Primera
parte.
Cuando
Alcides dejó la cama Carmen ya tenía listo el tinto. Afuera brisaba todavía.
Alcides prefirió dejar el baño matutino para después, se metió en los
pantalones y las botas y se lavó la cara en la batea.
-Tenerle
miedo al baño por la mañana es puro síntoma de vejez, mijo, dijo Carmen, antes
de entregarle el pocillo con los tragos.
-Vejez,
ja, vejez, venga y verá le muestro lo que es la vejez, respondió Alcides malicioso
llevándose la mano a la orqueta.
Carmen
regresó a la cocina entre risas y falsos regaños para su esposo por corrompido.
Alcides apretó en sus manos el pocillo para sentir el calor. Se recostó contra
la chambrana del corredor teniendo cuidado de no ir golpear las ollas viejas en
las que Carmen tenía sembradas matas de variados colores.
-Mijo,
hágame el favor de dejarme leña lista antes de irse que con esta que tengo acá
ya no alcanza, dijo Carmen, desde la cocina.
Alcides
buscó con la mirada el montón de troncos en el patio, había suficiente para la
semana, pensó. Las gallinas revoleteaban por el patio y algunas se veían más
alborotadas que el resto cerca del camino.
-Mija,
dijo Alcides.
-Mijo,
respondió Carmen mientras lavaba una olla.
-Se
metieron a la casa del frente, dijo Alcides.
Se terminó
el tinto de un trago y se abotonó la camisa.
-Debe
ser que volvió Mario, o algún familiar de él, quién sabe, dijo Carmen,
restándole gravedad a la afirmación de su esposo.
-No,
Mario no es, él hubiera avisado que venía, eso es lo que siempre hace, además
él llega es aquí, no allá; él viene en carro y carro no hay por ninguna parte.
Familia tampoco es, ellos están todos allá. Eso fue que se metieron, no le
busque, se metieron.
Alcides
agarró el coco con el maíz que tenían sobre la mesa y tiró un par de puñados al
patio, las gallinas se amontonaron y comieron desesperadas.
-Allá
no hay sino trastos viejos y mugre, nada más. Quién se va a querer meter a ese
rancho. Deje la desconfianza mejor y rájeme la leña antes de que se vaya, dijo
Carmen.
-Pero
los ladrones qué van a saber que en esa casa no hay nada, ellos no saben, por
eso se metieron.
-No,
mijo, no, eso son nervios suyos.
Alcides
sacó una escopeta que tenía detrás de la puerta de su pieza. La utilizaba para
salir de cacería de vez en cuando. La cargó y se metió dos cartuchos en el
bolsillo de la camisa.
-
¿Para dónde va con eso?, Preguntó Carmen.
-Cómo
qué pa’ dónde, pues pa la casa a ver qué pasa.
-Yo lo
acompaño, dijo Carmen secándose las manos en el saco.
-No
mija, cómo va creer, yo voy solo, uno no sabe, es mejor que usted me espere, quédese
pendiente aquí en el corredor, eche ojo desde acá.
Carmen
no discutió, se quedó ahí donde Alcides se lo indicó, lo vio bajar el caminito
de piedra picada y cruzar el patio muy despacio, avanzaba con sigilo, sin
espantar a las gallinas. Cerca de la casa apretó en sus manos con firmeza la
escopeta y la sostuvo a la altura de su pecho.
Puso
un pie en el piso de madera vieja y humedecida del corredor de la casa de
Mario, el ruido de la tabla al ser pisada ruborizó a Alcides, que deseaba entrar
sin ser percibido. Vio la cadena que amarraba a la puerta puesta en el piso, cruzó
la puerta pisando con cuidado para que las tablas no crujieran. Avanzó con el
dedo en el gatillo listo para lo que resultara.
Adentro,
en medio del mugrero un hombre dormía con soltura sobre un montón de costales.
Un
indigente no era, no tenía facha, pensó Alcides mientras lo observaba. Al lado
del muchacho había un morral, limpio y casi nuevo, un poco más allá estaba el
candado con la llave prendida. Alcides se colgó la escopeta del hombro, ajustó
la puerta con cuidado y volvió a su casa.
- ¿Qué
pasó, sí hay alguien?, ¿qué fue?, preguntó Carmen.
-Un
muchacho. Está dormido. Tiene las llaves de la casa el flacuchento ese, si es
familia de Mario yo no lo conozco.
Se
arrimó a la chambrana y le entregó a Carmen la escopeta, le pidió que la
pusiera en el puesto. Después de hacerlo ella volvió a la cocina y sacó las brasas
que necesitaba para asar las arepas.
Alcides
fue al beneficiadero donde guardaba las herramientas, tomó el hacha y regreso
al patio, buscó el tronco más grueso y empezó a rajarlo, las astillas del troco
volaban lejos por la fuerza del impacto del hacha. Las gallinas corrían
espantadas con cada golpe y poco a poco se fueron perdiendo entre los
cafetales.
Alcides
recogió los trozos de leña y los llevó a la cocina, los acomodó al lado del
fogón. Sintió el aroma del chocolate intenso mezclándose con el de los frijoles
calentados y se le aguó la boca.
-Mija,
présteme el celular un momentico.
- ¿A
quién piensa llamar, mijo?
-A
Mario, mija, vamos a ver que nos dice el hombre.
Cuando
marcó el numero en el celular la operadora de la empresa de telefonía le indicó
que su saldo se estaba acabando y era necesario que hiciera una nueva recarga.
Alcides no prestó atención porque con lo minutos que tenía era suficiente para
averiguar por el muchacho.
Mario
tardó en contestar. Alcides saludó y fue directo al tema que le interesaba. Había
un muchacho durmiendo en la casa, tenía eso algo que ver con él o el muchacho
era un aparecido. Mario le explicó que el muchacho era su amigo y viviría en la
finca desde ese día, le pidió que lo ayudara mientras se acomodaba. Alcides le explicó a Mario que no podía hablar
más porque no tenía minutos. Mario le dijo que lo llamaba más tarde y le
explicaba bien la situación del muchacho. Alcides colgó y dejó el celular sobre
la mesa que estaba al lado de la nevera.
- ¿qué
dijo?, preguntó Carmen, ansiosa.
-Que
es un amigo de él y que vino para quedarse a vivir ahí, que le ayudemos en lo
que podamos, respondió Alcides. Usted qué cree, será que voy y lo llamó para
que venga a desayunar o qué. Quién sabe a qué hora llegó, la verdad es que no
lo oí, fijo llegó en medio de ese aguacero.
-Déjelo
que duerma, aunque con la buya de la rajada de leña seguro ya de despertó. Si
nos necesita que nos busque, debe estar cansado, eso siempre queda lejos.
Desayunemos nosotros mijo. Carmen llevó los platos con el desayuno a la mesa.
Alcides la siguió.
-
¿Quién hace la ruta de hoy?, quiso saber Alcides. Si es conocido hay que
pedirle el favor de que nos haga una recarga, ya se acabaron esos minutos, eso
no dura es nada.
-Me
pareció que era el carro de Pedro el enano, respondió Carmen, no le aseguro
nada.
-Ah
bueno, ese es servicial, él nos hace el favor, mija.
Carmen
se levantó de la mesa y fue a buscar en el cajón viejo que hacía de nochero en
su cuarto, un billete de 20 mil pesos y un lapicero para escribir en un trozó
de papel el número de celular.
-Es
mejor tenerlos listos, no demora en subir el carro, dijo Carmen, mientras se
sentaba de nuevo, con el papel doblado junto al billete.
Alcides
miró el reloj en su muñeca, las manecillas se confundían con los rayones,
faltaba cinco para las ocho.
-No
debe demorar, si señora, dijo Alcides mientras mordía la arepa caliente que
estaba sobre el calentado.
Cuando
oyeron que el carro se acercaba Carmen caminó afanada a la carretera.
Las casas,
la de Mario y la de Alcides estaba al borde de la carretera, pero no a la
altura de la misma, las dos estaban sobre un barranco unos metros más arriba de
la vía.
Por la
parte de abajo de la casa pasaban los carros y por la parte de arriba, sobre el
barranco, pasa el camino de herradura por el que se movilizan los dueños de las
fincas que desde ahí bajan hasta el río.
Carmen
le puso la mano al carro como parando un taxi. Pedro el enano saludó a Carmen
con amabilidad, no eran amigos y tampoco eran extraños. Ella le encargó la
recarga y él encaletó el billete en la media del pie izquierdo, lo puso ahí
para no confundir la plata de Carmen con las de las demás personas que
carretera abajo también habían hecho encargos. Ojalá, así como resultan
encargos resultara gente para cargar, dijo Pedro el enano antes de arrancar.
Carmen regresó a la mesa y siguió desayunando, masticó en silencio, Alcides
hizo lo mimo.
Con la
luz del día Simón empezó a entender que se había metido en un arrabal. El
estado de la vivienda en la que despertó era lamentable. Se sacudió las
pequeñas fibras de los costales que tenía pegados de la ropa, se limpio las
lagañas y vio que además del piso podrido el encielado estaba para caerse, al
parecer por las goteras según lo indicaban las manchas y el moho.
Recorrió
la casa con paciencia observando los detalles y enlistando en su cabeza los
trabajos que tendría que hacer si quería que ese lugar se mantuviera en pie. En
el corredor se fijó en la casa que estaba al frente, no se había detenido a
contemplarla cuando llegó. Alcides al verlo le hizo señas para que se acercará.
Simón le sonrió y levantó su mano indicándole que lo esperara, entró de nuevo
al cuarto en el que había dormido y buscó en el maletín unas bolsas con quesos,
chorizos, leche, y pan que había comprado para entregarles a sus vecinos como
presente, Mario fue claro al decirle que si quería comenzar bien no podía
aparecerse con las manos vacías.
Quiso
cepillarse los dientes antes de salir a conocer a sus vecinos. Buscó en el
maletín y solo encontró ropa, no había llevado nada más que eso y un libro de
María Mercedes Carranza. Tan viejo y seguía sin aprender a empacar una maleta,
se dijo Simón. La mejor manera de iniciar una relación, de generar una primera
impresión, aparecerse con los dientes sucios y la jeta oliendo a sifón. Ni
siquiera crema dental había empacado.
En el
patio se juagó varias veces la boca con abundante agua, se lavó la cara y las
manos, se secó con una camiseta y salió. Sintió los cachetes entumidos por la
temperatura del agua, se preguntó si siempre sería así de fría o era solo porque
era una mañana lluviosa.
-Buenos
días, dijo el muchacho con timidez.
Los
vecinos respondieron comedidos el saludo con ese mismo sentimiento de timidez y
pasado un corto e incomodo silencio Carmen lo invitó a entrar.
Simón
abrió la puerta de esa chambrana rosa que separaba el corredor del patio que
acababa de cruzar y se quedó de pie cerca a la mesa. En las manos sostenía las
bolsas con el presente para sus vecinos, vaciló un momento y luego le entregó a
Carmen la bolsa.
-Unas
cositas que les traje, Dijo simón.
-Demás
mijo que usted debe saber cómo nos llamamos nosotros, Mario debió haberle
dicho, pero de cómo se llama usted no tenemos ni idea, comentó Alcides
invitando al recién llegado a presentarse.
Simón
sonrió como si estuviera haciendo el ridículo, le ofreció su mano a Alcides
para estrechar la de él.
-Mucho
gusto don Alcides, Simón, dijo el muchacho, luego hizo lo mismo con Carmen.
Alcides
al sentir las manos suaves del muchacho no pudo evitar pensar en Mario y en lo
equivocado que estaba al creer que un muchacho de ciudad podía llegar a
trabajarle la tierra.
-Tráigale
mija desayuno al muchacho que debe estar trozado del hambre.
-Claro,
ya le sirvo, mijo.
Alcides
le indicó con la mano a simón que tomara asiento, cuando ya estaba acomodado le
preguntó por Mario.
-Él me
dijo que los iba a llamar para informarles que yo venía, dijo Simón.
-Nada,
ese no llamó.
-Qué
pena con ustedes, yo llegando como si ya supieran de mí.
-Pues,
más o menos algo sabemos, pero no porque Mario avisara, sino porque ahora que
vi esa puerta abierta fue yo el que lo llamó.
-Y qué
le dijo, preguntó el muchacho, dudoso.
-Nada,
que usted era amigo de él, poco más.
Carmen
regresó de la cocina con un platado de calentado con arepa, carne y una taza
grande de chocolate. Simón se sorprendió al ver tanta comida, no obstante,
empezó a comer con ganas.
-Verdad
que el Mario cambió de carro, preguntó Alcides poco después de darle un gran
mordisco a la arepa que tenía en el plato.
-Si
señor, ahora tiene una camioneta.
-Si
vio, mija, ese verraco del Mario dizque con camioneta, ese está es pelechando
pero de lo bueno por allá.
-Y
Sara y los niños, dijo Carmen.
-Muy
bien, Sara trabaja en la tienda y contrataron a una muchacha para que haga
cargo de la casa y a ella no le toque tan duro. Los niños bien también,
estudiando.
-Deben
estar grandotes, agregó, Carmen.
-Usted
hace cuánto no los ve.
-Por
ahí dos años, pero como los niños cambian tanto, uno deja de verlos seis meses
y se nota que el tiempo pasa.
-Si,
eso sí es así, los niños parriba y uno pabajo, achucharrándose. Y usted qué,
cómo le fue viniendo. Tuvo que llegar tarde porque nosotros no lo escuchamos
llegar, comentó Alcides.
-Ay
mijo, pero déjelo que coma primero, no lo moleste, espere que él coma y luego sí
que le cuente cómo llegó.
-Tranquila
doña Carmen, no es ninguna molestia, oiga y esto está muy rico, dijo el
muchacho sin soltar la cuchara.
-Es
verdad, hermano, es verdad, coma tranquilo, dijo Alcides, coma tranquilo que no
hay afán.
-Pues
me fue bien, pero no fue tan simple como Mario me explicó, llegué al terminal
de Manizales sin problema. Se suponía que ahí, según las indicaciones de Sara y
Mario, yo agarraba un bus de la Empresa Arauca, que ese me traía hasta Bolivia,
que el bus iba para Pensilvania pero que igual entraba a Bolivia, eso me
dijeron ellos allá antes de salir.
-Claro,
es que así es, si señor, afirmó Alcides.
-El
cuento es que cuando se lo dicen a uno suena más fácil que cuando de verdad a
uno le toca. Según Mario era fácil encontrar en Bolivia un jeep que me arrimaba
hasta La Soledad, pero eso no fue así.
-Cómo
así, entonces fue que se embolató, aunque que se iba a perder, si llegar por
acá no tiene pierde, comentó Alcides.
-Pues
el problema fue que en el terminal de Manizales no encontré buses para
Pensilvania, entonces en la empresa me vendieron un pasaje hasta Manzanares. El
tipo que me atendió me dijo lo mismo, que en Manzanares había jeeps saliendo
para Bolivia todo el tiempo. Yo confiado le hice caso y entonces me viene en un
bus de esos. Me tocó sentado al lado de una señora que vomitó todo el camino,
una cosa espantosa. Llegamos como a las tres de la tarde a Manzanares. En la
plaza lo primero que hice fue buscar carro para Bolivia y me dice un tipo, que
no, que no había carros, que lo único que podía hacer era esperar un bus que
entraba de Honda y que ese seguía para Bolivia que ahí me podía ir.
Después
de que me dijeron eso y de preguntarle a otros varios que me salieron con lo
mismo, no me quedó de otra que esperar, entonces me fui a almorzar y luego me
senté en la plaza a mirar a la gente ir y venir. Apenas a la 6.30 de la tarde vino a aparecer
el bus. Le pregunté al conductor qué si entraba a Bolivia y me dijo que sí, me
subí le pagué y me quedé dormido.
-Claro,
cansado seguramente, comentó Sara, todo el día por ahí sin poder llegar.
-En la
plaza me despertó el conductor, me baje y fue muy gracioso, a mí Mario me había
descrito el pueblo varias veces, pero como yo nunca pensé que iba a venir a dar
por acá pues no le presté mucha atención, y yo busque y busque en esa plaza la
iglesia y nada, por ningún lado.
-Es que
está en más abajo, entrando al pueblo, no la vio porque venia dormida, dijo
Alcides.
-Mario
no le describió bien el pueblo entonces, eso es lo primero que yo siempre le
explicó a la gente, que la iglesia no está en la plaza.
-Muy
curioso eso. Entonces lo dejé de buscar la iglesia y me senté en una cafetería
y me tomé un tinto, no había ni gente por ahí, solos esos negocios. En la plaza
me dijeron que transporte para La Soledad no iba a encontrar, que ni buscara
porque ya estaba muy tarde. Me fui a buscar un hotel porque según me dijo un
chofer me salía más barato amanecer ahí que pagar una carrera hasta La Soledad.
El problema fue que en el hotel no había una sola cama disponible, dizque
porque había unos funcionarios de la gobernación que estaban adelantando unos
proyectos por acá y que lo tenía todo ocupado.
-Si
señor, una gente que está haciendo unos censos, son un poco, vienen de
Manizales, agregó Carmen.
-Entonces
con el frio tan verraco que hacía ni siquiera consideré la posibilidad de
amanecer en la plaza, le pregunté a alguien cual era la vía a La soledad y me
señaló una carretea destapada, busque en mi maletín la linterna que siempre
cargo y cuando me disponía a emprender mi camino, dos policías me pararon,
dizque una requisa y qué de dónde venía, qué para donde iban y hasta me
llevaron a la estación, uno de los tipos moreno alto con asentó costeño se
encaprichó conmigo cuando me vio en la cachetera el carnet de la universidad,
según el todos los universitarios eran guerrilleros y yo seguro había venido al
pueblo con algún encargo para el grupo subversivo.
-Pues
como se la pasan protestando y tirando papas bombas, eso es lo que uno ve en
las noticias a toda hora, pues se ganan la mala fama, dijo Alcides, van dizque
a estudiar y se la pasan haciendo daños.
-El
policía quería dejarme allá encalabozado, pero el otro, un poco más atento, con
cara de bonachón, cuando me escuchó decir que venía para la finca de Mario, en
La Soledad, de una me dejó seguir. El señor como que conoce a Mario porque de
una me preguntó por él. Yo le dije que estaba en Tuluá y que me había mandado a
administrarle la finca. Cuando le dije eso empezó a reírse, qué cuál finca, si
esto acá lo habían dejado perder, que lo que había acá eran unos montes. No me
diga amista que usted se dejó meter ese hueso así sin venir a mirar antes ni nada,
mucha güeva, Mario le está viendo la cara, amista, me dijo el policía
-Ese
es Gonzales, amigo de Mario de toda la vida, por eso dejó de molestarlo. el
otro es nuevo, llegó hace como dos meses, ha tenido problemas con más de uno
por que a todo el que le ve botas de plástico lo requisa porque es guerrillero.
dijo Alcides.
-Pero
si por acá la mayoría usan botas de plástico para trabajar, repuso Simón.
-Por
eso le digo, mijo, por eso le digo.
-Con
la linterna me vine caminado a paso largo, espantando perros con una rama que
levanté de una cuneta. Por esa carretera no había nadie, pero en ninguna de
esas casas cerradas con las luces apagadas faltó un perro en la entrada. Caminé
rápido. Cuando llegue a La Soledad empezó a brisar. Seguí por el camino que me
había dicho Sara, el que estaba al lado de una casa de madera de tres pisos de
color rojo y blanco. Esta casa no solo me la describieron, además me la
mostraron en fotos así que llegar estuvo fácil, abrí el candado y justo cuando
entré se dejó venir el aguacero, explicó Simón.
-No le
fue tan mal mijo, solo un poco más largo de lo normal el viajecito, dijo
Alcides.
-Casi
acabo con los tenis de darle pata a las piedras, dijo Simón finalizando su
resumen.
-Menos
mal le tocó seca, porque si le hubiera tocado mojada ahí sí es verdad que se le
hubieran acabado los zapatos, agregó Sara mirando los tenis blancos del recién
llegado.
Alcides
también detalló a su nuevo vecino, era delgado y bien parecido, la ropa que
tenía puesta parecía cara. De ojos muy negros y cejas pobladas, parecía
tranquilo, incluso confiable, se dijo Alcides.
-Mijo,
y usted piensa quedarse a trabajar la finca y todo. Pues, no es por faltarle al
respeto ni nada, no se vaya a confundir, sino que es que usted no parece como
alguien de trabajo material. Yo creo que usted en la vida ha pasado un día
entero voleando pala.
-Pues
equivocado no está don Alcides, yo de trabajar la tierra muy poquito, pero sí,
sí señor, vine a vivir en la finca y de la finca, respondió Simón.
-A
sobrevivir mijo, a sobrevivir, porque con lo caro que está todo y con lo malo
que está el negocio del café ahora, eso es lo único que uno hace, sobrevivir
ahí a duras penas, expresó Alcides con desilusión. Se levantó de la mesa y
salió del corredor rumbo al beneficiadero, un cuarto pequeño y sin ventadas a
unos metros de la casa. Se demoró poco adentro. Sacó un coco y una estopa.
-Nos
vemos más tarde y hablamos, mijo, me voy a terminar un graneo antes de que lo
tumbe el agua.
-Mario
me dijo que me entendiera con usted en todo lo que no supiera, que usted me
explicaba, cuándo saca un tiempito para mí, porque la verdad es que yo no tengo
idea de nada.
-Qué
estará creyendo Mario, parece bobo, ni que yo fuera profesor. Seguro cree que
después de viejo tengo ganas de dedicarme a criar gente, dijo Alcides con
sorna. Luego se acercó a Carmen le dio un beso y se fue camino arriba. Acomódese,
mijo, desempaque que luego hablamos.
Simón
imitó a su vecino y también se fue, le dio las gracias a Carmen por el desayuno
y volvió a la casa, su nueva casa. Carmen le dijo que cualquier cosa que
necesitara bien pudiera se arrimara que ellos estaban para servirle. Él le
volvió a dar las gracias y se alejó.
Simón
creyó que lo primero que tenía que hacer en esa casa era limpiar, barrer el
polvo y sacudir, lo primero que tenía que hacer era habitarla. Buscó una escoba
en los tres cuartos, en la cocina, en el patio y en el baño y tampoco encontró.
Mirando el inodoro recordó que tampoco tenía papel higiénico, él no había
traído casi nada. Iba tener que ir de comprar a La Soledad. Ojalá vendieran
algo, porque no podía seguir así, no iba a soportar pasar mucho tiempo más sin
cepillarse los dientes.
Regresó
a la casa de Carmen y la llamó desde el patio. Ella estaba lavando la loza y
salió secándose las manos en una toalla en la que ya no se reconocía el color
que había tenido cuando la compraron.
-Doña
Carmen, será que usted me puede prestar una escoba, es que voy limpiar un
poquito la casa que no tiene arrimadero con tanta mugre y ni escoba encontré.
-Claro
joven, ya le traigo una, imagínese como debe estar, si eso lleva meses sin
abrirse.
Carmen
regresó de la cocina con una escoba de iraca se la entregó a Simón.
-Póngase
un trapo en la nariz, que no se vaya a enfermar tragándose todo ese polvo, le
recomendó Carmen viendo como su vecino regresaba a la casa de Mario que ahora
iba a ser la casa de él.
Simón
no sabía por dónde empezar, recorrió la casa un par de veces con la escoba en
la mano. Sacó del maletín una camiseta y se la envolvió en el cuello y la subió
para cubrirse la nariz y la boca.
El
polvo se levantó y llenó los cuartos, Simón abrió las ventanas y salió al
corredor, a ver como esas pequeñas partículas se iba con el viento para
prenderse de las hojas de las matas en el jardín. Mientras más barría más polvo
alborotaba y más polvo sacaba. Simón barrio una y otra vez sin encontrar del
todo la limpieza.
Además
de barrer limpió las telarañas del techo, mientras hacía eso encontró la puerta
del zarzo y se encaramó en una banca vieja para alcanzar a ver algo. No era muy
grande y estaba lleno de trastos, entre ellos una colchoneta muy delgada
enrollada y amarrada con una cabuya, la jaló y la bajó para sacudirla en el
patio, ya tenía dónde dormir, se dijo.
Pasado
un rato de voltear sin detenerse se quitó la camiseta que tenía envuelta en la
cara y la sacudió, su cabello estaba rucio, se sintió sucio, fue al baño y se
dio una ducha, el agua llegaba con mucha presión y estaba fría, como el viento
de la madrugada, no tenía jabón, era tonto pensarlo, pero había olvidado por
completo que necesitaba implementos de aseo, dejo que el agua helada se llevara
la mugre y se puso el pantalón de nuevo, sin secarse el cuerpo porque no tenía
toalla.
Buscó
en el maletín otra camiseta, se la puso con prisa para mitigar un poco el frio.
Simón se sentó en la colchoneta y se llevó las manos a la cabeza. ¿Cómo iba a
resultar ese plan? nunca había estado en una finca, no sabía cómo se sembraba
una mata. Nunca se había imaginado en esa situación y ahora estaba ahí obligado
a comenzar de cero.
Estaba
solo. Aparte de Mario nadie más conocía su paradero y nadie más debería
saberlo. En eso consistía estar escondido, pero estar escondido no era un
trabajo ni una profesión y eso era lo que lo aterraba, no podía volver a la
universidad, lo estaban buscando. Ya iban dos, dos muertos en una semana y era
seguro que no iban a parar. Por lo menos estaba lejos, estaba vivió.
Carmen
que también iba a barrer el corredor y el patio que había quedado cubierto de
astillas se quedó mirando por un momento al muchacho que estaba sentado en el
patio de la casa del frente con la cabeza clavada entre las rodillas como si
estuviera llorando.
-Quiere
tinto, le preguntó Carmen alzando la voz.
-
¿Señora?
-Qué
si quiere tinto, venga tome, pal frío.
Simón
se levantó y antes de cruzar el patio agarró la escoba.
-Deje
esa allá mientras tanto, yo acá tengo otra.
- ¿Siempre
hace tanto frio, o solo hoy que el día está nublado?, preguntó Simón sentándose
a la mesa mientras Carmen iba a la cocina por el tinto.
-No. Siempre
no, el clima es templado, si usted viera, a veces hacen unos calores horribles,
uno no sabe dónde meterse, respondió Carmen desde la cocina.
-Cuidado
se quema que está caliente, advirtió Carmen entregándole el pocillo con tinto.
Se
sentó en una banca al frente de Simón, se soltó el cabello que tenía amarrado
con una pequeña moña negra, lo sacudió y se lo volvió a atar, hacia eso a
menudo, como si la acción la oxigenara.
Simón
se fijó en el movimiento de su vecina, le gustó el pelo, el corte que llevaba,
era ligero, relajado, juvenil.
-Muy
bonito ese corte de pelo suyo, doña Carmen, se ve que hay buenos peluqueros por
acá. Las cosas que uno dice para intentar una conversación con alguien que no
conoce, pensó Simón.
-Eso
dicen, en el pueblo hay dos muy famosos, pero yo no los conozco, yo me cortó el
pelo sola, respondió Carmen sin darle mucha importancia al cumplido de Simón.
-Cómo
así que usted misma, doña Carmen, pues lo hace muy bien.
-Muchas
gracias, joven, es que es difícil desde que uno tenga tijera buena, cuando
quiera bien en pueda, si vio a Alcides, a él también le cortó el pelo yo, le
arreglo el bigote y todo.
-Lo
voy a tener en cuenta, dijo Simón y sorbió el café.
- ¿Y
cuánto se piensa quedar por acá joven?
-Dígame
Simón, tranquila, con confianza, dijo Simón, sonriendo, la verdad es que no
tengo un tiempo definido, vamos a ver cómo me va, a ver si me habituó al lugar.
Carmen
lo miró, le parecía gracioso lo que había dicho, los jóvenes como él solo
venían de paseo y a los dos o tres días se estaban quejando porque solo se
cogían dos canales de televisión. No le tenía fe al muchacho, no le ponía más
de dos semanas para verlo salir arriado y sin ganas de volver.
-Esto
por acá es muy amañador, yo vivo muy contenta, por acá es todo así, tranquilo.
Tranquilo
sí era, pensó Simón, tal vez, mucho más de lo que había imaginado, sorbió el
café y oyó como en el silencio del entorno ese ruido generado por él se
amplificaba.
Cuando
Mario le ofreció la finca a Simón para que se escondiera le dijo que allá no
había nada. Yo acabé con todo eso la ultimas vez que fui por allá. Eso no
estaba dando resultado. Imagínese usted, uno pagando administrador para que se
haga cargo de todos los trabajos y además tener que sacar plata de acá de la
tienda para estarle mandando porque la finca no estaba dando ni para ella
misma. Eso no es rentable, le digo, y sí no es rentable no sirve. Por eso me
pareció mejor dejar la tierra sola, sigue siendo mía así esté sola, la tierra
es la tierra, usted la deja y cuando vuelve ahí está para que la vuelva a
trabajar, aunque yo de momento no pienso volver. Por eso le digo, allá están
esas puchas de tierra, nadie se las ha llevado, allá están sin dar ganancia,
pero sin dejar perdidas. Vaya, vaya trabajé eso, usted solo, así sea flojo allá
se consigue la comida. Manejé eso como quiera, como si fuera suyo, póngale
moral y no se desanime, porque en algún momento usted va a poder volver, esto
no se va a quedar caliente toda la vida. Mario le había hablado con seguridad, estaba
con él y lo respaldaba sin ambages.
Mario
también le habló de Alcides y Carmen. Les tenía confianza. Esa gente no es
santa porque sigue viva, hermano, eso sí, se tiene que hacer querer, no se
ponga a hablar mierda, cómase lo que le sirvan, salude, despídase, pida el
favor, de las gracias, todo eso importa, no sea imprudente, no llegué con las
manos vacías, no sea echado, este siempre a disposición de la gente. Son
guebonadas que parecen obvias, pero que a los pelaos a veces como que se les
olvida. Yo le creo a usted, yo sé cómo son las cosas, por eso lo ayudo, por eso
le ofrezco la finca. Usted la cagó por estar en donde no tenía que estar, por
ser un pendejo, dizque un pelao bien metido en lo que no le toca, pero bueno.
Allá puede ser distinto, cuándo Alcides sepa lo que pasó, se puede molestar, él
es delicado.
Carmen
no había preguntado aún por el motivo que lo había traído a él hasta esa casa,
pero la curiosidad se sentía, se podía oler, Simón sabía que la pregunta iba a llegar
y él no iba a saber que responder, no tenía claro todavía que versión contar,
no podía decir la verdad y tampoco había inventado aún una mentira convincente,
una respuesta concreta y definitiva que acabara con cualquier espacio para
nuevas preguntas. Lo mejor sería que Carmen no preguntara todavía y por eso
cambio de tema.
-Muchos
saludos le mandó Sara, que está loca por venir, pero hasta que los niños no
salgan a vacaciones no se puede, dijo simón.
-Tan
lindos que son, yo soy la madrina de bautizo de José, muy inteligente, le iba
muy bien en el colegio cuando se fue, y a la niña también, Sofía, debe seguir así, dijo Carmen con algo de
melancolía en la voz.
-José
está muy bien ya se gradúa este año, la niña como usted dice, hermosa, está
nadando, le va muy bien en eso, la llamaron a la selección del Valle, son muy
simpáticos los dos.
-Como
me gustaría verlos, dijo Carmen.
La
última vez que Carmen vio a Sara y Mario con los niños fue en Tuluá, hacía unos
dos años, Alcides se había obsesionado con la visita, tenían que ir a conocer
el lugar en donde vivía Mario y al cual se estaba yendo tantos. Eso tiene que
ser muy bueno la vez que todos pegan pa allá, le decía Alcides a Carmen a cada
momento. Mario llevaba un año largo estando en Tuluá. Había sido de los
primeros en irse.
A Carmen
no le gustó Tuluá, hacía mucho calor. A Alcides le pareció bueno, pero olía
feo, siempre había tenido la impresión de que las ciudades planas olían feo
porque las aguas negras se quedaban estancadas en las alcantarillas, es que eso
sin faldas como va a correr, hermano.
- ¿Y
el negocio cómo va?, preguntó Carmen.
-Muy
bien, si señora, grande, a Mario le ha ido muy bien, eso no tiene ni punto de
comparación al chuzo que era el principio, ¿usted debió conocerlo cuando estaba
comenzando?
-Claro,
era un negocio pequeñito, mal surtido, con unas vitrinas y unas estanterías
viejas y así vendía.
-Eso
cambió mucho, el remodeló el local, compró todo el montaje nuevo y compró
surtido al por mayor, la verdad es que le va muy bien, de por aquí hay mucha
gente allá, yo no los conozco a todos, pero Mario habla mucho de otros dos o
tres que tienen unos negocios que venden mucho, él dice que al lado de esos
negocios el de él es un vendedero de mentas.
-Vea
lo bueno, gracias a Dios, suspiró Carmen, que le vaya bien a la gente, ¿Quiere
más tinto? Preguntó poniéndose de pie para acariciar las hojas de una de las
matas que estaba colgadas en la chambrana.
-No
señora, muchas gracias, así está bien. Estaba muy rico.
Simón
no sabía qué hacer, desconocía cuál era la tierra que le pertenecía a Mario,
entre tantas montañas a su alrededor todo se parecía, todo se veía verde y
húmedo. Para donde miraba veía las mismas lomas, sentía un vacío en el
estómago, no sabía cómo se iba a sostener de pie en esas pendientes sin salir
rodando.
-Cuando
Alcides venga a almorzar lo llamó para que venga y coma con nosotros, le dijo
Carmen antes de entrar a la cocina. Simón le dio las gracias de nuevo y se fue
para la casa a lavar la camiseta con la que minutos antes se había protegido
del polvo.
La
primera vez que Mario le explicó dónde quedaba su finca, Simón no entendió, le
dijo que primero había que llegar a Caldas, Mario siempre decía ser de Caldas y
a menos que fuera necesario no entraba en más detalles. Estando en Caldas había
que llegar a Pensilvania, que era el municipio en el cual habían expedido la
cédula de Mario. Cuando usted ya está en Pensilvania, entonces tiene que llegar
a Bolivia que es un corregimiento, el pueblo en que Mario mercaba antes de que
se fuera a vivir a Tuluá. Pero espere que ahí todavía no es en donde queda la
finca, toca seguir hasta La Soledad, una vereda, un caserío, de allá si es de
donde soy yo, de donde es mucha de la gente que vino a montar tienda acá, ellos
al igual que yo dicen que son de Caldas cuando les preguntan de dónde vienen
para no tener que explicar ubicaciones y caminos que la gente ni siquiera va a
entender.
Simón
nunca había pasado del Quindío, su conocimiento de lo que llaman en los medios
de comunicación y agencias de turismo, paisaje cultural cafetero se agotaba en
el paisaje alterado y las viviendas caras a las afueras de pueblos como Salento
o La Tebaida. Para él Caldas era Manizales, Caldas era el Once, pero ahora
entendía que era más, que estaba lejos. Eso era bueno, estar lejos y entre las
montañas era lo que necesitaba.
Abrió
la llave del lavadero y la presión con la que salió el agua lo hizo retroceder.
Mojó la camiseta y la restregó, cayó en cuenta de que jabón tampoco tenía, la
restregó con fuerza y dejó que el chorro le cayera directo y abundante.
Escurrió la camiseta y la colgó en el tendedero del patio que a diferencia de
la casa estaba mejor parado.
Cómo
sería de bueno tener una lavadora, se repitió Simón mientras se echaba en la
colchonera y leía a contra luz uno de esos poemas incluido en el libro de María
Mercedes Carranza. Quiso acomodarse para leer mejor y se recostó contra la
pared que al primer contactó traqueó como si la tabla se hubiera roto, está puto
rancho se va a caer, dijo Simón riéndose en solitario en esa vieja casa de
madera.
Carmen
siguió con la rutina del día. Terminó el almuerzo, se dio un baño, barrió el
patio, recogió los huevos de los nidos, lavó ropa, desgranó un poquito de
frijol y aporcó la cebolla de la huerta. A las 11:30 dejó todo de lado y
prendió el televisor, se sentó en la cama a ver la telenovela, la imagen no era
muy nitidita, pero se veía. Afuera en el pario coronando una guadua de unos
tres metros una antena similar a la cola de un pescado facilitaba la recepción
de la señal, se sintonizaban Caracol y RCN, nada más, esos dos canales era los
que Carmen tenía su disposición para ver las telenovelas y si el viento era
fuerte y la antena se movía un poco no tenía ninguno de los dos.
Pasadas
las 12 Carme oyó el café caer en la tolva del beneficiadero y se asomó al
corredor, Alcides había llegado. Le alistó las chanclas para que no entrara a
la casa con las botas puestas y le ensuciara el piso. Le trabajó una taza llena
de aguapanela que dejó sobre la mesa y volvió a la cocina para servir el
almuerzo.
Alcides
agarró el aguapanela y se al tomó de un trago. se quitó la camiseta humedecida por
el sudor y el roció del cafetal, la tiro el lavadero y se puso una limpia. En
la cocina se oían a Carmen abriendo ollas.
-No me
sirva mucho, mija, estoy como maluco.
-Qué
le habrá caído mal, si no hay comido nada raro.
-Quién
sabe mija, quién sabe, deber ser que me está haciendo falta una purgada.
-Si,
mijo, puede ser, a usted lo molestan mucho esas amebas, le voy hacer una
bebidita de ajo, eso es bendito.
-Oiga,
mija, y el muchacho qué pitos toca, qué se hizo.
-Ahí
está, yo no lo he visto salir.
-Usted
si le dijo que viniera a almorzar.
-Claro,
yo le dije.
-El
muchacho se ve que es buena gente, aunque como perdido, pobre, debe ser duro
llegar solo a esa casa, esto debe ser un destierro pa el hombre.
-Llámelo,
que venga de una vez.
Alcides
cruzó el patio y lo llamó desde el corredor antes de entrar, siguió cuando
Simón le respondió, lo vio sentado en la colchoneta leyendo y pensó que de
pronto el muchacho era como uno de esos estudiantes de agronomía que venía de
Manizales, de la universidad de Caldas dizque a brindar asistencia técnica y a
enseñarle a montañeros de toda la vida como era que se sembraba una mata de
plátano. Seguramente el cuento del muchacho de trabajar la finca tenía que ver
con el estudio, con algún proyecto de esos autosustentables y orgánicos se
estaban poniendo de moda.
- Qué
más hombre cómo va, preguntó Alcides.
-Bien
don Alcides, bien, terminé de barrer y me puse a leer, ese viaje tan largo lo
deja a uno como enfermo.
-Claro,
pero eso se le quita, camine almuerce que Carmen ya sirvió, dijo Alcides con
tono impositivo saliendo de la casa.
Simón
dejo el libro sobre la colchoneta y siguió a su vecino, en su mente repetía el
ultimo verso del poema que acababa de leer.
Entraron
juntos al corredor, los platos estaban sobre la mesa, Carmen esperaba. Se
sentaron. Simón se quedó mirando el plato, su expresión fue de sorpresa.
Alcides soltó una carcajada.
- ¿Qué
pasó, hermano, no le gustan las yucas?, preguntó Alcides.
-Sí
señor, si me gustan, pero es que es mucho, yo no como tanto.
-No se
preocupe, coma lo que pueda, dijo Carmen.
Arroz
con yucas, papas y carne sudada, y agua panela para la sobremesa, Carmen y
Alcides comían con gusto, simón hizo caso a las palabras de Carmen y empezó a
comer.
-Yo
creí que nos iba a decir que no comía yucas, es que acá ha venido más un joven
de la ciudad, así como usted y uno ni sabe que ofrecerles para comer porque
nada les gusta, dijo Carmen, eso como que solo saben comer cosas de paquete.
-No
señora, yo no soy de esos, para mí la única comida mala es la poquita, dijo
Simón buscando ser simpático al repetir ese chiste que le había oído a un amigo
días antes.
-Pues
no parece, ya se estaba dizque quejando porque le serví mucho, refutó Carmen.
-Pero
es verdad mijo, mientras haya que comer ya el resto solo puede mejorar, comentó
Alcides.
Carmen
asintió con la cabeza mientras masticaba al igual que Alcides.
-Mario
habla mucho de su sazón, él dice que nadie cocina como usted, a mí me lo
repetía una y otra vez, es que usted tiene que ir, con lo que yo le diga no es
suficiente, me decía. Y vea, hasta que se llegó el día. Mario no se equivoca
para nada, antes se queda corto, usted cocina delicioso, confirmó Simón.
Carmen
sonrió tímida, levanto el pocillo con la sobremesa y tomó un trago, el agua
panela estaba más negra que de costumbre, cuando la puso de nuevo sobre la mesa
la turbiedad se fue asentando.
-Yo no
sé Alcides usted a quien lo compró esa panela, pero está horrible, vea ese
cachacero, parece que estuviéramos tomando tinto, eso es una cosa toda
melcochuda, ni siquiera parte fácil.
Alcides
y Simón se miraron y sonrieron, Carmen no dejaba de mirar el pocillo, parecía
molesta.
-Yo no
sé, mija, se la compré a Elías, él había estado sacando panela muy buena, quién
sabe que le habrá pasado con esta molienda, caña muy biche seguro, y la compré
cara, dijo Alcides, porque es dizque la mejor panela de la plaza.
-Si
eso es la mejor entonces cómo será la mala, no me quiero ni imaginar, y lo peor
es que compró mucha, cuando está buena va y compra una arroba y de esta que es
mera cachaza le dio por comprar dos, si hubiera trabajadores pues no hay
problema, pero solo nosotros, quién sabe cuánto nos vamos a demorar en tomarnos
esta puercada, mijo.
Alcides
levanto su taza miró el líquido, tomó un poco y lo miró de nuevo, Simón hizo
los mismo, Carmen dejó la cuchara a un lado y observó a su marido remover la
taza.
-Pues,
mija, fea si esta, eso no lo discute nadie, pero no sabe feo, está buena, eso
es que usted se complica mucho.
-Que
más va decir, le toca decir que sabe bueno porque usted fue el que la compró,
pero no sabe bueno, ni con café, ni con chocolate, está maluca, esa es la
verdad, aseguró Carmen.
-En
Tuluá usted no sería capaz de tomar aguapanela, doña Carmen, la panela de allá
es más oscura que esta. Además, saben muy distinto. Aunque los que somos de
allá no somos conscientes de eso, o por lo menos yo no lo era, en la casa mía
nunca nadie se quejó de la panela, pero probando está y otras que a Mario le han
llevado de por acá para vender allá, si se nota la diferencia, dijo Simón, debe
ser porque por acá es más artesanal el proceso.
-A mí
la panela cachazuda me enoja mucho, es todo lo que le puedo decir, prefiero
tomar agua.
Carmen
dijo eso y se levantó de la mesa, recogió los platos de los tres y se fue a la
cocina, Simón que se había quejado porque era mucho no dejó nada en el plato.
-Vea que,
si es de buen comer, dijo Alcides, burlándose.
-Es
que estaba tan rico, respondió Simón sonrojado.
-También
era que tenía hambre, dijo Carmen desde la cocina.
-Camine,
hermano, sacamos un catre que tengo allí en la pieza. Qué se va a quedar usted
durmiendo en el piso, dijo Alcides, esa colchoneta es como pa algo ocasional,
una visita por ahí, pero pa dormir a toda hora no, eso no es cómodo. Venga,
venga dentre, Simón, hermano, no se quede ahí, bien pueda, sin pena.
La casa
era grande, tenía varias piezas con camas, baúles, armarios. Lo que no tenían
era puertas. Todas las piezas se comunicaban entre sí, como si la privacidad
sobrara.
- ¿Acá
duermen los trabajadores? Preguntó Simón mientras veía a Alcides desempolvar el
catre que tenía metido debajo de otra cama.
-No,
aquí no, cómo se le ocurre, los trabajadores duermen aparte, la pieza de ellos
está al lado del beneficiadero, en esa puerta negra que da al camino, no sé si
ya la vio, esos son los camarotes de los trabajadores.
-Sí,
si la vi, sino que con tanta cama acá, creí que era acá.
-No,
ellos duermen allá, en todo caso, si durmieran acá, estas camas tampoco alcanzarían,
porque cuando hay mucho café me toca contratar hasta a diez trabajadores. Igual
es mejor que duerman allá, muchas veces uno contrata forasteros, gente que
viene de otras partes buscando la cosecha, trabajan cuatro cinco semanas en una
finca y siguen si no les gusta, buscan otra finca, se vuelven para la casa. Esa gente de la que uno no sabe nada es mejor
tenerla metida en la casa de uno, explicó Alcides mientras llevaba el catre
hasta el corredor.
-Forasteros,
así como yo, apuntó Simón.
-Pues
usted no es forastero del todo porque para eso es amigo de Mario, entonces sí
algo llegara a pasar con usted o uno tuviera alguna duda sobre usted entonces
pues ahí estaría Mario pa responder. En todo caso ahí vamos viendo, reciba ahí,
mejor, dijo Alcides, entregándole el tendido del catre.
Simón
recibió las tablas y las puso en el piso del corredor al lado del catre. Dormir
en el piso no era algo que le resultara incomodo, pero si le facilitaban las
cosas y le regalaban algo de orden y bienestar tampoco se iba a negar.
-Lo de
las camas, pa que entienda, es por las visitas, lo que pasa es que a mí me
gusta que cuando la familia llegue tenga en donde acostarse, donde estar cómoda,
esa maricada de andar bajando colchones al suelo para acostarlos, eso no sirve,
hermano. La gente tiene que tener su cama, entonces por eso yo mantengo camas
de sobra y mercado de sobra porque uno no sabe cuando llega la gente.
-Oiga,
don Alcides y es que lo visita mucha gente.
-Eso
no falta, siempre resulta, mucho sobrino, esos son los que más vienen. Se
quedan semanas enteras acá con nosotros. Esto acá donde usted lo ve es
amañador. Acá es bueno pa escondérsele a la vida un rato.
-Cómo
así que esconderse de la vida, don Alcides.
-De la
vida de la ciudad, hermano, es que eso allá es otra cosa, tanto enredo, todo es
plata y más plata y esas horas en bus para ir de un punto a otro, y la bulla,
el estrés, pero acá es otra cosa, acá se relajan, respiran.
Alcides
tomó el catre y salió, Simón lo siguió cargando las tablas. Pensó en lo que
había dicho su nuevo vecino de las ciudades, pensó en la ilusión que le hacía
dejar Tuluá y vivir en Bogotá, en medio del ruido, sentir de verdad el
movimiento, la metrópoli, sacudirse el pueblo. Había pasado de querer estar en
la capital a despertar en una casa vieja en medio del campo.
Hacer
planes hoy, dejarlos ir mañana.
Alcides
armó el catre con la misma facilidad con la que se quitaba las botas, tardó
poco y no necesitó más que un alicante, lo uso para apretar y martillar
mientras Simón lo admiraba sin hacer nada porque su vecino no necesitaba ayuda.
-Bueno,
esto ya le quedó listo, pero con qué la va a tender, si por la maleta que le
veo usted no trajo nada, le va tocar pedirle a Carmen algo prestado. O bueno,
no sé, si es que usted anda esperando de pronto el trasteo, si es así me
hubiera dicho antes de ponerme a sacar esto, dijo Alcides, señalando el catre
armando.
-Ese
don Alcides, tan chistoso, no hay ningún trasteo, nada, yo tengo lo que ve y no
más. Me va a tocar ir al pueblo a comprar unas cositas, porque me falta más de
una, cada que doy dos o tres paso en esta casa va creciendo la lista de lo que
necesito, pero tranquilo que yo soluciono eso rápido para no estar
molestándolos a ustedes con préstamos.
-Pero
el catre no es ningún préstamo, hermano, úselo tranquilo que es un regalo, eso
sí, de los tendidos y sabanas y esas maricadas si le toca hablarse con Carmen
porque yo de eso no sé.
-Muchas
gracias, don Alcides, muy amable, Mario si me dijo que ustedes eran una calidad
de gente.
-Oiga
mijo, y hablando de todo eso, el catre aguanta pa uno solo, pero si de pronto
usted está esperándose por ahí a una muchacha, ahí si se pone maluca la cosa. Aunque
bueno, también es verdad que cuando se trata de eso uno se las ingenia, no es
que se le vaya a envolatar el tiro por tener una cama estrecha, dijo Alcides
malicioso. Pero por si algo ahí se la deje bien ajustada, para que no vaya a
traquear, porque un catre traqueando mientras uno le pega a eso, no aguanta.
-Ese
don Alcides, esas cosas con las que sale, yo apenas llegando si conocer a
nadie, en eso todavía no he pensado.
-En
eso siempre se piensa, hermano, usted vino a trabajar, pero no es una monja ni
nada, entrepiernao es mejor, aunque como le digo, para eso es mejor comprar
cama grande.
-Yo de
momento lo único que he hecho es pensar en el trabajo.
-Bueno
ahora que habla de eso, cuál trabajo, porque por acá le toca meter el culo y
untarse y sembrar, usted sí sabe de eso.
-Pues
saber, saber, no sé, don Alcides, pero me toca aprender, de eso se trata. Me
toca aprender carpintería también, si usted sabe me puede enseñar, porque a
esta casa toca ponerle mano.
-Carpintería,
oigan a este, pues tampoco es que yo sepa, pero hay cositas que son de sentido
común, cosas que uno hace así a puro ojo, los remiendos, para eso no hace falta
pagarle a ningún maestro. Pero entonces fue que Mario mandó plata para arreglar
esto, preguntó Alcides.
-Plata,
no señor, nada, toca con plata mía, yo traje unas luquitas mías, con eso
alcanza para arreglar esas goteras, las tablas del corredor, y varias de las
paredes, y algo queda para la finca, no mucho, pero algo. Con eso también voy a
necesitar de usted, porque yo ni siquiera sé cuál es la tierra de Mario.
-Mientras
menos gaste en la casa mejor. Usted se pone a gastar un poco de plata en este
rancho y luego a Mario le da por vender y listo, pierde usted eso. Con la finca
es distinto porque lo que usted invierta le va a dar ganancias, aunque no
muchas, porque por acá uno vive abriendo un hueco para tapar otro. Igual
cualquier cosa se consigue. Lo que si le digo es que para trabajar acá y luego
partir ganancias con Mario si le va a quedar duro.
-Esa es
una ventaja don Alcides, yo no tengo que partir nada con Mario, él me dijo que
me viniera para acá y que trabajara, que mirara a ver cómo me defendía y listo,
que mientras no le fuera a pedir plata no había problema, pero de todas formas
estando acá tampoco puedo dejar caer la casa, igual y a ellos les da por venir
a pasear, viendo que no me están pidiendo nada, que por lo menos encuentren la
casa bien.
-Que
verraco ese Mario, claro, pues es que el no necesita nada de esto acá. Pero es
cierto, sí usted está acá lo mínimo que puede hacer es cuidar la casa.
-Oiga,
hermano, pero viendo que Tuluá es tan bueno, viendo que de acá varia gente se ha
ido para allá, y que muchos otros se quieren ir, que porque eso pal negocio allá
es la putería y que uno por acá con estas gurreras no consigue sino dolores, no
dólares, dolores, que de pronto oye mal, viendo todo eso, cómo es que a usted
que se ve que no necesita joderse viene a dar por aquí. En vez de venir a
enterrar la plata por acá se hubiera montado también un chuzo allá.
-No,
don Alcides, un negocio no, eso es muy agobiante, uno ahí metido todos los
días, 16 horas o más, eso requiere mucho aguante, me vine por acá buscando
justo lo opuesto a eso, yo quiero es estar tranquilo, huirle al estrés.
Simón
dejó salir lo del estrés con mucha naturalidad, como si de verdad ese fuera el
motivo que lo tenía ahí al frente de ese señor ofreciendo esa explicación. Esa
no era la verdad, tampoco era una mentira. Él sí estaba huyendo, sí estaba
estresado y estar ahí en La Soledad sí le salvaba la vida. Simón sabía que en
algún momento les iba a tener que contar que si se dejaba ver en Tuluá lo iban
a matar, pero no se los iba a revelar apenas llegando.
-Ese
estrés es una cosa muy seria, a ustedes los pelados eso cómo que les pega duro,
yo por acá he oído hablar de más de una muchacha y un muchacho enfermo de eso,
hospitalizados y todo. En cambió vea uno, toda la vida por acá metiéndole el
hombro a las necesidades y vea acá estamos, enterándonos apenas que ese achante
se llama dizque estrés.
-Nos
faltó carácter don Alcides, nos mimaron mucho, le respondió Simón a son de
justificación.
-Eso
debe ser, sí señor, les faltó comer mierda. Igual comer mierda no es bueno, por
eso le digo que la gente se va de por acá, achantados, estresados como dice
usted, de estar fiando y esperando cosechas que no dan para pagar las deudas y
un año tras otro lo mismo. Cualquiera se mama de hacer fuerza pa conseguir un
peso.
-En
todas partes es lo mismo don Alcides, de acá se van para Tuluá y de Tuluá se
van para España o para Italia a lavar baños y limpiar jardines para ganar en
euros y mandarle cualquier cosa a la familia. Todos andamos en las mismas, la
desigualdad creciendo y arrumándonos y el gobierno no hace nada.
-Cuál
gobierno, eso no, de todos modos, ellos no necesitan, entonces pa qué se van a
joder, pa qué se van a mover. Lo único
que le digo, mijo, es que esto por acá tranquilo si le va a resultar, pero
fácil no es, toca meter el culo y aguantarse el día entero, de seis a seis, al
sol y al agua entre un cafetal sudándola sin miedo. Yo porque esto es lo que he
hecho toda la vida, porque no sé hacer más, pero fácil no es, y pa alguien así
como usted, todo bisoño en esto, menos.
-Yo entiendo don Alcides, yo entiendo, dijo Simón
dando por concluida la conversación, igual ya estoy acá y algo voy a tener que
sembrarle a esa finca porque aquí me voy a quedar un tiempo, es lo que tengo.
Alcides
le dio la espalda al muchacho y salió de la casa. Miró las tablas del corredor,
se paró en ellas y sintió como parecían hundirse, entendió lo que el muchacho
decía, por pura seguridad era necesario poner piso nuevo en el corredor.
-Camine
pues Simón, le voy a mostrar la finca de Mario, para que vaya conociendo el
pedazo de tierra que va a trabajar.
Caminaron
unos cincuenta metros por la carretera como quien iba para el pueblo y luego
subieron por un camino estrecho y empinado. Simón sintió como se le tensaron
las pantorrillas y apenas iban a empezar a trepar.
-Esto
es, hermano, esta es la finca de Mario.
Simón
miró a su alrededor y como se lo había dicho el policía, solo vio monte, lomas,
filos y vagas enmalezados si miraba para arriba y lo mismo si miraba para abajo.
-Lo
primero que tiene que hacer acá es desyerbar, le va a tocar comprar por ahí tres
o cuatro machetes porque esto está bravo. Eso es lo urgente, porque si no
desyerba pues como va a sembrar. Vea, ponga cuidado pues, si ve para allá,
dijo, Alcides señalando a la derecha. Esas palmas rojas, si las ve, hasta allá
llega la finca de Mario, ese es el lindero, esas palmas. De esas palmas para
allá está la finca mía. Entonces la finca comienza en la carretera, por la
derecha llega hasta las palmas y por la izquierda llega hasta la cañada, de la
cañada para allá son potreros y esos son de don Porfirio. De para arriba llega
hasta donde va este camino que termina cuando se encuentra otra vez con las
palmas rojas, de esas palmas para allá hay unos guaduales. Es una finca pequeña,
no le va a costar mucho trabajarla solo, cuando le coja el tiro, pues, porque
mientras tanto, mientras se acostumbra va a salir llorando.
-No me
diga eso, don Alcides, yo a duras penas estoy parado acá y me tiene asustado la
idea de sostenerme en estas lomas sin rodarme.
-No
hermano, cómo así que miedo, yo no creo, yo no lo veo tan enclenque tampoco,
tranquilo que eso rapidito se acostumbra, espere y verá que cuando termine la
desyerba ya va a estar entrenado. Lo que sí es importante que sepa, más que
aprender a pararse es lo que piensa cultivar, yo no sé si usted trae ideas de
cultivos, lo que si le digo es que si las trae se puede ir olvidando de ellas.
Por acá lo único que se puede sembrar es café, el clima por acá da para sembrar
otras cosas, pero ni se meta a sembrar otra cosa que se le pierde, por acá no
compran sino café. Usted puede sembrar yuca y plátano, pero cuando vaya a
venderlo le va a dar rabia lo que le van a ofrecer, quieren que usted les
regale las cosas y que les encime el transporte. Acá tiene que sembrar es café,
y claro, comida, esa no puede faltar, plátano, yuca, maíz, frijol, cositas así,
pero como pal consumo suyo, no más.
-Eso
no es problema don Alcides, yo siembro lo que se pueda sembrar, si usted me
dice que café, pues eso siembro, yo estoy es para aprender, me toca aprender.
-Lo
primero que tiene que hacer, dijo Alcides, es comprar unas botas plásticas,
esos zapatos están muy bonitos y todo, pa cachaquear, porque para trabajar nada
como las botas. Con esas se va a parar mejor, se va a sentir más seguro, igual
si se cae tampoco pasa nada, del suelo no va a pasar.
-Tan
chistoso, don Alcides, oiga y qué, vamos a subir más.
-Claro,
hermano, para que se vaya acostumbrado y para que vea bien toda la finca, a que
vinimos pues, dijo Alcides, jalando un espartillo y llevándoselo a la boca.
-Esta
semana que vaya a comprar lo que necesito traigo las botas, y un sombrero,
porque el sol debe pegar fuerte, vea no más, el sol ni se ve y tengo la nuca
caliente.
Seguían
subiendo, el camino le parecía muy empinado a Simón que miraba algunos guayabos
y aguacates que había sembrados en la finca, cogió una guayaba pintona de uno
de los árboles que estaba al bordo del camino y se la llevó a la boca.
-Pa
estar dizque con miedo de rodarse yo lo veo muy fresco, ni siquiera está
sudando.
-En
Tuluá trotaba una hora diaria y a veces también iba al gimnasio, toca cuidarse
para lucir bien.
Alcides
miró al muchacho con burla, dio media vuelta y siguió caminado.
-Puro
cuento de muchacho de ciudad, de pelao mantenido. Por acá uno sabe que para
verse bien lo único que tiene que hacer es comprar ropa buena y mantener bien
afeitado, cortarse el pelo seguido y embolar los zapatos, no más, con eso se ve
uno bien, el resto son maricadas. Eso de gimnasios es pa ustedes los del pueblo
que no saben qué hacer con el tiempo, pero a uno por acá que le toca voltear
todos los días, que le toca cargar café y cargar abono y volear machete todo el
día, uno pa qué un gimnasio, si trabajar no es suficiente ejercicio es que uno
no está trabajando como es.
Simón
sonrió incomodo, no pensaba discutir ese asunto con su vecino, estaba claro que
razón no le faltaba, bastaba verle el ancho de la espalda y los brazos para
entender que como decía, no necesitaba estar levantando pesas frente a un
espejo empotrado en una pared.
-Hace
tiempo no me comía una guayaba, dijo Simón, mientras observaba a un gusano
peludo que cruzaba el camino.
-En la
finca mía también hay guayabos sembrados entre el cafetal, la guayabita hace
falta, dijo Alcides dando la vuelta para empezar a bajar.
- ¿Qué
pasó don Alcides no íbamos a subir hasta la cabecera?
-No
hace falta, lo importante era venir hasta acá para que usted viera donde queda
lo suyo, donde lo espera el trabajo. Así mañana cuando se levante sabe para
donde es que se tiene que venir. Mientras desyerba va a ir conociendo mejor la
tierra, usté tranquilo. Y si ve otro gusano de esos no se quede viéndolo como güevón,
no son pa jugar, la picadura de ese animal duele como un putas y si está de
malas lo puede matar.
Bajaron
despacio y en silencio. Simón pisaba con cuidado como si el piso estuviera
resbaloso. En la carretera se toparon con dos caballos cargados y un hombre más
atrás que los arriaba.
-Y
entonces qué pues, Alcides, bien o qué, dijo el hombre, deteniéndose mientras
los caballos se iban adelantando.
-Todo
bien, mijito, gracias a Dios, por aquí mostrándole la finca al muchacho, vino a
trabajarla.
El
hombre miro a Simón de pies a cabeza, y sonrió. El muchacho hizo lo mismo.
- ¿Fue
que Mario vendió la finquita, pues? preguntó el hombre.
-Por
ahora me la dejó a mí por unos días, respondió Simón adelantándose a Alcides
que se quedó con la palabra a medio pronunciar.
-Vea
pues, que verraco tan jodido ese Mario, dijo el hombre, pues qué bueno hermano,
eso siempre es mejor trabajar la tierrita que dejarla perder en maleza.
-Eso
es verdad, sí señor, dijo Simón, como si supiera de lo que hablaba.
Le
extendió la mano, mucho gusto, Simón, se presentó el muchacho. El hombre
estrechó la mano que le ofrecían. Simón sintió los callos y las cicatrices, las
huellas del trabajo, las que él no tenía. Mucho gusto, mijo, Jesús María, pa servirle en
lo que necesite, dijo el hombre. Bueno ahí estamos hablando pues, hasta luego,
agregó y salió al trote carretera abajo para alcanzar a los caballos.
Simón
había sentido un olor fuerte y desagradable cuando pasaron las bestias por el
lado suyo, aunque los animales no se detuvieron el olor permanecía en el aire,
penetrante.
- ¿Qué
llevaban los caballos que huele tan feo, don Alcides?
-Cómo
así, pues gallinaza, va a decir que no la conoce.
-Pues
sí, he escuchado hablar de ella, mierda de gallina que sacan de los galpones,
pero la que conocí no olía tan feo.
-Si no
olía feo no era buena, Simón, hermano, la gallinaza tiene que ser olorosa pa que
este buena, si no es pura viruta y eso no sirve para nada, se moja y se vuelve
un terrón que le quema la raíz al palo, dijo Alcides.
-Vea
pues, dizque oler feo para estar buena, yo no sabía eso.
-Ahí
va aprendiendo mijo, y tranquilo que eso después de sembrar diez o veinte palos
o subir un par de bultos de esos al hombro hasta la cabecera ya no siente el
olor, se acostumbra y le parece normal.
Llegaron
a la casa y se sentaron en el corredor, Carmen les trajo aguapanela para que
calmaran la sed, en ese momento en la carretera pitaba el turno, iba bajando,
llevaba un par de estopas en el capacete y a unos pocos pasajeros, pitó
repetidas veces hasta que Alcides se paró y bajó.
-Entonces,
calidad, relajaito, una vida así es la que yo necesito, vea a las tres de la
tarde y ya en la casa fresco el hombre, dijo el enano sacando del bolsillo de
la camisa el recibo de la recarga.
-Toca
vivir bueno porque maluco no se puede, le respondió Alcides al enano mientras
le recibía el papel. Muchas gracias, mijo, y qué, no va a subir a la casa a
tomar chocolate, preguntó Alcides.
-No
hermano, Dios le pague, para la próxima que voy cogido de la tarde, dijo el
chofer. El carro se alejó y Alcides subió de nuevo a la casa, Simón se había
puesto de pie para observar la escena.
-Así es
por acá simón, a los choferes les toca hacerle los mandados a la gente porque a
veces uno necesitas ciertas cosas a mitad de semana y es mejor encargarlas
porque no vale la pena pagar pasajes, o bueno no es que les toque uno ya sabe a
cuáles se les puede pedir favores y a cuáles no.
- ¿Cómo
así, y luego en el caserío no hay tiendas? preguntó Simón alarmado pensado en
las cosas que debía comprar, no se podía quedar un día más sin cepillarse los
dientes.
-Claro,
tiendas sí hay, varias, dijo Carmen mientras guardaba el recibo que Alcides le
había entregado, pero no hacen recargas, antes cuando esto era con tarjetas sí las
vendían ahí en la fonda, en cambio ahora con esto de las recargas si toca en el
pueblo.
-Uy,
cómo así, debería haber, increíble una cosa tan sencilla y que toque ir hasta
el pueblo, muy duro.
-Debería,
mijo, debería, un montón de cosas deberían ser, pero nada. Yo más bien, debería
ir a poner a pelar el café de una vez. Alcides dijo eso y se fue para el
beneficiadero a prender el motor.
-Yo
también debería ir a ponerle cuidado al chocolate antes de que se me suba, dijo
Carmen y se fue a la cocina.
Simón permaneció
en el corredor mirando al patio sin dejar de repetirse en su cabeza la palabra
debería: debería, debería él estar ahí, debería irse para otra parte, debería
decirles de una vez, así sin siquiera terminar de llegar, de estar instalado,
que él se estaba escondiendo, debería decirles así sin siquiera haberse
cepillado los dientes que se había volado de Tuluá y que lo estaban buscando
para matarlo. Debería decirles que no había sido él, qué habían sido sus
compañeros de clase, esos otros que gritaban a su lado, otra gente la que había
tirados las bombas incendiarias, debería decirles que, aunque él no hubiera
arrojado nada había celebrado que el edificio ardiera. Debería, debería, pero
no, no iba a decir nada, todavía no.
-Por
eso es que hace falta una moto, por acá muchos están comprando, sirve mucho una
moto en la casa, dijo Alcides, sacando de su ensimismamiento a Simón.
-Qué
dice de los de la moto, don Alcides, dónde está los de la moto.
-En
todas partes, hermano, en todas partes, ahí en La Soledad varios compraron moto
y abajo pa Barreto, pa La Mesa, pa Gualanday, pa muchas partes, es que una moto
es una comodidad, uno ya no tiene que esperar al turno ni nada, uno sale cuando
necesite, cuando le provoque.
-Es
verdad, don Alcides, es verdad.
-Vengan
pues, dijo Carmen.
Simón
se giró y vio a Carmen sirviendo la mesa.
-Uy,
pero qué, esto qué.
-Cómo
que qué, pues el algo, estamos es retardados, vea, más de las tres y nosotros
sin alguear todavía, dijo Alcides.
En la
mesa el chocolate humeante y las arepas con queso esperaban.
-Pero
es que yo todavía tengo el almuerzo aquí, dijo Simón señalándose la garganta.
-Esas
bobadas, siéntese y coma, cómo hace de falta el algo, es que estos verracos de
la ciudad, es que ni pa comer son buenos, dijo Alcides riéndose.
Simón
reaccionó al comentario con una corta carcajada y atendió la sugerencia de su
vecino. Se sentó a la mesa y comió como lo hacían ellos. Las arepas de maíz
amarillo y queso en la masa le sacaron un suspiro.
-Están
deliciosas estas arepas, doña Carmen.
-Si
vio, y dizque no quería, comentó Alcides.
Mientras
comían, pasaron por la carretera un par de niños uniformados, saludaron sin
detenerse, Simón imitó a sus vecinos y respondió el saludo, Poco después
pasaron otros dos niños, uno más grande que el otro, uno con uniforme y el otro
en jean, también saludaron y ellos desde la mesa devolvieron el saludo.
-Estudiantes,
dijo Simón, y por acá dónde queda la escuela, preguntó.
-En La
Soledad, allá en el caserío está la escuela, y el colegio está en Bolivia.
-Y les
toca ir hasta Bolivia, eso está muy lejos, dijo Simón.
-No,
caminando no, ellos tienen su ruta, hay un carro que los lleva y los trae, a
los que van pues al colegio, y los que estudian acá en la escuela, en el
caserío, pues esos si caminan. De allá de Bolivia me gradué yo, aunque yo si
vivía ahí cerquita del colegio, pues, no en el pueblo, pero sí cerca, por ahí
diez minutos caminando. Me gradué con varios que vivían por allá en una finca
lejos a donde no llegaba carretera y esos bajaban a estudiar en caballo.
-Y don
Alcides, usted también estudió allá, preguntó Simón.
-Yo
no, yo conozco el colegio porque allá he entrado a votar, no más. Yo estudié
hasta quinto de primaria acá en la escuela de La Soledad y de ahí directo para
el cafetal porque ya me estaba rindiendo harto la cogida de café. A usted ni pa
qué preguntarle si estudió, eso ahora es obvio, bachilleres voleando machete es
lo que hay por aquí, pero la pregunta que sí importa es esa, a usted si le
rinde la cogida de café.
-Ay
don Alcides, no me haga dar pena, hombre, coger café, no señor, a mí que me va
a rendir, yo nunca he cogido café.
-Ahí
si estamos graves, se le complica el futuro por acá, sentenció Alcides.
-Eso
aprende, todo es práctica, dijo Carmen.
-Pues
él sí puede aprender, pero nadie le va a pagar un jornal por aprender y mientras
levanta esa finca le va a tocar jornalear porque si no de qué va a vivir, le
respondió Alcides a Carmen sin dejar de mirar al muchacho.
Simón
guardó silencio, nada tenía que refutarle a su vecino, él no sabía nada del
campo y estaba ahí, aparecido y por qué no, perdido.
-Pero
qué, ya andó la finca, cómo la vio, qué le pareció, preguntó Carmen, intentando
relajar al muchacho que se veía más que achantado.
-Sí
señora, subimos casi a la cabecera, eso está hecho un monte, pero bueno, vamos
a ver cómo nos va, respondió Simón.
-Por
lo menos buen estado físico sí tiene el tipo, subió como si nada, espérelo a
que empiece a desyerbar y ahí si le pregunta qué le parece, comentó Alcides.
-Tengo
que comprar machetes.
-Sí
señor, machetes y limas también, porque si no con que va a amolar. Pero eso le
toca en el pueblo, ahí en La Soledad no consigue machetes.
-Será
que un cepillo de dientes si consigo.
-Cepillo
de dientes pa desyerbar, preguntó Alcides.
-No,
para desyerbar no, para mí, no ve que no traje.
-No
trajo cepillo, cómo así, preguntó Carmen sorprendida.
-Usted
viera la maleta de este, un morralito, traen más cosas los sobrinos de nosotros
cuando vienen a pasear uno o dos días, le explicó Alcides a Carmen. Imagínense
usted que ni siquiera trajo una cobija, ni una sábana ni nada. Yo no sé con qué
va a tender ese catre. La de este es pura maleta de volado, finalizó.
-Cómo
así y fue que ya armaron catre, a qué hora, pregunto Carmen.
-Claro,
hace rato.
-Yo ni
me di cuenta, debería ser que estaba en la cocina. Pero bueno, tranquilo Simón
que acá le prestamos cobija y sábana mientras tanto. Eso también le toca
comprarlo en Bolivia. Pero el cepillo de dientes si lo consigue ahí en La
Soledad.
-Espéreme,
por la noche subimos juntos, después de la comida, yo subo casi todas las
noches subo a darme un vuelton por allá a ver qué hay y también a hacer el
chance. Pero vamos más tarde porque de momento me voy a tirar a la cama un
rato, dijo Alcides.
Simón
pensó que era mejor esperar a su vecino, iba a ser conveniente para él dejarse
ver acompañando en el caserío. Ir solo lo iba exponer a las miradas incómodas
que les dedican los locales a los forasteros y él no quería eso.
-Me
parece bien, le dijo Simón, yo lo espero.
Volvió
a su casa y se sentó en el catre, agarró una libreta que tenía en el maletín y
recorriendo el espacio hizo una lista de lo que hacía falta: bombillos, papel
higiénico, crema dental, jabón de baño, jabón para la ropa, candela o fósforos.
Se detuvo en la cocina y vio que solo había un fogón, iba a tener que cocinar
con leña, ni siquiera le gustaba cocinar y ahora resultaba que lo único que
tenía a su disposición era un fogón de leña. Tal vez le vendría bien comprar
una estufa y un cilindro de gas. Aunque consiguiera lo que necesitaba con más
urgencia en el caserío era evidente que ir al pueblo no iba a dar espera. Por
lo menos ya tenía claro el horario de la ruta. Dejó la libreta a un lado y
volvió a revisar el zarzo a ver que más encontraba.
Mientras
tanto en la otra casa, Carmen buscaba en un baúl la cobija y las sábanas que le
iba a prestar a Simón, caminaba de puntitas intentando hacer el menor ruido
posible, no quería interrumpir la siesta de Alcides que descansaba patiabierto
en la cama. O todos los muchachos eran a si de descuidados o éste en especial
estaba tonto, pensó Carmen. Cómo se le ocurría venirse a vivir en una casa que
sabía que estaba vacía y no traer nada. Por más descomplicada que fuera la
persona por lo menos el cepillo de dientes cargaba.
Dejó
sobre la mesa las cobijas y las sábanas dobladas. Fue al patio y recogió la
ropa que ya estaba seca, la guardó y volvió a la cocina, iba a asar plátanos
para la comida, tenía cerca al arrume de leña un racimo de dominico que Alcides
le había traído el día anterior.
-Me
dormí mucho, preguntó Alcides entrando a la cocina estirando los brazos sobre
su cabeza.
-No
mijo, por ahí media hora.
-Media
hora, ja, ese café debe haberse terminado de pelar hace rato, usted ya apagó
ese motor.
-No
mijo, yo no me he asomado por allá.
-Ahora
vuelvo, dijo Alcides y se dirigió al beneficiadero.
Simón
estaba en el corredor cuando vio a su vecino salir y salió tras él, al trote
para alcanzarlo.
-Entonces,
don Alcides, qué hace.
-Nada
mijo, nada, me quedé dormido y se me olvido que había dejado el motor prendido.
Simón entró
en el beneficiadero mirando ese cuarto con curiosidad, había tanques,
herramientas amontonadas en un rincón, costales, cocos, rollos de cabuya y por
su puesto la máquina de pelar el café, envejecida, alguna vez había sido verde,
al lado derecho caía el café pelado y baboso y al otro lado la cascarilla
húmeda y aromática, dulcete.
-A
usted le va a tocar comprar motor también, porque allá no hay, dijo Alcides
interrumpiendo la curiosidad de Simón por ese espacio.
-Ya
estoy armando una lista de lo que voy a tener que comprar, don Alcides.
-Pero
ponga el motor de último que ese no es tan urgente, pues porque pa qué un motor
ahora si apenas va a sembrar el café. Cuando ya lo compré y lo use acuérdese
que es mejor quedarse ahí pendiente de él hasta que termine de pelar el café
para que no se quede eso ahí girando solo.
-Oiga
don Alcides y eso no come mucha energía
-No
mijo, lo normal, igual como uno lo usa solo pa pelar el café y listo. El
problema es cuando se va la luz, porque le toca a uno pelar a mano, y pelar a
mano si es una cosa muy malparida, uno mamado de trabajar todo el día y salir a
darle manivela a esto, muy verraco.
-Y por
acá se va mucho la energía.
-Pues
mucho no, una o dos veces al mes, el problema no es que se vaya, el problema es
lo que se demora en volver, a veces pasan hasta tres días sin que la echen.
-Una o
dos veces al mes, don Alcides, eso es mucho. Pero por lo menos es barata,
porque si el servicio es malo cara no puede ser.
-Barata,
no mijo, barato en la vida lo que uno produce, de resto, de resto todo es caro
como un putas.
-Yo
venía creído que por acá los servicios eran más baratos, suspiro Simón.
-Pues
en comparación a la ciudad si son más baratos y por lo menos por acá usted no
paga agua, pues nosotros acá no, porque agarramos el agua de la cañada, la casa
de Mario y está. Cuando estuve allá en Tuluá vi que pagan dizque alumbrado
público y también servicio de aseo, en cambio acá no paga nada de eso. Pero
igual barato tampoco es.
Simón
se acercó al tanque y se inclinó para agarrar un puñado de café, estaba baboso,
frío, duro. Lo acercó a su nariz, no olía a tinto.
-Ahora
que está así que hace con él, preguntó Simón aún con el café en las manos.
-Lo
dejó así y mañana lo lavo, hay que quitarle esa baba y luego en la helda lo
zarandeo y lo dejo secar.
-Yo no
sabía que lo lavaban.
-No,
mijo, es que no lo pongo en duda, usted de esto se ve que no sabe nada.
-Menos
mal está usted para enseñarme, don Alcides.
-No se
haga nada pa eso, claro como yo estoy acá pa perder el tiempo con principiantes,
camine mejor vamos a comer que Carmen está llamado.
Volvieron
a la casa y simón vio la mesa servida, no recordaba la última vez que había
comido tanto en un día, no recordaba la última vez que había comido a una hora
fija como lo hacía la mayoría de la gente. Desde su adolescencia la comida
llegaba cuando llegaba el hambre, almorzar a las cuatro de la tarde, comer a
las diez de la noche, desayunar al medio día. Una rutina, iba aprender además
de producir café a tener una rutina. Una nueva rutina.
Alcides
comía con ganas, su plato estaba hasta el borde de frijoles con arroz. En una
mano tenía la cuchara y en la otra alternaba una arepa y un chicharrón. Carmen
comía despacio, casi con pereza. Simón los observaba sin dejar de masticar,
fascinado con el sabor del plátano.
-Esto
está muy rico doña Carmen, muy rico.
-Si
quiere más, me dice, mijo.
-No,
doña Carmen, no, con esto es más que suficiente.
-Hágale
sin pena, si quiere más diga que ahí hay más, dijo Alcides.
-Doña
Carmen y usted cocina todo con leña, preguntó Simón.
-Casi
todo mijo, ese fogoncito trabaja muy bueno.
-Es que
yo allí en la casa vi que hay un fogón, pero yo que voy a cocinar en fogón, yo
ni siquiera sé cómo se prende, entonces estoy pensando en comprar mejor una
estufa de gas, usted tiene estufa de gas acá.
-No
mijo, de gas no, acá tenemos una de luz, es que el gas sale caro, esas pipas se
acaban como nada, cuando hay trabajadores más, aunque usted como vive solo y va
a cocinar para usted no más, pues si podría tener una de gas. Pero también
puede comer acá, no se tiene que complicar por eso.
-También
puede comprar una estufa de luz, más fácil. La tiene ahí para que caliente el
agua por las noches para lavarse las manos y los pies, porque como dice Carmen
usted puede seguir comiendo acá, afirmó Alcides.
-Pero
usted no me dice pues que la energía es cara, imagínese entonces con una estufa,
se me va la plata que traje pagando recibos.
-Es
que usted no la puede prender sin antes poner el contrabando, ja, claro, sino
le llega carísimo ese recibo, dijo Carmen.
-Cómo
así que el contrabando, preguntó Simón.
-No
mija, este muchacho si es que, mejor dicho, parece un atronado, pobre, por acá
todo perdido, dijo Alcides mirando a Carmen. El contrabando, la trampita, acá
tenemos y Mario tenía allá también, fíjese y vera, es los más fácil, el
contador de la luz, si lo ha visto, es como una cajita y ahí adentro está el
disco ese que gira, nosotros le hicimos un rotico a esa cajita, en la parte de
arriba y por ahí metemos un alambre para frenar el disco, entonces cuando
prendemos la estufa, o el motor o cualquier otra cosa tenemos es disco frenado
y listo, nosotros obviamente lo dejamos correr pa que no llegue tan barato
tampoco el recibo, pa que no sospechen en la empresa, allá en la casa de Mario
también está igual, vaya mire y verá
-En
serio hacen eso, no, cómo así, y es que los de la empresa de la energía no se
dan cuenta.
-Es
que uno no se deja pillar, uno mantiene pendiente, por ejemplo, pone el
alambrito después de las cinco de la tarde, a esa hora ya no viene nadie de la
empresa por ahí, lo quita temprano, antes de la ocho de la mañana, además ellos
vienen a revisar el contador cada mes, no más, de resto no vienen por ahí, es
cuestión de estar pendiente, explicó Carmen.
-Una
estufa de luz, eso necesita, no más, no hace falta joder con ese cilindro,
necesita eso y también un hacha pa que raje leña, porque de todas maneras
teniendo el fogón ahí también tiene que aprender a utilizarlo.
-Es
verdad, Simón, es verdad, con una estufa de luz, apenas es, igual como le digo,
usted puede seguir comiendo acá.
-Muchas
gracias, doña Carmen, usted es muy amable, yo le creo que usted no tiene
problema con que yo coma acá, pero es que a mí me da pena.
-Pena
de qué, esas bobadas, si es con mucho gusto, acá los amigos de Mario son amigos
de nosotros, dijo Carmen.
-Es
verdad, pena de qué, si le da pena, compre la carne, unas 12 libras semanales y
listo así no siente pena, dijo Alcides, riendo.
-Pues
hasta puede ser, respondió Simón animado.
Cuando
terminó de comer Simón quiso llevar el plato a la cocina para lavarlo, pero
Carmen lo detuvo como lo había hecho al desayuno y al almuerzo. Se volvió a
sentar y esperó a Alcides que entró a cambiarse de ropa para ir al caserío.
-Voy
por plata, dijo Simón, cuando esté listo me llama don Alcides.
Cruzó
el patio y entró apurado, fue directo al morral y abrió uno de los bolsillos
externos para buscar un paquete de pañuelos que su compañera mareada de bus
había dejado olvidado en la silla, lo abrió y contó los pañuelos, tres, eso
quedaba, con eso se tendría que defender. Afanó el paso y se encerró en el
baño. La puerta desvencijada y ruidosa se cerraba con un cordón que se enredaba
en una puntilla clavada en la pared, la única en ladrillos de toda la casa. El
sanitario estaba mugroso, pensó en usar uno de los pañuelos para limpiarlo
antes de sentarse, pero el retorcijón en el vientre le indicó que tal vez con
esos pañuelos no iba a ser suficiente, lo volvió a mirar y se bajó los
pantalones, no había tiempo para más, iba a tocar así, se sentó. Sintió el frío
en las nalgas y se le heló hasta el ánimo. Qué putas estoy haciendo yo aquí,
qué pasó, se dijo.
-Simón,
camine pues, gritó Alcides desde el patio.
El
muchacho intentando hacer rendir los pañuelos encerrado en ese baño oyó a su
vecino, le hubiera gustado pedirle que le trajera papel higiénico, pero no, no
podía hacer eso.
-Ya
voy, don Alcides, ya voy, deme un minuto, respondió Simón a gritos también.
-Fijo,
le estoy dañando una cagada, le dijo Alcides a Carmen.
-Ay,
mijo.
-Qué,
eso debe estar haciendo, por qué igual uno que más va poder hacer en esa casa
si no hay nada, vea eso, ni luz.
-Simón,
hermano, camine pues, volvió a gritar Alcides.
-Ya
voy don Alcides ya voy, respondió el muchacho.
-Mijo,
no sea sí, no lo afane, déjelo tranquilo.
-Bueno,
mija, bueno, pero que se mueva entonces.
Simón
escuchaba a sus vecinos hablar. Se subió los pantalones y tiro los pañuelos en
el inodoro porque cesta para basura tampoco tenía. Cuando fue a vaciar se dio
cuenta que no bajaba agua. Buscó en el lavadero y la cocina un valde para
echarle agua.
-Simón,
no va ir nada.
-Ya
salgo don Alcides ya salgo.
Abrió la
llave del lavadero y se lavó las manos. Ya vaciaría luego, cuando volviera,
cuando comprará bombillos, por ahí en algún lado había un valde, él lo había
visto.
-Listo
don Alcides, vamos pues, dijo el muchacho saliendo de la casa.
-Casi,
que no, qué pasó, le cayó mal la comida o qué.
-No,
don Alcides, no, nada de eso.
-Ah
bueno, menos mal, yo sí creí que andaba flojito.
-No,
no, nada.
-No
nos demoramos, mija, ya volvemos.
-Hasta
luego doña Carmen, dijo Simón.
La
mujer se despidió de ambos agitando con suavidad la mano a la altura del pecho
mientras les deseaba que les fuera bien, luego les dio la espalda y entró a la
cocina, aún tenía que lavar la loza y dejar el maíz cocinando.
Los
hombres caminaron carrera arriba, Alcides llevaba la linterna en la mano, pero
no la prendía porque según él todavía se veía bien así y las pilas había que
hacerlas rendir.
-Oiga,
Simón, usted si sabe que si a uno lo apura una cagada en el tajo no se puede
venir corriendo para la casa a buscar el baño. Por acá no es como en esas
oficinas en las que la gente está yendo al baño a cada rato.
-Cómo
así qué no, don Alcides, y entonces.
-Y
entonces, entonces es acurrucándose donde se pueda, si lleva papel encaletado
en el bolsillo, pues bien, y si no le toca limpiarse con hojitas, de plátano
puede ser, aunque también depende del rastrojo que tenga a mano, luego le echa
tierrita al bollo y listo.
-En
serio.
-Cuando
le diga, hermano, cuando le diga.
-Tanta
incomodidad, tanta.
-No,
ni tanto hermano, ni tanto, lo normal.
-Oiga
don Alcides y hablando de otra cosa, pues, como para dejar estos temas
escatológico de lado, porque, pues ya me quedó claro. Dígame mejor, a doña
Carmen no le da miedo quedarse sola en la casa.
-
¿Carmen?, bendito, esa mujer es más verraca que cualquiera, ahí donde usted la
ve, así como callada, como menudita, tiene más guevas que uno. Para ella
quedarse en esta casa es lo normal, una casa al bordo de carretera, ahí no hay
de que tener miedo, pero ella se ha quedado sola en cañones enterrados de verdad,
casas que en serio son un destierro, y se ha quedado sola no un rato sino días,
semanas enteras. Es que yo le digo una cosa a usted, Simón, El Señor hace muy
bien sus cosas, no pierde ninguna. Vea no más, me juntó a mí con Carmen, la
mujer hecha para mí, con ella yo estoy seguro.
-A
usted si le daría miedo quedarse solo en una casa, don Alcides.
-No,
mijo, cuál miedo, esas bobadas, yo no le a decir que soy un tipo muy verraco,
porque pues uno si se asusta, pero no, miedo no.
-Es
que como a uno siempre le cuenta esas historias de que en las fincas asustan, y
que las brujas y el duende y los caballos con trenzas y las cadenas que se
arrastran por el piso, uno termina creyendo. Yo por lo menos, se lo digo con
sinceridad, venía asustado anoche, yo en cada curva de esa carretera creía que
me iba a salir algo.
-No,
mijo, eso no, pues, cosas raras sí hay, a muchos los han asustado, yo mismo he
visto cosas muy azarosas voleando pata de noche por todos estos caminos, pero
no, nada tampoco como para andar con miedo, uno de todas maneras anda es
encomendado a Dios y la virgen santísima, eso es lo que uno tiene.
Simón
y Alcides caminaban a buen ritmo y saludaban a las personas que vivían en las
casas que iban encontrando al bordo de la carretera, “buenas noches, cómo me
les va”, decía Alcides y Simón lo imitaba con un todo de voz más bajo, más
tímido, entre los dientes. Simón notaba que la gente lo miraba con curiosidad,
aunque estuviera con Alcides seguía siendo un forastero.
En la
plaza de La Soledad, Simón sintió que a esa hora de la noche el caserío parecía
más alegrador e incluso más grande de lo que le había parecido en la madrugada.
Niños corrían detrás de un balón, un billar estaba abierto y sonaba música
guasca. Al lado del billar una tienda con un arrume de bultos de papa en la
puerta de entrada, unos metros más allá otra tienda similar. El lugar parecía
mucho más comercial de lo que imaginó horas antes cuando pasó por ahí al trote
huyéndole al aguacero.
-Camine
pues lo llevo a la tienda, acá hay varias, pero lo voy a llevar a la que es, de
la que soy cliente yo, en la que me fían, porque por acá el que quiere vender
tiene que fiar. Uno compra dos o tres veces de contado y luego dispara por el
fiado, porque uno en tiempo malo se queda semanas sin coger un peso, si no hay
café no hay plata y a menos que uno tenga quien le fie se le pierde la comida,
por eso este señor, don Heriberto, es el mío, me ha salvado más de una vez. Lo
presento y lo dejo ahí y me voy pal billar, cuando termine de comprar me busca
allá.
Entraron
en la tienda, saludaron, tres hombres de mediana edad conversaban y veían la
televisión mientras que afuera, al lado una de las puertas de entrada, dos
mujeres hablan del asma que estaba afectando a uno de sus hijos. Simón
observaba el lugar mientras Alcides hablaba con el dueño. En el televisor
terminaba el minuto de Dios y empezaban el noticiero.
-Ahí
lo dejó con el hombre, le dije que usted es el nuevo agregado de Mario, mejor
así, pa que no se nos haga larga la explicación, o usted qué cree.
-Claro
don Alcides, así está bien, muchas gracias.
-Hágale
hermano, ahora nos vemos, pues.
-Cómo
le va, dijo Simón, cortés. Hágame el favor y me da tres rollos de papel
higiénico, una crema dental grande, un cepillo de dientes, hizo una pausa para
mirar la lista y luego miró las estanterías, un par pilas grandes, un par de máquinas
de afeitar también.
El
tendero, apesadumbrado, caminaba hasta las estanterías y regresaba con los
productos que iba amontonado sobre el mostrador mientras escribía en un papel
suelto el precio de cada artículo.
-Bueno,
compa, qué pasó pues con Mario, fue que se aburrió por allá y lo mando a usted
para que le vaya organizando la finca para no encontrarse con ese monte cuando
vuelva, dijo el tendero en todo jocoso. Se notaba que con esa afirmación supuesta
buscaba que el muchacho le dijera más, lo pusiera al tanto.
-Simón
sonrió al escuchar las palabras del tendero, no señor, Mario está muy contento
por allá, ese no se vuelve. El que se aburrió fui yo, dijo Simón, Vea, véndame
también unos tres bombillos, de los buenos.
-Acá
no vendemos nada malo, compa.
El
tendero jaló una banca y se encaramó en ella para alcanzar el paflón que estaba
en techo. Simón lo observada con atención sin saber si el tendero andaba
disgustado o esa era su cara y su actitud de siempre.
-Mírelo
pues, compa, se los entrego alumbrado, mírelos bien porque después de ensayados
eso ya no tiene cambio, para que no me vaya a aparecer por acá reclamando.
-Y es
que salen malos, preguntó Simón.
-Malos,
no, bendito, si esto es una putería, pero igual le digo porque a la gente es
mejor decirle las cosas, mírelo pues, parece de día, que verraquera si alumbran
harto.
-Si
señor, muy buenos, deme también jabón de ropa y jabón de baño.
-Bueno,
pero entonces usted qué, cómo es que se viene por acá, no dicen pues que Tuluá
es la putería y que allá todo el mundo consigue, si es así entonces usted como
se viene dizque a trabajar una finca caída.
-Retos
que se pone uno, vecino, y ganas de conocer, es que Mario me habla tanto de
esto por acá que me dio por venirme a conocer.
-No,
hombre, la cagó entonces, para conocer por acá, no hace falta venirse a
trabajar, con una semana que venga de paseo es suficiente.
-También
es verdad, vecino, pero igual, vamos a ver qué pasa.
-Pues
qué va a pasar, pues que le va a saber a mierda estar por aquí, eso es obvio,
imagínese, usted solo levantando una finca, mejor dicho, compa, usted no sabe
lo que le espera.
-Como
le digo, vecino, vamos a ver qué pasa, dijo Simón incomodo con la conversación.
Deme también un desodorante y un sombrero de estos.
Simón
agarró el sombrero de caña tejida de un arrume que estaba sobre una vitrina
vertical ubicada el lado del mostrador y se lo midió, luego agarró otro y
siguió así hasta que encontró el que le quedaba. Se lo dejó puesto y le pidió
al tendero que le hiciera la cuenta, quería salir rápido de ahí.
Mientras
el tendero hacía la cuenta Simón se fijó en el televisor en el que los dos
señores veían en silencio el noticiero, el periodista habla del incremento de
las bandas criminales y la extorsión en la capital del país después del
estallido social. Meses antes esos mismos señores sentados en esa tienda seguro
habían visto notas sobre Tuluá, notas sobre los manifestantes, las jornadas de
protesta y los edificios quemados.
-Por
qué suma así, vecinos, es que son escasas las calculadoras por acá, preguntó
Simón.
-La
seguridad que me da el lápiz no me la da ninguna calculadora, yo tengo
calculadoras acá, dijo el tendero abriendo un cajo que tenía una de las
estanterías para mostrarle el aparato al muchacho, pero se pone uno a sumar en
eso, y se le olvida hacer cuentas en la cabeza por eso es que eso muchachos de
hoy en día no saben nada de cuentas, a toda hora atenidos a esos aparatos.
-Yo
soy de esos, vecino, sin una calculadora no soy nadie, vea hasta donde tuve que
venir para ver esto, alguien que se rehúsa a usar la calculadora, comentó simón
y sacó de su bolsillo un par de billete y para pagar la cuenta. Agarró la bolsa
en la que le habían empacado sus cosas y se despidió del tendero y del resto de
personas en la tienda.
-Vea,
no es por desanimarlo ni nada, usted ya está por acá, aunque todavía esta a
tiempo de irse, hágame caso, viendo que usted es de Tuluá, si quiere conocer y
sacudirse la angurria de la ciudad, mejor váyase para el pacifico a pescar, por
allá si es, vea, si allá un pescador saca en un día lo que debe pescar una
semana, el resto de los días los descansa, una belleza, si o qué, por acá en
cambio todo es trabajo, compa.
Simón
oyó al tendero y no respondió, se volvió a despedir y salió de la tienda cargando
la bolsa con lo comprado.
En el
billar Alcides estaba jugando un chico con dos hombres más, uno que se enredaba
en una ruana color café cada que iba a tacar y que insistía en tenerla puesta,
aunque le estorbara. El otro se quitaba el sombrero y lo estrujaba como pelota
antiestrés cada que uno de sus oponentes metía una bola.
Alcides
vio al muchacho de pie junto a la puerta, y con las manos le señaló que estaba
jugando.
-Terminó
rápido, Simón, yo creí que se demoraba más, por eso me puse a jugar, usted vera
si me espera o va bajando solo, si quiere le presto la linterna.
Simón
puso la bolsa en el suelo, jaló una silla que estaba cerca de la puerta para
sentarse, juegue tranquilo don Alcides que yo lo espero, dijo el muchacho.
-Vea,
le presento, este es Favio, dijo Alcides y señaló al hombre de la ruana, Simón
se puso de pie y le dio la mano, la estrecharon con fuerza. Este otro, es Asdrúbal, Simón le dio la mano
también al hombre del sombrero.
-Estos
son hermanos, viven por acá cerca, buenos pa coger café, pero eso sí, malitos
pa jugar billar. Ellos son conocidos de Mario también, dijo Alcides
señalándolos con el taco.
Los
hombres le sonrieron a Simón sin deja de jugar su chico, el dueño del billar,
amigo de todos en el lugar se acercó al muchacho y se presentó por iniciativa
propia mientras que le decía que el billar estaba a su disposición y que si se
iba a tomar algo. Simón se sintió acorralado por la amabilidad del tipo y la
insistencia de que se tomara algo, después de insistir el muchacho terminó
pidiendo una cerveza y se dio cuenta del poder de persuasión del dueño del
billar solo cuando vio las cuatro cervezas puestas en la mesa y entendió que no
solo compró para él sino para Alcides y sus amigos que estaban jugando a palo
seco.
-Pagó
por recién llegado, mijo, el verriondo del Ramiro le hace eso a todos los
recién llegados. Los enreda y les vende, aunque no quieran comprar, él tiene la
chispa para eso, lo malo es que lo puede hacer solo una vez con la misma
persona y que no lo puede hacer mucho porque no hay muchas gentes nuevas por
acá. En cosecha había mucho forastero que venía a coger café, pero de eso ya
hace unos años porque ahora con las cosechas tan malas, la roya acabando con
los cafetales y el precio acabando con nosotros a duras penas resulta trabajo
para los jornaleros de por acá. Mientras Alcides hablaba los muchachos
aprobaban asintiendo con la cabeza.
El
juego no tardó mucho y mientras Alcides lo terminaba Simón se paró en la puerta
a mirar a la plaza. Los niños seguían jugando con un balón, otros daban vueltas
en círculos en sus bicicletas sin alejarse de la luz que proporcionaba las
lámparas del alumbrado público del caserío.
Nadie
lo iba a buscar ahí, pensó Simón, mirando esa plaza, lo que le parecía curioso
a esa era que en apena un día estando ahí todas las personas con las que había
hablado le sugirieran que era mejor irse. Alcides lo reiteraba, seguro sin
darse cuenta, cuando se quejaba del precio del café, de la roya, pero no se iba
a ir, no era una opción.
Al
lado del billar unas señoras hablaban sentadas en una banca larga en la parte
de afuera de una cacharrería hablaban animadamente. Simón miró el cartel de la
venta de minutos por un momento, tenía ganas de hablar con alguien, pero no
sabía con quién, todos los números de sus amigos lo tenía en el celular que no
había traído. Solo se acordaba del número de su exnovia y a ella no pensaba
llamarla, también se acordaba del número fijo de la casa de David, a ese
tampoco lo iba a llamar porque podía ser el papá de su amigo el que le
respondiera y era mejor evitar hablar con él, ese señor no lo quería y el
sentimiento era compartido.
Cuando
se disponían a salir del billar para regresar a la casa donde Carmen los
esperaba, un hombre bajito de bigote espeso y bien recortado entro al billar,
saludó jovial a todos los presentes incluido Alcides a quien le palmoteó la
espalda, la ver al muchacho se acercó para palmotearlo también.
-Y éste
¿qué hace por acá, es que vino Mario o qué pasó?
Simón
lo conocía, el bigotudo había tenido tienda en Tuluá y cuando el papá se
enfermó la tuvo que vender para volver a La Soledad a estar con él y ayudarlo con
la finca porque según el viejo la muerte lo tenía que encontrar ahí en ninguna
otra parte que no fuera en su gurrera.
¿Ustedes
de dónde se conocen, pues? preguntó Alcides.
-De
Tuluá, él tenía una tienda allá.
-el
pelao se acuerda de mí y todo, si ve, era buena la tienda, cierto pelao, dígales
a estos que a usted si le consta porque la vio, es que aquí más de uno dice que
a mí me tocó venirme dizque porque me fue mal, una belleza de ese punto sioqué
pelao, una belleza, dijo el bigotudo, dígales usted, usted que si vio la tienda,
usted si sabe. Alcides y los demás
esperaban a que Simón dijera algo.
-Claro
hombre, como dice usted, una belleza de negocio, cómo no me voy a acordar si
casi ni le quedó tiempo de atendernos la visita porque eso parecía un aguacero,
compradores como gotas uno tras otro, eso sí, era un menudeo, no más de mil
pesos, pues eso fue lo que vi yo ese día, pero eso sí, uno tras otro ni tiempo
de limpiarse la frente tendría usted.
-Si
vieron, lo que yo les decía, eso era un voleo parejo, todo el día, a mí me dio
mucho pesar vender ese negocio, pero yo tenía que venirme para estar al lado de
papá, pero si papá no se hubiera puesto de porfiado y se hubiera ido a vivir
conmigo allá, créame, hermano, créame que yo no vendo ese negocio, es que este
lo vio, él sabe que no les hablo mierda, por qué para qué me voy a poner yo a
hablarles mierda, eso era una belleza de tienda, dijo el bigotudo. ¿Pero y
entonces, vino con Mario qué? Preguntó luego.
Después
de escuchar la respuesta del muchacho y corroborar que los alardes del bigotudo
eran serio los demás ocupantes del bar siguieron en sus cosas, hubieran
preferido que el muchacho dijera lo contrario y desmintiera al fantoche del
bigotes para burlarse un rato de él, pero como nada de eso pasó, dejaron que la
conversación transcurriera solo entre los tres que estaban atravesados en la entrada
del billar.
-Mario
no vino, el muchacho vino solo a encargarse de la finca, dijo Alcides, que si
hubiera permanecido dos minutos más en silencio se hubiera sentido como
expulsado de la charla.
-Este
vergajo por acá. Quieto. Como así que usted en una finca. No estaba pues en la
universidad y todo, me creí cualquier cosa menos que este muchacho se fuera a
venir a trabajar una finca, por acá va a perder el tiempo, lo suyos son las
tiendas usted es avispado para eso y eso es lo que pega en Tuluá, cómo se va a
venir de huida de la gallina de los huevos de oro, dijo el hombre acariciándose
por momentos en bigote.
-Yo
tenía ganas de venir a quedarme por acá un tiempo, tenía ganas de tener una
finca.
-Menos
mal ahí tiene a don Alcides que es un verraco y le puede ayudar, porque eso con
ganas no más, no aguanta. Oiga, pero y usted qué más, qué paso con la
universidad y con esos tipos con los que usted andaba, los mariguanos esos de
las capuchas con los que se la pasaba cerrando vías y armando paros y protestas
dizque porque ningún hijueputa va a privatizar la educación pública y a acabar
con el Sena.
Simón
se puso pálido, le temblaron los labios y tardó en responder a la pregunta.
Alcides que esperaba atento la respuesta del muchacho que en todo el día no
había hablado de amigos ni de universidad, se inquietó al ver la reacción del
muchacho.
-La
universidad bien, ya terminé materias, pero me estaba quedando grande el
trabajo final, entonces no matricule este semestre a ver si me relajo un
poquito, me estaba enfermando la ansiedad, dijo Simón con cierto temblor en la
voz. Y mis amigos, pues allá están, allá siguen. Yo que me iba a poner a traer
gente por acá, si ni siquiera les gusta la finca.
-Menos
mal no los trajo porque mariguanos cerquita mío no quiero, gente viciosa y problemática
no sirve en ninguna parte, ahora no me vaya a resultar que usted también es un
mariguanero, reprochó Alcides.
-No
don Alcides, cómo se le ocurre.
-Pero
esa gente resultó brava, vea como quemaron el centro allá, tanto mariquiaron
tirándose a la calle a estorbar con sus tales reclamos y sus pancartas que
hasta terminaron de guerrillos, que miedo hermano. Que miedo esa gente, agarran
un pueblo y lo acaban, dijo el bigotudo.
Simón
no dijo nada, se rasco la nariz y se quitó el sombrero y se lo volvió a poner,
le dio un trago largo a la cerveza sin mirar al bigotudo, sin mirar a Alcides.
-Es
verdad, esa gente es capaz de acabar, dijo Alcides.
-Bueno,
voy a jugar, todo bien pues, Simón, ahí estamos hablando, mi más sentido
pésame, esa finca está muerta, usted no va a poder con eso.
Simón
y Alcides se despidieron del bigotudo y salieron el billar, el chico estaba
acabado y ya era hora de ir buscando la casa.
-Compró
un montón de cosas, vea esa bolsada, dijo Alcides.
-Si
señor y todas cosas necesarias.
-Oiga,
dígame una cosa, si usted tiene que volver a la universidad a acabar entonces
cómo va a hacer, sembrar café no es una cosa de uno o dos meses, póngale dos
años para que coja la primera cosecha.
-Uno
se arregla don Alcides, para eso hay un plazo y todavía tengo tiempo.
-Yo no
se lo digo por malaleche ni nada, se lo digo para que sepa en lo que se está
metiendo, porque usted está a tiempo todavía. Es momento de arrepentirse, se puede
quedar una semana por acá de paseo y se devuelve.
-No
don Alcides, yo sé, yo le entiendo, pero yo viene a quedarme un tiempo, yo
estoy decidido, respondió Simón que seguía sin entender porque todos le sugerían
que se fuera.
-Ah
bueno, hágale pues, usted es el que sabe. Oiga y en serio era tan bueno el
negocio del bigotes, a ese como le gusta de harto la plata, cómo fue que dejó
entonces una mina de esas, comentó Alcides.
-Un
negocio normal, don Alcides, pero a mí me da pena hacer quedar mal a la gente.
-Yo sí
sabía, ese no es sino habla mierda.
Ese lo
que pasó fue que se metió con una vieja casada, la mujer de un torcido, el tipo
como que se cuenta o estaba sospechando de lo que pasaba y por eso fue que el
bigotudo se vino.
-Nosotros
por acá no nos sabíamos esa, dijo Alcides, o por lo menos a mí no me había
contado, que verraco ese, de razón, yo si sabía que algo tenía que haber por
ahí, ese cuento de que papá está enfermo no convence.
Alcides
caminó sobre la piedra picada del patio y entró al corredor, la puerta estaba
cerrada y Carmen estaba recostada en la cama esperando a que llegaran, acaba de
escuchar la misa en el radio y empezaba a rezar el rosario.
Simón entró
a la casa y puso sobre el aparador de la cocina la bolsa con las cosas que
había comprado, puso, un bombillo en la cocina y otro en el baño, saco el
cepillo y la crema dental y se cepillo los dientes como si no lo hubiera hecho
nunca y por primera vez ese día sintió la sensación de limpieza que hasta ese
momento le había parecido tan esquiva.
Carmen
dejó la cama para abrirle la puerta a su marido, que esperaba de pie mirando a
la casa de Mario.
- ¿Y
simón?, preguntó Carmen al ver a su marido solo, al mirar al frente vio al
muchacho que se cepillaba los dientes y caminaba por el corredor.
-Se ve
rara la casa con luz, después de tanto tiempo viéndola solo por el reflejo de
los bombillos de acá, dijo Carmen.
-Se va
a caer esa casa mija, con razón decía el muchacho esta mañana qué a eso había
que meterle la mano.
-En
menos de un mes, la va a ver bonita, a la casa les hace falta eso, que vivan en
ella, dijo Carmen.
-Es
conocido del bigotes, dijo Alcides
- ¿quien?,
preguntó Carmen
-El
muchacho, mija, quien más, dijo Alcides, estuvieron hablado un rato allá en el
billar, por lo que le dijo el bigotes y la cara que ese muchacho puso, parece
que anda metido en despelote ese del paro que hubo en estos días, ¿se
acuerda? de las noticias que salieron,
los gamines eso que quemaron edificios y todo, se ve que este es uno de esos.
-Será
que por eso fue que vino a dar por acá.
-Quién
sabe cómo será el cuento, nos va a tocar hablar bien con Mario, que no explique
él.
-Lo
llamamos para que tome la merienda, comentó Carmen
-Claro,
llámelo a ver, que no se vaya a acostar con hambre.
Carmen
le valió la mano a simón, quien hizo lo mismo cuando la vio, con luz se ve mejor,
gritó ella.
–La
mugre también se ve más, respondió él.
-Venga
un momentico, dijo Carmen y Simón de inmediato dejó el corredor de su casa y
cruzó el patio.
- ¿Y
cómo le fue en el caserío, compró lo que necesitaba comprar o le hizo falta
algo?, preguntó Carmen
-Si
señora, me encontré hasta a un conocido, dijo Simón, había gente, se veía
agradable, me lo imaginaba más aburrido.
-Si
usted hubiera visto a la soledad antes, cuando el café todavía servía para algo,
eso sí era una Soledad amañadora, por las noches eso era lleno y se armaban las
farras más verracas, y los fines de semana no le cabía un tinto a cucharadas ni
a La Soledad ni a Bolivia, o El Higuerón, Casaroña en Manzanares era tetiado,
pero ahora da tristeza, todo se va acabando, mijo, todo, dijo Alcides.
-Y es
qué le hace mucha falta estar mentido por allá en el casaroña ese, Alcides,
diga a ver.
-No,
mija no, cómo se le ocurre, lo digo no más para explicarle a Simón que todo se
acaba.
-Si
claro, como no, morrongo.
-Qué
es casaroña, don Acides.
-Un,
chochal mijo, pero uno grande, famoso por acá por todo esto.
Simón
miro con picardía a su vecino y Carmen les dio la espalda para ir a la cocina
una vez, como lo había hecho durante todo el día.
-Entonces,
nos vamos a jugar un chico mañana o qué, dijo Alcides, mirando al muchacho como
si conociera la respuesta, él jugaba billar desde su adolescencia, del caserío
era uno de los que más juagaba.
-Cuando
quiera don Alcides, pero eso si me tiene que enseñar cómo se juega porque yo
nunca lo he hecho, de todas formas, podemos ensayar y de una vez usted juega
conmigo en el Xbox a ver cómo le va.
-Yo no
creo que usted se hubiera venido sin cepillo ni jabón y en cambio se hubiera
traído un juguete de esos, eso sí me parece un degenero, mijo, una maricada de
esas estorbando en la maleta viendo que ni siquiera televisor tiene, dijo
Alcides.
-La
mera ropa don Alcides, que más iba a traer, dijo simón, pero si usted quiere
jugar conseguimos uno, eso no es problema.
Carmen
trajo hasta la mesa dos tazas de café con leche caliente que puso sobre la
mesa, después regreso con la otra taza y una bolsa con panes. Traía el celular
en la mano.
Vea
simón el celular para que llame a Mario, demás que quiere saber cómo le ha ido
en su primer día por acá, dijo Carmen entregándole el teléfono al muchacho
quien lo tomo sin estar seguro de llamar, iba a marcar el numero cuando habló
Alcides, llámelo después de que se tomé el café hágale que no hay afán. Simón
puso el aparato sobre la mesa y empezaron a comer.
Marco
el número en el celular y se iba a poner de pie para alejarse de la mesa, pero
notó en la expresión de sus vecinos que lo que esperaban era que hablara ahí
delante de ellos, en confianza. Como una prueba, pensó Simón y se quedó ahí, en
el corredor,
Mario
no tardó en responder, nunca llevaba el celular en el bolsillo o cerca al
cuerpo mientras estaba en la tienda, siempre lo ponía al lado de la caja
registradora.
-Oiga
pues Simón, se estaba demorando para llamar, si no es porque Carmen llama a
decir que ya había llegado no me hubiera enterado, y Sara aquí pregunte y
pregunte que quién sabría a usted como le habría ido, dijo Mario.
-No
sabía si era prudente llamar o no, pero doña Carmen insistió, por eso llamé.
-Pero
qué, cómo le fue, cómo encontró el lugar, la casa, la finca, usted cree que sea
capaz de estar allá más de una semana, le dijo Mario.
-Una
semana y más. Hasta ahora todo va bien, eso si la casa esta para caerse hay me
voy a poner con Alcides a arreglar lo que más podamos, acá con ellos a uno no
le falta nada, es como la familia, dijo Simón. Oiga, pero nadie da un peso por
mí, todo el que me ve me sugiere que me devuelva.
-La
cara de gomelo, compa, esa no se puede disimular, ahora le toca demostrarle a
toda esa gente y a Alcides y a Carmen, que son justamente eso, su familia, que
usted si es capaz, así tengan más callos en las manos un bebé.
Simón
se despidió de su amigo, y le pasó el teléfono a Carmen para que ella lo
saludara también, ella tampoco habló mucho con Mario, no había mucho que
contar, él le recomendaba mucho al muchacho y ella le mandaba muchos saludos a
Sara y a los niños.
Pasados
uno minutos en los que estuvieron en silencio Alcides no se quedó con la duda,
que había disimulado, pero no abandonado y le preguntó a simón por los
mariguanos de los que había hablado el bigotes.
Simón
que sabía que esa pregunta iba a llegar, que sabía que su vecino estaba en
ascuas desde que había escuchado al bigotes no se puso con rodeos y le dijo que
algunos de eso mariguanos, como los llamaban ellos, aunque en realidad no lo
eran, habían quemado el centro del pueblo y él también había estado ahí.
-A
varios de los que estuvieron en las protestas de esa noche, los han
desaparecido y a otros los han amenazado, hay cuerpos apareciendo desmembrados
en el río y yo no me iba a quedar esperando que me mataran.
Carmen
no dijo nada, al escuchar a Simón y Alcides tampoco lo hizo, ellos no
preguntaron más, lo que el muchacho había dicho parecía ser suficiente por el
momento.
-Será
irme a dormir para estar descansado mañana, para trabajar, dijo Simón caminado
a la puerta del corredor.
-Pues
si mijo, este día ya se acabó, lo mejor es dormir. dijo Carmen y Alcides lo
reafirmó asintiendo con la cabeza.
Simón
piso de nuevo el camino de piedra picada despidiéndose con un “hasta mañana” y
una pequeña sonrisa en el rostro, los vecinos le respondieron lo mismo y
entraron a la casa cerrando la puerta con tranca para que no fuera a meter
ningún ladrón.
Tan
pronto puso la cabeza en una amolda improvisada Simón se quedó dormido, Carmen
y Alcides por el contrario se demoraron más en conciliar el sueño.
-Entonces
Mario nos mandó a un malandro, a un gamín para que se lo cuidemos, para que se
lo rehabilitemos a punta de trabajo, dijo Alcides.
-Mijo,
él dijo que estuvo ahí, no dijo que el haya hecho algo.
-Es lo
mismo, estuvo ahí, nada tiene que hacer una persona correcta metida en esas
maricadas.
-Pero
usted también vio las noticias, usted también vio que muchas de los reclamos de
la gente eran justificados, usted mismo dijo que tenía razón.
-Pues
sí, sentido si tienen, como no va a tener sentido reclamar por mejoras, pero
todos sabemos que esto va a seguir igual y que nada se saca quemando edificios
o matando policías o volviéndolo todo un mierdero.
-Pero
nosotros no sabemos que hizo él, o que no hizo. No sabemos sino lo que dice,
que está aquí buscando seguridad.
-Pues
sí, pero de todas formas mal hecho de Mario no decirle a uno bien como son las
cosas, nos hubiera dicho.
-Si yo
tuviera un hijo, también preferiría que se esconda a que lo maten, no importa
lo que haya hecho.
-Pero él
no es hijo suyo mija, no es hijo suyo y no es hijo de Mario tampoco, no es lo
mismo.
-Yo no
lo digo por Mario, lo digo por la mamá, porque me pongo en el lugar de la mamá.
Porque me imagino lo horrible que debe ser que a uno le puedan desaparecer a un
hijo.
-Pero
usted que va a saber de eso mija, si usted no ha tenido hijos.
Carmen
escuchó lo que dijo Alcides y no dijo más. Se acomodó en la cama con la
camándula en las manos.
-No se
enoje mija, no era eso lo que quería decir.
-Entonces
que quería decir.
-No
sé, no sé, me confunde todo esto.
-Dijo
lo que dijo, que no soy mamá, porque claro, como para usted los abortos no
cuentan. Porque como no ha sido usted el que ha tenido a esos angelitos en su
vientre y luego los ha visto morir.
-También
eran hijos mios, Carmen, también podrían ser hijos míos ahora, si El Señor los
hubiera dejado aquí.
-El Señor
no nos quitó a los niños.
-Entonces
porque no están, entonces porque no nacieron.
-No
sé, no sé, pero no es culpa del Señor, él sabe cómo hace sus cosas.
Alcides
empezó a quitarse la ropa, la dejó en el piso, cuando estuvo en calzoncillos apagó
la luz y se metió a la cama. Jaló la cobija y se cubrió. Carmen le dio la espalda. Él se acomodó y se echó
la bendición. Afuera otra vez empezaba a llover.

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