Los
pasillos del centro para el recuerdo de Villa T estaban vacíos. La última
película de Los barbados sin rostro se estrenaba en las salas de cine de toda
la ciudad y nadie se quería perder la aventura final de los héroes de moda. Colgados
en las paredes de los pasillos vacíos están los cuadros y más cuadros de
hombres y mujeres con abundante pelo, algunos barones tienen espesos bigotes y
largas barbas negras, blancas, canas, rubias, y rojas. Desde los tiempos de
Jesús Cristo hombre de larga melena y pocas afeitadas hasta la época en la que
Fidel Castro y su barba seguían vivos existieron muchas personas ilustres
dignas de admirar por sus aportes al avance de la humanidad que lucían
particulares peinados, son sus rostros y su pelo lo que puede apreciar con fascinación
el visitante del centro para el recuerdo.
Después
del 2030 por un motivo que será descubierto después de unos cuantos años las
personas de villa T empezaron a perder el pelo de manera definitiva. Cuando los
jóvenes y adultos vieron como sus cabezas iban quedando peladas pensaron que se
trataba de un virus que se podría controlar pero al notar que los
recién nacidos también llegaban calvos al mundo y permanecían así aunque creciendo sanos y fuertes entendieron que algo más complicado estaba pasando.
La
importancia del pelo en la economía de Villa T se hizo más visible que nunca
cuando “la crisis de la caída” como fue llamada por los medios de comunicación
se apoderó de todos los ciudadanos; el comercio de artículos relacionados con
el uso capilar fue obsoleto e innecesario, las empresas fabricadoras de
cuchillas de afeitar, máquinas para cortar el cabello, tijeras, planchas,
rulos, moñas, balacas, diademas, geles, lacas y champus, acondicionadores,
cremas para peinar y demás productos tuvieron que diversificar el negocio para
no desaparecer y dejar a miles de personas sin trabajo. Por esa razón el
catálogo de productos ya nombrados fue sustituido de manera inteligente por una
amplia variedad de aceites que las personas usaban para mantener sus cabezas
brillantes en todo momento. Aunque el cambio permitió a las empresas seguir en
el negocio el despido de personal fue inevitable.
Muchos
de los desempleados se las ingeniaron para seguir trabajando, a su manera
fundaron pequeñas empresas que vendían lápices de cejas y pañoletas. Algunos en
el inicio de las crisis de la caída fabricaron pelucas de pelo sintéticos que
muchos compraron pero que pocos usaron. El material con el que estaban hechas
hacia que fuera incomodo llevarlas todo el día, pero el factor determinante para
que con el paso de los meses la gente no comprara y no usara pelucas era que no
había nada que esconder, nadie se apenaba de ser lampiño porque lampiños eran
todos y más valía que así fuera porque la sola existencia de un pelo en la
cabeza de alguien seguro le hubiera causado la muerte en esos primeros días de
crisis de la caída cuando Villa T apenas empezaba a resignarse a su calvicie.
Siempre
hay gente queriendo ver el lado bueno de las cosas y en Villa T los primeros
fueron los ambientalistas que vieron en la calvicie involuntaria una de las
mejores formas de ahorrar agua. Pero los que aprovecharon de verdad la situación
fueron los dueños de la industria cinematográfica al crear sagas de super héroes peludos con fuerza increíble como Sansón pero sin la presencia de
Dalilas que pudieran aguar las historias.
El
pelo y la barba descuidad que antes de la crisis de la caída generaba mal
aspecto dentro de la sociedad dejó de ser mal visto y se convirtió en el sueño
de la mayoría de los ciudadanos de Villa T. tener pelo en la cabeza y el cuerpo
era el sueño generalizado de la ciudad que antes había deseado volar o tener super poderes.
Pero
donde hay ganadores también hay perdedores y en Villa T el perdedor número uno
fue el viejo papá Noel, su popularidad se fue a pique cuando los niños
empezaron a pedir pelo en sus cabezas en lugar de juguetes, ninguno pudo
entender por qué un hombre lleno de pelo en su cara no podía darle pelo a los
niños y lo que resultó aún más complicado de entender para ellos fue que papá
Noel viniera todas las navidades a la Villa o que mejor viviera en ella y que a
pesar de eso siguiera siendo peludo. Nadie más quiso a ese hombre gordo en
navidad y los villanos prescindieron de él y celebraron solos, los super héroes
podían ser peludos porque eran héroes pero a papá Noel nadie lo perdonó
por seguir teniendo pelo después de la gran crisis de la caída, aunque peor
hubiera sido verlo lampiño.
Aunque
la falta de pelo se hubiera adueñado de Villa T y la mayoría de los ciudadanos
parecieran vivir de acuerdo a las circunstancias que la vida les había
preparado el deseo de pelo abundante pelo, movía la vida de más de uno.
K
está tirado en su cama leyendo un libro con una cubierta de pasta dura que le
prestaron en la biblioteca del centro,
las páginas de la novela lo tenían conquistado y una de las cosas que el
escritor decía en ellas se quedó dándole vueltas en la cabeza.
“Lo
que más me gusta cuando me siento muy triste o cuando el peso de las cosas que
no deberían pasar me pasan es ir a la peluquería. Entendí que lo único que me
esperaba era vender rellena en un triciclo todos los días y no me dieron ganas
de otra cosa que no fuera irme para donde la peluquera que vivía cerca de mí
casa. Le había dicho a mi papá que si en
tres meses no conseguía quien editara mis poemas yo dejaba de insistir con la
escritura y me dedicaba al negocio. A papá el acuerdo le pareció perfecto de
más que por la esperanza que me tiene”.
“me
senté en una silla en la que casi quedé acostado, acomodé mi cabeza en el
lavado que tenía un espacio para poner el cuello mientras la peluquera con una
manguera dejaba caer el agua fría en mi cabeza y me mojaba el pelo sin dejar un
solo mechón seco, cerró la llave y me aplicó un suave champu de agradable olor
y frotó la cabeza con las yemas de sus dedos desde la frente hasta la nuca y
desde la oreja izquierda hasta la oreja derecha con suavidad y calma sacando de
mi cabeza toda suciedad y yo con los ojos cerrados sintiendo cada movimiento de
sus manos y luego de nuevo el agua fría llevándose la espuma del champu”.
“siempre
me hacían el mismo corte de pelo que no era ninguno en especial solo el que se repetía desde la infancia, el
que le gustaba a mi mamá y no le molestaba a mi papá, un corte que no resaltaba
nada en mi rostro ni expresaba nada sobre mi personalidad y que solo evitaba
que el pelo estuviera largo”.
“La
peluquera cortaba el pelo con las tijeras que manejaba con agilidad, se movía a
mi espalda y yo veía su rostro reflejado en el espejo en el que también veía el
mío. Estar en la peluquería con alguien que lavara, acariciara y cortara mi
pelo era para mí como desconectarme del mundo, nada me ha relajado tanto en la
vida y muy pocas cosas me han aliviado tanto la vida como una peluqueada.”
K
dejó el libro de lado y no pudo evitar imaginar cómo se vería con mucho pelo,
aunque lo que importaba no era saber cómo se vería con bigote o con melena sino
saber que se sentía jalar su pelo, sentir como sería llevarlo mojando dejando
que las gotas de agua se deslizaban por la cara mientras se secaba.
El
sábado en la mañana fue a la biblioteca a devolver el libro de pasta dura que
había leído y a buscar otras novelas por el estilo, entre los estantes encontró
uno donde un escritor hacia una reflexión sobre la calvicie de Villa T pero k
prefirió el que estaba al lado, una historia similar a la de Rapunzel. Cuando k
volvió a su casa se dio cuenta que había dejados su entradas para ir a ver el
final de Los Barbados sin rostro en el libro que había devuelto y la biblioteca
no volvía abrir hasta el lunes.
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