jueves, 1 de febrero de 2024

Abandonado

Estos son los días más tristes en la vida del señor Pinzón. Cortó de tajo con sus amigos y se encerró. Lo acompaña una dalia fucsia que riega dos veces por semana. Si ella se hubiera llevado también esa mata, él sería el único con necesidad de agua en esa casa. 

martes, 30 de enero de 2024

Ella no quiere que él se vaya.

Piénsalo bien, oyó decir, antes de colgar. Tuvo la impresión de que no era una recomendación. Había algo impositivo en el tono con el que fue pronunciada la frase. Cómo podía hacerlo. No tenía una fórmula ni conocía la técnica indicada para conseguirlo. Cómo iba a pensar bien. Quería irse. Quedarse ahí un día más, eso sería negarse a pensar. Se iba, estaba decidido. 

viernes, 19 de enero de 2024

Rodar

Tiempo atrás, cuando se dirigía a su trabajo, Alirio rodó por un abismo. Al final del mismo encontró un tesoro. También perdió una pierna y los dientes. En el pueblo, con envidia, lo llaman el pata sola. Él los mira con desprecio desde lo alto de la torre de su suntuoso caserón. 

martes, 19 de diciembre de 2023

Fragmento #10

Creen que llegué con una varita mágica. Pero no. Así no fue. Acá no hubo magia. De ninguna manera. Rechazamos de todas las formas posibles la existencia de la magia. Acá hubo un proceso. Una serie de sucesos del que ustedes no se percataron. Por eso llegamos. Esa cadena de eventos que se movió en silencio permitió que hoy tengamos una posibilidad de futuro. Lo hicimos juntos. Este logro es nuestro. Cada uno de nosotros hizo lo que tenía que hacer. Sacrificamos mucho. Eso lo sabemos todos. No fui yo. El logro es de ustedes. Ahora tendremos que conquistar el territorio y hacernos de un lugar. Será nuestro nuevo hogar. Cueste lo que cueste empezaremos de nuevo. Todos saben lo que se viene. Vamos a tener las armas listas y cargadas. Le ganaremos al miedo. Avanzaremos.

lunes, 18 de diciembre de 2023

Fragmento #9

Le dio la vuelta al terreno y observó con detenimiento. Era lo que se esperaba y nada más. Se había preparado durante años. Justo en ese punto tendría que armar su carpa. Se quedaría sola y esperaría el evento. Ella era el receptor de la señal. Desde niña había aceptado su destino. Había un mensaje que las personas debían conocer y se revelaría a través suyo. Permaneció en el cerro repitiendo los mantras aprendidos en las interminables jornadas de práctica. Tenía que volver con el mensaje. Volver sin ese mensaje no era una opción. Estuvo ahí diez días. Aguantó allí dos días más después de que se acabó la comida. Le iban a creer. Sabía que dijera lo que dijera le iban a creer. Tal vez ese era el mensaje. Sentir tal seguridad. El convencimiento absoluto de que podía decir lo que quisiera. Desarmó la carpa y recogió sus cosas y empezó a bajar.  La vieron acercarse al pueblo y fueron a su encuentro. Querían oírla. Esperaban saber. Ella pidió agua antes de decir cualquier otra cosa. Alguien le entregó una cantimplora. Bebió con ganas y luego supo que podía hablar. Dijo lo que quiso.

Fragmento #8

Tres mujeres reunidas en el extremo del solitario parque Bolívar miran al frente de manera intermitente. La de la izquierda limpia su sombrero con notable desagrado. La mujer de en medio cruzada de brazos dice que está cansada. Queda la de la derecha que se agacha un poco para amarrarse mejor los cordones de las botas. El sol empieza a ocultarse. Entonces era el último. La mujer del sombrero habla con desgana. Era el último. La respuesta viene de las otras dos mujeres que no dicen más. Cuántas veces nos han dicho que es el último. La pregunta se queda en el aire. Ninguna tiene la respuesta. La del sombrero se cuelga la escopeta al hombro y avanza. Las otras la imitan. Caminan sin prisa. Pasan por el lado del cuerpo del niño y desinteresadas lo dejan atrás. 

miércoles, 13 de diciembre de 2023

Fragmento #7

Uno cero abajo en el marcador. Carlitos tuvo que salir por lesión. Falló en su tarea dentro de la cancha. No pudo impedir el gol. Sufrió la caída cuando intentó marcar al siete durante un contragolpe. Se lastimó un tobillo y salió cargado. Entré yo. Faltaban diez minutos para el final. Nunca he jugado tanto. Cuando entro me dejan jugar cinco minutos. Soy el último cambio. El técnico me mete para evitar el reclamo de papá. Me acomodé las medias y lo vi en las gradas. Papá gritaba emocionado porque estaba ahí de pie entre los otros jugadores. Esto de estar en un equipo de fútbol tiene que ver más con él que con conmigo. Los hijos de sus amigos son jugadores titulares con talento obvio. Para papá el orgullo está en decir que he mejorado mucho. Pero lo más importante es que tengo mucho para dar. Eso dice él. Fui por la pelota en un par de llegadas. Me paro firme. No soy muy ágil. Puedo ser a veces como una pared. El arquero atrás mío me animó. Validó mis movimientos y me dijo que muy bien. Yo quería irme. Estaba intentando cumplir con mi parte y al mismo tiempo estaba pensando en el beso que me había dado la pelaíto ese. Por qué me había dado un beso. Qué le iba a decir luego cuando me la volviera a encontrar. Quería irme para mi casa. En la gradería mi papá seguía animando al equipo. Le gané la pelota a un atacante y se la toqué al defensa derecho. Él corrió hacia adelante y sé la tocó a un mediocampista. Seguimos subiendo todos y la pelota pasó por los pies de varios. Hacíamos eso en los entrenos. Practicar los pases largos y cortos. Alguno de mi equipo perdió la pelota muy cerca del área contraría y yo sin proponérmelo la recuperé y se la tiré a Pérez que tenía una buena ubicación. Le dio con la cabeza y metió el gol. Un empate. Pérez corrió hacia mí y me levantó. Otros hicieron lo mismo. Corrieron hacia nosotros para celebrar. Un empate en el último minuto. Un pase mío. Mi mejor partido hasta ese momento y yo pensando en el beso del pelaíto ese.

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...