viernes, 8 de febrero de 2019

Premio


Nos queda pendiente el resto, luego le digo como es que hay que lavar esa camisa para sacarle esas manchas. Normal que estén contentos y hagan caravana, es la primera vez que un cultivador de yucas de ese pueblo consigue arrancar una yuca que se parezca tanto a la cara del presidente. El estrepito afuera es desesperante. Guarda el celular en el bolsillo de la camisa y se asoma por la ventana. Aunque la premiación fue esa misma tarde mucha gente ya está usando camisetas con estampados de la bandera del pueblo y en el centro la yuca ganadora. En la transmisión del concurso dijeron que la yuca pesa seis kilos y medio y de perfil reflejando su sombra en la pared consigue verse igual al presidente. Va a la cocina por una bolsa de harina  y vuelve a la ventana para arrojárselas por puñados a los que pasan y unirse de algún modo al festejo. De todos modos hasta que no pase la bulla no puede volver a llamar. 

jueves, 31 de enero de 2019

No sabemos


No sabemos qué hacer con ese caballo de ahí don Samuel. No sabemos qué hacer con esa araucaria de ahí don Samuel. No sabemos qué hacer con esa señora de allá don Samuel. No sabemos qué hacer con esas flores de allá don Samuel. No sabemos qué hacer con esos trabajadores acá don Samuel. No sabemos qué hacer con nada acá don Samuel. El sombrero grande de plástico que deseaba ser de un tejido orgánico comprado en la galería le cubría la calva y ocultaba los ojos de Samuel, que miraba desde el corredor del segundo piso cada uno de los elementos que le señalaban sin responderle a ninguno. El caballo del abuelo. La araucaria que había sembrado la tía mercedes. La señora que él ya no quería pero con la que seguía casado. La flores de esas matas que su mamá abonaba dizque con las cascaras de papa y de plátano que salían de la cocina. Esos trabajadores que él había traído para arreglar lo que no tenía arreglo; cómo si lo hubiera necesitado. Tenían razón ellos, él tampoco sabía qué hacer ahí.

martes, 15 de enero de 2019

Puertas


Cerrando puertas, es un fenómeno raro que sucede en este pueblo dos veces al año cada año durante dos meses completos, el cuarto y el octavo. La explicación es muy simple, se cierran las puertas a todo el que ofrezca algún producto sin importar cuál sea. No se compra no se agradece, no se dice que ya compramos o ya tenemos, se cierra la puerta, se cierra con fuerza, que suene, que suene duro pues hijueputa. Durante ese tiempo los vendedores puerta a puerta se van para la playa y siguen ofreciendo sus cosas. Mientras tanto los vendedores que no viajan se asocian con los cerrajeros y se dedican a cambiar chapas y cerraduras. Aunque todos son conscientes del fenómeno sus causas se desconocen. 

sábado, 29 de diciembre de 2018

Sopa


Desde que acabaron con la fonda en la vereda los jornaleros no tuvieron más opción que comerse lo que servían o irse a dormir sin comer. No era posible remplazar la comida maluca con sardina, pan y gaseosa, como hacían muchos, ni de comer salchichas o kumis con cucas. Por eso esa noche cuando Juan vio servida la sopa con tortilla que estábamos comiendo nos miró como a perros con gusanos.


Como nunca me ha gustado la carne para mí la sopa con tortilla estaba muy bien, pero para Juan y los demás no porque ellos estaban acostumbrados a la sopa con carne fresca que mamá iba a comprar los domingos en el pueblo. Juan decía que había tres cosas que él detestaba: los guineos, la mafafa y las tortillas. Las tres porque las había comido hasta el vómito en la infancia de miseria que le había tocado. También decía que la tortilla era de tacaños, que en todo trabajadero con comida mala no sabían qué más inventarse para hacer rendir un huevo.

Mamá le sirvió a Juan y como si le debiera una explicación, le dijo que se había quedado con la carne de ella, la de don Pablo, la de don Alcides y la de doña josefina. A comer pelao toda la semana, dijo Orlando, otro de los jornaleros. Esa gente es una plaga hijueputa, dijo papá. Mamá y lo demás le hicieron señas, que hablara pasito, que no fuera bruto.

Aún no acabábamos de comer cuando bajó uno de ellos, llevaba el uniforme limpio como si no hubiera pisado el monte en días y cargaba el fusil en la mano izquierda a modo de portafolio. Saludó afable, sonreía ignorando el arma que lo acompañaba, compañía que no ignorábamos nosotros. Todos respondimos el saludo, con recelo. El tipo habló despacio pero seguro. Le dijo a mamá que tenían a una porquería que no quería comer del sudado que ellos habían hecho, que no quería comer yucas, ni carne tampoco dizque porque le dolía la jeta al hijueputa ese. Entonces que el cuñao mandaba a decir que si usted le puede regalar una sopita o un caldito pa darle. Mamá le dijo que sí, de inmediato y después de un pequeño silencio le explicó que se la tenía que servir en una taza porque no tenía platos desocupados y cocas tampoco. El tipo nos miró a todos y a mí me pareció que me decía con los ojos negros y con esa sonrisa que no se le iba que acabara de una vez con mi comida que él estaba necesitando el plato.

El tipo le dijo a mamá que no había problema, que en lo que le sirviera estaba bien, que de todos modos ya venía el resto de la gente bajando, dijo eso y se sentó en unos troncos que estaban al frente de la casa al lado del camino.

Mamá fue a la cocina y enseguida volvió con una taza grande con sopa hasta el borde, la dejó sobre la mesa y se sentó al lado de papá. Yo no quise comer más, ninguno quiso. Bueno, nos dejan sin carne pero por lo menos nos ayudan a espantar el apetito, dijo Juan muy bajito. En otra circunstancia seguro alguien hubiera dicho algo.

Fueron llegando de a dos, caminaban uno atrás del otro. Los últimos traían en medio a un señor con las manos amarradas a la espalda, también lo tenían amarrado de la cintura con un lazo que jalaba el que iba adelante. Estaba sucio, parecía que lo hubieran revolcado en una montaña de mierda de marrano porque a eso olía. Permanecieron en el camino sin acercarse a nosotros, el señor miraba al piso sin descanso. Cuando lo hicieron sentar en el mismo tronco en el que había estado sentado el tipo que llegó primero y que se dirigía hasta donde él estaba con la taza de sopa en la mano, regándola mientras caminaba sin que eso lo preocupara, pude verlo desfigurado como estaba, no sé porque pensé que no le había pegado con los puños sino con otra cosa, con la cacha de un arma como en las películas.

Uno de ellos quiso cucharearle la sopa, no lo desamarraron ni para eso, el señor recibió la primera cucharada pero no recibió una segunda. El tipo intentó varias veces, primero con calma y luego con uno que otro golpe, el señor seguían sin recibir. Al que le decían el cuñado estaba al lado de nosotros y al igual que el anterior nos había saludado con amabilidad y nos explicó lo que estaban haciendo con ese señor, habló de la limpieza que necesitaban todas las veredas de por ahí.  El cuñao nos hablaba sin perder de vista lo que pasaba con el señor y después de ver que no cedía ante la insistencia de uno de los suyos, les gritó que dejaran a ese hijueputa, si no quiere comer entonces estará lleno el malparido, eso sí que luego no digan que no lo despedimos lleno.

Tiraron la sopa que estaba en la taza a los pies del señor y se la devolvieron a mi mamá, el cuñao le dio las gracias y se despidió. Poco a poco se fueron alejando todos. Ninguno de nosotros dijo nada mientras los veíamos desfilar camino abajo rumbo a la carretera. Mamá empezó a recoger los platos y Juan la ayudó. No habían pasado cinco minutos cuando se oyeron los tiros. Papá se echó la bendición, yo mire las caras de los otros jornaleros e hice lo mismo. 

jueves, 27 de diciembre de 2018

Saludar


El plan de caminarnos todas esas trochas está muy bien, a mí me gusta ir tras ella para verla girar la cabeza con esa gracia tan única y esa sonrisa pícara de la que no es consiente para ver si yo voy ahí cerca o si me quedé atrás tomando siempre fotos desenfocadas. Tampoco voy a ser uno de esos idiotas que quiere omitir lo importante por dárselas de profundo o romántico, nada más feo que andar presentándose ante los otros como un ser desprovisto de deseos;  me gusta ir tras ella porque además de esa sonrisa le puedo mirar el culo.

Lo que está mal es la gente y ella conoce mucha y a mí la gente me gusta de lejos, los científicos de la Antártida, esos me encantan, y que decir de los científicos que viven en estaciones espaciales, en esos pienso yo cuando miro al cielo. También está Nacho, el tipo que vivía sin energía eléctrica y sin baño en un rancho paupérrimo que el mismo levantó con guaduas verdes en medio de un monte ahí en la montaña de al frete de la casa en la que crecí, porque un día se cansó de vivir al bordo de la carretera respondiendo el saludo de todos los que pasaban; así me gusta a mí la gente, de lejos. Pero con ella hay que arrimar a las casas de la gente y saludar, y fingir sonrisa y fingir interés por lo que dicen, pero bueno en algunas casas dan tinto y eso si me gusta, aunque el agradecimiento que me sale de la boca cuando devuelvo el pocillo ese también es fingido.

Yo la miró entrar a las cocinas de las casas ahumadas por esos fogones más viejos que los árboles hechos leña quemada en ellos y me acuerdo de Mery, la enfermera flaca de cabello crespo y dientes torcidos que se reía con ganas pero se tapaba la boca con las manos. Mery se recorría los caminos de seis veredas completas, cargaba una nevera llena de pilas de hielo buscando niños menores de cinco años para ponerles las vacunas que les faltaban. Yo era un niño y la acompañaba porque mamá me mandaba, quería mucho a Mery y creía que un niño de ocho años gordo y torpe podía ser una compañía de utilidad.  Ahora que lo digo acá caigo en la cuenta de que acompañar a Mery era lo de menos, lo que quería mi mamá era que yo caminara, que me moviera y sudara. Caminar ahora con ella viéndola hablar con tanta soltura con esas señoras en esas fincas me pone a pensar en Mery y me pone a pensar en mi tras ella igual que iba tras de Mery con esa desgana de saludar gente pero con esas disposición para comer y tomar lo que ofrecieran.

La casa está llena, en el corredor hay varios hombres y mujeres sentados a la mesa jugando domino, apuestan monedas de cincuenta y cien pesos y gritan y se acusan y se azuzan. Responden nuestro saludo sin mostrar interés, sin perder de vista el juego, me gustó esa gente. En el patio juegan niños, seis en total, el mayor no pasa de siete años, se disparan con palos de escoba y ramas de guayabo, se revuelcan en el piso y disfrutan estar sucios. Corren y se persiguen por entre la ropa que se seca en las cuerdas del tendedero y con una de esas ramas que empuñan tumban camisas blancas que le pintan la cara de rojo a una mujer que parece ser la mamá de uno de los niños y que pierde el interés en el juego de domino para apoyarse contra la chambrana y gritarle que son unos guevones de mierda, que lleva toda la tarde diciéndoles que cuidado con la ropa, que se vayan a jugar a otra parte. La señora camina hasta el tendedero y recoge la camisa que ningún niño recogió para llevarla al lavadero, y le pega con la mano abierta en la cabeza al niño que tiene más cerca.

Ella sigue en la cocina hablando con la señora, yo escucho desde el patio algo de lo que se dicen, ella pregunta por lo niños y la señora intenta explicarle de cuál de sus hijos es hijo el niño que juega sin saber que su abuela lo señala y lo identifica por color, el de camiseta roja y el de camiseta azul, esos son hijos de Nancy, el de verde ese es hijo de Carlos. Mientras hablan yo me alejo de la cocina y voy al final de patio y miro las cocheras llenas de marranos y mierda y les hablo a los animales, los saludo y les preguntó como están, una marrana enorme es victimas de más de diez marranitos que le quieren arrancar las tetas mamando feroces.

Los niños se acercan a la cochera y me miran hablarles a los marranos, uno agarra un banano verde que hay en un costal y lo arroja dentro de la cochera, la marrana lo desaparece de un mordisco y el niño goza divertido pero no arroja otro banano como si supiera que no hay que abuzar de lo que es bueno. Otro niño me dice que los marranos pequeñitos son del abuelo, que el marrano que está al lado lo van a matar el 24 de diciembre, que los marranos de más allá ya están todos vendidos y yo le preguntó al niño que si los marranos tienen nombre y el niño me pregunta que si yo vine a comprar marranitos. Él no me respondió, yo no le respondí. Otro de los niños dice que sí, que la marrana se llama Tomaza y el marrano de al lado el que van a matar el 24 se llama Noche Buena. El niño me mira sonriente y se chupa los mocos.

Le digo al niño que me intimidó con su afán de negocio que no puedo comprar marranos porque no como carne y que los marranos me gustan más vivos que muertos y ajenos y no propios porque no me gustan las mascotas, le digo que si comiera carne no me gustaría comerme la de un animal que conocí estando vivo. El niño se ríe malicioso y me cuenta que su papá le ha dicho que los que no comen carne son maricas. Los otros niños se ríen y yo cómo no sé qué decir pues me rio también. Pero mi risa no es como la de ellos, la mía no quiere anularlos.

Uno de los niños me dijo que también había conejos, patos, piscos, gallinas y me los señalaba con el dedo como invitándome a echarles una mirada también a esos otros animales y yo a punto dirigirme a ver los conejos la oigo a ella despedirse de la señora y me giro gustoso para ir tras ella, me despido también de la señora y de los niños con un hasta luego, y nos vamos.

Hay muchas casas en el camino, le pregunto. Ella me dice que no muchas, que unas cuatro o cinco. No le pregunto si piensa saludar a todas las señoras que viven en esas casas porque la pregunta no hace falta, así será. Caminamos animados, más ella que yo. Le digo que preferiría seguir caminando mientras ella se detiene a saludar, que la voy a esperar un poquito más adelante sacando fotos del paisaje. Pero si de paisajes no sabes me dice ella burlona. De fingir sonrisas mientras tomo tinto tampoco, le digo. Seguimos caminando, diciendo tonterías, hablando de las fotos malas que hago, de los niños, de los marranos, de Mery y las vacunas.

Cuando veo en el camino una casa grande adornada por un enorme jardín de veraneras y dalias empiezo visualizarme sacándole fotos a las flores mientras ella habla con la señora. Me pregunta si la quiero. Que sí, le digo. Entonces deje la bulla y disfrute mucho del tinto que hace doña Tilde y me agarra de la mano mientras los perros se acercan ladrando y saluda con una sonrisa enorme a la señora que se seca las manos en un delantal mientras sale de la cocina.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Búsqueda

Todos lo vimos entrar con las ilusiones desperdigadas. Ninguno dijo nada y el silencio se mantuvo hasta que su figura se perdió en el pasillo. Luego vino el cuchicheo. Traía los zapatos sucios, estaba flaco y ojeroso, barbado como nunca y con el cuello tostado por el sol.

Llevaba dos semanas por fuera y durante ese tiempo solo había hablado con Susana, ella era la que nos contaba uno que otro detalle de lo que él estaba haciendo en esas montañas. Ahí en esa sala diciendo pendejadas que creíamos importantes ella solo escuchaba, sin emoción aparente en el rostro, como si la prudencia fuera una máscara que no se podía quitar. Pero tal vez él no le había contado todo porque su impresión al verlo entrar fue tan amarga como la de los demás. Solo así se podía explicar que nosotros estuviéramos allí listos para celebrar la llegada de un hombre que a leguas se veía dueño del deseo único de estar solo.

Para cualquiera de nosotros la idea de buscar una guaca en medio de dos montañas de la cordillera occidental sobre la que se dibuja el pueblo en el que habían nacido sus papás, parecía una apuesta perdida; pero no para él que llevaba años esperando por eso. Y el día llegó y sus tíos llamaron. Que otra vez se veían las luces cerca de la casa vieja donde habían vivido sus papás, que la casa llevaba meses vacía porque nadie quería vivir allá, que se veían y se oían muchas cosas raras, y lo más importante, la gente  seguía diciendo que en esa casa tenía que haber una guaca.

Alguien preguntó que sí mejor nos íbamos. Susana dijo que no. Nadie se iba porque la comida no se podía perder y porque ya todos estábamos ahí juntos. Entonces nos quedamos y comimos y hablamos mierda como si no estuviéramos comiendo. Dijimos que para encontrar una guaca seguramente había que buscar muchas veces y que él apenas había buscado una. Dijimos que tal vez en la casa de sus papás no había ninguna guaca, que todo había sido solo un cuento familiar, uno de tantos. Eso fue culpa de los tíos que se pusieron a llamarlo y a ilusionarlo con pendejadas, dizque luces, y casa vacías y sustos maricas, que va mija, de eso no hay, o mejor dicho si hay, y mucho, eso en toda finca, monte, andurrial alejado de la mano de Dios, putiadero de pueblo u hospital abandonado dicen que asustan,. De qué más le va a hablar a uno la gente que no tiene internet y nació y se crió en una montaña, pues de brujas y duendes y vacas rodadas y del clima. La pendeja que hablaba se quedó callada cuando notó que la estábamos mirando rayado porque se estaba pasando.

Susana dijo que esa guaca si la había buscado mucho, aunque si era la primera vez que él la buscaba solo, sin su papá. Bueno y la guaca esa no la dejó pues el papá de él, preguntó alguien. Que no que la guaca la había dejado el abuelo, dijo Susana, y que la papá de Jairo la había buscado hasta que lo mató una tuberculosis, esa guaca debió ser la única ilusión que compartían, dijo Susana, encontrarla.  Y ahí mientras seguíamos hablando de guacas familiares empezamos fue a tomarnos el aguardiente y entre risa y chistes chimbos apareció Jairo, se había cambiado la ropa y se había afeitado pero no se veía más animado.
Se sentó en la sala al lado de Susana y como no sabíamos qué hacer o que decir le ofrecimos un aguardiente y lo recibió y escupió al piso después de tomárselo y pidió otro. Cuente pues cómo le fue, le preguntamos, no encontró la guaca. Nos miró a todos y le agarró una mano a Susana. Al contrario, la encontré, respondió, y ahí aprovechando nuestros rostros perplejos empezó a hablar. 

lunes, 17 de diciembre de 2018

Llantas



Vamos a plantearnos la síguete situación, ustedes van por la calle y se encuentra tirada una llanta vieja de bicicleta, la gente le pasa por encima y no la nota, pero ustedes la miran, se fijan en ella como si tuviera algún valor, como si la vinieran necesitando desde hacía días o semanas. El tipo dejó de hablar y se tomó el último trago de agua que quedaba en la botella, la puso sobre la mesa y empezó a destapar otra mientras miraba al grupo con una sonrisa bobalicona dibujada en su rostro. Y este pendejo desde cuándo anda dedicado a esto, le pregunté a Luis que a falta de algo mejor qué hacer terminó metido en la reunión esa. Con expresión de molestia me hizo un gesto con el dedo como el que le hago yo a mi sobrino para que se calle. Me senté y me puse a jugar con el celular. Se suponía que iba a recoger a Luis pero el pendejo no sabía cómo salir sin que los demás asistentes y su primo lo vieran irse en mitad de la reunión.

Regresemos a la situación que les había planteado, dijo el primo de Luis. Lo que ustedes hacen entonces es entrar en contacto con la llanta, se acercan a ella y la levantan y la ponen a rodar como si fueran niños y la empujan con una de sus manos y salen corriendo tras ella, no importa el día, no importa la hora, ustedes siguen empujando la llanta, disfrutan verla rodar, la persiguen, quieren que vaya más rápido para que no se caiga. Ustedes, me crean o no, van a sonreír mientras lo hacen, se van a sentir libres y seguros y simples en este mundo complejo. Cuando ustedes eligen ver la llanta, no ignorarla como los demás, ustedes están renunciando a las preocupaciones que los afectan en ese momento, ustedes correaran tras la llanta sin importar el trabajo, sin importar el tráfico, sin importar los zapatos que lleven puestos, porque en el fondo de lo que se trata esto es de perseguir la llanta, de lo que se trata la vida estable es de perseguir la llanta, de conseguir el equilibrio de la llanta en movimiento. 

Oiga, este marica da espacio para hacer preguntas o eso tiene un costo distinto, le pregunté a Luis. Me dijo qué cuál costo si nosotros no habíamos pagado la entrada. La verdad es que nadie la había pagado porque las boletas las regaló una de esas cajas de compensación que de vez en cuando cree que a sus afiliados les viene bien una charla de ese tipo. Luego dijo Luis que a veces sí dejaba que la gente preguntara pero que la mayoría gastaba el tiempo para las preguntas diciéndole al primo que estaban muy contentos de haberlo escuchado y que lo que decía era de mucha utilidad, que muy bueno que le estuviera yendo bien en otras partes pero que no se olvidará tanto de Tuluá, que viniera más seguido. 

Luis quería saber qué le iba a preguntar, y yo le dije que nada, que no más quería saber si se podían hacer preguntas. No le dije nada porque sabía que me iba a interrumpir para callarme cuando las señoras que teníamos sentadas cerca empezarán a mirarnos mal por bullosos.

Lo que le quería preguntar tenía que ver con la relación que llevaba él como conferencista o cuentero con los colectivos ambientalistas, quería saber si él era un agente secreto de uno de esos colectivos que buscaba infiltrarse en la prospera clase media de Tuluá con el único objetivo de llevar a todo ciudadano de bien a recoger llantas de las calles para dejarlas limpias sin que supieran que estaban limpiando. Si no tenía nada que ver con los colectivos ambientalistas entonces yo quería saber qué pensaban ellos de qué él invitara a la gente a utilizar basura para ser feliz pero sin reciclarla ni reutilizarla. Quería saber qué hacia uno después de usar la llanta. Yo tenía varias dudas y eso que no estuve tan atento como otros de los que estaban en el salón.

Pero no pregunté nada para que luego Luis no dijera que yo lo avergonzaba y tampoco pregunté porque de seguro mis dudas iban a poner en aprietos al primo, que antes de ser eso que era ahora, nos había invitado a tomar cerveza varias veces y una vez hasta me había prestado plata.  Luis estaba entretenido, si tenía ganas de irse cuando me pidió que lo recogiera se le habían quitado. Le pregunté que si tenían planeado hacer una pausa para repartir el refrigerio, y me dijo que refrigerio no daban y que la pausa ya la había hecho, que sí yo no me hubiera demorando tanto en llegar nos hubiéramos podido ir antes de que el primo volviera hablar. Quise explicarle que tenía muy perdida la boleta esa para entrar y que el vigilante me había jodido, pero Luis de nuevo me hizo callar. Me guardé el celular en el bolsillo y me fui porque a mí no me importaba que me vieran entrar y salir, porque yo no tenía que disimular mi aburrimiento y no entendía porque Luis sí.

Recostado en el taxi le pregunté al vigilante del auditorio qué si sabía cuánto faltaba para que se acabara la reunión y me dijo que por ahí cuarenta minutos. Volví a sacar el celular para escribirle a Luis que yo no me podía perder la noche ahí esperando, que yo tenía que poner a rodar esas llantas para ganarme la vida mientras él aprendía a perseguir llantas para estar tranquilo. Me subí y prendí el carro y en esas salió una señora que necesitaba un servicio y me fui con ella, necesitaba que la llevará a Bosques de Maracaibo y estábamos en el centro, calculé que en media hora iba y volvía y alcanzaba a recoger a Luis.

La señora me dijo que la reunión estaba muy buena pero que le había tocado irse porque de la casa la habían llamado, dizque el niño se había caído jugando y tenía la cabeza rajada. Es que si yo fuera conferencista le pediría a la gente que apegué el celular. La señora me dijo que uno con niños pequeños no podía hacer eso, no se podía desconectar ni un minuto. Yo me acorde de los empresarios que he llevado a veces en el taxi que me han dicho que ellos con negocios no se pueden desconectar ni un minuto, con razón mi vecino me dice que tener hijos es mal negocio.

Bueno y sí uno se cae persiguiendo la llanta esa de la que habla el primo de Luis entonces qué hace, le pregunté a la señora. Levantarse y seguir porque la vida es así, está llena de caídas, me dijo la señora. Y las heridas, le dije y ella agregó que esas no se podían evitar. No le dije más a la señora porque ya había comprobado que el trabajo del primo era efectivo. 

Volviendo pal centro a recoger a Luis vi una llanta tirada en una esquina y ahí mismo paré el carro y me bajé a recogerla, el primo debería pagarme unos pesos para que por la noche yo le surta de llantas la calle, imagínese la cantidad de gente que uno puede ayudar con eso, le comenté a Luis entregándole la llanta que el pendejo ese me despreció dizque porque así no se valía, él tenía que encontrarla solo. 



Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...