Segunda parte.
Apenas
puso los pies en el suelo lo primero que hizo Simón fue mirarse las manos. Había
subido desde La Soledad hasta Bolivia pegado en un jeep. A su lado otros dos
hombres pegados como él conversaban relajados, como si no implicara ningún
esfuerzo ir ahí de pie aferrado con ambas manos a un pedazo de fierro y con los
pies apoyados en una parrilla angosta. Con cada hueco, con cada pendiente y
cada curva el jeep se sacudía con más fuerza y Simón sentía como el ardor de
sus manos aumentaba.
-Qué
le pasó, preguntó Alcides acomodándose el poncho sobre el hombro.
-Nada,
me lastimé las ampollas.
-Pero
pa qué se puso a agarrarse tan duro, vea como se volvió, dizque con esas manos
ensangradas en el pueblo, camine y se lava allí en la cafetería y de una vez
gasta tinto.
-Cómo
que por agarrarme duro, me tenía que agarrar duro para no caerme.
-Pues
uno si tiene que prenderse con firmeza de la varilla, pero no hace falta tanta
fuerza, es más como de técnica, como de apoyarse bien.
-Apoyarse
bien en dónde, no ve pues esa parrilla, eso no está hecho para que cinco
personas y más vayan paradas ahí.
-Ya va
a empezar a quejarse, como si eso sirviera para algo, camine mejor para la
cafetería. la próxima vez espera la chiva y se viene sentado pa que no sufra.
Usted sabe que los domingos los jeeps pasan llenos, yo le he dicho.
-Pues
sí, me va a tocar en la chiva, dijo Simón, irritado.
-Y ya
pagó.
-Todavía
no, es que si me meto la mano al bolsillo ensució el jean.
-Deje
yo pagó, dijo Alcides, mandado la mano a un bolsillo. Se acercó al conductor,
cruzó un par de palabras con él y le entregó un par de billetes.
De
camino a la cafetería Alcides saludó a un señor de sombrero y camisa casi abierta
que conversaba con otros señores a un costado de la plaza, cerca de un puesto
de chance.
-Entonces,
primo, cómo vamos, qué más, qué cuenta, cómo va la finca y el caballo qué, al
fin se alivió.
-Alcides,
primo, qué más hombre, todo bien, hermano, todo bien, el caballo si se alivió,
pero ahora el que está sacando la mano soy yo.
-Cómo
así, primo, y eso, qué tiene.
-No
hermano, una hernia que me tiene jodido.
-Camine,
camine tomamos tinto y me cuenta bien, dijo Alcides. Ambos avanzaron y Simón
los siguió.
La
cafetería estaba llena, se acomodaron en una mesa que acaban de desocupar cerca
de la entrada. Alcides presentó a Simón y a su primo y le pidió a la mesera
tinto para los tres. Mientras les traían los tintos, Simón se fue en busca del
baño para lavarse las manos.
-Y ese
muchacho qué, es que nunca había trabajado, dijo después de verle las manos.
-Ese
es el agregado de Mario.
-Mario
parece bobo, dizque ponerse a mandar agregados desde por allá, picados que no
saben trabajar, viendo que por aquí hay tanta gente necesitando coloca.
-Pa
que vea usted, las formas de pensar de la gente, pero el pelado le mete ganas,
cuando le diga, perezoso no es. Pero bueno, cuente pues cómo es lo de la
hernia.
-Pues
hermano, que me tiene que operar, pero es muy duro que estos hijueputas lo
atiendan a uno, hoy tenía dizque una cita ahí en el hospital y fui y me
devolvieron, dizque que vuelva dentro de 15 días, como si a uno el dolor le
diera espera, dizque en 15 días, si fueran uno o dos días, pues normal, pero
nada. Yo ya como que no voy a joder más con esa chimbada por acá, me voy a recoger
una plata y de aquí a la otra semana me voy pa Manizales y pago un médico
particular. Es que acá pa cualquier puto incono toca mamárselas a esos
malparidos.
- ¿Cómo
así, y qué paso pues que no lo atendieron hoy? Preguntó Alcides mientras le
echaba azúcar al tinto.
-Lo de
siempre, que no había médico, que no vino este fin de semana, solo hay enfermas
entonces las citas que había para hoy las atiende los próximos fines de semana,
lo dejan morir a uno, primo.
Simón
que se había sentado en silencio después volver del baño seguía la conversación
atento y algo confundido.
-Pero
cómo así que no hay médico, y luego no es un hospital.
-No
mijo, es que por aquí no es como por allá en la ciudad, acá el medico viene de
Pensilvania una vez a la semana, no hay un médico de asiento, ahí se la pasan
es unas enfermas, o promotoras que no saben sino inyectar y coser heridas, de
resto cualquier emergencia toca es correr para Pensilvania o para Manzanares a
donde uno alcance a llegar más rápido antes de que la urgencia lo mate.
-
¿Entonces acá no viene especialistas ni nada? preguntó Simón.
-Bendito,
compa, a duras penas hay un médico general, en el caso mío, toca esperar a que
el médico de la orden y me remita para Manizales para que me hagan la operación
allá. Pero la verdad es que, si uno tiene la plata, o es capaz de conseguirla,
lo mejor es pagarle a un particular, el problema es que uno mantiene pelao a
toda hora.
-No,
hermano, muy difícil la situación, me dejó asustado usted, yo no sabía que esto
era así por aquí.
-Pa
que vea, chino, ahí le comento pues, pa que se vaya enterando y vaya sabiendo
donde se vino a meter, de todas formas, usted está joven y a uno joven no le
duele nada, dijo el primo de Alcides.
-El
problema es que uno se envejece muy rápido, casi que no se da ni cuenta de
cuando es que le llegan los dolores, intervino Alcides.
-También
es verda primo, también es verda, vea no más yo ya dizque herniado.
Terminado
el café, Alcides le hizo señas a la mesera que nos había atendido, le pagó. El
primo le dio las agracias y dijo que se iba a seguir volteando. Se despidió
también de Simón y se alejó.
-Bueno,
primero vamos a mercar y luego si vamos y compra las botas. A ver si estas si
las cuidad, porque eavemaria Simón, esas otras botas no le duraron ni un mes,
es que yo no sé cómo agarra usted ese machete, es que es el colmo que las
hubiera rodo así, de puro de buenas que no más las rompió porque se pudo haber
macheteado eso pies, imagínese, ahí si llevado. Pero bueno ahí va aprendiendo.
-Malas
esas botas, don Alcides, malas, se rompen con cualquier sobadita del machete.
-El mal
trabajador siempre le echa la culpa a la herramienta, camine mejor.
Entraron
al granero, que al igual que la cafetería estaba a reventar. Tras el largo
mostrador más de diez hombres amontonaban mercancía y despachaban remesas,
todos de camiseta blanca con el nombre del granero, todos con un lápiz y una
calculadora a la mano, todos sudorosos. En la caja, hombres y mujeres hacían
fila para pagar.
Alcides
sacó del bolsillo de la camisa la lista que le había hecho Carmen la noche
anterior, la letra era limpia y delicada y no se parecía en nada a los
garabatos de Alcides. Simón conoció la letra de su vecino en un calendario que
estaba colgado al lado del motor con el que despulpaba el café, en el
calendario su vecino llevaba el registro de las floraciones de los cafetales
para hacerse a una idea del café que iba a coger en la cosecha.
Aunque
había un trabajador desocupado, Alcides esperó a que estuviera libre otro de
los hombres de blanco.
-No es
lo mismo el uno que el otro, trabajan en el mismo lugar, dijo, Simón.
-No,
no es lo mismo, a mí me cae bien el otro, le tengo confianza, me gusta que me
atienda él.
-Ah
bueno, esperemos, pues.
-Si
quiere me espera en la plaza, o en la cafetería, pues si es que le ve problema
a esperar acá, de pronto se aburre.
-No
don Alcides, no, yo lo acompaño, no es que tenga problema con esperar, sino que
no sabía que usted tenía un despachador de confianza.
-Pa
qué vea usted.
Pasados
unos diez minutos el muchacho estuvo listo para atender Alcides, este empezó a
leer la lista y el muchacho a amontonar en el mostrador, fue rápido y mientras lo
atendía le habló de gallos y chicos de billar, de su papá y de moto que había
comprado. También le pregunto por la finca y por Carmen, Alcides hablaba
animado y escuchaba interesado, mientras Simón esperaba en silencio y guardando
la distancia.
Al
finalizar y con el mercado empacado Alcides le dijo al muchacho que pagaba eso
que iba a llevar y tenía 150 mil pesos para abonarle a la cuenta. El muchacho
le explicó al hombre en la caja y se despidió de Alcides y siguió atendiendo a
otro cliente.
-Cuánto
está debiendo acá, don Alcides, preguntó Simón.
-Como 500
mil, respondió Alcides.
La
gente entraba y salía del granero, los empleados movían bultos y se trepaban en
escaleras para alcanzar los productos más altos de las estanterías. Las voces
de la gente se confundían unas con otras y se escuchaban más altas que los
carros en la calle.
Simón
se mandó la mano al bolsillo y sacó con disimulo un fajo de billetes, contó
rápidamente los 500 mil pesos y se los estiró a Alcides.
-Esto
pa qué, preguntó Alcides.
-Cómo
que para qué, pues para pagar lo que debe, hágale, pague de una vez eso.
-Cómo
así que para qué pague, a usted quién le está pidiendo plata, o es qué yo le
estoy pidiendo plata prestada.
Simón
notó que la voz de Alcides había cambiado, parecía ofendido.
-Pues
usted no me ha pedido plata prestada don Alcides, pero es que esto no es un
préstamo, yo le estoy dando la plata para que pague esa deuda de una vez.
-Me la
está dando, cómo así, es que yo no necesito que usted me de plata, no señor, yo
eso no se lo voy a recibir, eso lo necesita a usted, además tampoco es que
tenga mucho, yo a usted todavía ni lo conozco y ya me voy a poner a recibirle
plata, sin saber siquiera de dónde la sacó. Guarde eso, guárdelo que yo no
necesito que me regale nada.
-Es
que yo no le estoy regalando nada, don Alcides, estoy pagando lo que me como, me
parece apenas lo justo. A mí me da pena estar comiendo siempre en su casa sin
dar un peso. Que no resulte que además de un malandro también ande creyendo
usted que soy un conchudo.
Los
clientes seguían haciendo sus compras, entrando y saliendo, mientras que
Alcides y Simón discutía en la puerta cuidándose de no molestar a la gente,
procurando ser un centro de atención.
-Yo no
creo que usted sea un malandro, y tampoco un conchudo. Tampoco es que me
resulte fácil de entender porque a un pelado se le ocurre que ir a quemar un
edificio es buena idea, pero igual el cuento es que yo a usted no le estoy
cobrando la comida, si se la fuera a cobrar entonces se la hubiera cobrado
desde el primer día. Un plato de comida no se le niega a nadie. Menos a un amigo
de Mario, así sea un vándalo.
-Un
vándalo no, eso no es así, pero de eso hablamos luego, acá lo importante es lo
de la cuenta. Acá además de la comida están sus instrucciones, sus ayudas en la
casa y en la finca, todo eso suma, yo igual la plata la tengo para los gastos
de la finca y pagar está cuenta hace parte de esos gastos. Esto es plata buena,
si de pronto también cree que tengo plata mal habida.
-No
diga lo que no es Simón que yo su honradez no la puedo poner en duda todavía
-De
todas formas, le digo, yo voy a pagar esa cuenta, porque yo tampoco viene a ser
una carga para nadie. Así que para que las cosas funcionen como se debe y no le
sumemos a esta relación más razones para desconfiar, yo voy a pagar lo que se
debe acá y listo. Si a usted no le gusta sentir que le están regalando las
cosas a mí tampoco.
Para
ese argumento Alcides no tuvo comentario alguno. No lo iba a refutar porque
podía entender muy bien de lo que Simón hablaba. Él se lo había dicho ya en
algún momento esa semana. Lo tenía muy claro. “Mientras uno pueda trabajar no
necesita que nadie le regale nada”, se lo había dicho al muchacho y lo creía.
No se resistió más y pagó la cuenta completa.
Antes
de dejar el granero Alcides le señaló la estopa con el mercado a Simón, la
había bajado del mostrador y la tenía en el suelo al lado de un mostrador.
-Bueno,
como no quiere nada regalado, haga el favor y lleva usted la estopa.
-Hasta
dónde, don Alcides.
-Pues
hasta allí al almacén donde vamos a comprar las botas y luego la sigue llevando
pa donde sea que nos movamos y luego pues hasta el carro, mejor dicho, hágase
cargo del mercado y ojo aplasta la manteca que Carmen se embejuca cuando le
llega esa manteca toda amasada.
-Jumm
y para saber en dónde está la manteca cómo hace uno.
-Debe
estar en la parte de arriba, ese muchacho siempre empaca lo delicado arriba, él
sabe. Usted tiene es que estar pendiente de que nadie se le va a sentar encima.
-Cómo
así y es que se sientan sobre ella.
-Oiga
pues, no mijo, usted si es que parece que estuviera en otra parte, pues claro,
uno tira el mercado al capacete del carro y ahí la gente se aplasta en donde
primero pueda, ahora de bajada se va en el capacete si quiere para que vea cómo
es.
-Muy
duro, a lo bien, muy duro.
-Lo
normal, mijo lo normal.
-Pero
don Alcides, hablando de otra cosa, usted no me había dicho pues que en tiempo
malo la gente no coge plata, si eso así, entonces porque estaba tan lleno ese
granero.
-Y es
que usted cree que la gente estaba comprando, bendito, ninguno estaba pagando
de contado, todos estaban haciendo lo mismo que yo abonándole a la deuda. No le
digo pues que si no fuera por el crédito en esos lugares uno pasaría hambre.
-Entonces
el dueño de ese negocio tiene que tener mucha plata porque pa manejar una
cartera tan grande y seguir funcionando y surtiendo y pagando sueldos.
-Sí,
mijo, es verdad, tiene mucha, es que en este pueblo hay gente con mucha plata,
son los dueños de esto prácticamente, el almacén donde vamos a comprar las
botas también es del mismo.
-Don
Alcides y no será que podemos dejar guardada esta estopa por aquí en algún lado
mientras nos vamos.
-No,
Simón, no, que pena molestar a la gente. Cárguela un rato que tampoco es que
pese tanto, eso son cuatro cosas.
Simón
siguió cargando la estopa, la gente subía y baja por esa calle y él miraba con curiosidad
a las mujeres, le llamaba la atención la ausencia de piel a la vista, de
escotes, shorts, minifaldas, blusas de tiras y de más prendas tan comunes en
Tuluá. Las veía a todas tan cubiertas, en jean y botas, envueltas en sacos y
algunas hasta en ponchos. Prefería la ropa vaporosa de la tierra caliente, pero
aún sin ella, le gustaba lo que veía.
-Si
camina rápido en vez de estar colgándole jeta a las muchachas bonitas que le
pasan por el lado, de pronto alcanzamos a comprar las botas y pagar los recibos
de la luz antes de que salga la chiva.
Simón
se río de lo dicho por su vecino y apuró el paso. A diferencia de lo que le
había dicho hacía un momento la estopa si pesaba, pero no dijo nada. No quería
pasar por flojo otra vez.
-Para
que nos rinda más hagamos una cosa, mientras usted compra las botas yo sigo y
pago los recibos de la luz y ahí si quedamos
listo pa irnos, dijo Alcides y siguió.
En el
almacén, Simón saludó y una de las vendedoras tras el mostrador salió para
atenderlo, él pidió unas botas talla 39 que no se midió porque las que había
roto eran de la misma marca y talla y sabía que le quedaban. Le hubiera
resultado mucho más fácil encargárselas a Alcides, pero quería ver el pueblo un
día domingo y más que eso quería mercar con su vecino para tener la oportunidad
de pagar. La primera vez que subió al pueblo a comprar lo que necesitaba para
empezar a trabajar y a conseguir la estufa y algunas otros trastos y
herramientas lo había hecho en semana y su impresión del pueblo no fue la
mejor. Hay más gente en una maqueta mal hecha, le dijo a Alcides, cuando bajó
por la tarde. Es que tiene que ir es un domingo, le dijo Carmen y él había
entendido la sugerencia.
La
vendedora le entregó las botas en una bolsa negra y se quedó mirando la camisa
de Simón.
-Tan
bonita esa camisa, dónde la compró, por acá no se consiguen con esos bordados.
-Esta
es de las que hacen las bordadoras de Cartago.
-Muy
bonita.
-Gracias.
Simón
tenía la plata en la mano para pagar, pero la vendedora seguía hablando.
-Usted
no es de por acá, cierto, es de allá de Cartago, o de dónde.
-No,
de por acá no, de Tuluá, pero ahora estoy viviendo en La Soledad.
La
vendedora sonreía y jugaba con el pelo que tenía atado en una cola, lo tomaba
desde abajo y lo giraba como si quisiera envolverlo en su mano.
-Y
eso, fue que compró finca por acá, preguntó la muchacha con interés.
-No,
comprar con qué, sí estoy trabajando una finca, pero de agregado, explicó
Simón, parco.
Estando
en esa finca Simón adoptó esa la palabra porque le pareció concreta. Si decía
que Mario le había prestado la finca, la gente pedía explicaciones, pero si
decía que era agregado no hacían falta.
-Ah,
vea pues, dijo la vendedora, y le recibió a Simón los billetes y fue hasta la
caja registradora.
-Listo,
mijo, listo, camine pues que nos dejó la chiva, dijo Alcides desde la puerta
del almacén.
-Ya
voy, don Alcides ya voy.
La
vendedora volvió hasta Simón que ya estaba en la puerta y le entregó la
devuelta, sonreía amable y seguía jugando con su coleta.
-Con
mucho gusto, que le vaya bien, venga sin afán para mucha ropa bonita que no has
llegado, le dijo la vendedora.
Simón
se despidió se echó la estopa al hombro y caminó a paso largo tras Alcides que
seguían repitiendo que los iba a dejar la chiva.
-Usted
se ve que es un enamorado, vea, lo deje solo un momentico y ya estaba
charlándose a una muchacha de ese almacén, qué verriondo éste.
-No,
don Alcides, yo no, la muchacha, ella era la que quería charlar, dizque le
gustó la camisa, muy simpática ella. Aunque al principio creía que yo tenía
finca, no sé qué habrá pensando cuando le conté que no tengo.
-Pues
qué iba a pensar, qué usted es un vaciado más, como somos tantos por aquí. Eso
no la va a afectar mucho, ella trabaja en ese almacén por un jornal y usted
también lo hace, están las mismas. Si quiere dentro de ocho días vuelve y la
invita a tomarse algo, a ver qué pasa.
-No,
yo que me voy a poner en esas, yo por acá no creo que vuelva hasta que ese café
esté dando.
-No lo
ha sembrado siquiera y ya está haciendo cuentas con que dé.
-Yo
quiero que dé.
En la
plaza la chiva estaba lista para salir, había puestos libres en las bancas de
atrás y espacio para acomodar la estopa entre los pies.
-No,
don Alcides, este es el trasporte mío, yo no me vuelvo a colgar de un jeep de
esos.
-Pues
mientras uno pueda elegir, claro la chiva es mejor, pero es que todas las veces
no puede uno esperar a que pase esta y le toca en jeep, además el jeep se
demora menos.
Antes
de subirse Simón se fijó en los pequeños dibujos y figuras que adornaban la
chiva, coloridas líneas y horizontales y figuras religiosas, la virgen, el
divino niño, el sagrado corazón de Jesús.
-Los
pinta el cura, pinta mucho cierto, vea, como le queda ese sagrado corazón,
igualito.
-Cómo
así, el cura tiene tiempo pa pintar carros.
-Al
señor le gusta pintar, no lo hace por trabajo, lo hace por gusto, entonces
todas las noches pinta un rato hasta que ya termina, pintando está se demoró
como tres meses, dijo Alcides.
La
gente hablaba mientras esperaba que la chiva arrancaba. Los niños, el trabajo,
la cría más reciente de la vaca negra topa, la culebra rabo de ají que había
picado al vecino de este o aquel mientras trabajaba, las veraneras rojas de
doña Asunción que eran tan bonitas como sus cuatro hijas que recibían visitas de
más de uno de los tipos de la región que buscaban tener algo con ellas,
hablaban de la roya, de los papayos machos con los que había estafado a más de un
incauto hacia unas semanas. Simón intentaba seguir otra conversación, pero se
perdía entre tantas.
El
pueblo quedo atrás y la chiva avanzó con la rapidez que el estado de la trocha
y la curvas de la misma permitían.
La
escalera iba parando para que los pasajeros se bajaran y en cada parada el
conductor y sus ayudantes se echaban cinco minutos o más. Bajaban mercados,
cobraban, recibían aguapanela, comían bananos, guayabas, mandarinas. Trabajaban
sin afán, mientras la gente ya acostumbrada seguía charlando sin preocupación.
Cuando
llegaron a La Soledad, que era una de las tantas paradas porque la ruta de la
chiva iba hasta La Mesa, una vereda unos treinta kilómetros más abajo. Simón se
bajó primero que Alcides y le recibió la estopa con el mercado, la dejó en el
piso mientras pagó pasaje de ambos, metió las manos al bolsillo del pantalón
con lentitud, le seguían doliendo las ampollas.
-Pero
acá hay más gente que en Bolivia, qué pasó, qué están regalando, preguntó Simón.
-Nada,
qué van a regalar, lo que pasa es que hoy hay misa, por eso hay tanta gente,
cada dos semanas viene el cura de Bolivia, el que le dije que pinta, entonces
mucha gente aprovecha y viene acá para no tener que ir hasta el pueblo. Hasta
Carmen viene a veces.
-Usted
también viene a misa aquí.
-A
veces, a mí la verdad es que me gusta más ir a misa en la iglesia allá en el
pueblo.
No se
detuvieron en La Soledad porque Alcides tenía hambre, caminaron carretera abajo
y Alcides se cambiaba el mercado de hombro al otro cada cierto tiempo.
-Ahí
se va a costumbrado a mover carga, porque cuando vaya a regar abono le toca
subir esos bultos a la espalda, son de cuatro arrobas.
-De
cuatro arrobas, jumm, y no será que los puedo repartir en dos.
-Claro
que puede, si quiere hasta en cuatro, pero se va a demorar mucho más.
-Pues,
es que tampoco hay afán.
-Qué
va, hombre, no sea flojo, cualquiera sube esos bultos.
Cuando
llegaron a la casa, Simón dejó la estopa con el mercado en el corredor de
Alcides y sacó sus botas, las había empacado ahí para no estar encartado con
esa bolsa. Carmen salió y le dio un beso a Alcides, les ofreció aguapanela a
ambos y les dijo que los estaba esperando para almorzar.
-Cómo
estaba el pueblo, mucha gente, preguntó Carmen, mientras traía los platos a la
mesa.
-Normal,
respondió Alcides.
-Había
más gente La Soledad, comentó Simón.
-Ah
sí, por la misa.
-Cómo
le parece que este ya estaba consiguiendo novia por allá, anda enredado a una
de las vendedoras del almacén de los García.
-Pues
muy bueno, tiene que aprovechar las salidas, respondió Carmen de buen humor.
-Que
aproveche mejor la tarde para descansar y dormir porque está semana lo que se
le viene es trabajo, harto, dijo Alcides. Tiene que hacerlo en ese orden,
primero trabaja mucho y luego consigue novia, porque claro, la mujer hace mucha
falta.
Siguieron
comiendo y conversando, la tarde sucedía en calma y lo que Alcides había dicho
era verdad. Cada vez el trabajo en la finca de Mario aumentaba.
En los
días que siguieron mientras Alcides cogía café, graneitos malos, como decía él,
Simón empezó a ahoyar para sembrar el café, la desyerba le había tomado tres
semanas más de lo calculado por Alcides. El ultimo tajó, en la cabecera de la
finca, lo desyerbó casi arrastrándose porque no soportaba el dolor de cintura,
se había envuelto las manos en trapos como si fueran vendas para evitar que se
lastimaran las ampollas. Miraba el machete y la lima con la que amolaba y les
daba la razón a sus vecinos y a Mario que se lo había dicho mucho, la desyerba
le iba a costar lágrimas.
Además
de desyerbar Simón había tumbado los pocos palos de café que quedaban de pie.
Después de tumbarlos los amontonó y los fue cargando de a pocos a la casa de
Carmen, que siempre le ofrecía aguapanela cuando lo veía llegar. Simón agarraba
la taza de pucha hasta el borde y se la tomaba de un solo trago. Carmen lo
veía, aporreado por el trabajo y quemado por el solo, el muchacho volteaba todo
el día. No se quejaba, no renunciaba, las manos le sangraban y él seguía ahí
sin devolverse para Tuluá. Carmen lo
observaba ir y venir. Ese muchacho no podía ser un malandro. Qué malandro iba a
estar ahí trabajando así tras de nada, le decía Carmen a Alcides cada que lo oía
hablar de los edificios quemados.
-No,
hombre, usted no sabe ni mierda, eso no es así, esto no es como con una pala,
no lo puede mandar así acostado, déjelo caer así derecho, usted está haciendo
un hoyo, no una zanja, le dijo Alcides.
Ese
mismo día también le explicó cómo debía trazar los tajos, como debía definir
los surcos, la distancia entre palo y palo y la distancia entre surcos. Los
hoyos tenían que estar a poco más de un metro para que pudiera sembrar como
mínimo unos cinco mil palos por hectárea. Simón escuchaba y seguía
instrucciones, como si fuera el empleado de Alcides. “Hay gente que le mete
muchos más palos a una hectárea, pero eso es donde es plano, por acá en estás
lomas y con estas pañoleras con que uno le meta cinco mil o seis mil ya está
ganado”. Simón atendía y ejecutaba sin chistar. Mario se lo había dicho muchas
veces, en la finca iba a tener que hacer una sola cosa, obedecerle a Alcides.
La
tarde crucial para Simón, la misma en la que fue un hecho que su vida estaba en
peligro si se queda en Tuluá, Mario repitió una y otra vez que, si decidía irse
para su finca que parecía ser la mejor opción, las más barata y las más rápida,
iba a tener que obedecer en todo a su primo Alcides.
-Para
dónde se piensa ir. En dónde se puede meter. Con su familia no se puede quedar,
es que, si la situación es así como usted la pinta y así como la vienen contando
en la calle, ya deben tener identificada a toda su familia, mejor dicho, con
ellos tampoco se puede quedar. Mario hablaba con cierta angustia.
-Pues
es que la familia mía es pequeña, somos poquitos y todos vivimos acá en Tuluá o
en Cali, pero allá está peor. Por eso le digo que yo no sé qué hacer. Sí vio
las noticias, dos pelados descuartizados en el bordo del río, los dos
estuvieron metidos en las protestas, yo los vi más de una vez en las marchas,
los vi en el parque la noche que hicimos la velatón por las víctimas de los
falsos positivos. Los dos muertos así.
-Yo
diría que ningún escondite en una ciudad es garantía de seguridad, esto que
está pasando ahora pasa es en las ciudades, en el campo no está pasando nada, yo
llamo a mí familia en la finca y por allá está todo normal. Igual uno sabe que
esa gente está en todas partes, pero igual en el monte puede estar más seguro,
hágame caso, acepte el ofrecimiento que es en serio, váyase para finca, venda
la moto, saque del cajero lo que tenga, empaque maleta y se va para allá, le va
a tocar trabajar como un malparido, pero es mejor que estar arriesgando acá.
-Hasta
por allá no van a ir, por allá no hay nada que llame la atención, eso no es
turístico, ni es violento tampoco, está lejos y no es bonito, ese pedazo de
tierra no sale ni en noticias, por allá no lo van a buscar, dijo Sara.
Tan
equivocada no debía estar Sara, pensó Simón al escucharla, porque tal y como lo
decía, él nunca en su vida había escuchado hablar de Pensilvania y menos de
Bolivia, el lugar llevaba años pasando desapercibido y eso era lo que
necesitaba él.
-Y qué
voy hacer yo en una finca, si no se hacer nada, lo mío hasta ahora según creo
es la universidad y tampoco es que sea un estudiante brillante.
-De
eso no se preocupe, que allá va a estar como en familia y le van a enseñar a
trabajar, pero eso sí, le tiene que parar bolas a Alcides, no discutirle y
hacer lo que él dice, dijo Mario.
Esa
tarde se definió el destino de Simón, no hizo falta hablar de mucho más. Al
igual que él muchos otros se estaban yendo, los que podían lo hacían.
-Oiga,
pero, de todos modos, algo si debieron hacer ustedes porque, a uno no lo matan
así solo estar en una protesta, comentó Mario, suspicaz.
-Los
matan por menos, Mario, por menos, créame, pero bueno, el cuento es que yo no
hice nada, se lo puedo jurar. Yo estaba ahí entre la gente cuando de la nada
apareció gente con gasolina lista para quemar ese palacio de justicia, y yo me
quedé, ya le conté eso, me quedé allá gritando y celebrando, viendo arder esa
maricada. Voleándole piedra a los tombos hasta que empezaron a echar bala y así
me abrí. Eso fue todo. Pero ahora resulta que todos los que nos tiramos a la
calle tenemos que pagar con eso.
-El
problema va a ser explicarle todo esto a Alcides, a él estas cosas no le gustan
nada, ese vota por las últimas, dice que todos son unas ratas y ni se vaya a
poner a hablarle de que el pueblo tiene que luchar por sus derechos ni nada de
eso porque eso tampoco le gusta. Mejor dicho, no comente nada, ya voy yo
hablando con él y con Carmen, si le preguntan diga cualquier otra cosa.
Día y
medio después Simón estaba subido en bus rumbo a Caldas. Pensando en que tal
vez echarse a perder era asumir que algo debía, pero no debía nada, no debía
más de lo que debían tantos otros que a esa hora seguían viviendo como antes de
la protesta.
-A esta
finca usted le puede meter unos veinte mil palos, pero el problema no es
sembrarlos, es levantarlos, porque eso es la que cuesta, usted qué piensa hacer
¿sembrarle café a toda la finca o solo un pedazo? preguntó Alcides, sacando a
Simón del ensueño en el que andaba.
-Pues,
si usted dice que a una hectárea se le pueden meter unos cinco mil entonces yo
creo que voy a sembrar por ahí unos diez mil. Simón no tenía ni idea de lo que
estaba diciendo, pero se había inclinado por esa cifra y no por otra porque
sabía que la plata que tenía no era mucha.
-Mientras
más siembre más plata se va a tener que gastar y el trabajo, no se imagina el
trabajo, usted solo sin quién lo ayude, verraco, pero como le digo, si le va a
meter diez mil palos, todavía le queda tierra por usar, y como ya desyerbo,
entonces toca usarla, siembre plátano y yuca. Luego cuando ya tenga el café
sembrado, podemos sembrar maíz y frijol, ahí entre palo y palo, mientras
crecen.
-Y eso
cómo se siembra, dónde venden esas semillas, la del plátano y la yuca.
-Semillas,
hay mijo por Dios, cómo vino a dar usted dizque a trabajar la agricultura,
cuales semillas, dizque semillas, no señor, se siembran es colinitos, yo se los
paso, yo tengo una yuca muy buena y plátano también, de frijol y maíz si
necesita semillas, pero yo de esas también tengo.
-Para
decirle la verdad don Alcides, para que no se asuste, yo ni siquiera sé cómo se
ve una mata de frijol.
-Pero,
mijo, es que a usted no le llevaban de chiquito a pasear en fincas ni nada. O
nunca lo pusieron a sembrar frijolitos en una motica de algodón mojada, eso es
tarea de escuela.
-No
don Alcides, ninguna de las dos.
-No,
no, no, nadie se va comer el cuento de que usted levantó un cafetal, me van a
agarrar de destrabe cada que lo cuente por ahí en las reuniones. Pero bueno, no importa que no crean, lo
importante es levantarlos. Camine mejor almorzamos. Vamos que ya me dio fue
como rabia oírlo preguntar maricadas, aunque de pronto es el hambre.
Además
de almorzar Simón también desayunaba y comía con Alcides y Carmen. Aunque tenía
la estufa eléctrica y paraba el disco del contador como se lo habían explicado
sus vecinos, solo utilizaba la estufa para calentar el agua con la que se
lavaba por las tardes cuando llegaba del tajo sudado y mugroso. Los primeros
días se bañó con agua fría, pero sus vecinos insistieron en que era muy malo lavarse
con agua fría estando caluroso, le podía dar artritis, un tío de Carmen lo
había matado eso, porque no se cuidaba. Simón atendió también esa sugerencia y
siguió calentando el agua.
Después
de comer a Alcides le gustaba subir un rato a La Soledad. Cuando no se demoraba
Simón lo esperaba y se sentaba con él y con Carmen a ver telenovelas. A veces
se sentaba en el corredor y rezaba el rosario con Carmen, no era muy creyente,
pero Carmen le había dicho que un rosario no le caía mal a nadie. A veces se
acostaba muy temprano y otras veces se dedicaba a ojear el libro de María
Mercedes Carranza o a rayar en un cuaderno que había comprado en pueblo para
llevar algunas cuentas de lo que estaba gastando en la finca. A veces también,
con menos frecuencia, llamaba a Mario. Le contaba como iba el trabajo y la vida
golpeando esa tierra que él había decidido dejar perder. Según Mario todo
estaba más calmado en Tuluá, cada que hablaban le decía lo mismo, aunque no le
recomendaba volver. Le daba ánimo, le decía que trabajara con ganas que esa
tierra era buena, qué si era capaz de levantar esas mejoras y contaba con la
fuerte de tener un buen precio le iba a ir bien. Tenía que romperse las manos
sin importar el calor o la lluvia, tenía tallarse los hombros y partirse la
espalda para sembrar y levantar ese café y aun así debía contar con algo que no
dependía de su esfuerzo. El precio, el bendito precio, como decía Alcides cada
que veía los indicadores económicos en el noticiero de las siete.
Terminar
el ahoyado le tomó 15 jornales más de los que le hubiera tomado a Alcides o
cualquier otro hombre de la zona. Carmen lo animó diciéndole que le había
rendido y Alcides que antes de ver al muchacho trabajar no se había detenido a
pensar en lo difícil que podía resultar ese trabajo para alguien que unos meses
antes estaba sosteniendo en sus manos las piedras que le tiraba a los policías en
vez del palín y el recatón que sostenía ahora, no debía ser sencillo.
-Pues él
ya ahoyó, pero qué es lo que va a sembrar, porque yo no veo el germinador por
ninguna parte, dijo Carmen una noche mientras comían mazamorra, aunque Simón se
moría de ganas por comerse un pedazo de pizza para celebrar ese hoyo final.
-Es
que él no va hacer germinador, mija, él no va a armar semillero porque ahí se
le irían otros tres meses o más y prácticamente le tocaría desyerbar otra vez,
él lo que tiene que hacer es comprar los colinos, yo ya se los estoy
averiguando, en Marquetalia me dicen que están vendiendo uno muy bueno,
garantizado. Es mejor así, porque imagínese uno enseñándole a este a llenar
bolsas y a sembrar chapola, ahí se va la vida.
Simón,
que no entendía muy bien el proceso que llevaba al grano de café a convertirse
en fosforo, luego en chapola, y después en colino, no sabía dónde estaba la
dificultad que señalaba Alcides. Llenar una bolsa con tierra era mucho más
simple que trabajar con el palín y el recatón y él ya había lidiando con ambos,
sus ampollas lo demostraban.
-Y
donde esta lo difícil de llenar bolsas, peor que ahoyar o desyerbar no debe
ser, cómo no voy a ser capaz de hacer eso, cómo no voy a poder sembrar la
chapola esa que usted dice, comentó Simón.
-Sí lo
ve, mija, ni siquiera sabe que es una chapola, por eso le digo, es mejor
comprar los colinos, dijo Alcides, mirando a Carmen. Lo que pasa, Simón, mijo,
es que llenar bolsas parece fácil, pero no es, usted cree que es fácil porque
es algo que uno puede hacer sentado y a la sombra, así como atender una tienda,
pero el cuento es que parece no más, porque haciéndolo se da cuenta uno que no
es fácil, eso tiene su ciencia, y al fin de cuentas es trabajo y ningún trabajo
es bueno o fácil, si fuera fácil no se llamaría trabajo.
-Eso
es verdad, llenar bolsas le pone a uno la espalda como una rema, como todo el
tiempo está uno ahí como doblándose sobre la tierra, sentado en esas bancas
bajitas, muy maluco, además, la bolsa no puede quedar muy floja, tampoco puede
quedar muy apretada, no pueden quedar como espacio o arruguitas en la bolsa.
Pero lo peor es la cantidad, llenar cien o doscientas es normal, pero imagínese
llenar doce mil.
-Vea,
uno cree que llenar bolsa es fácil hasta que le toca trabajar una semana o dos
haciendo eso, mucha gente le paga es a las mujeres para que hagan eso, igual el
que sea que lo haga, no deja de ser mamón, pero como le digo uno cree que las
cosas son de papaya hasta que le tocan. Yo por ejemplo creía que estar en una
tienda valía huevo, que porque uno está ahí a la sombra y se puede sentar a
ratos y no le toca estar cargando bultos como por acá, pero mentiras, cuando
estuve allá donde Mario me di cuenta que no, que eso es una chimbada cansona es
que yo le digo una cosa a usted Simón, yo de verdad no sé cómo hacen los que se
han ido de por acá a trabajar una tienda allá en Tuluá, yo no sería capaz,
lidiar con gente de ciudad, eso es una cosa muy jijueputa, dígame usted, dizque
uno despachando a esos niños que mandan a hacer el mandado y al momentico
vuelven pero con la mamá toda emputada que porque llevaron lo que no era y que
le cambien o que le devuelvan la plata, no, no, no. O cuando entran, que son
muchos, comprando de a poquitos, yo no serviría para eso, yo acá lo compro todo
es por arrobas, pero allá Mario vender dizque 500 de yuca, dígame usted, pa qué
hijueputas 500 pesos de yuca, a mí me piden 500 de yuca y yo creo que yo me
emputo, es que hermano, yo voy y arrancó un palo de yuca y vengo a almorzar y
me tienen que servir es que se no se vea por donde meter la cuchara. Y compran
poquito dizque porque no les gusta, no mijo, es que yo no puedo con eso, no
podría, si no les gusta pues para que compran, uno no compra lo que no le
gusta, por ejemplo, yo no compro esos fideos, porque eso a mí no me gusta. Se
lo digo así de claro, puede que en Tuluá la gente se cuadre con eso de las tiendas,
pero yo prefiero una vida entera quedarme acá antes que lidiar con gente que me
vuelve la paciencia y prefiero mil veces desyerbar que llenar bolsas.
-Tampoco
es así, Simón, él está exagerando, dijo Carmen divertida por lo que había dicho
Alcides.
-Claro
que es cierto, usted sabe que sí, a usted tampoco le gusta llenar bolsas,
reprocho Alcides.
-Pero
porque a mí me toca llenarlas sin cobrar, respondió Carmen.
-Así
si es peor, agrego, Simón.
-Pero
cuál que no le pagan, si cuando mejoramos esos tajos hace como tres años
llenamos bolsas juntos y a mí tampoco nadie me pagó, porque eso es un esfuerzo
de los dos, porque la finca es de los dos, afirmó Alcides.
-Bueno,
también es verdad, respondió Carmen,
-Igual,
usted es el que sabe don Alcides, si usted dice que es mejor comprar los
colinos listo para sembrar pues los compramos y ya.
-Ah
bueno, ahora mismo subo a La Soledad donde mi primo pa que me preste los
caballos pa mañana, pa que hagamos eso de una vez.
-Cómo
así que caballos, dijo Simón.
-Claro,
mijo, Caballos, no nos vamos volear pata necesidad, en caballo es mejor, nos
vamos por acá por el camino. Así nos rinde más el tiempo, Espere y verá, que si
nos vamos madrugados al medio día estamos acá otra vez.
-Yo
creía que íbamos en el turno.
-No
señor, en el turno no porque nosotros miramos el café, hablamos con el tipo,
regateamos, como de costumbre y luego ya, pagamos una parte y cuando nos pongan
los colinos acá pagamos el resto y listo, eso no demora media hora, entonces sí
nos vamos en el turno nos toca volverlos a pie o quedarnos todo el día por allá
esperando que vuelva el turno por la tarde.
-Eso
que no pase sino un carro al día es muy chimbo, dijo Simón.
-No lo
va a decir a nosotros que no conocemos otra cosa, por eso le digo que la moto hace
falta. Si tuviéramos moto pues nos íbamos en moto, pero como no tenemos vamos
en caballo.
Salieron
antes de las siete de la mañana. Mientras Alcides traía los caballos Simón se
tomaba el tercer tinto de la mañana. Carmen era generosa con el tinto y mientras
la gente tomara ella podía pasarse el día repartiendo uno tras otro.
Alcides
amarró los caballos del patio mientras desayunaban porque no se podían ir con
hambre. A Simón no le gustaba comer tan temprano, le daban náuseas.
-Las náuseas
son para las embarazadas, coma a ver y no se queje, hágale rápido que mientras
más rápido nos vayamos para rápido volvemos, lo reprendió Alcides.
Se
despidieron de Carmen y se subieron a los caballos. Ambos lo hicieron con
agilidad. Alcides no pudo ocultar la sorpresa que le causo ver al muchacho
subirse con tanta facilidad al animal y además conducirlo por el camino son
problema.
-Usted
no había dicho que sabía montar.
-Tampoco
le dije que no sabía.
-Pues
cómo anoche andaba quejándose y diciendo que por qué no íbamos en carro.
-Es
que les cogí como pereza a los caballos, yo montaba en las cabalgatas en Tuluá,
varias veces monté, en caballos de amigos, pero una vez borracho me dejé tumbar
y siempre me aporreé, hasta puntos me cogieron porque me rompí la cabeza, entonces
desde eso como que ya no me gustaron más.
-Pero
la culpa no la tenía el caballo sino usted por borracho.
-Pues
sí, pero igual, no volví a las cabalgatas y desde eso no me subía en un
caballo.
-Pero
estos deben ser unos táparos en comparación a los caballos que usted montaba,
porque a esas cabalgatas no llevan cualquier cosa.
-Caballos,
así como estos también sacan a las cabalgatas, eso hay de todo, los que yo
montaba eran del papá de un amigo que los alquilaba, entonces los más baratos
nos los deja a nosotros. El señor tenía caballos que alquilaba en dos millones
de pesos y otros que alquilaba en trecientos, esos eran los que montábamos
nosotros.
-Dos
millones de pesos por una tarde, no hombre, vida hijueputa, me los como en
morcilla vinagre esos malparidos.
-Si
señor, dos millones y más porque hay caballos que alquilan en más, pero pues
eso es pa gente con plata obviamente.
-No
mijo, es que la plata si está muy mal repartida, que cosa tan verraca.
-Claro,
la desigualdad es indignante, cada vez es más oprobiosa, por eso es que nos
tiramos a las calles esa vez, para reclamar por nuestros derechos, para pedirle
cambios al gobierno.
-Pura
mierda, hermano, pura chachara, se tiran a la calle cada que les da la gana, yo
desde que me conozco oigo en las noticias que los universitarios están dizque
protestando y vea, van a la universidad dizque porque son inteligentes y cuando
protestan acaban con todo, dañan la universidad, los salones, y luego tiene que
esperar a que los arreglen para volver a estudiar y eso lo arreglan con la
misma plata que dicen que están reclamando para todos, que ya no puede ser para
todos porque hay que arreglar lo que dañaron y eso que son los inteligentes.
Eso es como que yo le metiera candela a la finca mía que porque estoy puto con
los políticos, la quemo y entonces, al otro día qué como.
-Usted
puede tener diferencias conmigo sobre las formas de protestar, pero sigue
estando de acuerdo en que hay desigualdad, don Alcides, ese es el problema.
-Desigualda
sí, claro, eso siempre ha habido, desde la biblia, pero es no se va a cambiar,
ni siquiera porque usted y sus amigos salgan a quemar el país. Acá lo único cierto
es que yo trabajé como un putas para comprarme ese pedazo de tierra que tengo,
que tenemos, porque Carmen también ha metido el culo y listo, no más, eso es lo
que tenemos, esos es lo que nos da la comida y eso es lo que cuidamos. Pero
mejor no me hable de esas maricadas, hermano, que a mí me va dando como rabia.
Un güevón terminar por acá chimbiando con una guerrera por andar en la calle
haciendo daños dizque porque los cambios se pelean en las calles. No, es que en
serio, si eso son los inteligentes entonces que se podrá esperar de los que no
hicimos sino hasta quinto de primaria.
Simón
no dijo más, tenía más que explicar, pero sabía que Alcides hablaba en serio,
sabía que el tema lo molestaba y que no era agradable estar a su lado cuando se
enojaba. Ya varias veces se había disgustado por lo mismo. Detuvo por un
momento el caballo y dejó que Alcides se adelantara un par de metros.
Los
caballos avanzaron a buen paso por el camino irregular. Mientras ellos bajaban
otras personas subían con caballos cargados de café, revuelto, leña y de más.
Cuando
terminaron de bajar la falta y cruzaron un puente viejo sin barandas Alcides disminuyó
el paso del caballo y le dijo a Simón que ahí en ese puente se acababa
Pensilvania y comenzaba Marquetalia. Después dejaron el camino y avanzaron un
tramo por la carretera. Simón seguía a su vecino en silencio.
Alcides
miró hacía los peñascos que se veían al lado de arriba de la carretera y en uno
de ellos un pico de piedra similar a una nariz vio el nido un pájaro macuá, soltó
la rienda y lo señaló.
-Mírelo,
papito, si lo ve, allá arriba está, parece una motica, es un nido de macuá, lo
pagan por un platal, el problema es bajarlos.
-Sí,
es verdad, esto está muy arriba. Pero para qué los compra, qué hacen con ellos.
-Para
hacer brujerías y esas cosas, mijo, eso dizque sirve para hacer amuletos de la
buena suerte y todo, pero yo le digo una cosa, hermano, siempre es que el señor
es muy grande porque es que un nido si es mucha ciencia, cierto, vaya pónganlo
a uno hacer un nido a ver si le queda tan bien hecho como a los pájaros, nunca,
uno no es capaz, en cambio ellos, mírelos, nadie les enseña, pero ellos sabes
como lo hacen, siempre es que todo está muy bien hecho.
-Oiga,
don Alcides, pero si el nido ese da buena suerte, mejor no venderlo, si yo
fuera capaz de bajarlo lo dejaría para mí, que me sirva a mí.
-No,
hermano, eso no es así, esa gente, esos brujos, ellos saben cosas que uno no,
de más que tiene que rezarlo primero para que ahí sí sirva.
-Usted
alguna vez ha sido capaz de bajar uno, don Alcides.
-Bendito,
mijo, yo nunca, pero un amigo mío si bajó uno una vez y ahí fue que lo vi de
cerquita, muy bonito ese nido.
-Es la
primera que vez que oigo hablar de él, y el pájaro es bonito, preguntó Simón.
-Normal,
un pajarito ahí, sí, feo no es.
Siguieron
subiendo por la carretera y Alcides sin extenderse mucho en lo que decía hacía
de guía y le señalaba a Simón como se llamaban las veredas por las que pasaban,
le hablaba de algunas familias de esos sectores y de las veces que había estado
jornaleando por ahí en épocas de cosecha.
Al
menos dos horas después de recorrido llegaron a lo que Simón se le pareció a un
vivero, uno muy similar a los que estaba ubicados en las salidas de Tuluá.
Alrededor de la casa se veía las hileras de colinos de café acomodados uno al
lado del otro y a varios hombres con fumigadora a la espalda caminando entre esas
hileras fertilizándolos con delicada atención.
Alcides
no había terminado de bajarse del caballo cuando el dueño del vivero ya estaba
en la entrada listo para recibirlos. Les estrechó la mano a ambos y le pidió a
su esposa que les trajera bogadera a los señores, luego le dijo a uno de sus
hijos que agarrara los caballos y los llevara a la pesebrera y les diera miel
de purga.
-Se me
adelantó, hombre, ya le iba a pedir justo eso, agüita para los animales, dijo
Alcides.
-Para
qué vea pues la calidad de atención que manejo yo acá, porque es que no es solo
el mejor colino de café del oriente de Caldas sino también la mejor gente, dijo
el hombre derrochando seguridad.
La
señora volvió rápidamente de la cocina con dos vasos rebosantes de jugo de
guayaba que Simón y Alcides bebieron animosos.
-Bueno,
pero hablemos de lo que importa, pues, cuántos colinos es que necesitan,
preguntó el dueño del vivero. Acá es
así, rapidito, acotó el nombre.
-Pues
necesitamos 12 mil colinos, pero todavía no hemos hablado de precio.
-No,
hombre, por precio no se preocupe que eso es lo de menos, porque como usted ya
debe saber, de por acá yo soy de los que maneja mejores precios, eso sí, con la
garantía de que se llevan palo de café de la mejor calidad.
-Pero,
entonces cuál es el precio, preguntó Simón.
-El
que tengo lo estoy cobrando a 350 pesos, ustedes me dirán, y de una vez les
digo que mejor no empecemos con el cuento de que cuanto es lo menos y que por
qué no le rebaja alguito, ni nada de eso, eso es precio único.
Simón
miró a su vecino esperando a que él hablara porque era el que sabía de café y
el que podía decir si era un buen precio. Intentó sacar cuentas en su cabeza.
Levantar esas mejoras iba a salir mucho más caro de lo que pensaba.
-Hágale
pues, entonces sí, necesitamos 12 mil palitos, dijo Alcides.
-Espere,
don Alcides, espere, yo creo que mejor, no llevamos tantos.
-Cómo
qué no, no habíamos dicho ya pues que 12 mil, ahora que le pasó.
-Casi
nada, don Alcides, casi nada, plata, no me alcanza la plata. No me da para
comprar todo eso, y luego con qué compró el abono.
-Pero,
hermano, cómo va a creer, entonces va perder el trabajo, porque usted ya ahoyó.
-Pues
sí, me sale más fácil no hacerles cuentas a esas semanas de trabajo y dejarlas
pasar que llevarme los 12 mil palos y luego quedarme corto y ya estoy viendo
que así será. Yo creo que mejor la mitad no más.
-De 12
mil a 6 mil no más, que verraquera. No, es que hubiera hecho cuentas desde el
principio. Cómo va a salir con estas maricadas ahora. Lleve pues ocho mil
aunque sea.
-Cuánto
valen los 8 mil, preguntó Simón.
El
dueño del vivero que se había alejado un poco para permitir que Alcides y Simón
hablaran, le respondió de inmediato.
-Bueno,
y eso cómo lo llevamos, preguntó el muchacho rascándose la cabeza.
-Por
eso no se preocupe, compa, yo tengo quien se los lleve, un amigo en una
camioneta el que siempre me hace a mí los viaje, cobra barato y tiene maña para
manejar, le lleva los colinos intactos. Le cobra por ahí 60 por el viaje, yo
creo que en dos viajes le lleva eso. Bueno, súmele a eso la propina de los
pealos, que ellos también necesitan platica, ellos ayudan a cargar los colinos
y a descárgalos allá en la finca suya, póngale cualesquiera 30 mil pesos más,
barato, compa, es que como le digo estamos es para servirle a la gente.
Simón
se mandó la mano al bolsillo y sacó los billetes, los contó uno sobre otro y se
los entregó al dueño del vivero. El hombre los contó sin prisa y los dobló y
llamó a su mujer que se acercó apresurada, le pidió que los guardara donde ella
ya sabía y después le estrechó la mano a Simón y Alcides.
-Cuenten
con esos colinos a más tardar el viernes allá en su finca. La Soldad, me
dijeron que era, cierto.
-Si
señor, La Soledad, La finca de Mario, o la de Alcides, por cualquiera de las
dos que pregunten les dan razón, es ahí abajito del caserío, por el ramal que
va pa Barreto, explicó Alcides.
-Listo,
hermano, yo tengo su número, cualquier cosa yo lo llamó, así quedamos.
El
dueño del vivero terminó de hablar y les dio la espalda. Se fue caminando hasta
donde estaban uno de los hombres que fumigada y le explicó algo que Simón y
Alcides ya no alcanzaron a oír.
Ellos
fueron hasta la pesebrera y sacaron los caballos para emprender el camino de
vuelta.
-Ahora
le toca dedicarse a organizar ese patio para que pueda acomodar los colinos, yo
creo que le va a tocar ocupar hasta el corredor de la casa, aunque bueno ahora
como son menos de pronto no.
-Don
Alcides es mejor así, si hubiera comprado los 12 mil no iba a ser capaz.
-Pues
sí, usted sabrá cuanta plata tiene pa enterrar ahí, vamos rápido mejor que ya
tengo ganas de almuerzo, ese juego me quitó la sed y me abrió el apetito, menos
mal que ha estado así fresco el día, así es mejor.
Simón
miraba los barrancos enmalezados al lado de arriba de la carretera, le gustaban
las flores de las platanillas, los helechos y las orquídeas sobre algunos árboles
de los que desconocía el nombre. Carmen le había dicho en muchas ocasiones que
sembrara jardín en la casa, que de nada le servía limpiar el patio, cambiar la madera
del corredor, las hojas de zinc del techo, algunas vigas y muchos de los otros
arreglos realizados si la casa no tenía maticas sembradas. Según Carmen lo que
diferenciaba a una casa ocupada de una desocupada era el jardín.
Para
Carmen el jardín era fundamental. Ninguna de sus matas se veía achantada. Todas
las que florecían lo hacía con generosidad y las que no abundaban en follaje.
Además de cumplir con las tareas que tenía dentro de la casa ella sacaba el
tiempo para atender el jardín sin descuidar la huerta donde sembraba las matas
aromáticas y las verduras que también sembraba.
En su
casa en Tuluá no tuvo matas, no le habían interesado, decía que no tenía
espacio, aunque conocía a muchos con pasillos y patios más pequeños que el suyo
lleno de materas. Debía ser por Carmen o por estar ahí en una finca que ahora
le resultaba atractiva la idea de tener un jardín, de esperar con paciencia una
flor y alegrarse cuando por fin llegara. Escuchando a Carmen hablar de sus
matas otra cosa cobraba sentido para Simón y era la idea de que un jardín era
un proyecto en construcción constante, siempre se podía tener una planta nueva,
una rosa o una dalia de otro color, una nueva variedad de orquídea, una begonia
más colgada de la chambrana.
Por
eso Carmen además de cuidar las matas que tenía acostumbraba a salir una que
otra tarde de la casa, preferiblemente en menguante, para visitar a sus
vecinas, caminaba 30 o 40 minutos, a veces hasta una hora para conseguir además
de una conversación con otras mujeres un piecito de alguna mata, para ampliar
el jardín. A veces era al revés, otras mujeres la visitaban a ella y al
marcharse se llevaban una bolsa llena de piecitos me matas para sembrar en sus
casas.
Para
Alcides los jardines eran puro entretenimiento de viejas. No servía para nada
porque el jardín no se podía ni vender ni comer. A él que lo llamaran a sembrar
comida y le hacía sin pereza, pero jardín no, eso es perder tiempo. Que se lo
imaginaran a él mamado de trabajar todo el día todos los días sacando un
momentico por las tardes o los domingos para cuidar el jardín, que no, que eso
no era para él.
-Don
Alcides, será que si yo bajo esa orquídea que está allí en esa rama, si la ve,
esa de allá, dijo Simón señalando, será que soy capaz sembrarla en la casa.
-No,
hombre, que se va poner a joder con eso, pa cultivar esas matas hay que saber,
eso es duro que prenda, además yo tengo hambre, vamos rápido mejor, vea no más
como se ve la matica de bonita allá, si no se viera bonita usted no se la
quisiera llevar, déjela mejor ahí. Luego le dice a Carmen que le enseñe como se
siembran. Vamos, vamos que para que le dé por sembrar jardín tiempo sobra.
Dizque sembrar jardín, como si no tuviera todo ese café para sembrar.
-Es
que se ve bien bonita, don Alcides, da ganas decir que es de uno.
-Como
le digo, hermano, no paga que se la lleve porque se le va a morir, si la
arranca mal pues peor y hasta donde yo sé usted no sabe cómo se arranca eso.
-No, don
Alcides, yo que voy a saber. Es verdad, lo que pasa es que me dieron ganas de
tener maticas también, doña Carmen me motivo.
-De lo
harto se pega usted, valiente bobada.
Simón
desistió y siguieron adelante, subieron por el camino sin apurar a los caballos,
dejándolos avanzar a su ritmo, la pendiente era pronunciada la superficie
difícil.
-Sabe
qué, mijo, si a usted le va a interesar ahora lo del jardín debería arrimar con
Carmen allí donde doña Gladis, póngale cuidado y vera, es la casa que de balcón
que está al lado de la escuela, ahí en Barreto, esa señora tiene matas por
cantidades, tiene muchas de esas orquídeas y tiene una hija, una monita, usted
tiene que verla, que no tiene novio, eso me dijeron. Quién quita que de pronto
usted si charle con ella y le vaya bien. Es muy bonita, por acá es la traga de
más de uno.
-No,
don Alcides, yo que voy a estar por arrimando ahí a pedir matas, no, imagínese
esa primera impresión que se van a llevar de mí. No, yo no creo. Además, yo
tengo que concentrarme es en sembrar ese café.
-Por
lo mismo, una novia es lo que le hace falta para que se motive. Para que se
vaya organizando de una vez, porque no se puede quedar solo en esa casa. O qué,
usted qué piensa, que esto es como una temporada no más de agricultor y que en
dos o tres años se vuelve pa la ciudad a terminar de estudiar y a seguir
armando peleas que no le toca y tirando piedra quemando lo que no es suyo
porque el país está mal.
-Yo no
sé, don Alcides, por ahora no estoy pensando sino en levantar las mejoras, no
más eso.
-Bueno,
pero cómo es la cosa, pues, cuénteme a ver, a nosotros Mario nos contó un par
de cosas, pero tampoco explicó mucho y usted tampoco es que haya sido el tipo
más claro. A usted lo amenazaron directamente o cómo fue, porque se voló,
porque yo le voy a decir una cosa a usted, hermano, uno se vuelva de una parte
si sabe que no hizo nada.
-Cómo
que no he sido claro don Alcides, obvio que sí, las cosas son como se las he
dicho varias veces, estaban matando y desapareciendo a gente que estuvo conmigo
en las protestas, amistades mías. Tipos de civil estaban llegando a las casas
de la gente que estuvo protestando a preguntar por ellos a decirles que los
estaban vigilando. También le dije que yo no queme ese edificio, yo no salgo a
protestar con capucha, yo no salgo a protestar con un maletín lleno de piedras,
yo salgo a gritar y a pegarle a una cacerola, mejor dicho, yo salía. Le dije
que estaba ahí como estaban decenas y decenas de personas cuando eso ardió y
ahora resulta que cualquiera de esos es culpable y se tiene que morir.
-Por
eso, a usted nadie lo amenazó, nadie le dijo a usted directamente que lo iba a
quebrar, mejor dicho, usted se voló siguiendo el dicho ese de que hombre
prevenido vale por dos, o ese que dice que soldado avisado no muere en guerra.
Igual ya pasaron meses de eso, ya todo se calmó por allá, si usted quisiera ya
podría volver.
-No,
don Alcides, eso no es así. Si fuera así de fácil yo no me hubiera traído esa
plata para trabajar acá, me hubiera ido para Bogotá o para Medellín y listo.
Todo es más difícil, esa gente es peligrosa, hasta perfilado me deben tener.
-Ah
bueno, entonces usted no se va a volver rápido de acá, fijo se va a quedar
hasta que coja la primera cosecha de las mejoras, póngale que usted puede estar
por acá tres años como poquito, tiempo suficiente para empezar a necesitar una
novia, de una vez le puede ir arrimando a la muchacha que le digo.
-Esperemos
don Alcides, esperemos, con el tiempo uno va entendiendo mejor lo que pasa, de
pronto como usted dice me resulto quedando por acá. Yo no nunca me imagine
estar dizque en una finca voleando machete, pero vea, por acá estoy.
-Porque
quiere estar, porque si quisiera irse podría hacerlo sin problema, vuelvo y se
lo digo, a usted no lo amenazó nadie. Puede que a usted ni siquiera lo estén
buscando.
-Don
Alcides, hable más pacito que de pronto nos escuchan.
-Esas
bobadas, mijo, quién nos va a escuchar, no ve que por esto está solo, aunque
bueno, si no quiere que grite arrime el caballo, hágase más cerquita.
-Usted
quiere que yo me vaya, don Alcides, quiere que me vuelva para Tuluá, porque sí
es así no es, sino que me diga y yo miro a ver que me pongo a hacer. Yo hasta
entendería, porque sé que usted ha estado incomodo desde que se enteró del
motivo por el cuál estoy aquí.
-No,
hombre, bendito, nada de eso, yo no tengo ningún problema con que usted esté
ahí. A mí no me afecta y a Carmen tampoco, no es por eso que le hablo de esto,
es porque uno quiere entender, hermano, no más, lo que yo digo es que usted
está acá y no sabe por cuánto tiempo estará y que tampoco tendría que estar
porque podría irse para la ciudad otra vez, no para Tuluá, pero para otra
porque a usted nadie lo amenazó, usted hizo así como cuando a uno le dicen que
el río viene crecido y entonces uno se sale y no se baña más.
-Lo
que pasa don Alcides es que esa gente de verdad es peligrosa.
-Usted
siempre dice que esa gente es peligrosa, pero quién es esa gente, mijo, quiénes
son, los guerrillos, si son los guerrillos con razón usted está asutao, esa
gente es horrible, por acá estuvieron también hace unos años, hicieron hasta pa
vender los hijueputas eso. O son los paracos, eso también son unas pestes.
-Yo no
sé quiénes son, don Alcides, yo lo que sé es que si están dispuestos a
descuartizar a un muchacho porque estuvo en una manifestación entonces son muy
malos.
-Déjelo
así entonces, no me pare bolas, sigamos en lo que nos toca.
-Qué
es lo que nos toca.
-Trabajar
como un hijueputa, eso es lo que nos toca, meter el culo y no quejarnos.
-Ah
bueno, pues sí, eso sí, trabajo no falta, una finca no da descanso.
-Nada,
siempre resulta algo para hacer, pero todas formas, hágame caso, en vez de
estar sembrado jardín charle con la hija de doña Gladis.
En la
casa, Carmen había hecho un sancocho de espinazo de cerdo y aún sin bajarse del
caballo Alcides ya estaba diciendo que olía muy sabroso. Dejaron los caballos
amarrados y al lado del beneficiadero y les pusieron un par canoas con agua y
caña picada. Según Alcides iba a devolverlos después de comerse el sancocho y
terminaron entregándolos por la noche porque después del almuerzo él y simón se
acostaron a dormir.
Simón
le habló a Carmen de la orquídea y ella se ofreció a enseñarle a sembrar
algunas para que la colgara en la chambrana como hacía ella. Carmen insistía en
que sembrar flores iba a cambiarle la cara a la casa.
Al
otro día simón comenzó a organizar el patio para acomodar los colinos cuando llegaran,
después de sembrar el café se comprometió a sembrar el jardín, llegó a ese
acuerdo con su vecina y ella no dudo en comprometerse y mientras él adelantaba
la labor ella hacía diseños como si fuera una jardinera especializada de un
exclusivo club capitalino. Unas cuantas orquídeas y cuernos de venado sembrados
en canastos colgados del alero del corredor. Begonias y margaritas colgadas de
las chambranas y rosas de diferentes colores al pie de la misma. También un par
de veraneras en la entrada y dalias al lado y lado del camino que comunicaba la
casa de él con la casa de ella.
Al
principio le pareció que ahoyar iba a ser lo más difícil y la impresión cambió
cuando empezó a cargar los colinos desde el patio de su casa hasta los tajos.
Alcides le prestó una canasta a la que podía acomodar 20 colinos. Simón empezó
a cargar a después del desayuno y para la hora del almuerzo ya tenía el hombro
pelado y la camiseta ensangrentada.
Como
nunca había sembrado un palo de café Alcides lo ayudó con los primero
doscientos palitos. Le dijo que lo ayudaba, pero no pensaba cargar, que los
fuera llevando y los fuera regando en los hoyos y luego él iba y le explicaba
como se hacía. Simón hizo la tarea y subió doscientos colinos, le informó a su
vecino que ya estaba listo y este le pregunto por la gallinaza. Sin gallinaza
no se podía sembrar. Entonces Simón siguió cargando. Subía un bulto tras otro.
Los había comprado en Bolivia y pagó para que se los descargaran en la casa.
Olían mal. Sabía que olían mal, aunque no había pensado que al moverlo el olor
se ponía peor. Tampoco consideró que después de medio día cargando bultos de
gallinaza el olor en comparación al cansancio era lo de menos y que después
aspirar bocanadas de aire en medio de los filos para seguir ascendiendo el
cuerpo ya era uno solo con el mal olor.
Alcides
se agachó al inició de uno de los surcos y le dijo que así era mejor, mientras más
malucho huela es mejor. Metió las manos entre el bulto abierto que Simón le
acercó, sacó una cantidad generosa de gallinaza y la echo al hoyo, la revolvió
un poco con la tierra del mismo hoyo y agarró el colino de café, le quitó la
bolsa y lo metió, le dijo a Simón que tenía que buscar que el árbol quedara
derechito, que le fuera a quedar acostado. Lo tiene que nivelar bien, le dijo.
Empuño el palín y fue aflojando la tierra alrededor para darle firmeza al
arbolito de café. Se acercó al hoyo siguiente y repitió el procedimiento.
-Listo,
Simón, mijo, eso es lo que tiene que hacer, no, es más. Agarre y verá el surco
de abajo y haga lo mismo, hágale que yo le voy poniendo cuidado mientras voy
sembrado lo de este surco que ya comencé.
-Entonces
la medida de la gallinaza es lo que uno agarre con las dos manos.
-Si
señor, pues yo lo hago así, pero si usted se quiere traer una coca, una totuma,
una taza, cualquier cosa de esas para estar más seguro de la cantidad pues se
la trae y listo. Eso funciona igual mientras usted sea generoso con la
gallinaza, porque está tierra es buena, pero igual toca ayudarla. Es más,
sembrar con fertilizante sería mejor. Eso venden las mezclas listas nitrógeno,
fósforo y potasio, eso es una belleza como crecen esas mejoras sembradas así,
pero como usted ya desde que compro los colinos empezó a chichipatiarse
entonces toca con gallinaza, pero tranquilo que igual así también pelechan
bueno.
-Por
falta de plata nos toca entonces aguantarnos la hedentina de esto, dijo Simón
sacando la gallinaza.
-Normal,
mijo, normal, usted después de cargar eso ya está impregnado. Como ya le he
dicho muchas veces, téngalo en cuenta que no es paja, mientras más maluco huele
está mejor.
Durante
ese día trabajaron juntos, Simón un surco más abajo que Alcides. Avanzaron con
lentitud, la intención era que Simón lo hiciera bien, por eso Alcides lo
supervisaba y lo corregía, lo hizo una y otra vez y al final del día le dijo
que ya lo dejaba solo, que ya tenía claro como era. La tarea iba a ser larga,
pero Simón estaba contento, ya había comenzado, ya estaba levantando las
mejoras que mientras desyerbaba y se miraba las ampollas creía que nunca iba a
sembrar.
Terminado
el día se quitó la ropa y la puso en remojo. Hacía los mismo todas las noches,
al otro día lavaba por la mañana antes de irse para el tajo. Sabía que muchos
otros trabajadores se ponía el mismo pantalón varios días. Él no lo hacía
porque a diferencia de esos otros a los que les lavaban la ropa él debía lavar
la suya y sabía que era mejor lavar un jean al día que lavar un jean que tenía
la mugre endurecida y terca de varios. Se lavó con agua tibia y se fue a la
casa de Carmen y Alcides a comer.
-Oiga,
Simón, por ahí estuvo llamando Mario, como que necesita hablar con usted para
que lo llamé ahorita, según me comentó por allá hay un muchacho que no ha hecho
sino preguntar por usted dizque un amigo suyo que es periodista.
-Carlos,
ja, ese Carlos es intenso, hasta que no hable conmigo no deja de aparecerse por
allá a preguntar, él es así, doña Carmen. Con él me gradué del colegio.
-Para
qué lo estará buscando, será que le tiene alguna información relacionada con
los problemas esos en los que usted se metió. Tiene que hablar con él urgente,
cómo queda que de pronto ya se hayan enterado de que usted está por acá.
-Yo no
creo, doña Carmen, si fuera sobre eso él no se hubiera puesto a preguntar por
mí, sino que de una vez le hubiera dicho a Mario.
-Igual
llame, mijo, llame que uno no sabe.
-De
momento lo que deberíamos hacer es comer, dijo Alcides, porque yo tengo hambre.
Se terminó de secar la espalda y el pecho con la toalla, se puso una camiseta y
se sentó a esperar que Carmen trajera los platos.
Carmen
quiso saber cómo les había ido sembrado los primeros colinos de café. Según
Alcides debieron sembrar más. El día quedó corto, pero eso sí, Simón por fin después
de mucho maltratar arbolitos entendió como se siembra un palo de café. Simón le
ofreció una leve sonrisa a Carmen que más parecía una disculpa.
-Él
está contento porque comenzó a sembrar, dijo Alcides señalándolo, pero después
de sembrar es que viene el trabajo, le toca andar pendiente de las arrieras
para que no se le vayan a comer los palitos y por acá lo que hay es hormigas arrieras.
Le toca abonar, fumigar, desyerbar y en el camino van resultando más por hacer,
siempre resulta algo. Casi dos años dedicados a cuidar y consentir a esos palos
con la esperanza de que a la hora de la cosecha se pongan que se desraízan por
el peso de los granos. El problema es que muchas veces uno hace todo lo que hay
que hacer, siembra y levanta como se debe y cuando llega la cosecha el café no
se ve. O peor se ve, harto, uno saca y saca bultos, pero lo pagan a babas, se
trabaja mucho y no se ve la plata. En
eso es lo que usted se está metiendo, desde ya su esperanza esta puesta en esos
palos. Si le va bien, que es lo que queremos, salva la inversión, paga deudas,
se emborracha un día o dos y sabe que ahí puede seguir camellando y comiendo de
esos palos. Si la cosecha es mala le toca agarrar sus chiros y aceptar que a
veces el que arriesga pierde y volarse de por aquí, hermano, a ganar dólares.
Lo bueno es que ya no le va a tener miedo a ningún trabajo de mierda porque
aquí ya comió mierda.
-Hizo
escuela para irse del país, no mijo, porque le sale con esas a Simón, déjelo
comer tranquilo. Yo no más quería saber qué tal había estado el inicio de la
siembra, no más. Pero vea usted, le dio por creerse el coco hoy.
-No,
mija, no, ningún coco, es que es verdad, no es la primera vez que lo digo,
tiene que tenerlo presente, porque es mejor estar preparado, mucho más él que
está trabajando una tierra que es de otro y que no es un montañero como
nosotros, él es joven y se puede ir, nada lo amarra. Él no es como nosotros que
no sabemos hacer otra cosa distinta a estar acá. Ahora a él le parece bien
darse la pela de trabajar y sembrar y romperse la espalda para entretenerse,
para no aburrirse, para purgar culpas, para lo que usted quiera, eso está bien,
con todo eso, mija, a mí no me queda duda de la voluntad y de la verraquera de
él, yo al principio desconfié, creí que era un malandro, qué más va a pensar
uno de un marica que en vez de estar estudiando anda en la calle dizque
quemando ranchos, ahora yo le creo lo que él dice, yo le creo que todo fue una
cagada de esas que pasan cuando está rodeado de malparidos. A todos en algún
momento nos pasa. Él sigue creyendo en un poco de bobadas, dizque luchar por la
igual y mentiras de esas. Pero yo ya sé que un delincuente no es, si lo fuera
no estaría trabajando acá. De todas formas, lo que digo es en serio, si le da
miedo volverse para Tuluá, si no quiere estar en Bogotá o en Medellín, la
opción es pegar pal extranjero, porque yo sigo sin creer que lo de él acá
dándoselas de cafetero tenga mucho futuro.
-Usted
qué cree, Simón, cómo lo ve pues, hoy anda achandato y con ganas de achantar el
marido mío. Para que vea usted que no a todo el mundo lo llena de alegría
sembrar.
-Cualquiera,
cualquiera se ilusiona con la moneda extranjera. No crea que no, doña Carmen,
yo también pensé en algún momento en irme a rebuscarme por fuera, mucha gente
que yo conozco anda en Canadá, Estados Unidos, España. Les va bien. La mayoría
mandan plata para que la familia invierta acá. De todos modos, no me decido, yo
no creo que vaya a terminar de inmigrante, aunque bueno tampoco sería ser un
escondido y eso más o menos es lo que estoy siendo ahora. Uno nunca sabe en qué
puede terminar. Eso sí. Lo que dice don Alcides es verdad, yo le entiendo, le
estoy entendiendo lo que dice desde que lo dijo por primera vez. Es posible que
sí, que este miando fuera del tiesto, pero acá voy a seguir, voy a levantar
unas mejoras, como dicen ustedes y voy a coger esa cosecha.

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