lunes, 15 de agosto de 2016

Gladis



Pachaco empezó a quedarse en el puesto de salud veredal de las gaviotas, la enfermera lo dejaba echarse en la entrada y le daba comida, no sabía si tenía casa o no. Era un perro mediano de color gris, se le notaban el peso de los años en lo opaco del pelaje. Nadie le dijo a María la enfermera que el perro era de Gladis y ella no imaginó que la señora llegara a  reclamar al animal como si se lo hubiera robado.

-usted qué se creyó, venir a robarme a pachaco, aprovechada es que es, dizque enfermera, cuales, usted cómo se le ocurre quitarle los perros a la gente, jemejante, habrase visto, jemenante si lo quiere tanto cómprelo, si le gusta tanto pachacho entonces cómprelo-, dijo Gladis muy alterada.

María preocupada miraba a la señora sin saber que le pasaba, el perro estaba en medio de las dos moviendo la cola y olisqueando los pies de su dueña.

-yo no le he robado nada señora, el perrito viene todos los días y se echa acá en la entrada y a mí no me gusta espantar a los animalitos, –dijo María.

Gladis levantó una mano con el dedo extendido señalándola, iba a contestarle algo a la enfermera cuando se desgonzó sin caer al piso porque María alcanzó a sostenerla. Gladis se había desmayado. Era una mujer pequeña que cojeaba, tenía la pantorrilla izquierda renegrida, el pelo corto canoso y despeinado. María no era muy fuerte pero la arrastró hasta el consultorio sin mayor dificultad, la puso en la camilla y remojó una mota de algodón con alcohol que le puso bajo la nariz.

Cuando Gladis se recuperó la enfermera le tomó la presión que estaba muy alta, Gladis le dijo que era hipertensa. María quiso saber si la señora tomaba algún medicamento y Gladis le dijo que no le interesaba ponerse a tomar pepas porque no le gustaban y que se le olvidaban y que además eso era muy caro y que sólo creía en las bebidas de matas aromáticas.

Gladis se sintió mejor y salió del puesto de salud, llamó a su perro que la siguió con desgana y le dijo de nuevo a María que si le gustaba tanto el perro que lo comprara.

María preguntó a los vecinos por la señora, según le dijeron Gladis tenía tres hijos pero ninguno vivía cerca, no mantenían una relación constante, había perdido el marido hacía muchos años y tenía una finca pequeña con unos cuantos palos de café viejos. Algunos vecinos le dijeron que vivía sola y otros le dijeron que le pagaba a un señor para que trabajara la finca y viviera con ella. María también buscó en el historial que guardaba el puesto de salud el registro de los pacientes atendidos. El trabajo de María y sus antecesoras era de promoción y prevención y jornadas de vacunación eso y una que otra emergencia relacionada con el trabajo en las fincas, una que otra sutura y curaciones. En la carpeta de registro de la tercera edad aparecía Gladis Gómez, hipertensa de 63 años en control permanente,  la enfermera anterior la visitaba semanalmente.

María quiso continuar con esas visitas teniendo en cuenta que el estado de Gladis no parecía el mejor. Bajó a su casa días después de haberla atendido en el puesto de salud, la acompañó Pachacho que sin importar la molestia de su dueña siguió visitando a María.

Un jornalero de una finca cercana cautivado por la belleza de la nueva enferma de Las gaviotas la visitaba todas las tardes, le llevaba frutas o revuelto y se quedaba hablando con ella un rato. Él fue quién le explicó cómo llegar a la casa de Gladis.

-No hay que ser muy inteligente para hacer lo que hizo ese perro, eso lo ve cualquiera, como no va a ser mejor estar con una mujer joven y bonita que con esa viejita. –dijo el jornalero. A María el comentario no le gustó, no le dijo nada a su admirador pero él suspicaz notó que la había cagado y se apresuró a despedirse.

Gladis estaba al pie del lavadero despercudiendo una montaña de camisas de hombre, la enfermera la interrumpió con su saludo. María se quedó de pie en el patio y el perro siguió y se echó en un costal tirado en una esquina del corredor. Gladis se alejó del lavadero y saludó a la enfermera, la invitó a seguir y a sentarse. María siguió y se sentó en una banca de madera. Gladis le trajo aguapanela de la cocina, la cojera no le impedía moverse rápido. María miraba a la señora que se veía mucho más segura y saludable en su casa, incluso parecía estar de buen humor.

María desempacó el tensiómetro y examinó a Gladis que estaba sentada en la cama. Afuera en el patio se sintió un ruido.

-hágale rápido, vea que llegó mi amor y tengo que ir a ofrecerle aguapanelita –Dijo Gladis-, jemejante de todos modos eso nunca es capaz uno de controlar esa presión, más de lo que vino la otra enfermera y vea yo sigo lo mismo.

Gladis salió del cuarto y María empacó de nuevo sus cosas. Al volver al patio Gladis estaba sentada en la banca al lado de un hombre fornido y sudoroso que se había quitado las botas plásticas antes de pisar el corredor, tomaba aguapanela despacio mirando la taza, -que panela tan fea la que está sacando don Alfredo, pura cachaza, -dijo el tipo.

-buenas tardes –dijo María dirigiéndose al hombre.

-dotora cómo le va –dijo él.

Se levantó de la banca y le ofreció la mano derecha a María.

-Pablo Gutiérrez pa lo que necesite dotora

-muchas gracias, pero no soy doctora, enfermera de momento, María Giraldo –dijo- estrechándole la mano.

Pablo se volvió a sentar y Gladis aprovechó para tomarlo de la mano y entrelazar sus dedos con los de él, luego le dio un beso en los labios. Pablo no tenía más de cuarenta años. María observaba la escena y sonreía.

-Entonces doña María, qué pasa con Gladis, está enferma.

-No señor, nada grave si ella se cuida, la hipertensión es de cuidado y ella tiene que ir a los controles y tomarse las pastas.

-yo le he dicho mucho doña María pero ella no cree. Ella es complicada

Gladis en medio de los dos no decía nada y, seguía apretando la mano de Pablo como si tuviera miedo de que se le fuera a escapar.

María le entregó a Pablo unas pastillas y le dijo que iba a seguir viniendo una vez a la semana para llevar un control, le parecía lo más indicado después del desmayo de la semana pasada, le recomendó de nuevo a Gladis que se las tomara.

-Hablando de ese desmayo, que pena con usted doña María que ella fuera allá al puesto de salud a molestarla por lo del perro, vea que ella es muy celosa.

-Tranquilo, yo entiendo, yo también soy muy celosa con mis mascotas, el perrito es de ella, es normal que se moleste.

-No doña, celosa del perro no, celosa conmigo. Yo le dije que había llegado una enfermera nueva muy bonita y véala se enfureció. Ahí si le dio por irse a buscar al perro, viendo que ella sabe que a ese animal le encanta mantener allá en ese puesto de salud, la enfermera de antes lo cebó, le traía huesos del pueblo y todo.

Gladis le soltó la mano a Pablo y se fue para la cocina, tenía el rostro colorado. No dijo nada en su defensa y permaneció frente al lavaplatos lavando loza que ya estaba limpia.

-ella es así, usted no le pare bolas

María, apenada, se despidió y emprendió el camino de herradura para volver al puesto de salud. Ese fin de semana esperaba viajar al pueblo a ver a su familia. Pachaco se fue de nuevo con ella. María le acaricio la cabeza divertida.

lunes, 8 de agosto de 2016

Nacho



Nacho, deschavetado según los vecinos se sienta en las tardes después de las tres a tocar la guitarra y a improvisar letras, canta fuerte y su voz se pierde entre los cafetales que se adueñan de las montañas que lo rodean.


La casa de madera con techo de zinc estaba al bordo de la carretera, estuvo ahí por muchos años hasta que Nacho la desarmó y se la llevó tabla por tabla quinientos metros filo abajo donde la volvió a armar, el trabajo le tomó una semana. La gente lo veía trabajar y se burlaba, al tipo se le había corrido la teja.


“Me cansé de ver a la gente pasar por la carretera, subir  bajar, me aburrí de que me saluden a veces y de que a veces no me saluden”. Eso le respondió Ignacio a los que le preguntaron por qué se estaba llevando la casa para la cementera. Al trasteo de la casa le siguió tumbar el cafetal, cortó todos los palos de café y los puso a secar en el patio, necesitaba leña. Sembró yuca en todos los tajos y entre palo y palo de yuca sembró frijol. 


Arrancó el medidor de energía y lo llevó a la oficina de la empresa en el pueblo y les dijo que no iba a pagar más, abusivos hijueputas a llenarse los bolsillos con la plata de otros y se volvió caminando una hora hasta llegar a su casa porque tampoco se iba a volver a subir en un jeep, le chocaba viajar ahí mirándose de tan cerca con la gente.


Los vecinos ignoraban el pasado de Ignacio. Siempre había vivido solo y no se le conocía familia alguna. Era dueño del pedazo de tierra donde vivía, no superaba las dos hectáreas. Hablaba poco y cuando vivía al bordo de la carretera asistía a las mingas que programaban los camineros para arreglar las vías, trabajaba sin pereza y se reía de los chistes de los otros pero sin comentar.


Todos sabían que Nacho estaba ahí pero nadie tenía un contacto directo con él. La gente lo veía desde la carretera y a veces le gritaban loco, le gritaban Nacho báñese el culo viejo huevón. Nacho respondía, cojan oficio hijueptas coja oficio malparido y gritaba otras cosas, a veces incluso gritaba cosas que la gente no entendía, decía que los estaban controlando desde arriba y que iban a volver. También declamaba poesías que parecían de su autoría. 


Gritarle cosas a Ignacio se convirtió en un juego para los estudiantes que pasaban por la carretera. Se retaban para ver quién era capaz de gritarle algo. Los profesores les decían a los niños en la escuela que toda la gente merecía respeto así estuviera loca y que ninguno de ellos tenía porque ir por ahí molestando a sus mayores. A los niños les importaba poco eso y seguían gritándole.


Nacho se bañaba con una manguera a la vista de todo el mundo. El fogón de leña que hizo también estaba fuera de la casa. Su vida era pública la mayor parte del día y la gente se podía sentar a mirarlo desde la carretera o desde algunas de las montañas para verlo ir y venir de la casa a los sembrados de yuca y de la quebrada cercana a los matorrales. Además ser testigos de sus gritos carcajeados a las cinco de la mañana todos los días y de sus largas jornadas de canto con la guitarra bien afinada.


Lo que más inquietaba a los vecinos no era que Nacho viviera en la cementera en ese rancho mal hecho ni que hubiera tumbado todo el café que es el único cultivo en esas montañas que representa ingresos económicos. No les parecía extraño que viviera solo o que hubiera dejado de hablar con la gente. Lo que no podían entender por ningún motivo era la dieta de Nacho, yuca y frijoles, nada más que eso y ni un gramo de carne no comía carne, ni siquiera unas gallinitas pa’ que coma huevos aunque sea, decían las señoras.


De la carretera al rancho había un pequeño camino pero aparte de Nacho nadie lo usaba, ninguno bajaba a visitarlo, nadie se acercaba, entre la gente y él sólo existían los gritos y no todos los gritos eran para molestarlo, algunos le preguntaban cómo estaba y él respondía que todo iba bien. ¿Cómo está Nacho? Gritaban. Bien, todo bien respondía él.


Todos estaban enterados de lo que pasaba con Nacho afuera de su casa, todos lo habían visto en algún momento, él hacía parte de la cotidianidad de todos. Pero adentro del rancho mal hecho de Nacho nadie sabía que pasaba nadie conocía el interior de la casa, no sabían cómo se veían ellos desde la ventana desajustada de esa casa. No sabían lo que había que saber, lo que sabía Nacho.

lunes, 1 de agosto de 2016

Mao




Que polvero tan hijueputa dijo el cuñao después de que pasaran dos camionetas de estacas cargadas con canecas metálicas llenas de gasolina que trasportaban de La Dorada hasta Pensilvania. ¡Ramírez! pilas pues con esa puta manguera a ver, a remojar ese polvero de mierda que ya me mame de tragar tierra, dijo el cuñado acomodándose la pistola en la pretina del pantalón mientras se tomaba una cerveza en el billar del enano.

Ramírez ejecutó la orden en el acto como tenía que ser cada que el cuñao hablaba, es que yo no repito decía el cuñao. El grupo había llegado al caserío seis meses atrás, estaba compuesto por 15 hombres de entre 20 y 30 años con el cuñao al mando. Decían que eran más pero en La Soledad siempre había 10 hombres, ni uno más. El más nuevo en ese grupo era Ramírez que venía de Bogotá donde le había servido de escolta a uno del alto mando que nunca se ponía uniforme.

Sabe qué es lo chimba del camuflado, dijo Ramírez. Pues que uno se camufla marica que más va a ser, pa eso es que le toca ponérselo a uno, le dijo Patotas que estaba ahí al lado sentado en una piedra viendo cómo iba quedando mojada la carretera. Pues sí, pero eso es obvio, yo digo es que es una chimba porque uno le puede echar harta mugre y ni sé nota; allá en Bogotá si me tocaba a toda hora en ropa de calle y eso le toca a uno cambiarse todos los días en cambio vea acá llevo tres días sin lavar este pantalón y con el polvero que hay, dijo Ramírez. Es que usted es muy cochino hermano que puto en vez de lavar ni que estuviéramos en el monte, le dijo Patotas.

El agua dejó de caer sobre la carretera, Ramírez cortó el chorro para no mojar a unas señoras que pasaban en el momento. Buenas tardes saludaron las señoras y Ramírez y Patotas respondieron sonrientes con sus fusiles al hombro. No hombre no es por ser cochino es porque el camuflado se presta, dijo Ramírez mientras seguía mojando la carretera. Patotas no le dijo nada y se fue trotando al billar del enano, el cuñao lo estaba llamando.

Terminada la tarea Ramírez cerró la llave y guardó la manguera. En la casa no había nadie todos los muchachos estaban siguiendo indicaciones del cuñao. Algunos estaban de guardia en los barrancos altos de donde se veía el caserío en su totalidad, otros estaban cobrando las vacunas, cerca al cuñao siempre deben haber dos personas y algunos hombre también deben estar recorriendo en moto la carretera para asegurar el trasporte de gasolina robada cerca de La Dorada.

Socorro la señora que el cuñao consiguió para que les cocinara le ofreció a Ramírez un tinto que el acepto sin hacerse de rogar y tuvo que dejarlo empezado porque el cuñao lo llamó y él no podía demorar, el cuñao no repetía dos veces.

Ramírez mire bien las bolas ¿cierto que yo soy capaz de hacer esa carambola porque a mí no me queda grande nada en la jijuputa vida? dijo el cuñao señalando la jugada con el taco. Claro patrón usted hace esa y veinte más porque acá no hay quién juegue como usted no hay quién le de la talla, respondió Ramírez que era un jugador de billar aventajado capaz de ganarle al cuñao y cualquier otro cuando quisiera pero que se hacía el flojo para no meterse en problemas. El cuñao sabía lo bueno que era Ramírez y por eso lo llamaba para preguntarle. Ahora no estoy jugando con nadie Ramírez pero aquí su amigo Patotas dice, no, no dice, apuesta 20 mil a que fallo, dijo el cuñao. No le pare bolas patrón que él no sabe nada y giró para decirle a Patotas que le apostaba doble o nada a que el cuñao hacía la carambola. El Patotas miró al cuñao y miró a Ramírez y dijo intimidado que no, que él no apostaba que él era por joder que él sabía que el cuñao era el mejor y no fallaba.

Hacía unos meses unos cogedores de café que estaban trabajando en una finca al bordo del rio y subían todas las noches al caserío para jugar billar y mecatear, lo primero que hizo el cuñao y sus hombres fue requisarlos y pedirles papeles, preguntarles de dónde eran y a qué venían, eso hacía con todos los forasteros para asegurar que no fueran colaboradores de la guerrilla. Uno de esos forasteros le ganó tres veces en una semana al cuñao con varías carambolas de ventaja, el cuñao se emputó y le dio ese resto de semana para que se fuera.

Allá en Bogotá yo jugaba con unos socios y apostábamos arroz chino porque no podíamos apostar cerveza ni nada, al patrón no le gustaba un culo que trabajáramos borrachos, oiga y que verracos tan malos yo nunca había comido tanto como en esos días, es que no ganaban ni una. Patotas soltó una carcajada que interrumpió Ramírez y desconcentró al cuñao que tacó mal y se comió la carambola, tiró el taco sobre la mesa y se fue putiando a sus dos hombres, se  tomó de un solo trago una cerveza fría que le destapó el enano cuando lo vio fallar la jugada.

Ramírez y Patotas salieron en silencio del billar y se quedaron afuera. Éste marica tan bobo por qué le dio por reírse ahí, un día esto nos va hacer levantar a golpes, dijo Ramírez. Pues yo que iba a saber que no me podía reír, es que me pareció muy gracioso eso de apostar arroz chino, es que eso es muy chimbo, dijo Patotas. Yo no le veo nada de raro, usted qué cree pues que uno cuidando esos duros allá en la ciudad anda de pura fiesta, no señor no crea, eso es aburrido, además hasta mal le va uno con la comida, a esos duros no les importa si uno ya comió o si no ha comido en todo el día,  dijo Ramírez,  además que mejor que jugar y comer arroz, yo no le veo ningún problema.

En la plaza del caserío unos niños jugaban con una pelota que cayó cerca de Patotas que la devolvió de un puntapié. Sabe qué, a mí es que ese arroz chino no me gusta, yo no apostaría eso, dijo Patotas. A mí sí me gusta pero el que hacen los chinos de verdad porque hay restaurantes chinos que no son de chinos, dijo Ramírez. Yo he visto que en todos los restaurantes chinos o por lo menos los pocos que yo he conocido tienen colgada la foto de un señor viejo parecido a ellos, quién es ese, un santo de ellos o qué, dijo Patotas. Ramírez se rió, este marica tan bobo, cuál santo, ese que usted dice es Mao ese fue un presidente de ellos o algo así.

Saben qué es lo que pasa muchachos que hay mucho guevón creyendo que las cosas se hacen solas y entonces esos guevones que creen eso se paran por ahí a hablar mierda y hacer nada así como están haciendo ustedes dos ahí, dijo el cuñao. A ver pues a moverse a mover ese puto culo, Ramírez a darle de comer a los perros y usted Patotas que pasó con esos plátanos verdes que le pedí pa que me hagan patacones ahora por la noche.

Patota dio media vuelta listo para irse a hacer lo que el cuñao le pedía pero antes de eso le pregunto sí él sabía quién era Mao. El cuñao lo miró mal y le dijo que él qué hijueputas iba a saber quién era ese. Patrón es que en los restaurantes chinos siempre tienen una foto de Mao así ya no estén en china, una foto de Mao grande colgada en la pared, dijo Ramírez. Y que es lo que quieren este par de bobos hijueputas que vayamos restaurante por restaurante y les hagamos quitar la foto esa o qué, dijo el cuñao enojado. No patrón no es eso, nosotros no más decíamos que nos parecía llamativo y pues chimba también que lo respeten a uno así, dijo Patotas. Ramírez asintió al lado de él apoyándolo. Llamativo es que uno sea capaz de trabajar con tantos atembaos malparidos como ustedes, dijo el cuñao.

Estaba enojado con Ramírez y Patotas, había estado a nada de hacer la carambola aunque fuera difícil y por culpa del escándalo de ellos dos se había quedado con las ganas de celebrarla y restregársela en la cara a Ramírez que era mejor que él jugando pero que se hacía el huevón, le daba rabia que fuera cobarde y lo creyera bobo como si él no se diera cuenta que a veces se dejaba ganar.

El cuñao siguió tomando cerveza en el billar del enano. De las camionetas que cargaban las canecas con gasolina robada se bajó un hombre de civil con una pistola en la pretina y le entregó al cuñao las cuentas del número de canecas trasportadas y además el informe del número de galones vendidos que debían comprar obligatoriamente los dueños de carros de servicio público de la región. Antes de que el hombre se subiera de nuevo al carro el cuñao le preguntó si él sabía quién era Mao. El muchacho le dijo que Mao era como le decían al que manejaba la otra camioneta, se llama Mauricio y le dicen Mao. El cuñao se quedó mirándolo y soltó una sonora carcajada, se le veía al tipo en la cara que estaba hablando enserio y no le estaba manando gallo, le dijo que bueno y lo dejó irse sin preguntarle nada más.

Entre la gente se rumoraba que el cuñao y sus hombres alimentaban a los perros con los cuerpos de la gente que mataban. Ramírez abrió un bulto de concentrado y puso comida en cuatro recipientes y los puso dentro de las jaulas donde estaban encerrados los perros. A Ramírez no le gustaban los dóberman y menos esos, no le gustaba quedarse mucho tiempo con ellos en esas jaulas, no como hacían algunos de sus compañeros que les hablaban y los acariciaban.

Patotas consiguió el racimo de plátanos para los patacones en la finca de don Alcides que siempre tenía plátano jecho. Por la noche cuando estaban comiendo el cuñao que estaba más calmado le preguntó a Ramírez y a Patotas quien era Mao. Ramírez le dijo que había sido el máximo dirigente del comunismo chino. Un guerrillero malparido era el tal Mao ese si ven esa plaga es aterradora decir que fueron a dar hasta china eso como está de lejos, dijo el cuñao sosteniendo un pedazo de chicharon en la mano. Ramírez y Patotas se miraron pero no dijeron nada y siguieron comiendo.

Entonces mañana vamos a hacer algo nosotros, dijo el cuñao, mañana nos vamos pal pueblo a que me hagan un foto estudio bien chimba y luego las sacamos grandes así como un afiche y las repartimos por todo lado pa que la gente tenga en la casa la cara mía y me estén viendo a toda ahora así como los chinos con el tal Mao ese, si pudo él entonces yo puedo también. Oiga patrón y a usted no le parece eso como muy dispendioso, dijo Patotas. No señor ningún dispendioso ni que nada, dispendioso tener que matar a tanto pillo que hay por ahí eso sí pero esto no, mañana mismo empezamos, dijo el cuñao y se paró de la mesa y se fue a su cuarto.

Todo culpa de este malparido ponerse hablar del tal Mao, dijo Ramírez mirando a Patotas. Tan huevón culpa mía por qué, yo que iba a saber que a él le iba a dar por eso. Y ahora quién le dice algo, dijo Patotas. Ahora toca esperar a que amanezca y de pronto cambie de idea, dijo Ramírez.  Patotas y Ramírez se fueron a relevar a los compañeros de guardia nocturna, tenían que trasnochar y les esperaba un largo día con el cuñao.

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...