viernes, 22 de octubre de 2021

Alguien pagó por esta novela. Primera versión. Capítulo 1

 

Alguien pagó por esta novela.

1

Eran las siete de la noche y el cielo estaba roto, como la mayoría de mis medias, por las que se salían mis dedos gordos. También estas berracas, y eran las nuevas, me dije cuando saqué los pies de los tenis para meterlos entre las botas de caucho. Era ya casi un hecho que esa noche nos iba a tocar sacar agua. Un cuarto de hora más con un aguacero como ese y se iba a inundar el barrio.

Andaba pegado a la ventana igual que el resto de los vecinos de la cuadra. Ellos como yo con escoba en mano, listos para empezar al devolver el agua cuando subiera el nivel y se montara sobre la acera decidida a entrarse a donde no la habían invitado. En ese barrio nunca nos habíamos inundado, pero para estar anegados como para muchas otras cosas siempre hay una primera vez, y al parecer para nosotros había llegado el momento de la primera inundación. El agua seguía cayendo, los truenos retumbaban en las ventanas y el viento amenazaba con arrancar los techos que aunque bien amarrados, se cimbraban. 

Yo había llegado a mí casa apenas media hora antes. Venía del centro, mamado de voltear la tarde entera intentando resolver mil y un chicharrones que resultaban en el trabajo y que me hacían falta para tener lista una cuenta de cobro. cuando llegué estaba tronando y una brisa menudita me mojaba la cabeza, iba llover, pero nada insinuaba esa tempestad. Me cambié la ropa y me puse la sudadera. Cada semana me tocaba jalar más del cordón para que me quedara apretada y no me dejara en bola en el lugar menos esperado. Era de mi talla y el resorte de la pretina estaba buena, pero igual tocaba apretar.

Cuando se destapó el aguacero y los bombillos amagaron apagarse, primera señal de que además del agua entrándose a las casas también se podía ir la luz, yo estaba en la cocina intentando preparar un café con la juagadura del frasco que ya se había terminado. Con ese torrencial no existía paraguas que me sirviera para ir a la tienda por una papeleta de café y volver seco a la casa. Aunque hubiera valido la pena ver la cara de la señora de la tienda notándome llegar en medio de ese chaparrón con el único propósito de pedirle fiada una papeleta de café. El cuaderno de la señora de la tienda no tenía ya más espacio en blanco para mí, me había dicho ella. Búsquele una hoja nueva, usted tranquila que yo no le quedo mal, le dije a la señora casi suplicando, la última vez que entré allá, y ella tajante y repelente dijo que le pagara lo que le debía primero.

El tinto me había quedado maluco, no podía quedar de otro modo, pero con el agua cayendo a cantaros y el susto por la inundación no me afligí mucho por eso. ¡Se nos mete o no se nos mete!, le pregunté a los gritos al vecino del frente que tenía la puerta a medio abrir y miraba angustiado la calle. Ya no, ya no, me respondió el vecino, ya está mermando el agua, vea que ya está bajando, decía el señor señalando la borrasca que bajaba por la calle.  A mí me parecía que el aguacero estaba aumentando, pero el vecino estaba convencido de lo que decía así que le sonreí y le dije que ojalá.

Me alejé de la ventana porque escuché sonar el celular que había dejado en el aparador de la cocina. Una llamada en medio de esa tempestad no auguraba nada bueno, me repetí mientras cruzaba la sala. Seguro era el concejal, que ya quería sacar provecho de esa lluvia para decir algo en redes sociales, escríbase algo esperanzador en Facebook, para que los votantes sepan que uno también se angustia con el mal tiempo como ellos, una cosa así me iba a decir. Aunque también podría ser don Saulo, pero para qué don Saulo a esa hora, si él y yo no teníamos nada pendiente.

Miré el celular y era Manuel. Manuel qué putas quería, llevaba meses sin llamarme, sin buscarme. Habíamos hablando hacía un año tal vez y no había sido nada memorable, no había sido más que un encuentro momentáneo en una reunión política.

No estaba molesto con él, digamos que me había esforzado lo suficiente en entenderlo, en comprender todas las responsabilidades con las que había tenido que lidiar. Pero que lo entendiera no borraba el hecho de que me había dejado tirado; yo le había metido la espalda a su candidatura, me había untando como ningún otro para conseguir lo que a final consiguió y a la hora de la verdad, cuando se vinieron los nombramientos mi nombre no apareció por ninguna parte. Después, cuando llegaron las contrataciones, también quedé por fuera. No dije nada y me hice a un lado, me dediqué a otras cosas, a ganarme los pesos como mejor se pudiera y me desentendí de Manuel, hasta ese día, hasta esa llamada. Él no tenía responsabilidad conmigo, ya me había pagado por mi trabajo en campaña, eso debía ser todo. Eso me repetí una y otra vez para sacudirme la sensación de traición que me acechaba.

Me saludó sin formalidad, como si hubiéramos estado jugándonos un partido de micro después de un asado, justo esa misma tarde. Yo me mantuve parco, lo dejé hablar y con mis respuestas cortas y desabridas le hice notar que no andaba de ánimo.

Manuel que no era ningún pendejo evitó las distracciones, los monólogos baladíes. Él era consciente de su deuda, de su actuar injusto conmigo. Él sabía que el tema iba a salir en algún momento y me iba a tener que dar explicaciones. Pero esa noche no fue, no hubo explicaciones sino una propuesta. Me dijo que tenía un negocio para mí, una propuesta jugosa imposible de desperdiciar. Me dijo que me esperaba a las nueve de la mañana en la oficina. Hizo como si no me entendiera cuando le sugerí que aprovechara que ya estábamos hablando para que me propusiera lo que fuera que tenía que proponerme. Usted sabe que por teléfono no se hacen negocios y menos con este aguacero, el clima no tenía nada que ver, pero eso fue lo que dijo Manuel.

Como si él viviera en un barrio que se pudiera inundar, como si fuera él quien tuviera que sacar el agua en caso de que se le entrara. A las nueve de la mañana en la oficina, repitió, hágale tranquilo que no se va a arrepentir.  Le gustaba decir teléfono y no celular, tenía un apego por la palabra que me resultaba romántico. ¿En la alcaldía? le pregunté antes de colgar. No señor, tan marica, cómo se le ocurre, en la alcaldía no, allá no, en la oficina, la de siempre la que usted conoce, dijo eso y colgó.

Volví a la ventana y vi que como había dicho mi vecino el aguacero era menos intenso, abrí la puerta y desde ahí como mis botas de plástico y mi sudadera vi como un perro jugaba en la calle, corría entre la borrasca que aún se hacía notar, pero ya sin la opción latente de subirse a la acera y meterse a las casas. El perro corría y saltaba en sus patas traseras intentando morder un chorro que caía con fuerza desde una terraza vecina dotada de un par te tubos de desagüe muy generosos.

El mismo vecino del frente, al que le había gritado antes, me dijo que se había alcanzado a asustar, oiga mijo, yo si creí que nos alcanzábamos a inundar, menos mal que no, usted también, se ve, dizque con botas y tales, dijo señalándome los pies. Claro, yo también, le respondí. Es que yo no había visto caer tanta agua junta, le dije. El vecino soltó una carcajada acompañada de un sonoro: deje de ser exagerado hombre, tampoco.

Cerré la puerta y me fui para la sala a prender el televisor, seguía lloviendo, menos, pero seguía lloviendo y en mi cabeza seguir sonando la voz de Manuel. Dejé el televisor prendido y me fui para el cuarto y me paré al frente del armario. Empecé a mover los ganchos. Qué camisa me iba a poner. Cuáles pantalones. Miraba una y otra vez lo poquito que tenía. Me iba a sentar a hablar de negocios con el alcalde llevando los mismos chiros gastados con los que volteaba el día entero intentando ganarme la comida. Iba a llegar a esa oficina con los trapos planchados y limpios y eso no iba a ser suficiente para evitar que con una mirada rápida el alcalde se diera cuenta de que la estaba pasando mal, de que estaba zarandeado.

Llevar del arrume o permitir que se note es un problema a la hora de hacer negocios. Eso me lo había enseñado él. Antes de ser alcalde, cuando andábamos en campaña y negociábamos alianzas con otros políticos o acordábamos trabajar con algunos líderes comunales, Manuel me decía que se ofrecía según la cara de necesidad que trajera el otro negociante.

“Usted los mira con detenimiento. Los detalla. Es más, si puede tener a una mujer a su lado mucho mejor, ellas son buenas para eso. Además de tener claro lo que dice la apariencia usted habla con ellos, les hace preguntas sueltas, de las normales, de las de siempre: qué cómo van, qué cómo andan los negocios. Los deja hablar, les da confianza para que se desparpajen, se muestra interesado en ellos, en sus familias, sus amigos, sus ocupaciones y aficiones. Todo eso es importante hacerlo porque ahí va usted recogiendo la información necesaria para analizar mejor la situación actual del negociante. Mientras más mal la esté pasando más humilde puede ser la oferta y usted va ganado. El problema se presenta cuando el otro no necesita nada, cuando está incluso mejor que usted porque ahí sí le toca a usted es comprarle las ganas al otro y el otro desde su lado está es mirándolo a usted como al pobre arrancado que está dispuesto a aceptar cualquier moneda”.

Recordaba muy bien sus palabras. Las recordaba porque de hecho todos esos cuentos nos había funcionado en más de una negociación. Me había puesto sobre la mesa la teoría y después me había demostrado en la práctica que era un efectivo proceder, ahora era el alcalde.

Por eso revisaba la ropa y por eso sabía que no tenía una sola pinta que pudiera hablar bien de mí, que pudiera mentir por mí. Todo estaba gastado, motoso, percudido y triste. La mejor camisa que tenía era la misma con la que Manuel me había visto la última vez que nos encontramos. Iba a llegar yo a su oficina con la cara y la facha que él quería ver, varado y dócil, gastado y sin un peso. 

La naturaleza del negocio me tenía ansioso. No se me ocurría de qué se podía tratar. Después de tanto tiempo había encontrado algo para mí. Pero qué podría ser. Qué podría implicar si ni siquiera lo íbamos a hablar en su despacho de primera autoridad del municipio sino en la vieja oficina de ciudadano y empresario de pueblo, la oficina que siempre se mantuvo al margen de su candidatura y que funciona seis de los siete días de la semana.

Después de haberme sacado el culo por tanto tiempo solo se me podía ocurrir que la llamada estaba ligada a un chanchullo, un gallo tapado que solo le podía confiar a un tipo como a mí, a alguien que lo conocía y que había demostrado que podía trabajar sin hacer preguntas. Alguien que había demostrado que se podía quedar callado y mirar para otra parte. Porque eso había hecho yo, me había dejado sin puesto, sin plata, por fuera del llavero y sin embargo nunca había hablado ni reclamado. Nunca me había ido para el otro lado. Yo tenía información delicada para Manuel, él lo sabía, pero nunca recurrí a eso para conseguir algo, ni de él ni de sus contrarios.  No podía ni imaginarme el tipo de negocio que me tenía y no podía evitar sentir desde ese momento, tan solo con el anuncio que ya me habían visto la cara de marica.

Me miré los pies y me vi las botas, parecía bobo, todavía con esas botas, ya no nos habíamos inundado, ya no hacía falta. Me las quité seguro de que en ese momento el mejor calzado que yo tenía en esa casa era ese. Volví descalzo a la sala y me tiré en el sofá a ver televisión. Tenía las uñas negras, no me había dado cuenta desde cuando las tenía así, pero estaban negras y afiladas, como garras. No sabía por qué estaban así, pero desde hacía unas semanas no había media que les aguantara. Busqué en un cajón un cortaúñas y no encontré. No tenía ni un puto cortaúñas. Lluvia, llamada de Manuel, uñas raras. Que mierda. No quise ver más noticieros y agarré el control para buscar el lugar seguro, el canal donde pasaban una y otra vez los capítulos tantas veces vistos de los Simpson.

jueves, 28 de enero de 2021

Trabajo

Luis salió del trabajo a las seis de la tarde. La tela de su uniforme ya no absorbía una gota más de sudor y el peso de la prenda, mayor al de la mañana, castigaba los músculos del cuerpo cansado. Sus hijas lo esperaban y, por eso antes de darse el baño que anhelaba y tanto le urgía, corrió a la casa de ellas.

Llevaban menos de un año separados y Luis parecía mucho más afectado que sus hijas por la ruptura. Tocó la puerta y no obtuvo respuesta. Al interior de la casa se veían luces encendidas y se escuchaba el televisor. Volvió a tocar un poco más fuerte, repitiendo una y otra vez el contacto entre sus nudillos maltratados y rasguñados por el trabajo y el hierro frío de la puerta.

Pasados unos segundos, varios, apareció la mamá de sus hijas. Abrió con algo de dificultad y apoyada en la puerta se acomodó un tacón del pie izquierdo que tenía a medio poner.

-Yo creí que nadie iba a abrir, ya me iba era a ir, reprochó Luis.

-Hum mijo, pero mire a ver si primero saluda, le respondió la mamá de sus hijas, sin darle mucha importancia al hombre.  

Le dio la espalda sin invitarlo a entrar y mientras regresaba a su cuarto les gritó a las niñas, que le bajaran el volumen a ese televisor y que el papá había venido. Luis permaneció en la entrada esperando a sus hijas. Las niñas sonrientes lo quisieron abrazar y Luis se los impidió. Estaba muy mugroso y sudado, acaba de salir del trabajo, les explicó. Había estado fumigando toda la tarde y nos las quería dejar oliendo a veneno.

Las niñas entendieron lo dicho por su papá sin darle muchas vueltas y se dejaron venir cual avalancha con sus historias. Hablaban al tiempo buscando cada una capturar toda la atención de Luis. Se atropellaban las voces de las niñas mientras él miraba el pasillo esperando ver de nuevo a la mamá. En tacones y con el cabello planchado un martes a las siete de la noche, ¿qué pasaba ahí? se preguntaba Luis, ¿para dónde iba a ella?

Una de las niñas queriendo estar segura de que su papá las estaba escuchando le puso las manos en las mejillas a Luis y le giró la cabeza buscando que la mirara a ella y a su hermana que estaba al lado. El movimiento no fue brusco, pero sí fue suficiente para que Luis entendiera que lo dicho por sus hijas reclamaba su completa atención.

Hablaban de la escuela y de la fiesta de disfraces que iban hacer a final de mes. Una de las niñas quería ir disfrazada de Mujer maravilla y la otra quería disfrazarse de enfermera. Una de las niñas dijo que su mamá les había dicho que le dijeran al papá que les pagará él el alquiler de los disfraces.

Algo de lo que las niñas habían dicho se le escapó, pero había escuchado lo más importante, la mamá de las niñas le había dejado a él el alquiler de los disfraces, con eso le quedaba claro el porqué de la llamada de sus hijas. Luis les pidió a las niñas que esperaran hasta el fin se semana que le pagaran la quincena, él venía y las recogía para ir por los disfraces. La respuesta tranquilizó a las niñas que ya teniendo su urgencia solucionada quisieron volver a la sala. Antes de irse Luis esperó a que la mamá de las niñas saliera, pero no lo hizo. Cerró la puerta y se fue para su casa, la elegancia de la mamá de sus hijas lo intrigaba, estaría esperando al novio seguramente. Iba a tener que preguntarles a las niñas si quería salir de dudas.

Encontrar los disfraces tomó tiempo. Al ver la variedad de opciones en el almacén las niñas decidieron ampliar sus posibilidades y los disfraces que tenían en mente cuando salieron de la casa ya no parecían ser los más apropiados. Las manos iban veloces deslizando ganchos por los percheros de barra, las voces infantiles resoban por el local preguntando por tallas y los ojos parecían abandonar sus nosotros observando los maniquís

Luis esperó con paciencia. Se sentó y repitió a cada pregunta de las niñas una única respuesta, que eran ellas las que se iban a disfrazar y que con cualquier disfraz estaban lindas. La pasividad de Luis no ayudaba. Por fortuna para las niñas las empleadas del lugar fueron de más ayuda que su papá y les recomendaron los disfraces más apropiados según su edades y estaturas, color de ojos y cabello.  Luis asentía con una pequeña sonrisa, como aprobando los disfraces que más le gustaban, pero sin participar del todo.

Al final la hija mayor se llevó el disfraz de Mujer maravilla como lo había dicho desde el principio. La menor se decidió por un overol de piloto de la formula uno. Luis estaba seguro de que la niña había escogido ese disfraz porque era imposible dejar de mirar el casco que lo acompañaba, las calcomanías y el color lo hacían muy llamativo. Lo cierto era que estar todo el tiempo con el casco puesto no iba a resultar muy cómodo, o por lo menos eso creía Luis y su hija mayor estaba de acuerdo, cosa que no le importó a la menor que estaba dichosa con su elección.

Cuando Luis recogió a las niñas esperó ver a la mamá, pero ella no salió, las niñas estaban listas y apenas lo sintieron llegar se arrojaron al andén. Cuando iba a salir con sus hijas uno de sus hermanos le prestaba el carro para que no las moneara a las dos en esa moto, le decía.

Antes de volver a la casa comieron helado y estuvieron en el parque. Luis había pensando en preguntarle a las niñas por su mamá a ver qué le decían, pero se aguantó y solo cuando regresaron y ella les abrió la puerta y Luis la vio peinada y maquillada, supo que necesitaba saber desde cuando tenía novio su exmujer.

La mamá de las niñas le dijo a Luis con cierto enfado en la voz que su demora le había hecho coger la tarde, que la estaban esperando desde la cinco y vea la hora qué era y ella sin poder salir por estar esperando a las niñas. Luis, sin despegar los ojos de las piernas que dejaba a la vista la falda que ella no paraba de jalar hacía abajo con sus dedos largos, quería saber para dónde iba a la mamá de sus hijas. Pero en lugar de preguntarlo le dijo que si estaba tarde era culpa de ella por no haber avisado que no se podían demorar. Luis se había expresado con calma, no con desinterés. Ella se notaba incomoda, era inocultable que ver a Luis la irritaba.

Las niñas en medio de los dos sacaron emocionadas los disfraces de sus bolsas para enseñárselos a su mamá que se olvidó de el afán que tenía cuando vio el overol de su hija menor.

-Pero Luis, usted si es que, mejor dicho. Es que no lo puede dejar uno que se encargue de nada, ni de alquilar un disfraz es capaz. Cómo fue escoger esto para la niña. Esto es un disfraz de niño. La mujer hablaba estrujando con sus manos el overol. Había dejado de jalarse la falda y el ceño fruncido le iba a bajar a los labios.

La niña interrumpió a su mamá arrebatándole el overol. Lo guardó en la bolsa junto al casco que no quiso sacar y se fue corriendo al cuarto. La otra niña fue tras ella sonriente, parecía divertirse con la situación y con la seguridad que le daba saber que su disfraz no era el causante de ningún problema.

-En serio Luis, por qué le alquiló eso a la niña si ella había dicho que quería disfrazarse de enfermera. Bueno y si no iba a ser el de enfermera pues le hubiera conseguido por lo menos uno de niña.

-Yo no fui el que lo escogió, ni le dije tampoco que tenía que traerlo, ese fue el que ella quiso, el que le gustó. A mí también me gustó, está lindo y se le ve bonito. Y allá dijeron que es unisex. Yo no entiendo porque una niña no se puede disfrazar de piloto. Si quiere ese día la maquilla para que sea una piloto maquillada.

La mamá de las niñas sabía cómo era Luis, por eso entendió perfectamente que esa ultima frase tenía que ver más con ella que con su hija. Su ceño seguía fruncido, y se había vuelto a jalar la falda con impaciencia.

Luis estaba esperando que ella le respondiera, que dijera algo que le diera pie para preguntar por qué se estaba arreglando tanto. Con quién estaba saliendo. O algo por el estilo. Quería saber, pero no era capaz de preguntarle de frente. Esa tarde o más bien noche tampoco hicieron falta las palabras porque mientras Luis esperaba que ella hablara llegó la camioneta blanca en la que ella se fue.

- ¿Cómo así que se va, y entonces las niñas? Preguntó Luis, de pie en el anden al lado de la puerta.

- Pues las niñas no van. No demora en llegar mi hermana, usted váyase tranquilo. Bueno o si quiere quédese un rato, usted verá. Oiga y sepa que si me queda tiempo esta semana voy y cambió ese disfraz por uno de niña.

La mamá de sus hijas cerró la puerta de la camioneta y Luis no alcanzó ni a ver al tipo que manejaba. Se quedó en la sala con las niñas y vio la televisión con ellas. Hubiera preferido no entrar, pero como seguía sin saber bien qué pasaba quiso aprovechar para preguntarle a las niñas. Le dio vueltas en su cabeza a la pregunta mientras veía Las chicas super poderosas en la pantalla. Al final único que hizo fue comentar que el novio de la mamá tenía una camioneta muy bonita. Las niñas se apresuraron a aclarar que la mamá no tenía novio. Luis quiso saber si la mamá estaba saliendo mucho y las niñas lo confirmaron.

La tía de las niñas no demoró en llegar y Luis no quiso estar más ahí. Manejó hasta la casa de su hermano para devolverle el carro. Le ardían los ojos y tenía hambre. Su ex mujer estaba pasándola bien en ese momento quién sabe con quién y en dónde. Y él, aunque en ese instante lo que quería era estar en un bar tomándose una cerveza iba a tener que irse para su casa porque tenía las monedas contadas para aguantar hasta la próxima quincena y además tenía que madrugar a trabajar.

Durante las semanas que siguieron Luis no esperó a que llegara el fin de semana ni a que sus hijas lo llamaran para ir a visitarlas. No esperó tener un motivo que explicará o justificará su visita. Empezó a presentarse después del trabajo, se sentaba en la acera a hablar con las niñas esperando saber algo de su mamá, esperando encontrarla con alguien, pero la mayoría de las veces no la encontró ni a ella. Se dio cuenta de que sus hijas se la pasaban o solas o con la tía.

Luis tenía una buena relación con su cuñada que no tenía ningún inconveniente en que él estuviera metido en esa casa todas las noches. A veces Luis llegaba con empanadas o con pan caliente, con buñuelos o pandebonos. Se sentaba al comedor y comían los cuatro. La tía de las niñas hacía un chocolate espumoso igual al de su hermana y Luis lo saboreaba como si estuviera viviendo en el pasado, como si estuviera todavía casado con una mujer enamorada.

Que la mamá de las niñas estuviera saliendo tanto no parecía afectar en nada la normalidad en la casa, todo parecía funcionar bien para sus hijas y para la tía que las cuidada. Por uno días las visitas de Luis cesaron pero su curiosidad no se extinguió. Quería saber quién era el novio de la mamá de sus hijas, quería encontrárselo de frente para verlo bien, quería que fuera ella quién le dijera que estaba saliendo con alguien. Pero primero se le alargó la jornada laboral antes de poder confirmar sus sospechas.

Por dos semanas el nuevo horario lo tuvo ocupado hasta las diez de la noche. El compromiso de su jefe había sido terminar el embellecimiento de dos parques públicos de la ciudad y los turnos se habían alargado para poder cumplir a tiempo con la entrega. Luis sembraba carboneros, cedros, fresnos, yarumos. Sus compañeros sembraban césped, maní forrajero y hasta veraneras. Sembraban lo que el cliente había pedido intentando armonizar el espacio y conseguir el efecto de jardín privado que el cliente buscaba.

Durante esos días solo habló con sus hijas por teléfono, siempre les preguntaba por la mamá sin conseguir mayores detalles. Un compañero de trabajo le dijo que él era un marica a toda carrera, que no tenía sentido seguir esperando a que esa vieja le parará bolas otra vez. Que esa relación ya se había acabado y él tenía que empezar a verse con otras mujeres.

-Si ella ya está buscando marido otra vez usted tiene que hacer lo mismo y conseguirse una esposa. Eso de quedarse solterón no es pa usted, además uno viejo y sacudido, sin un malparido peso, qué gusto le va a sacar a la soltería. Nosotros no estamos sino para tener por lo menos la seguridad de que en la casa nos espera alguien.

Luis prestó atención sin opinar ni contradecir a su compañero. No le parecía que estuviera equivocado, aunque tampoco creía que él estuviera tan viejo y menos tan aburrido. No creía que su prioridad en ese momento residiera en la necesidad de conseguir una esposa. Lo que le interesaba era saber que estaba pasando con la mamá de sus hijas. Por qué las estaba dejando solas. Lo que deseaba era que se mantuviera abierta esa puerta al pasado. Una posibilidad factible de volver con ella.

Luis dejaba que su compañero hablara, le tenía confianza y le servía tener con quién hablar, aunque lo que le dijeran no lo convenciera. El compañero siguiendo con sus consejos estaba seguro de que un par de amigas que tenía para presentarle le iban a gustar.

-No es si no que me diga que sí y yo se las llamó. Vea con una vez que usted salga con cualquiera de las dos, la que más le guste, se a va dar cuenta que yo tengo razón. Dígame pues.

Luis no sabía que responder. O no se decidía a hacerlo, sabía que, aun respondiendo que no, su compañero igual le iba a cuadrar esas salidas. En ese momento y mientras el compañero exigía una respuesta con el celular en el mano listo para marcar, sonó el celular de Luis.

Le tomó un tiempo saber con quién hablaba y de qué le estaba hablando. No entendía nada de lo que le decía la mujer al otro lado del celular. Le explicaba que se había pasado una semana de la fecha de entrega de los disfraces y estaban necesitando que los devolviera a más tardar el viernes si no quería perder el depósito. Sin poder ocultar lo confundido que estaba Luis le respondió a la empleada del lugar que no había ningún problema y le dio las gracias por llamar.

La mamá de las niñas no había devuelto los disfraces, ni le había dicho que los devolviera. Era posible que lo hubiera olvidado por estar ocupada con sus salidas. Tampoco se lo habían dicho sus hijas, no se lo había recordado ni a ellas. Tal vez sí, tal vez era cierto lo que decía su compañero, él ya no tenía oportunidades, nada iba a volver a ser lo que había sido.

 -Dígame pues, le cuadro una salida con una de las amigas mías o qué, no le eche mucha mente a eso, que tampoco es nada raro, usted sale con ella y si no se siente cómodo pues no la vuelve a invitar a nada y listo.

Luis estuvo de acuerdo con su compañero y aceptó el ofrecimiento, más por quitárselo de encima que por un interés real en conocer a alguien.

Al caer la noche le pidió permiso a su jefe para salir más temprano y solucionar el tema de los disfraces. En la casa de sus hijas esperaba que fuera su cuñada la que le abriera la puerta, pero no.

-Qué milagro usted por aquí, -dijo Luis.

-Ni tanto, -respondió la mamá de las niñas.

Luis le dijo que venía por los disfraces para devolverlo. Lo habían llamado del almacén para reclamárselos. Ella le dijo que estaba convencida de que ya los había devuelto. Luis le respondió que él estaba por las mismas, convencido de que ella ya los había entregado.

-Bueno, aunque qué los iba a devolver si el novio no le está dejando tiempo de nada, expresó Luis.

-Ya va a empezar con sus cuentos. ¿Cuál novio? Es que usted no se ha podido dar cuenta de lo que pasa, no ha visto que me está tocando salir a trabajar de noche. Ojalá fuera un novio… Ella, pálida y ojerosa, hablaba con desgano.

- ¿Cómo así que salir a trabajar? ¿por las noches? ¿Trabajar en qué? Preguntó Luis.

-Pues no será de mensajera, en tacones y sin moto. Sacúdase Luis, usted ha sido un montón de cosas en está vida, pero lento no.

Luis seguía ahí en la acera mirándola afectado, sin saber que decir. Las niñas por las que Luis no había preguntado se acercaron corriendo, venían de la tienda con la tía. Comían bombón y le preguntaban al tiempo que si se iba a quedar tomar chocolate.


miércoles, 13 de enero de 2021

Deseo

 

Cuando soplé las 25 velitas azules que coronaban esa torta envinada que mi mamá debió comprar en una de las panaderías famosas de la galería, estaba viendo su rostro, la estaba recordando. 25 años, justo la edad que tenía usted cuando la vi por primera vez. Usted no debe ni acordarse de ese momento, no tiene por qué.

Yo en cambio lo tengo muy presente. Nunca me hubiera imaginado en ese entonces que mi yo del futuro iba a atesorar tanto un saludo mañanero con alguien a quien veía por primera vez.

Faltaban cinco minutos para que fueran las ocho de la mañana y yo fui el primero en entrar al salón, nos cruzamos en la puerta, usted salía sosteniendo una escoba y un recogedor, me respondió el saludo con una sonrisa colorida, eran morados los brakects que tenía por esos días. Usted se fue y yo me senté en mi pupitre dibujándola en mi cabeza completamente convencido de que era una estudiante nueva, estaba ansioso por saber en dónde se iba a sentar, tal vez eligiera hacerlo a mi lado porque ese primer saludo le podía generar algo de confianza cuando volviera a entrar, pero no, resultó que no era estudiante.

Saludó amable y escribió su nombre en el tablero. Yo nunca había conocido a ninguna mujer que escribiera Ximena con X, Ximena Zuluaga, nombre y apellido iniciaban por las ultimas letras del abecedario, siempre condenada a ser la última de la lista

Nadie nos había avisado que iban a cambiar al profesor y por el gesto de mis compañeros se notaba que estaban tan sorprendidos como yo. Aunque por motivos distintos según supuse, ellos por el cambio inesperado y yo porque usted no iba a ser mi compañera sino mi profesora.

A usted tal vez le gustaría escuchar que ahora que cumplo su edad soy un ingeniero exitoso que luce unas gafas estilosas como las que usted usaba por esos días, que sus clases me permitieron graduarme con honores porque mis bases eran solidas y mi amor por los numero inabarcable. ¿Qué voy a saber yo?  Son puras suposiciones, pero debe ser ese el tipo de noticias que una profesora quiere oír, las que ratifiquen un trabajo bien hecho.

Y nada de eso es cierto. Pienso en usted hoy que cumplo la edad que tenía usted ese día pudiendo decir únicamente que soy capaz de dibujarla de memoria convencido de aproximarme mucho con el resultado final a una de sus fotografías favoritas de esos tiempos. El deseo de dibujar, de dibujarla a usted, eso sí fue un resultado de sus clases y fue lo que me llevó a estudiar artes.

Me dirijo a usted, aunque no esté, aunque no sepa dónde ande o que haya sido de su vida, le habló al recuerdo vivo de usted que guardo.

La pregunté mucho. Eso era lo primero que hacía cuando me encontraba con alguno de mis compañeros. Quería saber de usted, conservarla cerca, aunque fuera a través de otros, pero me encontraba con la dificultad de esos otros para describírmela y con la escases de sus recursos para dejarla vivir en la amplitud. Lo de ellos era dibujarla en el límite. Hubiera sido muy beneficiosas para mí las redes sociales por esos días. Ver sus fotos, conocer sus opiniones. Me hubiera gustado quedarme. Seguir mirándola. Pero mis papás no se iban a quedar solo porque yo estaba fascinado con una profesora. Les preguntaba y era tan poco lo que podían decir que el ultimo con el que hablé me dijo que usted se había ido, que la había cambiado de colegio y no me dijo a que colegio porque no sabía.

Me imaginé a otro estudiante que no era yo confundiéndola con una estudiante al verla entrar a usted con sus tenis blancos y su pelo cortico a un salón de clase que muy seguramente usted había limpiado antes. Me imagine a Rómulo llegando a recogerla en ese carro viejo que solo él podía tener porque para eso era mecánico y lo podía arreglar y mejorar cuando quisiera. Usted me contó que no era su papá, pero como si lo fuera. Él le decía ‘tiza’ y usted sonreía, nadie más le decía así, solo él. Blanca como la tiza. Rómulo no era muy bueno con los apodos. Usted lo sabía y no le importaba. Tampoco lo fui yo con los nombres porque mi primera exposición en la universidad se llamó ‘tiza’ también.

Usted no preguntaba por mí, usted no necesitaba saber qué había pasado conmigo. Para qué iba a querer saberlo. Yo era un estudiante más en ese salón, el único fascinado con usted, el único al que se le había movido el mundo, al que se le había trastocado la realidad y acabado la rutina, pero un estudiante más al fin y al cabo, uno más que respondía que sí, que todo estaba claro, después de la pregunta de rigor al concluir la explicación, un nombre más al final de la lista.

No hablo de usted a menos que sea necesario, en algunas ocasiones mi trabajo me lo exige. ¿quién es la modelo? me preguntan en las exposiciones. ¿En quién se inspiró para crear el personaje? Me preguntan cuando presento un nuevo libro de cómic en el que la protagonista se parece mucho a usted. Si fuera famoso tal vez usted podría encontrarse con un libro de esos en una librería cualquiera y reconocerse. Valdría la pena la fama solo para eso.

Mientras mi mamá quita las velitas de la torta para empezar a partirla mis sobrinos me preguntan por el deseo que pedí. Mi hermana les dice que los deseos son para los niños, que el tío ya no pide deseos. Un primo se atraviesa porque quiere recibir su torta antes de que los demás. Una de mis tías sigue tomando fotos y mi abuelo está enojado porque no le gusta la música que suena. Una de mis amigas le habla a mí papá de las maravillas de la marihuana medicinal. Y yo intento mezclarme y sonreírles a todos en esa fiesta sorpresa pensando en usted y en el deseo que sí pedí al apagar las velas.

martes, 12 de febrero de 2019

Contar


Hay unos tipos a los que les dicen: la ventaja con usted es que le gustan los números y es bueno con las cuentas, luego les ofrecen un salario de hambre para que cuenten vacas flacas en un potrero o asistentes a los estadios como dato para la transmisión de partidos de fútbol en emisoras baratas. Esos tipos andan por ahí haciendo cuentas con lo que no es de ellos. Esos mismos tipos son muy buenos rezando los mil jesuses. Pero esos tipos son escasos y conseguirlos es demorado y el problema no es ese, el problema de verdad es que a esos tipos no les gusta que contar sea un trabajo y tarde o temprano se aburren y se van a sacar pescado al magdalena y de puros putos no lo cuentan. 


viernes, 8 de febrero de 2019

Premio


Nos queda pendiente el resto, luego le digo como es que hay que lavar esa camisa para sacarle esas manchas. Normal que estén contentos y hagan caravana, es la primera vez que un cultivador de yucas de ese pueblo consigue arrancar una yuca que se parezca tanto a la cara del presidente. El estrepito afuera es desesperante. Guarda el celular en el bolsillo de la camisa y se asoma por la ventana. Aunque la premiación fue esa misma tarde mucha gente ya está usando camisetas con estampados de la bandera del pueblo y en el centro la yuca ganadora. En la transmisión del concurso dijeron que la yuca pesa seis kilos y medio y de perfil reflejando su sombra en la pared consigue verse igual al presidente. Va a la cocina por una bolsa de harina  y vuelve a la ventana para arrojárselas por puñados a los que pasan y unirse de algún modo al festejo. De todos modos hasta que no pase la bulla no puede volver a llamar. 

jueves, 31 de enero de 2019

No sabemos


No sabemos qué hacer con ese caballo de ahí don Samuel. No sabemos qué hacer con esa araucaria de ahí don Samuel. No sabemos qué hacer con esa señora de allá don Samuel. No sabemos qué hacer con esas flores de allá don Samuel. No sabemos qué hacer con esos trabajadores acá don Samuel. No sabemos qué hacer con nada acá don Samuel. El sombrero grande de plástico que deseaba ser de un tejido orgánico comprado en la galería le cubría la calva y ocultaba los ojos de Samuel, que miraba desde el corredor del segundo piso cada uno de los elementos que le señalaban sin responderle a ninguno. El caballo del abuelo. La araucaria que había sembrado la tía mercedes. La señora que él ya no quería pero con la que seguía casado. La flores de esas matas que su mamá abonaba dizque con las cascaras de papa y de plátano que salían de la cocina. Esos trabajadores que él había traído para arreglar lo que no tenía arreglo; cómo si lo hubiera necesitado. Tenían razón ellos, él tampoco sabía qué hacer ahí.

martes, 15 de enero de 2019

Puertas


Cerrando puertas, es un fenómeno raro que sucede en este pueblo dos veces al año cada año durante dos meses completos, el cuarto y el octavo. La explicación es muy simple, se cierran las puertas a todo el que ofrezca algún producto sin importar cuál sea. No se compra no se agradece, no se dice que ya compramos o ya tenemos, se cierra la puerta, se cierra con fuerza, que suene, que suene duro pues hijueputa. Durante ese tiempo los vendedores puerta a puerta se van para la playa y siguen ofreciendo sus cosas. Mientras tanto los vendedores que no viajan se asocian con los cerrajeros y se dedican a cambiar chapas y cerraduras. Aunque todos son conscientes del fenómeno sus causas se desconocen. 

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...