No hay razón para que alguien disfrute contar monedas de 50 y 100 pesos pero
como eso es plata les toca recibirlas, contarlas y atender al que las trajo
sonrientes y comedidos, dijo la mamá de Marcos, además están es trabajando y no
paseando. Marcos le dijo que a cualquiera le gustaría contar monedas si se las
están regalando. Conozco a más de uno que por cada millón en monedas
de 100 pesos que les regalen pagaría entre 50 y 100 mil pesos solo porque sea
otro el que las cuente y entre esos está usted, y esos serían los mismo que no
contaría un millón de pesos en monedas de cien ni aunque les paguen 100 mil por
millón, dijo la mamá de Marcos y él no la contradijo. La Mamá de Marco seguía
mirando zapatos mientras contaban las monedas con las que pagaba el par que se
estaba llevando. Marcos la esperaba afuera del local recostado en una vitrina
viendo gente pasar; entre la gente pasó Augusto, un vendedor de artículos de
aseo que Marcos llevaba mucho tiempo sin ver, Augusto también lo vio y se
acercó a saludarlo. Marcos quiso estrechar la mano derecha de Augusto como es
costumbre cuando se saluda y la emoción que tenía se desvaneció cuando vio que
Augusto no le ofrecía la mano derecha sino la izquierda que él estrechó de manera
torpe como si no supiera lo que pasaba sin despegar la mirada del brazo derecho
de Augusto que colgaba desde su hombro como el péndulo de un reloj que iba de
un lado a otro cada que él se movía. La situación que parecía incómoda para los
dos duró poco porque Augusto fingió tener prisa. Marcos entró de nuevo al local
y su mamá le mostró otro par de zapatos que también iba a llevar y buscó en el
bolso más monedas, Marcos la miró apesadumbrado y buscó donde sentarse.
viernes, 15 de junio de 2018
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