Cuando
mi tío empezó a decir que por haberse limpiado el culo con el papel que no era
le había caído la sal, yo empezaba a trabajar en radio. No tenía idea de
locución pero necesitaba el trabajo y en la emisora del pueblo necesitaban a un
tipo como yo que trabajara por poco y pudiera hacer turnos dobles, me hicieron
un contrato por un mes, ese era el tiempo que los dueños de las voces de planta
de la emisora estarían en Bogotá haciendo un diplomado en radio digital. Llegué
al pueblo esperando que mi tío me diera trabajo en uno de sus negocios, llevaba
un año sin verlo y no tenía ni idea de que estaba quebrado o como decía él, más
salado que un hijueputa. Viendo la situación en la que estaba, no quise
molestarlo y maleta al hombro le dije que me volvía para la casa, pero me dijo
que ya estando ahí qué me iba a volver y me consiguió el dichoso trabajo, eso
cualquiera pone música, me dijo y mejor acá que allá en la casa vagando.
Estaba
en sexto semestre de administración de empresas y desde el inicio de la carrera
pasaba las vacaciones de mitad de año en el pueblo, trabajando en los negocios
de mí tío, tenía una compra de café en la calle principal, dos cafeterías, una
al frente de la iglesia y otra en la plaza, una discoteca también en la plaza,
un granero y algunas casas arrendadas. Ese año mi ilusión era que me dejara
trabajar en la discoteca, pero mi tío me dijo que eso era lo primero que había
vendido.
En
la emisora el primer día fue de inducción y el segundo me dejaron sólo para que
me defendiera como pudiera. Cómo había dicho el tío, tampoco era tan
complicado. Llegaba a las cinco de la mañana y ponía a sonar dos programas
relacionados con la medicina alternativa y el esoterismo cada uno de media
hora. A las seis de la mañana empezaba a poner música popular y cada dos
canciones yo entraba al aire para dar la hora. A las seis y media leía los
resultados de la lotería y los repetía cada media hora hasta las ocho junto a
la pauta publicitaría. Además de eso cada quince minutos leía un titular de
prensa o alguna información de interés para la comunidad, eso o anuncios cortos
que pagaban los oyentes. De ocho a ocho y medía el sacerdote y una monja tenían
un programa que hacían en directo y que se encargaba de controlar el dueño de
la emisora. Aprovechaba ese espacio para sentarme a desayunar en la cafetería
que estaba al frente de la plaza, la que antes había sido de mi tío. Se puede
decir de ese era el momento más complicado del trabajo, el resto del día la
música variaba de género y sólo había que hablar para dar la hora y leer una
que otra publicad o servicio social. De
ocho treinta a doce del día se programaban música de plancha y pop. A las doce
me iba almorzar a la casa del tío y volvía a la una de la tarde. En ese tiempo
en el que yo estaba por fuera el dueño de la emisora hacía un especie de
noticieros o eso decía él yo lo veía más como la oportunidad que tenía para
hablar bien de sus amigos políticos que pagaban según me di cuenta más de la
mitad de las cuñas. En la tarde programaba salsas y vallenatos y a la cinco de
la tarde me iba para la casa y otro muchacho hacía un turno hasta las diez de
la noche. A parte de hablar y manejar el computador, donde estaba toda la
música, debía estar atento a una consola pequeña con muchas palanquitas de
colores que no sé para qué servían. El dueño me dijo que no las fuera a mover,
que no hacía falta y me señaló una que era la que yo debía usar, era una
palanquita roja ubicada en la parte inferior izquierda, cuando iba hablar debía
subirla de resto debía mantener abajo. Esa fue toda la explicación técnica que
me dio el dueño, además de eso él se pasaba a cada rato para ver que yo no
hubiera movido ninguna otra cosa en consola.
Antes
de irme a dormir me quedaba hablando con mi tío, a veces en el jardín y otras
veces mientras caminábamos por las calles del pueblo, a veces tomábamos tinto
en una cafetería, bueno mi tío tomaba tinto porque yo tomaba kumis en unos
bazos largos que llegaban a la mesa derramándose, el señor de la cafetería que
estaba en la vía al cementerio batía el kumis con cuchara de palo y según él
por eso se ponía así de espumoso y subía hasta el techo, bueno eso y que él era
un experto de los kumis. Mi tío me decía que no le parara bolas que él era un
habla mierda.
En
esas noches en la cafetería mientras yo me atiborraba de buñuelos y de cucas mi
tío empezó a hablar de lo que por esos días lo tenía paranoico, el cuento ese
de estar salado por haberse limpiado el culo con el papel equivocado. Yo no
entendía lo que me quería decir con eso, cuando lo oí por primera vez, creí que
era una exageración de su situación, que era así como decir que estaba tan
cagado que no era capaz de limpiarse por completo o algo así, o que era tanto
que ni el mejor papel alcanzaba. No me imaginé que tras el cuento del papel
había una historia.
En
meses pasados en La Dorada se había popularizado un brujo que se denominaba
doctor en las artes ocultas de la escuela nacional parasicológica de España con
especialización en control mental del instituto suramericano de Brasilia. Según
los comentarios que eran muchos, Marcos el sabio les brindaba asesoría más allá
de los límites de la razón a todas aquellas personas que quisieran tener buena
suerte, mejorar sus negocios, ampliar sus ganancias económicas; en ultimas el
eslogan de Marcos era: “el éxito está dentro de nosotros, sólo debemos dejarlo
salir”. Amigos y conocidos de mi tío que había ido hasta La Dorada a ver a
Marcos aseguraban que sus vidas habían cambiado, que los negocios habían
mejorado y que la plata se estaba viendo. Mi tío que siempre ha estado movido
por la envidia aunque en dosis pequeñas, me dijo que al ver él que todos
estaban contentos hablando maravillas del tal Marcos ese, pues también se fue a
que lo asesorará.
Marcos
el sabio atendía en una casa grande a las orillas del Magdalena, cuando mi tío
llegó a las diez de la mañana ocho señores estaban sentados en una sala de
espera similar a la de un hospital. le pago a una especie de secretaría los
cincuenta mil pesos de la consulta y lleno un formulario donde ponía los datos
personales y respondía unas preguntas ligeras. Mi tío creyó que las mujeres no le prestaban
atención a esas cosas porque no vio a ninguna pero charlando con algunos de los
que esperaban se enteró de que atendía a hombres y mujeres por separado y que a
ellas les daba cita después de las tres de la tarde, en esa misma conversación
le explicaron que después de entrar en el consultorio del sabio se podía tardar
cinco minutos o dos horas, que no tenía consistencia y que el sabio Marcos daba
a cada caso un poco más del tiempo que considerara necesario. Hijueputa y uno
acá con el mero desayuno, le dije yo a los tipos que estaban ahí, uno de ellos
sonrió y me dijo que no me preocupara que una señora que vendía tinto y
fritanga pasaba a cada ratico.
Me
vino a tocar el turno a la una de la tarde, yo estaba ansioso por ver que era
lo que me iban a decir, la gente salía del consultorio sonriente, se despedía
amablemente casi con afecto como si el hecho de que estuviéramos dentro de esa
casa nos convirtiera en una familia. No sabía qué me iba a encontrar al entrar
porque nadie me había descrito ni al tal Marcos ni su consultorio ni nada,
todos los que me hablaban de él me contaban lo bien que les estaba yendo, y lo
bueno que había sido visitarlo, pero ninguno me había dicho si el tipo era
gordo o flaco u alto o sí tenía plumas en la cabeza como un chamán o culebrero.
Yo ahí sentado estaba que me metía allá, la curiosidad me impedía esperar
cómodamente en la silla como lo hacían los demás.
Estando
adentro me lleve una decepción la verraca, ahí no había nada que diferenciará
ese consultorio del de un medico particular. Tenía un afiche de cuerpo humano,
y otro como del cerebro, había un escritorio pequeño con libros y periódicos
sobre él. Delante del escritorio había una silla para el cliente y detrás otra
para él, las dos iguales. Yo me había imaginado otra cosa, algo más como santos
y velas y olor a incienso, pero no, no nada de eso estaba. Y el tipo, el sabio
Marcos era como cualquiera de nosotros, lo más normal del mundo. Un tipo flaco
y alto llevaba puesta una camisa blanca y jean azul, zapatos negros y el
cabello corto peinado hacía atrás. Se levantó de la silla cuando me vio entrar,
me dio la mano, y me invitó a sentarme, con un tono de voz frágil despojado de
acento.
Me
miró por un momento sin decir nada y yo jugaba con mis manos que él no veía
porque las tapaba el escritorio. Me dijo que no estuviera nervioso, que no
tenía por qué estarlo, según él era evidente que yo no estaba ahí porque
creyera en sus conocimientos, que lo mío era pura curiosidad. Yo no le dije
nada, pues qué le iba a decir, sí era verdad. El tipo hablaba pausado como si
las palabras que pensaba decir estuvieran anudadas y el tuviera que soltarlas
para poderlas usar. Me dijo que lo que pasaba dentro del consultorio sólo me
interesaba a mí y que por eso mi compromiso como el de todos los que entraban
era mantener en secreto de lo que pasaba ahí, yo empezaba a desconfiar pero
asentí. Me mostró una puerta y me dijo que ahí estaba el baño que lo único que
tenía que hacer era entrar y dar del cuerpo con toda naturalidad, como si
estuviera en mi casa, me dijo que el papel lo tirará también al inodoro y que
no fuera vaciar el baño y que cuando terminara saliera para seguir con la
consulta.
Me
metí a ese baño sin saber que pensar, era la primera vez que en la vida alguien
me manda a cagar y también la primera vez que yo hacía caso así tan dócil, era
un baño como cualquiera con azulejos blancos, sin espejo, con toallas blancas
al lado del lavamanos. Me bajé los pantalones y me senté ahí, no podía dejar de
preguntarme si todos los que entraban hacían lo mismo o sí solo me lo estaba
pidiendo a mí. Pensaba en las mujeres que venían y las caras que ponían cuando
las mandaban a cagar. Ahí cagando y la
verdad es que no tuve problema con eso, supongo que si no me hubiera mandado al
baño yo seguro lo hubiera pedido prestado antes de irme, pensé en los cuerpos
de los tipos esos que habían encontrado en los cafetales de Gaviotas ahí más
abajo del pueblo, las autoridades dijeron que había sido torturados y dos de
ellos se había cagado encima, no sé porque creí que tal vez ese tipo afuera del
baño fuera un paraco, nada de raro tenía, los maparidos estaba en todas partes.
Cuando terminé me fui a limpiar y el papel que había era rosado, de ese puto
papel barato que siempre he odiado y no lo quise tocar, busque en el bolsillo
un paquete de pañuelos desechables me limpié y tiré los pañuelos en el inodoro
como el sabio Marcos había dicho, luego salí.
El
sabio Marcos estaba sentado frente al escritorio hojeando un libro, se levantó
cuando me vio salir y fue directo al baño, se quedó mirando al inodoro y me
preguntó qué había hecho. No le entendí, el tipo seguía mirando, luego salió y
me pidió que fuera vaciar el inodoro. El tipo me dice que no hay que hacer, que
perdimos la consulta y que si solo fuera eso pues no había problema, pero según
el tipo yo lo arruine todo. Y yo estoy ahí viéndolo sin saber de qué va todo y
le pido que me explique. El sabio Marcos me dijo que lo que él hacía era
interpretar la forma de los bollos en el inodoro. Yo me reí, pero el tipo
seguía serio entonces vi que no era chiste. Leían la mano, el tabaco, el cuncho
de la tasa de chocolate, y él leía las formas de los bollos y podía ver el
futuro, saber que vueltas podía dar la vida y aconsejar si era conveniente o no
realizar inversiones o cerrar negocios. Cuando me explicó eso no me reí. Según el
tipo yo debía limpiarme con el papel que estaba en el baño con el rosado. Le pregunté
por qué y me dijo que no me podía decir. Valiente sabio entonces, le dije. Me dijo
que justo por eso había cosas que podía saber y entender él, no yo. Me fastidio
que me dijera eso, y entonces qué, ahora qué hacemos. Me dijo que nada, que ya
me podía ir, que ya lo había arruinado todo, que seguro había cambiado mi
futuro y que no se me hiciera raro que las cosas me empezarán a ir mal. Eso fue
lo último que me dijo el hijueputa ese y yo me vine en el carro contándoles a
todos los pasajeros que venían ahí que el sabio Marcos era una farsa. Y desde ahí
todo va mal, pero fue inmediato, lo primero que me dijo Alva cuando llegué a la
casa fue que se habían metido a la finca y se habían llevado cien reses. Después
de hacerle el feo al papel rosado solo pierdo plata.
Al
terminar el mes de trabajo en la emisora yo estaba pensando cuatro kilos más
culpa de las noches de Kumis en la cafetería del amigo de mi tío y mi tío al
terminar ese mes me había hecho un recuento de todos los negocios fallidos y la
plata perdida pero envueltas en paranoicas historias de suerte maldecida por el
tal Marcos. Además de eso se había convertido en un creyente del esoterismo y demás
cuestiones parecidas, se bañaba con ramas, prendía velas de colores, compraba amuletos
y me decía que estar salado era una cosa muy malpardida de dura. Pero sabe que
papito salado o no si yo me llegó a quedar sin un peso mato a ese hijuputa del
Marcos, en algo se tiene que entretener uno si vuelve a ser pobre.
Con
el dueño de la emisora todo terminó bien, me dijo que si quería trabajar en las
próximas vacaciones tenía que pulir detalles de la dicción, a eso se había
dedicado él al tercer día de oírme leer los resultados de la lotería y a cada
tanto entraba al estudio y mientras la música sonaba el me daba consejos para
mejorar, en ultimas no que no entendí porque me tuvo trabajando un mes completo
cuando era obvio que tenía el tiempo y la disposición suficiente para cubrir a sus empleados mientras ellos
estudiaban.
El
último día de trabajo estuve como lector de noticias del medio día en ese
espacio que el dueño de la emisora llamaba noticiero, esa era como la prueba
final, quería saber si había aprendido algo de todo lo que me había dicho. Tome
el periódico y leí un par de noticias políticas y cuando pasé a la página de
judiciales leí una noticia titulada “detenido falso vidente en La Dorada” el
vidente del que hablaba la nota era el sabio Marcos acusado de extorsión,
falsedad en documento público y estafa. Leí la nota y me sonreí imaginado a mi
tío en la casa oyéndome en el radio mientras Alva le azotaba la espalda con
ruda.