lunes, 25 de septiembre de 2023

Irse, quedando -79

Gustavo me dijo que él ya se había jodido mucho en la vida, que había sudado mucho y metido el culo sin miedo para que a su mamá no le faltara nada durante la enfermedad, que cualquiera podía dar fe de su sacrificio y eran muchos los testigos de su lucha y ahora que su mamá estaba muerta y que el malparido cáncer ese se la había llevado él se iba a dedicar a una sola cosa, a culiar, a culiar hasta que se hastiara. Dijo que él sabía que un tipo viejo y sin plata como él no se podía dar esos gustos y que por eso se iba a trabajar en Estados Unidos, qué él pereza no manejaba y que era verraco como ninguno, que allá con esos gringos trabajaba tres o cuatro años bien juicioso y se volvía luego con los ahorros para gastárselos todos en putas de Medellín. Yo le dije que esa gente allá se la pasaba realizando campañas para quitarse ese estigma de la prostitución y Gustavo me preguntó que si yo tuviera 10 mil dólares para gastármelos en putas colombianas para que ciudad me iría y entonces mejor no le respondí y lo dejé hablar sin interrumpirlo. Me dijo que él no quería ni casa, ni carro, ni mujer, ni hijos, ni nada. Él iba a culiar, eso iba a hacer, culiar es lo que todos quieren, pero le da pena decir que esa es la meta, pero yo no, a mí no me da pena, me recojo esa plata y me la gasto toda en putas antes de que acá le den por prohibir ese trabajo y que él quería era culiar en Colombia y dejar esa plata en su país, porque él entendía como se movía la economía y que no le iba a dejar esa plata a ninguna gringa. Y se fue, como lo había dicho, dice que trabajo hay mucho, pero que para mí no hay ninguno que sirva, porque yo soy muy flojo, que yo ni pa culiar manejo ganas y que él va a trabajar para culiar porque cuando uno no tiene mamá no trabaja como mula para comprarle casa a la mamá.

jueves, 21 de septiembre de 2023

Irse, quedando -78

Daniel es el hijo de un señor que tiene una tienda cerca a uno de esos colegios en los que trabajé unos cuantos meses, un tipo amable y muy conversador. 

Estudiaba licenciatura en educación física y según el papá no ayudaba en la tienda porque le daba pena. Daniel decía que no le daba pena y que pasaba que la universidad no le dejaba tiempo. 

Ese señor de esa tienda le daba estudio a ese pelado y ya tenía una hija en Estados Unidos que se había graduado de arquitectura. Llevaba varios años en Atlanta y él ya había ido a visitarla dos veces. 

Mantenía una camioneta parqueada afuera del negocio y no se la prestaba a Daniel que quería ir en ella a la universidad, me enteré de eso y de una que otra cosa más de la cotidianidad debido a que afuera de esa tienda había un par de mesas y ahí me sentaba yo con mi computador tardes enteras a trabajar. 

El señor me decía que él no tenía problema en darle estudio a Daniel, pero que eso de la licenciatura en educación física no daba plata, es que vea, dizque salir a ser profesor, eso no sirve, con el perdón suyo y todo, aunque usted mismo se queja de lo poquito que pagan, pero la verdad es que estudiar para ser profesor es botar la plata, yo quería era que Daniel se montará un negocio también, pero no, al verraco no le gusta la tienda ni el supermercado ni nada, me decía el señor. 

Como los papás saben más que cualquiera y como no hace falta mucho talento para vaticinar el fracaso económico de un profesor, Daniel, que no quiso que su papá le montara una tienda, se ensayó de profesor y terminó migrando también, la última vez que supe de él me dijeron que está en Madrid y trabaja en un negocio que se llama Mercamadrid que viene a ser como una revuletería grandota.  


miércoles, 20 de septiembre de 2023

Irse, quedando -77

Uno de mis sobrinos, el menor, la tarde antes del viaje se dedicó a ver tutoriales de YouTube y a doblar cuadritos de papel, hizo aviones, barcos, ranas, estrellas ninjas, cuchillos, tortugas, pájaros, pescados y otras figuras que no sé muy bien que eran. Miraba la pantalla, atento a las explicaciones y luego pausaba y el video y doblaba. Sabía que no se iba a poder llevar ninguna de esas figuras, sabía que no iba a poder jugar con ellas horas más tarde porque se iba a tener que subir a un avión y pese a eso el niño seguía doblando papeles.  Me gustó eso y creo que de alguna manera encontré que había magia en ese acto.  La gente de mi generación habla de yoga y meditación y tai chi, pintan mandalas y se toman en serio el horoscopo, dizque porque todo eso los ayuda a vivir y a equilibrar sus emociones, pero ninguno habla de origami y me pareció que esa acción también tenía sus beneficios. Después, cuando ya se habían ido para el aeropuerto recogí las figuras sin saber si botarlas o guardarlas y me dio por desdoblar una de esas para armarla de nueva siguiendo los dobleces y admiré la paciencia que esa actividad requería y luego lloré, pensando en lo triste que debía ser para un niño irse lejos y no poderse llevar ninguno de sus juguetes así, idiota, como si la lógica de un tonto que quiere ser novelista y sigue viviendo con el papá y la mamá fuera la misma lógica de un niño que sin usar las palabras le puede dar forma al mundo con sus manos usando solo un cuadro de papel. 

lunes, 18 de septiembre de 2023

Irse, quedando -76

Mi hermana estuvo varias semanas antes de la fecha del viaje empacando las maletas. 

Las hacía y las deshacía todos los días. Las daba por terminadas y las cerraba, luego las pesaba y volvía a empezar de cero, una y otra vez doblando trapos. 

No podían pesar más de diez kilos decía ella. 

Tres maletas estaba bajo su responsabilidad, la de ella y la de los dos niños. 

Yo la veía todos los días con la cabeza metida entre las maletas y me divertía con la escena, verla empacando las maletas aunque era la confirmación de que se iban era también evidencia de que seguía ahí con nosotros. 

Cuando ya me vi bajando las maletas para guardarlas por la noche en el garaje porque se iban en la madrugada y no quería que ningún vecino la viera salir, entonces empecé a llorar. 

La cosa más boba del mundo, un tipo casi cuarentón que no ha podido irse de la casa de los papás de pie frente a unas maletas llorando sin ser capaz de pronunciar palabra, sin poder repetir de nuevo en son de burla lo incensario que era llevar ahí empacado un cortacutículas y una crema dental. 


Irse, quedando -75

Después de revisar los titulares de los periódicos en internet u oír la radio mañanera, la gente que se queda, los que están como yo, entienden que lo mejor es acostumbrarse a ver como las personas queridas se van, incluso aceptan que lo mejor es que esas personas queridas esten lejos. Lejos donde parezca que el futuro sí existe. 

viernes, 15 de septiembre de 2023

Irse, quedando -74

Esa etapa de la vida a la que llamamos adolescencia es un triunfo de mi generación. 

Todos esos que nacimos después de 1985 tenemos conciencia clara de ella y casi que es nuestro presente. 

Para mi papá y para mi mamá y mucha gente de esa edad no hubo adolescencia, ellos pasaron de la infancia a la adultez de un tirón, no tuvieron zona de transición. 

De niñas a esposas de un día para otro. De niños a obreros en lo que dura el canto de un gallo apestado. 

Aunque eso es propio de los pobres, claro está, con los herederos de fortunas sucede más bien permanecen en la pataleta de la infancia pagándoles a muchos para que oficien de cuidadores. 

Ahora dicen que nosotros, esta generación de flojos, está alargando la adolescencia, aseguran que buscamos extenderla a como de lugar y que por eso no queremos irnos de la casa y que por esto estamos empezando a tener hijos después de los 30 años y que por eso compramos juguetes y nos gastamos la plata en conciertos y cosas así. 

Pero si antes toca asumir el rol de adulto tan rápido y ahora no, cuál es el problema, y si las expectativas de vida siguen ampliando y los economistas proponen que cada vez tengamos que trabajar hasta más viejos para tener derecho a una pensión por qué afanarnos y si en cualquier momento una pandemia nos puede cambiar la vida y si la emergencia climática pone cada vez más en duda el futuro del capitalismo o de la humanidad, entonces cuál es el afán. 

El afán es escribir una novela en la que todo quede dicho de la mejor manera posible o tomar la decisión definitiva de no querer escribir esa novela y apostarle a un objetivo concreto, una Toyota blanca, porque siempre se puede tener una y la plata se puede conseguir por muchas vías, eso lo saben muy bien los adolescentes.

jueves, 14 de septiembre de 2023

Irse, quedando 73

En el noticiero del medio día, una periodista visiblemente transpirada y despeinada por el viento reporta desde el municipio de Necoclí en el departamento de Antioquía. El pueblo está lleno de personas que buscan cruzar la selva del Darién en su tránsito hacia Estados Unidos. 

Ella habla con los hombres y las mujeres que están ahí esperando transporte en lanchas, casi varados. La periodista habla con venezolanos y haitianos que parecen ser la mayoría, aunque ella aclara que entre esa multitud registrada por la cámara hay personas de más de ocho nacionalidades. 

Miramos al televisor mientras la señora del restaurante se acuerda de que llevamos ahí más de diez minutos esperando el almuerzo. A mi lado, el compañero de trabajo con el que acostumbro a compartir ese momento del día, me dice que sobre ese asunto sí se debería escribir. 

Me compró un libro una vez, pero me aclaró que era solo por hacerme el favor porque a él no le gustaba leer libros de ficción, a él le gustan solo libros de la realidad, una persona de esas que está por allá pasando esas necesidades y cruza esa selva en busca de una vida menos mala que la que ya viven en sus pueblos natales, esa sí debería escribir, pero no, en vez de eso las editoriales prefieren publicar libros de viajes escritos por turistas. 

Yo le digo que hay libros para todos los gustos y él me dice que yo debería irme para allá y hacer esa travesía y hablar con la gente, así como hace la periodista y que ahí si yo escribiría un libro de verdad. Está claro que mis cuentos y novelas a él le parecen una patraña. Para finalizar dice que si a él le gustara escribir, escribiría sobre eso. 

Cuando por fin traen el almuerzo le digo que también podría escribir un libro de cocina, o de gastronomía, que no conozco nada más real que la comida y el hambre, y con un pedazo de carne en la boca me dice que cualquier cosa está mejor que un cuento. Me rio y lo imitó, me concentro en el plato y comemos en silencio.

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...