado como si el piso estuviera resbaloso. En la carretera se toparon con dos caballos cargados y un hombre más atrás que los arriaba.

-Y entonces qué pues, Alcides, bien o qué, dijo el hombre, deteniéndose mientras los caballos se iban adelantando.

-Todo bien, mijito, gracias a Dios, por aquí mostrándole la finca al muchacho, vino a trabajarla.

El hombre miro a Simón de pies a cabeza, y sonrió. El muchacho hizo lo mismo.

- ¿Fue que Mario vendió la finquita, pues? preguntó el hombre.

-Por ahora me la dejó a mí por unos días, respondió Simón adelantándose a Alcides que se quedó con la palabra a medio pronunciar.

-Vea pues, que verraco tan jodido ese Mario, dijo el hombre, pues qué bueno hermano, eso siempre es mejor trabajar la tierrita que dejarla perder en maleza.

-Eso es verdad, sí señor, dijo Simón, como si supiera de lo que hablaba.

Le extendió la mano, mucho gusto, Simón, se presentó el muchacho. El hombre estrechó la mano que le ofrecían. Simón sintió los callos y las cicatrices, las huellas del trabajo, las que él no tenía.  Mucho gusto, mijo, Jesús María, pa servirle en lo que necesite, dijo el hombre. Bueno ahí estamos hablando pues, hasta luego, agregó y salió al trote carretera abajo para alcanzar a los caballos.

Simón había sentido un olor fuerte y desagradable cuando pasaron las bestias por el lado suyo, aunque los animales no se detuvieron el olor permanecía en el aire, penetrante.

- ¿Qué llevaban los caballos que huele tan feo, don Alcides?

-Cómo así, pues gallinaza, va a decir que no la conoce.

-Pues sí, he escuchado hablar de ella, mierda de gallina que sacan de los galpones, pero la que conocí no olía tan feo.

-Si no olía feo no era buena, Simón, hermano, la gallinaza tiene que ser olorosa pa que este buena, si no es pura viruta y eso no sirve para nada, se moja y se vuelve un terrón que le quema la raíz al palo, dijo Alcides.

-Vea pues, dizque oler feo para estar buena, yo no sabía eso.

-Ahí va aprendiendo mijo, y tranquilo que eso después de sembrar diez o veinte palos o subir un par de bultos de esos al hombro hasta la cabecera ya no siente el olor, se acostumbra y le parece normal.

Llegaron a la casa y se sentaron en el corredor, Carmen les trajo aguapanela para que calmaran la sed, en ese momento en la carretera pitaba el turno, iba bajando, llevaba un par de estopas en el capacete y a unos pocos pasajeros, pitó repetidas veces hasta que Alcides se paró y bajó.

-Entonces, calidad, relajaito, una vida así es la que yo necesito, vea a las tres de la tarde y ya en la casa fresco el hombre, dijo el enano sacando del bolsillo de la camisa el recibo de la recarga.

-Toca vivir bueno porque maluco no se puede, le respondió Alcides al enano mientras le recibía el papel. Muchas gracias, mijo, y qué, no va a subir a la casa a tomar chocolate, preguntó Alcides.

-No hermano, Dios le pague, para la próxima que voy cogido de la tarde, dijo el chofer. El carro se alejó y Alcides subió de nuevo a la casa, Simón se había puesto de pie para observar la escena.

-Así es por acá simón, a los choferes les toca hacerle los mandados a la gente porque a veces uno necesitas ciertas cosas a mitad de semana y es mejor encargarlas porque no vale la pena pagar pasajes, o bueno no es que les toque uno ya sabe a cuáles se les puede pedir favores y a cuáles no.

- ¿Cómo así, y luego en el caserío no hay tiendas? preguntó Simón alarmado pensado en las cosas que debía comprar, no se podía quedar un día más sin cepillarse los dientes.

-Claro, tiendas sí hay, varias, dijo Carmen mientras guardaba el recibo que Alcides le había entregado, pero no hacen recargas, antes cuando esto era con tarjetas sí las vendían ahí en la fonda, en cambio ahora con esto de las recargas si toca en el pueblo.

-Uy, cómo así, debería haber, increíble una cosa tan sencilla y que toque ir hasta el pueblo, muy duro.

-Debería, mijo, debería, un montón de cosas deberían ser, pero nada. Yo más bien, debería ir a poner a pelar el café de una vez. Alcides dijo eso y se fue para el beneficiadero a prender el motor.

-Yo también debería ir a ponerle cuidado al chocolate antes de que se me suba, dijo Carmen y se fue a la cocina.

Simón permaneció en el corredor mirando al patio sin dejar de repetirse en su cabeza la palabra debería: debería, debería él estar ahí, debería irse para otra parte, debería decirles de una vez, así sin siquiera terminar de llegar, de estar instalado, que él se estaba escondiendo, debería decirles así sin siquiera haberse cepillado los dientes que se había volado de Tuluá y que lo estaban buscando para matarlo. Debería decirles que no había sido él, qué habían sido sus compañeros de clase, esos otros que gritaban a su lado, otra gente la que había tirados las bombas incendiarias, debería decirles que, aunque él no hubiera arrojado nada había celebrado que el edificio ardiera. Debería, debería, pero no, no iba a decir nada, todavía no.

-Por eso es que hace falta una moto, por acá muchos están comprando, sirve mucho una moto en la casa, dijo Alcides, sacando de su ensimismamiento a Simón.

-Qué dice de los de la moto, don Alcides, dónde está los de la moto.

-En todas partes, hermano, en todas partes, ahí en La Soledad varios compraron moto y abajo pa Barreto, pa La Mesa, pa Gualanday, pa muchas partes, es que una moto es una comodidad, uno ya no tiene que esperar al turno ni nada, uno sale cuando necesite, cuando le provoque.

-Es verdad, don Alcides, es verdad.

-Vengan pues, dijo Carmen.

Simón se giró y vio a Carmen sirviendo la mesa.

-Uy, pero qué, esto qué.

-Cómo que qué, pues el algo, estamos es retardados, vea, más de las tres y nosotros sin alguear todavía, dijo Alcides.

En la mesa el chocolate humeante y las arepas con queso esperaban.

-Pero es que yo todavía tengo el almuerzo aquí, dijo Simón señalándose la garganta.

-Esas bobadas, siéntese y coma, cómo hace de falta el algo, es que estos verracos de la ciudad, es que ni pa comer son buenos, dijo Alcides riéndose.

Simón reaccionó al comentario con una corta carcajada y atendió la sugerencia de su vecino. Se sentó a la mesa y comió como lo hacían ellos. Las arepas de maíz amarillo y queso en la masa le sacaron un suspiro.

-Están deliciosas estas arepas, doña Carmen.

-Si vio, y dizque no quería, comentó Alcides.

Mientras comían, pasaron por la carretera un par de niños uniformados, saludaron sin detenerse, Simón imitó a sus vecinos y respondió el saludo, Poco después pasaron otros dos niños, uno más grande que el otro, uno con uniforme y el otro en jean, también saludaron y ellos desde la mesa devolvieron el saludo.

-Estudiantes, dijo Simón, y por acá dónde queda la escuela, preguntó.

-En La Soledad, allá en el caserío está la escuela, y el colegio está en Bolivia.

-Y les toca ir hasta Bolivia, eso está muy lejos, dijo Simón.

-No, caminando no, ellos tienen su ruta, hay un carro que los lleva y los trae, a los que van pues al colegio, y los que estudian acá en la escuela, en el caserío, pues esos si caminan. De allá de Bolivia me gradué yo, aunque yo si vivía ahí cerquita del colegio, pues, no en el pueblo, pero sí cerca, por ahí diez minutos caminando. Me gradué con varios que vivían por allá en una finca lejos a donde no llegaba carretera y esos bajaban a estudiar en caballo.

-Y don Alcides, usted también estudió allá, preguntó Simón.

-Yo no, yo conozco el colegio porque allá he entrado a votar, no más. Yo estudié hasta quinto de primaria acá en la escuela de La Soledad y de ahí directo para el cafetal porque ya me estaba rindiendo harto la cogida de café. A usted ni pa qué preguntarle si estudió, eso ahora es obvio, bachilleres voleando machete es lo que hay por aquí, pero la pregunta que sí importa es esa, a usted si le rinde la cogida de café.

-Ay don Alcides, no me haga dar pena, hombre, coger café, no señor, a mí que me va a rendir, yo nunca he cogido café.

-Ahí si estamos graves, se le complica el futuro por acá, sentenció Alcides.

-Eso aprende, todo es práctica, dijo Carmen.

-Pues él sí puede aprender, pero nadie le va a pagar un jornal por aprender y mientras levanta esa finca le va a tocar jornalear porque si no de qué va a vivir, le respondió Alcides a Carmen sin dejar de mirar al muchacho.

Simón guardó silencio, nada tenía que refutarle a su vecino, él no sabía nada del campo y estaba ahí, aparecido y por qué no, perdido.

-Pero qué, ya andó la finca, cómo la vio, qué le pareció, preguntó Carmen, intentando relajar al muchacho que se veía más que achantado.

-Sí señora, subimos casi a la cabecera, eso está hecho un monte, pero bueno, vamos a ver cómo nos va, respondió Simón.

-Por lo menos buen estado físico sí tiene el tipo, subió como si nada, espérelo a que empiece a desyerbar y ahí si le pregunta qué le parece, comentó Alcides.

-Tengo que comprar machetes.

-Sí señor, machetes y limas también, porque si no con que va a amolar. Pero eso le toca en el pueblo, ahí en La Soledad no consigue machetes.

-Será que un cepillo de dientes si consigo.

-Cepillo de dientes pa desyerbar, preguntó Alcides.

-No, para desyerbar no, para mí, no ve que no traje.

-No trajo cepillo, cómo así, preguntó Carmen sorprendida.

-Usted viera la maleta de este, un morralito, traen más cosas los sobrinos de nosotros cuando vienen a pasear uno o dos días, le explicó Alcides a Carmen. Imagínense usted que ni siquiera trajo una cobija, ni una sábana ni nada. Yo no sé con qué va a tender ese catre. La de este es pura maleta de volado, finalizó.

-Cómo así y fue que ya armaron catre, a qué hora, pregunto Carmen.

-Claro, hace rato.

-Yo ni me di cuenta, debería ser que estaba en la cocina. Pero bueno, tranquilo Simón que acá le prestamos cobija y sábana mientras tanto. Eso también le toca comprarlo en Bolivia. Pero el cepillo de dientes si lo consigue ahí en La Soledad.

-Espéreme, por la noche subimos juntos, después de la comida, yo subo casi todas las noches subo a darme un vuelton por allá a ver qué hay y también a hacer el chance. Pero vamos más tarde porque de momento me voy a tirar a la cama un rato, dijo Alcides.

Simón pensó que era mejor esperar a su vecino, iba a ser conveniente para él dejarse ver acompañando en el caserío. Ir solo lo iba exponer a las miradas incómodas que les dedican los locales a los forasteros y él no quería eso.

-Me parece bien, le dijo Simón, yo lo espero.

Volvió a su casa y se sentó en el catre, agarró una libreta que tenía en el maletín y recorriendo el espacio hizo una lista de lo que hacía falta: bombillos, papel higiénico, crema dental, jabón de baño, jabón para la ropa, candela o fósforos. Se detuvo en la cocina y vio que solo había un fogón, iba a tener que cocinar con leña, ni siquiera le gustaba cocinar y ahora resultaba que lo único que tenía a su disposición era un fogón de leña. Tal vez le vendría bien comprar una estufa y un cilindro de gas. Aunque consiguiera lo que necesitaba con más urgencia en el caserío era evidente que ir al pueblo no iba a dar espera. Por lo menos ya tenía claro el horario de la ruta. Dejó la libreta a un lado y volvió a revisar el zarzo a ver que más encontraba.

Mientras tanto en la otra casa, Carmen buscaba en un baúl la cobija y las sábanas que le iba a prestar a Simón, caminaba de puntitas intentando hacer el menor ruido posible, no quería interrumpir la siesta de Alcides que descansaba patiabierto en la cama. O todos los muchachos eran a si de descuidados o éste en especial estaba tonto, pensó Carmen. Cómo se le ocurría venirse a vivir en una casa que sabía que estaba vacía y no traer nada. Por más descomplicada que fuera la persona por lo menos el cepillo de dientes cargaba.

Dejó sobre la mesa las cobijas y las sábanas dobladas. Fue al patio y recogió la ropa que ya estaba seca, la guardó y volvió a la cocina, iba a asar plátanos para la comida, tenía cerca al arrume de leña un racimo de dominico que Alcides le había traído el día anterior.  

-Me dormí mucho, preguntó Alcides entrando a la cocina estirando los brazos sobre su cabeza.

-No mijo, por ahí media hora.

-Media hora, ja, ese café debe haberse terminado de pelar hace rato, usted ya apagó ese motor.

-No mijo, yo no me he asomado por allá.

-Ahora vuelvo, dijo Alcides y se dirigió al beneficiadero.

Simón estaba en el corredor cuando vio a su vecino salir y salió tras él, al trote para alcanzarlo.

-Entonces, don Alcides, qué hace.

-Nada mijo, nada, me quedé dormido y se me olvido que había dejado el motor prendido.

Simón entró en el beneficiadero mirando ese cuarto con curiosidad, había tanques, herramientas amontonadas en un rincón, costales, cocos, rollos de cabuya y por su puesto la máquina de pelar el café, envejecida, alguna vez había sido verde, al lado derecho caía el café pelado y baboso y al otro lado la cascarilla húmeda y aromática, dulcete.

-A usted le va a tocar comprar motor también, porque allá no hay, dijo Alcides interrumpiendo la curiosidad de Simón por ese espacio.

-Ya estoy armando una lista de lo que voy a tener que comprar, don Alcides.

-Pero ponga el motor de último que ese no es tan urgente, pues porque pa qué un motor ahora si apenas va a sembrar el café. Cuando ya lo compré y lo use acuérdese que es mejor quedarse ahí pendiente de él hasta que termine de pelar el café para que no se quede eso ahí girando solo.

-Oiga don Alcides y eso no come mucha energía

-No mijo, lo normal, igual como uno lo usa solo pa pelar el café y listo. El problema es cuando se va la luz, porque le toca a uno pelar a mano, y pelar a mano si es una cosa muy malparida, uno mamado de trabajar todo el día y salir a darle manivela a esto, muy verraco.

-Y por acá se va mucho la energía.

-Pues mucho no, una o dos veces al mes, el problema no es que se vaya, el problema es lo que se demora en volver, a veces pasan hasta tres días sin que la echen.

-Una o dos veces al mes, don Alcides, eso es mucho. Pero por lo menos es barata, porque si el servicio es malo cara no puede ser.

-Barata, no mijo, barato en la vida lo que uno produce, de resto, de resto todo es caro como un putas.

-Yo venía creído que por acá los servicios eran más baratos, suspiro Simón.

-Pues en comparación a la ciudad si son más baratos y por lo menos por acá usted no paga agua, pues nosotros acá no, porque agarramos el agua de la cañada, la casa de Mario y está. Cuando estuve allá en Tuluá vi que pagan dizque alumbrado público y también servicio de aseo, en cambio acá no paga nada de eso. Pero igual barato tampoco es.

Simón se acercó al tanque y se inclinó para agarrar un puñado de café, estaba baboso, frío, duro. Lo acercó a su nariz, no olía a tinto.

-Ahora que está así que hace con él, preguntó Simón aún con el café en las manos.

-Lo dejó así y mañana lo lavo, hay que quitarle esa baba y luego en la helda lo zarandeo y lo dejo secar.

-Yo no sabía que lo lavaban.

-No, mijo, es que no lo pongo en duda, usted de esto se ve que no sabe nada.

-Menos mal está usted para enseñarme, don Alcides.

-No se haga nada pa eso, claro como yo estoy acá pa perder el tiempo con principiantes, camine mejor vamos a comer que Carmen está llamado.

Volvieron a la casa y simón vio la mesa servida, no recordaba la última vez que había comido tanto en un día, no recordaba la última vez que había comido a una hora fija como lo hacía la mayoría de la gente. Desde su adolescencia la comida llegaba cuando llegaba el hambre, almorzar a las cuatro de la tarde, comer a las diez de la noche, desayunar al medio día. Una rutina, iba aprender además de producir café a tener una rutina. Una nueva rutina.

Alcides comía con ganas, su plato estaba hasta el borde de frijoles con arroz. En una mano tenía la cuchara y en la otra alternaba una arepa y un chicharrón. Carmen comía despacio, casi con pereza. Simón los observaba sin dejar de masticar, fascinado con el sabor del plátano.

-Esto está muy rico doña Carmen, muy rico.

-Si quiere más, me dice, mijo.

-No, doña Carmen, no, con esto es más que suficiente.

-Hágale sin pena, si quiere más diga que ahí hay más, dijo Alcides.

-Doña Carmen y usted cocina todo con leña, preguntó Simón.

-Casi todo mijo, ese fogoncito trabaja muy bueno.

-Es que yo allí en la casa vi que hay un fogón, pero yo que voy a cocinar en fogón, yo ni siquiera sé cómo se prende, entonces estoy pensando en comprar mejor una estufa de gas, usted tiene estufa de gas acá.

-No mijo, de gas no, acá tenemos una de luz, es que el gas sale caro, esas pipas se acaban como nada, cuando hay trabajadores más, aunque usted como vive solo y va a cocinar para usted no más, pues si podría tener una de gas. Pero también puede comer acá, no se tiene que complicar por eso.

-También puede comprar una estufa de luz, más fácil. La tiene ahí para que caliente el agua por las noches para lavarse las manos y los pies, porque como dice Carmen usted puede seguir comiendo acá, afirmó Alcides.

-Pero usted no me dice pues que la energía es cara, imagínese entonces con una estufa, se me va la plata que traje pagando recibos.

-Es que usted no la puede prender sin antes poner el contrabando, ja, claro, sino le llega carísimo ese recibo, dijo Carmen.

-Cómo así que el contrabando, preguntó Simón.

-No mija, este muchacho si es que, mejor dicho, parece un atronado, pobre, por acá todo perdido, dijo Alcides mirando a Carmen. El contrabando, la trampita, acá tenemos y Mario tenía allá también, fíjese y vera, es los más fácil, el contador de la luz, si lo ha visto, es como una cajita y ahí adentro está el disco ese que gira, nosotros le hicimos un rotico a esa cajita, en la parte de arriba y por ahí metemos un alambre para frenar el disco, entonces cuando prendemos la estufa, o el motor o cualquier otra cosa tenemos es disco frenado y listo, nosotros obviamente lo dejamos correr pa que no llegue tan barato tampoco el recibo, pa que no sospechen en la empresa, allá en la casa de Mario también está igual, vaya mire y verá  

-En serio hacen eso, no, cómo así, y es que los de la empresa de la energía no se dan cuenta.

-Es que uno no se deja pillar, uno mantiene pendiente, por ejemplo, pone el alambrito después de las cinco de la tarde, a esa hora ya no viene nadie de la empresa por ahí, lo quita temprano, antes de la ocho de la mañana, además ellos vienen a revisar el contador cada mes, no más, de resto no vienen por ahí, es cuestión de estar pendiente, explicó Carmen.

-Una estufa de luz, eso necesita, no más, no hace falta joder con ese cilindro, necesita eso y también un hacha pa que raje leña, porque de todas maneras teniendo el fogón ahí también tiene que aprender a utilizarlo.

-Es verdad, Simón, es verdad, con una estufa de luz, apenas es, igual como le digo, usted puede seguir comiendo acá.

-Muchas gracias, doña Carmen, usted es muy amable, yo le creo que usted no tiene problema con que yo coma acá, pero es que a mí me da pena.

-Pena de qué, esas bobadas, si es con mucho gusto, acá los amigos de Mario son amigos de nosotros, dijo Carmen.

-Es verdad, pena de qué, si le da pena, compre la carne, unas 12 libras semanales y listo así no siente pena, dijo Alcides, riendo.

-Pues hasta puede ser, respondió Simón animado.

Cuando terminó de comer Simón quiso llevar el plato a la cocina para lavarlo, pero Carmen lo detuvo como lo había hecho al desayuno y al almuerzo. Se volvió a sentar y esperó a Alcides que entró a cambiarse de ropa para ir al caserío.

-Voy por plata, dijo Simón, cuando esté listo me llama don Alcides.

Cruzó el patio y entró apurado, fue directo al morral y abrió uno de los bolsillos externos para buscar un paquete de pañuelos que su compañera mareada de bus había dejado olvidado en la silla, lo abrió y contó los pañuelos, tres, eso quedaba, con eso se tendría que defender. Afanó el paso y se encerró en el baño. La puerta desvencijada y ruidosa se cerraba con un cordón que se enredaba en una puntilla clavada en la pared, la única en ladrillos de toda la casa. El sanitario estaba mugroso, pensó en usar uno de los pañuelos para limpiarlo antes de sentarse, pero el retorcijón en el vientre le indicó que tal vez con esos pañuelos no iba a ser suficiente, lo volvió a mirar y se bajó los pantalones, no había tiempo para más, iba a tocar así, se sentó. Sintió el frío en las nalgas y se le heló hasta el ánimo. Qué putas estoy haciendo yo aquí, qué pasó, se dijo.

-Simón, camine pues, gritó Alcides desde el patio.

El muchacho intentando hacer rendir los pañuelos encerrado en ese baño oyó a su vecino, le hubiera gustado pedirle que le trajera papel higiénico, pero no, no podía hacer eso.

-Ya voy, don Alcides, ya voy, deme un minuto, respondió Simón a gritos también.

-Fijo, le estoy dañando una cagada, le dijo Alcides a Carmen.

-Ay, mijo.

-Qué, eso debe estar haciendo, por qué igual uno que más va poder hacer en esa casa si no hay nada, vea eso, ni luz.

-Simón, hermano, camine pues, volvió a gritar Alcides.

-Ya voy don Alcides ya voy, respondió el muchacho.

-Mijo, no sea sí, no lo afane, déjelo tranquilo.

-Bueno, mija, bueno, pero que se mueva entonces.

Simón escuchaba a sus vecinos hablar. Se subió los pantalones y tiro los pañuelos en el inodoro porque cesta para basura tampoco tenía. Cuando fue a vaciar se dio cuenta que no bajaba agua. Buscó en el lavadero y la cocina un valde para echarle agua.

-Simón, no va ir nada.

-Ya salgo don Alcides ya salgo.

Abrió la llave del lavadero y se lavó las manos. Ya vaciaría luego, cuando volviera, cuando comprará bombillos, por ahí en algún lado había un valde, él lo había visto.

-Listo don Alcides, vamos pues, dijo el muchacho saliendo de la casa.

-Casi, que no, qué pasó, le cayó mal la comida o qué.

-No, don Alcides, no, nada de eso.

-Ah bueno, menos mal, yo sí creí que andaba flojito.

-No, no, nada.

-No nos demoramos, mija, ya volvemos.

-Hasta luego doña Carmen, dijo Simón.

La mujer se despidió de ambos agitando con suavidad la mano a la altura del pecho mientras les deseaba que les fuera bien, luego les dio la espalda y entró a la cocina, aún tenía que lavar la loza y dejar el maíz cocinando.

Los hombres caminaron carrera arriba, Alcides llevaba la linterna en la mano, pero no la prendía porque según él todavía se veía bien así y las pilas había que hacerlas rendir.

-Oiga, Simón, usted si sabe que si a uno lo apura una cagada en el tajo no se puede venir corriendo para la casa a buscar el baño. Por acá no es como en esas oficinas en las que la gente está yendo al baño a cada rato.

-Cómo así qué no, don Alcides, y entonces.

-Y entonces, entonces es acurrucándose donde se pueda, si lleva papel encaletado en el bolsillo, pues bien, y si no le toca limpiarse con hojitas, de plátano puede ser, aunque también depende del rastrojo que tenga a mano, luego le echa tierrita al bollo y listo.

-En serio.

-Cuando le diga, hermano, cuando le diga.

-Tanta incomodidad, tanta.

-No, ni tanto hermano, ni tanto, lo normal.

-Oiga don Alcides y hablando de otra cosa, pues, como para dejar estos temas escatológico de lado, porque, pues ya me quedó claro. Dígame mejor, a doña Carmen no le da miedo quedarse sola en la casa.

- ¿Carmen?, bendito, esa mujer es más verraca que cualquiera, ahí donde usted la ve, así como callada, como menudita, tiene más guevas que uno. Para ella quedarse en esta casa es lo normal, una casa al bordo de carretera, ahí no hay de que tener miedo, pero ella se ha quedado sola en cañones enterrados de verdad, casas que en serio son un destierro, y se ha quedado sola no un rato sino días, semanas enteras. Es que yo le digo una cosa a usted, Simón, El Señor hace muy bien sus cosas, no pierde ninguna. Vea no más, me juntó a mí con Carmen, la mujer hecha para mí, con ella yo estoy seguro.

-A usted si le daría miedo quedarse solo en una casa, don Alcides.

-No, mijo, cuál miedo, esas bobadas, yo no le a decir que soy un tipo muy verraco, porque pues uno si se asusta, pero no, miedo no.

-Es que como a uno siempre le cuenta esas historias de que en las fincas asustan, y que las brujas y el duende y los caballos con trenzas y las cadenas que se arrastran por el piso, uno termina creyendo. Yo por lo menos, se lo digo con sinceridad, venía asustado anoche, yo en cada curva de esa carretera creía que me iba a salir algo.

-No, mijo, eso no, pues, cosas raras sí hay, a muchos los han asustado, yo mismo he visto cosas muy azarosas voleando pata de noche por todos estos caminos, pero no, nada tampoco como para andar con miedo, uno de todas maneras anda es encomendado a Dios y la virgen santísima, eso es lo que uno tiene.

Simón y Alcides caminaban a buen ritmo y saludaban a las personas que vivían en las casas que iban encontrando al bordo de la carretera, “buenas noches, cómo me les va”, decía Alcides y Simón lo imitaba con un todo de voz más bajo, más tímido, entre los dientes. Simón notaba que la gente lo miraba con curiosidad, aunque estuviera con Alcides seguía siendo un forastero.

En la plaza de La Soledad, Simón sintió que a esa hora de la noche el caserío parecía más alegrador e incluso más grande de lo que le había parecido en la madrugada. Niños corrían detrás de un balón, un billar estaba abierto y sonaba música guasca. Al lado del billar una tienda con un arrume de bultos de papa en la puerta de entrada, unos metros más allá otra tienda similar. El lugar parecía mucho más comercial de lo que imaginó horas antes cuando pasó por ahí al trote huyéndole al aguacero.

-Camine pues lo llevo a la tienda, acá hay varias, pero lo voy a llevar a la que es, de la que soy cliente yo, en la que me fían, porque por acá el que quiere vender tiene que fiar. Uno compra dos o tres veces de contado y luego dispara por el fiado, porque uno en tiempo malo se queda semanas sin coger un peso, si no hay café no hay plata y a menos que uno tenga quien le fie se le pierde la comida, por eso este señor, don Heriberto, es el mío, me ha salvado más de una vez. Lo presento y lo dejo ahí y me voy pal billar, cuando termine de comprar me busca allá.

Entraron en la tienda, saludaron, tres hombres de mediana edad conversaban y veían la televisión mientras que afuera, al lado una de las puertas de entrada, dos mujeres hablan del asma que estaba afectando a uno de sus hijos. Simón observaba el lugar mientras Alcides hablaba con el dueño. En el televisor terminaba el minuto de Dios y empezaban el noticiero.

-Ahí lo dejó con el hombre, le dije que usted es el nuevo agregado de Mario, mejor así, pa que no se nos haga larga la explicación, o usted qué cree.

-Claro don Alcides, así está bien, muchas gracias.

-Hágale hermano, ahora nos vemos, pues.

-Cómo le va, dijo Simón, cortés. Hágame el favor y me da tres rollos de papel higiénico, una crema dental grande, un cepillo de dientes, hizo una pausa para mirar la lista y luego miró las estanterías, un par pilas grandes, un par de máquinas de afeitar también.

El tendero, apesadumbrado, caminaba hasta las estanterías y regresaba con los productos que iba amontonado sobre el mostrador mientras escribía en un papel suelto el precio de cada artículo.

-Bueno, compa, qué pasó pues con Mario, fue que se aburrió por allá y lo mando a usted para que le vaya organizando la finca para no encontrarse con ese monte cuando vuelva, dijo el tendero en todo jocoso. Se notaba que con esa afirmación supuesta buscaba que el muchacho le dijera más, lo pusiera al tanto.

-Simón sonrió al escuchar las palabras del tendero, no señor, Mario está muy contento por allá, ese no se vuelve. El que se aburrió fui yo, dijo Simón, Vea, véndame también unos tres bombillos, de los buenos.

-Acá no vendemos nada malo, compa.

El tendero jaló una banca y se encaramó en ella para alcanzar el paflón que estaba en techo. Simón lo observada con atención sin saber si el tendero andaba disgustado o esa era su cara y su actitud de siempre.

-Mírelo pues, compa, se los entrego alumbrado, mírelos bien porque después de ensayados eso ya no tiene cambio, para que no me vaya a aparecer por acá reclamando.

-Y es que salen malos, preguntó Simón.

-Malos, no, bendito, si esto es una putería, pero igual le digo porque a la gente es mejor decirle las cosas, mírelo pues, parece de día, que verraquera si alumbran harto.

-Si señor, muy buenos, deme también jabón de ropa y jabón de baño.

-Bueno, pero entonces usted qué, cómo es que se viene por acá, no dicen pues que Tuluá es la putería y que allá todo el mundo consigue, si es así entonces usted como se viene dizque a trabajar una finca caída.

-Retos que se pone uno, vecino, y ganas de conocer, es que Mario me habla tanto de esto por acá que me dio por venirme a conocer.

-No, hombre, la cagó entonces, para conocer por acá, no hace falta venirse a trabajar, con una semana que venga de paseo es suficiente.

-También es verdad, vecino, pero igual, vamos a ver qué pasa.

-Pues qué va a pasar, pues que le va a saber a mierda estar por aquí, eso es obvio, imagínese, usted solo levantando una finca, mejor dicho, compa, usted no sabe lo que le espera.

-Como le digo, vecino, vamos a ver qué pasa, dijo Simón incomodo con la conversación. Deme también un desodorante y un sombrero de estos.

Simón agarró el sombrero de caña tejida de un arrume que estaba sobre una vitrina vertical ubicada el lado del mostrador y se lo midió, luego agarró otro y siguió así hasta que encontró el que le quedaba. Se lo dejó puesto y le pidió al tendero que le hiciera la cuenta, quería salir rápido de ahí.

Mientras el tendero hacía la cuenta Simón se fijó en el televisor en el que los dos señores veían en silencio el noticiero, el periodista habla del incremento de las bandas criminales y la extorsión en la capital del país después del estallido social. Meses antes esos mismos señores sentados en esa tienda seguro habían visto notas sobre Tuluá, notas sobre los manifestantes, las jornadas de protesta y los edificios quemados. 

-Por qué suma así, vecinos, es que son escasas las calculadoras por acá, preguntó Simón.

-La seguridad que me da el lápiz no me la da ninguna calculadora, yo tengo calculadoras acá, dijo el tendero abriendo un cajo que tenía una de las estanterías para mostrarle el aparato al muchacho, pero se pone uno a sumar en eso, y se le olvida hacer cuentas en la cabeza por eso es que eso muchachos de hoy en día no saben nada de cuentas, a toda hora atenidos a esos aparatos.

-Yo soy de esos, vecino, sin una calculadora no soy nadie, vea hasta donde tuve que venir para ver esto, alguien que se rehúsa a usar la calculadora, comentó simón y sacó de su bolsillo un par de billete y para pagar la cuenta. Agarró la bolsa en la que le habían empacado sus cosas y se despidió del tendero y del resto de personas en la tienda.

-Vea, no es por desanimarlo ni nada, usted ya está por acá, aunque todavía esta a tiempo de irse, hágame caso, viendo que usted es de Tuluá, si quiere conocer y sacudirse la angurria de la ciudad, mejor váyase para el pacifico a pescar, por allá si es, vea, si allá un pescador saca en un día lo que debe pescar una semana, el resto de los días los descansa, una belleza, si o qué, por acá en cambio todo es trabajo, compa.

Simón oyó al tendero y no respondió, se volvió a despedir y salió de la tienda cargando la bolsa con lo comprado.

En el billar Alcides estaba jugando un chico con dos hombres más, uno que se enredaba en una ruana color café cada que iba a tacar y que insistía en tenerla puesta, aunque le estorbara. El otro se quitaba el sombrero y lo estrujaba como pelota antiestrés cada que uno de sus oponentes metía una bola.

Alcides vio al muchacho de pie junto a la puerta, y con las manos le señaló que estaba jugando.

-Terminó rápido, Simón, yo creí que se demoraba más, por eso me puse a jugar, usted vera si me espera o va bajando solo, si quiere le presto la linterna.

Simón puso la bolsa en el suelo, jaló una silla que estaba cerca de la puerta para sentarse, juegue tranquilo don Alcides que yo lo espero, dijo el muchacho.

-Vea, le presento, este es Favio, dijo Alcides y señaló al hombre de la ruana, Simón se puso de pie y le dio la mano, la estrecharon con fuerza.  Este otro, es Asdrúbal, Simón le dio la mano también al hombre del sombrero.

-Estos son hermanos, viven por acá cerca, buenos pa coger café, pero eso sí, malitos pa jugar billar. Ellos son conocidos de Mario también, dijo Alcides señalándolos con el taco.

Los hombres le sonrieron a Simón sin deja de jugar su chico, el dueño del billar, amigo de todos en el lugar se acercó al muchacho y se presentó por iniciativa propia mientras que le decía que el billar estaba a su disposición y que si se iba a tomar algo. Simón se sintió acorralado por la amabilidad del tipo y la insistencia de que se tomara algo, después de insistir el muchacho terminó pidiendo una cerveza y se dio cuenta del poder de persuasión del dueño del billar solo cuando vio las cuatro cervezas puestas en la mesa y entendió que no solo compró para él sino para Alcides y sus amigos que estaban jugando a palo seco.

-Pagó por recién llegado, mijo, el verriondo del Ramiro le hace eso a todos los recién llegados. Los enreda y les vende, aunque no quieran comprar, él tiene la chispa para eso, lo malo es que lo puede hacer solo una vez con la misma persona y que no lo puede hacer mucho porque no hay muchas gentes nuevas por acá. En cosecha había mucho forastero que venía a coger café, pero de eso ya hace unos años porque ahora con las cosechas tan malas, la roya acabando con los cafetales y el precio acabando con nosotros a duras penas resulta trabajo para los jornaleros de por acá. Mientras Alcides hablaba los muchachos aprobaban asintiendo con la cabeza.

El juego no tardó mucho y mientras Alcides lo terminaba Simón se paró en la puerta a mirar a la plaza. Los niños seguían jugando con un balón, otros daban vueltas en círculos en sus bicicletas sin alejarse de la luz que proporcionaba las lámparas del alumbrado público del caserío.

Nadie lo iba a buscar ahí, pensó Simón, mirando esa plaza, lo que le parecía curioso a esa era que en apena un día estando ahí todas las personas con las que había hablado le sugirieran que era mejor irse. Alcides lo reiteraba, seguro sin darse cuenta, cuando se quejaba del precio del café, de la roya, pero no se iba a ir, no era una opción.

Al lado del billar unas señoras hablaban sentadas en una banca larga en la parte de afuera de una cacharrería hablaban animadamente. Simón miró el cartel de la venta de minutos por un momento, tenía ganas de hablar con alguien, pero no sabía con quién, todos los números de sus amigos lo tenía en el celular que no había traído. Solo se acordaba del número de su exnovia y a ella no pensaba llamarla, también se acordaba del número fijo de la casa de David, a ese tampoco lo iba a llamar porque podía ser el papá de su amigo el que le respondiera y era mejor evitar hablar con él, ese señor no lo quería y el sentimiento era compartido.

Cuando se disponían a salir del billar para regresar a la casa donde Carmen los esperaba, un hombre bajito de bigote espeso y bien recortado entro al billar, saludó jovial a todos los presentes incluido Alcides a quien le palmoteó la espalda, la ver al muchacho se acercó para palmotearlo también.

-Y éste ¿qué hace por acá, es que vino Mario o qué pasó?

Simón lo conocía, el bigotudo había tenido tienda en Tuluá y cuando el papá se enfermó la tuvo que vender para volver a La Soledad a estar con él y ayudarlo con la finca porque según el viejo la muerte lo tenía que encontrar ahí en ninguna otra parte que no fuera en su gurrera.

¿Ustedes de dónde se conocen, pues? preguntó Alcides.

-De Tuluá, él tenía una tienda allá.

-el pelao se acuerda de mí y todo, si ve, era buena la tienda, cierto pelao, dígales a estos que a usted si le consta porque la vio, es que aquí más de uno dice que a mí me tocó venirme dizque porque me fue mal, una belleza de ese punto sioqué pelao, una belleza, dijo el bigotudo, dígales usted, usted que si vio la tienda, usted si sabe.  Alcides y los demás esperaban a que Simón dijera algo.

-Claro hombre, como dice usted, una belleza de negocio, cómo no me voy a acordar si casi ni le quedó tiempo de atendernos la visita porque eso parecía un aguacero, compradores como gotas uno tras otro, eso sí, era un menudeo, no más de mil pesos, pues eso fue lo que vi yo ese día, pero eso sí, uno tras otro ni tiempo de limpiarse la frente tendría usted.

-Si vieron, lo que yo les decía, eso era un voleo parejo, todo el día, a mí me dio mucho pesar vender ese negocio, pero yo tenía que venirme para estar al lado de papá, pero si papá no se hubiera puesto de porfiado y se hubiera ido a vivir conmigo allá, créame, hermano, créame que yo no vendo ese negocio, es que este lo vio, él sabe que no les hablo mierda, por qué para qué me voy a poner yo a hablarles mierda, eso era una belleza de tienda, dijo el bigotudo. ¿Pero y entonces, vino con Mario qué? Preguntó luego.

Después de escuchar la respuesta del muchacho y corroborar que los alardes del bigotudo eran serio los demás ocupantes del bar siguieron en sus cosas, hubieran preferido que el muchacho dijera lo contrario y desmintiera al fantoche del bigotes para burlarse un rato de él, pero como nada de eso pasó, dejaron que la conversación transcurriera solo entre los tres que estaban atravesados en la entrada del billar.

-Mario no vino, el muchacho vino solo a encargarse de la finca, dijo Alcides, que si hubiera permanecido dos minutos más en silencio se hubiera sentido como expulsado de la charla.

-Este vergajo por acá. Quieto. Como así que usted en una finca. No estaba pues en la universidad y todo, me creí cualquier cosa menos que este muchacho se fuera a venir a trabajar una finca, por acá va a perder el tiempo, lo suyos son las tiendas usted es avispado para eso y eso es lo que pega en Tuluá, cómo se va a venir de huida de la gallina de los huevos de oro, dijo el hombre acariciándose por momentos en bigote.

-Yo tenía ganas de venir a quedarme por acá un tiempo, tenía ganas de tener una finca.

-Menos mal ahí tiene a don Alcides que es un verraco y le puede ayudar, porque eso con ganas no más, no aguanta. Oiga, pero y usted qué más, qué paso con la universidad y con esos tipos con los que usted andaba, los mariguanos esos de las capuchas con los que se la pasaba cerrando vías y armando paros y protestas dizque porque ningún hijueputa va a privatizar la educación pública y a acabar con el Sena.

Simón se puso pálido, le temblaron los labios y tardó en responder a la pregunta. Alcides que esperaba atento la respuesta del muchacho que en todo el día no había hablado de amigos ni de universidad, se inquietó al ver la reacción del muchacho.

-La universidad bien, ya terminé materias, pero me estaba quedando grande el trabajo final, entonces no matricule este semestre a ver si me relajo un poquito, me estaba enfermando la ansiedad, dijo Simón con cierto temblor en la voz. Y mis amigos, pues allá están, allá siguen. Yo que me iba a poner a traer gente por acá, si ni siquiera les gusta la finca.

-Menos mal no los trajo porque mariguanos cerquita mío no quiero, gente viciosa y problemática no sirve en ninguna parte, ahora no me vaya a resultar que usted también es un mariguanero, reprochó Alcides.

-No don Alcides, cómo se le ocurre.

-Pero esa gente resultó brava, vea como quemaron el centro allá, tanto mariquiaron tirándose a la calle a estorbar con sus tales reclamos y sus pancartas que hasta terminaron de guerrillos, que miedo hermano. Que miedo esa gente, agarran un pueblo y lo acaban, dijo el bigotudo.

Simón no dijo nada, se rasco la nariz y se quitó el sombrero y se lo volvió a poner, le dio un trago largo a la cerveza sin mirar al bigotudo, sin mirar a Alcides.

-Es verdad, esa gente es capaz de acabar, dijo Alcides.

-Bueno, voy a jugar, todo bien pues, Simón, ahí estamos hablando, mi más sentido pésame, esa finca está muerta, usted no va a poder con eso.

Simón y Alcides se despidieron del bigotudo y salieron el billar, el chico estaba acabado y ya era hora de ir buscando la casa.

-Compró un montón de cosas, vea esa bolsada, dijo Alcides.

-Si señor y todas cosas necesarias.

-Oiga, dígame una cosa, si usted tiene que volver a la universidad a acabar entonces cómo va a hacer, sembrar café no es una cosa de uno o dos meses, póngale dos años para que coja la primera cosecha.

-Uno se arregla don Alcides, para eso hay un plazo y todavía tengo tiempo.

-Yo no se lo digo por malaleche ni nada, se lo digo para que sepa en lo que se está metiendo, porque usted está a tiempo todavía. Es momento de arrepentirse, se puede quedar una semana por acá de paseo y se devuelve.

-No don Alcides, yo sé, yo le entiendo, pero yo viene a quedarme un tiempo, yo estoy decidido, respondió Simón que seguía sin entender porque todos le sugerían que se fuera.

-Ah bueno, hágale pues, usted es el que sabe. Oiga y en serio era tan bueno el negocio del bigotes, a ese como le gusta de harto la plata, cómo fue que dejó entonces una mina de esas, comentó Alcides.

-Un negocio normal, don Alcides, pero a mí me da pena hacer quedar mal a la gente.

-Yo sí sabía, ese no es sino habla mierda.

Ese lo que pasó fue que se metió con una vieja casada, la mujer de un torcido, el tipo como que se cuenta o estaba sospechando de lo que pasaba y por eso fue que el bigotudo se vino.

-Nosotros por acá no nos sabíamos esa, dijo Alcides, o por lo menos a mí no me había contado, que verraco ese, de razón, yo si sabía que algo tenía que haber por ahí, ese cuento de que papá está enfermo no convence.

Alcides caminó sobre la piedra picada del patio y entró al corredor, la puerta estaba cerrada y Carmen estaba recostada en la cama esperando a que llegaran, acaba de escuchar la misa en el radio y empezaba a rezar el rosario.

Simón entró a la casa y puso sobre el aparador de la cocina la bolsa con las cosas que había comprado, puso, un bombillo en la cocina y otro en el baño, saco el cepillo y la crema dental y se cepillo los dientes como si no lo hubiera hecho nunca y por primera vez ese día sintió la sensación de limpieza que hasta ese momento le había parecido tan esquiva.

Carmen dejó la cama para abrirle la puerta a su marido, que esperaba de pie mirando a la casa de Mario.

- ¿Y simón?, preguntó Carmen al ver a su marido solo, al mirar al frente vio al muchacho que se cepillaba los dientes y caminaba por el corredor.

-Se ve rara la casa con luz, después de tanto tiempo viéndola solo por el reflejo de los bombillos de acá, dijo Carmen.

-Se va a caer esa casa mija, con razón decía el muchacho esta mañana qué a eso había que meterle la mano.

-En menos de un mes, la va a ver bonita, a la casa les hace falta eso, que vivan en ella, dijo Carmen.

-Es conocido del bigotes, dijo Alcides

- ¿quien?, preguntó Carmen

-El muchacho, mija, quien más, dijo Alcides, estuvieron hablado un rato allá en el billar, por lo que le dijo el bigotes y la cara que ese muchacho puso, parece que anda metido en despelote ese del paro que hubo en estos días, ¿se acuerda?  de las noticias que salieron, los gamines eso que quemaron edificios y todo, se ve que este es uno de esos.

-Será que por eso fue que vino a dar por acá.

-Quién sabe cómo será el cuento, nos va a tocar hablar bien con Mario, que no explique él.

-Lo llamamos para que tome la merienda, comentó Carmen

-Claro, llámelo a ver, que no se vaya a acostar con hambre.

Carmen le valió la mano a simón, quien hizo lo mismo cuando la vio, con luz se ve mejor, gritó ella.

–La mugre también se ve más, respondió él.

-Venga un momentico, dijo Carmen y Simón de inmediato dejó el corredor de su casa y cruzó el patio.

- ¿Y cómo le fue en el caserío, compró lo que necesitaba comprar o le hizo falta algo?, preguntó Carmen

-Si señora, me encontré hasta a un conocido, dijo Simón, había gente, se veía agradable, me lo imaginaba más aburrido.

-Si usted hubiera visto a la soledad antes, cuando el café todavía servía para algo, eso sí era una Soledad amañadora, por las noches eso era lleno y se armaban las farras más verracas, y los fines de semana no le cabía un tinto a cucharadas ni a La Soledad ni a Bolivia, o El Higuerón, Casaroña en Manzanares era tetiado, pero ahora da tristeza, todo se va acabando, mijo, todo, dijo Alcides.

-Y es qué le hace mucha falta estar mentido por allá en el casaroña ese, Alcides, diga a ver.

-No, mija no, cómo se le ocurre, lo digo no más para explicarle a Simón que todo se acaba.

-Si claro, como no, morrongo.

-Qué es casaroña, don Acides.

-Un, chochal mijo, pero uno grande, famoso por acá por todo esto.

Simón miro con picardía a su vecino y Carmen les dio la espalda para ir a la cocina una vez, como lo había hecho durante todo el día.

-Entonces, nos vamos a jugar un chico mañana o qué, dijo Alcides, mirando al muchacho como si conociera la respuesta, él jugaba billar desde su adolescencia, del caserío era uno de los que más juagaba.

-Cuando quiera don Alcides, pero eso si me tiene que enseñar cómo se juega porque yo nunca lo he hecho, de todas formas, podemos ensayar y de una vez usted juega conmigo en el Xbox a ver cómo le va.

-Yo no creo que usted se hubiera venido sin cepillo ni jabón y en cambio se hubiera traído un juguete de esos, eso sí me parece un degenero, mijo, una maricada de esas estorbando en la maleta viendo que ni siquiera televisor tiene, dijo Alcides.

-La mera ropa don Alcides, que más iba a traer, dijo simón, pero si usted quiere jugar conseguimos uno, eso no es problema.

Carmen trajo hasta la mesa dos tazas de café con leche caliente que puso sobre la mesa, después regreso con la otra taza y una bolsa con panes. Traía el celular en la mano.

Vea simón el celular para que llame a Mario, demás que quiere saber cómo le ha ido en su primer día por acá, dijo Carmen entregándole el teléfono al muchacho quien lo tomo sin estar seguro de llamar, iba a marcar el numero cuando habló Alcides, llámelo después de que se tomé el café hágale que no hay afán. Simón puso el aparato sobre la mesa y empezaron a comer.

Marco el número en el celular y se iba a poner de pie para alejarse de la mesa, pero notó en la expresión de sus vecinos que lo que esperaban era que hablara ahí delante de ellos, en confianza. Como una prueba, pensó Simón y se quedó ahí, en el corredor,

Mario no tardó en responder, nunca llevaba el celular en el bolsillo o cerca al cuerpo mientras estaba en la tienda, siempre lo ponía al lado de la caja registradora.

-Oiga pues Simón, se estaba demorando para llamar, si no es porque Carmen llama a decir que ya había llegado no me hubiera enterado, y Sara aquí pregunte y pregunte que quién sabría a usted como le habría ido, dijo Mario.

-No sabía si era prudente llamar o no, pero doña Carmen insistió, por eso llamé.

-Pero qué, cómo le fue, cómo encontró el lugar, la casa, la finca, usted cree que sea capaz de estar allá más de una semana, le dijo Mario.

-Una semana y más. Hasta ahora todo va bien, eso si la casa esta para caerse hay me voy a poner con Alcides a arreglar lo que más podamos, acá con ellos a uno no le falta nada, es como la familia, dijo Simón. Oiga, pero nadie da un peso por mí, todo el que me ve me sugiere que me devuelva.

-La cara de gomelo, compa, esa no se puede disimular, ahora le toca demostrarle a toda esa gente y a Alcides y a Carmen, que son justamente eso, su familia, que usted si es capaz, así tengan más callos en las manos un bebé.

Simón se despidió de su amigo, y le pasó el teléfono a Carmen para que ella lo saludara también, ella tampoco habló mucho con Mario, no había mucho que contar, él le recomendaba mucho al muchacho y ella le mandaba muchos saludos a Sara y a los niños.

Pasados uno minutos en los que estuvieron en silencio Alcides no se quedó con la duda, que había disimulado, pero no abandonado y le preguntó a simón por los mariguanos de los que había hablado el bigotes.

Simón que sabía que esa pregunta iba a llegar, que sabía que su vecino estaba en ascuas desde que había escuchado al bigotes no se puso con rodeos y le dijo que algunos de eso mariguanos, como los llamaban ellos, aunque en realidad no lo eran, habían quemado el centro del pueblo y él también había estado ahí.

-A varios de los que estuvieron en las protestas de esa noche, los han desaparecido y a otros los han amenazado, hay cuerpos apareciendo desmembrados en el río y yo no me iba a quedar esperando que me mataran.

Carmen no dijo nada, al escuchar a Simón y Alcides tampoco lo hizo, ellos no preguntaron más, lo que el muchacho había dicho parecía ser suficiente por el momento.

-Será irme a dormir para estar descansado mañana, para trabajar, dijo Simón caminado a la puerta del corredor.

-Pues si mijo, este día ya se acabó, lo mejor es dormir. dijo Carmen y Alcides lo reafirmó asintiendo con la cabeza.

Simón piso de nuevo el camino de piedra picada despidiéndose con un “hasta mañana” y una pequeña sonrisa en el rostro, los vecinos le respondieron lo mismo y entraron a la casa cerrando la puerta con tranca para que no fuera a meter ningún ladrón.

Tan pronto puso la cabeza en una amolda improvisada Simón se quedó dormido, Carmen y Alcides por el contrario se demoraron más en conciliar el sueño.

-Entonces Mario nos mandó a un malandro, a un gamín para que se lo cuidemos, para que se lo rehabilitemos a punta de trabajo, dijo Alcides.

-Mijo, él dijo que estuvo ahí, no dijo que el haya hecho algo.

-Es lo mismo, estuvo ahí, nada tiene que hacer una persona correcta metida en esas maricadas.

-Pero usted también vio las noticias, usted también vio que muchas de los reclamos de la gente eran justificados, usted mismo dijo que tenía razón.

-Pues sí, sentido si tienen, como no va a tener sentido reclamar por mejoras, pero todos sabemos que esto va a seguir igual y que nada se saca quemando edificios o matando policías o volviéndolo todo un mierdero.

-Pero nosotros no sabemos que hizo él, o que no hizo. No sabemos sino lo que dice, que está aquí buscando seguridad.

-Pues sí, pero de todas formas mal hecho de Mario no decirle a uno bien como son las cosas, nos hubiera dicho.

-Si yo tuviera un hijo, también preferiría que se esconda a que lo maten, no importa lo que haya hecho.

-Pero él no es hijo suyo mija, no es hijo suyo y no es hijo de Mario tampoco, no es lo mismo.

-Yo no lo digo por Mario, lo digo por la mamá, porque me pongo en el lugar de la mamá. Porque me imagino lo horrible que debe ser que a uno le puedan desaparecer a un hijo.

-Pero usted que va a saber de eso mija, si usted no ha tenido hijos.

Carmen escuchó lo que dijo Alcides y no dijo más. Se acomodó en la cama con la camándula en las manos.

-No se enoje mija, no era eso lo que quería decir.

-Entonces que quería decir.

-No sé, no sé, me confunde todo esto.

-Dijo lo que dijo, que no soy mamá, porque claro, como para usted los abortos no cuentan. Porque como no ha sido usted el que ha tenido a esos angelitos en su vientre y luego los ha visto morir.

-También eran hijos mios, Carmen, también podrían ser hijos míos ahora, si El Señor los hubiera dejado aquí.

-El Señor no nos quitó a los niños.

-Entonces porque no están, entonces porque no nacieron.

-No sé, no sé, pero no es culpa del Señor, él sabe cómo hace sus cosas.

Alcides empezó a quitarse la ropa, la dejó en el piso, cuando estuvo en calzoncillos apagó la luz y se metió a la cama. Jaló la cobija y se cubrió.  Carmen le dio la espalda. Él se acomodó y se echó la bendición. Afuera otra vez empezaba a llover.

martes, 26 de octubre de 2021

Alguien pagó por esta novela. Primera versión. Capítulo 4

 

4

Manuel sacó el celular del bolsillo y lo apagó. Dijo que mientras me ponía al tanto de la situación y me explicaba lo que me tenía que explicar no quería ninguna interrupción. Hablaba animado, pero no festivo. Lo de celular me había gustado, era un gesto nuevo, tenía que haberlo aprendido después de la campaña porque yo no lo conocía. Parecía acertado. Apagar el celular implicaba primero que el otro lo viera, que notara la marca y con rapidez identificara la innegable diferencia con el suyo, en ese caso el mío, que al lado del celular del alcalde era un reloj de bolsillo. Lo segundo, que el otro, o sea yo, se creyera bastante importante, tanto como para que el alcalde de un pueblo le dedicara por un momento todo su tiempo.

Lo que dijo después de guardar el celular me confirmó lo que hasta ese momento era solo una sospecha, que esa acción estaba estudiada y era puro fingimiento. Cualquiera no hace esto que acabo de hacer yo y yo no lo haría con cualquiera. Es que ni un alcalde, ni un gobernador, ni un congresista, ni un economista tampoco, ninguno de esos apagaría el celular. Porque hay profesiones y trabajos que no lo permiten. Imagínese, sucede una emergencia, algo que requiera atención inmediata y los funcionarios incomunicados con la primera autoridad del municipio dizque porque a él le gusta apagar el celular. Esto es 24/7 hermano, esto nunca para. Así es la vida de un alcalde. Pero como lo respeto y lo que vamos a conversar es importante prefiero apagarlo.

El tono usado por Manuel para decir todo eso en serio conseguía que uno se sintiera importante, las pausas y la entonación de algunas palabras lograban el efecto que él esperaba. Había que reconocerlo, el alcalde sabía cómo llegarle a la gente. Sabía cómo ubicarse en la cabeza de la jerarquía dejando con sutiliza a su interlocutor arrastrado. Lo entendí y no entré en el juego, no me sentí especial en la vulnerabilidad que Manuel sugería.

Pero señor alcalde para que se pone usted con esas molestias. No hace falta que apague su celular, no hace falta que ponga en peligro el bienestar del pueblo mientras hace sus negocios. Usted lo ha dicho, si sucede una emergencia cómo lo van a localizar. Dígame mejor de una vez para que me llamó, hable alcalde, exprésese y dejemos el preámbulo, vea que si esto fuera un programa de televisión los televidentes ya hubieran cambiado el canal. Hablé sin moverme de la silla, sin descuidar ni por un segundo el café que me tomaba deleitado al comprobar que ese era diferente del que estaba afuera. El que traían a la oficina del alcalde era mejor, un de placer para mimar el paladar.

Pero usted si no cambia nada, hombre, dizque televidentes.  Muy chistoso. La gente como usted es muy chistosa, me dijo Manuel. Cómo así que la gente como yo, acaso cómo soy yo pues, le pregunté. La gente como usted, que le gusta estar yendo a cine y se la pasan viendo televisión y leen revistas especializadas, a esos me refiero. ¡Cinéfilos! dije, apresurándome a completar lo dicho por Manuel. Eso, sí, lo que sea, es que ahora si se inventan palabras para todo. Pero bueno, le doy la razón vamos de una a lo que nos convoca, además tiene que ver justamente con palabras, palabritas, palabrejas. Necesito que usted me escriba una novela.

Me tomé el café que me quedaba en el pocillo de un solo trago y le dije que sacara ese aguardiente que mantenía ahí encaletado y me sirviera uno. El alcalde sonriente abrió una gaveta del escritorio esculcó levemente entre carpetas y sacó la botella. Ahora sí parece que nos vamos a ir entendiendo, hermano, porque los negocios buenos se hacen es con esto y no con tinto, expresó mientras abría la botella. Usted necesita uno grande para que se afloje porque llegó como muy crispado, hermano, muy a la defensiva, como si no fuéramos amigos. Hablaba sin dejar de servir el aguardiente en unas copas hondas y nada sutiles, parecían sacadas de una fonda de arriería.

Ya le vi la cara de sorpresa que puso. Todo se imaginaba menos que le iba a salir con esto. Pero sí, esa es la propuesta, ese es el negocio. Necesito que me escriba una novela. Corta. Sencilla y clara. Si se puede buena mucho mejor. Esos pucheros que hace, así le quería ver esa jeta. No, no, no, no diga nada todavía, espere y vera se la pinto y luego me la colorea. Lo que quiero es que usted se siente bien juicioso en su casa o en donde sea que trabaje bien y me escriba una novela que hable de mí o mejor dicho no de mí, cambie el nombre si quiere, pero que se note que soy yo, que la gente pueda hacer la asociación, eso tiene que quedar muy claro porque como es de atembada la gente de pronto resulta creyendo que el alcalde de la novela es el de otra parte y no el de acá. Entonces listo, eso, agarre y veras este lapicero y esta hojita y va tomando apuntes para que no se nos olvide luego y para que no me ponga a explicar de nuevo. La novela va de un alcalde que fue elegido por muchos votos, un tipo que contó con el espaldarazo decidido de la gran mayoría de ciudadanos de su pueblo. Un alcalde que encontró el pueblo hecho un mierdero y que con autoridad, trabajo duro, diciplina, transparencia y ante todo responsabilidad con su cargo y con el bienestar de la gente consiguió mejorar notablemente la situación y conseguir que su pueblo sea un ejemplo de transformación y progreso a nivel internacional. Yo quiero que usted diga que cuando las cosas se quieren hacer se pueden hacer, todo es cuestión de voluntad y de tener ganas de trabajar. El personaje de la novela tiene que trabajar mucho, usted tiene que estar reiterando todo el tiempo que el alcalde es incansable. Tiene que decir que cuando hay capacidad de gestión en un gobierno el pueblo lo nota. ¿Apuntó eso? ¿no? Se lo voy a repetir. Cuando hay capacidad de gestión en un gobierno se nota. No, espere hombre, espere le sigo contando, no me haga perder el hilo, ahora habla. Entonces la novela va de eso, el alcalde pone en orden el pueblo, lo transforma, le devuelve con sus acciones y con las obras públicas el sentido de pertenencia y de amor por su terruño a los ciudadanos, sentimiento que se había perdido por la pírrica gestión de las administraciones pasadas. Y para que la novela no le quede así como tan de logros y más logros como si conseguir todo lo que le hubiera dicho fuera fácil usted tiene que describir al detalle los obstáculo, la oposición y sus falsedades y acusaciones temerarias. El gobierno nacional que no ayuda porque todo es pa las ciudades grandes y pa los pueblos nada. Los empresarios de la ciudad que son tacaños y chichipatos. Tiene que hablar de lo difícil que es socializar obras que aunque van a cambiar la ciudad generan cierres viales prolongados y de más. Bueno y más cosas así, usted vera como maneja eso, usted es el que va a escribir. El punto es que no parezca fácil, que no sea como que llegó hizo y listo. Usted tiene que armar algo así como esos partidos sufridos en los que se ganan en el minuto de adición, algo así, que cuesta ganar, pero igual es ganar. Entonces ese alcalde de la novela debe estar inspirado en mí, pero que no sea yo exactamente, si me entiende. Está confundido, no me diga eso. Lo veo como con cara de perdido. No se pierda hombre que es fácil, pa eso está tomando apuntes. Usted va a escribir una novela de un alcalde que cambia un pueblo a pesar de los obstáculos y se va a inspirar en mí y en la alcaldía mía. Eso en resumidas cuentas es lo que quiero. Espere, espere que todavía no he terminado, ahora habla usted, espere. Ya le hablé de obras y de parques y de transformación, ahora viene lo otro, porque usted no puede pintar al personaje como a un alcalde así como Peñalosa que todo el tiempo habla de obras y de construir y construir sin importarle acabar con reservas naturales o patrimonios culturales, usted tiene que equilibrar el personaje, porque el alcalde de la novela también tiene que ser popular, tiene que conectar con la gente, untarse de pueblo, hablar de inversión social y de priorizar a los menos favorecidos y tiene que ponerlo a repetir que lo más importante es reconstruir el tejido social porque como le digo el personaje de la novela va a ser un alcalde que soy yo pero al mismo tiempo no porque como es ficción usted puede jugar con eso porque lo esencial no es que la gente cuando lea diga ese es el alcalde sino que piense, ese se parece al alcalde, ese debe ser él. Por ejemplo, usted puede hablar de la recuperación del parque Boyacá y del orgullo para la ciudad que eso representa, hablar del compromiso emprendido en esta administración, o sea en la del alcalde de la novela para sacar del parque a esa cantidad de ladrones y de indigentes y de putas que pululaban ahí, como le digo, ya usted vera como maneja todo eso. Pero no, no, espere hombre, espere que todavía me falta. Ahora habla, ahora habla. Entonces lo que yo quiero es que usted escriba esa novela pero además que se encargue de lo otro, de la edición, de la impresión, mejor dicho la va a escribir y la va a publicar. Yo ya estoy pensando en la portada, por ahí tengo ideas, pero igual el que la va a escribir es usted entonces estoy abierto a propuestas. Ojo pues, yo quiero un libro bonito, nada de papel delgadito que parece periódico ni nada de esas portadas que son como una cartulina, yo quiero un libro bonito, serio, pero eso sí, nada de edición de lujo tampoco, no señor. Apunte ahí, que luego no me vaya a salir con presupuestos volados. También espero que me ayude en la parte de la distribución, aunque por eso no se tiene que angustiar porque la idea es que regalemos el libro, yo he pensado que primera armamos un lanzamiento para invitar a mucha gente, a la prensa y los medios para que hagan bulla y luego nos tiramos a las calles y lo regalamos, ponemos a todo el pueblo a leer, o por lo menos les ofrecemos la posibilidad de que lo hagan y hablamos de eso de la importancia de la lectura y de todos esos bochinches con los que gastan papel en los suplementos dominicales de los periódicos. No va a faltar el hijueputa que nos critique, pero no importa, hermano, no importa, igual lo hacemos. Yo había pensado en meterle dibujitos también al libro porque a la gente le gusta ver muñequitos y maricadas de esas en las páginas, pero pues eso sí ya depende de usted, de lo que vaya a escribir. Pero sepa que si a usted le parece buena idea no es sino que me diga y nos conseguimos un ilustrador o un diseñador, lo que usted me diga. Bueno y más o menos es eso, por eso fue que lo hice venir, eso es lo que yo quería proponerle. Podemos negociar el sueldo y el tiempo que va a necesitar, aunque tiene que hacerse en menos de cinco o seis meses. A mí me parece que es una muy buena oportunidad para usted, se puede ganar unos buenos pesos, porque eso sí, sepa que yo le voy a valorar su trabajo. Usted es bueno, yo más o menos ya le di la idea, o sea que no se tiene que sentar a esperar que la inspiración le pegue en la cabeza ni nada de esas chimbadas de poetas, no se tiene que dedicar a mirar la luna esperando que le susurre las palabras. Si de pronto usted quiere escribir borracho como esos escritores que le gustan pues me dicen también y yo le consigo unos litros de amarillito para que se casque con ganas el hígado. Lo mejor de todo, con esta proposición que le estoy haciendo prácticamente lo estoy sacando de un atolladero porque con lo que usted se puede ganar trabajando conmigo estos mesecitos pueden terminar de pagar esa casa. Yo sé que usted anda pagando ese rancho todavía, usted anda embalado con eso y vea yo le estoy casi que entregando la posibilidad de salirse de boroló de una vez. Ya queda es escuchar su decisión a ver cómo la ve. Cómo se siente para empezar a camellar. La idea es que nos estemos viendo seguido, siquiera una vez a la semana para que me lea lo que lleva y así yo le pueda aportar o cambiar cosas porque pues la idea es que la novela quede muy cercana a lo que yo quiero. Es que mejor dicho hermano, ojalá yo supiera escribir, pero como usted sabe que eso no es lo mío por eso busco a los que saben. Listo era eso no más, ahora sí, hable, diga todo lo que tenga que decir, porque que berraco, casi que no me deja hablar con esas ganas que tenía de meter la cucharada.

Manuel se quedó esperando mi respuesta y yo seguía con la mirada clavada en el papel en el que había estado tomando algunas notas. No me creía todo eso que el alcalde acababa de decir o mejor no lograba separarlo porque había sido mucho. Al ver que mi opinión se tardaba el anfitrión volvió a llenar las copas. Descargó con fuerza sobre el escritorio la que me tocaba a mí. Supongo que la brusquedad buscaba despertarme, sacudirme. Este si es raro, muchas ganas de meter la cucharada cuando yo estaba hablando y ahorita si no dice nada. Lo escuché decir eso mientras me tomaba el aguardiente que a diferencia del primero me había quemado la garganta.

Pues muy interesante todo ese plan suyo, no le voy a negar que me tiene sorprendido, abismado, alcalde, no tenía la menor idea de que a usted le pudiera interesar la creación y los asuntos editoriales, cualquier cosa pensé que me iba a proponer menos eso, para que le voy a decir mentiras, yo creí que venía a sacarlo de algún embale por ahí, que me necesitaba para regalarle la firma por ahí en un contrato chimbo o alguna cosa de esas. Pilas con eso, mucho ojo con lo que dice, no sea bocón que después lo mete a uno en problema, aprenda de la prudencia que hace verdaderos sabios, me regañó Manuel, cerrándome el pico con otro aguardiente. No le presté atención a su interrupción, no le quise decir que no estaba diciendo nada que no fuera cierto y me concentré en lo que me había dicho. Dígame una cosa Manuel, después de dejarme tirado, de hacerse el marica conmigo, a qué viene ahora usted con todo esto ¿por qué le va a interesar a usted publicarme un libro, un libro que además va a regalar? Le agarró el remordimiento o qué pasó.

¡Remordimiento! éste si es bobo, no mijo, cuál remordimiento, usted aquí no me venga a salir con dramas chimbos de abandono y traición ni nada, eso guárdeselo para la novela que ahí funciona bien. Esto es política papi, esto es la democracia y así funciona en una campaña electoral. Así como usted pudo haber otros cien pendejos o más trabajando duro con la esperanza de un trabajo y a la hora de la verdad no se pudo. Todos trabajan con el mismo interés, el objetivo siempre es un puesto o plata. Cumplirle a todos es el problema, eso es lo más difícil. Quedar bien con todos es imposible. Ya con el poder en la mano uno tiene que moverse y moverse para delante, tener los ojos en la espalda no es opción. El que se quedó se quedó. Usted mejor que nadie sabe que los compromisos por cumplir son muchos, hasta el último día de gobierno está uno en esas. Aunque igual eso ya es cosa del pasado. Anoche antes de llamarlo ni siquiera consideré que usted todavía estuviera viviendo en el resentimiento. No pudimos meterlo en la administración. Mala cosa. Había gente más preparada para lo que se necesita. Ahora le estoy ofreciendo algo, le estoy dando la oportunidad por la que trabajó. Todo a su tiempo, hermano. Y ahora aclarado eso volvamos a lo otro, lo que importa, el futuro. Me parece que se me olvidó decirle algo que puede ser importante, yo sí soy elevado a veces, es que usted viera, hermano, eso de la novela me tiene tan entusiasmado que se me vienen a la cabeza las ideas y los planes como cascadas y no alcanzo como a asimilar todo. Yo quiero que usted escriba la novela, que haga pues todo lo que ya le dije, pero usted no va a ser el autor, si me hago entender, usted va a ser así como un escritor fantasma, si es así que les dicen, cierto. Le respondí que sí con la cabeza. Entonces eso es, usted la va a escribir, pero en el papel el autor será otro. Es que ese es el problema suyo hermano, es muy ingenuo, muy iluso, debe ser la imaginación. Claro que para escribir eso sirve mucho, para vivir en cambio no, genera problemas. En serio usted creyó que le estaba dando una mano para publicar sus novelas. No hermano, para qué vamos a publicar eso sí acá la gente no lee. Publicar lo suyo no es negocio.

En ese momento yo ya no entendía de qué iba la conversación en esa oficina. Los aguardientes me tenían más relajado, el licor siempre cumple con su tarea, en la vida esa es una certeza y toca valorarla porque son tan pocas que cuando se encuentra hay que aferrarse a ella con fuerza. A esas alturas los zapatos ya no me apretaban, pero me seguían tallando las palabras del alcalde. Explíquese mejor, Manuel, porque yo no le entiendo un culo, que la gente no lee pero que quiere un libro, sirve un libro escrito por encargo para usted y firmado por alguien que no sea el escritor y no sirve un libro que yo quiera escribir a mi gusto diciendo lo que a mí me provoca. Manuel esperó a que terminara de hablar y sin dejar de mirarme me sirvió otro aguardiente. Lo que pasa hermano es que usted no quiere entender, no escucha o escucha lo que quiere. Yo lo dije claramente, publicar un libro suyo no es negocio, estoy hablando es de negocios, eso es lo que a mí me interesa, lo que le estoy proponiendo. Lo llamé fue para hablar de negocios. Para hablar de literatura y estética y estilo y forma y contenido y calidad y metáforas y estructura y todas esas cosas que les gusta decir a los que escriben cuando los escucho por ahí en entrevistas usted tiene a sus amigos en la universidad. Bueno también están los de la biblioteca y los de esos bares donde los poetas se emborrachan y sueñan con las téticas duras de las muchachas que los calientan y canalean cerveza sin la menor intención de mostrárselas. Acá el tema es la plata, el poder, lo que importa en la vida, para que vea, y de eso si puede hablar conmigo, por qué de cuál plata va a hablar usted con un poeta, será de la de otros, porque como siempre los está mortificando lo que consiguen los que trabajan. Se lo digo para que no se confunda, esta novela es un negocio, dijo eso con malicia y sirvió otro aguardiente.

Tomar aguardiente sin desayunar es un problema, uno se puede estar emborrachando muy fácil, eso sentí cuando me terminé de tomar ese trago que ya ni sabía si era el tercero o el quinto. En ese instante yo también estaba dispuesto a dejar que la situación se desarrollara de la manera más práctica, así como le gustaba a Manuel. El libro no iba a ser mío me estaban ofreciendo un trabajo y no la posibilidad de parir mi opera prima. Entonces hablé de lo que le gusta al alcalde, de lo que importa. Listo Manuel, ya entendí lo que usted necesita, me quedó claro, negocios, eso es lo que importa. Hablemos entonces de los escritores fantasmas ahora que usted los mencionó, busque ahí en Google cuánto cobra un escritor fantasma para que nos vayamos poniendo de acuerdo de una vez. Aunque supongo que usted eso ya lo debe haber presupuestado. Igual no importa, hágale dele una buscada.

Manuel abrió el computador portátil que tenía sobre el escritorio y escribió con torpeza cuánto cobraba un escritor fantasma, se acercó un poco a la pantalla como si no hubiera visto bien. Antes de que dijera algo me adelante y no lo deje pronunciar palabra. Sí señor, entre 10 y 50 dólares por hoja, eso cobra un escritor fantasma, ahí está en internet y lo acaba de ver para que después no me salga con el cuento de que no vale todo eso. Pero cambié esa cara alcalde que fue usted y no yo el que trajo a colación la figura de escritor fantasma. No se angustié por eso que yo estoy acá para negociar, como soy serio no me voy a poner agalludo con usted entonces me voy a ubicar en la mitad de esas cifras, le voy a cobrar 25 dólares por página, ya usted me dirá cuántas páginas más o menos quiere. Cuando tengamos la novela finalizada y la impresión esté aprobada me pone un par de salarios mínimos para encargarme de lo que falta, supongo que tampoco hace falta dejar muy claro que yo solo estoy cobrando por escribirle la novela, ahí no se incluye lo que vale convertirla en un libro. Yo le cobraría menos en otras circunstancias, pero teniendo en cuenta que usted es el alcalde de este pueblo y que todo esto es negocio me parece un muy buen precio, mejor dicho, si fuera para otro el trabajo se haría por menos pero como es usted antes debería hacerse por más. Acuérdese que acá usted no está pagando solo por el trabajo sino por la confidencialidad, me va a pagar para que escriba una novela y no le cuente a nadie que la escribí porque a ojos de todo el mundo el autor será otro, de más que usted. Ahí se la dejo pues, se la pongo sobre la mesa, usted me dirá si le sirve o no.

Manuel volvió a cerrar el computador, sirvió otro par de tragos y empezó a reír a carcajadas mientras yo le recibía la copa. El sonido de ese desborde de emoción que interpreté como diversión hacía que la oficina se sintiera pequeña y hostil. Después de la risa Manuel quiso saber si yo me había fijado en el ruido de la calle. Cuál ruido, le pregunté, yo no escucho nada. Por eso le digo, no hay, no hay ruido, usted no se ha fijado en el ruido porque no hay. ¿Es que usted no se acuerda como era esto acá? Uno parecía estar hablando en un parque, el pito de los carros parecía salir de debajo del escritorio y esos gritos de esos vendedores ahí repitiéndose en el oído, era como una plaza. Vea ahora, nada, silencio total, ni una mosca. Solo su voz y mi voz en el aire. No salió barato, pero valió la pena, me dejaron la oficina completamente insonorizada, una belleza. Hasta me gusta más trabajar acá que en el despacho de la alcaldía. Manuel tenía razón, hasta ese momento la ausencia de ruido me había sido indiferente, solo cuando él lo señaló fui consciente de ello. Se lo digo para que me entienda, usted está pidiendo mucha plata y tampoco es que sea tan bueno, igual como le comento, a mí no me da pereza ni miedo pagar caro lo que es bueno, lo que no sé es si usted lo sea tanto, o bueno no usted, la novela que pueda escribir, igual como le digo la calidad tampoco es tan importante, acá no estamos buscando ganarnos un premio ni la aprobación de sus amiguitos poetas, acá lo que queremos es otra cosa.  Déjeme yo me reúno con el grupo y los pongo al tanto, a ver si están dispuesto a pagar, a ver si se meten, me explicó Manuel.

También podemos hacer algo, pues si le parece, si quiere le armo un listado bien completo de las personas que en este pueblo le pueden hacer ese trabajo, deme una noche, hay más de un poeta, o un periodista, hasta novelistas ahí que le podrían hacer eso por menos. Ahí está por ejemplo Ruíz el que es profesor en la facultad de derecho, ese tiene una revista de literatura y es poeta. También está ese David Trujillo, por ahí escribió un libro como de veterinaria, dizque de mascotas. Hasta donde yo sé el tipo no es ni veterinario ni nada parecido, pero si escribió un libro de animales también puede escribir una novela de un alcalde. Es más, el David ese hasta vive con los papás, mejor dicho, ese es el suyo, ese le escribe esa novela por nada. Buen escritor no debe ser, igual usted tampoco está necesitando a un experto, aunque bueno si lo que necesita es un experto ahí tiene a don Gustavo Álvarez, pero yo no creo que ese señor le pare bolas, con lo ocupado que mantiene, aunque bueno la plata es eso, desocuparse de una cosa para ocuparse en otra, siempre ocuparse en donde haya más. Usted me dirá si le armó el listado, hasta mujeres le puedo incluir, fresco que no le cobro si eso es lo que está pensando.

Después de decir eso y tomarme otro aguardiente quise saber quién iba a ser el autor del libro, a quién se lo iban a acomodar. Según Manuel ese no era un dato necesario para empezar a escribir, de eso me iba a enterar en su debido momento. Me tomé el último aguardiente y salí de la oficina prendido y pelado. El alcalde me despidió diciendo que me llamaba de nuevo cuando tuviera una respuesta. Aprobó el listado que le propuse, según él la secretaria ya le había hecho uno y el mío le podía servir para cotejar. Pensé en las capacidades de la secretaria para armar ese tipo de listados y más o menos entendí porque estaba saliendo de esa oficina, con lo limitada que era la buenona, en su listado solo había un nombre, el mío.

Alguien pagó por esta novela. Primera versión. Capítulo 3


3

Manuel sabía muy bien cómo me la estaba rebuscando y es muy probable que también se hubiera dado a la tarea de calcular cuánto me podía estar sacando al año. Lo que tal vez no sabía o por lo menos no con certeza era si me alcanzaba o no, y la verdad era que no. Me estaba viendo a gatas para llegar a fin de mes y eso que estaba apretando como nunca. Por eso llamé a Rubén. Si yo no tenía ropa él si tenía y yo no me podía quedar ahí tirado viendo televisión como si no me estuviera jugando el orgullo y el nombre en ese encuentro con el alcalde.

Seguía lloviendo y ese fue el primer pero de Rubén al contestar. Pero como se le ocurre que yo voy a salir ahorita, vea el aguacero, y menos a llevarle ropa, no ve que se moja. Le dije que no se quejara que para eso tenía carro. Me aclaró que el carro era no más para salir de paseo los domingos o puentes festivos, que para el pueblo tenía la moto. No hay nada más feo en la vida que un tacaño infeliz, le solté. No señor, no señor, llamar a pedir favores irrespetándome, no señor así no se consigue nada, y ningún tacaño nene, ningún tacaño, lo que pasa es que yo tengo conciencia ambiental y no voy a estar quemando combustible y generando desechos prendiendo un carro en el que caben cinco personas para andar solo, no señor. Me reí de la respuesta, con Rubén ese tipo de comentarios eran la constante. Soñaba con militar en algún movimiento, el que sea.

Hagamos una cosa entonces, yo voy a su casa en taxi, pero usted me lo paga allá porque yo ando sin un peso, hágame el favor, no sea chimbo que esto es una emergencia, dígame que sí y allá le echo bien el cuento. Por un momento creí que me había dejado hablando solo, le pregunté si seguía ahí y respondió afirmativamente con algo de fastidio, ni que fuera una mujer para andarle pagando el taxi, agregó. Cómo así que una mujer, conciencia ambiental sí, pero conciencia feminista no, que feo eso Rubén, cómo si las mujeres no trabajaran para obtener sus propios ingresos y pagar los taxis que se les dé la gana. Rubén notó mi tono de mofa y me mandó a comer mierda, seguidamente me pidió que no me demorara porque él no estaba de humor para desvelarse, y menos conmigo.

Llegué rapidito a la casa de Rubén. El taxista me habló todo el tiempo. Estaba contento porque el día había estado duro y a última hora lo había salvado la lluvia. Es que hay unos días en los que uno hace escasamente la entrega. No le pregunté cuánto tenía que entregar porque no estaba muy interesado, seguía pensando en Manuel y en el tal negocio. El taxista seguía hablando, que las lluvias así a esa hora, justo cuando la gente estaba saliendo del trabajo eran una putería porque a más de uno de esos que andaba en motorratón le tocaba coger taxi, muchos compañeros comparten taxi y así, lo que importa es no mojarse, a veces le toca a uno montar hasta cinco pasajeros, sufre el carrito, pero con lo duro que se pone todo, tampoco les puede uno decir que no.

Rubén estaba parando en la puerta con un billete en una mano y un paraguas en la otra. El taxi se detuvo justo al frente de su casa y él se acercó hasta el taxista, lo saludó y le entregó el billete, recibió lo que le sobró y cuando abrí la puerta para bajarme me dijo que esperara y se acercó para que me metiera con él bajo el paraguas. El taxista se había quedado mirando curioso la bata de Rubén y la manera en que me apretaba contra su cuerpo para que no me mojara, no dijo nada, pero yo supe con verle la sonrisa que en su cabeza ya nos había emparejado. Así es Rubén, un paraguas para caminar un metro entre un taxi y una puerta.

Le eché todo el cuento a Rubén, para que entendiera porque estaba ahí pidiéndole ropa prestada. Me escuchó atento mientras se tomaba su mate. Rubén tomaba mate. Después de haber estado paseando en Buenos Aires por dos semanas volvió diciendo que se había enamorado de la mística que envuelve al ritual de tomar mate. Cuando se le acabó la yerba esa que trajo de por allá, consiguió a alguien que se la estuviera mandando dizque porque la que vendían acá no era buena, no respetaba en él las mismas sensaciones.

Le rechacé el ofrecimiento con delicadeza, sin entrar a decir que esa maricada sabía horrible. Lo que sí hice fue comerme un par de galletas que tenía en un plato grande sobre la mesita de la sala. No podía visitarlo sin comerme unas cuantas galletas, eran galletas como las que se consiguen en cualquier panadería, pero él les ponía chocolate y coco rallado, era generoso con ambos ingredientes y le quedaban deliciosas.

Rubén me observó con un rostro impávido, como si pegarse del pitillito ese tuviera en él algún efecto zen. Me dejó hablar sin interrumpir y cuando lo puse al tanto de la situación en lugar de hablarme de Manuel se refirió a las galletas, me dijo que no podía permitir que se me notara tanto el hambre, siempre es lo mismo cuando viene acá, se atasca de galletas como si llevara días sin comer, aunque sí parece que a usted como que se le ha estado perdiendo la comida porque anda muy acabado, todos los días más seco, o será qué está enfermo, uno nunca sabe qué puede tener por dentro trabajándole, mire a ver si se hace exámenes, para descartar.

Me demoré en refutarlo porque todavía estaba intentando tragarme las galletas. Ningún enfermo, yo estaba saludable, aunque atarugado. Rubén me dio la espalda y se fue para la cocina, caminaba como si la bata esa que tenía puesta le permitiera levitar. Andaba en las Birkenstock que tanto le gustaban, yo conocía el nombre de esa marca por él, tenía los pies blancos y las uñas perfectas, en un estado tan lejano de las mías, esas garras mal formadas y desastrosas, como mi situación económica en ese momento, una situación tan alejada de la de él. Rubén no se tardó, regresó, con otro plato con galletas y un vaso de agua. No tuvo que decir nada, con su mirada entendí que podía seguir comiendo.

Mi anfitrión se volvió sentar y habló sin pasión, era el colmo que yo estuviera considerando volver a trabajar con ese sorete, la palabra la descubrió también en su paseo por el sur y se la apropió, se había apropiado varias. Muy alcalde y todo lo que sea, pero no es buen tipo, lo dejó penando todo este tiempo y ahora lo vuelve a buscar. Lo vuelve a buscar después de cagarlo. Para nada bueno debe ser.  Un negocio chueco, algún testaferro debe estar necesitando y qué mejor que usted que mire como traga galletas, la próxima vez llama más temprano y me pide que lo invite a comer. Pero bueno si usted ya le dijo que iba pues ya le toca. Eso sí, yo no creo que le vayan a proponer algo decente. Porque a ver, dígame, cuando ganaron usted que puesto estaba esperando que le dieran. Le respondí que una secretaría, eso esperaba yo, por eso había trabajado duro como nadie. Una secretaría, cualquiera, pero una secretaría para mí. Por qué no se la dieron, preguntó Rubén. Pues porque no tenía experiencia, eso fue lo que me dijo Manuel y lo que me dijo el equipo. A eso voy hermano, en ese entonces no le dieron una secretaría porque usted no tenía experiencia y hoy pasados los años usted sigue sin tener esa experiencia, entonces para darle una secretaría no lo están llamando. Le van a salir con sanitario tapado, con una bomba para que lo destape, no espere más que eso. Igual usted tiene razón, no importa lo que sea, vaya bien vestido, que por lo menos en eso estén a la par.

Tenía razón Rubén. Yo desconfiaba tanto como él, por eso no lo contradije ni quise ponerme a gastar saliva explicando algo que ya estaba claro. Me quedé a su lado viéndolo casi metido entre su enorme closet. Deslizaba ganchos y más ganchos con prendas de todos los colores y todas las texturas. Cómo quiere ir, le busco saco y corbata o qué, preguntó Rubén. Creí que estaba recochando, pero no, se quedó serio. Me apresuré con la negativa. Saco y corbata no, marica, me agarran de goce en esa oficina. Lo que menos me van a decir es que si me estaba haciendo la foto de la cédula o que si vengo de hacer la primera comunión. Verdad que en estos pueblos ir de traje es casi andar disfrazado, el provincianismo es una malaria seria, expresó Rubén con pena. Entonces qué quiere, qué ropa se quiere poner, me preguntó. Pantalón y camisa manga larga, le respondí. Usted está es de verdad muy arrancado, tener que pedir prestada una camisa, muy mal, aunque bueno usted mejor que nadie sabe que está en la inmunda.

Rubén empezó a sacar pantalones y extenderlos sobre la cama: negros, cafés, azules, mostazas, rallados. Pana, dril, paño. Con las camisas hizo lo mismo. Negras, blancas, ralladas, cuadriculadas. Con cuello italiano, francés, americano, nerú.

Yo sabía poco o nada de materiales o cortes, pero él me explicó, no solo le voy a prestar ropa, además le voy a enseñar, dijo él cuando me mostró la diferencia entre un cuello y otro. Yo miré todo lo que sacó sin saber muy bien que necesitaba o quería. Mi plan era irme por la siempre conocida opción del pantalón negro con la camisa blanca o azul. En ultimas fue Rubén el que escogió. Le ha servido aguantar hambre, porque si no, no le serviría mi ropa, me dijo cuando me medí en uno de los pantalones que me entregó para que mirará como me quedaba.

Cuando me preguntó por los zapatos le dije que tenía los negros de siempre. Me miró sorprendido y se burló. Los zapatos de siempre, usted qué se creyó pues, el papa Bergoglio, no parce, esas posturas de humildad no son para nosotros. Abrió otra puerta del closet, un compartimento en el que solo había zapatos, agarró unos negros y me los pasó. Zapatos Guillermo de Mario Hernández, también le tengo el cinturón, espere y verá. Al final la percha era pantalón granate, camisa blanca y zapatos negros. Los pantalones me quedaban medio embalconados y lo zapatos algo estrechos. Rubén me dijo que la altura de los pantalones no era problema, que se estaba usando mucho así altos. Eso sí, no se le vaya a ocurrir ponerse una medías blancas porque ahí sí lo daña todo.

Antes de irme Rubén me deseó suerte, me recomendó tener los ojos bien abiertos y corazón bien cerrado. Ahora no es que se vaya a poner de lindo con ese monigote. Duro con él, por falso. Le di las gracias mientras me comía otra galleta. No nene, gracias no, con un gracias no se va a salir, este favor me lo devuelve y prontico porque ya lo fiché, una prima mía anda dizque estudiando peluquería y necesita unos modelos para practicar algunas técnicas, ya lo pongo a usted en la lista, fresco que yo le aviso cuando le toque, me dijo muy serio Rubén.

Modelo de aprendiz de peluquera, solo Rubén lo podía terminar metiéndolo a uno en esas cosas. Le dije que claro, que de una, porque tampoco le iba a decir que no mientras me comía sus galletas y me llevaba su ropa. Me preguntó que si me pedía taxi y le dije que no, que me iba caminando porque andaba en los rines. Rubén se pegó con la mano en la frente, dramatizando más de lo necesario. Hágale, lo voy a pedir, no se asuste que yo lo pago, pero a usted le va a tocar hacerse un cursito básico de finanzas porque tampoco es que se esté ganando tan poquito como para vivir en esa inopia tan espantosa. Le recomiendo la ropa, no se la vaya tirar porque con qué me la va a pagar si la pierde.

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...